sábado, 25 de junio de 2016

Leyendas y cuentos cortos venezolanos (23) Varios autores

Niño llanero en el archivo de  Mary Rosales


DUENDE 
(Mercedes Franco)
Hay varias clases de duendes en Venezuela:
1. Duendes traviesos. Son pequeños, casi imperceptibles. Espíritus inquietos y bromistas, esconden objetos y hacen travesuras a los humanos. Se les ahuyenta si se va al baño comiendo un trozo de pan, también recitando en voz alta versos cursis.
2. Duendes que lloran. Su llanto infantil se escucha en las noches. A veces se dejan ver jugando entre los árboles. Son espíritus de niños que murieron sin recibir el bautismo. Para alejarlos hay que bautizarlos: se lanza agua bendita en el lugar y se le da un nombre al duende, así descansará al fin en paz.
3. Duendes enamorados. Son ceretones, duendes de la Sierra de Coro, que viven en los grandes agujeros llamados aitones, en compañía de los coycoyes y las culebras. Tienen aspecto de un adolescente, pequeña estatura y usan sombrero de copa alta, al cual pretenden en ocasiones una pluma o un escarabajo como adorno. Se acercan a las muchachas cuando comienzan la adolescencia y las acosan sexualmente con caricias invisibles. Les hablan al oído, les dedican versos de amor, se introducen furtivamente en sus habitaciones. A veces hasta las raptan y los familiares las encuentran en los más profundo de la montaña. Los ahuyenta para siempre el olor a pescado crudo junto a su cama.
4. Duendes conservacionistas. Los momoyes o momoes son duendes indios que cuidan el paisaje andino. Están junto a las lagunas y protegen la flora y el ambiente. Si alguien contamina el pasaje, lo golpean con ramas que llevan a manera de bastón. Si se les quiere alejar basta con ignorarlos, lo que no puedes soportar. El Kapo también es ambientalista: es un pequeño duende indio que habita las montañas de Falcón y Yaracuy. Dispara sus flechas de oro a quien daña la flora o fauna de la región.

FANTASMA
 (Mercedes Franco)
En Venezuela se les llama popularmente “espantos”, o  “aparecidos”. El fantasma es una aparición inmaterial esencial espiritual. Se supone que es la emanación sobre natural de un difunto humano. Sin embargó, ha testimonios de animales fantasmas y barcos fantasmales. La aparente solidez del fantasma oscila entre una masa brumosa e informe y la perfecta réplica de la persona.
En muchas religiones, existe la creencia de que el alma sale del cuerpo en momentos de inconciencia, como por ejemplo durante el sueño. También se cree que después de la muerte el espíritu merodea indeciso y desorientado junto al cuerpo del difunto, durante un buen tiempo. Se supone que si el fallecido era un ser imperfecto, de mala índole, se le dificulta ascender a un plano superior y por tanto permanece entre los vivos, atrapado entre dos mundos. Este ser de ultratumba toma a veces forma y apariencias visible, muchas veces con-determinada finalidad, otras porque aún no sabe que ha muerto y otras por desorientación. Se dice que los fantasmas aparecen cuando las personas han muerto violentamente, cuando amas mucho algún lugar o cuando han dejado oro enterrado allí.
Según la tradición popular a los fantasmas se les aleja soló con la cruz y el nombre Dios o la Virgen. No hay  que desafiarlos, ni se les ahuyenta insultándolos. Esto es contraproducente,  es factible que el fantasma se empecine en perseguir a quien lo retó “pegándosele a la pata”, como dice la gente.

LA LEYENDA DEL TESORO DE LAS SIETE MULAS (Álvaro Parra Pinto)
También conocida como “el Tesoro de Boquerón”, esta leyenda recordada entre los habitantes de Galipán cuenta que en tiempos coloniales un invalorable cargamento de monedas de oro salió de Caracas con destino al a Guaira sobre el lomo de siete mulas conducidas por un arriero.
Un grupo de maleantes, viendo pasar a las vestías y su cargamento, intercepto al arriero y, al ver que eran morocotas, le asesinaron antes de llevarse el cargamento.
Se dice que al verse perseguidos, escondieron el oro y huyeron para nunca más volver. Los lugareños aún creen que yace enterrado en algún lugar del teoso de boquerón, donde –en vano y durante siglos- muchos han buscado y aún siguen buscando este valioso tesoro.

LLANTO POR UN CABALLO
 (José Adames)
Había una vez un caballo que pintó un viejo. Cuando el viejo hacía los locos trazos lloraba pero sin hacer ruidos. Que pintaba sus ojos llenos de tristeza, lloraba. Que los ojos de este caballo veían malignos aviones lanzando objetos feroces, lloraba. Que en esos ojos se  reflejaba pequeñuelos, y ancianos y mujeres y hombres bravos (arrechísimos, podría escribir sin problemas), lloraba. Que las patas y la barriga abierta el caballo también miraban para el cielo, lloraba.
Cuando ya al viejo no le quedaba nada de su reserva de lágrimas que Dios le había dado un día de larga lluvia, acabó de pintar el caballo de un insólito azulito. Le puso entonces unas riendas de piel de cordero y se lo llevó para el museo de unos hombres muy ricos pero que eran buenos (¡cosa rara!). Y eran buenos precisamente por haber pagado para que les hicieran ese museo que era en verdad de todos. Entonces otros hombres que venían día a día-menos  los lunes- a ver que al caballo y decían pobrecito ese caballo, y se calentaban mucho (como los otros que dije) por todo lo que había sufrido el caballo herido que pintó el Sr. Pablo, también se daban a llorar y a llorar. 
Como si no hubiera ya más nada que hacer.

DESEO MAL GASTADO 
(Armando José Sequera)
Conversando con mi suegra, le dije que a mí  me gustaría tener un loro, porque es un animal que, si uno lo enseña, puede aprender hablar y hasta a cantar. Esa misma tarde, llegó a la ventana del apartamento un lorito que, a kilómetros, se veía que había huido de algún lugar cercano. Era de lo más manso y se dejó agarrar por mí, tranquilamente. Sin embargo, para que no volviera a escaparse, cerramos todas las ventanas, mientras yo salí a comprarle una jaula. Cuando regresé, lo metimos en ella y se quedó como si toda la vida hubiera vivido allí. Pero, al día siguiente, cuando estaba desayunando, me le quedé viendo y agarré tremenda rabieta porque, en ese momento, me di cuenta de que me habían concedido un deseo y yo lo había malgastado en un loro.

INTERROGANTES
 (Enrique Plata Ramírez)
La mujer, en medio de la desolada calle, sintió un profundo temor del hombre que acabara de pasar por su lado. Creyó que su mirada la asesinaba. Se sintió, de pronto, asediada, robada y ultrajada.
Asustada, se volvió luego para verlo y sus ojos se encontraron ante una distante y furiosa acometida.
Rato después, ya en su casa, notó que le faltaba el reloj. Y no supo explicarse porque llevaba la falda destrozada.

NADA SE QUEMÓ
 (Ramón Lameda)
El único propósito que la llevó a aquel sitio, era el de tomarse un café. Lo pidió. Se lo trajeron. Rompió la bolsita de azúcar disimuladamente con la punta de los dientes (con la punta de las uñas le fue imposible). Vació el contenido en la tacita. Mientras sostenía la cucharilla con los dedos índice y pulgar, haciendo movimientos rotativos, se predispuso a disfrutar en forma especial su taza de café. Se acercó la taza a la boca y vio un enorme ojo nadando sobre la superficie del café. Lanzó un grito tan terrible que el mesonero dejo caer la bandeja, el policía sacó su revólver, dos señoras que discutían en voz baja se agarraron a golpes, un perrito caniche saltó a la garganta de un perro de yeso, un gato que dormía apaciblemente sobre el mostrador, le saltó a los pájaros de plástico que adornaban el sombrero de una señora. En todas partes la gente se amotinaba, se informaban sobre el suceso, gritaban con las pelucas en las manos mientras los bomberos, con sus carros cisternas buscaban afanosamente el lugar del incendio.

SUICIDA 
(Gabriel Jiménez Emán)
Erase un hombre que siempre quería suicidarse. No tenía el valor de hacerlo: apenas imaginaba que iba muriendo, se acostaba y soñaba y retomaba su idea de suicidio, que le mantenía sano las doce horas hábiles del día, y luego lleno de sueños placenteros durante toda la noche.

TUVE UNA VISITA 
 (Eduardo Mariño)
Copas, guitarras. Delirio, alivio. Asustados, mis días no florecerán sino bajo el catre (el abono de cenizas de rosas parece ser efectivo contra ciertas malezas y algunas formas del hastío cotidiano).
¿Quién murmura en esta celda?, quién podría saberlo...lentamente llorarás, premeditando cada reflejo en tus lágrimas. El sol sigue deslizándose ¿amanecerá acaso? quise arrancar una flor para tu sombrero, pero inexplicablemente no llevabas ninguno.
El visitante dijo una mentira sin mala intención, pero suficiente para hacerme extender las alas, rayando el piso con mis garras. El visitante era casi silencioso y aparte de su mentira, sólo dijo adiós, entregándome una ligera roca agujereada. Al observarla al trasluz, pareciera tener la propiedad de permitirme adivinar tu sonrisa...

RÍOS CRECIDOS
 (Héctor González)
Inevitablemente, esa noche la pasó en vela, por un lado el incesante ruido de las gotas de lluvia al golpear las viejas láminas de acerolí que durante el día soportaron otra aventura de su padre, quien tenía como afición casi fetichista, trepar al techo y mudar la antena de televisión a cualquier lado solo para entretenerse. Y por el otro, la plena seguridad de que la cantidad de agua caída era suficiente para provocar el enfurecimiento del caño Buen Pan, que pasaba muy cerca de allí.
La violenta tempestad dio paso al silencio fúnebre de las madrugadas en Paso Ancho, Gabriel no supo el tiempo transcurrido desde entonces hasta el primer cantar de gallos que sus oídos alcanzaron a escuchar, mas si se preguntó cómo hacia su hermano, yacente a su lado, para dormir mansamente sabiendo de las maravillas que los aguardaban al amanecer.
José Malpica despertó temprano como siempre, su conductismo frenético lo llevó a encender el radiecito de baterías gigantes que solo sintonizaba Radio Paso Ancho 920 AM.
Lo colgó sobre el protector de la vieja ventana de la cocina y  empezó a tantear en el mar de cachivaches la olla para hervir el agua del café, la llenó en el grifo y la puso a hervir. Olvidó que quedaban solo un par de cucharadas del polvo negro, al abrir el tarro y percatarse profirió sus típicos improperios, ultimando con una meditación sobre el gobierno de Carlos Andrés Pérez, "y pensar que me eché tremenda rasca cuando ganó el calvo".
A pesar de lo insípida, disfrutó de la bebida mañanera con solemnidad de ritual, parado junto a la puerta que conducía al patio, deleitando el olor a tierra mojada concurrente en el aire.
Gabriel se levantó con los primeros claros, vio a su padre disfrutando del café y mirando hacía los charcos con nostalgia en los ojos. -Bendición papá- dijo desperezándose, -Dios lo cuide- respondió sorprendido, -¿por qué te levantaste tan temprano? es sábado-, no vaciló en su respuesta, -estoy ansioso por ir al caño, debe estar revuelto-. José sonrió en su interior, sabía del efecto causado por las múltiples visitas a los ríos crecidos junto a sus hijos, y que ahora, a pesar de estar entrando en la edad donde la razón ennublece el espíritu, mantenían impávidos el brillo en sus ojos ante la inminencia de los esplendorosos paseos.
Los 30 minutos transcurridos desde ese instante hasta que su hermano despertó parecían perennes, aguardó sentado en el corredor junto a Aqueloo, su perro, que escuchó atentamente y en silencio el relato de su amigo sobre las posibles aventuras en las que participaría también.
-Ángel apúrate, vamos a ver qué tan brava está la corriente-, oyó en el interior de la casa y se incorporó junto al animal, quien movía su chuta y gruesa cola blanca de alegría ante el inminente acontecimiento.
900 metros los separaban de su objetivo, Aqueloo era el escolta en el camino pedregoso y atiborrado de charcos, cruzaron el portón anaranjado que dividía la calle Monasterios de Paso Ancho con la finca tabacalera, la cual servía de castigo a los jóvenes que salían mal en sus estudios, o simplemente como única y miserable fuente de empleo y esperanza para las familias del lugar.
Avanzaban con paso firme y decidido. Gabriel, de cara y cabeza grande con nariz y labios de negro, ojos claros, huesos macizos y piel pálida, caminaba junto a su padre y su hermano. Ángel era un trigueño enjuto, de facciones finas, ojos grandes color miel y el frente de su cabeza adornado con par de remolinos que impedían peinado alguno. José Malpica aún era erguido como en sus tiempos de guardia nacional de la vieja escuela, de la época donde se consideraba normal que los uniformados vieran al resto de los mortales por encima del hombro. De cabeza prominente, piel canela y nariz aguileña, se preocupó siempre porque sus hijos vivieran aislados de la maldad dominante en el mundo, lográndolo hasta que la razón impuso su criterio.
Aqueloo fue el primero en llegar, miró aterrorizado la fuerza de la corriente que silbaba mientras arrastraba consigo ramas y troncos. Para todos la escena era familiar, sin embargo sentían un fuego candoroso en cada oportunidad.
-Busquemos una piedra gigante para lanzarla al agua- dijo José, empezando a buscar con la mirada el objeto, requisito indispensable para el ritual de obligado cumplimiento. 
Halló a un par de metros de la orilla una inmensa roca amarillenta, enmohecida por la humedad, pero perfecta para la ocasión. Gabriel y Ángel intentaron ayudar, pero su padre nunca lo permitía, detalle que ellos disfrutaban, no había nadie más fuerte que él. La levantó con tal esfuerzo que su cara enrojeció y las venas del cuello se marcaron como bejucos morados, caminó hacia el centro de la carretera en la que se levantaba el puente con alcantarillas y dejó caer la piedra al agua, un estruendo apoteósico se dejó escuchar dando paso al salto del agua que se levantó unos 2 metros, espantada por el impacto. -Soy el mas fuerte- gritó un exultante y victorioso José, mientras veía el brillo en los ojos de sus hijos, enardecidos de la emoción. 
Regresaron a casa, Gabriel contó lo sucedido a su hermana Luisa y a Eucaris, su madre, que oyeron amorosas y atentas la historia repetida, pero siempre cargada de miradas conmovidas.
Al llegar, José Malpica se sentó frente a su vieja mesa a escribir una canción, aún no había cruzado por su mente ni la primera línea de la primera estrofa, más sabía que algo bueno vendría. El motivo, saberse convencido que sus hijos lanzarán siempre un suspiro de nostalgia al aire en algún húmedo o revuelto lugar donde solo estará su querido recuerdo.