viernes, 24 de junio de 2016

Leyendas y cuentos cortos venezolanos (19) Varios autores

Joven Cojedeña. Imagen en el archivo de Alberto Molina Rodríguez

ENCUENTRO CON EL DIABLO 
(Mercedes Franco)
En su hermosa novela Cantaclaro, Rómulo Gallegos cristaliza una aspiración universal: el hombre compite con el Diablo y lo vence. En este caso es el coplero Florentino, quien contrapuntea con un enigmático llanero, el cual resulta ser nada menos que Lucifer. Ante el acoso de Satán Florentino lanza su famosa copla:
“Si usted dice que soy suyo
Será que me le he vendío.
Si me le vendí, me paga
Porque yo a nadie le fío.”
En realidad, Venezuela está llena de anécdotas similares. En el pueblo de Santa Ana, en el estado Táchira, se habla de Carmelo Niño, el hombre que canto con el Diablo y en el estado Trujillo de Colina. También está la leyenda de Rosaura Salas, la mujer que bailó con el Diablo, en Valencia.

EL DIANOCHE 
(Mercedes Franco)
La niebla cubre al atardecer el vasto territorio Yekuana. Desde lo profundo   de la selva amazónica, los habitantes del misterio Sonríen, elusivos y eternos. En el corazón de Venezuela, en pleno Escudo Guayanés, se halla el Parque Nacional Duida Marauaca. Allí, como mudos vigías, los tepuyes observan el tiempo y al hombre. El parque Duida Marauaca está ubicado en el área Centroriental de nuestro estado Amazonas. Es el Departamento de Atabapo, donde predominan  los bosques húmedos de la cuenca orinoquense. Viven allí importantes etnias indígenas, como la yekuana, yanomami, y piaroa. Muy cerca se desliza el Orinoco, siempre vigilante, siempre observando el paso de la gente y los fantasmas.
Entre estas etnias indígenas es conocida la leyenda del Dianoche, un fantasma antropófago y tejedor de cestas. Un joven excursionista italiano llamado, Perucho, que no creía en fantasmas, contaba que una noche se internó entre los árboles y logro llegar a un lugar extraño. Una hipnótica luminiscencia de cocuyos lo inundaba todo, revelando un cuadro aterrador: dos rugientes pumas echados juntos a un gran tronco caído, y sobre el tronco un hombre fuerte, relamiéndose los labios con gula. Más allá, dentro de una cesta grande, estaba una joven, paralizada por el miedo, muda y con una expresión de pánico en sus ojos desorbitados.  
-Buenas noches, amigo -dijo el hombre con una gran sonrisa. Que dejaba ver sus enormes dientes puntiagudos-, ¿qué le parece lo que cacé? Creo que la pieza es buena, pero es aún muy poco. Debo atrapar algo más. Así no pasaré hambre al menos por un mes, ¿verdad?
Enseguida el Dianoche le agregó una cesta y le pidió que la terminara. Perucho recordó lo que sabía del terrorífico ser y la tejió totalmente defectuosa. Entonces el Dianoche lo regañó por ser feo trabajo y se entretuvo arreglando la cesta, concentrado en su tarea. Así Perucho pudo salvar a la muchacha y escapar. Si la hubiese tejido bien, el fantasma seguramente se los hubiese comido a los dos.

TALLER DE FILOSOFÍA
 (Enrique Mujica)
Discutían acaloradamente unos esposos, en el porche de una quinta de la urbanización. La discusión se daba en los términos filosóficos más altos, un torneo de dialécticas  y metafísicas, matizado con alguna violencia y algunos gritos. La suegra dijo: “Por Dios, que dirán los vecinos “, A lo que el suegro agregó, con hondura: “Que oigan para que escuchen cosas interesantes”.

VALENTIA
 (Ramón Lameda)
_Oye, Mijo_ me dijo la abuela mientras se pasaba el mecate alrededor del cuello. Acerca tu cabeza a mis costillas. Oye. ¡La sangre pagana vuelve! Sé que te quedarás muy solo. No te olvides de darle el bofe que está en el gancho, a Nerón. No te asustes cuando le dé la patada al  taburete, ni cuando haga las morisquetas que pertenecen a la muerte. Sé que no podrás llegar hasta mi cara para poner el espejo debajo de mi nariz porque naciste con las piernas recortadas. ¡Las malditas borracheras de tu madre! Pero cuando deje de patalear, puedes salir arrastrándote por el vecindario dando las voces de mi muerte. Me voy a lanzar. ¡El espíritu está próximo! Adiós, José. Arrópate de valentía.

SALUD DE BICICLETA
 (Armando José Sequera)
Lo de Misael fue así, él decidió comprar una bicicleta porque quería hacer ejercicio y rebajar la barriga. Pasó varios días aprendiendo a montar porque no había aprendido cuando niño. La primera mañana salió de la casa en la bicicleta, habló hasta por los codos  de recuperar la salud y la silueta. Y no había recorrido ni cinco cuadras cuando, en una esquina. Lo atropelló un carro al que venía persiguiendo la policía.  Ahora Misael, está en una cama, cuadripléjico y ciego por el resto de su vida, en vez de sano y rozagante, como estaba antes de comprar la bicicleta.

LA LEYENDA DE EL SALVAJE PELUDO
 (Felipe Salvador Gilij)
Pero hablemos de un animal bípedo sobre cuya rareza no tendré que disputar nada con quien se digne conceder alguna atención a mis relatos. No soy el primero en presentarlo. El excelente M. Bomare habla también difusamente sobre él y pueden verse en su diccionario lindas noticias sobre este bípedo. He aquí ahora las mías.
Se encuentran en las grandes sabanas del Orinoco, como todos discuten en aquellos lugares, ciertas fieras que salvo en pequeñas cosas se parecen al hombre. Estos animales que nosotros llamamos salvajes se llaman en tamanaco achi. De fuigura en todo lo restante humana, el salvaje no se diferencia más que en los pies, cuyas puntas están naturalmente vueltas hacia atrás (…). Parece por eso que el salvaje se aleja cuando viene más bien hacia los viajeros. Es todo peludo de cabeza a pies, sumamente libidinoso, y rapta si se le antoja a las mujeres.
El señor Juan Ignacio Sánchez, persona honradísima y uno de los señores principales de la tierra de San Carlos en los llanos de Caracas, me contó una vez de cierta mujer (no sé aún de qué parte) raptada por el salvaje, y llevada, sin poderlo remediar, a las sabanas. La tuvo consigo largo tiempo, y obligada por la fuerza allí habría estado acaso hasta el fin de su vida, sino hubiera pasado por allí un cazador, perdido de sus compañeros, el cual la sacó al fin de fatigas.
Lo vio, ausente el celoso salvaje, desde la alta cima de un árbol la pobre mujer, y puesta a llamarlo con toda su voz, le manifestó desde la altura en que estaba su mísero destino. De buena gana hubiera bajado y hubiera vuelto con él a las casas españolas. Pero por preocupación de que no lo viera el salvaje, y no lo despedazase por celos, le dijo que no se acercara más, que hacía tantos años (y le dijo el número) que estaba viviendo en aquel lugar, que tenía dos hijos del salvaje, y que aquella bestia no le daba permiso de bajar de la choza que le había edificado en lo alto del árbol, que nada le faltaba para la comida, de la que era proveída abundantemente por el salvaje suyo robando gallinas, terneras o lo demás que a él le gustaba, pero que le disgustaba estar a modo de fiera sin sacramentos y sin humano trato habitando en aquel sitio. Rogóle en fin que a tal hora del día (y la señaló) en que solía irse de caza el salvaje, viniera con gente armada a sacarla de tantas penas.
Habiéndola compadecido, como era obligación, el cazador dio parte de ellos a los parientes y amigos, y reunido en grupo de hombres valerosos, se dirigió a la selva a la hora fijada, y en ausencia del salvaje, una vez que le bajaron el árbol, se la llevaban todos contentos a la casa paterna. Cerca ya de la casa, llega con los dos hijos el salvaje, y llamando a su modo gimiendo (por qué no tiene voz articulada) a la mujer amada, le mostraba para enternecerla o moverla a volver con él los frutos de la larga estadía hecha con ella en los matorrales. Pero como los españoles le apuntaron con las bocas de fuego para matarlo, despedazó a la vista de la mujer a las crías, y huyó velozmente a la selva.
Este relato, apoyado por la autoridad de tan honorable señor, no halló ninguna persona, entre tantas que estaban entonces presentes, que dejara de creerlo. Tan conocido de los oriniquenses es el salvaje.
El salvaje habita en los montes más altos. En los países de los mapoyes, cerca del río Paruasi, hay una alta montaña en la que los tamanacos me dijeron que existe. Por eso la llaman achi-tupuiri, que quiere decir montaña de los salvajes; cerca de la Guyana hay de modo semejante un monte que se llama Achi. Sin embargo no conocí a ningún indio que me dijese que lo había visto con sus propios ojos. Aunque esto mismo no es para mí argumento valedero para contradecir la voz de todas las naciones del Orinoco. Todos temen al salvaje y, como habita en lugares inaccesibles, nadie se atreve a acercarse a ellos por temer perder la vida. Pero todos dicen las mismas cosas y narran de él hechos sucedidos a los antepasados.

SIENDO ASÍ
 (Eduardo Mariño)
Sueña con las sinrazones en peso sin sombra, sensible idea de libertad con nombres cayendo en su propiedad. Abajo, la rueda sin fin, sin el «explicando al menos» moviéndose en torno al mayor semieje sin puntos ni solsticios, uno que menos espera dando sin venir. ¿Supuso soñar con las sinrazones en peso sin sombra? ¿Adivinó, acaso en otra voz, sensible idea de no-encierro, no-duda?
Sueña, sí, y en el sueño habitan el Dios y la rosa.

SUPLICA 
(Enrique Plata Ramírez)
 Aterrado, el sacerdote, con el libro en las manos, mirando al cielo suplicó: Perdónalo, Señor, porque no sabe lo que escribe.
Seguidamente excomulgó al escritor.

EL SEÑOR-QUE-LEÍA-EN-EL-JARDÍN
 (Jesús Enríquez Guédez)
25 de abril 193... Esta noche comenzaron las lluvias. Murió el-Señor-que-leía-en-el-jardín después de larga agonía. Mientras su mujer lloraba cubriéndose la cara con un paño me acerqué al féretro y hurgué en los bolsillos del cadáver. Le sustraje una navaja de hoja gastada, tres piedrecitas azules de no sé qué mineral, un sobre sucio sin carta y una llave de tija hueca de esas que usamos como silbato. Después fui a abrir el armario del salón de madera. No había nadie. Todos lloraban en el corredor. El timbre de la cerradura golpeaba en los espejos y yo apreté los dientes para apagar el ruido. ¡Allá estaba el libro!, cuidadosamente colocado sobre el único travesaño del armario. ¡Al fin lo tenía en mis manos! De pronto apareció la criada gritándome acusatoria «¡Niño!», pero no tuve miedo y la invité a que viéramos juntos el libro. La criada fijó los ojos en algo que me parecía una ilustración borrosa y se estremeció con un grito de pánico. La gente dejó de llorar, se hizo un silencio brusco que fue disolviéndose a medida que se acercaban al cadáver de Señor-que-leía-en-el-jardín.
Después de treinta años creo aclarar las cosas. En esta anotación del pasado no asocio ninguna referencia con mi vida ni con las personas que me rodean. Simplemente recuerdo imágenes de objetos que no han transfigurado su realidad. Estoy por creer que nuestro pensamiento y la memoria no han progresado, quizás lo único nuevo sería esta imaginación disciplinada, ¿y quién me dice que sea superior al juego loco del imaginar de mi infancia? Los demás se distraen y parecen a gusto con los cuentos de niños; pero ¿no será, me digo ahora, que se burlan porque en aquellas historias aparecemos como payasos sin orquesta en el circo lastimero de un pueblo rural? Entonces pienso que nos engañamos. Creemos perfeccionar un oficio encerrados en un cuarto de relojero cuando nos estamos haciendo más torpes y perezosos cada día. El tiempo no se ha consumido, se concentra como la edad del cartero del pueblo que sigue repartiendo cartas a mediodía y permanece tan viejo como cuando aprendí a decir su nombre.
Yo asistía a la escuela, resolvía cuentas de quebrados, aprendí que Bolívar era inmortal, pero jamás tuve la ocasión de abrir un libro con mis propias manos. Nuestros útiles escolares eran la pizarra negra y el cuaderno a rayas. Para mí era un camino obligado pasar frente a la casa del Señor-que-leía-en-el-jardín recostado a la verja. Nadie se atrevía a perturbarlo porque él no contestaba saludos. Recuerdo que me escondía detrás del solar y estudiaba minuciosamente los movimientos de sus manos, las reacciones de su cara, cuando descansaba en una pierna, cuando descansaba su costado sobre la reja, cuando cerraba el libro para mirar a un lugar indefinido. Sus manos largas con cicatrices en las muñecas manejaban el libro sin apresuramiento, seguras, livianas. Giraba la cabeza despacio, como abatida, pienso ahora, por una gran insatisfacción. A veces le caía un mechón sobre la frente; la cara suavemente dibujada, impávida en aquel rostro cambiante del asombro al odio, del odio al temor. No recuerdo haber visto un movimiento de alegría en todo su cuerpo. Cuando cerraba el libro hacía fuerza con sus manos durante largo rato manchando de sudor el forro de la tela. Noté cómo las flores del percal se habían borrado bajo la presión de sus dedos, y el lomo estaba sucio y deshilachado en los bordes. Su fina figura se liberaba de todo reposo, se erguía en cada hueso como si estuviera repudiando una antigua ofensa. Entonces el libro pasaba a ser una parte de él, igual a un diente, a un ojo o una uña. Cuando esto sucedía yo sentía aquel cuerpo en su integridad de manera tan intensa que me infundía pavor. En seguida el Señor-que-leía-en-el-jardín con dominio preciso como un mago comenzaba a dar vida al control de sus pies, de sus manos, de la cabeza, hasta que todo él volvía a ser el señor que se apoya en la verja del jardín para leer un libro. El miedo se disipaba en mí; abandonaba el escondite y continuaba mi camino. Un día sucedió algo que aún me produce asombro cada vez que veo el libro en mi biblioteca. Tuve la sensación, textura-peso, de haber palpado el libro con mis propios dedos, pero una ceguera tenaz velaba mis ojos impidiéndome ver lo que allí estaba escrito.
25 de abril 1960... Han pasado treinta años y ahora caigo en cuenta de que aquellos signos de la primera página del libro no eran sino leves manchas azules que se repiten en todas las hojas; provienen de la tinta del rayado que se desintegra con el tiempo al azar en las páginas blancas.