jueves, 9 de junio de 2016

Esquinas de fantasmas. Varias Historias

Azotando a la Sayona (archivo de Francisco Aguiar)


El ilustre intelectual Eloy Guillermo González (25/6/1873 – 17/7/1950), Escritor, ingeniero, periodista, pedagogo, historiador y político,  dilecto hijo de la muy llanera ciudad de Tinaco, estado Cojedes, publicó en 1939, CURSO SOBRE FOLKLORE DATOS DE PSICOLOGÍA COLECTIVA, editado por el (aquel entonces): Instituto Pedagógico Nacional. De tan peculiar obra rescatamos estos apuntes referidos a los primeros fantasmas de Caracas.
Igualmente, este autor, nos acerca al valor de las leyendas  en la enseñanza: “La leyenda y la tradición deben utilizarse didácticamente como cooperantes del aprendizaje. Desde luego, como recurso mnemotécnico; y, según la naturaleza de ellas, para fijar datos importantes que sirvan de punto de referencia entre dos aspectos históricos; como indicios de la existencia y origen de ciertos hechos; como explicativas de evoluciones sociales, de nuevas estructuraciones, de las reacciones correspondientes; como índices del infortunio o de la gloria de pueblos”.
Esperamos sea de su agrado.
Isaías Medina López.

1. Hasta el año 1830, no se podía transitar por las calles de Caracas sin portar linterna, después del toque de queda, que comenzaba a las nueve de la noche y cuya última campanada sonaba a las nueve y media. Sólo se aventuraban a ir de un punto a otro de la ciudad, uno que otro ocioso, algún vecino a quien se le hubiese presentado una súbita dolencia en persona de su familia, o algún galán que aprovechaba la tiniebla y la leyenda para salir en busca de aventuras donjuanescas. Pero era casi seguro que estos raros transeúntes topaban en su trayecto con la proyección de la Mula Maniada: sobre todo, en lo más deleitoso del coloquio, el galán sentía de pronto que se le venía encima una gigantesca mula, dando saltos y largando coces, de las que alguna cuando menos lo rozaba. Otras veces, la bestia relinchaba como un caballo o rebuznaba como un asno restregándose contra paredes y ventanas y maltratando a quienes encontraba. Para las viejas y para los enamorados manzurros era terrorífico ese monstruo; bien que para muchas gentes era el avatar de una mujer maligna, muerta hacía algunos años, a quien Dios, en castigo de su incesante curiosidad, había transformado en aquella bestia, para que continuara practicando como tal lo que como mujer solía hacer en vida; en cuyo lapso de existencia «se ocupaba día y noche en escudriñar lo que pasaba en las casas ajenas, parándose cautelosamente en cuantas ventanas abiertas veía, con el fin de divulgar más tarde, por toda la ciudad, las conversaciones que oía y que ella por cuenta propia comentaba, desfiguraba y corregía».

2. La Fantasma o Sayona era un espectro de dimensiones gigantescas que comenzaba a aparecer al toque de queda y podía distinguirse a la luz mortecina de los escasos farolillos que parpadeaban en la oscuridad de las calles. Iba cubierta con un largo sayal negro, cuya cola barría el suelo; las cuencas de sus ojos despedían un siniestro fulgor rojizo; en su pecho y en su rostro se veían estampadas las huellas de la muerte; y al moverse, se oía un ruido semejante al de huesos que se chocan.

3. Casi siempre, detrás de la Sayona aparecía el Hermano Penitente, espectro blanco, con una camándula de enormes cuentas, también blancas, al cuello; una enorme cruz del mismo color en la mano izquierda y un cilicio en la derecha, con el cual se aplicaba sobre las espaldas furibundos golpes acompasados. Con voz gangosa salmodiaba en un guirigay que pretendía ser latín, un rezo ininteligible, interrumpido a intervalos por grandes lamentaciones y alaridos, con los cuales acompañaba la confesión pública de los grandes pecados que había cometido en vida y que ahora muerto, hacían penar su alma. La expiación no sería completa, según lo había dispuesto Dios, hasta no haberse dado doscientos mil azotes, a razón de mil por día, con el cilicio que portaba. Dicho se está que apenas se columbraba a distancia a alguno de este par de «piochas», no quedaba puerta ni ventana sin cerrar y atrancar, ni transeúnte que no echase a correr despavorido: y acontecía con frecuencia que quien huía de la Sayona tropezaba más adelante con el Hermano Penitente, y se desmayaba de terror. Y mientras esto acontecía en la calle, en el interior de las casas el padre recogía a toda la familia y la llevaba a una de las piezas más apartadas a rezar el rosario: en la confusión y el desconcierto del momento, apenas advertían que alguna de las niñas no se presentaba al oratorio sino cuando ya el rezo había terminado y ella explicaba que había tenido que encerrarse en la sala, a causa del pánico que la había sobrecogido al aparecer los fantasmas. Sólo muchos años después –ahuyentadas estas apariciones por la profusión del alumbrado público y el avance de la cultura– algunos de los que en sus tiempos de Lorelaces representaron sayonas y penitentes, confesaban que para ello se las arreglaban con unos zancos, una calavera, a cuya parte interior se adaptaba una mecha del sebo encendida, unas tibias de muerto, unos pocos metros de tela negra o blanca –según la clase de espectro que se representaba– un poco de almidón y unas tiras de cartón cortadas en forma de látigo y preparadas de modo que hicieran ruido, sin producir dolor, al azotarse con ellas. Didácticamente, estos episodios pueden utilizarse para mostrar el estado de honda ignorancia de la época, en la cual los padres eran opuestos a la instrucción de sus hijas, por ser aquélla «muy peligrosa», y las retraían del trato social «para que no se corrompieran»; magnifica situación para los listos, que se aprovechaban de ella a su sabor, explotando los terrores de la superstición, y obteniendo el resultado a que alude la copla de aquel tiempo:
Mariquita, Maricuela,
Ya se lo diré a tu abuela:
Que andabas por los corrales
Comiéndote las ciruelas

4. El Carretón de la Trinidad –llamado también de Muerte– era otra de las visiones más pavorosas: a muy altas horas de la noche, al fulgor de las estrellas, se divisaban y se oían las estrepitosas correrías del carromato, las que partían de la actual plaza del Panteón hasta una o dos cuadras al sur del puente de La Trinidad o bien, de la esquina de las Dos Pilitas hasta la plaza de La Pastora. En aquellas horas, los vecinos despertaban sobresaltados por el ruido tronador que parecía producido por muchos carros que fuesen arrastrados por bestias cuyos cascos desempedrasen las calles. Algún trasnochador o algún borrachón que había tenido la temerosa oportunidad de verlo de cerca, aseguraban que era una especie de arcón, que corría por entre chispas de fuego lanzadas por las ruedas al tocar el pavimento, sin que se notase bestia que lo condujera, sino un bulto rojo, que también despedía fuego por los ojos y boca y que iba dando saltos a compás de un canto diabólico, como que era el mismísimo Demonio… Años después, la «condenada» policía del «hereje del Guzmán Blanco» acabó con aquel Infierno desbocado: destrozó el carretón y «a plan» se llevó para el cuartel a cuanto diablo encontró adentro.

5. La Dientona no tenía lugar fijo para sus aventuras nocturnas: sus excursiones se extendían a toda la ciudad, aunque prefería los barrios excéntricos. Cuando más descuidado iba el transeúnte, topaba por una esquina o en la puerta de un zaguán con una mujerona que, abriendo la boca, le mostraba una ringlera de dientes como de caballo.

6. El Enano de la Torre estuvo a punto de ocasionar la muerte a quien por primera vez lo vio: un joven que una noche brumosa del mes de enero regresaba de jarana, de la Candelaria, vio parado en el ángulo noreste de la esquina de la Catedral a un hombre muy pequeño, tan pequeño, que habría podido tomársele por un niño: como hubiera notado el joven que el enano fumaba un «puro», se le acercó a pedirle fuego para encender a su vez un cigarrillo, y después de darle las gracias, le preguntó por la hora. El enano, con una horrida voz, le contestó: «Pronto darán las doce en el reloj de San Pedro, en Roma», y creciendo súbitamente, creciendo hasta alcanzar con el brazo la muestra del reloj situado debajo de la estatua de la Fe, remata la torre de la Metropolitana, agregó señalándola con un dedo gigantesco: «y sólo cinco minutos faltan para que en este reloj suenen las cinco de la mañana». Cuentan que el mozo fue hallado a poco desvanecido; que trasladado a su casa debió la vida a los cuidados esmerados de famosos médicos, que lo asistieron durante largos meses; que ya restablecido, temblaba como un azogado cuando se le recordaba su aciaga aventura… y que nunca más volvió a «pegarse palitos».

7. El Rosario de las Ánimas era otra visión aterradora. En las altas horas de la noche, los enfermos y los que por algún motivo se hallaban en vela dícese que oían un cántico fúnebre, monótono, modulado por voces que parecía salir de las entrañas de la tierra, y al que luego sucedía la recitación del rosario… «Anádese que algunos imprudentes que, encontrándose a esas horas en la calle, tuvieron suficiente valor para investigar de dónde venían aquellos cantos y oraciones, pagaron caro semejante atrevimiento, pues la sangre se les heló en las venas al contemplar una legión de sombras, que llevando sendas hachas encendidas, marchaban procesionalmente, repartidas en filas de cada lado de la calle y todas al parecer revestidas de túnicas más blancas que la nieve: indicio cierto de que eran las ánimas benditas, que habían salido del Purgatorio a hacer penitencia en este mundo caracense…» (Teófilo Rodríguez, Tradiciones Populares).

8. También hubo una temporada en la que se soltó el Diablo por la esquina llamada hoy del Cristo y sus contornos: referíase que allí se estableció con pulpería un sujeto sin pizca de conciencia, que estafaba a los compradores, de un carácter díscolo y pendenciero, e impío hasta merecer el afecto particular de Lucifer, quien un buen día cargó con su alma. Es lo cierto que desde entonces sentó allí sus reales «el enemigo del linaje humano» y mantuvo a los vecinos en perpetua consternación, hasta que uno de ellos, aconsejado por su confesor, procedió a instalar en un nicho, en una de las paredes de la esquina, la efigie del Cristo; con lo cual huyó por siempre Mandinga y por siempre le quedó nombre al sitio. Así como también en la esquina al oeste de aquélla, se descolgaba por el balcón de una de las casas un muerto larguísimo, que abría las piernas y se apoyaba en la fachada de enfrente.

Aquí tenemos, al mismo tiempo, explicado el origen del nombre de otras esquinas de Caracas: las Ánimas, el Cristo y el Muerto.

No hay comentarios: