domingo, 19 de junio de 2016

Leyendas y cuentos cortos venezolanos (11) Varios autores


Imagen en el archivo de Tulio Torres

CANTOS MISTERIOSOS 
(Mercedes Franco)
Desde la antigüedad, los cantos de origen desconocido se atribuyen a seres míticos, o a entes sobrenaturales. En la Odisea, Homero cuenta con el mágico influjo del canto de las  sirenas enloquecía a los marineros. Ulises tuvo que hacerse atar el mástil de su barco, para no sucumbir a esa música cautivante.
En su novela Peregrina o el Pozo Encantado, el escritor venezolano Manuel Vicente Romero García hablaba de violines. En el estado Falcón, en la Sierra de San Luis llamada por los lugareños Sierra de Coro. se dice que hay una caverna de cuyo interior salen armoniosas canciones que atraen a la gente, pero quien entra allì no sale jamás. En nuestros ríos de montaña muchos atestiguan también haber escuchado hermosos cantos, que se atribuyen a las  “o” encantados ”del agua.

CAMPO DE CARABOBO
(Mercedes Franco)
Todo un ejército de fantasmas recorre las sabanas de Carabobo, cerca de Valencia. En ese lugar  se enfrentaron hace más de un siglo las, fuerzas de la libertad, bajo el mando de Simón Bolívar y José Antonio Páez, contra  los orgullosos soldados de Mariscal La Torre. Era el 24 de junio de 1821. El combate fue corto, pero violento, se prolongó por varias horas.
Se movilizaron en total poco más de diez mil hombres. Los realistas se emplearon a fondo en un último esfuerzo por conservar el poder, pero la tenacidad de los líderes republicanos puso punto final a la dominación española en Venezuela. Desde entonces, cuenta la tradición que en ese amplio paraje, pleno de verdor y cantos de pájaros, se escuchan con nitidez los ecos lejanos de la terrible batalla de Carabobo. Truenan los cañones, resuenan las dianas y el fogonazo de los fusiles estalla en la oscuridad. Se oye el chocar de sables y lanzas,  y las voces de mando de los oficiales de ambos bandos.
Y en algunas noches claras, la luna ilumina a los dos ejércitos  que luchan encarnizadamente, mientras piafan y se encabritan los aguerridos caballos llaneros que nos llevaron a la victoria.

CARACOLES 
(Mercedes Franco)
”Echar los caracoles” para predecir el futuro o adivinar la suerte de la persona es una práctica de origen africano.  Este ritual entró a nuestro país con la santería cubana, y hoy en día tiene cierta popularidad. ”El brujo” o vidente lanza sobre un tapete varios caracoles o conchas de mar, y según su disposición, se  puede ver la suerte de la persona, su futuro y cualquier peligro que lo amenace.
Muchas personas creen que los caracoles son pavosos, que atraen a la mala suerte. Los  marineros margariteños no los aceptan en sus barcos bajo ninguna excusa, y hasta dicen que pueden ocasionar naufragios.

LA VENGANZA 
(Jesús Enríquez Guédez)
Atardecía en el hato. Ya se acercaba la soledad con el apagado oscurecimiento de la llanura. La casa rodeada de corrales se hundía en el aislamiento con el tropel del ganado.
El viejo recorrió los patios y miró hasta donde alcanza la vista. No se veía venir a nadie. Pero cuando se recogieron las aves de la laguna, el viejo creyó oír el trote lejano de un caballo.
Regresó al interior de la casa. Su mujer despabilaba la lámpara de kerosén para encender la mecha.
—Teresa —dijo el viejo—, búscame el revólver.
Ella dejó la lámpara colgada del gancho, y las sombras del viejo acostado en la hamaca se alargaban y encogían sobre la pared de cal.
—Esta noche viene —se dijo el viejo recibiendo el arma. Ella le fue entregando una a una las balas que él iba colocando meticulosamente en la recámara del revólver. Cuando hubo cargado el arma, hizo girar la masa de un golpe y se estiró en la hamaca.
A altas horas de la noche el trote de la cabalgadura se oía más nítido. Los cascos martillaban el camino arcilloso que bordea la laguna. Llegó el amanecer con un sol lejano sangriento. La sabana se extendió ondulando en los vapores del rocío. El ganado de los corrales se impacientaba con el alboroto de los pájaros de la laguna. Pero no se oía venir a nadie por ninguno de los cuatro caminos que mueren en la casa.
Teresa fue a llevarle al viejo su café madrugador; pero esta sería la única vez en su vida que el viejo dueño del hato no lo pudo tomar. Su sombra se adhería calcada como un espectro a la pared desvanecida en la penumbra del amanecer.


LOS CONSERVADORES DE LAS AGUAS 
(Luis Arturo Domínguez)
En varias regiones de Venezuela y principalmente en el Estado Lara se tiene la creencia de que los duendes son conservadores de los manantiales; el campesino que quiera utilizar el agua de dicha fuente para el regadío de su conuco, haciendo una acequia del lugar del “ojo de agua” hasta su huerto, debe previamente solicitar permiso para ello a los duendes cuidadores, permiso que consiste en poner un litro de aguardiente y dos o tres tabacos cerca del manantial; si por alguna circunstancia el interesado no coloca el licor y los tabacos en el sitio antes mencionado, de un momento a otro, el agua no corre más por aquella zanja hecho por el labriego, sino que discurre por otro lado; entonces el afectado piensa y dice a viva voz: “¡Esta es obra del Sátiro”!, que así es denominado el duende conservador de las aguas por los campesinos larenses. Siendo así, el perjudicado, en seguida, se encamina hasta el sitio donde está la fuente o manantial, llevando consigo un litro de cocuy y varios tabacos que coloca en un punto determinado y, en tal caso, con una pala o chícora despeja nuevamente el sitio por donde antes salía el agua el cual está cerrado y empieza a correr nuevamente por la acequia y desde aquel momento no sufre el inconveniente anterior porque así, es esa forma, el agricultor ha cumplido con el derecho de agua.
Se tiene el convencimiento de que varios días después de haber cumplido el interseado con aquel requisito y acercarse de nuevo al “ojo de agua” a ver qué ha pasado con el litro de aguardiente y los tabacos, se encuentra con que el licor se ha convertido en agua y el tabaco ha perdido su color, convirtiéndose ahora en simples hojas secas. No falta quien diga que el espíritu del alcohol y la esencia del tabaco han sido absorbidos por el duende o sátiro. Estos espíritus descarnados que viven en las cercanías de los manantiales son duendes lascivos que persiguen a las mujeres y, por tal motivo, se les conoce con el nombre de sátiros y nada tienen que ver con los semidioses compañeros de Baco que, según la mitología, eran representados con dos orejas puntiagudas, dos cuernos en la frente y patas de macho cabrío, pero sí tienen que ver con los íncubos y súcubos de la Edad Media, ya que los sátiros que viven en las proximidades de las corrientes o aguas estancadas, son perseguidores de las mujeres y son los que han dado lugar, por extensión del vocablo, a que se califiquen de sátiros a los hombres lascivos y a que se denomine satiriasis a la enfermedad correspondiente.
Los duendes femeninos perseguidores de los hombres que también viven cerca de los manantiales se denominan ninfas, y de aquí viene la palabra ninfomanía para denominar a la enfermedad que sufren algunas mujeres y que, igualmente, se conoce con el nombre de furor uterino.

AMOR Y MISTICISMO 
(Gustavo Pereira)
En 1669 apareció en Francia un curioso libro con el nombre de Lettres portugaises, el cual transcribía un conjunto de cartas eróticas suscritas por damas lusitanas. Las misivas, dirigidas a soldados y gentilhommes franceses acantonados en el país ibérico, causaron en aquel tiempo tan gran revuelo –y no solo por sus explícitos contenidos- que por muchos años se estuvo conjeturando y averiguando sobre la identidad de algunas de sus ciertas o supuestas autoras. Una de las verdaderas, la monja Mariana Alcoforado, nacida en 1640 o poco antes, escribía a su amado, el conde Noel de Chamilly: “Os agradezco desde el fondo de mi corazón, la desesperación que me causáis, y detesto la tranquilidad en que vivía antes de conoceros. Adiós; amadme siempre y hacedme sufrir un mayores males”.
Los encierros provocan tempestades.

DESENCUENTRO
 (Enrique Mujica)
La antigua carretera que iba hacia la universidad era un camino más bien estrecho y pasaba por la puerta del cuartel. Salvador conducía a una velocidad superior a la permitida. Lo para el guardia y le dice, con un tono amargo: “¿Usté cree que esto es una auto pista? “.
Salvador le dice, con irreverencia: “No, pero se puede meté la coba “.

OTRA VERSIÓN DEL HÉROE
 (Eduardo Mariño)
Supongamos que el héroe no muere tras el artero disparo que desde la calle Libertad le buscaba el ojo, la brusca sangre.
Entonces te mudas al pueblo más de un siglo después a buscar la casa donde vivían tus ancestros y encuentras que está vieja y sucia con su patiecito central y su mata de limones y un perro tan viejo y cansado que te recuerda a Argos esperando al otro viajero de siglos y de polvo.
Y en la que será tu habitación, en una vieja cama de jergón ruidoso te quedas viendo al techo y tu mirada va bajando la pared siguiendo la grieta y el verduzco rastro de moho que va creciendo y bajando justo hasta el retrato de tu abuelo, que tuerto y todo, te sigue sorprendiendo como siempre.

DOCE COMPRADORES
 (Armando José Sequera)
El sábado fuimos a ver la casa que papá que papa quiere comprar y, en principio, los que íbamos éramos mi mamá, mi papá, yo y un compadre de mi papá, que es albañil, para que dijera si los arreglos que hay que hacerle no son tan caros e, incluso, si vale la pena comprar la casa. El comprare de mi papá se llevó a su ayudante y el ayudante, como era sábado, andaba con la esposa, porque ellos venían de servir de testigos en una boda civil. Cuando íbamos saliendo llegó mi hermano Federico con su mujer y sus tres chamos y, además, con mi abuela que vive con ellos, y también se agregaron. Cuando el vendedor vio venir a aquel tropel de gente, se asustó y se negó a mostrarnos la casa.


EL HOMBRE QUE INVENTÓ EL AJEDREZ
 (Gabriel Jiménez Emán)
Se hallaba conforme con su invención, luego de haber estado perfeccionándola durante veinte años. Sin embargo, pensó que algo faltaba. Dudó por un momento, dio algunas vueltas, se rascó la cabeza y finalmente se decidió, avanzado el tablero hacia la posición P4R, para plantarse un rato frente a su oponente: un peón negro y de su mismo tamaño.

HOMENAJE A ALFREDO ARMAS ALFONZO
 (Algunos cuentos)

                                  22
Tomás Tachinamo hablaba de la culebra de dos cabezas que tenía su cueva en lo más alto de la cordillera de costa. Hablaba de que de ella provenían los truenos, la lluvia, el crecientón, la mucha agua, los temporales, el rayo y la tempestad. Hablaba de los matos, esa clase de saurio sigiloso, que vela con su ojo inmóvil, de azogue, que el pato güirirí se levante de su nido hecho de greda para sorber los huevos con su ostentosa lengua lacerante; de las abejas, que extraen miel de entre el espinar del guamacho; de la cascabel que pare sus hijos, o del carrao, que es una avechucha triste puesta por Dios en el cielo entenebrecido del calenturiento tiempo seco para que con su desgarrado canto atraiga las aguas remotas. Esto es, como de seres próximos, conocidos, familiares e ineludibles.
Máximo Cumache propala otra especie y por ahí la anda diciendo, pero ésa es su versión de las cosas y la versión de Máximo Cumache es la menos exacta, la que menos verdad contiene, porque Tomás Tachinamo jura sobre la cruz de los dedos que sí tiene las dos cabezas, mientras que Máximo Cumache no establece distinción  entre lo irreal y lo real, entre lo verdadero y la sugestión. La mentira no siempre es lo que se recrea, así como la verdad no es siempre la imagen de lo visto y lo comprobado.

                                   23
Dolores Anato se negaba a creerlo. En lugar de un niño como ella estaba acostumbrada a partear, aquello no era sino un huevo, como los de las aves, pero mucho más grande por supuesto, y bien podía contenerse en la cáscara un feto. Aquella mujer no paría aquella mujer ponía.
Pavigallo y que lo nombraban, y es lo cierto que Dolores Anato se llevó el secreto consigo. A nadie le expuso cuántos días duraba echada la parturienta.
                                   34
Mama se afligió de veras en la mañana de aquel verano calamitoso de 1935, cuando fue a regar sus matas de güiripa, y halló que los sapos habían hecho sus nidos en los materos, socavando la tierra; allí estaban, echados sobre los bulbos muy siseñormío, los ojos verdosos semicerrados al resplandor.
Vine a los gritos y comprobé el desastre, aunque no la acompañé en el temor de que las güiripas ya no florecerían más, y tan es así que mamá tiene ya diez años de muerta y los lirios jamás han dejado de adornar a mayo con sus blancos adornos de primavera, un solo pistilo erguido de húmedo y profuso polen amarillo. Entonces fui por la escopeta y vacié la carga de guáimaros sobre el lomo de los intrusos. No hubo sangre ni agonía. Los sapos me miraban desde abajo con algo de timidez y de asombro, y a la mañana siguiente mamá no escandalizó a la hora de regar sus güiripas, aunque se lamentó de que todas las hojas estuvieran rotas.Vino el invierno y los sapos se pusieron a cantar en el bajo de Portillo. Mamá entonces creyó que hallarían muchos esqueletos abaleados, morocotas españolas y una que otra cerámica aborigen.