martes, 14 de junio de 2016

Leyendas y cuentos cortos venezolanos (5) Varios autores

Cantores de Guárico en el archivo de Beto Mirabal 





AMULETO 
(Mercedes Franco)
Tal vez la idea de los amuletos nació cuando el hombre pensó que ciertos objetos encerraban algo divino: piedras, plantas, etc. El amuleto puede ser de una imagen, un símbolo, una piedra, un cristal. Se supone que aleja el mal, físico o espiritual, y atrae la buena suerte. A veces los amuletos no son sino imágenes de santos, o cruces. Otras veces placas de algún metal o piedra considerada protectora, como el azabache, o simplemente partes de animales, como patas las patas de conejo. Se llevan a veces en collares o en bolsas colgados al cuello, como los escapularios. Antes estos objetos se escondían en bastones o medallones. Amuletos clásicos son el rojo pintado labrado en oro, que recuerda al sol; la cruz, que evoca la divinidad de Cristo; la cornucopia o el cuerno, que concita la abundancia; la espina de una rosa, que defiende de las malas influencias; y el trébol de cuatro hojas, que atrae la fortuna. En Venezuela, la semilla conocida como “ojo de zamuro” y la de jabillo que semeja un cuerno o un pez, son amuletos de prosperidad. Y el cachube falconiano protege de todo mal.

ANILLOS DE PODER
 (Mercedes Franco)
Desde hace mucho tiempo se atribuyen propiedades mágicas a algunos anillos. Si no que lo diga el muy famoso J.M. Tolkien, que recoge en El Señor de los Anillos toda una serie de leyendas relativas al tema. En las Mil y Una Noches, Aladino invocaba a un genio con una lámpara y a otro con un anillo.

ANILLO DE SALOMÓN
 (Mercedes Franco)
Se dice que el Rey Salomón poseía un anillo que le permitía hablar con los animales. Según la leyenda, el Rey perdió este anillo, y quien lo encuentre, podrá tener el mismo don.

LOS DUENDES SON ENAMORADIZOS 
(Luis Arturo Dominguez) 
Los duendes son enamoradizos y se aficionan a ciertos animales, prefiriendo entre éstos el conejo y el venado, como ya en párrafos anteriores hemos dicho. Tales cuadrúpedos les sirven de señuelo para atraer hacia los encantos a los cazadores, lugareños y demás personas que transitan por el monte. Frecuentan los manantiales con el fin de seducir a las muchachas inexpertas que madrugan para darse a los trajines del conuco o a la busca del agua para los quehaceres de la casa. 
Al pie de la letra, y a mayor abundamiento, copiamos el relato que en 1948, en la ciudad de Coro, nos hiciera el señor Ignacio Zárraga, natural de Cabure, Distrito Petit del Estado Falcón. Tales datos subrayan las características que hemos venido indicando en el presente estudio con relación al ente imaginario que nos ocupa. El señor Ignacio Zárraga, relata lo que sigue: 
“El duende es un ser invisible pequeñito. Un duende se enamoró locamente de una muchacha muy bonita de nombre María de Jesús, a quien todo el mundo en el pueblo de Cabure cariñosamente llamaban Machú. El duende le hacía los amores sin que ella le pudiera ver. Machú se daba cuenta de la presencia de su enamorado, porque sentía que alguien la besaba y le sobaba las piernas. A María de Jesús aquellas caricias le daban ataques, y muchas veces se privaba y perdía el conocimiento por unos instantes. Los padres de ella no sabían qué hacer para librar a su hija de la persecución del duende. Por fin, cansados de tanto martirio y después de haberlo pensado mucho, los padres de la chica resolvieron mudarse lejos del lugar y, para el caso, al paso de la media noche empezaron la mudanza. Pero, cuando por el camino iban los que se mudaban la madre de Machú, dirigiéndole la palabra a su marido, le dice: ¡Ah mundo, Felipe, la esterita donde dormía Machú se me olvido traerla!... y ahora, ¿qué hacemos?...
Grande fue la sorpresa de aquella pobre gente, cuando en la oscuridad de la noche oyeron la voz del duende que les decía: “No se preocupen por eso, que la esterita la llevo yo”. Por su parte, el señor José Rafael Castro Vivas, natural de Aguasay, Distrito Maturín, Estado Monagas, en la cuidad de Caracas en 1949, nos contó el siguiente caso: 
“Un duende se enamoró de una muchacha campesina que vivía en el pueblo del Aguasay y no la dejaba en paz. Pues, la joven acostumbraba lavar su ropa en la orilla de una quebrada cercana, en donde siempre un duende la esperaba para dialogar con ella. La muchacha se daba cuenta de la presencia de su enamorado, porque el bejuco de una mata que estaba cerca de la corriente de agua se movía y desde tal maroma, acompañándose de una guitarra invisible también y con música de un estribillo tramado, el duendecillo le cantaba: 
Este verano que viene
me voy a vivir al Llano; 
si este bejuco se revienta
se mata este ciudadano.
“La muchacha, al escuchar este canto y aquella música tan alegre, se reía a grandes carcajadas y luego sostenía con el pretendiente largas conversaciones. Cierto día la joven desapareció del hogar paterno para mas nunca saberse de ella, pero no faltaba quienes digan que aquella muchacha vive en un palacio encantado con el duende que le hacía los amores cuando ella iba a lavar su ropa a una quebrada del pueblo de Aguasay”. 
En los estados Lara y Falcón, particularmente, existe la creencia de que el Paragüita del Duende o Flor de Tierra, no nace del excremento del asno como muchos piensan, sino que es el diminuto paraguas que utilizan los duendes cuando están enamorados y clavan sobre un cagajón de burro para protegerse de la lluvia y de la luz del sol reverberante. Se afirma, de igual modo, que el denominado Paragüita del Duende es una planta cicatrizante que al marchitarse algunos curanderos del campo, utilizan para sanar heridas que no cierran fácilmente o llagas superficiales. El denominado Paragüita del Duende o es otra cosa que el Agaricus campestri, planta talofita que se reproduce generalmente por esporas; es de consistencia acorchada, carnuda y gelatinosa que vive parásita o sobre substancias orgánicas; es diminuta, no tiene olor alguno y se le conoce con el nombre de hongo de sombrerito. Con relación a esta planta minúscula, denominada también, Flor del Cagajón, existe en el territorio falconiano la frase: “Ser como la flor del cagajón que no yede ni huele”, que se aplica a los individuos de poca importancia, y así se dice: “Fulano es como la flor del cagajón que no yede ni huele”.

INMORTALIDAD  
 (Gabriel Jiménez Emán)
Era una señora que no quería morir nunca. Tenía obsesión con la salud y visitaba hospitales  y clínicas  y familiares de médicos y enfermeras y paramédicos y farmacéutico. Era una mujer sana, pero que no quería morir nunca se la pasaba comprando medicinas en la farmacia para tomarlas con rigor, o las recomendaba a otros. Los medicamentos comenzaron a surtir efecto cuando se sentía realmente mal, pero cuando se sentía bien el medicamento le desarreglaban el cuerpo; poco a poco comenzó a inventarse males y enfermedades, y consultaba opiniones. Se fue haciendo vieja sin darse cuenta, sin saber que tenía una salud de hierro.
Los medicamentos la dejaron ciega, le debilitaron los huesos y los músculos, le hicieron sufrir dolores abdominales y jaquecas. Los médicos le diagnosticaron varios males juntos, y pronto habría que operarla. Empezaron por tratar de extraerle un pequeño quiste que tenía en el oído, pero al abrirla para extraerle el quiste encontraron que tenía en el interior de la cabeza un tumor maligno; estaba allí desde su nacimiento, un tumor grande que ocupaba casi la mitad de la cabeza, y la dejaron así. 
La señora vivió sana sin operarse hasta los 99 años hasta el día que dijo que se sentía de maravilla, tenía sueño y se acostó a dormir.

LA COMUNIÓN 
(Enrique Mujica)
Lisandro y Rubito, en los tiempos de la necesidad y el hambre, y en las andanzas por los pueblos, se pusieron a recoger, en sociedad, unos cueros de res. En un cuarto los amontonaban asoleados y curados con cal. Un negocio de mataderos y talabarterías. Amontonaron cientos en la espera de la venta, hasta que la mala fe picó a Rubito, que se perdió del mapa con los cueros. Los largos años curtieron a Lisandro, hasta que un día por manos de topocho apareció Rubito. Fue en un pueblo lejano y por pura coincidencia. 
Corrían las fiestas patronales. En una larga fila los feligreses esperaban la comunión de manos del obispo. Hay estaba Rubito, contrito, cabizbajo. “¿vas a comulgá?”, le dijo Lisandro.
“Sí”. “¿y ya te confesaste?”. “Sí”. “¿Y le dijiste los pecados al obispo?”. “Sí”. “¿Y le dijiste de los cueros?”. “Sí”. 
“¿Y él te perdonó?”. “Sí”. “¡Claro, porque los cueros no eran dél! “.
  
LOS CAMINANTES DEL SILENCIO 
(María Inés Pérez)
Luego de jugar al tarot y conjurar a los espíritus extraterrenos, los caminantes del silencio durmieron plácidamente. Al despertar se pusieron a cantar al unísono el mantra magnífico que abre el ojo de la noche y de las constelaciones zodiacales.
Vinieron cíclopes, cangrejos, balanzas, peces, leones y hasta vírgenes. Ocurrió entonces el encuentro esperado por todos.
Cuando se cerró el ojo sempiterno, los caminantes se hicieron invisibles y jugaron influir a los hombres con una constelación zodiacal cada tanto tiempo.


LA PIEDAD DE SER ESPANTO 
(Eduardo Mariño)
«Pero yo nunca me creí lo del espanto en casa de las Laya, yo estaba muy grande —decía mi abuela, para estar creyendo en espantos que viven a media cuadra de la casa».
Puedo imaginar ahora como era: Uno pasando cauteloso, quizás viniendo de hacer un mandado, y al llegar a la fulana esquina salir corriendo, como cogiendo hacia la orilla del río, por donde hoy llaman calle Los Placeres.
«Eran otros tiempos», parece decir todavía. Tiempos en los que uno se asombraría de ese rostro pálido, esa mirada perdida y semioculta en el hueco de la calavera que era ese rancho pintado de cal encajado completico frente a la curva donde crece la carama, y suena la brisa que baja del cerro.
Eran otros tiempos y quizás asustaba más (o era más piadoso) decirle a uno que en ese ranchón había un espanto, que llamar leprosa a la mayor, a la solterona de las Laya.

HOMENAJE A ALFREDO ARMAS ALFONZO
 (Algunos Cuentos)

9 X 9
Llevaba casi cuatro horas sentado junto a la urna y no podía dejar de pensar en la similitud del cadáver con una papa descortezada con el pelo blanqueado por el polvo de una burlesca imitación de ser humano. Mirando su derredor sólo advirtió el consabido Cristo de mal metal, las velas inacabables en los apliques de la pared, el marquito de una producción de Morillo en el muro del lado de acá de donde estaban los sanitarios, la antigua mancha del forro de las cenefas, los tiradores de porcelana en las puertas chirreantes. Dos ranas estridían en una soledad que advertía el avanzado tiempo de la madrugada.
Salió afuera, al balcón, y divisó, cercanas aunque opacas entre la bruma, las torres del Panteón Nacional.
Entonces fue cuando advirtió que él no tenía qué hacer allí, en un velorio de una persona totalmente desconocida.


6X8
La cóitora, el yaguazo, la camata, el patoteje, el querepete, la zamurita, ay, el chicuaco, la chenchena, el carrao, el bachaco culón, el gavilán mochilúo, ay Tomás Tachinamo, no te mueras de ningún mal de los habidos, porque entonces esos carajos vienen y te entierran y no te ponen ni siquiera un papelito en la tierra diciendo que ése eres tú, y la tristeza que siempre juega garrote en el fogón del pobre se apoderará de tu recuerdo. Ay Tomás, hasta que te nazcan plumas de tautaco, de gallina grifa, de gallo piroco, de guineo jabao, o se te aparezcan escamas de corroncho o te nazca un pico de tucusito sobre los dientes, o empieces a hacer como el bagre tigrito cuando se embarriala, ay Tomás, que es preferible que a uno le nazca adentro cualquier cosa menos las alas del ángel por afuera. Tú no ves que son tan frágiles que se rompen con la primera ventolera.

25 X 20*
El cuerito se le desprendió de su ligadura carnal durante la balacera de Guanape, no porque se lo hendiera un plomo salido del frente del General Zenón Marapatuco, sino porque buscando irse del cementerio, intentando una salida entre los muertos cayó sobre la alambrada que Chucho Armas había mandado a colocar entre la pared del tumberío y el fondo de su casa para prevenir abusos. Nunca Chucho Armas convino en aquella vecindad porque, como él se vivía diciendo, al difunto la vela, la flor y la novena de las santas ánimas del purgatorio, pero amistad tramada nunca.
Chucho Armas no hizo nada para desprender al hombrecito de donde no se le tenía mandado, porque ése era deber del celador municipal, no ve que el cuerpo no alcanzó a hacer sombra del lado de acá y si la hacía era hacia la jurisdicción del gobierno.