sábado, 25 de junio de 2016

Leyendas y cuentos cortos venezolanos (23) Varios autores

Cojedeña. Imagen en el archivo de Carlos González


DUENDE 
(Mercedes Franco)
Hay varias clases de duendes en Venezuela:
1. Duendes traviesos. Son pequeños, casi imperceptibles. Espíritus inquietos y bromistas, esconden objetos y hacen travesuras a los humanos. Se les ahuyenta si se va al baño comiendo un trozo de pan, también recitando en voz alta versos cursis.
2. Duendes que lloran. Su llanto infantil se escucha en las noches. A veces se dejan ver jugando entre los árboles. Son espíritus de niños que murieron sin recibir el bautismo. Para alejarlos hay que bautizarlos: se lanza agua bendita en el lugar y se le da un nombre al duende, así descansará al fin en paz.
3. Duendes enamorados. Son ceretones, duendes de la Sierra de Coro, que viven en los grandes agujeros llamados aitones, en compañía de los coycoyes y las culebras. Tienen aspecto de un adolescente, pequeña estatura y usan sombrero de copa alta, al cual pretenden en ocasiones una pluma o un escarabajo como adorno. Se acercan a las muchachas cuando comienzan la adolescencia y las acosan sexualmente con caricias invisibles. Les hablan al oído, les dedican versos de amor, se introducen furtivamente en sus habitaciones. A veces hasta las raptan y los familiares las encuentran en los más profundo de la montaña. Los ahuyenta para siempre el olor a pescado crudo junto a su cama.
4. Duendes conservacionistas. Los momoyes o momoes son duendes indios que cuidan el paisaje andino. Están junto a las lagunas y protegen la flora y el ambiente. Si alguien contamina el pasaje, lo golpean con ramas que llevan a manera de bastón. Si se les quiere alejar basta con ignorarlos, lo que no puedes soportar. El Kapo también es ambientalista: es un pequeño duende indio que habita las montañas de Falcón y Yaracuy. Dispara sus flechas de oro a quien daña la flora o fauna de la región.

FANTASMA
 (Mercedes Franco)
En Venezuela se les llama popularmente “espantos”, o  “aparecidos”. El fantasma es una aparición inmaterial esencial espiritual. Se supone que es la emanación sobre natural de un difunto humano. Sin embargó, ha testimonios de animales fantasmas y barcos fantasmales. La aparente solidez del fantasma oscila entre una masa brumosa e informe y la perfecta réplica de la persona.
En muchas religiones, existe la creencia de que el alma sale del cuerpo en momentos de inconciencia, como por ejemplo durante el sueño. También se cree que después de la muerte el espíritu merodea indeciso y desorientado junto al cuerpo del difunto, durante un buen tiempo. Se supone que si el fallecido era un ser imperfecto, de mala índole, se le dificulta ascender a un plano superior y por tanto permanece entre los vivos, atrapado entre dos mundos. Este ser de ultratumba toma a veces forma y apariencias visible, muchas veces con-determinada finalidad, otras porque aún no sabe que ha muerto y otras por desorientación. Se dice que los fantasmas aparecen cuando las personas han muerto violentamente, cuando amas mucho algún lugar o cuando han dejado oro enterrado allí.
Según la tradición popular a los fantasmas se les aleja soló con la cruz y el nombre Dios o la Virgen. No hay  que desafiarlos, ni se les ahuyenta insultándolos. Esto es contraproducente,  es factible que el fantasma se empecine en perseguir a quien lo retó “pegándosele a la pata”, como dice la gente.

LA LEYENDA DEL TESORO DE LAS SIETE MULAS (Álvaro Parra Pinto)
También conocida como “el Tesoro de Boquerón”, esta leyenda recordada entre los habitantes de Galipán cuenta que en tiempos coloniales un invalorable cargamento de monedas de oro salió de Caracas con destino al a Guaira sobre el lomo de siete mulas conducidas por un arriero.
Un grupo de maleantes, viendo pasar a las vestías y su cargamento, intercepto al arriero y, al ver que eran morocotas, le asesinaron antes de llevarse el cargamento.
Se dice que al verse perseguidos, escondieron el oro y huyeron para nunca más volver. Los lugareños aún creen que yace enterrado en algún lugar del teoso de boquerón, donde –en vano y durante siglos- muchos han buscado y aún siguen buscando este valioso tesoro.

LLANTO POR UN CABALLO
 (José Adames)
Había una vez un caballo que pintó un viejo. Cuando el viejo hacía los locos trazos lloraba pero sin hacer ruidos. Que pintaba sus ojos llenos de tristeza, lloraba. Que los ojos de este caballo veían malignos aviones lanzando objetos feroces, lloraba. Que en esos ojos se  reflejaba pequeñuelos, y ancianos y mujeres y hombres bravos (arrechísimos, podría escribir sin problemas), lloraba. Que las patas y la barriga abierta el caballo también miraban para el cielo, lloraba.
Cuando ya al viejo no le quedaba nada de su reserva de lágrimas que Dios le había dado un día de larga lluvia, acabó de pintar el caballo de un insólito azulito. Le puso entonces unas riendas de piel de cordero y se lo llevó para el museo de unos hombres muy ricos pero que eran buenos (¡cosa rara!). Y eran buenos precisamente por haber pagado para que les hicieran ese museo que era en verdad de todos. Entonces otros hombres que venían día a día-menos  los lunes- a ver que al caballo y decían pobrecito ese caballo, y se calentaban mucho (como los otros que dije) por todo lo que había sufrido el caballo herido que pintó el Sr. Pablo, también se daban a llorar y a llorar. 
Como si no hubiera ya más nada que hacer.

DESEO MAL GASTADO 
(Armando José Sequera)
Conversando con mi suegra, le dije que a mí  me gustaría tener un loro, porque es un animal que, si uno lo enseña, puede aprender hablar y hasta a cantar. Esa misma tarde, llegó a la ventana del apartamento un lorito que, a kilómetros, se veía que había huido de algún lugar cercano. Era de lo más manso y se dejó agarrar por mí, tranquilamente. Sin embargo, para que no volviera a escaparse, cerramos todas las ventanas, mientras yo salí a comprarle una jaula. Cuando regresé, lo metimos en ella y se quedó como si toda la vida hubiera vivido allí. Pero, al día siguiente, cuando estaba desayunando, me le quedé viendo y agarré tremenda rabieta porque, en ese momento, me di cuenta de que me habían concedido un deseo y yo lo había malgastado en un loro.

INTERROGANTES
 (Enrique Plata Ramírez)
La mujer, en medio de la desolada calle, sintió un profundo temor del hombre que acabara de pasar por su lado. Creyó que su mirada la asesinaba. Se sintió, de pronto, asediada, robada y ultrajada.
Asustada, se volvió luego para verlo y sus ojos se encontraron ante una distante y furiosa acometida.
Rato después, ya en su casa, notó que le faltaba el reloj. Y no supo explicarse porque llevaba la falda destrozada.

NADA SE QUEMÓ
 (Ramón Lameda)
El único propósito que la llevó a aquel sitio, era el de tomarse un café. Lo pidió. Se lo trajeron. Rompió la bolsita de azúcar disimuladamente con la punta de los dientes (con la punta de las uñas le fue imposible). Vació el contenido en la tacita. Mientras sostenía la cucharilla con los dedos índice y pulgar, haciendo movimientos rotativos, se predispuso a disfrutar en forma especial su taza de café. Se acercó la taza a la boca y vio un enorme ojo nadando sobre la superficie del café. Lanzó un grito tan terrible que el mesonero dejo caer la bandeja, el policía sacó su revólver, dos señoras que discutían en voz baja se agarraron a golpes, un perrito caniche saltó a la garganta de un perro de yeso, un gato que dormía apaciblemente sobre el mostrador, le saltó a los pájaros de plástico que adornaban el sombrero de una señora. En todas partes la gente se amotinaba, se informaban sobre el suceso, gritaban con las pelucas en las manos mientras los bomberos, con sus carros cisternas buscaban afanosamente el lugar del incendio.

SUICIDA 
(Gabriel Jiménez Emán)
Erase un hombre que siempre quería suicidarse. No tenía el valor de hacerlo: apenas imaginaba que iba muriendo, se acostaba y soñaba y retomaba su idea de suicidio, que le mantenía sano las doce horas hábiles del día, y luego lleno de sueños placenteros durante toda la noche.

TUVE UNA VISITA 
 (Eduardo Mariño)
Copas, guitarras. Delirio, alivio. Asustados, mis días no florecerán sino bajo el catre (el abono de cenizas de rosas parece ser efectivo contra ciertas malezas y algunas formas del hastío cotidiano).
¿Quién murmura en esta celda?, quién podría saberlo...lentamente llorarás, premeditando cada reflejo en tus lágrimas. El sol sigue deslizándose ¿amanecerá acaso? quise arrancar una flor para tu sombrero, pero inexplicablemente no llevabas ninguno.
El visitante dijo una mentira sin mala intención, pero suficiente para hacerme extender las alas, rayando el piso con mis garras. El visitante era casi silencioso y aparte de su mentira, sólo dijo adiós, entregándome una ligera roca agujereada. Al observarla al trasluz, pareciera tener la propiedad de permitirme adivinar tu sonrisa...

RÍOS CRECIDOS
 (Héctor González)
Inevitablemente, esa noche la pasó en vela, por un lado el incesante ruido de las gotas de lluvia al golpear las viejas láminas de acerolí que durante el día soportaron otra aventura de su padre, quien tenía como afición casi fetichista, trepar al techo y mudar la antena de televisión a cualquier lado solo para entretenerse. Y por el otro, la plena seguridad de que la cantidad de agua caída era suficiente para provocar el enfurecimiento del caño Buen Pan, que pasaba muy cerca de allí.
La violenta tempestad dio paso al silencio fúnebre de las madrugadas en Paso Ancho, Gabriel no supo el tiempo transcurrido desde entonces hasta el primer cantar de gallos que sus oídos alcanzaron a escuchar, mas si se preguntó cómo hacia su hermano, yacente a su lado, para dormir mansamente sabiendo de las maravillas que los aguardaban al amanecer.
José Malpica despertó temprano como siempre, su conductismo frenético lo llevó a encender el radiecito de baterías gigantes que solo sintonizaba Radio Paso Ancho 920 AM.
Lo colgó sobre el protector de la vieja ventana de la cocina y  empezó a tantear en el mar de cachivaches la olla para hervir el agua del café, la llenó en el grifo y la puso a hervir. Olvidó que quedaban solo un par de cucharadas del polvo negro, al abrir el tarro y percatarse profirió sus típicos improperios, ultimando con una meditación sobre el gobierno de Carlos Andrés Pérez, "y pensar que me eché tremenda rasca cuando ganó el calvo".
A pesar de lo insípida, disfrutó de la bebida mañanera con solemnidad de ritual, parado junto a la puerta que conducía al patio, deleitando el olor a tierra mojada concurrente en el aire.
Gabriel se levantó con los primeros claros, vio a su padre disfrutando del café y mirando hacía los charcos con nostalgia en los ojos. -Bendición papá- dijo desperezándose, -Dios lo cuide- respondió sorprendido, -¿por qué te levantaste tan temprano? es sábado-, no vaciló en su respuesta, -estoy ansioso por ir al caño, debe estar revuelto-. José sonrió en su interior, sabía del efecto causado por las múltiples visitas a los ríos crecidos junto a sus hijos, y que ahora, a pesar de estar entrando en la edad donde la razón ennublece el espíritu, mantenían impávidos el brillo en sus ojos ante la inminencia de los esplendorosos paseos.
Los 30 minutos transcurridos desde ese instante hasta que su hermano despertó parecían perennes, aguardó sentado en el corredor junto a Aqueloo, su perro, que escuchó atentamente y en silencio el relato de su amigo sobre las posibles aventuras en las que participaría también.
-Ángel apúrate, vamos a ver qué tan brava está la corriente-, oyó en el interior de la casa y se incorporó junto al animal, quien movía su chuta y gruesa cola blanca de alegría ante el inminente acontecimiento.
900 metros los separaban de su objetivo, Aqueloo era el escolta en el camino pedregoso y atiborrado de charcos, cruzaron el portón anaranjado que dividía la calle Monasterios de Paso Ancho con la finca tabacalera, la cual servía de castigo a los jóvenes que salían mal en sus estudios, o simplemente como única y miserable fuente de empleo y esperanza para las familias del lugar.
Avanzaban con paso firme y decidido. Gabriel, de cara y cabeza grande con nariz y labios de negro, ojos claros, huesos macizos y piel pálida, caminaba junto a su padre y su hermano. Ángel era un trigueño enjuto, de facciones finas, ojos grandes color miel y el frente de su cabeza adornado con par de remolinos que impedían peinado alguno. José Malpica aún era erguido como en sus tiempos de guardia nacional de la vieja escuela, de la época donde se consideraba normal que los uniformados vieran al resto de los mortales por encima del hombro. De cabeza prominente, piel canela y nariz aguileña, se preocupó siempre porque sus hijos vivieran aislados de la maldad dominante en el mundo, lográndolo hasta que la razón impuso su criterio.
Aqueloo fue el primero en llegar, miró aterrorizado la fuerza de la corriente que silbaba mientras arrastraba consigo ramas y troncos. Para todos la escena era familiar, sin embargo sentían un fuego candoroso en cada oportunidad.
-Busquemos una piedra gigante para lanzarla al agua- dijo José, empezando a buscar con la mirada el objeto, requisito indispensable para el ritual de obligado cumplimiento. 
Halló a un par de metros de la orilla una inmensa roca amarillenta, enmohecida por la humedad, pero perfecta para la ocasión. Gabriel y Ángel intentaron ayudar, pero su padre nunca lo permitía, detalle que ellos disfrutaban, no había nadie más fuerte que él. La levantó con tal esfuerzo que su cara enrojeció y las venas del cuello se marcaron como bejucos morados, caminó hacia el centro de la carretera en la que se levantaba el puente con alcantarillas y dejó caer la piedra al agua, un estruendo apoteósico se dejó escuchar dando paso al salto del agua que se levantó unos 2 metros, espantada por el impacto. -Soy el mas fuerte- gritó un exultante y victorioso José, mientras veía el brillo en los ojos de sus hijos, enardecidos de la emoción. 
Regresaron a casa, Gabriel contó lo sucedido a su hermana Luisa y a Eucaris, su madre, que oyeron amorosas y atentas la historia repetida, pero siempre cargada de miradas conmovidas.
Al llegar, José Malpica se sentó frente a su vieja mesa a escribir una canción, aún no había cruzado por su mente ni la primera línea de la primera estrofa, más sabía que algo bueno vendría. El motivo, saberse convencido que sus hijos lanzarán siempre un suspiro de nostalgia al aire en algún húmedo o revuelto lugar donde solo estará su querido recuerdo.

Leyendas y cuentos cortos venezolanos (22) varios autores

Imagen en el archivo de Samuel Omar Sánchez


DÍCTAMO REAL 
(Mercedes Franco)
La fragante planta conocida como Díctamo Real, a la cual se le atribuye el poder de producir fertilidad y aumentar la potencia sexual, en un verdadero misterio. Ella nace donde nace la neblina, allá en lo más alto de los páramos andinos. Los lugareños lo conocen como “Yerba de Cierva”, porque se dice que sólo los verdaderos la conocen. Se le atribuyen virtudes terapéuticas y muchos afirman que prolonga la vida.
Según una leyenda antigua de los andinos timotes, el Padre Creador hizo brotar del suelo el Díctamo Real para aliviar de los mortales. Se conmovió al ver cómo una bondadosa reina languidecía, víctima de un raro mal. Una de sus guerreras subió al páramo inspirada por los genios de la montaña. Debía buscar la hierba mágica, con la cual  su reina sanaría. La joven buscó por todas partes, sin hallar ninguna hierba especial. Cansada de tanto subir cayó desmayada en lo más alto de la helada cumbre. Cuando volvió en sí, observó a una cierva que mordisqueaba una planta. Lo interpretó como una señal divina. Arrancó aquellas hojas y bajó feliz a su pueblo.
La reina de los timotes sanó definitivamente al beber la infusión de Díctamo Real. Desde entonces, los indios comenzaron a buscar la “Yerba de Cierva” confiando en el instinto de los venados, diestros en localizarlas. Hoy en día es muy difícil encontrar el Díctamo, pues se dice que ha huido hacia regiones aún más altas, por mandato del Padre Creador.

ESPANTO 
(Mercedes Franco)
Tradicionalmente, en los pueblos venezolanos se llaman “espanto” a todo fantasma, pero hay una deferencia. Un fantasma puede ser benévolo o maligno, mientras que un espanto es una aparición maléfica, pavoroso, de aspecto aterrador, se cree generalmente que es una encarnación de Satanás, o el alma atormentada de alguien que en vida cometió terribles crímenes y expías sus pecados errando por la tierra en esa forma miserable, un espíritu inferior, que se alimenta del espanto que causa, y jamás podrá obtener descanso, ni llegar al cielo. Es una visión terrorífica, y aun busca generalmente aterrar a quienes se les presenta, en ocasiones defiende algún lugar, y la causa de su horrible aspecto es de tratar ahuyentar a quienes invaden ese espacio que considera propio.

ESPIRITISTA 
(Mercedes Franco)
Espiritista o espiritualita es el que se dedica a todo lo relacionado con el mundo espiritual. El espiritismo o espiritualismo es una secta derivada del cristianismo, que busca la superación del ser humano a través de la consulta y guía de espíritus superiores. En décadas recientes, han proliferado en nuestro país los médium, espiritistas los consultores espirituales y sanadores a través del aura. Todo esto corresponde a una búsqueda del ser humana, que desea hallar algo en qué creer.
Espíritus burlones. En otros países se les llama “espíritu chocarreros” o poltergeist.  Parecieran divertirse a costa de la gente. Su única finalidad es desconcertar, confundir y asustar a los seres humanos cambiando de lugar sus objetos, produciendo ruidos o efectos de luz inesperado, pocas veces son en verdad terroríficos.

LEYENDA DE LA DIABLESA Y EL FANTASMA DEL MORO
(Celestino Peraza)
Se llamaba Magdalena, como la enamorada del Gólgota, y como ésta pasó del pecado al arrepentimiento. Pero no hasta el punto de la rubia galilea, porque la nuestra contrajo al fin matrimonio con Pedro Juan García, individuo que, muy al contrario de Jesucristo, había estropeado en los bailes muchas mejillas antes que le tocasen las suyas. Después de su matrimonio, se fueron a vivir al vecindario de Tupuquén.
Tupuquén era uno de los veintiocho pueblos fundados por los padres catalanes, hoy casi todos en escombros. Y éste apenas seria conocido si no hubiese sucedido que, frente a él, en el río Yuruari que lo roza por la derecha, fue donde se descubrió por primera vez el oro de nuestra hermosa Guayana.
Hay también otra razón por la cual Tupuquén goza de celebridad. Además de la riqueza minera, brota en sus sabanas un pasto magnífico, especie de heno hecho venir de Egipto por “El Moro”, inglés escéptico, descendiente directo de Lord Hamilton, quien se instaló, se casó y murió en Tupuquén, sin  volver a Londres, donde su familia colmada de riquezas le llamaba con insistencia.
Con todo Tupuquén ha seguido arruinándose y para la época que referimos, apenas quedaban cuatro casas de construcción antigua.     Fue en una de estas, en la que habitó “El Moro”, allí, precisamente, vivía la Diablesa con su marido y dos retoños de su reciente matrimonio. 
Allá, en su juventud, Pedro Juan había sido afortunado. Sacó oro en abundancia, pero el juego de azar  se los arrebató. De su pasada fortuna, sólo logró salvar la las doce vacas para sustentar a su mujer y sus hijos. La Diablesa, al oír con frecuencia a su marido los dones con que la suerte le sonreía en otro tiempo, pensaba que aquello se repetiría.
Una noche, la Diablesa se acostó pensando en su idea favorita; y apenas se quedó dormida, comenzó a soñar que en el marco de la puerta que daba al corredor, veía a un hombre alto, flaco, de patillas rubias, ojos azules y vestido con un uniforme semejante al de coronel del ejército inglés, como ella lo había visto despierta en los cuadros pegados en la pared de la salita.
Aquella visión produjo en la Diablesa una pesadilla; quiso gritar, pero el grito no salía de la garganta. En plena angustia vio que el fantasma se llevó el índice a los labios en señal de imperioso silencio, y parado en lo alto del marco, bajó la mano y señaló a sus pies, mirando fijamente a la Diablesa. Cuando ella bajó la vista, su pesadilla se tornó alegría. Seis hermosos frascos bocones, de esos en los que los pulperos guardan sus conservas, estaban allí, en fila, abarcando todo el ancho de la puerta, repletos de oro en granos e iluminando el lugar con brillo deslumbrador. 
Largo tiempo estuvo la Diablesa contemplándolos con su natural codicia, y cuando levantó la vista aparente del sueño, el fantasma desapareció. Despertó emocionada y le fue imposible conciliar de nuevo el sueño; pero no dijo ni una palabra a Pedro Juan. 
Al amanecer, la Diablesa tomó una barra de hierro y se dirigió a la puerta. Sería imposible describir su emoción. ¿Y si aquello no era cierto? ¿No sería una burla de su imaginación, pensando siempre en el oro? Si todo resultaba puramente un sueño, ¿no se enfadaría Pedro Juan con la demolición de su pobre vivienda? -¡Bah! ¡Adelante! –Exclamó con resolución-. Yo misma arreglaré el marco si Pedro se disgusta. 
Y de un solo barrazo partió la tabla que coronaba el marco. Al quinto golpe, la Diablesa oyó el sonido como de un cristal que se había roto, y su corazón palpitó con una emoción profunda, indefinible. Tal era su alegría, que no pudo continuar. 
Por fin, ya repuesta, golpeó en el mismo lugar del vidrio roto. La barra atravesó la pared en sentido oblicuo, asomando su filo por la parte del corredor, y cuando la sacó un chorro de granos de oro salió por el hueco que dejó la barra. La Diablesa no pudo resistir aquel golpe de alegría y se desmayó, justo cuando Pedro Juan llegó quien corrió a levantarla del suelo sin saber de lo que se trataba…Pedro juan continuó la obra de su mujer. Allí estaban los seis frascos hermosos, repletos de oro bruto, en pepitas de diversos tamaños.    
¿Eran de El Moro o de los padres catalanes? Nadie lo sabe. Lo que sí se sabe es que Pedro Juan no perdió en el juego esta nueva caricia de la fortuna, sino que compró un hato y educó a sus hijas en el convento de Demerara.

ADVERTENCIA
 (Enrique Plata Ramírez)
Cansado de los continuos actos de desobediencia de su mujer, esperó el hombre pacientemente la oportunidad propicia para darle un castigo ejemplar.
La vez que le tocó salir huyendo de su ciudad, no pudo evitar recordar las advertencias que le hicieran aquellos extranjeros. Por ello le rogó encarecidamente: Mujer! ¡Por nada has de volverte a mirar lo que sucede atrás! 
Ella, que no desaprovechaba oportunidad para desairarlo con rebeldía, se volvió para contemplar lo que acabaran de prohibirle.
Una sonrisa de satisfacción se dibujó en el rostro del Lot al ver a su mujer convertida en estatua.

EL PASEO 
(Ramón Lameda)
El hermano del Rey se pasea en la carroza real. En perfecta coreografia, una docena de hermosas muchachas lo rodean, regando flores y perfumes. Detrás viene un cortejo de briosos corceles ataviados con penachos multicolores. Los estandartes se baten enloquecidos en el aire, al compás de los redoblantes. 
Una multitud silenciosa acompaña al desfile. El hermano del Rey bebe un dorado licor en una ánfora de plata. El líquido resbala por su barba y le moja el pecho descubierto. Sus ojos, como dos puntos de acero, recorren los escotes y las piernas de las muchachas. Sus manos se hunden en ese oleaje de carne vibrante.
De pronto, lo escolta se detiene y las cornetas soplan con toda su fuerza. La carroza se ha detenido al lado del cadalso. La guillotina, como un rayo enardecido, espera con su tajo en el aire.
El hermano del Rey comprende que su último deseo está concluyendo.

FIDELIDAD
 (Gabriel Jiménez Emán) 
Aquel hombre se enamoró de una sola mujer, y le fue fiel durante toda su vida. La mujer estuvo a punto de aceptarlo en matrimonio, pero se arrepintió al caer en cuenta de que ella no podía ser le fiel a un hombre tan fiel, que en cualquier momento, en un ataque de celos, podía quitarse la vida o quitarle la vida.

LA PROFESORA 
(Deisy Elizabeth Silva Fuentes)
La profesora estaba en su escritorio, sentada, con los lentes puestos y esperando la entrada de los estudiantes que estaban en el receso. Leía el periódico en su tiempo. Se levantó del asiento y seguía leyendo… caminó lentamente por todo el salón de clases, caminaba y leía, leía y caminaba. Terminaba casi de dar la vuelta completa al salón, cuando tropezó con un libro que estaba en el suelo; se inclinó y lo recogió; cuando lo hacía, notó que el broche de una de sus sandalias estaba suelto. Subió el libro y de una vez abrochó su calzado. Un botón de la camisa se soltó y se podía ver un poco de la piel de su pecho, esta situación creó un extraño ambiente, sonrojándose su rostro. Rápidamente, cuando miró el desliz del botón, se dispuso a sujetarlo. 
Maruja, era el nombre de aquella profesora recién graduada. Los nervios le atacaban en su primer día de clase. Repasaba el material, chequeaba su ropa, pasaba su mano sobre la silueta de su cuerpo, esperando que su vestimenta estuviera bien planchada. Sacó un espejo de su bolso y comenzó a mirar su rostro para ver su apariencia; buscó un lápiz labial y moldeó las líneas onduladas de sus labios. Soltó su cabello, observó cómo le quedaba; pensó por un momento de manera sonriente, luego su rostro endureció y recogió de nuevo su hermosa cabellera.
Los lentes permanecían desde hace rato en el escritorio, tomó nuevamente el espejo; miró su peinado y sonrió. Pronto escuchó el ruido de los estudiantes que regresaban  a su clase de matemáticas, rápidamente, guardó sus cosas personales, se colocó los lentes, tomó el material de la clase en sus manos y la recostó sobre su pecho. 
Muy seria, se presentó de la siguiente manera: “Soy Maruja Rivero; no me gusta la impuntualidad; soy adicta a la responsabilidad y al respeto, con esto me presento; yo soy su nueva profesora de Matemáticas”. Todos pensaron, “es un ogro”. Sergio, con una sonrisa y muerto de amor, la observaba y detallaba su figura. Ella no comprendía la actitud del muchacho, que según le habían contado, era el más tremendo, grosero y saboteador de las clases.
Él la había observado todo el tiempo, mientras ella esperaba en el salón.

LOS OJOS
(Orlando González Moreno)
Beatriz no se quería morir sin antes ver a su hijo mayor. Estuvo esperándolo durante una semana y éste no fue a verla. Al fallecer, quedó con los ojos abiertos. Sólo vino a cerrarlos cuando su hijo llegó a la funeraria y se acercó a la urna.

COLLAGE 
(Eduardo Sanoja) 
La cucaracha estaba ahogándose en el vaso de ron. Francisco preparaba uno de sus collages habituales en los cuales reproducía fragmentos de pinturas famosas recortando con  un “exacto” –esas cuchillitas mínimas y afiladas– pedacitos de papel de variados colores que escogía de revistas viejas e iba pegando pacientemente. En uno de sus descansos para contemplar su obra tomó el vaso con su mano izquierda para echarse un palo de ron. La cucaracha ebria y desesperada se aferró a sus barbas de salvación. La grima, el asco, hizo que Francisco manoteara violentamente al bicho. No había soltado el “exacto” y se lo paso por la yugular. Por eso quedó así, manchado su último collage.
                                                                                                  
JINETES DE LA LUZ 
(Humberto Mata)
Mira, decía ella, Cómo están hoy las rosas. Y él con la pipa encendida, se sentaba a mirar las rojas rosas de mercurio, en el porche de la casa rosada, con el pantalón viejo y las piernas cruzadas, como todas las mañanas en las mañanas de Mercurio, siempre a igual hora: la hora de los Jinetes de la Luz. Entonces surcaban el horizonte y se alejaban tal vez cuando él creía verlos ya pisaban otras tierras sin más preámbulos que las rosas rojas y la vieja que se pasea delante del hombre con las piernas cruzadas y el pantalón desteñido por el uso. Y en las tardes, cuando todo era más rojo la casa parecía una bola de fuego, el viejo contabas historias increíbles y tontas sobre cohetes espaciales. De hombres que pasaban sietes días en viaje a la Luna y luego, en el regreso, eran esperados como héroes. De enormes riegos y problemas. Cosas tontas para los jinetes que a esa hora regresaban, tal vez de otra Galaxia, y contestaban con historia aún más antiguas, pues sus vidas eran un continuo retroceso en el tiempo, un infinito viaje hacia el pasado ----alguna vez nos deleitaron con la fundación de Roma---. Hombres condenados a no envejecer nunca, cuya única razón de  existencia eran los trecientos mil kilómetro que sus cápsulas recorrían en un segundo.
Después el viejo se encerraba en su cuarto, debajo de la casa rosada: y la casa, debajo de la ampolla ambiental que cubría el planeta. Recorría con los ojos cansados todos los rincones como siempre desde hacía muchos años hasta llegar al cuadro situado en la pared. Entonces pensaba en otra cosas nadie sabe cuáles hasta el día siguiente, cuando la vieja decía algo de las rosas rojas de Mercurio y él cruzaba las piernas de pantalones rotos, sentado en la sillas Mercuriana, con la pipa encendida, en espera de los Jinetes y de nuevas historias todavía más antiguas; de nuevas tardes enrojecidas y de un cuadro adherido a la pared en algún cuarto de la casa rosada. 

viernes, 24 de junio de 2016

Leyendas y cuentos cortos venezolanos (21) Varios autores

Imagen en el archivo de Samuel Omar Sánchez


ENTIERRO 
(Mercedes Franco)
Una Luz palpita, saltando en la noche tibia. Rodean un árbol grueso y se detiene allí, donde una débil sanación. Seguramente señala el lugar de un “entierro”. Los “Entierros” son tesoros enterrados, vasijas, botijuelas, o cofres repletos de oro, que alguien enterró.
Durante la conquista y colonización de Venezuela, muchos enterraban sus riquezas, por miedo a ser robados, pues no existían aun los barcos. A veces pasaba el tiempo y morían en forma inesperada sin poder revelar a los suyos el lugar del tesoro. Y ese oro permanece allí, bajo tierra, custodiado por el alma en pena de quien lo enterrará.
Dicen que existe en Paraguaná un lugar especial, llamado Cardón Liao, que oculta un gran tesoro. Antes de la Independencia vivía allí adinerado español, dueño de un hato llamado “Acayude”. Una vez iniciada la Guerra de Independencia, aquel hombre decidió volver a su país. Salió de su finca con varias mulas cargadas de oro y un esclavo. En la orilla del mar lo esperan un barco que lo llevaría a España. Muchos dijeron que se había llevado todo su oro. Otros, que lo enterró, para buscarlo después. Y algunos añadían que había enterrado vivo al esclavo, para que su alma custodiara aquel tesoro. Algunas noches se ve brillar entre las piedras de Cardón Liao una envolvente luz dorada, muchos creen haber visto vagar por la arena blanca una figura sombría. Es aquel infortunado esclavo negro, que vigila eternamente el lugar. En el cerro El Vigía, en Pampatar, hay una piedra mágica, llamada la “Piedra del Duende”, que brilla desde lejos en las noches y junto a ella se ven algunos niños jugando, supuestamente duendes. Se cree que el corsario francés Pierre D`Autant enterró allí su gran tesoro, luego se casarse con una bella margariteña.

ESCAPULARIO
 (Mercedes Franco)
Especie de talismán católico. Con imágenes, hechos en telas y fieltros, protege de todo mal, de fantasma, hechizos y fuerzas malignas. Tiene más valor si se le “reza”, si alguien de comprobada bondad reza sobre él más aún si se le bendice con agua bendita. Se lleva al cuello, dentro de la cartera o se pone bajo la almohada.

CARNAVAL
 (Ramón Lameda)
Era un Viernes Santo pero me fui a bañar al río Masparro. Sin embargo, me perseguía la voz de mi abuelo: El que se baña un día Santo, se vuelve pescado.
El calor apretaba y me lancé al agua como una jabalina asustada. En el fondo del río, encontré a varios de mis amigos muertos, transformados en peces oscuros nadando en el medio de una montaña de latas de cerveza. Todos me perseguían y querían que me quedara bajo las aguas. Desesperado, empecé a nadar buscando aire pero no avanzaba. Era como si tuviese una roca sobre el pecho.
Menos mal que era un sueño y me encontré nadando sobre la cama y sacudiendo la cabeza como un desesperado. Entonces abrí los ojos y vi a mi mujer cubierta de escamas y con una enorme cola de bagre en el lugar de sus lindas piernas.
_ ¡No puede ser! ¡No es cierto! _empiezo a gritar parado sobre el colchón.
Mi mujer me miró con un aire displicente.
 _Hoy es carnaval, estúpido. Ponte tu traje de Neptuno.

UN SUEÑO DE OTRO MUNDO
 (Enrique Mujica)
Chibí dormía con el radio prendido, tal vez una forma excéntrica de conjurar los recuerdos, de acallar el pensamiento. Su primo Luis Alberto compartió una noche la habitación con él. Ya tarde, cuando Chibí roncaba, Luis Alberto le apagó el radio. Él se despertó en el acto con el escándalo del silencio y le dijo al primo: “Primo, no me apague el radio porque me despierto “.

EL SOMBRERO DEL TURISTA 
(Gabriel Jiménez Emán)
Un turista va caminando por la playa y el sombrero se vuela, intenta recogerlo pero el sombrero sigue rodando por la arena, sigue detrás de él pero el sombrero va a dar al mar, sigue arrastrado por el viento y por fin se detiene al encontrar una roca.
El turista se lanza al agua, nada hasta la roca, coge el sombrero, y como está cansado se sienta un momento en la piedra a mirar las gaviotas y algunas lanchas que pasan.
Después se detiene un muy momento a tomar el sol, duerme un poco, y cuando despierta se da cuenta que ha perdido el sombrero, el turista se siente muy fuera de lugar y entonces nada hasta la orilla, va hacia el hotel, arregla su equipaje y se marcha a su país. 
Al llegar a su tierra se detiene en la primera playa que ve, y se sienta en la arena a esperar que llegue el sombrero. Después de varias horas lo ve aparecer cerca de unas piedras y se lanza al agua a buscarlo, pero el viento comienza a soplar fuerte y a llevarse el sombrero muy lejos: el turista piensa que hasta un país donde es imposible llegar.

LEYENDA DE LA VIRGEN QUE EL MAR 
TRAJO A CHORONÍ 
(Juan Vicente Camacho)
Hacia el año de 1780… vivían cerca de Choroní,  Don Juan del Corro, su esposa Doña Felipa de Ponte y Villena y sus bien educados hijos …Al amanecer de un día de verano, Don Juan entró en su sala después de haber presenciado la distribución de los trabajos del campo…
Felipa -le dijo Don Juan, cuando Dios bendijo nuestra casa, mandándonos el último de nuestros hijos, pensé  que hubiera llegado tu última hora…
Si, Juan, momento aquel en que creí perder la vida al darla a nuestro pobre Francisco… me acongoja el estado infeliz de nuestro Paquito, que ha tenido un año, no de vida, sino de sufrimientos superiores a su edad.
Así es, Felipa. En vano nuestro amigo el maestro Santiago Ordóñez ha recurrido a su ciencia para salvar los días de ese niño que Dios nos deparó para consuelo de nuestra vejez. El infeliz se muere de languidez y lo veo consumirse como una lámpara que se apaga por falta de aceite. -Pobre niño, murmuró Dona Felipa. 
Al ver tus sufrimientos y  los de nuestro hijo,  me encerré en mi oratorio para rogar a Dios por nosotros. Yo ofrecía al cielo que si salvaba tus días haría colocar la imagen de Nuestra Señora de la Soledad en el templo de San Francisco de Caracas… El cielo oyó mi oración, continuó Don Juan, y tú estás salva, aunque se muere nuestro hijo.
Si tal promesa hiciste, Juan, es preciso cumplirla a cualquier costa, y tal vez la Santa Señora nos conserve por nuestra fe la vida de Francisco. En ese momento entró a la sala un joven robusto, que tendría unos catorce años de edad.
Fernando -le dijo Don Juan con tono severo-, ¿por qué has dejado solo a nuestro padre capellán, siendo ésta la hora del estudio?
El mismo capellán en quien me manda, padre -respondió Fernando.  Todos los criados están en el campo y los que sirven la casa han ido a ayudar al desembarque. El padre me envió a decir a su merced que mi padrino, el señor Don Sancho de Paredes, capitán de armada, acaba de llegar a la playa. 
¡Don Sancho! -exclamaron a una voz Don Juan y su esposa. Corre hijo, ve en persona a traernos a nuestro buen amigo, y pídele antes su bendición.  Salió el joven de prisa a cumplir la orden de su padre y los dos ancianos se entregaron al regocijo por la llegada de Don Sancho, que miraban como una cosa providencial, pues el capitán debía hacer viaje a España en el navío de Indias, siento ésta la coyuntura más propicia para su encargo. Un momento después entró el capitán… y conversaron los esposos con Don Sancho, a quien tenían como de la familia…
Queremos, compadre -continuó Don Juan, que vaya Ud. a la Corte y disponga que el mejor escultor de las Españas haga la imagen de la Soledad, sin excusar gastos de ninguna especie, pues deseamos hacer al templo de San Francisco un presente regio, aunque en ello se nos vaya toda nuestra fortuna.
«Y encargará Ud., Doña Felipa, los vestidos y los ornamentos más ricos de oro y plata para vestir dignamente la imagen de Nuestra Señora.
Todo se hará a la medida de sus deseos -respondió Don Sancho de Paredes, despidiéndose para su largo viaje.  Ocho meses después, con buen viento y mar bonanza, salía para Indias el navío San Fernando, felices fueron los primeros días de navegación, pero al entrar en el mar de las Antillas, empezó a sufrir la embarcación frecuentes huracanes que casi diariamente se levantaban en su inmensidad tempestuosa. 
Un día amaneció el cielo de color de plomo… Un fuerte frío empezó a azotar las cuerdas del buque. Las olas se encrespaban, llevando la cabeza coronada de espuma y estrellándose con sordo rumor en los costados del buque. Bien pronto, con el viento arreció la lluvia y el pesado navío era arrojado por la tempestad, lanzándolo desde la cúspide de las olas furiosas hasta los abismos más espantosos. Don Sancho hizo arrojar al agua toda carga… Sólo quedaba sobre cubierta la caja que contenía la imagen de la Soledad… Por un instinto religioso, no había querido arrojarla a las olas sino en un último caso; pero ya el buque iba haciendo tanta agua, que hubo de verse en la dura extremidad de lanzar al mar la santa escultura y salvarse con sus marinos en los botes a todo trapo.
Bien pronto el San Fernando hundió la proa en las ondas rabiosas, giro con rapidez sobre las aguas, y rompiendo la armazón de sus tablas con un ruido que parecía un quejido lastimoso, despareció en un torbellino de espuma. Los náufragos fueron arrojados por el viento a las playas de la isla de Trinidad…
Casi a la misma hora y en la misma sala de su heredad, Don Juan  y su esposa Doña Felipa departían, formando mil conjeturas sobre la próxima llegada del San Fernando, y la consagración de la imagen de la Soledad, a quien debían la salud de su hijo Francisco, el cual estaba jugando a los pies de su madre.
Entró en la sala su hijo Fernando y, refirió a sus padres cómo estando los criados desechando un desagüe al mar, habían dado con una gran caja cerrada que, por su peso, debería algún rico tesoro arrojado allí por las olas…A la llegada de Don Juan y su esposa, dos robustos negros empezaron a romper la caja misteriosa. Al quitar la cubierta descubrieron… la imagen de la Madre de Dios, pálida y macilenta, con las manos cruzadas sobre el pecho y los ojos inundados de lágrimas. Por un movimiento involuntario, todos cayeron de rodillas ante aquella aparición divina…
Poco tiempo después, los hermanos de la Tercera Orden de San Francisco, colocaban en la nave de la derecha la imagen de Nuestra Señora…Un gentío inmenso colmaba las naves del templo, entre ellos Don Juan y su esposa, vestidos de ricas galas…
Estando en estas pláticas, entró pálido y agitado Don Sancho de Paredes, y se arrodilló en silencio ante la Virgen, entregándose a una muda contemplación. Los frailes y sus amigos respetaron su éxtasis religioso y sólo después que hubo concluido, recibió las felicitaciones y abrazos de todos por su vuelta…
Don Sancho, sin separar los ojos de la Virgen, exclamó con acento humilde:
Hermanos, adoremos la voluntad de Dios. Un año hace todavía que sorprendido por una tempestad en el mar Caribe, arrojé a las aguas con la carga del navío una caja cuadrada que encerraba esa imagen, hecha ante mi vista y por mi dirección en Madrid. Con mis propias manos la entregué a las olas, pidiendo antes perdón a Dios, y ahora la veo con sus mismos vestidos…
Don Juan refirió entonces lo que ya sabemos, y todos, después de adorar con santo regocijo el divino milagro, salieron del templo para asegurar el hecho bajo su firma, ante los alcaldes ordinarios, para ejemplo y edificación de los venideros siglos.

ME VOLVIERON A ROBAR 
(Deisy Elizabeth Silva Fuentes)
Cuando Jaime salió del trabajo, había recibido su cheque de la mensualidad. Llevaba una lluvia de ilusiones: quería comprarle la computadora a su esposa, le tendría que comprar los zapatos para hacer deporte a Gabriel, abastecería la nevera de su casa, le compraría algunas cosas que su madre necesitaba y hasta le alcanzaría para tomarse unas cuantas cervezas y para obtener la muñeca Jimena, tanto deseada.
Dobló la esquina, apuró el paso y llegó justo a tiempo para entrar al banco, antes de que el de seguridad cerrara la puerta. Pensó: “qué suerte tengo, mañana tendré el día libre, me dieron mi cheque y tal parece que lo cobraré hoy mismo; por el camino que voy, voy muy bien, ¡excelente!... al menos hoy, no gastaré mi sueldo jugando bolas; ni tendré que inventarle excusas a la cuaima que tengo por esposa”. En media hora había cobrado el cheque. Guardó el dinero en el bolso y salió del banco. Su casa no quedaba lejos; así que decidió caminar el corto camino.
Había recorrido dos cuadras, cuando sintió que en su cráneo lo apuntaban con la punta fría de un cañón. “Alto, no des un paso más” — dijo el malhechor, “si lo haces, te quiebro aquí mismo”. Una moto se acercaba y el conductor hablaba con el atacante… “¿Qué haces?”, “apúrate, no juegues, ten cuidado y muévelo pana”. Jaime se resistía a perder su maleta; pero cuando el tipo reafirmó el arma en su cabeza, no se opuso más. El hombre tomó el bolso, subió al vehículo y se fueron.
 Jaime quedó lamentándose de su suerte, decía en voz alta, ¿Qué le diré ahora a mi mujer? Esos tipos los conozco yo; donde los vea los mato. Pronto se oyó nuevamente el ruido de la moto. Ellos regresaron y llevaban aún sus pasamontañas; al pasar frente al desdichado, le arrojaron algo y le gritaron, “para que te la comas en tu casa”. Cabizbajo, llegó aquel hombre a su hogar, sin ilusiones, sin esperanzas. Su mujer le preguntó: ¿Qué te pasó ahora? Sin pensarlo dos veces, él contestó: “me volvieron a robar”.
En su mano llevaba el cuerpo del delito, el arma con que le apuntaron; por lo que pensó que perdería su preciada vida; por lo que murió de miedo; la pistola con que lo robaron… un plátano verde.

Leyendas y cuentos cortos venezolanos (19) Varios autores

Joven Cojedeña. Imagen en el archivo de Alberto Molina Rodríguez

ENCUENTRO CON EL DIABLO 
(Mercedes Franco)
En su hermosa novela Cantaclaro, Rómulo Gallegos cristaliza una aspiración universal: el hombre compite con el Diablo y lo vence. En este caso es el coplero Florentino, quien contrapuntea con un enigmático llanero, el cual resulta ser nada menos que Lucifer. Ante el acoso de Satán Florentino lanza su famosa copla:
“Si usted dice que soy suyo
Será que me le he vendío.
Si me le vendí, me paga
Porque yo a nadie le fío.”
En realidad, Venezuela está llena de anécdotas similares. En el pueblo de Santa Ana, en el estado Táchira, se habla de Carmelo Niño, el hombre que canto con el Diablo y en el estado Trujillo de Colina. También está la leyenda de Rosaura Salas, la mujer que bailó con el Diablo, en Valencia.

EL DIANOCHE 
(Mercedes Franco)
La niebla cubre al atardecer el vasto territorio Yekuana. Desde lo profundo   de la selva amazónica, los habitantes del misterio Sonríen, elusivos y eternos. En el corazón de Venezuela, en pleno Escudo Guayanés, se halla el Parque Nacional Duida Marauaca. Allí, como mudos vigías, los tepuyes observan el tiempo y al hombre. El parque Duida Marauaca está ubicado en el área Centroriental de nuestro estado Amazonas. Es el Departamento de Atabapo, donde predominan  los bosques húmedos de la cuenca orinoquense. Viven allí importantes etnias indígenas, como la yekuana, yanomami, y piaroa. Muy cerca se desliza el Orinoco, siempre vigilante, siempre observando el paso de la gente y los fantasmas.
Entre estas etnias indígenas es conocida la leyenda del Dianoche, un fantasma antropófago y tejedor de cestas. Un joven excursionista italiano llamado, Perucho, que no creía en fantasmas, contaba que una noche se internó entre los árboles y logro llegar a un lugar extraño. Una hipnótica luminiscencia de cocuyos lo inundaba todo, revelando un cuadro aterrador: dos rugientes pumas echados juntos a un gran tronco caído, y sobre el tronco un hombre fuerte, relamiéndose los labios con gula. Más allá, dentro de una cesta grande, estaba una joven, paralizada por el miedo, muda y con una expresión de pánico en sus ojos desorbitados.  
-Buenas noches, amigo -dijo el hombre con una gran sonrisa. Que dejaba ver sus enormes dientes puntiagudos-, ¿qué le parece lo que cacé? Creo que la pieza es buena, pero es aún muy poco. Debo atrapar algo más. Así no pasaré hambre al menos por un mes, ¿verdad?
Enseguida el Dianoche le agregó una cesta y le pidió que la terminara. Perucho recordó lo que sabía del terrorífico ser y la tejió totalmente defectuosa. Entonces el Dianoche lo regañó por ser feo trabajo y se entretuvo arreglando la cesta, concentrado en su tarea. Así Perucho pudo salvar a la muchacha y escapar. Si la hubiese tejido bien, el fantasma seguramente se los hubiese comido a los dos.

TALLER DE FILOSOFÍA
 (Enrique Mujica)
Discutían acaloradamente unos esposos, en el porche de una quinta de la urbanización. La discusión se daba en los términos filosóficos más altos, un torneo de dialécticas  y metafísicas, matizado con alguna violencia y algunos gritos. La suegra dijo: “Por Dios, que dirán los vecinos “, A lo que el suegro agregó, con hondura: “Que oigan para que escuchen cosas interesantes”.

VALENTIA
 (Ramón Lameda)
_Oye, Mijo_ me dijo la abuela mientras se pasaba el mecate alrededor del cuello. Acerca tu cabeza a mis costillas. Oye. ¡La sangre pagana vuelve! Sé que te quedarás muy solo. No te olvides de darle el bofe que está en el gancho, a Nerón. No te asustes cuando le dé la patada al  taburete, ni cuando haga las morisquetas que pertenecen a la muerte. Sé que no podrás llegar hasta mi cara para poner el espejo debajo de mi nariz porque naciste con las piernas recortadas. ¡Las malditas borracheras de tu madre! Pero cuando deje de patalear, puedes salir arrastrándote por el vecindario dando las voces de mi muerte. Me voy a lanzar. ¡El espíritu está próximo! Adiós, José. Arrópate de valentía.

SALUD DE BICICLETA
 (Armando José Sequera)
Lo de Misael fue así, él decidió comprar una bicicleta porque quería hacer ejercicio y rebajar la barriga. Pasó varios días aprendiendo a montar porque no había aprendido cuando niño. La primera mañana salió de la casa en la bicicleta, habló hasta por los codos  de recuperar la salud y la silueta. Y no había recorrido ni cinco cuadras cuando, en una esquina. Lo atropelló un carro al que venía persiguiendo la policía.  Ahora Misael, está en una cama, cuadripléjico y ciego por el resto de su vida, en vez de sano y rozagante, como estaba antes de comprar la bicicleta.

LA LEYENDA DE EL SALVAJE PELUDO
 (Felipe Salvador Gilij)
Pero hablemos de un animal bípedo sobre cuya rareza no tendré que disputar nada con quien se digne conceder alguna atención a mis relatos. No soy el primero en presentarlo. El excelente M. Bomare habla también difusamente sobre él y pueden verse en su diccionario lindas noticias sobre este bípedo. He aquí ahora las mías.
Se encuentran en las grandes sabanas del Orinoco, como todos discuten en aquellos lugares, ciertas fieras que salvo en pequeñas cosas se parecen al hombre. Estos animales que nosotros llamamos salvajes se llaman en tamanaco achi. De fuigura en todo lo restante humana, el salvaje no se diferencia más que en los pies, cuyas puntas están naturalmente vueltas hacia atrás (…). Parece por eso que el salvaje se aleja cuando viene más bien hacia los viajeros. Es todo peludo de cabeza a pies, sumamente libidinoso, y rapta si se le antoja a las mujeres.
El señor Juan Ignacio Sánchez, persona honradísima y uno de los señores principales de la tierra de San Carlos en los llanos de Caracas, me contó una vez de cierta mujer (no sé aún de qué parte) raptada por el salvaje, y llevada, sin poderlo remediar, a las sabanas. La tuvo consigo largo tiempo, y obligada por la fuerza allí habría estado acaso hasta el fin de su vida, sino hubiera pasado por allí un cazador, perdido de sus compañeros, el cual la sacó al fin de fatigas.
Lo vio, ausente el celoso salvaje, desde la alta cima de un árbol la pobre mujer, y puesta a llamarlo con toda su voz, le manifestó desde la altura en que estaba su mísero destino. De buena gana hubiera bajado y hubiera vuelto con él a las casas españolas. Pero por preocupación de que no lo viera el salvaje, y no lo despedazase por celos, le dijo que no se acercara más, que hacía tantos años (y le dijo el número) que estaba viviendo en aquel lugar, que tenía dos hijos del salvaje, y que aquella bestia no le daba permiso de bajar de la choza que le había edificado en lo alto del árbol, que nada le faltaba para la comida, de la que era proveída abundantemente por el salvaje suyo robando gallinas, terneras o lo demás que a él le gustaba, pero que le disgustaba estar a modo de fiera sin sacramentos y sin humano trato habitando en aquel sitio. Rogóle en fin que a tal hora del día (y la señaló) en que solía irse de caza el salvaje, viniera con gente armada a sacarla de tantas penas.
Habiéndola compadecido, como era obligación, el cazador dio parte de ellos a los parientes y amigos, y reunido en grupo de hombres valerosos, se dirigió a la selva a la hora fijada, y en ausencia del salvaje, una vez que le bajaron el árbol, se la llevaban todos contentos a la casa paterna. Cerca ya de la casa, llega con los dos hijos el salvaje, y llamando a su modo gimiendo (por qué no tiene voz articulada) a la mujer amada, le mostraba para enternecerla o moverla a volver con él los frutos de la larga estadía hecha con ella en los matorrales. Pero como los españoles le apuntaron con las bocas de fuego para matarlo, despedazó a la vista de la mujer a las crías, y huyó velozmente a la selva.
Este relato, apoyado por la autoridad de tan honorable señor, no halló ninguna persona, entre tantas que estaban entonces presentes, que dejara de creerlo. Tan conocido de los oriniquenses es el salvaje.
El salvaje habita en los montes más altos. En los países de los mapoyes, cerca del río Paruasi, hay una alta montaña en la que los tamanacos me dijeron que existe. Por eso la llaman achi-tupuiri, que quiere decir montaña de los salvajes; cerca de la Guyana hay de modo semejante un monte que se llama Achi. Sin embargo no conocí a ningún indio que me dijese que lo había visto con sus propios ojos. Aunque esto mismo no es para mí argumento valedero para contradecir la voz de todas las naciones del Orinoco. Todos temen al salvaje y, como habita en lugares inaccesibles, nadie se atreve a acercarse a ellos por temer perder la vida. Pero todos dicen las mismas cosas y narran de él hechos sucedidos a los antepasados.

SIENDO ASÍ
 (Eduardo Mariño)
Sueña con las sinrazones en peso sin sombra, sensible idea de libertad con nombres cayendo en su propiedad. Abajo, la rueda sin fin, sin el «explicando al menos» moviéndose en torno al mayor semieje sin puntos ni solsticios, uno que menos espera dando sin venir. ¿Supuso soñar con las sinrazones en peso sin sombra? ¿Adivinó, acaso en otra voz, sensible idea de no-encierro, no-duda?
Sueña, sí, y en el sueño habitan el Dios y la rosa.

SUPLICA 
(Enrique Plata Ramírez)
 Aterrado, el sacerdote, con el libro en las manos, mirando al cielo suplicó: Perdónalo, Señor, porque no sabe lo que escribe.
Seguidamente excomulgó al escritor.

EL SEÑOR-QUE-LEÍA-EN-EL-JARDÍN
 (Jesús Enríquez Guédez)
25 de abril 193... Esta noche comenzaron las lluvias. Murió el-Señor-que-leía-en-el-jardín después de larga agonía. Mientras su mujer lloraba cubriéndose la cara con un paño me acerqué al féretro y hurgué en los bolsillos del cadáver. Le sustraje una navaja de hoja gastada, tres piedrecitas azules de no sé qué mineral, un sobre sucio sin carta y una llave de tija hueca de esas que usamos como silbato. Después fui a abrir el armario del salón de madera. No había nadie. Todos lloraban en el corredor. El timbre de la cerradura golpeaba en los espejos y yo apreté los dientes para apagar el ruido. ¡Allá estaba el libro!, cuidadosamente colocado sobre el único travesaño del armario. ¡Al fin lo tenía en mis manos! De pronto apareció la criada gritándome acusatoria «¡Niño!», pero no tuve miedo y la invité a que viéramos juntos el libro. La criada fijó los ojos en algo que me parecía una ilustración borrosa y se estremeció con un grito de pánico. La gente dejó de llorar, se hizo un silencio brusco que fue disolviéndose a medida que se acercaban al cadáver de Señor-que-leía-en-el-jardín.
Después de treinta años creo aclarar las cosas. En esta anotación del pasado no asocio ninguna referencia con mi vida ni con las personas que me rodean. Simplemente recuerdo imágenes de objetos que no han transfigurado su realidad. Estoy por creer que nuestro pensamiento y la memoria no han progresado, quizás lo único nuevo sería esta imaginación disciplinada, ¿y quién me dice que sea superior al juego loco del imaginar de mi infancia? Los demás se distraen y parecen a gusto con los cuentos de niños; pero ¿no será, me digo ahora, que se burlan porque en aquellas historias aparecemos como payasos sin orquesta en el circo lastimero de un pueblo rural? Entonces pienso que nos engañamos. Creemos perfeccionar un oficio encerrados en un cuarto de relojero cuando nos estamos haciendo más torpes y perezosos cada día. El tiempo no se ha consumido, se concentra como la edad del cartero del pueblo que sigue repartiendo cartas a mediodía y permanece tan viejo como cuando aprendí a decir su nombre.
Yo asistía a la escuela, resolvía cuentas de quebrados, aprendí que Bolívar era inmortal, pero jamás tuve la ocasión de abrir un libro con mis propias manos. Nuestros útiles escolares eran la pizarra negra y el cuaderno a rayas. Para mí era un camino obligado pasar frente a la casa del Señor-que-leía-en-el-jardín recostado a la verja. Nadie se atrevía a perturbarlo porque él no contestaba saludos. Recuerdo que me escondía detrás del solar y estudiaba minuciosamente los movimientos de sus manos, las reacciones de su cara, cuando descansaba en una pierna, cuando descansaba su costado sobre la reja, cuando cerraba el libro para mirar a un lugar indefinido. Sus manos largas con cicatrices en las muñecas manejaban el libro sin apresuramiento, seguras, livianas. Giraba la cabeza despacio, como abatida, pienso ahora, por una gran insatisfacción. A veces le caía un mechón sobre la frente; la cara suavemente dibujada, impávida en aquel rostro cambiante del asombro al odio, del odio al temor. No recuerdo haber visto un movimiento de alegría en todo su cuerpo. Cuando cerraba el libro hacía fuerza con sus manos durante largo rato manchando de sudor el forro de la tela. Noté cómo las flores del percal se habían borrado bajo la presión de sus dedos, y el lomo estaba sucio y deshilachado en los bordes. Su fina figura se liberaba de todo reposo, se erguía en cada hueso como si estuviera repudiando una antigua ofensa. Entonces el libro pasaba a ser una parte de él, igual a un diente, a un ojo o una uña. Cuando esto sucedía yo sentía aquel cuerpo en su integridad de manera tan intensa que me infundía pavor. En seguida el Señor-que-leía-en-el-jardín con dominio preciso como un mago comenzaba a dar vida al control de sus pies, de sus manos, de la cabeza, hasta que todo él volvía a ser el señor que se apoya en la verja del jardín para leer un libro. El miedo se disipaba en mí; abandonaba el escondite y continuaba mi camino. Un día sucedió algo que aún me produce asombro cada vez que veo el libro en mi biblioteca. Tuve la sensación, textura-peso, de haber palpado el libro con mis propios dedos, pero una ceguera tenaz velaba mis ojos impidiéndome ver lo que allí estaba escrito.
25 de abril 1960... Han pasado treinta años y ahora caigo en cuenta de que aquellos signos de la primera página del libro no eran sino leves manchas azules que se repiten en todas las hojas; provienen de la tinta del rayado que se desintegra con el tiempo al azar en las páginas blancas.