miércoles, 22 de junio de 2016

Leyendas y cuentos cortos venezolanos (17) Varios autores


Imagen en el archivo de Leyendas del Llano

CARMELO NIÑO 
(Mercedes Franco)
Era un famoso decimista, buen cantante y hombre listo para todo. como él mismo se definía: “Me gustan los días de fiesta, para salir a cantar, en la mano un buen garrote  y en la cintura un puñal.” Una noche, mientras Carmelo Niño entonaba sus famosas copias, llegó un extraño cantador. Vestía negro poncho y tenía aspecto sombrío. Mirando a su rival intensamente, cantó:
“Yo me alargo sin medida,
Nadie me iguala en la suerte.
Yo dispongo de la vida,
Yo dispongo de la muerte”.
El público quedó en suspenso. Una brisa fría recorrió el lugar. Dice la tradición  que Carmelo Niño sólo  vaciló breves instantes. Luego dejó oír su voz sonora y bien timbrada:
“Ave María de los Cielos,
Virgen del Carmen bendita,
Sagrado rostro de Cristo,
Santo Cristo de la Grita.”
Al oír estas palabras el misterioso decimista huyó espantado, dejando un terrible olor a azufre en el ambiente.

EL CARRETERO DE CHIGUARÁ 
(Mercedes Franco)
Por las calles de Chiguará, pueblecito cercano a Mérida, pasa en las noches oscuras una carreta. La conduce un viejo indio, con un buitre en el hombro. Un macilento caballo oscuro arrastra penosamente la carreta, cuyas ruedas rechinan macabramente. Muchos aseguran que quien conduce ese espantoso  es el propio Lucifer, que viene a Chiguará a robar almas para llevárselas al infierno. Por eso nadie sale de noche y antes de irse a dormir cierran bien puertas y ventanas, para ahuyentar al Carretero. Y si en medio de las Sombras sienten el crujir de las ruedas, se hacen la señal de la cruz y rezan el Credo. Dicen que es la contra para alejar a tan horrible visitante.

LA DAMA DE ISLA BLANCA 
(Mercedes Franco)
Era caraqueña, bella y de muy buena familia. A fines del siglo diecinueve tuvo que viajar a Paris para comprar su ajuar de novia o trousseau, como hacían entonces las muchachas de la alta sociedad. En aquella época no se conocían las embarcaciones de motor, y todo el mundo viajaba en barcos de vela.
Al regreso, en medio del océano, el navío fue sorprendido por una “calma chicha”. En términos marineros, se trata de una clama excesiva. El viento  casi no sopla y los barcos a vela se detienen. En las largas tardes del océano la joven  y el capitán del barco se hicieron amigos. Conversaban todas las noches de poesía, de historia y hasta de astronomía. De esa amistad surgió un apasionado amor, al que se entregaron sin meditar en las consecuencias. Pero en dos semanas comenzó de nuevo a soplar el viento, y al fin la nave pudo proseguir el rumbo trazado.
Ya se acercaban a las costas venezolanas, estaban cerca de la isla conocida como “La Blanquilla” o “Isla Blanca”, cuando de pronto, la muchacha se dio cuenta del grave error que había cometido. Reflexionaba profundamente, sin encontrar la solución a su problema. Amaba al capitán del banco, pero era casado, nunca podrían unirse lícitamente. Además, en Caracas la esperaba su prometido, que no merecía su abandono. Sería una gran afrenta, y una venganza para su familia. Llena de pena y culpa, la pobre se arrojó al mar una noche, cerca de la Blanquilla. Su cuerpo nunca fue recuperado, pero el capitán pasó una cruz en la isla, en recuerdo a su amada.
Los pescadores margariteños nunca dejan que los agarre la noche en la isla, porque afirman que al salir la luna, la Dama de Isla Blanca se pasea por las blancas arenas, con un hermoso traje blanco. Y quienes duermen allí sienten sus caricias invisibles y su voz apasionada que busca a lo largo de los siglos el amor perdido.

EL ÁNIMA DE JOSÉ GREGORIO HERNÁNDEZ
 (Armando José Sequera)
Cuando mi mayor salió sorteado para ir a servir en la Marina, yo le pedí al ánima de José Gregorio Hernández que evitara que lo aceptaran en el ejército y le puse un velón blanco en el baño. Y dicho y hecho: a mí muchacho lo rechazaron porque le faltaban dos centímetros para la estatura mínima. José Gregorio me hizo ese milagro, como me ha hecho otros relativos a la salud. Yo le tengo mucha fe porque ese hombre era un santo. Los demás doctores lo invitaban  «Vamos a una fiesta, que allá hay unas mujeres». Y él decía: «¿Unas mujeres? Mis mujeres están aquí» y les señalaba sus libros. Él sabía mucho de medicina y la prueba es que, hace dos años ---- ¿Te acuerdas?--- yo me la pasaba doblada por un dolor de cintura que, según dijo el médico, me lo producía una insuficiencia en los riñones. Un día, yo le pedí a José Gregorio que me curara y no pasó una semana cuando una noche entró a mi cuarto un hombre vestido de negro. Yo no me asusté porque lo reconocí de inmediato, por el bigote. Me dijo «Hija, tu fe te ha salvado. En tus riñones estaba escondida tu muerte. Acuéstate boca abajo que voy a curarte». Yo le obedecí y él puso sus manos sobre mis riñones. Entonces, sentí un bienestar tan grande y me dormí y no supe más de mí hasta el día siguiente, cuando por primera vez en mucho tiempo me desperté sin el dolor. Yo fui a Isnotú, en el estado Trujillo, a la casa donde él nació y también visité su tumba aquí en Caracas, en la iglesia de La Candelaria. Yo le tengo una fe tan grande a ese hombre…

LUCHA 
(Enrique Plata Ramírez)
Lo vio acercarse e imaginó a un furioso y malé dragón rojo al acecho de la doncella. Lo vio abrir su enorme boca para decir algo ininteligible. Decidida, lo esperó lanza en ristre. La vida le iba en aquel encuentro.
Y cuando lo tuvo cerca, temido e implacable agresor, se le abalanzó dispuesta a enterrarle la lanza en el corazón y terminar de una vez por todas con aquella farsa. El acometimiento se torció un pie, resbaló y cayó sintiéndose vencida.
Presuroso, quitándose el disfraz, el marido la llevó al médico aquel martes de carnaval.

QUIEN NO TEME
 (Eduardo Mariño)
Arlequines brillantes en la piel que se estremece. El sol sudándose bajo la ropa negra. Mujer de tres, mujer de seis. Hombres mirando sabiéndose vencidos y él, él sonriente, pues la muerte, amarga, le teme.

LA ESPERA 
(Eduardo Sanoja)
Agustín pasó todos los días de su vida esperando. Frecuentemente meditaba y hacía balance acerca de cuál sería el momento más importante de su existencia. Ayer le llegó. Hoy lo enterramos.

EL BANQUETE
 (Ramón Lameda)
Días, semanas, meses interminables sin probar bocados. Y repentinamente me colocan ante este banquete: jamones con sus lenguas estiradas sobre los platos, huevos de codornices, pavo relleno, gallina al graten, cochino a la manzana, frutas, postres... ¡El Paraíso!.
 Sin embargo, hay un temor escondido bajo la mandíbula que me impide lanzarme de cabeza contra los manjares. Casi no tengo hambre pero siento una extraña fuerza que se aproxima lentamente, de dentro hacía afuera. El hambre reaparece, seductora, irresistible. Me rindo ante la presencia de un asado con vino rojo. ¡Manjar exquisito! Se me cae un cachete. Las albóndigas envueltas en tocineta. ¡Maravillosas! Mi pecho, mis costillas. Langosta con aceituna rellenas de cavial, pasta de hígado de oca, salchichón, mil hojas, torta helada. ¡Es un hombre insaciable! Antebrazos, muslos, pies. Me voy devorando irremediablemente.

EL SUEÑO DE ANTONIO
(Orlando González Moreno)
Antonio siempre soñaba con el rostro de las personas que morían, pero sin que él supiera previamente que habían fallecido. Así se enteraba de que alguien dejó de existir, antes de que alguna persona lo dijera.
Antonio vino a saber que había muerto cuando una noche soñó con su propia cara.

DESAPARECIDOS
 (Jesús Enríquez Guédez)
Viejo, con los años como se vive otro mundo, tenía alucinaciones poseyendo a las doncellas del pueblo. Ya lo decían que andaba suelto merodeando con ganas de dejarme solo. Porque yo me negaba a hablar y quería morir, pero él deseaba que viviera. Me desperté antes del día cuando el viejo bañaba al burro. En su comercio contabilizó que me fuera de esta maldición que no es pueblo ni cielo, engañados de enfermedad, muriendo de nada. Sí, que le arrancara las uñas a mordiscos como fue que mis tíos se ahogaron por recoger un sombrero que el viento les tumbó en el río cuando navegaban con la canoa llena de mercancías.
Quieres vender tu burro para que yo no te vuelva a ver la cara, para mandarme a vivir en otro mundo. La gente oponía que los burros no se comercian, que nos libran del mal de furia cuando golpeamos con un garrote entre sus orejas. Estamos perdidos con las doncellas, vieja fiesta de iglesias tus alucinaciones. Esos eran los cuentos que ninguno cuenta. Argumento oculto, muerte clara, decían. Confusión con palabras de otro. Por supuesto mi padre, y yo ahora como animal oliendo rastros porque las letras son una desilusión cuando se escriben, existiendo a retazos fuera de nosotros. Sin embargo tu comercio era tu comercio, bien lo sé hoy. Qué más, aquel burro, para qué sino para librar los sueños de tu edad. Nadie te podía creer y yo te vi antes del día de la noche en amanecer amarrar el burro, bañarlo y darle agua oscura. Como si en verdad quisieras venderlo. Por cuatro reales. Dinero del comercio de un burro ciego.
Nosotros estábamos escondidos por la evidencia de que ellos habían llegado. Desde hacía días se venía diciendo en los caminos. El viejo recibió la noticia cuando el-hombre-su-amigo dormía con su mujer inocente de los hechos. De repente el viejo se quedaba solo aparando agua de lluvia. Y yo-mismo no sabía si él era indiferente como un árbol. De repente desaparecimos sin aparecer. En la cuenta de los números salimos a un entierro, uno tras otro, totalmente en fila el pueblo entero. Me encuentro en la muerte con la poesía. Con el antojo de cantar, sordo de tanto oír voces ajenas. Pero para mí fue igual a tu amigo desaparecido, suficiente para que fuera otro desde ese momento y olvidara las canciones cuando él desapareció. Como me dijo mi hermana, el viajero que esperaban no era el viajero, era el que embarazaba a las niñas detrás del falso paisaje de fotógrafo. Con la noticia en la boca llegaron los hombres inesperados. Comprendí tardíamente que el viejo escondía su soledad y me daba la mía. ¿Qué puedo decir ahora? Por todo relato en sus años en aquel día interminable sucedieron los motivos que siguen. En tanto su amigo dormía, llegaron los hombres y gritaron desde la calle fingiendo voces amistosas, iguales a las que él hablaba con el viejo. Desde esa noche el amigo del viejo desapareció sin aparecer y la mujer que dormía con él quedó sola para siempre.
La música fue grande. Ahora suman dos más el primero desaparecido sin que más nunca por siempre jamás sean vistos. Acostado quedó el viejo recto en el suelo, mientras yo me desnudaba con el sexo rebelde al lado del sonido del río, y la doncella poseída en sueños por él dejaba correr el agua por el sexo desflorado, tal como las alucinaciones del viejo. Después del pensamiento corté dos varas de árbol verde más largas que su cuerpo. Llamé al burro como él mismo lo llamó la noche en amanecer que quería dejarme solo y até el viejo a aquellos maderos y éstos al animal para arrastrar el cuerpo. Por eso es que a veces las palabras se entierran y no queremos decir nada. El cuerpo del viejo como el de su amigo que conocí y murió creyendo en voces de otros. Desaparecido sin aparecer. Pero para el comercio no me servías, padre. Está bien ganada tu soledad para salir del paso y dejarme solo. Con tu burro ciego rondo desde el amanecer como un loco con locura animal. Buena manera para tu fiesta de alucinaciones, pues cuando desaparezcas sin aparecer en mi memoria ya estaré en mi soledad.

HOMENAJE A ALFREDO ARMAS ALFONZO
 (Algunos Cuentos)

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En la misma urna revestida de tafetán negro con broches dorados de palma como la del coco, algo muy especial, los metieron a los dos, el nonato al lado izquierdo como si se le hubiera dormido en el regazo.
Tuvieron que quemar incienso para atenuar el mal olor del cadáver. El piano entre la ventana de la calle y la alcayata tenía las patas en forma de pescado, como esos bagres con cabeza de sapo de los que llaman rabo de candela, que abundan en el paso abajo, donde se bañan las mujeres, y son distintos a los coñeros, más pequeños, menos lentos y muy abundantes. A esos bagres se asemejaban, pero la cola la tenían hacia arriba, sostenido el teclo.
El piano ya no sonaba y hasta había perdido el charol. Es decir, que había tres muertos durante el acto del velorio.
                                   
                                    125
El tuerto de Yay tenía la conciencia en el único ojo que le quedaba. El barbasco y el rabo de alacrán le crecían en el lomo y ahí entre las escamas hasta le floreaban.
Ramón Coa le puso un cebo con bofe podrido y el tuerto no vio el anzuelo.
Como era un animal con más de un muerto, lo encaramaron en una parihuela y lo pasearon por todo Clarines,  Casiano tocándole su violín, y hasta flores de napoleón le pusieron entre los colmillos.
El viril le colgaba como una tripa de cochino de hacer chorizos y Severiana Guapuriche criticó eso porque era una inmoralidad que viendo que se le había salido no se lo metieron para adentro antes de sacar al caimán en procesión como si fuera un santo.

                                      140
De debajo de una batea, donde las escondía de los cucaracheros en una totumita, Ña Úrsula se acaba las conservas de flor de amapola para obsequiar a la niña Mercedes y a la niña Anita Vicenta cuando éstas iban a visitarla.
Ña Úrsula es la única que tiene cocos en todo Sabanauchire,  Ña Úrsula que vivía íngrima se daba cuenta perfecta de que no era por ella sino por sus cocos por lo que la gente se llegaba hasta su quicio de la calle de los pícaros. No era por Ña Úrsula sino por los cocos. El día que Ña Úrsula dejó de hacer conservas de amapola los cucaracheros no volvieron. El día que se secaron de viejas las matas de coco de Ña Úrsula nadie se acordó de Ña Úrsula y sus cocos. 

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