domingo, 26 de junio de 2016

Leyendas y cuentos cortos venezolanos (24) varios autores

Imagen en el archivo de "Hábleme de Puro Llano, compa"

LA FIERA 
(Mercedes Franco)
Es este uno de los más espantosos fantasmas de los Andes. Aparecen en su forma humana una bella y tentadora mujer, que seduce a los viajeros en los solitarios caminos parameros.
Así ocurrió con Rogelio y Braulio, dos compadres que salieron del pueblo de Tovar, en Mérida, y tomaron el camino de la montaña. Al llegar la noche se cruzaron con una hermosa desconocida, que llevaba un burro cargado de leña. Como buenos caballeros, se ofrecieron a escoltarla. Traspusieron una cuenta y un riachuelo y llegaron a un valle solitario, donde se alzaba una mísera cabaña. Era la casa de dama. Al entrar hicieron fuego. Ella les dio miche y preparó una suculenta cena. Coqueteaba descaradamente con los dos, pero solo aceptó dormir con Braulio.
-Mañana te toca a ti –le dijo dulcemente a Rogelio, quien tranquilo, se quedó dormido junto al fuego.
Despertó en la madrugada con un frío aterrador. Solo se oía el viento, y en la plena oscuridad, un crujido continuado, como de ramas quebrándose. Intrigado, Rogelio encendió una vela y se acercó al cuarto de la mujer, para despertar a Braulio.
Pero de sus compadre quedaba ya muy poco. Aquella mujer diabólica transformada en una suerte de animal aterrador, lo estaba devorando poco a poco. Lo que Rogelio había estado escuchando eran los huesos de Braulio, entre las fauces enormes de aquel demonio. El espanto campesino dejó caer la vela, en el colmo del horror y salió corriendo, perseguido por aquel hombre monstruoso que gruñía como un tigre feroz.
Al pasar el riachuelo, las luces del alba comenzaron aparecer tras las montañas. Desde la orilla opuesta la mujer rugió: “-¡Esta vez te salvaste por la luz del sol, pero trata de no cruzarte de nuevo en el camino de la fiera!”

FIGA 
(Mercedes Franco)
Gesto que se hace con el puño cerrado, sacando el dedo pulgar entre el índice y el medio. Se supone que aleja al demonio y a las malas influencias. Su figura se lleva en plata o en azabache tallado para conjurar todo lo negativo.

FILTROS DE AMOR
 (Mercedes Franco)
En la antigüedad, la sangre menstrual era uno de los elementos más comunes para atraer o “atar” a la persona amada. En caso de la mujer, es esperma del hombre o su sudor. Pero la sangre es lo más utilizado porque recuerda la vida, la pasión el amor.
Muchas de esta creencia aún perviven en nuestros pueblos y hay personas que preparan estos brebajes, los cuales, aunque parezca increíble, son muy solicitados. A veces, mezclados con bebidas, se da a la persona   que se busca a traer brebajes preparados con cabellos, pelos, uñas, y diversas secreciones del cuerpo. Otras veces se usan hierbas mágicas, recolectadas la noche anterior a fiestas de San Juan Bautista, que marcan el solsticio de verano, considerando secularmente como un día de amor y de celebración en la naturaleza.

LA LEYENDA DE “EL FAMILIAR” 
(Carmen Pérez Montero)
En el Llano portugueseño es común oír historias acerca de El Familiar. Se trata de la figura que El Diablo toma para presentarse a quienes soliciten algún pacto. Se oyen cuentos en que Satanás se presenta a través de una persona, animal desconocido o en forma de tronco sin ramas.
Una lugareña de 56 años, Aurelia Quintero, dice que cuando tenía 9 años, vivía con su hermana y su cuñado en Río Caro. La zona era muy solitaria para ese entonces. Ella apenas comenzaba a identificar las letras pero le llamaba la atención un libro rojo que el señor de la casa guardaba dentro de un cajón oculto bajo unos sacos. Se dio cuenta también que lo revisaba con frecuencia y mucho cuidado.
Un día su hermana salió al mediodía con su esposo y la niña Aurelia quedó sola en casa. En lo que se alejaron, se encaramó en la escalera y, con mucho temor de ser sorprendida, revisó el libro. Como si fuera brujería, leyó sin vacilar, clarito lo que estaba escrito en él. Dice recordar este hecho como si lo estuviera viviendo. El título era: “El Libro Rojo de la Cabra Infernal” y cuando lo abrió, leyó un párrafo que decía: “Para hacer un pacto con El Diablo debe conseguir tres huevos de gallina negra y llevárselos, a las doce de la noche, para un camino oscuro donde haya muerto alguien y esté clavada una cruz. Debe colocar un huevo delante de la cruz y dos detrás.” Según relata, el interesado debe hacer unos rezos que Aurelia no quiso repetir y continuó haciendo referencia al texto: “Luego debe llevarse los dos huevos de atrás y a los 7 días le aparecerá El Diablo en forma de algún animal negro.”
Temblorosa cerró rápidamente el libro y dejó todo como lo había conseguido. Pasó la tarde, llegó la noche y aún la pareja no había regresado. El sueño la venció y se acostó a dormir con la lámpara encendida. En la madrugada, despertó y vio el libro rojo sobre la cama, a su lado, abierto en la misma página donde había leído el pacto. Llena de miedo colocó de nuevo el libro en el cajón, lo tapó con los sacos y permaneció pendiente del libro toda la noche. Al sol de hoy, Aurelia no se explica cómo llegó ese libro a la cama después de haberlo guardado.
Al día siguiente, cuando regresó el matrimonio, un toro negro venía detrás hasta la casa. Dice la señora que ese animal era lo que llaman El Familiar porque era muy extraño. En cuestión de un par de horas se encargó de recoger todo el ganado suelto que andaba por la sabana. Llegó un momento en que los toros, vacas y becerros no cabían en los corrales. Y el cuñado contento comenzó a ganar mucho dinero. Ella trató de advertirles que algo raro estaba ocurriendo pero no le creyeron. Entonces, en vista de que el daño ya estaba hecho, y que temía por su vida en ese lugar, Aurelia decidió mudarse. Al cabo de un mes, tuvo noticias de que el señor de la casa se enfermó y se agravó. Su hermana buscó un sacerdote para que lo confesara y lo ayudara a bien morir. Pero cuando llegó el religioso repartiendo agua bendita, El Familiar saltó la cerca del corral y se fue camino abierto de la sabana, llevándose tras de sí toda la inmensa manada de animales. Y fue entonces cuando ella regresó a casa de la pareja y les pidió que eliminaran ese libro rojo satánico para alejar las desgracias.

                           CENICIENTA (José Adames)  
                                                 Compran en casa vestidos y ancho y ella no le dan. (De todas formas siempre le quedan largos y anchos, nadie se explica por qué).La T.V. tampoco es para ella. Además, se sabe que los niños cachifos no debemos sentarnos a las ocho en la sala. Por ejemplo, a esa hora, precisamente a esa hora, apenas ella comienza a fregar. 
Entonces, de mañanita aprovecha y se dedica a jugar con cenizas (de cigarrillos de El Señor, por supuesto).En ellas hace dibujos muy bonitos. Y como todos se han ido (Usted sabe: madre, que no es mamá, a trabajar en el Ministerio puesto que es adeca; las dos hermanas, que no son hermanas, a estudiar- ¡qué riñones!-para ser misses,¡ah! Y también el Señor, que hoy no le molestará) ella ensaya pases de baile. Sueña con pasear en el Metro y hasta en una carroza del Carnaval de 1º de mayo. Y suele medirse-con mucho cuidado-las zapatillas que El Señor le regaló a las niñas para el Gran Baile de Billo’s y que siempre resultan enormes para su pie de ratón.
Yo creo que todo esto se sabía en el barrio.   

ELLA SE SIENTA 
(Mariela Álvarez)
Ella se sienta frente a los espejos a contemplar su imagen y decide bellezas o fealdades. A veces permanece frente a un simple rectángulo que la fragmenta, otras se asoman inmensas medialunas  biseladas que la   que la devuelven con brusquedad, como si todo ese reflejo fuera una forma definitiva de ponerse en evidencia.
“Hoy me deslumbro con el amarillo verdoso de las pupilas, me quiero en la melanina concentrada que me salpica la cara y en las venas que corren por mi cuello; dentro de un segundo  me odiaré por los poros gigantescos que me agujerean a la altura de la nariz”.
(Trescientos poros por centímetros cuadrado de piel de la mujer hacen una inmensa cavidad que apoya su espacio vacío contra el marco d la ventana.) 
  Y así, en un continuo amor y desamor, la mujer se escudriña todas las mañanas.
“Porque en un espejo no soy otra cosa más que un cuerpo. Por eso necesito desnudarme, quedarme muy quieta hasta que todo se llene con mi reflejo: apenas en un envoltorio de piel horadada, con parches de pelo y valva que se abren y se cierran siguiendo un ritmo decretado por la fisiología  o la  emoción”.

LA RESPONSABILIDAD DEL BEBEDOR
 (Gabriel Jiménez Emán)
El hombre que bebía de la botella infinita, se empinó de una buena vez el preciado licor, y cuando se lo hubo bebido todo, se preparó a enfrentar las obligaciones rutinarias del día, que sobrepasaban con creces cada uno de los placeres que se había procurado con el contenido de la botella.

LA  ADVERTENCIA
 (Orlando González Moreno)
Al pasar, la mujer empezó a llamarme. Un hombre que iba caminando por la carretera gritaba que no le hiciera caso. Sin embargo, me detuve. Salí de la camioneta y fui a su encuentro. El caminante siguió gritando para que no llegara donde estaba ella. No quise obedecerle. De todas formas sus gritos continuaron. Sólo vine a comprender sus advertencias cuando La Muerte me llevó de la mano.  

JOAQUÍN 
(Eduardo Sanoja)
Las gentes pululaban en el velorio de Joaquín, y como sucede siempre en los velorios, se acercaban a la urna para ver al muerto. Pero ésta estaba herméticamente cerrada y con el vidrio tapado. Encima estaba una nota escrita de puño y letra del difunto. Decía: “Nadie podrá decir que quedé igualito, el escopetazo me lo daré en la cara”…

ELLA 
(Ramón Lameda)
Me toqué la frente. Mis oídos zumbaban como un caldero de fritura. Era una noche extraña. La mitad de la oscuridad estaba echada sobre el piso. Cerca de mí, flotaba una lámpara encendida. Me toqué las mejillas y estaban casi frías. Dentro de mí, un coro de niños deletreaba el alfabeto.
Lentamente, la sombra me mostró su otra mitad y le vi los ojos rojos. La lámpara bailaba a la altura de mis labios. Me pasé la mano por el cuello y parecía un tallo de lechoso moribundo. Detrás de las tablas de mi frente cesaron las letanías y se oyó un palmetazo. La muerte se colocó frente a la lámpara y mostrándome una cartilla parecida al abecedario me dijo: “Tienes que aprender de nuevo”.

ENCUENTROS CERCANOS 
(Enrique Plata Ramírez)
Cautelosamente asomó su pequeño cuerpo y en la distancia alcanzó a vislumbrar aquel par de luces extrañas que se encendían y apagaban continuamente. Sintió una angustia interior, quizás por el temor de enfrentarse a lo desconocido. Pero aquel olor embrujador que penetraba por todos los resquicios, lo incitaban a salir y desafiar cualquier peligro. Temeroso avanzó, por instantes se creyó solitario en un mundo perdido en el tiempo y el espacio. Luego volvió a estremecerse al sentirse peligrosamente observado desde alguna parte.
Entonces tuvo un miedo indecible, fue cuando descubrió, sobre su espalda, aquellas luces lejanas. Quiso huir en último intento, pero ya nada más sintió, sólo el zarpazo del gato destrozándole la cabeza.

CRIMEN 
(Deisy Elizabeth Silva Fuentes)
 Una cinta amarilla creaba un círculo alrededor de la escena del crimen. Policías y curiosos ahogaban el ambiente, para tal vez, tratar de resolver el misterioso crimen y para seguro difundir la información por todo el barrio. El cuerpo sin aliento, tirado en la calle, sobre la acera, no pasaba de los veintidós años de edad; era joven y su rostro aun admirable, permanecía con un ángulo orientado hacia el sol naciente y se podía ver en su boca entreabierta los dientes blancos; los cuales siempre eran motivo para hablar de su hermosa sonrisa.
Sus ojos parecían cerrados, pero algo les decía a las personas que presenciaron el acto, que la belleza que recordaban de aquellas deslumbrantes pupilas; intuían que querían seguir mirando las cosas hermosas que siempre quiso ver. Su cabello estaba limpio, como todos los días, sus manos impecables y su boca todavía deseada. Los policías miraban el cadáver y trataban de creer en sus hipótesis, a veces absurdas; otras, muy coherentes; pero, ninguna, verdadera. Allí,  al lado del cuerpo, estaba el arma blanca; causante de tal tragedia.  El pueblo pedía solución para aquel caso, jamás pasado en tiempos anteriores, menos de aquella manera tan brutal. Un hilo de sangre se tendía y condujo a los agentes por un callejón todavía oscuro entre claros e iluminaciones de los faros, caminaron hasta el final de la calle sin salida.
Por fin consiguieron más evidencia… otro cadáver. Los investigadores pudieron llegar a una conclusión precisa… era un crimen pasional. Levantaban los cuerpos con la orden de un caso prácticamente cerrado; no sin antes hallar a la persona autora de tal hecho. Detrás de una caja de cartón; como un papel su rostro y las manos oscuras por el color de la sangre de los otros dos y de la suya propia; estaba robándole los últimos suspiros de vida y respiros de agonía a la muerte; pero lo cobijó en sus brazos sin que dijera una palabra. Los cuerpos sin vida fueron envueltos en unas bolsas negras y subidos a la ambulancia para ser trasladados a la morgue y fueron reclamado por sus familiares; si así fuera. Con muchos enredos, pero al final el misterio estaba resuelto… alguien, en un cuarto oscuro; en algún lugar, despertó de aquella pesadilla donde se miró en brazos de la muerte