jueves, 6 de agosto de 2020

Yenifer. Dudas e ironías de Héctor Nuno González


Yenifer era igual a otras jóvenes llaneras, pero diferente.
Imagen en el archivo de Ofelia Rodríguez Pérez


YENIFER

Los dolores de parto le hicieron maldecir la vida y el hijo que traía al mundo. Yenifer  tenía 14 años y apenas entendía el proceso en aquel hospital triste y exiguo; hay cosas que los niños no comprenden.

Muy rápido se convirtió en mujer, como pasa en los pueblos del Llano. No más sus senos templaron, sus caderas engrosaron y sus nalgas se abombaron, los vernáculos del lugar, criados como sus padres, iniciaron sus rituales codiciosos.

Su madre la abandonó junto a sus dos hermanas. Desapareció un caliente día de marzo luciendo un vestido de pana que bien marcaba su aún tierna figura de treintañera. Dice la gente se fue a Calabozo en busca de un coleador errante que le había prometido amor eterno y una vida de parrandas de violín.

Vio su primera regla a los 12 años, aterrada buscó a su hermana mayor y le contó lo sucedido, no alcanzó a entender entonces la dimensión de la frase escuchada: -Ya eres una mujer, hay que buscarte un hombre para que te mantenga-.

Yenifer es una mulata angelical, con ojos de culebra brava, como su madre, rostro fino y piel con el aroma de la canela. Fue inocente antes de verse manchada de sangre la ropa, ignoraba cuánto hacían sus hermanas para sobrevivir y para darles de comer a ella y sus sobrinos, que más bien parecían primos.

En la casa heredada, no faltaba comida, tampoco aguardiente, adolescentes con gorras de víscera ancha, collares multicolores, guardacamisas y blue jeans; plantas de sonido, cornetas gigantes y el reggaetón de moda.

Perdió la virginidad el día de sus primeros tragos, promovida por las hermanas porque así debía ser. Ese día conoció a Keiber, un joven ex presidiario que robaba de vez en cuando, sobrevivía taxeando en su moto y que casi pagó por el codiciado paquete.

Lo embrujó su olor a canela y la solidez de sus caderas, la amó con el resquicio de ternura restante en su corazón y le prometió llevársela a vivir en un rancho que él compraría cerca de allí, con palmeras en el patio, un fogón y un corral para gallinas.

Enamorada de Keiver y acelerando su transición niña-mujer, sintió el peso de la vida por primera vez cuando un tiro de escopeta que cuidaba su propiedad le abrió la espalda en dos. Juró no volver a enamorarse ni a entregar su cuerpo con la prestancia que el cariño profiere.

Se volvió parca y cerrada, usaba la firmeza de sus senos y su aroma hechizado para poner a los hombres al servicio de cuánto capricho se le ocurriera.

Un día de parranda llanera, pasó por el pueblo un coplero de recia estampa y tórax de albañil. Yenifer, cerca ya de los 14 pero con malicia de monja fugada, se le acercó mirándolo a los ojos para arreglarle el botón superior de la camisa a cuadros y sin pronunciar una palabra.

El coplero, joven pero probado en faenas del amor, entendió de inmediato las intenciones de aquella mujer precoz y exclamó altanero: “Usted halló el padrote que andaba buscando”.

Se amaron la noche entera, esquivando con audacia la magia del amor, pero ciegos de pasión y lujuria. Él, hombre de mundo, fue inmune al huracán de sus piernas y se portó como un semental. El coplero desapareció a la mañana siguiente, tras dejar una semilla sembrada en tierra fértil.

Su cumpleaños 14, luego de la primera ausencia menstrual atribuida a los trasnochos, fue todo vomito en medio de drogas, licor, motores ruidosos y reggaetón sexual.

Los nueve meses de gravidez fueron un infierno, no halló jamás un rescoldo de cariño para la criatura que crecía en su vientre y la necesidad le mostró los dientes.

Fumaba para calmar la angustia, angustia por los cambios en el cuerpo, el peso en la columna, la hinchazón en los pies y la perdida de destreza en el amor.

La noche que rompió fuente, un moreno enjuto entró a la casa y mató de cinco disparos a la mayor de sus hermanas, solo por haberse negado a marcharse con él hasta Colombia en busca de mejores condiciones de vida para robar.

Cuando entró al hospital ahogada en gritos y llantos lúgubres, lamentó desde lo más profundo de su alma no haber sido, simplemente, una niña. Y maldijo, antes del alumbramiento, todo lo que el corazón humano puede amar en este mundo de locos.

 

DUDAS

Isabel lo notó extraño aquel día, el más encopetado de sus hijos, el moreno erguido, el que exudaba petulancia de galán y un título de Guardia Nacional, caminaba ansioso los rincones de la casa. De pronto le dijo en tono militar: -pláncheme este traje, porque me caso, y confórmese con saber que me lo exigen en el trabajo-.

Para Isabel sus locuras eran rutina, como aquella en la que subió a la copa de un samán huyendo y haciéndose invisible a la ley.

Suspiraba y encontraba consuelo en un par de dudas. .-Sería la caída del burro, o será la mezcla de sangre-.

 

ALMA BLANCA

Vestías de blanco, el color de tu alma. Llegabas junto al rocío mañanero, tus ojos verdes como berillo me buscaban al cruzar la puerta, me seducía el brillo de tu mirada que exclamaba: “También te extrañé”.

Al crecer, supe de las lágrimas que lloraban ausencia de abrazos y ternura en las noches fétidas a óbito y nostalgia, todo lo hacías por nosotros.

 

RECONVERSIÓN MONETARIA

En las viejas calles del Tinaco, Cheo mendiga por 1 Bolívar, la ingenuidad delatada en su sonrisa ignora de reconversiones monetarias, no sabe de economía, pero esta lo oprime igual.

En la década primera del siglo XXI, la de la Venezuela orgullosa del consumo de cerveza per cápita, Cheo pedía 100 bolívares. Hoy, en la segunda década de la centuria, reajustó lo exigido. A veces piensa triste y en silencio: “Cambian los tiempos, minería, paypal, petromonedas, esas cosas... Pasa hambre el cuerpo, pasa hambre el ser”.

 

LA ESPERANZA

Súbitamente, apareció frente a mí. Era una mujer de aspecto sombrío, ¿Quién eres? Pregunté, - soy tu esperanza-, respondió con voz endeble, ¿Y por qué te ves así?, -Porque así me sientes, mi aspecto es directamente proporcional a cómo me sientes-. Dicho esto, desapareció. El camino era cada vez más bífido, antes de continuar me detuve a la orilla del sendero y pensé: -es cierto, así la siento, por eso su facha, haré una pausa y cambiaré su cariz-.

 

FIGURAS RETÓRICAS

Estudiarlas es necesario, cómo no, importan mucho las figuras retóricas y la técnica prolija. Pero de nada sirven si la página en blanco no es manchada con el SENTIMIENTO y su sudor.

 

EL INGENIERO

Por aquí se la pasaba un tipo flaco, le decían el ingeniero, le consultaban sobre las siembras. No se cómo aplicaba la ingeniería en los suelos y en las plantas, pero si lo vi volviendo ingeniosas las almas, prendiéndole fuego a los ánimos.

 

CAMINAR

Más que una obligación, caminar era un placer. Hasta que aparecieron esos aparatos, el humo los volvió grises, incapaces de amar el aire que respiran.

 

LA CEIBA

Cerca de aquí había una ceiba que me era contemporánea, hablábamos siempre, con el viento llevando y trayendo nuestra correspondencia, así como hablamos los árboles.

Un día, un caminante le prendió candela a la sabana y quemó sus patas. Su canto se volvió triste y sus palabras eran de despedida. Hasta que no pudo más y se dejó doblegar por la brisa del invierno. Desde entonces pienso en ella todos los días.

 

ALENTADOS

La mayoría de la gente viene prendida en desaliento, abunda en el mundo y les marchita el alma. Algunos, solo unos pocos, transmiten aliento, parecen cantar en cada palabra, ellos confiesan que, gracias al desaliento, hoy están alentados.

 

INJURIANDO INTELECTUALES

Más bien compadézcanles, esa petulancia y aire de santo en altar no es otra cosa que carencia de afecto. Intelectual es quien usa el intelecto, no crean en peroratas pomposas ni citas prusianas.

Mientras profieren estupideces, se olvidan detalles inherentes al calor humano, a la necesaria pulsión de las emociones y el cariño.


MEDIODÍA DE MARZO

Era un mediodía de marzo y el calor imponía condiciones, todos hacían la siesta, los comercios cerraron y las casas parecían un reverbero, pero nada frenó la determinación de Venancio, que aquel día bendito decidió matar a José Juan.

Resolvió zanjar el asunto sentado a la sombra de un mango, ciego del dolor producido por el engaño de Rosa Elena, su mujer. Buscó su afilado machete y emprendió rumbo a la casa de su futura víctima, de quien le habían asegurado, de muy buena fe y fuente, se acostaba con su mujer todas las tardes de faenas prolongadas en el conuco.

Las calles ardían y el sol reafirmaba, como cada día, su espíritu de verdugo inclemente, solo habían unos cuantos perros echados huyendo del calor, indiferentes por completo a la tragedia a punto de tener lugar en el naciente caserío, donde todas las mañanas se recogía agua a orillas de un caño claro.

Caminó con paso firme, su mano derecha empuñaba el cabo del hierro con una determinación de acero, el nudo en su garganta quería explotar mientras sentía la impotencia causada por el desaliento, por el desaire de la única persona en la que había confiado en la vida.

José Juan, silbaba una copla sentado en su mecedora de mimbre bajo un mamón de fronda espesa. Cuando lo vio venir, mirándolo de frente con el gesto decidido, se resignó a su destino y solo pensó en morir de pie y con la dignidad intacta.

De un machetazo, Venancio rompió el alambrado de la puerta y entró a cumplir su cometido, el sol y calor serían los únicos testigos de otra tragedia provocada por las calenturas del verano y el fuego de los vientres lozanos.

José Juan lo recibió de pie, sosteniendo a duras penas los ojos de fuego que lo increpaban, reteniendo el temblor de sus piernas lánguidas y escuchando el latir cada vez más acelerado de su corazón.

Venancio se detuvo a un metro de distancia, trecho perfecto para el recorrido del machete luego de dibujar una parábola hasta su cuello, y con el vuelo adecuado para arrancarle la cabeza en un solo intento.

Frente a frente, Venancio preguntó con los ojos prendidos en candela: -Antes de matarlo, dígame por qué lo hizo, por qué este desaire tan indigno-. José Juan suspiró profundo y respondió enternecido y sumiso: -Porque a ella le gusta que le diga que sus ojos son muy bonitos, porque eso nadie se lo había dicho nunca-.


Textos tomados del libro "Estamos hechos de recuerdos" (San Carlos, 2020), publicado por El perro y la rana, Imprenta Regional Cojedes. 


Lea otros cuentos de Héctor Nuno González en:

Leyendas y cuentos cortos venezolanos (23) Varios autores

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 Leyendas y cuentos cortos venezolanos (25) Varios autores

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 Leyendas y cuentos cortos venezolanos (27) Varios autores

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La Bola de Fuego y otros cuentos llaneros de Héctor Nuno González

Joven llanera en el archivo de Ofelia Rodríguez Pérez





LA BOLA DE FUEGO

Cerca de las 13 mil hectáreas de los ingleses, Tito y Antonio sembraban a medias en 13, para ustedes los humanos que todo cuantifican, representaba 0,1 por ciento la parcela de Don Antonio con respecto a los musiús. Siempre voluntariosos e incansables, trabajaban pensando poco en las diferencias de sus ranchos de barro con las mansiones gigantes de los latifundistas.

Una tarde-noche, como muchas, se fueron a cazar, Tito pasó el día mimando su escopeta y empacando las provisiones de siempre. Se fueron directo a un lugar llamado Las Babas, muy cerca de los linderos de Gabinero, otro hato gigantesco reproductor de desigualdad. Por toda esa zona abundaban las lapas y los venados, carne para salar no faltaría a ese otro día en los ranchos de María Ramona y María Esperanza, sus esposas.

En el camino los abrigó una noche típica de mayo, muy oscura y sin luna, ideal para cazadores que no quieren ser vistos. Tras un par de horas caminando aguardaron al pie de una ceiba, de espaldas al estero de sabana donde se reunían los venados, muy cerca de una laguna llena de babas hambrientas.

Sin perder la paciencia, Tito y Antonio hablaron alegremente mientras mascaban chimó, entre cada escupida miraban buscando la posible víctima. Tito habló de la última pelea de los pesos completos, contó a Don Antonio lo rápido y fino que andaba Foreman, un novato que a pesar de la derrota fue un rival digno.  “Será el próximo campeón”, dijo con su sapiencia de analista.

La media noche llegó y ningún venado se acercó. De pronto, mientras comentaban lo bueno que sería su próxima cosecha de yuca, divisaron a lo lejos una luz tenue que flotaba lentamente sobre la laguna. De un rojo pálido, fue cambiando a uno cada vez más fogoso mientras crecía y se movía en dirección a la ceiba que cubría la espalda de los dos cazadores. “Ave María purísima, esa es la bola de fuego compadre”, exclamó Tito con el aliento helado.

Recostaron su espalda en la ceiba, cerraron los ojos con una fuerza inusual y empezaron a proferir oraciones que ya no recordaban, pero que creyeron de utilidad ante el espanto acechante. La bola les pasó a veinte metros y empezó a girar en círculos a su alrededor, entre giro y giro se hacía más grande y brillante, más caliente y fulgurante. Al cabo de dos giros, ambos divisaron un rostro severo dibujado en la parte frontal de aquella masa de candela, fue entonces cuando en sus oídos retumbó una risa diabólica y espeluznante, capaz de enloquecer al más fehaciente de los siervos de Dios.

Aturdidos y sin saber qué hacer, optaron por proferir insultos al espanto de la sabana, así fue en un tiempo corto y desesperante hasta que siguió de largo aumentando los decibeles de su risa. Segundos después desapareció a la distancia.

Tito y Antonio estaban lelos, podían oír cada uno los latidos de su corazón, así que optaron por cargar sus bastimentos y partir de regreso a casa. No cruzaron palabra alguna en el camino y cumplieron religiosamente cada oración e insulto que ahuyentara a los espíritus perdidos del monte, único acuerdo que el miedo les dejó pactar. Prometieron no salir más nunca a cazar sin algún escapulario o frasco de agua bendita, no querían volver a toparse con la bola de fuego.

Llegaron a casa entrada la madrugada y con las manos vacías, María Esperanza recriminó el hecho pero contaron de inmediato. María Esperanza le dijo a Antonio con su voz de pito: “Eso es porque ustedes no acompañan a sus mujeres en el rosario, ahora quién sabe cuándo nos comeremos un salaito”.

 

 LOS COMISARIOS

Faustino Morales era el comisario mayor de Las Vegas en los años 40, la primera autoridad civil y el encargado de encausar a todo aquel que se atreviera a distorsionar la paz y el orden.

Tito era un comisario menor, encargado de velar por el orden en todo el sector que llamaban El Espinal hasta la zona que los “musiús” nombraron San Marcos.

Aureliano Valor, llanero fuerte y recio, se encargaba desde Camoruquito hasta Flor Amarillo. Todos podían ejercer el cargo sin que este les impidiera realizar otras actividades cotidianas o labores como las que Tito realizaba en El Charcote, las de liniero.

En un julio lluvioso, Tito debió poner en cintura a dos niños que se robaron la cosecha de maíz amarillo del conuco de María de la Cruz Mena, eran los hijos de la partera Doña Eloisa González.

Eloisa lavaba la ropa en el caño Buen Pan, cuando vio pasar a sus muchachos con un saco lleno de mazorcas tiernas, ideales para sancochar. Los viejos de antes eran gente muy honrada, preferían morirse de hambre antes de hacer cualquier cosa que atentara contra la moral y las buenas costumbres; ninguno de su estirpe había sembrado maíz aquel año de invierno tórrido, por lo que de inmediato los interpeló con una voz melódicamente severa: -van a ustedes a decirme, ya mismito carajitos del carrizo, de dónde sacaron ustedes ese maíz-.

Ambos se miraron los ojos y descubrieron el terror que les detuvo el aliento, no terminó el hermano mayor de pronunciar la primera silaba de una palabra desconocida cuando Eloisa asentó una cachetada certera en su rostro, rauda elevó armónicamente su otra mano y repitió la dosis en el menor.

-Ahora mismo vamos a devolver esta cosecha, porque o son honrados por las buenas, o son honrados por las malas-. Las inflexiones militares en la voz de Eloisa no dejaban opciones a los dos hermanos, quienes con lágrimas en los ojos condujeron a su madre hasta el conuco de María de la Cruz, el saco era más pesado ahora.

Sonrojada de vergüenza, Eloisa prometió a María de la Cruz darle a sus hijos una cueriza para que aprendieran la lección, también mandó a llamar al comisario de El Espinal para aumentar la reprimenda.

Tito atendió al pie de la letra la solicitud de Eloisa, -sea severo en el castigo a ver si van a volver a robar-, le dijo aún ruborizada.

Los dos hermanos, tuvieron que atender y mantener limpio y sin malezas el conuco de María de la Cruz por seis meses. Cuidaron y limpiaron el maíz, desmalezaron a diario la yuca y después arrancaron las raíces que ya estaban listas para el consumo, removieron las vainas regordetas de las matas de quinchoncho, las secaron, desgranaron y entregaron en paila a María de la Cruz. Una vez concluidos los seis meses de dura faena, Tito fue hasta el conuco y les informó del fin del castigo, colocó sus manos sobre sus hombros y les pidió con los ojos enternecidos: - sean buenos hombres-.

 

CIRILA LA BUENA

En un gesto ingrato, Dios la olvidó en sus últimos días, de ella que vivió a su servicio. El sufrimiento final de su cuerpo mortal parecía liberado de toda superficialidad terrenal, cada segundo de delirio era inconsciente, sin dolor en el espíritu, sin nadie para añorar porque el olvido se encargó de aniquilar a todos.

La tía Cirila era la mujer más buena y desprendida que jamás conocí, la única que vi pensar de una forma y actuar de la misma en un mundo lleno de incongruentes.

Tenía las caderas fuertes, como buena negra, los ojos negros, grandes y profundos, gestos afables y alma pura cual delfín; de su piel se desprendía el aroma digno de los humildes, mezcla del humo del fogón y el dulce de sus conservas de coco.

En los bolsillos de sus batas de adulta mayor, no faltaba un rosario, una estampita de la virgen María y un catecismo pequeño. En su corazón no faltaba la voluntad de evangelizar de acuerdo a los principios de la fe católica.

Decía que necesitaba poco para vivir, los bloques requeridos en su casa pequeña y oscura, prefería verlos edificados en alguna casa de Dios, siempre más grande, espaciosa y cómoda que la de sus siervos pueblerinos. A Cirila no le preocupaban esas cosas, era una idealista convencida e intachable. “Dios me lo bendiga y la virgen me lo cuide”, exclamaba con tono firme cuando, desde el alma, le echaba la bendición a sus numerosos sobrinos o alumnos del catecismo. Todos la amaban y deseaban tenerla de abuela para recibir su amor de aura celestial.

Contar su vida al detalle es harto difícil, por alguna razón nadie refiere nada, quizás el respeto a su aureola de santa impedía a los demás mencionar anécdotas reveladoras, ella tampoco habló de su vida personal, sólo usaba su retórica de misa para presumir de sus servicios a Dios.

La segunda de las hijas de Cruz y Felipe, la que llamo la atención de Tito por sus caderas esculpidas por un artista ducho, se enamoró de Antonio Tovar cuando aún no distinguía entre el amor y la obsesión, entre el aliento y el desaliento.

Se casó con él, agregó el “De Tovar” por delante del Mena en su cédula de identidad y firmó el pergamino de sus amarguras y maltratos.

Se fueron a vivir a una finca muy cercana a San Carlos, a ser medio peones y medio esclavos como eran todos por entonces.

Antonio Tovar era mitad negro y mitad indio, de carácter recio y alma oscura, no conocía la ternura y actuaba como borrego serenatero cuando de enamorar una hembra se trataba. Así sedujo a Cirila una tibia mañana de abril a orillas del Buen Pan, mientras lavaba las camisas que Don Felipe usaba en los bailes. “Si comparo su belleza con esta extensa llanura, seguro que me regala la miel de su ternura”, le cantó con voz de coplero alegre.

Cirila lo miró ocultándole cualquier expresión que delatara la explosión de sus sentidos, pero la forma de bajar los ojos y el movimiento de sus hombros le dieron a Antonio razones suficientes para avanzar.

A los pocos días, luego de febriles amores clandestinos, Antonio Tovar pidió su mano a Don Felipe, vestido de limpio para tapar su espíritu egoísta y posesivo. A Cruz no le agradaba el mulato, su instinto le susurraba el mal genio del nuero, un día le oyó decir: “Es que así hablamos los llaneros, duro pa que los demás se asusten”. Le pareció una aberración, pero dejó el asunto a Dios, decía que él siempre se encargaba de las cosas complejas y en la que los hombres no podían hacer mayor cosa.

Fueron años duros para Cirila, se levantaba temprano a pilar el maíz, freír el perico, colar el café y montar las arepas, luego pilaba el arroz, escogía los quinchochos y si había, sazonaba la carne para el almuerzo; para la cena, con el sol ya zambullido, repetía la tarea de la madrugada.

La golpeaban casi a diario, Antonio era paranoico y machista. Un día le moreteó el ojo izquierdo por culpa de su bondad, cuando le sirvió otro poco de café a un obrero que lo pidió amablemente. Antonio, como buen machista, confundió cortesía con coquetería, dejó pasar unas horas pero, antes de irse a dormir, le propinó un golpe en el ojo que dolió mucho más en su alma buena.

Fue el colmo, en medio del llanto silencioso prometió librarse de aquel tirano pendenciero a toda costa. Calculó sus posibilidades y se puso manos a la obra. Un domingo, después de su oración mañanera, le pidió perdón a Dios y al dueño de la finca por lo que iba a hacer. Aprovechó la rasca formidable que dormía Antonio en su chinchorro y partió junto a una pareja de obreros maracayeros que se devolvían a su tierra y le prometieron alojo mientras se establecía.

También eran seguidores vehementes de la iglesia católica, apostólica y romana, por lo que ofrecieron ayudarla a encontrar cualquier trabajo en alguna parroquia donde algún cura necesitara una mujer de servicio. Cirila se marchó decidida y sin dudas, jamás volvería a ver al hombre que aportó solo amarguras y un apellido en la cédula.

Su vida en Maracay también es un misterio, querido trovador, sin detalle mayor lo único que trascendió fue que ayudó a criar varios muchachos, entre ellos aquel pelotero que llamaban “El Come Dulce”. Decidió adoptar o ayudar a criar varios niños porque ella no podía tener hijos, al menos eso cuentan, algo tenía en su vientre que evitaba el cuaje. Dicen que logró tener una niña de un amante desconocido, pero murió por ser un ángel que el señor reclamó, al menos en esa idea llena de fe encontraba consuelo.

Su capacidad de amar aumentaba a diario, lo mismo que su pasión y servicio a la fe, en Maracay se convirtió en una catequista excelsa, gracias al aporte de un cura noble y coqueto, que la acogió en su parroquia afirmando que se trataba de un ángel de los llanos, enviado por la divina providencia a la ciudad para formarse en la prédica de la buena nueva.

En 1984 regresó a Las Vegas, antes de salir le prometió al cura ayudar a construir una iglesia y fundar una parroquia en su caserío. Cumplió su promesa.

Compró un terreno cercano a su hermana María, su dilecta, la cantidad de sobrinos creció exponencialmente, otros venían en camino y eso la ponía feliz. Con la ayuda de dos albañiles ebrios levantó una casita de bloques errantes y paredes encorvadas, una cajita de fósforos en la entrada de un solar gigantesco que sembró de palmeras, mangos, semerucos, aguacates, albahaca y otras hierbas.

Vivía sola y feliz, su amor maternal lo entregó sin medidas a todos sus sobrinos y, muy especialmente, a la iglesia. Inició una serie de acciones orientadas a fundar una parroquia y construir una iglesia, pero antes debía meter a Dios en los corazones de sus vecinos en El Espinal.

Como si fueran tareas dirigidas, dictó en casa clases de catecismo a niños y adultos. Cada 01 de mayo, le rezaba a una cruz forrada con palmas al fondo de su calle, que por eso empezó a llamarse “calle La Cruz de El Espinal”; y conformó un equipo de doñas convencidas de su fe para promover la construcción de una capilla en El Espinal, para tener una casa de Dios más cercana y propia que la de Las Vegas.

El 03 de abril de 1993, fue inaugurada la Capilla Nuestra Señora del Valle y Cirila fue más feliz que nunca. El padre Paco dio la homilía de apertura y bendijo con agua a la cruz de madera que él mismo pondría en la parte superior del altar principal.

El padre Paco era un español de ojos color ámbar, cara de príncipe británico y piel de porcelana, su carisma y picardía aumentó considerablemente el número de feligreses en Las Vegas, especialmente la de jóvenes con caderas nerviosas y refinadas señoras de cinturas turbadas.

Durante su estancia en el pueblo, surgió todo tipo de historias promiscuas. Tal punto alcanzó su fama de don Juan, que las doñas rezanderas regaron en la gente el cuento de que La Sayona estaba saliendo. 


Textos tomados del libro "Estamos hechos de recuerdos" (San Carlos, 2020), publicado por El perro y la rana, Imprenta Regional Cojedes. 


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Leyendas y cuentos cortos venezolanos (23) Varios autores

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La Hora: relatos breves de José Baute


El sabio de corazones. Imagen en el archivo de Olga Marina Ballesteros





EXORDIO

“…pintó de colores su fresca mañana

Y de fantasía su atardecer

Garzas corocoras que surcan el cielo

Tiñendo de rojo su límpido azul

Y mientras la tarde despierta lenta

Una luna inmensa saluda al Baúl.”

Rafael Silva Durán

 

El mercado aún estaba solo. De vez en cuando salta un roedor y un grito irrumpe la oscuridad. La fugaz luz del alumbrado público iba y venía en una intermitente danza. El primer bus se detiene, los hombres bajan entre sacos y maletas. Comienza el día en el mercado; el reloj dice que son las dos de la madrugada.

Carlos, con la chaqueta plegada al cuello y las manos en los bolsillos se detiene frente al tinglado del café. Compró La Noticia. Caminó hacia la plaza del pueblo. El solitario puesto del cafetín huele a papel y tinta, a café recalentado y a frituras. El candil de la esquina se debilita tras la presencia del día. Sus pasos se van ralentizando en la medida que el calor húmedo del lejano río anuncia el bullicio del mercado. Debajo de la chaqueta, la cámara oprime al costado y lo obliga a detenerse cada cierto tiempo.

- El maestro Zapata me espera.- se dijo entre dientes. Fue dificultoso concertar la cita. Abrió uno de sus libros y releyó una y otra vez mentalmente los primeros segundos de lo que sería la entrevista.  La redactó. Escuchó, mientras venía en el bus, algo de la música  del maestro y siente como el color del Llano revienta en la garganta de aquel canto.

- ¿Maestro, el río vive en el alma de su poesía?-  preguntaría para comenzar, el cantaor y cronista de la ciudad de seguro se detendría un poco para hilar el pensamiento y responde. Miró la ventana por donde el olor a leche y la salitre del queso manan como la luz mañanera; cálido y  melancólico.

-Vivo en una ciudad de árboles que silban canciones al fuego.-de seguro dirá el viejo maestro mientras sus ojos de duende saltan jugando a las adivinanzas

- Pero esta ciudad es mía -continúa- en ella tengo una noche con luna, con cocuyos que brillan a retazos.

Se detiene para mirar el mercado; sombras, olores y voces.

- Mis amigos son hombres y mujeres que cantan, aquí todos cantamos   …estamos hechos de canto – recordó que le dijo Zapata con esa voz de susurros una mañana de mayo en el centro del pueblo llanero.

No llegó a la entrevista. …tampoco él lo esperó;

- …con lo que me ha confesado es suficiente para el relato- concluyó mientras el grito del chico-colector de la buseta anunciaba la marcha del regreso.

 

 

EL DESEMBARCO

“A los muertos de la guerra ni la madre luna los compadece. No llora por ellos.  Ni en los dientes del cadáver su luz alumbra…”                                     José María Arguedas

 

La luna, una astilla en el cielo negro, una hendija escapada de la oscuridad, un suspiro que lo devuelve al lejano momento cuando su padre le palmó el hombro mientras  dijo con acento grave: “sigue…”

“sigue, que las cosas todas tienen su precio y cuestan el sacrificio nuestro”

El motor fueraborda, entre borbotones y alaridos, ronronea el as del agua plateada. Marcial, se reclina en la oscuridad para no ver más; solo quiere escuchar la voz de su padre. En la oscuridad los hombres charlan con sigilo, no se mueven, jadean el cansancio y el hastío. Los ve, suspira y explora en su chaleco el juego de naipes; entre sus dedos los corretea mientras su cara busca de nuevo la luna.

En el pueblo el pescador atraviesa la plaza mientras un grupo de jóvenes lo ven pasar sin prisa, con la seguridad del día a día.

El mar, a esta hora es cálido. Marcial lo siente, lo aspira, sus pies descalzos se hunden en su oscuridad, en la carrera urgente de tocar el fondo. Trata de avanzar. Su cuerpo se mueve con mucha dificultad. Respira profundo. El agua salada lo hace toser. Se detiene para saber el dónde está. Se lava la cara. En el cielo ya no hay luna. Nubes, relámpagos en el poniente y siluetas en la lejanía que se mueven en el agua, pero no los oye. Cerró nuevamente los ojos y avanzó; Y allí está el pescador, pistola en mano, negro, sin rostro, con la voz urgente y las palabras en ráfagas:

“! Hasta allí …ni un paso más!”.  

Y Marcial se detiene mientras mira la oscuridad; ya no hay bote. Solo un disparo.

 

EL CÍRCULO DE LA LECTURA.

La penumbra fría de la tarde. Una ventana oculta entre cortinas grises soplaba sobre la infinita fila de estantes donde los libros dormitaban el silencio y el paso lento de Fredy en el otro corredor de la vieja casona de los Figueredo.

Los ojos cansados miraban a destajo el viejo libro de pasta dura que danzaba en sus manos. Leía. Rezaba historias del universo contiguo a la literatura.

-Silbidos vienen del bosque-. Dijo.

-Son como lobos-, brotó la voz desde la ronca noche de su barba.

-Son como lobos-, contesté yo para no desentonar.

Me paré con mucha calma, miré sobre el grueso lomo de los libros, caminé hasta la ventana para escapar del monótono instante. La calle serpenteaba en el noviembre sancarleño. El ir y venir de las parejas y el canturreo de los vendedores.

-Son como las cinco de la tarde,… ¿no es así?-. Preguntó Fredy. Nadie contestó. Estábamos tensos. Esperábamos que la puerta se abriera y María, la joven dependiente de La Casona, dijera que había llegado la hora de cerrar. Todos los días igual. El mismo rito. El mismo momento y el silencio de la habitación. Después todos se marchaban, las luces se apagaban y yo, duende imperceptible de los sueños, me quedaba entre fantasmas y horas que corren detrás de las manecillas del viejo reloj de la catedral para apurar el nuevo día.

  

LA GATA

 El duende saltarín.

Cuando aún era niño y mi pueblo refrescaba la tarde en las viejas calles llenas de hombres y mujeres sentados esperando la noche, mi madre me llevo a conocer Valencia, ya era por aquellos días una ciudad enorme, con sus viejos autobuses “Santa Rosa” y una “plaza Candelaria” que con mucha bulla y comercios florecientes era el cetro de todas las actividades. Todavía la “Arena de Valencia” henchía de júbilo ante las heroicas faenas. En aquel bululú me atrapó lo maravilloso de un personaje escapado del paisaje fulgurante, alucinante para un pueblerino comenzando la vida; la Gata surgió de pronto, entre la bulla y los colores, como un duende saltarín, juguetona como la sonrisa de los niños, dándole palo a los hombres que le gritaban entre chistes y alegrías. De pronto, se detenía para mirar con picardía a las mujeres y agarrarlas entre los gritos de las niñas y la risa de los hombres. De golpe, como una gran sorpresa, estaba allí con sus ojos inquietos, parada frente a mí; sus dedos de pasa navideña tomaron mi cara, la recorrieron y luego se posaron en otro lugar:

-“! A mundo ¡ Qué chiquita es esta cosa”- Dijo entre risas y grandes carcajadas. Sus pasos la alejaron entre niñas y adolescentes que se apartaban como quien hace una verónica, mientras ella daba palo y guiños a los transeúntes que la molestaban o se negaban a darle algo de dinero.

  

QUIMERAS

No sabía si esta era la última vez que miraría la puerta de su casa, la ventana, el pequeño jardín donde su madre, en aquel verano del 86 le notificó la muerte de su padre. Muchas veces había tenido esta presunción…pero siguió adelante…no podía detenerse.

 …el fragmento de un viejo reloj, el silbido y los gritos y el correycorre, maletas, olores a jabón de tocado, a perfumees o agua de colonia que en la oscuridad eran vapores mezclados con la salitre y el hollín del gasoil de los motores, una bocanada y el humo denso masticado en el cigarrillo que rueda inerte al caer sobre el piso. Los dedos, hacen un arabesco que acarician el bigote antes del primer café; pregoneros ofertando destinos y distancias inimaginables;…la estación oscura, vacía aun. El aroma del mar en la cercanía del destartalado puerto. Buscó aire para respirar mientras tanteaba el oscuro bolsillo del pantalón

- “el dónde de mi destino”, pensó Marcial tanteando el fondo de su bolsillo - …en verdad ya no importa- rezongó mientras encendía un nuevo cigarrillo, mientras su paso se tornaba seguro y su cara endurecía la mirada.

La lejana campana en el reloj de catedral y las azarosas sombras de los transeúntes y sus voces que susurran entre el estruendo de los motores y las débiles luciérnagas sacudidas, estremecidas por el rayo; llueve. Comienza a llover. Se guarece un poco en los tinglados del comercio, olores a verduras, pescado, a la sangre seca de los cerdos; Hoy es domingo, se dijo con voz ahogada para saber que no estaba solo. …Imágenes borrosas en el miedo, blanco inerte que estremecen ensueños. Paisaje. Paisaje, sonrisas en la nada, negro infinito de la noche que amanece... ojos que se cierran para atrapar oscuridades y dejarla para siempre en la prisión de los sueños.  Insomnio perenne,  noche muerta,

Llegó y los botes estaban allí, negros, en un espesa danza de remos y de olas, de un viento fuerte que lo sofocaba todo. Los hombres saltaban de un lado a otro mientras sus gritos señalaban la premura de la carga y el escaso tiempo para que el sol develara su presencia. Poco a poco se fue alejando la playa, su casa, los ojos tristes de su madre, y el juego de los recuerdos se fue tejiendo en su cabeza para no dejarlo descansar en las largas horas de esa noche.

-Pronto terminara la noche y el día dirá- dijo en voz alta; los hombre lo minoraron, pero nadie dijo nada. Nadie tenía nada que decir.

 

 

ESA  ESTAMPILLA

“En estos paramos el sol se esconde en el pecho de las paraulatas

las personas rezan a la imagen del Santo Cristo

la nostalgia siente la nota

de extraviadas cuerdas de un viejo amor.”

Onías Sánchez

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Me miró directo a los ojos. Bajó la voz y me agarró de la mano -Hay días- dijo como una sentencia -en los cuales la memoria es mucho más importante. Hizo un breve silencio y se acercó a mi oído izquierdo y resopló,

- escúchame bien- susurró con dificultad- la memoria es más importante que incluso lo que tú estás pensando ahora.

-Abuela- dije, -en qué te ayudo   …dime.

Ella no dijo nada, continuó buscando cosas en una raída caja de cartón. Las sacaba, las desenvolvía, las miraba y las volvía a colocar nuevamente con mucho cuidado, con sutileza íntima, en otra caja más nueva; papeles, fotografías, tarjetas y una opaca carta que apretó con un ligero temblor y la miró, sin abrirla.

Allí estaba la vieja estampilla. Allí estaba la vieja carta otra vez. Cuántas veces la había visto apretarla entre sus dedos. Quizás la leía entre sus recuerdos. Quizás conocía de memoria su contenido. La apretaba con suavidad y la miraba por largo rato. Después, cerraba los ojos y volvía a envolverla en el  pañuelo rosado de siempre.

Jamás supe quién había escrito esa carta. Mi abuela murió una fría madrugada de noviembre del año 97. Todo fue como la conocí. En silencio. Sin suspiros. Sin protestar. Cerró los ojos y se fue.

La primera vez que me mostró su carta era el mes de abrir y las horas del colegio me apresuraban porque daba clase en la escuela pública y  su entrada coincidía siempre con las primeras horas de la mañana. Pero mis pasiones se alteraron. El tiempo se detuvo. Soy coleccionista. Una estampilla del correo venezolano del año 36 estaba casi al aire en el costado del amarillento sobre.

No la escuché. Ella me contó. Ella recordó viejas historias. Viejas anécdotas de su vida: pero no la escuché. Mi cabeza sólo tenía sentido para organizar mi colección en torno a la estampilla. No me importaba la carta. Ni quien la escribió, ni por qué. Pero mi abuela la acobijó dentro de su pañuelo y la guardó en su caja; a la habitación de mi abuela no entraba nadie, sólo mi madre para la limpieza y yo cuando ella me lo permitía.

Un mes después de su muerte mi madre me pidió le ayudara a limpiar el cuarto de la abuela. Todo estaba en el orden de los tiempos pasados. Con olor a intimidad. Con el calor de los suspiros. Allí, en almario de ropas antiguas, entre losas y porcelana, entre las flores secas con perfume de rosas y te de malojillo encontré la caja de los papeles, las fotografías y las tarjetas y el viejo sobre de carta; pero dentro ya no estaba la estampilla ni la carta   …sólo el sobre vacío.

  

CHEPE DICE HASTA LUEGO

“No tenía una daga, un libro, una palabra; no podía en absoluto hacer mella en el anagrama de sus anteriores semblanzas e ideologías.” (Eduardo Mariño)


Antonio lo vio desaparecer en la distancia, en la penumbra que acoge las últimas horas del día sancarleño. Chepe es un nombre escrito sobre el telar de la noche,- dijo a manera de insinuación, casi como un suspiro. Nuestra noche,- quise replicar, pero no dije nada. Sólo me limité a pensar y a descifrar el código con que había llegado el viejo Chepe.

Aparece y desaparece.- Atiné a murmurar. Su presencia es una antesala obligada en la estación para el encuentro, para las horas del ron frente a la conversa y el poema; una tarde en El Baúl o una tertulia de cervezas bajo los mangos del olvidado patio de doña Chepa.

El asfalto y gigantes cubiertos de las más hermosas ventanas del cristal fueron esquicitos testigo del creativo intento por preservar, en su voz, el acunado rumor del quehacer humano que pulula la agitada vida de la Valencia-ciudad donde lo encontré una tarde de lluvia y café en las puertas del Museo de la Cultura.

En su vida diaria, una íntima luna y viajeras quimeras fueron construyendo un nido donde albergar sueños, poemas y amigos. Una noche de ron y de palabras lo vi esgrimir el sable perpetuo de la sombra, allí cobijaba secretos mundo que emergieron como duendes nazorianos para transgredir la fina membrana de la utopía, romper el silencioso fuego de lo humano y anunciar el fantasma siempre amenazante  de la  teatralidad.

Maestro, usted que es valenciano, -le pregunté, aquella noche de abril en la Filven cojedeña del 2012. -¿Recuerda los enanitos del Parque 5 de julio?.

Me miró con la firmeza de quien no se deja arrastrar por las insinuaciones. Entre libros, parado  en la escalera de la cinemateca improvisó una daza teatral:

No me juegue usted ese gallo, -replicó entre largas carcajadas y ademanes de picardía.

Allí lo conocí, -le expliqué para limar posibles asperezas y malos entendidos.

Y es que indudablemente también la luna sancarleña y  el teatro han hecho de este hombreniño, el mágico duende del bulevar y de los buhoneros que esparcen sonrisas y siempre tienen la alegría como escudo.

…noches de niñas transeúntes, -dije recordando escenas de una olvidada obra de los años del teatro Arlequín de Valencia …y solitarios reductos de la oscuridad.- Recitó él como si un resorte lo obligara a pararse, y señaló con su largo dedo el centro de la puerta de la silenciosa cinemateca sancarleña,

-Vacíos espantos de las esquinas me esperan.-  Posó como un gigante  frente a su oráculo y se alejó entre saltos y malabarismos de zancos.

Su fulgurante verbo dejó, sobre mi memoria, alucinantes destellos, crucigramas que trenzados sobre la calle aun desnudan el ciclópeo molino de los tiempos. Y dan albedrío a la libertad y a un nuevo alfabeto para esta locura; maná de la poesía,  vigilia para los justos,   

… sólo de palabra se hilaron cada uno de los segundo de este viejo- el semblante de Antonio era una sentencia en aquellos ojos que lo miraban alejarse en la oscuridad; ya no lo volvimos a ver hasta hoy que usted dice que el Duende se fue.


José Baute. Nació en Bejuma, estado Carabobo en 1959. Radicado en Tinaquillo, estado Cojedes desde 1990. Autodidacta y aficionado a la fotografía y el cine, documentalista, aprendiz de pintor y de cuentero. Lic. En Educación y Comunicación Social…. Editor y librero de vocación. Promotor cultural por conciencia.