lunes, 13 de junio de 2016

Leyendas y cuentos cortos venezolanos (4) Varios autores


Leyda, la "Negra"  Linares; afamada cantante del Llano

Llanero curando una soga. Archivo de Canal Llanero



ALCARAVÁN 
(Mercedes Franco)
Pequeña ave zancuda que habita esteros y lagunas del llano. Según las consejas de la región, si el alcaraván canta cerca de alguna casa está anunciando el embarazo de alguna mujer. La leyenda inspiró un jocoso joropo del gran compositor llanero Simón Díaz.

EL FANTASMA DE ALFÍNGER 
(Mercedes Franco)
En Coro y sus alrededores aseguran que el fantasma de Ambrosio Alfínger recorre al galope la región, en las noches de luna. Este conquistador alemán que vino con los Welser, fundó varias poblaciones en nuestra costa occidental, y como todos estos banqueros alemanes, cometió muchas tropelías y atropellos. Murió a manos de los indios, cerca de Maracaibo. Caballero en flamante armadura, el fantasma de Alfínger se pasea por los alrededores de Coro, la ciudad donde vivió, y lleva consigo una lanza que arroja contra quienes se topa en su camino.

ALUMBRAR
 (Mercedes Franco)
Uno de los más célebres trabajos de brujería consiste en “alumbrar” a la víctima. Con una vela negra si se le desea el mal y con una vela roja si se le desea atraer o atar. Según una creencia andina, se puede “alumbrar” a una persona para que siempre esté en la casa, y no quiera marcharse jamás. La fotografía de la persona alumbrada debe estar en la base de la vela o detrás de ella y esta luz no debe apagarse. Durante siete días seguidos hay que vigilar que no se apague y cuando se esté ya consumiendo, cambiarla por otra del mismo color.

LA INDUMENTARIA DEL DUENDE 
(Luis Arturo Dominguez)
Para la imaginación de la gente sencilla estos espíritus adoptan la forma de un hombrezuelo de luengas barbas; tiene la cabeza grande y redonda; los pies son invertidos, esto es, los dedos van hacia atrás y el talón hacia adelante, con el fin de extraviar a sus perseguidores; carecen de los dedos pulgares de las manos; usan sombrero de cogollo de alas anchas adornado con una pluma de color rojo candela del ave fantástica conocida con el nombre de Coicoy; no llevan pantalón sino un paltó bien largo que le cubre gran parte del cuerpo y calzan sandalias de piel de venado conocidas con el nombre de rajadeos.

ENCANTO O RESIDENCIA DEL DUENDE
 (Luis Arturo Dominguez)
Los duendes habitan, generalmente, en los haitones que son fosos disimulados por la maleza y hojarasca, abruptos despeñaderos de las montañas, así como igualmente en las cercanías de los manantiales, en los huecos de troncos de árboles; son espíritus que andan a ras de tierra y suelen agruparse en las cavernas, en los huecos profundos de la superficie del suelo, en los pozos abandonados y en los encantos muy particularmente.
A los encantos se le describe como grutas de piedras enclavadas al costado de una montaña. Según la imaginación del pueblo, los encantos son sitios muy frecuentados por los duendecillos. Espléndido en su interior. Grandes y numerosas son las maravillas que enumera la gente del medio rural venezolano con relación a tales grutas. En éstas el agua fluye, haciendo deslumbrantes visos con sus tornasoladas coloraciones y se ven árboles enanos, flores maravillosas, serpientes de oro con ojos de esmeralda que custodian una variedad infinita de pequeños cuadrúpedos, que constituyen la riqueza incalculable de seres minúsculos, que tienen la facultad de engañar a los hombres y de atraer a las mujeres.
La gente supone que los duendes se aficionan también a ciertos animales, prefiriendo entre éstos el conejo y el venado. Tales cuadrúpedos les sirven de reclamo para conducir hacia los encantos a los cazadores que se atreven realizar sus faenas el día Viernes Santo o cualquier otro viernes de la semana. Diz que frecuentan los “ojos de agua”, para seducir las muchachas que madrugan a ocuparse de los trajines del conuco o realizar otros menesteres.
A tal punto alcanza esta creencia sobre los duendes entre los campesinos venezolanos, que llegan a atribuirles sexo a tales seres y a sostener que son muy celosos y delicados, y que a hora fija se escapan de sus guaridas para recorrer el vecindario en busca de aventuras, que acusan su presencia con un silbido particular y, como si en realidad los hubieran visto en alguna ocasión, aseguran que los duendes son minúsculos y peludos.
Cuando una mujer o un hombre ha sido encantado por un duende, en el encanto o palacio donde reside este ser misterioso, no le falta absolutamente nada porque todo lo tiene al alcance de sus manos, y si durante algún tiempo la persona encantada desea ver de nuevo a sus parientes, el duende encantador le cede el permiso, pero con la condición de que no se deje tocar por ningún concepto por otra persona porque, en seguida, el encanto desaparece como por obra de magia y por más que la persona que ha sido encantada quiera volver al encanto, por mas esfuerzo que haga, no encuentra el camino de la residencia maravillosa del duende.
Por otra parte, se nos ha informado que si un individuo al encontrarse con un duende lo toca con las manos, queda encantado, y que si la persona se deja tocar del duende, también queda encantado.
En muchos países de Europa, como España, Italia, Inglaterra, Francia, Suecia, Suiza y en otros más, los duendes habitan de preferencia los devanes, sótanos y en muchos sitios inferiores de las casas grandes o de los castillos y nunca pernoctan en viviendas de dimensiones breves, porque el duende necesita espacio vital y la estrechez o las cortas dimensiones de las casas de tipo corriente no le permite el que pueda desenvolverse con toda libertad.

AUGUSTO 
(Eduardo Mariño)
Adormilado aún, se arrincona en su pupitre y escucha la larga y tediosa perorata que inaugura su clase del lunes. Piensa en el sinsentido de tanta historia romana, de tanta interdicción, de tanta jurisprudencia, de un orbe entero bajo un código y unas normas vacías, y descubre con culpable alegría que la noche aún no termina para su cuerpo cansado, que sus manos siguen empeñadas en el frágil acecho de Michelle, la pelirroja.


LOS GATOS EN LA HISTORIA
 (Renato Rodríguez)
Sin nosotros, los esplendores de la civilización egipcia, jamás habrían tenido lugar; los ratones y otras alimañas habrían consumido el contenido de los graneros y las generosas cosechas del valle del Nilo no habrían podido impulsar tan colosal progreso. Los faraones prohibieron que saliéramos de Egipto pero los marineros fenicios se dieron maña para propagarlos por todos los países rivereños del mediterráneo; Alejandro y sus falanges nos propagaron por buena parte de Asia; fuimos así testigos de la destrucción de Persépolis, de los grandiosos funerales tributados a Hephaestion, del descubrimiento del petróleo en Persia, aquel negro líquido que Alejandro rechazó como combustible de sus lámparas por producir tanto humo y hollín; fuimos testigos de las boda de Alejandro con Roxana la hija del rey de Samarkanda y con Stateira la hija de Darío; también lo fuimos de sus devaneos con Bagoas el muchacho persa. Los misioneros que el rey Asoka envió a todos los rincones del mundo conocido, con el fin de propagar el budismo, nos llevaron a los más remotos puntos de la lejana Asia. Mezclándonos con los nativos dimos origen a distintas razas: los gatos de Angora y Persia, los gatos siameses y burmeses, los gatos de Malta, los gatos azules de Rusia. Con los beneficios llegamos a la mística Sefarad de los hebreos y pudimos así darles la bienvenida a los restos del pueblo de Abraham que llegaron allí huyendo de la furia de Senaquerib y Nabucodonosor. Por lo que a mi línea respecta, llegamos – según afirman antiguas tradiciones – a Sefarad (por mal nombre España) con Tarik y uno de mis ancestros fue el primero en desembarcar en D´Jebel Tarik (por mal nombre Gibraltar) De Sefarad pasamos a Inglaterra formando parte de la comitiva de Calatina de Aragón quien nunca pudo tener buenas relaciones con su marido Enrique VIII debido a los malos modales que exhibía en la mesa negándose empecinadamente a usar los cubiertos de plata peruana que su cuñado Felipe II le había enviado – en un intento de civilizador- entre los regalos de bodas. En Inglaterra hicimos historia; entre los innumerables parientes ingleses que he tenido figura nada menos que el gato de Lewis Carroll (…). A USA vinimos en el Mayflower y es fama que algunos de nosotros no queriendo abandonar su amada Inglaterra se lanzaron al agua y a nado recalaron a la isla de Man donde dieron origen a la raza Manx que carece de cola (…).
¡Cómo ha degenerado el mundo! De semejantes posiciones los gatos hemos descendido por etapas al oprobioso extremo de servir sólo para cazar ratones, los que por lo demás se han vuelto muy pícaros (…).

EL PESO DE MAGDALENA 
(María Inés Pérez)
La mujer gorda cruza la puerta grande. Frente a ella hay un montón de máquinas de ejercicios. Unos chicos musculosos la miran con sornan y ella, sintiéndose más obscena y monstruosa que nunca, se quiere morir en ese preciso instante.
Una chica esbelta se acerca y le explica que es su entrenadora, ella la escucha pero no puede entender el montón de palabras que dice. Le ordena pesarse en la báscula. Ella no quiere, siente que aquello es una humillación muy grande. Una joven con un abdomen perfecto la mira de reojo y ríe con ironía. 
Magdalena quiere ir al McDonalds que está abajo del gimnasio –su sito preferido-, quiere perderse de su degustación maravillosa de la comida grasienta, que da placer, vida. Allí: nadie juzga, nadie mira, nadie critica.
Pero no, el doctor le ha dicho que está muy enferma. Tiene que trotar y hacer un pos de ejercicio, comer light y perderse en esa negrura de austeridad que tienen todos los patéticos vegetarianos, trotantes, practicantes de yoga.
Magdalena, ella, la gorda, se vuelve rebelde y en vez de poner los pies en la báscula, monta su culo enorme en ella. No le importa ya si la aguja se mueve, quiere salir corriendo de ese gimnasio, escapar de la entrenadora, de los musculosos hombres y mujeres perfectas y llorar como una niña malcriada, que no espera nada de sí misma, aceptando el terrible destino de tener muchos, muchos kilos de más.

POR SI ACASO (Enrique Mujica)
Nunca había visto Ildefonso un oscuro revólver, ahí mismito, tan cerca. Lo habían puesto a las órdenes de un viejo coronel del ejército, para que le sirviera de chofer durante  aquellos recorridos de patrullaje en pleno golpe de estado. El coronel le entregó un revólver a Ildefonso, en los términos más serios. “este es su papa y su mama”, le dijo.

HOMENAJE A ALFREDO ARMAS ALFONZO
(Algunos cuentos) 
2X8
Sembraba la rosita y la rosita se le secaba. La volvía a sembrar y se le volvía a secar. Insistía, insistía, cuando caía el agua, cuando se iba el agua, cuando el sol quemante lo abandonaba y la rosita de todos modos se doblaba mustia sobre el tallo sin savia. 
Le pidió entonces al Nazareno del padre de doña Lucía que le hiciera el milagro de darle rosas para él ir a llevárselas a la iglesia y depositarlas sobre sus pies clavados, ensangrentados, de cadáver santísimo. 
Y sembró la rosita, y al día siguiente el alba alumbró un rosal donde ningún hombre ni ninguna mujer se bastaban para contar las flores abiertas, las flores en botón, las flores que iban a abrir y no se iban a secar nunca. Pero él no lo vio, porque esa noche se acostó y recostado del pajareque se le salió la vida del cuerpo enjuto y acabado de sus años.

9X6 
Porque no podía andar descalza los múltiples camino del cielo la tía que la crío después que su propia madre sucumbió y la tía ocupó el lugar de ella sin que se lo estuviera rogando el hacendado del lobanillo sobre la ceja derecha, le guardó la zapatillita que le encargó a Celestino y Valerien un viaje de marino a Curazao. Con esta prenda le echó el Padre Avella. 
Había alcanzado la edad de la mujer cuando contrajo la hematuria que siempre se tuvo como una enfermedad de los hombres, y le metieron en la urna las zapatillitas, que lucía el lazo como nuevo aún. No le servían, por supuesto para qué se las iban a probar, pero el alma de una virgen tiene la altura de toda ángela y se puede vestir como corresponde a la condición de adorno de La Santísima Virgen María Misericordiosa.


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