lunes, 27 de junio de 2016

Leyendas y cuentos cortos venezolanos (27) Varios autores

Cojedeña- Imagen en el archivo de Carlos González



LA LAGUNA DE LA YAGÜITA
 (Mercedes Franco)
En el estado Apure hay una placida laguna que refleja fielmente el cielo llanero. Mitiga la sed de la sabana con su refrescante azul, a mitad del camino. Es la laguna de “la Yagüita”, de la cual  beben inocentes las garzas y los gabanes. No saben que estas aguas espejeantes encierran una misteriosa leyenda.
Cuentan los llaneros que hacen un siglo no existían en la Yagüita esa laguna. Había solo una gran pradera, donde un forastero quiso hacer fortuna. Cercó todo el terreno, y comenzó a meter ganado allí. Era ganado sin marca, del que vaga suelto por la sabana, aparentemente sin dueño. Es lo que llaman en el Llano “cachilapos”.
El hombre tuvo pronto una próspera hacienda. Reunía reses sin marca y las herraba con su marca propia. Al llegar la Semana Santa, sus peones pidieron permiso para cumplir los oficios religiosos. Pero el patrón los obligó a trabajar. El viernes Santo apareció antes ellos entonces un enorme toro negro, de ojos encendidos.
Cuando se disponían a herrar aquel indómito toro negro cayó un espantoso rayo, que fulminó hacienda, ganado y gente. Luego se formó en el lugar una amplia laguna. Hoy en día, quien pasa por la “Yagüita “se siente atraído por sus aguas. Y en las noches más oscuras, se oye el bramar de aquel toro infernal y los gritos de los desaparecidos. 

LAGUNA DE CAMPOMA
 (Mercedes Franco)
En el estado Sucre se encuentra el pueblo de Campoma. Existe allí una extraña laguna, cuyas aguas se incendian una vez al año. Este sorprendente fenómeno natural se llama combustión espontánea y atrae a miles de curiosos, lugareños y turistas. Ocurre durante el período de mayor calor y evaporación de la laguna.
Refiere una vieja leyenda de la región que este fuego se debe a los espíritus desdichados de dos enamorados, pertenecientes a la más fina estirpe de los cumanagotos: la princesa Taìa y su enamorado Coare, un sencillo agricultor. El padre de la muchacha, sin tomar en cuenta sus sentimientos, quiso comprometerla con un guerrero extranjero. Y la joven prefirió morir antes de unir su vida a otro que no fuese su gran amor, Coare.
El día del matrimonio Coare lloraba escondido tras un árbol. Cubierta de flores, Taìa avanzaba lentamente hacia su prometido, el extranjero. Pero al llegar a la laguna, la princesa se arrojó a las aguas. Coare se lanzó inmediatamente tras ella, y enseguida la laguna se incendió. Altas llamas se alzaron hacia el cielo, y nadie pudo acercarse.
Los dos enamorados murieron allí, jamás nadie vio sus cuerpos. Aquel amor había sido tan grande que incendió las frescas aguas. Y aún hoy, la combatida pasión de Coare y Taia incendia cada año la misteriosa laguna de Campoma.

LA LEYENDA DEL MONSTRUO DE ORIENTE
 (Andrés A. Level)
Aseguran muchos pescadores margariteños y cumaneses que existe por nuestros mares de Oriente un monstruo, no como la tan debatida serpiente marina, sino más formidable y extraordinario; tal, que en tamaño y fuerza el célebre Nautilus de Julio Verne sólo podría compararse a una sardina. Que al flotar no exhibe todo su cuerpo sino que, asomado sólo una parte del dorso, éste aparece como una isla baja en cuyos lados hace rompientes el mar, como en las costas no abrigadas de los vientos, y que todo buque huye a la aparición de este vestiglo oceánico que sólo se ha podido divisar a mucha distancia.
Agregan que las pescas a cordel, a veces se encuentran con un lugar donde no es explicable la abundancia de peces por el enorme fondo, siendo así que éstos por lo regular no se hallan sino en los placeres, sitios precisamente de poca profundidad. Pero los pescadores comprenden que en el fondo de esas aguas debe hallarse a la sazón de uno de esos monstruos, siempre acompañados de una inmensa cantidad de animales. Ellos entonces, al mismo tiempo que todos los anzuelos que tienen a bordo, largan la sonda, se aprovechan del cardumen y -al comenzar a disminuir el braceaje- huyen a todo trapo o a fuerza de remos, porque ello significa que el monstruo sube a la superficie.
No siempre se muestra. Pero cuando no se deja ver es conocida su presencia porque forma entonces un inmenso placer que se distingue por la claridad aguas, que contrastan con el azul profundo de las que lo rodean.
Ese es el animal que llaman guachiporra, y en vano desde 1855 a la fecha hemos procurado conseguir respecto de él más noticias que las expresadas.   A la  conversación a que nos referimos se repetía lo mismo, sólo que citaban  los nombres de las personas y de las embarcaciones que habían visto o experimentado los efectos de la guachiporra. Una y otras veces hemos vuelto a Margarita; también a varios puntos de la costa de Araya, Carúpano y Paria, y siempre nos hemos encontrado con los mismos informes…

ENGAÑO 
(Enrique Plata Ramírez)
Le entregó el hombre las treintas monedas de plata acordadas, y la hermosa mujer, sonriendo, las recibió y se fue con él a una de las habitaciones.
Antes de desayunar lo besó con lascivia.
De lo alto de una higuera se colgó Judas, rato después, al saberse engañado por un travesti.

EL HOMBRE Y X 
(Ramón Lameda)
El hombre le había salvado la vida a X. Pero los amigos de X lo convencieron de que debía matar al hombre, para librarse así de un eterno agradecimiento.
X tomo un afilado puñal y se presentó ante el hombre. Este, sin inmutarse le dijo: “Si me matas, morirás también”. X no le hizo caso y le deslizó repetidas puñaladas en el cuerpo. El hombre empezó a desangrarse en el más puro silencio. Entonces, de su boca abierta, salió su alma con un puñal en la mano.

LA NUEVA DROGA 
(Gabriel Jiménez Emán)
Una comunidad tecnológicamente ultra desarrollada estaba completamente convencida de que el televisor podía darle lo que la vida no. Al constatar esto, sus ciudadanos se sumergieron tranquilamente en las aguas de aquel sueño artificial procurado por la nueva droga que, de vez en cuando, les permitía el lujo de asomarse a la realidad, por lo cual debían cancelar unas altísimas tarifas de consumición al Gobierno Federal, que estaba descubriendo y haciendo por entonces el gran negocio del siglo.

EL DESCUIDO
 (Eduardo Sanoja)
Cupertino había adquirido una pequeña granja por los lados de Yaritagua y estaba incorporado de lleno a las actividades rurales. Con mucho entusiasmo. Y como todo, surgen inconvenientes. Estaba probando con la cría de pollos y de gallinas ponedoras. No sabía si era un perro cimarrón, un zorro o un rabipelao el que se las estaba matando, pero decidió montar guardia en la noche con su escopeta y acabar con el intruso.
Era una noche de luna llena, fácil para avistar cualquier cosa que se moviera. Sería eso de las dos de la mañana y usted sabe que uno solo en la noche se pone a pensar cosas. Recordaba y le paseaba la mente y le venían las memorias de cuando jugaba garrote y la fiebre de andar siempre con un palo en la mano. Echar la siesta con un palo al lado. Sentarse a descansar o a conversar con la mano sobre el bastón y sobre la mano la frente o la quijada…
No aparecía ningún animal. De pronto, quién sabe por qué casualidad, motivo o azar, retumbó una detonación con su eco que ocupaba todos los rincones del silencio. No es bueno, cuando se vela a un animal para cazarlo, dejarse llevar por los sueños y confundir el cañón de una escopeta con un palo.
Es un descuido grave…

YA DIOS HIZO SU TRABAJO 
(Armando José Sequera)
Todas las mañanas, al despertarse, durante casi noventa años, el abuelo siempre hizo eso: abría los ojos, mucho antes de que el sol saliera, se iba hasta la ventana, y allí se quedaba cerca de media hora, viendo como la claridad iba disipando las sombras y el cielo se iba llenando de colores. Una vez me mostro lo que veía y oía, yo había ido unas vacaciones con él y con la abuela, y me despertó tempranito, todavía oscuro. Aun me estaba quitando las nubes del sueño de los ojos, cuando me dijo que escuchara como, al abrir rendijas de luz en la noche, la aurora producía un sonido muy suave que atraía la brisa. Recuerdo haberle dicho que no oía nada y entonces me pidió que me concentrara. <>, le dije. No insistió, pero su cara se fue llenando de una alegría increíble, como si le estuviesen inyectando felicidad, o algo así. Al rato, me dijo que oyera el canto de los gallos y eso si lo oí, a lo lejos. <>, dijo, y me apretó contra el con unos de sus brazos. Así me tuvo un rato, en silencio, hasta que me señalo las bandas de pájaros, loros y guacamayas que pasaban sobre el edificio. Después, me soltó y me dijo: <>. Y entró a su cuarto, a vestirse para ir a trabajar en su joyería. 

JUSTICIA DIVINA, UNA FARSA
 (Héctor González)
-Qué extraño poema, el carajo estaba muerto-, dijo para sí mismo Javier, luego de leer “Rosas Blancas” de Eduardo Mariño, que llegó a sus manos hecho panfleto, arrastrado por la brisa en las cercanías del aeropuerto de la ciudad mientras caminaba cabizbajo y pensativo. Era viernes, la ciudad empezaba a despedirse del sol de marzo, ese que guarda un instinto de asesino fulgurante e insultante.
Sus pasos contoneaban la danza de la preocupación, el más pequeño de sus tres hijos había convulsionado esa mañana producto de una fiebre delirante.
Javier era un buen chico, a sus 36 conservaba flamante el vigor de los años mozos, su poderosa caja torácica daba testimonio de ello, mientras que sus brazos, curvos como los del mítico Popeye, eran el resultado del caleteo de cemento mientras fue obrero de construcción, además de una rutina de barras paralelas que cumplía con fidelidad mística.
De 1.75 de estatura, piel morena, odioso cabello bucle y con entradas que forzaron su decisión de raparse continuamente, escondía tras su mirada la luz que irradian los buenos.
Al llegar a casa nada había cambiado, su esposa lo recibió con el cariño que merecía, mas no ocultó su angustia. -Al niño no le baja la fiebre, hace poco le tomé la temperatura y tenía 39 grados-. Escuchó con atención y desdén, su desilusión aumentó al comprobar que las provisiones para el fin de semana eran exiguos. Su sueldo mínimo, devengado por ser mensajero en la gobernación, nunca se dejaba administrar lo suficientemente bien para tener holgura en las necesidades básicas. Todo empeoraba cuando sus retoños enfermaban, las medicinas terminaban siendo crueles vampiros de la quincena que no cobraba aún.
A las 6:30 de la tarde, el pequeño seguía en su agonía. No muy lejos de allí, Cacique llegaba a casa en su camioneta, una Cheyenne blanca de cauchos bajos y una bachata chillona a todo lo que daba el sistema de audio.
Cacique nunca ha pasado apuros de bolsillo, es comerciante y saca provecho de todo lo que la viveza criolla venezolana marque como pauta para el momento. Por la tarde ya había vendido a sobreprecio 60 bultos de pañales que un militar de alto rango le “cuadró” desde San Cristóbal.
Antes de pasar por casa, ya se había tomado unas cuantas, era zaporro, barrigón y de olor a melaza. A sus hijos solo les faltaba amor, el que nunca podía brindar porque su tiempo lo acaparaban los negocios, las mujeres y el alcohol. Pasando desapercibido como siempre, entró a su cuarto, tomó unos billetes apretados con liguitas y volvió a su vehículo; La bachata seguía lanzando frases promiscuas. Su destino era el bar Gallo Rojo, pero en el camino decidió desviarse para recoger provisiones en una licorería cercana.
La esposa de Javier le suplicó fuera a una farmacia a comprar Acetaminofén pediátrico para tratar de paliar la calentura del muchacho. Se puso en pie y enrumbó hacia la calle, no tenía ni un solo bolívar, detalle no comentado para evitar mayores ansiedades. Pensó, como solución desesperada, acudir a su compadre Antonio, que vivía a una cuadra. –Compadre necesito un gran favor- dijo escondiendo muy bien su desasosiego, -présteme la moto y 200 bolívares para buscar un remedio, la fiebre no se le quita al bordón-. –Ni una palabra más compa, dele-, contestó su amigo.
La noche ya se había apoderado de la ciudad, las maniobras del aparato de dos ruedas jamás fueron más automáticos, hundido en sus pensamientos dejó que la inercia condujera. Primera farmacia, negativo, no había el medicamento. Camino de la segunda recordó cuando su hijo mayor estaba aún de brazos y lo llevó a conocer el páramo de Mérida, quería contagiarlo de la nobleza de la gente que allí habita, no importaba que los gastos acarrearan más apuros de lo común una vez regresaran a su tierra.
Así iba, añorando el inolvidable aroma de los frailejones, cuando arribó al sector notorio por tener en su entrada el símbolo principal de los colonizadores, una iglesia con una cruz en lo más alto, arrogante y petulante. En frente estaba una botica por suerte, de turno. Con éxito logró comprar el remedio al doble de lo que comúnmente valía, pero no era momento de caer en diatribas especuladoras, así que tomó la pócima y regresó a la moto que había estacionado a solo dos metros. Indiferente a todo, sus oídos pasaron por alto la bachata que retumbaba muy cerca de allí.
Cacique se despidió de su amigo que despacha en la licorería, exclamando un victorioso –aguardiente y perras-, subió a su camioneta, aumentó el volumen del reproductor y aceleró tanto como su cuerpo alcoholizado le pedía.
Al doblar la esquina acomodó el codo para llevar un trago a la boca, acto seguido acompañó el coro con su horrorosa voz, sólo al finalizar la frase mal entonada notó que en frente tenía un motorizado que recién arrancaba, mas ya era demasiado tarde e iba muy rápido para frenar, arroyándolo sin pudor alguno… Cacique sintió el crujido bajo el vehículo y se detuvo horrorizado a sólo unos metros, entendiendo rápidamente que era peor si regresaba a auxiliar a la víctima, así que de nuevo hizo rugir su motor y se dio a la fuga, desapareciendo de inmediato sin que nadie tomara referencia de él.
Tirado en el piso, jadeante y ensangrentado, Javier daba sus últimas arcadas de vida, los curiosos llegaron para auxiliarlo, pero el mal estaba hecho. A su último suspiro lo acompañó un coágulo de sangre pálido y triste. Con él, murió otro de los fragmentos de la justicia divina.  

No hay comentarios: