viernes, 24 de noviembre de 2017

Cuentos Venezolanos de Navidad (16) "El Duende en Navidad" Relato de Samuel Omar Sánchez Terán


Imagen en el archivo de Walyely Pignataro, La Vegas, Cojedes.

Sucedió para tiempos de navidad en Bejuma, sitio de un clima fresco y su gente muy servicial.
En casa de César Arteaga, sin razón conocida empezaron a suceder cosas extrañas. De la  noche a la mañana en su cuarto se escuchaban ruidos. Siempre al caer la noche, no lo dejaban dormir, le movían la cama, le jalaban de los pies, le prendían y  apagaban la luz, se caen los objetos. César es un hombre creyente en Dios, pero estas cosa no la entendía y le estaba preocupando, ya no duerme, un día llega un amigo a su casa y le comenta lo que le está sucediendo. Le dice: “Cconozco al señor Juan del Campo, que es un médico chamarrero como se dice conocedor de las yerbas y cosas esotéricas.
César, lo ubica en las afueras del pueblo le comenta lo que está pasándole y le dice no se preocupe que al día siguiente iré a su casa.
Así pasó y por cierto es un día 24 de diciembre, llegó y conversa con César, que es antesala del nacimiento de Niño Jesús, con el regalo para la familia, y muchas  bendiciones de salud y amor para todos. Con una sonrisa de alegría comenta César: “El mejor regalo que don Juan me dará, es que saque esa mala visión de mi hogar y el Niño Dios, nos traiga mucha paz”.
Le responde: “Así será mi amigo y pondré todo lo que sé, para que tenga unas navidades alegres”. Toma su bolso, extrae unas ramas y ensalma todo el cuarto y roció  con mucha agua bendita la casa  y reza unas oraciones solo conocidas por él, en ese momento  caen cosas al suelo, se oyen unos gruñidos de bravura,  ven la sombra de una persona pequeña, la cual está parada en una esquina del cuarto y desaparece ahí Don Juan, dice: “Salgamos de aquí”.
Estando afuera dice: “Es un duende y no se va a mover de aquí, él quiere este cuarto para el”.  Dice Cesar: No me iré esta es mi casa”.
Don Juan le recomienda que se mude unos días a casa de su hermano Rivaldo, pero antes has como si vas a tumbarla, empieza quitando la puerta y ventana del cuarto y das unas mandarrias a la pared, eso disgustara al duende, cuando el vea que no hay cama, que está vacío y  está cubierto de sucio y todo desordenado se ira porque no le gusta la suciedad.
Tal como  dijeron se aseguró de hacerlo, se fue para casa de su hermano Rivaldo, con el  pasó las navidades , a los tres días regresó a su casa y se encontró allí a Don Juan, el cual estaba ensalmando y tratando de conversar con el duende para que abandonara esa actitud y Cesar de una manera jocosa le dice: Me vengo de nuevo prefiero estar acompañado con el duende que mi hermano, este llega todas las noches más prendido que fogón ardiendo y de ñapa no deja dormir a nadie porque pasa toda la noche hablando más que un radio loco y es desordenado  por eso, Don Juan,  me regreso”, así se supo del duende del cuarto que molestó a César en tiempos de Navidad.

Informante: El Cultor José Baute. Compilador. Samuel Omar Sánchez Terán

jueves, 23 de noviembre de 2017

Cuentos Venezolanos de Navidad (15) "El Paseo del Pavo de Navidad" Relato de Samuel Omar Sánchez Terán

Festejo decembrino (archivo de Fernando Parra)

Cuando en San Carlos,  aun eran de tierras sus calles, sus casas tenían un buen patio y muchas veces cercada con alambre de púas  o zinc.
En la esquina de la recién Avenida Ricaurte conocida también como Calle de la Aviación, para ese entonces y cruce con Mariño, vivía la señora Crucita y Jorge Manzanero, quien trabajó por mucho tiempo en el correo telegráfico de San Carlos después se dedicó al comercio siendo el primer buhonero que por espacio de más de 20 años se le vio con su  carrito en toda la esquina del conocido Samán en frente de  la Plaza Bolívar. Era amante de la tradiciones navideñas, la señora Crucita junto a sus hijos: Diana, “Persida”, Carlos “El Burrero” y “El Gordo”, salían a  buscar un tronco de chamiza o chaparro para hacer el típico arbolito de navidad en base a jabón azul, adornado con bambalinas hechas de bolas de algodón para así esperar al Niño Jesús, mientras su otros hermanos Jorge y “Ñelo” pintaban la casa.
El señor Manzanero, para el mes de enero había comprado un pequeño pavo, la familia se alegró porque en víspera del 25 lo cenarían, lo cuidaban con cariño, al llegar de su trabajo iba a verlo y decía: “Cada día está más gordo gracias  a Dios, no faltaran ni las hallacas ni los dulces, ni el pavo”.
Para mediados de octubre “Manzanero” notó que el pavo no está comiendo y va hasta el negocio de su amigo Sutil. Le comentó lo del pavo, este le dice: “Vas a tener que operarlo”, le da un poco de anestesia y un bisturí. Al llegar le dice a su hija Dina: “Prepárese hija,  me servirás  de enfermera”. Empieza el proceso, al hacer una pequeña incisión notan que el buche está atragantado con hojas de cambures, le quita todo eso y sale todo bien y de nuevo empieza a comer como todo un glotón.
Esta cerca la noche buena, son casi las tres de la madrugada cuando oyen un alboroto en el patio de su casa, “Manzanero”, se levanta, no ve al animal por ninguna parte oye una bulla, se asoma por la cerca y distingue a un hombre que va en una bicicleta de reparto y llevando en la cesta al pobre pavo que con su alboroto va despidiéndose de “Manzanero”. Le grita al hombre, pero nada;  va soplado como cuando el corredor de bicicletas el popular “Galápago Palma” se escapaba, cabizbajo le comenta a su esposa: “Tanto sacrificio que hicimos para que otro se lo lleve a pasear, nos tocara es comer pollo asado…


Este relato anecdótico de San Carlos es de la licenciada Dina Lloverá, compilado por Samuel Omar Sánchez Terán.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Cuentos Venezolanos de Navidad (14) "El Susto en la Cocina del Internado" Relato de Samuel Omar Sánchez Terán


Shantal Antonella Hernández Hernández, San Carlos, Cojedes. 

Esto le pasó, hace muchos años a José Ramírez,  “el maestro Ramírez”. Quien no lo conoce, es asiduo jugador de los famosos  triples de las diferentes loterías y vaya que  gana  así salva muchas veces la quincena ¡ah!  También le gustan las cervezas bien frías, amante de la música llanera y del “Trío Los Panchos”, jugador de dominó, siempre con un chiste a flor de labios,  pero muy buena gente el muchachote.

Mujer cojedeña en el archivo de Samuel Omar Sánchez Terán

Otra cosa particular, es amigo de los amigos cuando algún conocido fallece, va  a darle el pésame a la familia y lo acompaña en su despedida, porque también reza, aunque usted no lo crea muy bien.
El “maestro Ramírez”,  fue guía de Centro en el Internado “Fray Gabriel de San Lucar”, está ya  jubilado; cuántos muchachos no ha visto ahí, como se dice “carajitos” ahora ya hombres y profesionales, porque  les inculco buenos principios, los educó como a sus hijos, los que estaban internos lo respetaban en las guardias que le tocaba de noche, ellos se divertían pero cuando  les decía “chamitos a dormir”, se iban sin chistar. Es un amante de los deportes, tanto que el preparaba al equipo del internado el cual entrenaba en “El Parque San Carlos” y de paso queda al lado del internado,  se le veía corriendo con ellos dígame cuando le tocaba guardia los domingos en el día, después que hacían todos los quehaceres los lleva a la piscina del parque ahí se divertían varias horas después de vuelta al internado.
Muy respetado por sus compañeros de trabajo, muy servicial en todo,  para esa época el Director es el “maestro Restrepo”, muy amigos. Por cierto el viejito Ramírez,  se la da de cocinero y mire que se la aplica, muchas veces salía de farra con sus amigos, ah también,  le gusta la pesca con anzuelo, siempre en su jeep, se dirigía a La Bocatoma,  a plena faena aunque a veces venía con más hambre que una solitaria porque no pescaba ni un resfriado, aunque muchas picadas de zancudo si traía.
Cuando pasaba eso, su esposa Amelia, se reía y le decía: “Tú que no eres un experto y mira como vienes más limpio y sin nada que camino de bachacos”, la miraba de arriba hacia abajo.  “Ah pues, mujer, para la próxima te traigo un bagre de seis kilos…”
Para un 25 de diciembre, le toca guardia todo el día domingo, esta vez su pareja de trabajo es el maestro Torrealba, el hermano de Asnaldo, ya fallecido. Se comparten la guardia todo bien, los muchachos limpian la institución y  los premian con una salida para la piscina del parque.
Llega la noche, a las siete están viendo la televisión, de repente se va la luz, los dormitorios y los pasillos quedan como pozo de petróleo, todos se reúnen en unos bancos de cemento cerca de la entrada y los arropa un inmenso árbol de mango, dice unos de los muchachos de apodo “El Pulpo”: “maestro Ramírez, aquí en el internado salen unas sombras en los baños” y dice otro: “En los talleres donde está el maestro Juan también”, le responde Torrealba: “ A muchachos para cobardes” y Ramírez agrega:  “bueno chamitos,  de que vuelan, vuelan”. Así pasan un rato con esos relatos de espantos. 
A las diez vuelve la electricidad, los mandan a dormir y se  quedan conversando un rato los maestros. Dice Torrealba: “Te invito a tomar un vaso de jugo y unas galletas navideñas”. Se van hasta la cocina, están disfrutando del aperitivo, cuando sienten el sonido que hacen al caer las ollas al piso cerca de la nevera, se dirigen a ver qué pasó,  como están las luces encendidas no ven nada, la recorren toda y cerca de ellos lo oyen de nuevo reaccionan con asombrosa agilidad como jugadores de punta y nada, se persignan más que viejita asombrada. Torrealba, se pone a sudar copiosamente como muchacho con fiebre de cuarenta. Alguien nos quiere asustar ya lo vamos a joder dicen los dos, ahora queda en tiniebla la cocina, ven a través de la ventana que el patio y los pasillos tienen luz…un frio impregna todo, sienten un celaje pasarle entre los dos, en ese momento ven  chispas incandescentes que dejan al rastrillar un machete en el piso, ahí sí con voz tartamudeando dice Ramírez: “No compa, esto no es normal”.  “Por Dios, esa vaina es real”,  le responden con voz agitada, y salen como conejos al escuchar los latidos de perros en cacería.
Llegando a los dormitorios cada uno más blancos que cotufas y más asustados que pared con comején.
En la mañana se supo cómo a estos dos maestros los asustaron en la cocina del internado en navidad.

Este testimonio real, es de Samuel Omar Sánchez Terán.

martes, 21 de noviembre de 2017

Cuentos Venezolanos de Navidad (12) "La Mujer de la Iglesia Santo Domingo" Relato de Samuel Omar Sánchez Terán

"...cuando ve a una mujer que viene caminando de una belleza misteriosa"
Imagen en el archivo de la docente cojedeña Elumir Guerra.


Desde tiempos de  la Colonia se oyen los cuentos del Carretón que con su carga de miedo recorre las calles empedradas, sembrando el terror a los que se atreven a caminar a esas horas de la madrugada, el grito de la Llorona, de la Sayona, y el temible Silbón aun en esta época se le oyen e igualmente visto por los lados de Palambra del Doctor, si no pregúntenle a Sixto Cisneros, Luis Adolfo Moreno y el señor Críspulo Landaeta y su esposa Ana Victoria Velásquez,  ni hablar a estos hijos que aun después de tantos años: Pablo, Ana María, y Delida Landaeta, se aterran en los meses de mayo cuando el Canillú recorre esa zona y Delida se pone como esos pollitos asustadita buscando a su mamá.
Hay un personaje en San Carlos, en el sector 23 de enero es Tito Ortiz “Titico”, el hijo de la recordada enfermera del Hospital de Los Llanos Rosario Pérez y Tito Ortiz, viejo camionero y amigo de los amigos, eterno jugador de bolas criollas, personas muy recordadas,  aun de muertos se les aprecia y “Titico”, ya próximo a jubilarse de las Oficinas de Cantv, en la principal vía al Hospital ahí se le encuentra, bonachón el muchacho e igualmente amante de la bohemia nocturna y de los patios de bolas criollas como su padre.
En las diferentes plazas Bolívar de cualquier Municipio de nuestro Estado, sentados en una banca escucharan algún testimonio como le sucedió a “Titico” siempre su madre Rosario, adolescente en las noches salía con sus amigos como se dice a echar un pie a cualquiera velada criolla que se efectuaban en los club como el Cestope, el club Mutuo Auxilio o el Club Canarias ubicado, en ese tiempo,  frente al recordado negocio de nombre “Ziruma” donde vendió esos ricos jugos de caña de azúcar y su propietario era Tito Vidal, “El zurdo o el renco Figueredo” administra ese club Canarias, hasta la orquesta la Billos Caracas Boys y los Melódicos, dejaron para el recuerdo grandes bailes.
O si no lo está en el recordado negocio Bar y patio de bolas criollas llamado “El Foco Rojo” atendido por sus propietarios la señora Antonia Velásquez y su esposo conocido con el apodo de “Nariz de goma”.
Sucedió un día 22 de diciembre “Titico” después de su faena de trabajo, se va a refrescar con unas heladas en algunos locales de San Carlos, son casi las doce de la medianoche cuando llega a la tasca-restaurant del Colegio de Abogados ubicada en la calle Figueredo diagonal a la Plaza Fernando Figueredo, se divierte un buen rato,  hasta se comió una parrilla de churrasco y acompañada con unas espumosas, a la una se despide de los amigos al salir ve el cielo encapotado y está frente a la Iglesia Santo Domingo y de la nada cae una repentina tenaz lluvia moja pendejo, no le queda más que guarecerse frente el portal de la Iglesia, cuando revienta un trueno acompañado de una centella siente un frio que lo heló hasta los tuétanos…ve pasar unos perros aullando asustados, cuando ve a una mujer que viene apuradita caminando de una belleza misteriosa, una catira pero con el pelo rojo como la sangre y vestida con una traje de color negro azabache.  Llega justo a él y se está protegiendo de la lluvia. “¿Buenas noches, dama de la noche, que haces por estas solitarias calles con este clima? Dice “Titico” con un una sonrisa pícara. La mujer  le responde: “Vengo de una fiesta navideña en casa de una amiga”.  “Titico” nota algo extraño;  la mujer viene mojándose, pero la ropa está seca e igualmente su pelo. De golpe este empieza a temblar como majarete, se despide y se viene empapándose,  la mujer  le dice: “¿Qué te pasa; tienes miedo?”.
“Titico” no responde y siente a la mujer a medio paso detrás de él, sigue caminando hasta llegar a la calle Federación, casi llegando a su casa y la mujer prácticamente lo viene acompañando, se recuerda que en su cartera lleva una imagen de “La Magnifica” y al sacarla la mujer se ríe a carcajadas y dice “Ay,  Titico,  te acordaste cuando estás en aprieto… hasta aquí te he acompañado; será en otra vez compañero de camino”  y en una estela de viento desapareció ante los ojos del pobre muchacho que estaba más pálido que  guarapo de caña clara y temblando como prendido en fiebre de cuarenta, entra a la casa más asustado que culebra al oler creolina.
Eso sí Titico, esa navidad por primera vez, la pasó en su casa, y compartió las fiestas con su familia, pero, el pensar en esa aparición lo atormentó por un tiempo.


Este testimonio oral es de Tito “Titico” Ortiz, escrito por Samuel Omar Sánchez Terán.

lunes, 20 de noviembre de 2017

Cuentos Venezolanos de Navidad (11) "Los Cochinos Navideños": Relato de Samuel Omar Sánchez Terán

Niña de Cojedes (archivo de Jean Omar Escalon Coello)


Los Cochinos Navideños
Samuel Omar Sánchez

Esto sucedió hace muchos años, cuando el alumbrado  público era escaso en muchas barriadas, sus calles eran de tierra, se utilizaba mucho el pozo séptico en los patios de las casas para hacer las necesidades, era el típico ambiente pueblerino, esto le sucedió a Doña Agripina Zapata.
Agripina, era una mujer de campo, trabajadora, para esos tiempos vivía en casa de su hija Carmen Zapata,  ¨La Tuca¨, la cual vivía en la barriada ¨Los Malabares¨, con su pareja conocido con el apodo de ¨Malaguera¨, situado en la calle Mariño, a dos casa del Ambulatorio. 
Madre e hija, se llevan muy bien entre las dos pilan el maíz, para hacer las arepas en el fogón a leña, en un budare con el cual también tendían las ricas cachapas, en el patio de la casa, había casi un zoológico donde tenían una variedad de animales como: patos, gansos, chivos, venados... hasta 2 vacas tenían para el ordeño de la leche para hacer un rico queso, no le faltaban las gallinas pirocas y las ponedoras, conejos, loro, palomas y pare de contar, sin faltarle un chiquero que habían hecho en el fondo del solar donde tenían varios maracos de cochinos gordos, los cuales  mataban para diciembre y una parte para preparar las hallacas navideñas,  ella misma los preparaban haciendo la salvedad que en casi todas las casas abundaban los animales para esa época, porque no había un control sanitario. 
Doña Agripina, era muy humanitaria con sus vecinos, cuando algunos se enfermaba ella los visitaba en su casa o el hospital, eso se los enseño a sus hijos, después de hacer los quehaceres cotidianos de la casa, se ponían todos a jugar cartas (barajas), el de caída o 31, después se tomaban un rico café recién colado o taza de chocolate, acompañándolo con pan o galletas, se juntaban a contar cuentos de fantasma, aparecidos, duendes, así se entretenía la familia.
Pasó un día 28 de diciembre la señora María Cruces, quien vivía en el barrio  Banco Obrero,  muy amiga de la viejita Agripina, como se dice hermanas,  cae enferma, para esa época había en San Carlos, un solo hospital el cual se llamaba “Los Llanos”, y estaba ubicado donde hoy está la plaza Manuel Manrique, todo ese terrenales abarcaba, cuántos niños vivieron al mundo allí , sobre todo la buena atención de los médicos y de las enfermeras, le  avisan a doña Agripina, que su amiga estaba hospitalizada, ahí mismo se fue a verla, la acompañó un buen rato y antes de venirse le dijo a su amiga que vendría en la noche a visitarla con su hija la tuca, así fue a las 6.30 pm, llegó. Le llevaba un paquete donde habían manzanas, peras, uvas y unas galletas soda, la acompañaron hasta las 11 de la noche. Madre e hija, se vinieron caminando por esas calles de tierra, a medio alumbrar, así llegaron sanas y salvo a la casa.
Al día siguiente  en la mañana doña Agripina, se fue a visitar a su amiga, la encontró un poco mejor, hablaron un rato ¡ah! le llevó un poco de atol, al despedirse le comentó que vendría en la noche a visitarla, esta se lo agradeció y se vino Agripina pero antes de ir a Los Malabares, pasó por casa de su amiga para dejar una ropa que estaba sudada y ver a los muchachos.
Al otro día la viejita Agripina, estuvo ocupada con sus hijos, toda la mañana la pasaron en el conuco de Malaguera, ya estaba limpio el terreno y estaban preparando las semillas para sembrar maíz y caraota, por eso estuvieron madre e hija ocupadas toda la mañana, habían preparado la comida, la cual llevaron en varias viandas, después de comer descansaron un rato y alrededor de las 4 de la tarde se vinieron a la casa, contentas, porque gracias a Dios, todo salió bien y tendría una buena cosecha. Agripina le dice a su hija: ¡Cónchale! No fui a ver a mi comae. En la noche tú me vas a acompañar. Ella, le respondió: Bien mamá.
Hicieron todos los quehaceres del hogar y a las 7 aproximadamente, las dos agarran camino para el hospital, al llegar está de guardia una enfermera conocida de Agripina, le regalaron una bolsa llena de manzanas, peras, mandarinas, les dio las gracias y entraron al cuarto donde estaba su amiga en ese momento estaba tomándose un vaso de agua, al verse se abrazaron y La Tuca, le dio una bolsa que contenía manzanas, uvas y peras, está la agarró y les dio las gracias, estuvieron hablando serian como las 11 y 30 pm, cuando se despiden,  le dice doña Agripina ¨que mañana seria 31 y fin de año, que vendría a pasar con ella y recibir el nuevo año, “con lágrimas en sus ojos” se lo agradece  y le pide a su amiga que pase  por favor por su casa y les dé una vuelta a sus hijos. Así fue; llegaron a la casa de María, tocan la puerta y sale una de sus hijas, esta se  asusta al verla a esas horas, Agripina, les dice: “No se asusten muchachas, es que pasé porque su mae, me encargó que les diera una vuelta”. Entraron y tomaron un vaso de agua, después se viene hacia la barriada Los Malabares, sería ya las 12.30 de la madrugada, cuando están llegando a la esquina de la calle Salias cruce con calle Ricaurte,  para ese tiempo era un camino de tierra y después fue que hicieron la Avenida Ricaurte, había un solar grande con muchas matas de mangos, donde hoy en día viven la familia Lima, que tiene un taller mecánico y todos los hijos trabajan allí, igualmente al lado están construyendo un edifico, ellas siente el aire pesado, enrarecido, la luna que está clara, en una súbita carrera sale espantada a esconderse detrás de unas nubes, la noche se puso tenebrosa, sienten varios perros ladrar, aparece de la nada un fuerte ventarrón que les hiela la piel a las dos, dice la tuca: “Mamá ¿Qué pasa?  Responde: “tranquila parece ser que el demonio nos quiere asustar”, dice La Tuca: “Mamá, no me diga eso que me acobardo”. Agripina le dice: “Con ese cuerpote y vas a tener miedo”.
Dan varios pasos y al llegar a esa esquina sienten la brisa tan fría como un tempano de hielo, los perros se callan, se siente a lo lejos una risa que se oye como salida de una cueva profunda. En ese instante a La Tuca, se le paran todos los pelos de la cabeza y a su mamá también parecen unas gallinas grifas, luego  sienten el gruñir de varios cochinos que poco a poco se van sintiendo cerca, ellas están ahí paradas no dan ni un paso, ven aparecer de la nada tres macetas de cochinos de color negro carbón, tienen los pelos parados y los ojos como dos tizones de candela, dice La Tuca, “Mamá ¿Qué está pasando?”.
Esta temblorosa le dice: “Hija,  eso son los cochinos del demonio”. A bichos feos para gruñir, que se les metía por los oídos, estaban asustada, querían salir pero era como si estuvieran pegadas al piso, vuelven a sentir la risa pero más cerca, las mujeres esta chorreadas del susto, ven que los cochinos se les venían encima Agripina, se acuerda que tenía un tabaco por si acaso, como buena llanera estaba preparada, lo prendió y dijo una oración. La Tuca, empezó a rezar el Padre Nuestro y varias Ave Marías. La viejita dice varias frases al aire, los cochinos responden  con rabia gruñendo con más intensidad, en ese momento por obra y gracias de Dios, oyen sonar las campanas de la iglesia, escuchan el cantar de un gallo, vaya sorpresa que se llevan ahora el aire se siente un olor como a azufre, los cochinos pegan un espantoso gruñido que las dejó turuletas de la sordera. Vuelve aparecer un ventarrón y desaparecen los cochinos, de nuevo oyen la risa y oyen la voz decirles: “Será otra vez, Agripina”. Ahí, de nuevo los pelos se les vuelven a parar, sienten que las piernas les llega la fuerza y pegan una veloz carrera que parecían dos bolas rodando, así llegan a la casa, asustadas y temblorosas del miedo. Al día siguiente contaron lo que les había sucedido de cómo los cochinos del  asustaron a doña Agripina y a La Tuca.

domingo, 19 de noviembre de 2017

Cuentos Venezolanos de Navidad (17): Dos relatos navideños de Efraín Inaudy Bolívar


Imagen en el archivo de Fernando Parra



SAN NICOLÁS DORMILÓN
Bajó el árbol de adensada fronda donde pájaros negros coqueteaban a la pulpa deliciosa de las cerezas, sobre aquella afelpada y piadosa hierba que la sombra hacia más incitante, aquel viejo, de ropa purpura y sonrisa perenne, entonando retazos de antiguas cantinelas, había cerrado los ojos. Un cansancio de caminante se lo había llevado poco a poco hacia alguna estación primorosa de los sueños.
El dulce anciano lucia la roja vestidura decembrina se llamaba San Nicolás. La barba, natural y abundosa, parecía copo de pulcro algodón y sobre la espesura de las clinejas de su melena, como una gran flor de navidad, aquel cucurucho bermejo ornado con estrellitas de papel.
Pasó de largo un trineo de mariposas tiradas por el viento y sobre una  raíz, una tierna lagartija exhibía con temblor escénico la fisicromía  de su piel. Arriba, la estela  circular y dulce de una abeja.
Una pareja de enamorados, que se inventan mimos indecibles, anunciaron la  proximidad de la noche buena y corrieron, golosos, en busca de las fascinantes festines de la navidad. Después, sigilosamente llegaron los niños, apagaron las luces de bengala y con ese silencio solemne de solemne de las hormigas cuando llevan pétalos al hombro, se acercaron al bello durmiente y entre gestos de infantil picardía llenaron de latas vacías la  alforja escuálida y raída de aquel  San Nicolás dormilón.
Alumbrándose con el último sol, la tarde deshizo su rostro en arabescos lila. Y ahí la calle. Opulencia  de gemas y sedería en los anaqueles. Pregón de campanitas, villancicos y cascabeles.
Y  en las casas, mesas colmadas esperando las  de la noche, arbolitos derrochando ascuas titilantes  entre sones livianos de amor y paz, caballitos de madera, zarandas luminosas, globos de colores plenos de almendras celeste, arlequines de cuerda y muñecas de tez rosada y ojitos como de oro de tíbar. Pero esa tarde, todos los niños consideraron que su mejor regalo fue haber podido contemplar a través de sus ventanas la carita alegre y complacida de San Nicolás dormilón cuando iba, calle abajo, con su fardo suculento a cuestas y casi llorando de alegría porque ellos sabían que aquel viejito   era Jeremías, el dulce anciano recogedor de latas de la ciudad.


EPIFANÍA
Venía envuelto en capuz de alba arreando algodonosos sueños y burlando los desgarros del ropaje, la brisa leve le ponía parches de frescura en la piel y las burbujas de roció le perlaban los pies.
Entró  al pueblo con ramitas de albahaca en las manos y una ranita medrosa en el bolsillo y nadie le creyó cuando anunció  alborozado que debajo del paraguatán del río se hospedaban Melchor, Gaspar y Baltazar.
Y comentó el populacho:
¿Y hemos de creer en tal destino?
¿No es acaso el hijo del ovejero quien pregona tan absurda noticia? tengamos presente que el hambre nubla los sentidos.
¿No estará  delirando?
¡Hermanos, exclamó el párroco místico, en este mundo de Dios todo es posible ¡y tras él , todo el pueblo se fue en rumorosa romería a presenciar el suceso.
Iban hacia el río, murmurando, vacilando entre la incertidumbre y la certeza. Había remolinos de mariposas rubias tejiendo arabescos envidiables y  estaban aromosos los senderos. Cuando se detuvieron, el  hijo del ovejero señalo hacia una campánula azul y dijo:
¡Ahí es! 
Y el pueblo se asomó.
Sobre tupido cobertor de cundeamores, en cunita de frágil musgo tres pajaritos recién bautizados abrían y levantaban sus picos ansiosos hacia los cielos en petición de la ración ausente. Arriba, untado de tinta oro la mañana, una guayabita silvestre sobrevolaba el paraguatán del río en el pico paternal de un cristofué.


MI CANTO SENTIDO
Oigo el gemido de los niños desheredados. De aquellos que bajan por canjilones de niebla hacia la incertidumbre. Oigo los de pies desnudos siguiendo huellas de cabras silenciosas. A los que se traga la montaña cuando quieren atrapar globos de nubes. A los que duermen bajo toldos marineros hechos de noche y astros. Oigo la voz de los niños que llevan sus cuerpos desnudos por trochas de campánulas aprendiendo a huir como el venado y a descifrar los secretos de los pájaros. Oigo el gemido de los desheredados de las ciudades. Van de puerta en puerta como extraños colibríes libando limosnas o pregonando golosinas que endulzan la boca de los indiferentes. Oigo los niños nocturnos. A muchos de ellos la noche les perdona la vida, a otros, una loba ría le lame las carnes y se los lleva de madrugada. Oigo los que posan su hambre desnuda para la ilustración de los periódicos del mundo. Oigo a los que juegan a buscar monedas, arrancándole luceros a los charcos, a los hunden desesperadamente sus manos en los bolsillos desgarrados sin encontrar hogaza.

Ahí están los desheredados. Y se oye un gemido infantil, universal. A todos, les entrego mi corazón lloroso, mi canto sentido.

viernes, 30 de junio de 2017

Breves cuentos, mitos y leyendas indígenas (29)

Imagen en el archivo de Pedro Pablo González

SOBRE LOS MONOS (etnia piaroa)
El mono y la mona tuvieron un monito. Wajari le dio forma al monito: pelo, ojos, carne, piel, etc. El mono creció. Se reunieron todas las especies de monos y Wajari se dispuso a enseñarlos. Les dio agua amarga y yopo. Pero no les dio ni dada, ni tuipa ni espinas de raya.
Wajari les dio a los monos varias clases de yopo, todas muy fuertes. Wajari les preparó a los monos varias clases de yoperas y cigarros también. Sobre las yoperas sopló el humo de los cigarros sagrados.  Wajari les dio a probar esos yopos, una especie tras otra, y los monos crecieron y comenzaron a chillar. Gritaron las mismas palabras que acostumbran hoy en día. Y en sus visiones vieron el futuro. Wajari les dijo que esos eran los peligros que los acechaban. “Ustedes están chillando ahora, y de hoy en adelante será así como chillarán. Y ustedes mismos transmitiránesta fiebre si los piaroa se enferman, chillan como los monos”.
Allá se alza un árbol, el K’elau Mak’ ili’a. También así se llama la enfermedad de los monos. Wajari creó el árbol para proteger a los monos. Los monos ebrios de yopo saltaron a este árbol, donde poco a poco volvieron en sí. Wajari les preguntó a los monos: —Les he dado yopo. ¿Cómo ven ahora el futuro?
Y dijeron: —Nuestro futuro no parece muy largo que digamos. Morimos, como todo el que llega a viejo. Así será nuestro futuro. Un águila nos matará,  un hombre nos matará con cerbatana.

Tomado de: Cuentos y mitos de los piaroa. Lajos Boglár  Fundación Editorial El perro y la rana (Caracas, 2015).

EL CANTO DEL DANTO (etnia piaroa)
Wajari bebió dada y vio su propio futuro en la imagen del danto. Pero primero vio el recinto sagrado de todos los animales, como el báquiro, el mono y otros, en fin, de todos los animales que él creó. Luego vio también los lugares donde conseguía los accesorios para su ceremonia.
Y también vio dónde habría de encontrar la muerte. Y en la muerte se vio como un danto. Wajari vio que el espíritu del danto no queda mucho tiempo en la tierra. A él le pasará lo mismo que a los monos. Los blancos lo matarán y se comerán su carne.
Y vio que el grupo inakwedya de los piaroa también comerán de su carne. Y también vio a un hombre que lo mataba con arco y flecha. Vio que también el tigre lo mataba. Y vio también a un hombre que lo mataba con escopeta y a otro con lanza. Luego de estas visiones, Wajari creó el cielo, la luna y el sol.

Tomado de: Cuentos y mitos de los piaroa. Lajos Boglár  Fundación Editorial El perro y la rana (Caracas, 2015).

**************De pueblos hermanos

LOS DIOSES AZULES (etnia emberá)
Ankoré es nuestro Dios, la fuerza y energía suprema del Universo. Él no tiene forma porque es de todas las formas y se manifiesta por doquier. Es padre y madre de  Karagabí a quien hizo con su saliva y lo mandó a crear todo el Universo. Entonces Karagabí creó los nueve mundos: Los cuatro Mundos Azules de Arriba, los cuatro Mundos Oscuros de Abajo, y Egoró, la Tierra del Medio; y ordenó los astros celestes y todo lo que existe. Luego creó al hombre de una gota de agua y creó las leyes para que los hombres convivieran en paz y armonía entre ellos y con la naturaleza.
 Cuentan los primeros hombres  escucharon hablar a los Dioses y se enteraron que arriba de la tierra había otro mundo, donde todo era azul, un mudo llamado Nentre, la casa de los dioses. Quisieron ir y preguntaron a Karagabí qué hacer. Karagabí construyó una larga escalera de bejucos cristalinos y azulados de los cuales crecían innumerables flores azules. En esos primeros tiempos, esta escalera fue el puente entre Egoró, la tierra, único mundo en que  brillan todos los colores y Nentre, el cielo de los dioses, donde todo es azul.
Los hombres subieron a Nentre por esa escalera. Sus cuerpos, y sus adornos y pinturas corporales y faciales, se tornaron azules.
Asombrados  veían que allí arriba todo era azul: manadas de zainos azules tumbaban azules matas de maíz y pelaban mazorcas azules con sus dientes y sus afiladas pezuñas; luego corrían alegres con granos azules de maíz brillando en sus bocas.
 El azul es el color de lo bueno, lo saludable, lo puro. Es el color de los dioses y el color de Nentre, el mundo donde los dioses se reunían a conversar sus cosas y las cosas de los hombres y mirar la creación: Los dioses miraban atentos los días de la vida de los hombres, sus trabajos, y sus guerras, sus leyendas y sus vicisitudes. Miraban todo lo que los hombres afrontaron desde la Creación. Y cuando vieron que ya el hombre preparado para ser dueño de su propio destino, los Dioses Mayores y Principales acordaron retirarse para siempre a Nentre, su Mundo Azul.
Sólo se quedaron a vivir en nuestra tierra dioses menores, espíritus malignos, y espíritus protectores y monstruos y fabulosos animales del agua y del monte.
Por eso decimos que los dioses mayores son dioses olvidados. ¿Para qué llamar a quien es ciego y es sordo?

Texto tomado de: Raíces, Mitos, Relatos y Leyendas, compilación de Bety Triana y Néstor Mendoza de la Editorial Montaña Mágica, Santa Fe de Bogotá, 1997. 


ORIGEN DE LA NOCHE (etnia ufania)
En el comienzo todo era luz. Sólo alrededor de la maloca del abuelo oscurecía. El resto de la selva estaba siempre de día. Los cuatros Imarikakana llegaron allí y llamaron, pero el abuelo no despertaba. Entonces lo golpearon tres veces con la macana en las canillas y al fin despertó:
-“¿Qué quieren?” – preguntó.
-“Abuelo. Queremos la noche, vivimos siempre de día, nunca oscurece y no dormimos”.
-“Ustedes están bien así. ¿Para qué quieren dormir? Dormir es mi trabajo, a mí si me sirve porque tengo que soñar para ordenar todo el mundo. Ustedes no”.
-“No importa, abuelo. Queremos dormir. Traemos coca para pagar por la noche”.
-La noche no sirve, en la noche la culebra pica, la gente muere, el enemigo ataca.
- Les digo que así de día es bueno. Pero si ustedes vienen a pedir… Yo doy. Allá ustedes. Miren, allí hay muchas bolas de la noche amarradas, hay grandes y chicas. 
- Lleven la chiquita y cuando lleguen a la maloca de ustedes, cogen leña, luego sueltan la noche y queman la leña. Cuando ya no queden sino los tizones, ahí amanece. Lleven ese poquito de noche y no lo suelten por el camino.
-Salieron. Iban lejos y en la mitad del camino se sentaron a descansar.
-“Hermanos – dijo el menor – esto es chiquitito y este mundo grande, ¿cómo va a  esto para llenar todo con la noche? ¿Será que nos alcanza para oscurecer la casa y el patio no más? Yo voy a soltar un poquito para mirar.
-“No” – dijeron  los hermanos.
 Mientras pensaban, el menor vio a su lado un palo seco y adentro un gusano que comía en redondeles, dejando sólo la cáscara seca, y dijo:
-“Voy a soltar un poquito”.
 Y soltó un poquito. Como un soplo potente salió una pelotita negra que cayó al suelo y saltó al cielo y tapó al Sol y a su hijo Luna. Todo quedó oscuro y la gente que estaba pescando se perdió. Una vieja que barbasquiaba se convirtió en Madre Monte.
 Ella es bruja y enseña. Un hombre que estaba de cacería se quedó Kurupira y ahora es el dueño del monte. Él también es brujo y enseña. La oscuridad convirtió como en animales a esa gente. Ahí mismo dijeron los hermanos Imarikakana:
- “No, nosotros no somos hijos de gente, somos hijos del mundo; a nosotros no nos pasa nada. Volvámonos micos nocturnos y comamos que tengo hambre” – dijo el hermano menor.
Y comieron y luego hicieron todos los animales que andan de noche. Después durmieron.

Texto tomado de: Raíces, Mitos, Relatos y Leyendas, compilación de Bety Triana y Néstor Mendoza de la Editorial Montaña Mágica, Santa Fe de Bogotá, 1997. 


EL NACIMIENTO DE LA GENTE (etnias yukuna y natapí)
No había gente. Nadie. Y vimos llegar a los Yukuna y nacimos los Natapí. No sé de dónde llegaron. Del mundo de abajo será. Pero cuando nacieron, primeros fueron palmas de canangucho, por eso no peleamos con gente Yukuna. Con ellos cantamos y bailamos, con ellos la guerra es fiesta, canto y baile.
No sé de dónde salieron: de la tierra será.
Nacieron en Yuinata, en una sabana, Marití, arriba, por el quebradón de Pilumichari.
También había otra gente: Kulanumí, gente danta que no se mata. Ellos nacieron con nosotros, nacieron del canangucho. Por eso el canangucho no se corta. Si cortas el canangucho entonces llueve, truena, uno pasa malo, el camino se hace camino de danta, camino de animal hermano.
Uno de esos hermanos era Ureyu, era el Capitán. Otro Kana`pe, el Gavilán, Rimakuté ayudaba y era Mandadero.
Luego nació otro, el cuarto. Pero nació con rabo y su madre quería matarlo. Luariya, estaba allí y dijo:
-“Este muchacho nació”. Nacer es buen pensamiento, buena cosa, llevémoslo al payé, él sabe arreglar. Él brujea”.
-Paye brujió tabaco. Acabó de brujear y prendió el tabaco, luego sopló al muchacho y ahí le desapareció el rabo.
El muchacho nació bajo del árbol que se llama Wiri, por eso la madre lo llamó Wihimi.
Cuando él fue grande, nació mucha gente; se llamaron los Himuri. Desde entonces el muchacho sin cola se llamó Ka`amari. Ya sabía volverse tigre, y tenía un hermano para hacer la guerra. Ya se podía hacer la fiesta y la borrachera. Entonces hicimos los bailes.

Texto tomado de: Raíces, Mitos, Relatos y Leyendas, compilación de Bety Triana y Néstor Mendoza de la Editorial Montaña Mágica, Santa Fe de Bogotá, 1997. 


LA CAIPORA DE LAS SELVAS BRASILEÑA (Gilberto Antolinez)
Los folcloristas de Brasil hablan de la Caipora, el dueño de la selva, se los indios tupi de su país. En el norte y nordeste de esa tierra, la Caipora es una indiecita chica y fuerte, cubierta de pelambre, de cabellera suelta, que protege la caza y siempre está ansiosa de tabaco y aguardiente. Su macho es Caipora, el ser terrible que anda de jinete sobre un puerco de monte. En las selvas de Para, Amazonas y Acre, se dice hoy que la Caipora se extasía en el comercio amoroso con los hombres con los que se amanceba, les exige fidelidad perpetua y les hace condueño de la caza. Pero estos amantes, si quieren casarse con alguna mujer, tienen que emigrar del bosque, pues si la Caipora les descubre el intento les da una “sobá” con espinosos bejucos hasta darles la muerte. La Caipora monta sobre un váquiro o puerco de monte y resucita a los animales que el cazador abate. Es un perfecto prototipo de la María de la Onza de muestro estados Yaracuy y Lara.
Muchas veces se la pinta como mujer de un solo pie, que marcha a saltos, tiene una cabeza enorme de chiquilla y produce a quien la encuentra una mala suerte duradera, solo evitable si se le rinde tributo de aguardiente y tabaco. Es dueña de la caza, excepto volátil. Se le puede donar también pan de yuca sin azúcar ni sal. Detesta la pimienta malagueta ferozmente a quien le lleve.
En la provincia Parahibana, la Caipora lleva por nombre “Flor del Bosque” pero ahora se distingue porque su cabellera es rubia. Es muy hermosa y ardiente y goza una eterna presencia de doncella de doce años.
En Alagoas, la Caipora es una indiecita de cabello largo, muy fumadora de cachimbo, amiga de consumir sopa de yuca tocada con un extraño sombrero. No deja cazar en los días viernes. Apalea los perros desde su mundo invisible, de modo que el cazador oye los gritos sin saber a qué causa se deban. Para llamarla hay que golpear un pico contra una pala: hierro contra hierro. Cada vez que hace una diablura de las suyas, suelta estridente risotada, acompañada de suavísimo silbido como el que suele lanzar el saci o saucel, duende de los bosques amazónicos.

Como se ve, el Catey femenino de Trujillo, tiene vasta parentela en la mitología indígena y con el folklore actual de otros países de Sudamérica y Antillas, por lo cual merece que el futuro se le dedique una encuesta científica suficientemente intensa. Entonces podrá determinar hasta dónde tiene aquí la misma conexión con María la de la Onza y que sus parientes muestran en otras naciones respecto a la dueña de la caza, esposa del señor del monte y rey de los venados y los puercos salvajes, seductora de cazadores, ladrona de mozuelos de niños y numen mortal de los sueños sensuales.

jueves, 29 de junio de 2017

Breves cuentos, mitos y leyendas indígenas (28)


Imagen en el archivo de Pedro Pablo González


EL RABIPELADO Y LA GARRAPATA (etnia pemón)
Una vez la garrapata invita a su mujer y le dice: Mira mujer, vamos a recoger frutos ura. Ura es una fruta que cuando está madura, así negrita, se pasa en agua tibia y entonces se pone blandita y se come. Tiene un sabor muy delicioso que nos gusta a nosotros los pemón. A eso fue que lo invitó la garrapata a su mujer. ¡Vámonos! Y se la llevó. Subió allá arriba, tumbo la fruta, y le dice a su mujer: Mujer, cuando el guayare esté lleno me avisas que ya está, para no tumbar de más.
Esa es otra cosa, los indígenas no abusamos ni desperdiciamos lo que está en nuestro entorno, se producto silvestre o cualquier otro, sea la pesca, eso no es para perderlo ni para la venta, si no para el autoconsumo, pero con un manejo racional, de acuerdo al número de familia.
Y así fue que le dijo: Tan pronto como se llene el guayare, me avisas para no tumbar más. Comenzó a tumbar la fruta y la mujer allá abajo recogiendo en el guayare, cuando vio que ya estaba suficiente dice; Mira, garrapata, ya se llenó el guayare.
Bueno, está bien. Allá va, ya voy a bajar. Agarra una hoja, se pega y ssssssshh, bajó para abajo pegado de la hoja. Y la mujer admirada de eso se lo cuenta luego a su mamá:
Mira, mamá, mi marido me dio un sorpresa - ¿Qué será? – Una vez se subió a tumbar esa fruta, y cuando estuvo llena le dije que ya estaba lleno… se  mandó de arriba, no juegue, y bajó y no le paso nada.
Entonces el rabipelado escuchó eso y dijo: Yo también puedo hacerlo.
Se invita a su mujer también: Mira, vamos a tumbar ura, buscamos una fruta por ahí, Se mandó, se subió, recogió, y como la garrapata le dijo rabipelado a su mujer: Mira, cuando esté lleno el guayare me avisas –Está bien. Recogió y cuando estuvo lleno dijo: Mira rabipelado, está lleno – Ah, está bien. Agarró una hoja: Mujer, quítate que voy para abajo. Agarró una hoja y… ¡pannn!, cayó como muerto ahí, perdió el sentido, estuvo un buen rato hasta que revivió. Regresa la mujer y le cuenta a su suegra: Mira suegra, él escuchó de la cuñada lo que le contó la garrapata, entonces ¿qué le pasó? No juegue, de broma se mata. Estuvo un buen rato sin sentido, hasta que recobró el sentido.
Enseñanza: No trates de imitar lo que tú no puedas ser. No te pavonees de lo que no eres.  Siempre sé lo que eres y no trates de imitar al otro, que no sabes qué consecuencias te puede traer.

Tomado de Pataamunaanü´nin: Nuestras Tierras son de nosotros (Etnia Pemón). Carlos Figueroa. Ediciones El Pueblo. Ciudad Bolívar. (2005)


EL SAPO (etnia yukpa)
Hace muchos días, muchos años y muchos siglos, el sapo no era como lo conocemos hoy. Era un ser bonito y agradable y además tenía una hermosa voz. Pero engreído, lleno de vanidad. Se creía el ser más perfecto de la naturaleza y se burlaba de los demás diciéndoles que eran feos.
Todos estaban tan enojados con él que decidieron darle un escarmiento y vengarse de las ofensas recibidas. Pensaron cómo hacerlo caer en una trampa. Decidieron emborracharlo para burlarse de él y con esta idea prepararon una gran  fiesta, en la cual el invitado de honor sería el mismo sapo.
La fiesta resultó magnifica. Había mucha comida y dos canoas llenas de chicha fuerte. Ya estaban todos los invitados comiendo y bebiendo, pero el sapo no aparecía por ninguna parte. Comenzaron a inquietarse, temiendo que hubiese descubierto lo que se tramaba en su contra.
Al fin apareció el personaje. Lucia su mejor atuendo: coloridos adornos de vistosas plumas de guacamayo real y abundantes collares, de las más valiosas cuentas, le adornaban el cuello y los brazos.      
 Corrieron la voz:
-Ahí viene el presumido, el sabelotodo, prepárense para embriagarlo.
-Brindemos por sus excelentes galas, mi señor Sapo - se le acercó la iguana  silbando.     
Y se tomaron un buen cuenco de chicha.
-Conmigo tiene que brindar, gallardo y sabio Sapo - gruñó el chiguire. Y se tomó con el otra totuma de chicha.
Con el cachicamo y también brindo, con la lapa, con el perico y con el picure.
Entonces apareció el venado:
-¡Faltó yo! ¿No va a apurarse una chicha conmigo, mi genial amigo?
Al cabo de una hora, el sapo estaba completamente borracho. Se tambaleaba,  rodaba por el suelo y exclamaba:
 -Estoy borracho, pero soy todopoderoso. Ustedes no pueden contra mí, yo soy el mejor y lo seré siempre.
Entonces entre todos lo tomaron por los brazos y le hicieron tragar dos huevos de gallina, aun calientes, que le quemaron la garganta estropeándole la voz.
El sapo, lleno de ira, tomó un hierro y empezó a lanzar golpes a ciegas aquí y allá hasta que, sin darse cuenta, se hirió así mismo, rajándose los labios. Es por eso que el sapo tiene los labios partidos y la boca ancha. Después tambaleándose en su borrachera, tropezó y cayó al río. Y allí se quedó tanto tiempo, furioso, que la piel se le arrugó por el frío.
Así fue como ese ser pretencioso, por ser demasiado vanidoso y engreído, perdió su belleza y adquirió el aspecto repugnante y desagradable con el que lo conocemos hoy como Kopitcho, el sapo.

Tomado de “El mundo mágico de los yukpa”, Marisa Vanini y Javier Armato, Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana  (2005)


HISTORIA SOBRE LOS INSECTOS (etnia piaroa)
Los zancudos fueron creados por Kwoimoi para que mataran a Wajari. Les ordenó que picaran a Wajari mientras dormía, pero Wajari se defendió soplando y no pudieron acercársele. Kwoimoi dijo: —¿Cómo podría matar a Wajari para comérmelo?
—A mí no me pican los insectos, pero después de mi muerte picarán a mis familiares –dijo Wajari. Luego le mandó los insectos a Kwoimoi al que estuvieron picando toda la noche. Kwoimoi tomó la cosa a risa, mas los insectos lo atacaron toda la noche y no hacía más que dar ayes. Algunos insectos se introdujeron muy bien en la piel de Kwoimoi y se le hincharon tanto las piernas que ya no podía ni pararse. Kwoimoi plañía y gritaba.
Con el dolor de muelas pasa lo mismo. Si bien Kwoimoi lo inventó para Wajari, este se lo devolvió inmediatamente a Kwoimoi. Mientras Wajari estaba de caza, Kwoimoi se infiltró en la churuata de Wajari y preparó una gran hechicería contra la vida de Wajari. Pero Wajari lo sabía, así es que le hizo lo mismo a Kwoimoi.
Una noche Kwoimoi despertó con un horrible dolor de muelas. Salió corriendo, dando vueltas gritando: —Me muero, me muero –y se dio cabezazos contra el suelo–. ¿Qué habré comido que me dan estos dolores?
Por último se arrancó el diente que le dolía, mas al momento le empezó a doler el otro. Se lo arrancó también, y así continuó, uno detrás de otro. Al final, no le quedó ni un solo diente.

Tomado de: Cuentos y mitos de los piaroa. Lajos Boglár  Fundación Editorial El perro y la rana (Caracas, 2015).


********* De pueblos hermanos

LA MANCARITA DE COLOMBIA (Gilberto Antolinez)
Muy próxima a la mujer del catey se muestra la famosa  Mancarita de la provincia de Guanenta, que los campesinos dicen es una mujer salvaje, con una sola mama en la  mitad del cuerpo, el cuerpo peludo como el de los animales selváticos, y los pies vueltos hacia atrás. Habita en las selvas y por la noche se le oye gritar en tono lúgubre y prolongadamente; a veces se acerca a las viviendas humanas. Algunos afirman que es tímida y huye apenas percibe algún ruido de gente o de perros; otros aseguran que roba niños y aun los hombres. Los hábitos biológicos atribuidos al sobredicho “asombro” femenino, corresponden muy bien a los que muestra el oso frontino de los andes: timidez, retraimiento en la soledad, vivienda en la espesura de la selva, no agresividad; mientras que es calumnioso de niños o de hombres adultos, ya que el salvaje es un oso fructífero y amigo de la miel silvestre, que nunca prueba carne de ninguna clase. 
En los páramos de Santander, opinan que la Mancarita es aficionada a bañarse en lagunas de serranía, las cuales por eso mismo deben considerarse encantadas y frecuentemente visitadas por una  fauna de características extrañas. La Mancarita de Santander es un “salvaje” que imita la voz del hombre, los gritos de la mujer y el llanto de los niños para engañar y atraer a la gente y llevarse el niño a donde nadie pueda saberlo. Regularmente anda de noche y en la espesura de los bosques; pero yo nunca me encontrado con la tal Mancarita, ni recuerdo haber oído sus voces. Así le habló un campesino santanderino al citado escritor colombiano Arias. Otro, su paisano, don Samuel Ortiz M , de Bucaramanga, relaciona el temeroso grito nocturno de la Mancarita con el canto de la clueca del “suruiucu” o mochuelo, ese ominoso ser que vive en Venezuela llamamos “zorrocloco”.
En las leyendas venezolanas de Occidente, y en la de los Llanos, el salvaje macho es ladrón de mujeres, a las que toma por mujer y les hace hijos, manteniéndolas en cautividad en lo alto de los árboles y haciéndoles imposible la huida mediante el recurso de lamerles las plantas de los pies con su carrasposa lengua con que le produce una permanente inflamación. Esta calumnia tiene base real donde se apoyó la imaginación para construir el mito: el oso frontino sabe hacer ramosos nidos de hojas en los bosques, los cuales se parecen extrañamente a esas habitaciones que algunos indios americanos sabían construir para defenderse de enemigos humanos y de fieras. Ya Humboldt sospechaba que las leyendas americanas del salvaje se referían a la existencia de un gran oso de vida silvestre y habitación arbórea.

LAS SIGUAPAS DE CUBA Y DOMINICANA (Gilberto Antolinez)
Si el aspecto físico del mítico salvaje ha sido construido por el pueblo a expresas del oso frontino, de anteojos o salvaje, el grito plañidero y nocturno que se le atribuye ha sido robado al mochuelo zorrocloco que en las Antillas porta el nombre de la “siguapa”.

“Ciguapa” o “Siguapa”, dice Maralet, es en Santo Domingo “mujer fabulosa de las aguas”. Pero esta voz se deriva del antiguo nahualt mejicano en donde proviene de “cihuatl”, mujer y “apan” sitio de aguas; esto es, se trata de una mujer de las aguas. En las Antillas abundan palabras del náhuatl referentes a mujer mística del bosque, como la “ciguanaba” y la “Ciguamonta”. De esta manera ha descrito Moralet a las famosas y traviesas siguapas. 
Desde los archivos míticos de los indios cubanos viene la idea del ave nocturna de ese nombre, que se manifiesta en horas diurnas bajo un aspecto  semihumano. “Su forma es la de un hombre pequeño, por supuesto, indio y no hay cosa más linda que la hembra de nuestro desconocido prójimo. No se distingue por su grande cabellera porque está provisto por el contrario de un vello lustroso y semejante al terciopelo, que la cubre desde los pies a la cabeza. Las costumbres de la siguapas son a la inversa del oso jigües; viven en el fondo de los bosques y con preferencias en las altas sierras de la provincia de Cuba en la cercanías de Holguín y del Bayamo”. Enamoran y roban a los mozos. Los machos y las hembras danzan en los bosques en interminables “areitos”, o sea, danzas al son del tamboril, de la marca y el “sibuluiti” de los indios taínos. No obstante su amorosa ternura y su lubricidad encantadora, dicen que las siguapas terminan por succionarles la sangre a sus amantes, como la mujer del Catey de nuestro estado Trujillo. Seguramente que cuando la recolección folklórica se intensifique en ese territorio de Venezuela, se hallarán relatos en donde la Catey, para cautivar a su futura victima masculina, y enloquece previamente con excesos sexuales, tal como se cuenta en Yaracuy de las mujeres lúbricas del reino de María de la Onza. Aunque esa medio mujer de Trujillo es fea, tiene de común a la siguapa, del oso frontino salvaje de los Andes, que también existe en las montañas de Cuba y es emparentado por los campesinos al mito de la siguapa de la selva.