sábado, 16 de febrero de 2019

Leyendas y cuentos cortos venezolanos (44) Varios autores

Joven llanera en el archivo de Monofot.



CURRUCAI ENCENDIDO (Mercedes Franco)
En un lugar de Monagas existe la leyenda de amor trunco. Allá en el viejo fundo “El Merey”, de doña Juana Gallo, se hablaba del “currucai encendido”. Era un árbol alto y frondoso, que en ciertas ocasiones se encendía y luego se apagaba, sin consumir  sus ramas. Este asombroso fenómeno se debe, según los ancianos, a una triste historia de amor.
En tiempos de la colonia, una bella muchacha, llamada Leticia, tenía amores con un joven del lugar, cuya madre era una malvada hechicera. Al descubrir que el muchacho pensaba casarse, la bruja trató de impedirlo a toda costa. Dicen que Leticia enfermó de gravedad, sin causa aparente. La madre y hermanas de la joven, advirtiendo que estaba bajo algún hechizo, consultaron a un renombrado curandero. Este sanó a la muchacha, que pronto pudo casarse con su novio. Y se dice que la suegra cruel fue convertida en un currucai, por la poderosa magia del hechicero. Este currucai encantado se incendia misteriosamente de vez en cuando, cuando pasa junto a él alguna pareja de enamorados. Afirman los ancianos que ese fuego proviene de la ira que aún consume a la malvada bruja, condenada a vivir para siempre en aquel viejo y frondoso currucai.


EL MITO DE AMALIVACA (Arístides Rojas)
Debemos la tradición de los Tamanacos sobre la formación del mundo, después del diluvio, a un célebre misionero italiano, el padre Gilli, que vivió mucho tiempo en las regiones del Orinoco. Refiere este misionero que Amalivaca, el padre de los Tamanacos, es decir, el Creador del género humano, llegó en cierto día, sobre una canoa, en los momentos de la gran inundación que se llama la Edad de las Aguas cuando las olas del océano no chocaban en el interior de las tierras, contra las montañas de la Encaramada.
Cuando les preguntó el misionero a los Tamanacos cómo pudo sobrevivir  el género  humano después de semejante catástrofe, los indios le contestaron al instante que todos los Tamanacos se ahogaron, con la excepción de un  hombre y una mujer, que se refugiaron en la cima de la elevada montaña de Tamacú, cerca de las orillas del río Asiverú, llamado por los españoles Cuchivero. Que desde allí ambos comenzaron a arrojar por sobre sus cabezas y hacia atrás los frutos de la palma moriche, y que de las semillas de ésta salieron los hombres y mujeres que actualmente pueblan la tierra.
Amalivaca, viajando en su embarcación, grabó las figuras del sol y de la luna sobre la loca pintada (Tepureme) que se encuentra cerca de la encaramada.
En sus viajes al Orinoco, Humboldt vio una gran piedra que le mostraron los indios en las llanuras de Maita, la cual era –según indígenas- un instrumento de música: el tambor de Amalivaca. La leyenda no queda, empero, reducida a esto según refiere Gilli. Amalivaca tuvo un hermano, Vochi, quien le ayudó a dar a la superficie de la tierra su forma actual. Y cuentan los tamanacos que los dos hermanos, en su sistema de perfectibilidad quisieron -desde luego- arreglar el Orinoco de tal manera que pudiera siempre seguirse el curso de su corriente, al descender o remontar el río. Por este medio, esperaban ahorrar los hombres el uso del remo… idea que no llegaron a realizar… Amalivaca tenía además dos hijas de decidido gusto por los viajes; y la tradición refiere, en sentido figurado, que el padre les fracturó las piernas para imposibilitarlas en su deseo de viajar, y poder de esta manera poblar la tierra de los Tamanacos.
Después de haber arreglado bien las cosas en la región abnegada del  Orinoco, Amalivaca se reembarcó y regresó a la opuesta orilla, al mismo lugar de donde había salido. Los indios no habían visto, desde entonces, llegar a su tierra ningún hombre que les diera noticia de su regenerador sino a los misioneros. E imaginándose que la otra orilla era la Europa, uno de los caciques Tamanacos preguntó inocentemente al padre Gilli: “Si había visto por allá al gran Amalivaca, el padre de los Tamancos, que había cubierto las rocas de figuras simbólicas…”
No fue Amalivaca una creación mítica, sino un hombre histórico; el primer civilizador de Venezuela deja su nombre perpetuado en la  memoria de millares de generaciones.
Estas nociones de un gran cataclismo, dice Humboldt, estos dos entes libertados sobre la cima de una montaña, que llevan tras sí los frutos de la palma moriche, que llega por agua a una tierra lejana, que prescribe leyes a la naturaleza y obliga a los pueblos a renunciar a sus emigraciones; y estos rasgos diversos de un sistema de creencia tan antiguo, son muy dignos de fijar nuestra atención.
Cuanto se nos refiere en el día, de los Tamanacos y tribus que hablan lenguas análogas a la tamanaca, lo tienen, sin duda, de otros pueblos que ha habitado estas mismas regiones antes que ellos.
El nombre de Amalivaca es conocido en un espacio de más de cinco mil lenguas cuadradas, y vuelve a encontrarse como designando al Padre de los Hombres (Nuestro Grande Abuelo) hasta entre las naciones Caribes
Ningún pueblo de la tierra presenta a la imaginación del poeta leyenda tan bella: es la expresión sencilla y pintoresca de un pueblo inculto que se encontró poseedor del oasis americano, coronado de palmeras, de majestuosos ríos poblados de selvas seculares, de dilatada, inmensa pampa, imagen del Océano.


EL DR. RODRÍGUEZ (Eduardo Mariño)
I
La voz en el teléfono quería dar la impresión de apremio que siempre tienen las voces telefónicas, pero lo que translucía era un indecible hastío. Supuso que era la decimocuarta vez que intentaba comunicarse en vano, y por consiguiente, le cedió generosamente la oportunidad de intentarlo por decimoquinta vez.
—Lo siento, el doctor Rodríguez no está.
—Pero…
—Intente más tarde, no debe tardar.
Y la colgó, sin más. A fin de cuentas, era sólo otra voz en el teléfono, una más en una lista indefinida y nebulosa que flotaba más allá de la pequeña ventana en la que alguna vez se veía un apamate y ahora sólo la fachada enrejada y fría de un centro comercial.
II
El doctor Rodríguez subió en tramos lentos la escalera que en una ligera curva le llevaba hacia su despacho. Lunes —pensó el doctor Rodríguez. Y el lunes se hizo en su rostro y la sequedad de la palabra le apretó la garganta y le hizo expirar, con benevolencia, el recuerdo fugaz de un domingo menos particular que en su acendrada búsqueda de melancolía le había dado un reposo y el milagro tácito de un beso al despedirse.
—Te llamaré en la mañana, esta noche todo se solucionará.
—Estaré esperando, ojala así sea.
—Será…
Y el doctor Rodríguez abre la puerta de la engrisecida oficina y un pálpito como de olvido le camina la sangre.
III
¿Dónde estaba? Todo había sido tan rápido y tan impersonal como una escena de teatro o una película contada al salir del cine. Todos los sucesos, en vertiginosa y difusa secuencia se afinaban entre si y le dejaban la impresión de haber sido testigo más que actuante, en una representación de saltimbanquis y cabriolas del destino.
Se aferra una vez más al teléfono, como aferrarse a la vida que se supone después. El amor, como toda fe del espíritu, también tiene sus ritos y sus imprecisas oraciones.
IV
Si sus ojos no estuviesen sólo abiertos, tendría una magnífica vista de su esposa aferrada al hilo en el que supone también aferra su vida. Podría quizás detallar su ilusión que va deviniendo en angustia.
¿Pero quién sabe lo que pueden ver los ojos abiertos de los muertos?
Quizás, doctor Rodríguez, el puñal te obstruía parte de la escena.


EL TÁRTARO  (Marcos Agüero)
El cura del pueblo acaba de despedirse de Pedrito, el monaguillo, y le recordaba despertarlo a las 6:00 a.m. como era de costumbre para dar la misa. El Sr. Cura encendió una vela, se arrodillo, Oró y luego se acostó. Las horas pasaban bajo aquella tenue luz velatoria que lo hacía ver como un muerto. Un profundo silencio se dejó oír y ya no supo más de si…
El doblar de las campanas no se hizo esperar y sobre los hombros de los feligreses fue llevado hasta su última morada, un lugar pequeño, oscuro y frío, pero seguro y eterno.
Solo la tierra húmeda cubría el féretro del recién enterrado. Y fue allí, en semejante instante, cuando el santo difunto abrió sus ojos con incalculable espanto. Comenzó a empujar y golpear la madera que tenía ante su rostro. El esfuerzo era en vano debido a su avanzada edad y esta lo dejaba cada vez más débil. Sudoroso ya y con la respiración entrecortada, recordó que en uno de los bolsillos de su sotana, tenía un cuchillo, el cual sacó y con esfuerzo hercúleo y empezó a sacar los clavos de la urna escapando así del estómago de la muerte.
Ahí iba el pastor, arrastrándose por aquel infierno de desolación. Este era el pastor, el último pastor caído sin seguidores y sin nadie a quien seguir.
Mientras se arrastraba, surgió a su paso un viejo y apestoso burro lleno de gusanos y moscas verdes. Con una agria sonrisa montó el cuadrúpedo y sin rumbo alguno, el hombre y la bestia seguían la huella de la soledad la cual mostraba a su paso un paisaje agresivo de muerte.
Con la misma inclemencia que el sol quemaba su piel, así también el hambre quemaba su estómago. Ante tal adversidad, y con asco profundo, el hambriento pastor sacaba con sus esqueléticas y mohosas manos los gusanos que le salían a aquel viejo y enfermo animal. Tratando de socorrer semejante hachazo que la vida le signaba, se dispuso a orinar  en sus manos y beber tan preciado líquido.
Salido de quien sabe dónde, un nuevo animal aparece en escena, se trata esta vez de un zamuro que vuela a duras penas debido al hambre pegada en su estómago, mostrando la flacura en relieve de su implume cuerpo. Súbitamente, el zamuro percibe un olor nauseabundo que provenía detrás de una montaña. El ave alzó vuelo –como pudo- mientras el pastor con su sabiduría atormentada por lo que había comido y bebido siguió al carroñero. A medida que se acercaban al lugar, el olor se hacía insoportable, tanto así que quiso maldecirlo, pero su voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. Casi asfixiado, el pastor llegó a la cúspide de la montaña y vio un lugar aterradoramente amorfo. Hombre bestia y zamuro entraron en aquel fétido sitio. La turbia e inexpresable mirada del pastor, se aclaró en la oscuridad de aquello. De repente, se oyeron quejidos, llantos y alaridos. Para ese entonces el hedor ya era insoportable.
Luego la sensible mirada del pastor se vio atraída por algo que surgía entre penumbras. Era un ser asombroso, mitad hombre mitad caballo, así era su cara, con voz trémula el pastor pregunto: ¿Qué es todo esto; quién eres; por qué estás aquí? Levantando sus patas traseras el anfitrión respondió: Los lamentos que escuchas son los frutos del árbol de la ignorancia que se pudre en el lodo que cubre la raíz de la inteligencia de los dioses mundanos. Y el hedor que sientes son tus pensamientos y el lugar donde te encuentras es El Tártaro, lugar donde viven solo los que están muertos y el que aquí entra no sale jamás.
El aun aturdido pastor, clavó los ojos de angustia en tan fabulosa criatura diciendo: Por salir de aquí soy capaz de cualquier cosa, por muy imposible que parezca. ¡Yo, pastor de nadie, el último pastor recto!
Los ojos del misterioso ser huyeron de la insistente mirada del pastor, mientras le decía: ¿Ves este riachuelo, allí se encuentra un pez lleno de gusanos venenosos y el agua que ves, es la sangre venenosa de los dioses mundanos. Si logras comerlo y beberlo y quedar vivo, podrás salir de aquí y vivir para siempre.
Respondió el pastor: He esperado con angustiante tranquilidad el correr de los años acercándose lentamente a pasos agigantados hacia el final de este encuentro. Mientras tanto, el zamuro descansaba sobre una rama de espinas esperando  impaciente la muerte del pastor y poder así saciar su hambre. El pastor metió su mano en la sangre de los dioses mundanos, saco el pez lleno de gusanos y con la poca sabiduría que le quedaba meditó por un momento y le dio de comer primero al zamuro. Este lo devoró en un dos por tres y al instante murió. Seguidamente, el pastor tomo al zamuro muerto y se lo dio a comer al burro. Este lo masticaba lentamente y cuando se lo terminó de comer, el burro también murió. Viendo esto, un rotundo olfato de triunfo lo embargo. Desenvaino su viejo cuchillo y lo clavó en la yugular del recién muerto animal.
Un fuerte tibio chorro de sangre baño su rostro, procuró entonces beberla con desesperación. Totalmente lleno, se incorporó el pastor totalmente transformado y con el burro convertido ahora en un hermoso corcel blanco mientras de su cuerpo, salían dos enormes alas negras. El pastor montándose sobre el alado animal diciendo estas  palabras al guardián del Tártaro:
Todos somos como burros con gusanos, guiados por nuestra ignorancia hacia el tártaro. ¡Utilicen la espada de la sabiduría para que sean transformados! Dicho esto salió volando a la eternidad…
A las 6:00 de la mañana, Pedrito  llegó a la iglesia y acercándose el cura le dijo: ¡Levántese, señor cura, que ya va a ser la hora de dar la misa!


EL PELIGRO AMARILLO (Eloi Yagüe)
Las primeras dos noches del inspector Trómpiz en el nuevo apartamento, donde se había mudado con su esposa, fueron totalmente placenteras. Durmió como un tronco y eso era lo que había deseado desde hacía mucho tiempo. Habían escogido ese vecindario, alejado del centro de la ciudad, precisamente por su fama de tranquilo. Solo de vez en cuando sonaba la lejana alarma de un carro pero ya estaban demasiado acostumbrados a ese ruido. Lo mejor era dormirse con el anestésico sonido de los grillos. Que Trómpiz no escuchaba desde su infancia en el campo.
La tercera noche, sin embargo, el inspector despertó sobresaltado. Escuchaba un ruido pero no lograba identificarlo. Prestó atención. Era… no, no podía ser, parecían cantos de pájaros, un verdadero griterío canoro. Miró el reloj: eran las tres y veinte de la madrugada. Quiso despertar a su esposa, pero dormía profundamente. Entonces el ruido, que ya era lejano, se fue apagando hasta cesar. Trómpiz se dio media vuelta y se volvió a dormir. La cuarta noche volvió a despertarse con el ruido de los pájaros, muchos pájaros. Pero lo sentía tan lejano que por un momento pensó que estaban en el interior de su cabeza. Miró el reloj: 2:45 a.m. Su esposa dormía a plenitud. Trómpiz se aquietó, trató de respirar conscientemente para recuperar la calma, pero el ruido parecía arreciar. “¿Será una alucinación auditiva?”, pensó. Nervioso, salió al balcón a fumar un cigarrillo. La noche estaba tranquila. Pocos carros pasaban por la calle. Nadie caminaba por la acera. Era un barrio definitivamente tranquilo y los cantos habían cesado tan misteriosamente como habían empezado a sonar.
La quinta noche Trómpiz despertó de madrugada con dos certezas: estaba oyendo claramente a los pájaros y le parecía que los cantos venían desde el interior del edificio, de apenas seis pisos, donde estaba su apartamento. Decidió aclarar el misterio de una vez por todas, cogió su arma debajo de la almohada, se levantó sigilosamente sin despertar a su mujer, se calzó unas zapatillas de goma y extrajo del closet una linterna. Sin hacer ruido, salió del apartamento al pasillo iluminado y comenzó a bajar las escaleras (no había ascensor, era un edificio viejo). Se guiaba más que nada por su instinto y por la dirección de la que parecía venir el ruido: abajo, siempre más abajo.
Finalmente, llegó hasta la planta baja. Allí, una pequeña puerta de madera daba al hueco de la escalera, que a la vez era el cuarto del servicio. Trómpiz entró y encendió la luz. Una cucaracha huyó corriendo por la pared. Allí estaba el final del ducto metálico por donde caía la basura del pipote. Había unos enseres de limpieza, cajas de cartón, un montón de periódicos viejos y sobre ellos botellas vacías. Pero el ruido le parecía cada vez más claro y nítido. Dirigió la luz al interior: solo basura maloliente. Torció el cuerpo para mirar hacia arriba por el interior del bajante: hasta donde alcanzaba la luz, nada. Entonces miro la base del pipote. Debajo de este se veía un ángulo metálico. Trómpiz movió el pipote. Había una trampilla cuadrada. Y el ruido seguía.
La trampilla no tenía asa sino un hueco. El inspector metió el dedo índice y la levantó. Iluminó con la linterna y vio un túnel que descendía hacia la oscuridad. Una escalera de tubos metálicos empotrados en la pared le permitía bajar. El ruido cesó de pronto, pero ya Trómpiz estaba decidió a investigar. Amartilló la pistola, y sujetando la linterna con la boca, empezó a descender. El hueco era profundo. ¿Diez metros, veinte tal vez? No estaba seguro, pues hizo el trayecto en casi completa oscuridad, ya que no podía descender sujetando en una mano los tubos, en la otra la pistola y, además, mirando hacia abajo. Finalmente tocó piso, intuía un recinto grande: una habitación o nave. Barrió con la luz de la linterna. La claridad apenas bastaba para distinguir los contornos de los muebles. Parecía haber un gran desorden. Trómpiz avanzó uno, dos, tres pasos. Tropezó con algo tendido en el suelo. Alumbró. Era un cuerpo humano, mondo en el hueso. Vio la sonrisa de la calavera antes de voltear a buscar, desesperado el interruptor de la luz. Milagrosamente lo encontró. Cuando la bombilla se encendió, aún tuvo tiempo de ver lo que se le venía encima: una mortífera nube de plumas amarillas.
La trampilla se cerró con un golpe seco. Los tiros no se oyeron afuera, los gritos se apagaron lentamente y la tranquilidad volvió a la noche vecinal.

viernes, 15 de febrero de 2019

Leyendas y cuentos cortos venezolanos (42) Varios autores



Infante al pie del arpa llanera, San Carlos de Cojedes. Archivo de Odalis Hernández



LA CEIBA DE CARVAJAL (Mercedes Franco)
Durante el siglo dieciséis hubo en Venezuela conquistadores muy crueles y sanguinarios. Uno de ellos fue Juan de Carvajal, fundador de El Tocuyo, en el estado Lara. A quienes se oponían a sus dictámenes los hacía ahorcar en una frondosa ceiba, al norte del pueblo. Y la gente comentaba que aquel árbol albergaba un espíritu diabólico, pues parecía hacerse cada vez más frondoso, cuando colgaban a alguien de sus ramas.
La noticia de sus muchos crímenes hizo que las autoridades españolas le abrieran juicio de residencia a Carvajal. Resultó culpable y fue ahorcado en la misma ceiba, que aquel día embelleció todavía más. Dicen que en algún lugar al norte del Tocuyo se halla aún esta ceiba infernal, que alberga al espíritu de Carvajal.

CERETÓN (Mercedes Franco)
Duende enamoradizo, habitante de la Sierra de Falcón. Es llamado también “Cachuchón” por llevar un amplio sombrero. Su morada son los “aitones” de La Sierra, enormes agujeros que normalmente habitan los coy-coy o guácharos.
Los ceretones son una herencia que dejaran, en Falcón,  los Welser, temibles conquistadores alemanes que despoblaron la región durante el siglo dieciséis. Al igual que muchos duendes teutónicos, son enamoradizos y declaran su pasión a las jovencitas. En ocasiones las secuestran y se las llevan a la montaña.
Muchos brujos falconianos dicen conocer el secreto para “ceretonizar” a las personas, volviéndolas invisibles: matar un gallo negro, enterrarlo bajo luna llena y al tercer día, desenterrarlo, sacar el hueso del muslo, limpiarlo y llevarlo en la boca, atravesado. De esta forma, el hombre rechazado por una joven podrá “ceretonizarse”, es decir, hacerse invisible para poder acercarse a su amada sin ser visto por ella ni por sus familiares.

COCO TIERNO (Mercedes Franco)
El coco tierno puede embarazar a las mujeres. De ello dan fe muchas habitantes de Santa Fe, hermosa población situada entre Puerto La Cruz y Cumaná. Parece que el mucho comer la sabrosa pulpa de esta fruta cuando aún está formándose, libera una especie de lujurioso trasgo, el blanco espíritu del coco. Misteriosa y sigilosamente entre en el cuerpo de las golosas muchachas pueblerinas y deja su extraña simiente en sus jóvenes vientres, que en poco tiempo comienzan a abultarse desproporcionadamente.
Estos embarazos sobrenaturales se producen generalmente en los “cocales”, lugares donde se extrae y procesa la copra, o pulpa de la nuez de coco. Y los hijos del coco tierno se parecen a todo el mundo y a nadie, son hijos del cocal y tienen nombres de calle y pueblo, de río y de palma.

CRUZAR (Mercedes Franco)
Los "brujos" o "curiosos" "cruzan"` a las personas con amuletos, collares, escapularios, ritos y oraciones, para que nada los pueda dañar. Se entiende por "cruzar" preparar al solicitante para que ninguna mala influencia lo pueda dañar, ni las "malas vibraciones" puedan tocar esa especie de escudo protector del cual se le provee. Pero dicen que hay brujos tan poderosos que "cruzan" a la persona hasta impedir que ningún daño físico pueda ocurrirle.

MICRO 8 CASORIO 2 (Cósimo Mandrillo)
Cásate conmigo propuso ella, quiero ser feliz.
Si nos casamos, respondió él, dejaré de sentirme libre, me cambiará el humor, me sentiré como un lobo prisionero y te haré sufrir.
Pero mis amigas no tienen por qué enterarse, concluyó ella.


LA DOCTORA BRUMA O LA ESBIRRO QUE LLEGÓ (Pedro José Pisanu)

Había sido una colaboracionista del régimen anterior. Loas y palabras bonitas con el tirano. Tan pronto cayó el sátrapa, ella supo correr a la acera del frente y ante la falta de dirigentes ella misma se nombró dirigente y facilitadora para la nueva jefa. Con nuevos halagos y postres supo ganársela. Nada, la jefa la nombró prefecta de policía. El cargo se le subió más rápido que un shot de licor dulce a la cabeza. Ella sin ser doctora ni poseer título alguno se hizo llamar doctora como su antecesor, el doctor Sombra, terrible perseguidor y esbirro de la tiranía anterior. Ella comenzó a maltratar, ofender y humillar, después vendrían sus persecuciones contra todo lo que en su juicio fuera mejor que ella. Larga e interminable lista. El destino, la vida o como quieran llamarlo le dio tres avisos, con las sucesivas muertes del padre, el marido y la desaparición de su deportivo Jaguar y la reaparición de este vuelto chatarra. Ahora aquellas ronchas que ella creyó una “culebrilla” se le infectaban y dolían, surgiendo una nueva cada vez que tenía un nuevo perseguido. Los designios le avisaban de nuevo, con su carnal en etapa terminal, clamando a Dios por una muerte rápida, solo que él no escucha a los impíos. Dio órdenes y nadie le hizo caso, gritó, ofendió y ninguno respondió; creyó que era una pesadilla, pero no despertaba, el sueño se hacía eterno, o tal vez todo era real. Se vio frente a los cristales. Las bubas purulentas comenzaban a estallarle en todo el cuerpo, sufriendo su propia fetidez. Gritó a todos diciendo que se colgaría de la viga más alta del edificio. El coro respondió casi unánime: ¡Que lo haga!. Siguieron su camino. “Lo haré” -dijo ella-. “Siempre cumplo lo que prometo”. Se colgó y solo fue otra bruma que el tiempo se llevaría hasta el infierno. ¿Infierno? ¿Cuál? Si su vida era un infierno.

 

EL ASTRONAUTA DISTRAÍDO  (Gabriel Jiménez Emán)
Esta no es una historia de ciencia - ficción. Es sencillamente la historia de un astronauta que después de haber viajado por el espacio en un cohete - entiéndaseme: por un espacio real - en un cohete real - llega a la luna. Desciende de la cápsula y,  como otros tantos astronautas, da algunos pasos en la superficie lunar.
Pero sucede que el astronauta está pisando la luna por primera vez, y aunque estos pasos fueron ensayados con anterioridad en terrenos muy semejantes a la luna y la llegada al satélite de la tierra no representa para esa fecha ningún acontecimiento especial, el astronauta, sin embargo, experimenta una extraña decepción; le parece demasiado evidente estar pisando aquello para lo cual a estado preparándose estado preparándose toda su vida;  el sueño irrealizable esta bajo sus pies, y si él no ha logrado la hazaña mucho antes que otros astronautas es precisamente debido a que es muy distraído; siempre está olvidando algo, los momentos para los cuales se requería más concentración están llenos de dispersiones y vacíos, la mente no está puesta en nada particular, está vagando por ahí, sola, obedeciendo al viento, al errar de una nube viajera.
Por eso, antes de comenzar a poner en práctica los planes del viaje, sus amigos le llamaban bromeando “el lunático”, sin sospechar siquiera las intenciones de su aguda - aunque inconstante - inteligencia. Por años se había entregado secretamente a la construcción de un cohete, y el día que finalizo la construcción, los demás se negaron a creerlo. Pues bien, el astronauta esta ahora sobre la superficie de la luna, mirando un paisaje estelar que nunca había presenciado, y esto lo hace olvidarse del goce de la hazaña que recién ha cumplido, pues se halla sumido en la contemplación de nuevos astros, y está tan distraído que sin darse cuenta ha comenzado a despojarse de su traje; los zapatos y el casco son los primeros en comenzar a abolir las leyes de la gravitación y luego el empieza a ascender lentamente en el espacio. Siente tanto placer en su ascenso que apenas se da cuenta que ya su cuerpo no puede obedecerle, va dando vuelta y más vueltas, y antes de confundirse en la infinita noche de los astros divisa a su planeta, la tierra, y también el cohete que desde allá abajo, desde la luna, lo invita a un último recorrido.

 

A NINGUNA PARTE (Juan Emilio Rodríguez)
Aquel hombre fastidió tanto para que lo sacaran de entre los humanos, que los dioses finalmente, lo levantaron a ventarrón infinito de los espacios celestes. Justo donde soñamos las estrellas.
La distante y ansiada libertad, hizo brotar un canto jubiloso en su en su garganta. Canto que conocieron los cometas y las veredas perdidas.
Adiós temores, órdenes, vecinos, colas, inflación, celebró mientras probaba su capacidad de vuelo sobre las cimas solitarias de la tierra.
Desde ya podré vivir con segura independencia. No habrá horizonte que yo no alcance.
Los dioses gratamente sorprendidos ante aquellas alabanzas, decidieron de inmediato estudiar otras peticiones de liberación.
No obstante, el recién llegado paralizó el asunto al despertar un día con un urgente deseo de hacerse un plato de caraotas refritas, salidas de la cocina de la que fuera su mujer, una negra llamada Trina Josefa.
Picoteó una nube, jugueteó con un águila; sorbió ávido el aire marino de las olas, al mismo tiempo que volaba chispeado por ellas hacia la quietud de una playa tropical. Pero no pudo desterrar de su paladar el sabor de aquellas caraotas.
Dos amaneceres más tarde, observando desde su refugio de conchas de cielo el aguacero que nublaba la tierra. El alado recordó el calorcito placentero que le transmitía el cuerpo de Trina Josefa en la cama, cuando ambos se abrazaban en las noches de lluvia. ¡Alarma! Al cerrar los ojos y creerse en el lecho matrimonial, casi se va bruces.
Los dioses como bandas de palomas perturbadas, murmuraron entre ellos y miraron con enojo al inadaptado, quien de ahí en adelante se sumió en una pesadilla.
La gritería de sus hijos dentro de la casa, que otrora le atormentara.  El crujir de la corteza del pan tostado entre sus muelas. El primer trago de cerveza en la barra de La Fonda del Garaje, mezclado con la reseca saliva, en la tarde calurosa…
Y hasta las risotadas de los empleados de aquella empresa donde él antes trabajara, acrecentaron sus deseos de retornar convirtiendo en agonía la pesadilla inicial.
Para distraerse probó ir de paseo a diversos lugares de la tierra, vedados antiguamente por razones obvias. Fue peor: desde arriba el mundo sólo le recordó lo que ya no tenía.
Canciones. Mujeres. Licores. Y La Fonda del Garaje. Chicharrones. Quesos… ¿Quesos? El queso rayado vistiendo de etiqueta las caraotas refritas.
Ya de regreso al refugio, y aún cuando las alas le pasaban igual que dos portones de hierro. No pudo pasar por alto el rojo jugoso de una patilla, expuesta impúdicamente en el interior de un mercado libre.
Bajó con suavidad mientras iba imaginando su lengua golosa entre la incitante pulpa. Pero el vendedor de dos certeros naranjazos lo hizo emprender vuelo cuando estaban a centímetros de la fruta.
Los dioses histéricos, lo llevaron a juicio.
No obstante, el abogado defensor consiguió alzarlo del banquillo.
-Teniendo en cuenta que mi defendido tuvo, además de cervezas y pan, el especial deseo de presenciar el juego de sus hijos… Y ganas de estar en el tálamo con la que fuera su consorte; yo pido que sea devuelto a la tierra en el acto. Porque sucede- prosiguió el defensor retomando la voz por encima de las exasperadas protestas-que son ustedes, compañeros, los que deberían de ser enjuiciados. ¿Cómo se le ocurre convertir en viajero de los cielos a un ser cuya memoria terrenal está intacta? Figúrense, que hasta recuerda el nombre de su esposa.
Los dioses chiflaron y patalearon, más no encontraron dar una razón de peso que justificara aquel desatino.
Y entonces, acatando la sentencia que le dictara el juez supremo, regresaron al infeliz después de poner su mente en nada.
Ese día desde lo alto, cayó a la tierra un águila muerta. Y enseguida, de las entrañas de un vientre materno nació una criatura ansiosa de lactar.

 


BASHEVIS SINGER (Julio Romero Parra)
En el centro de la ciudad de Acarigua, donde nací, frente a la plaza, en los tiempos cuando fui un adolescente que estudiaba tercer año de bachillerato, existió una librería que se identificó con el nombre de Monoy. La librería Monoy, sobre todo, expendía los mal llamados libros de texto, una redundancia inventada por el marketing para clasificar a los vademecum que utilizan en las instituciones educativas. Además de los libros de texto sobrevivían entre aquellas vitrinas algunas novelas que aún recuerdo, La montaña mágica, de Thomas Mann, Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos, Lazarillo de Tormes, anónimo. Y otras más. Pero la que más llamaba mi atención era una titulada Enemigos, una historia de amor, cuyo autor era un polaco llamado Isaac Bashevis Singer. No sé cuál misterioso influjo ejerció la presencia de ese libro sobre mi personalidad de chico, pero cada vez que cruzaba frente a la librería Monoy me detenía un momento en la vidriera para contemplar su portada. Quizás estaba más para chocolates que para novelas, pero quería leerla. Su precio resultaba exorbitante para mis posibilidades económicas de ese entonces. Decidí ahorrar para tal propósito y en menos de mes y medio entré a la librería y la compré. Me gustó. La leí en pocos días, y quizás pude olvidar su trama como me ha ocurrido con tantas historias que he leído durante el resto de mi vida. Pero no fue así. El recuerdo de Enemigos…me ha perseguido para siempre. Aquellas páginas me tomaron como testigo de todo lo que estaba sucediendo a su personaje principal, Herman Broder, un judío que vivía en Brooklyn y que se encontraba atrapado en un cuadrilátero amoroso. El primer capítulo lo mostraba ardiendo en su pesadilla, en un tormento que lo remitía a su último minuto en un campo de concentración en Tzivke. La muerte lo estuvo esperando en una cámara de gas y su cuerpo estuvo a punto de ser trasladado a los hornos crematorios para ser transformado en ceniza gris que el viento esparciría entre los cielos de Polonia. Pero Herman despertó y ya no se encontraba en Tzivke, ni siquiera en un henil de Lipsk, sino entre un hormiguero de personas que se movían entre Central Park y Battery Park. El dilema de amor de un hombre y su relación con tres mujeres es largo de contar. Imagino que a finales de los años cuarenta, Bashevis Singer debió entrar a un restaurante de Miami, lugar hacia el cual emigró huyendo de la guerra, y ordenó un estofado acompañado de papas fritas, pero el mesonero debió tardar tanto para regresar con el pedido que el escritor comenzó a comparar las reses, los cerdos y los pollos con los cargamentos de judíos que llevaban en tren hacia los campos de exterminio. Cuando regresó el mesonero con la comida ya era tarde. Bashevis Singer había sufrido una transformación ideológica en su apetito.
-Gracias, pero ya no tengo hambre-diría en yiddish al extrañado mesero, pagaría el servicio, se disculparía nuevamente y saldría a la calle en busca de un lugar donde sólo expendieran hortalizas.
El recuerdo de Enemigos, una historia de amor me perseguirá hasta la muerte. Se sabe que Isaac Bashevis Singer huyó de Polonia y se fue a vivir a los Estados Unidos donde se dedicó por entero a la literatura. Quizás la aniquilación de millones de judíos por orden del Führer, el recuerdo de aquellos vagones atiborrados de personas que viajaban como animales hacia los mataderos nazis, la imagen de las cámaras de gas y el olor a chamusquina que brotaba de los crematorios de Treblinka lo hicieron detestar la carne durante los últimos treinta y cinco años de su vida. En cierta ocasión, alguien le preguntó si se había convertido en vegetariano por razones de salud, a lo cual contestó el gran escritor: “No precisamente por mi salud, sino por la salud de los pollos.”

MEDIODÍA (Eduardo Mariño)
Quedan pocos días para otro abril. Las primeras sensaciones de inestabilidad empiezan a manifestarse en mis pies y en mis anteojos. Desde el amanecer he permanecido pegado a la ventana del muro Este, siguiendo engañosamente el indiferente movimiento del sol, que ni un mínimo instante ha perdido el rojizo semblante de la aurora.
Hay unas pocas velas encendidas y mi cena sigue intacta junto a la puerta, donde la dejó el carcelero en la tarde de ayer. La proximidad de abril me enferma y los barrotes de mi celda se vuelven más fríos, como evitando mi acercamiento a las ventanas. El bosque se presiente cercano, las primeras lluvias lo han extendido casi hasta el borde de la colina y casi puedo sentir la humedad de su follaje y los trinos de sus indescriptibles pájaros con plumas de sueño.
Ya casi es mediodía. Cuando las sombras se escondan, me iré bajo la cama y trataré de imaginar que es medianoche, olisqueando las pocas cenizas de rosas que atesoro desde tu última visita. Ya casi es mediodía. Como todo cautivo, el tedio me embarga sin límites definibles.
Es hora de dormir.

 

 

LA BIBLIOTECA. COSAS DE MUJER (Duglas Moreno)
Sabía que la biblioteca era extraña. La fijaron en un callejón perdido y frío. Había que dejar los entrepasos de la ciudad  y meterse en  las sombras de unos  árboles, tocar  la aldaba y dejar que la puerta mostrara un jardín, lozas rojas, pájaros cantores y cuadros con rostros patriales. La muchacha dijo: pase. Después del qué desea, me subió a un segundo piso, caminamos por varios pasillos. No vi a nadie. Al final de un cuarto, la joven dijo: Por aquí. Mientras caminábamos sentía su mirada  tratando de mostrarse cómplice. Yo buscaba un texto que me refiriera las estampas y sombrería de Tenoctitlán. De pronto sentí que me había llevado a su cuarto. Estaba pensando mal, lo sé. La muchacha se detuvo y me habló callado. No pudo terminar la conversación. Una mujer, como dueña del lugar, la reprendió. Dijo que eso no podía pasar otra vez. Vi cuando la sometieron a vil castigo. Tuve que decirle a la mujer: busco solo información acerca de los sombreros de esta ciudad. La mujer abrió  una pequeña puerta y me dejó pasar. El lugar era sencillo. Había una figura de dragón en el centro vacío  de una ventana que  daba a otras lejanías. En una mesita estaba proyectada toda mi errancia por la biblioteca y allí también  pude ver, en  un espejeante muro de arena, los ojos nostálgicos de la muchacha castigada. Creo que  su rostro infantil estaba delineado torpemente en aquellos trazos de madera.  Disculpe señor. Estas muchachas no aprenden. Siéntese. Quítese la camisa. ¿Qué biblioteca es esta? Dije sin hablar. La mujer sonrió, tomó la llave, cerró la puerta y por la ventanilla de los horizontes lejanos me gritó: perdónela, ella apenas es una niña y ya quiere hacer cosas de mujeres. Ya lo atenderán. 

jueves, 14 de febrero de 2019

Leyendas y cuentos cortos venezolanos (43) Varios autores


Imagen tomada de Miguel Alfonso Uzcátegui Abreu  en el archivo de Anita Mendoza



LA CEIBA DE CARVAJAL (Mercedes Franco)
Durante el siglo dieciséis hubo en Venezuela conquistadores muy crueles y sanguinarios. Uno de ellos fue Juan de Carvajal, fundador de El Tocuyo, en el estado Lara. A quienes se oponían a sus dictámenes los hacía ahorcar en una frondosa ceiba, al norte del pueblo. Y la gente comentaba que aquel árbol albergaba un espíritu diabólico, pues parecía hacerse cada vez más frondoso, cuando colgaban a alguien de sus ramas.
La noticia de sus muchos crímenes hizo que las autoridades españolas le abrieran juicio de residencia a Carvajal. Resultó culpable y fue ahorcado en la misma ceiba, que aquel día embelleció todavía más. Dicen que en algún lugar al norte del Tocuyo se halla aún esta ceiba infernal, que alberga al espíritu de Carvajal.

CERETÓN (Mercedes Franco)
Duende enamoradizo, habitante de la Sierra de Falcón. Es llamado también “Cachuchón” por llevar un amplio sombrero. Su morada son los “aitones” de La Sierra, enormes agujeros que normalmente habitan los coy-coy o guácharos.
Los ceretones son una herencia que dejaran, en Falcón,  los Welser, temibles conquistadores alemanes que despoblaron la región durante el siglo dieciséis. Al igual que muchos duendes teutónicos, son enamoradizos y declaran su pasión a las jovencitas. En ocasiones las secuestran y se las llevan a la montaña.
Muchos brujos falconianos dicen conocer el secreto para “ceretonizar” a las personas, volviéndolas invisibles: matar un gallo negro, enterrarlo bajo luna llena y al tercer día, desenterrarlo, sacar el hueso del muslo, limpiarlo y llevarlo en la boca, atravesado. De esta forma, el hombre rechazado por una joven podrá “ceretonizarse”, es decir, hacerse invisible para poder acercarse a su amada sin ser visto por ella ni por sus familiares.

COCO TIERNO (Mercedes Franco)
El coco tierno puede embarazar a las mujeres. De ello dan fe muchas habitantes de Santa Fe, hermosa población situada entre Puerto La Cruz y Cumaná. Parece que el mucho comer la sabrosa pulpa de esta fruta cuando aún está formándose, libera una especie de lujurioso trasgo, el blanco espíritu del coco. Misteriosa y sigilosamente entre en el cuerpo de las golosas muchachas pueblerinas y deja su extraña simiente en sus jóvenes vientres, que en poco tiempo comienzan a abultarse desproporcionadamente.
Estos embarazos sobrenaturales se producen generalmente en los “cocales”, lugares donde se extrae y procesa la copra, o pulpa de la nuez de coco. Y los hijos del coco tierno se parecen a todo el mundo y a nadie, son hijos del cocal y tienen nombres de calle y pueblo, de río y de palma.

CRUZAR (Mercedes Franco)
Los ´”brujos”` o “curiosos”` “cruzan”` a las personas con amuletos, collares, escapularios, ritos y oraciones, para que nada los pueda dañar. Se entiende por ´´cruzar`` preparar al solicitante para que ninguna mala influencia lo pueda dañar, ni las ´´malas vibraciones`` puedan tocar esa especie de escudo protector del cual se le provee. Pero dicen que hay brujos tan poderosos que ´´cruzan`` a la persona hasta impedir que ningún daño físico pueda ocurrirle.

MICRO 8 CASORIO 2 (Cósimo Mandrillo)
Cásate conmigo propuso ella, quiero ser feliz.
Si nos casamos, respondió él, dejaré de sentirme libre, me cambiará el humor, me sentiré como un lobo prisionero y te haré sufrir.
Pero mis amigas no tienen por qué enterarse, concluyó ella.

LA DOCTORA BRUMA O LA ESBIRRO QUE LLEGÓ (Pedro José Pisanu)

Había sido una colaboracionista del régimen anterior. Loas y palabras bonitas con el tirano. Tan pronto cayó el sátrapa, ella supo correr a la acera del frente y ante la falta de dirigentes ella misma se nombró dirigente y facilitadora para la nueva jefa. Con nuevos halagos y postres supo ganársela. Nada, la jefa la nombró prefecta de policía. El cargo se le subió más rápido que un shot de licor dulce a la cabeza. Ella sin ser doctora ni poseer título alguno se hizo llamar doctora como su antecesor, el doctor Sombra, terrible perseguidor y esbirro de la tiranía anterior. Ella comenzó a maltratar, ofender y humillar, después vendrían sus persecuciones contra todo lo que en su juicio fuera mejor que ella. Larga e interminable lista. El destino, la vida o como quieran llamarlo le dio tres avisos, con las sucesivas muertes del padre, el marido y la desaparición de su deportivo Jaguar y la reaparición de este vuelto chatarra. Ahora aquellas ronchas que ella creyó una “culebrilla” se le infectaban y dolían, surgiendo una nueva cada vez que tenía un nuevo perseguido. Los designios le avisaban de nuevo, con su carnal en etapa terminal, clamando a Dios por una muerte rápida, solo que él no escucha a los impíos. Dio órdenes y nadie le hizo caso, gritó, ofendió y ninguno respondió; creyó que era una pesadilla, pero no despertaba, el sueño se hacía eterno, o tal vez todo era real. Se vio frente a los cristales. Las bubas purulentas comenzaban a estallarle en todo el cuerpo, sufriendo su propia fetidez. Gritó a todos diciendo que se colgaría de la viga más alta del edificio. El coro respondió casi unánime: ¡Que lo haga!. Siguieron su camino. “Lo haré” -dijo ella-. “Siempre cumplo lo que prometo”. Se colgó y solo fue otra bruma que el tiempo se llevaría hasta el infierno. ¿Infierno? ¿Cuál? Si su vida era un infierno.

 

EL ASTRONAUTA DISTRAÍDO  (Gabriel Jiménez Emán)
Esta no es una historia de ciencia - ficción. Es sencillamente la historia de un astronauta que después de haber viajado por el espacio en un cohete - entiéndaseme: por un espacio real - en un cohete real - llega a la luna. Desciende de la cápsula y,  como otros tantos astronautas, da algunos pasos en la superficie lunar.
Pero sucede que el astronauta está pisando la luna por primera vez, y aunque estos pasos fueron ensayados con anterioridad en terrenos muy semejantes a la luna y la llegada al satélite de la tierra no representa para esa fecha ningún acontecimiento especial, el astronauta, sin embargo, experimenta una extraña decepción; le parece demasiado evidente estar pisando aquello para lo cual a estado preparándose estado preparándose toda su vida;  el sueño irrealizable esta bajo sus pies, y si él no ha logrado la hazaña mucho antes que otros astronautas es precisamente debido a que es muy distraído; siempre está olvidando algo, los momentos para los cuales se requería más concentración están llenos de dispersiones y vacíos, la mente no está puesta en nada particular, está vagando por ahí, sola, obedeciendo al viento, al errar de una nube viajera.
Por eso, antes de comenzar a poner en práctica los planes del viaje, sus amigos le llamaban bromeando “el lunático”, sin sospechar siquiera las intenciones de su aguda - aunque inconstante - inteligencia. Por años se había entregado secretamente a la construcción de un cohete, y el día que finalizo la construcción, los demás se negaron a creerlo. Pues bien, el astronauta esta ahora sobre la superficie de la luna, mirando un paisaje estelar que nunca había presenciado, y esto lo hace olvidarse del goce de la hazaña que recién ha cumplido, pues se halla sumido en la contemplación de nuevos astros, y está tan distraído que sin darse cuenta ha comenzado a despojarse de su traje; los zapatos y el casco son los primeros en comenzar a abolir las leyes de la gravitación y luego el empieza a ascender lentamente en el espacio. Siente tanto placer en su ascenso que apenas se da cuenta que ya su cuerpo no puede obedecerle, va dando vuelta y más vueltas, y antes de confundirse en la infinita noche de los astros divisa a su planeta, la tierra, y también el cohete que desde allá abajo, desde la luna, lo invita a un último recorrido.

 

A NINGUNA PARTE (Juan Emilio Rodríguez)
Aquel hombre fastidió tanto para que lo sacaran de entre los humanos, que los dioses finalmente, lo levantaron a ventarrón infinito de los espacios celestes. Justo donde soñamos las estrellas.
La distante y ansiada libertad, hizo brotar un canto jubiloso en su en su garganta. Canto que conocieron los cometas y las veredas perdidas.
Adiós temores, órdenes, vecinos, colas, inflación, celebró mientras probaba su capacidad de vuelo sobre las cimas solitarias de la tierra.
Desde ya podré vivir con segura independencia. No habrá horizonte que yo no alcance.
Los dioses gratamente sorprendidos ante aquellas alabanzas, decidieron de inmediato estudiar otras peticiones de liberación.
No obstante, el recién llegado paralizó el asunto al despertar un día con un urgente deseo de hacerse un plato de caraotas refritas, salidas de la cocina de la que fuera su mujer, una negra llamada Trina Josefa.
Picoteó una nube, jugueteó con un águila; sorbió ávido el aire marino de las olas, al mismo tiempo que volaba chispeado por ellas hacia la quietud de una playa tropical. Pero no pudo desterrar de su paladar el sabor de aquellas caraotas.
Dos amaneceres más tarde, observando desde su refugio de conchas de cielo el aguacero que nublaba la tierra. El alado recordó el calorcito placentero que le transmitía el cuerpo de Trina Josefa en la cama, cuando ambos se abrazaban en las noches de lluvia. ¡Alarma! Al cerrar los ojos y creerse en el lecho matrimonial, casi se va bruces.
Los dioses como bandas de palomas perturbadas, murmuraron entre ellos y miraron con enojo al inadaptado, quien de ahí en adelante se sumió en una pesadilla.
La gritería de sus hijos dentro de la casa, que otrora le atormentara.  El crujir de la corteza del pan tostado entre sus muelas. El primer trago de cerveza en la barra de La Fonda del Garaje, mezclado con la reseca saliva, en la tarde calurosa…
Y hasta las risotadas de los empleados de aquella empresa donde él antes trabajara, acrecentaron sus deseos de retornar convirtiendo en agonía la pesadilla inicial.
Para distraerse probó ir de paseo a diversos lugares de la tierra, vedados antiguamente por razones obvias. Fue peor: desde arriba el mundo sólo le recordó lo que ya no tenía.
Canciones. Mujeres. Licores. Y La Fonda del Garaje. Chicharrones. Quesos… ¿Quesos? El queso rayado vistiendo de etiqueta las caraotas refritas.
Ya de regreso al refugio, y aún cuando las alas le pasaban igual que dos portones de hierro. No pudo pasar por alto el rojo jugoso de una patilla, expuesta impúdicamente en el interior de un mercado libre.
Bajó con suavidad mientras iba imaginando su lengua golosa entre la incitante pulpa. Pero el vendedor de dos certeros naranjazos lo hizo emprender vuelo cuando estaban a centímetros de la fruta.
Los dioses histéricos, lo llevaron a juicio.
No obstante, el abogado defensor consiguió alzarlo del banquillo.
-Teniendo en cuenta que mi defendido tuvo, además de cervezas y pan, el especial deseo de presenciar el juego de sus hijos… Y ganas de estar en el tálamo con la que fuera su consorte; yo pido que sea devuelto a la tierra en el acto. Porque sucede- prosiguió el defensor retomando la voz por encima de las exasperadas protestas-que son ustedes, compañeros, los que deberían de ser enjuiciados. ¿Cómo se le ocurre convertir en viajero de los cielos a un ser cuya memoria terrenal está intacta? Figúrense, que hasta recuerda el nombre de su esposa.
Los dioses chiflaron y patalearon, más no encontraron dar una razón de peso que justificara aquel desatino.
Y entonces, acatando la sentencia que le dictara el juez supremo, regresaron al infeliz después de poner su mente en nada.
Ese día desde lo alto, cayó a la tierra un águila muerta. Y enseguida, de las entrañas de un vientre materno nació una criatura ansiosa de lactar.

 

BASHEVIS SINGER (Julio Romero Parra)
En el centro de la ciudad de Acarigua, donde nací, frente a la plaza, en los tiempos cuando fui un adolescente que estudiaba tercer año de bachillerato, existió una librería que se identificó con el nombre de Monoy. La librería Monoy, sobre todo, expendía los mal llamados libros de texto, una redundancia inventada por el marketing para clasificar a los vademecum que utilizan en las instituciones educativas. Además de los libros de texto sobrevivían entre aquellas vitrinas algunas novelas que aún recuerdo, La montaña mágica, de Thomas Mann, Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos, Lazarillo de Tormes, anónimo. Y otras más. Pero la que más llamaba mi atención era una titulada Enemigos, una historia de amor, cuyo autor era un polaco llamado Isaac Bashevis Singer. No sé cuál misterioso influjo ejerció la presencia de ese libro sobre mi personalidad de chico, pero cada vez que cruzaba frente a la librería Monoy me detenía un momento en la vidriera para contemplar su portada. Quizás estaba más para chocolates que para novelas, pero quería leerla. Su precio resultaba exorbitante para mis posibilidades económicas de ese entonces. Decidí ahorrar para tal propósito y en menos de mes y medio entré a la librería y la compré. Me gustó. La leí en pocos días, y quizás pude olvidar su trama como me ha ocurrido con tantas historias que he leído durante el resto de mi vida. Pero no fue así. El recuerdo de Enemigos…me ha perseguido para siempre. Aquellas páginas me tomaron como testigo de todo lo que estaba sucediendo a su personaje principal, Herman Broder, un judío que vivía en Brooklyn y que se encontraba atrapado en un cuadrilátero amoroso. El primer capítulo lo mostraba ardiendo en su pesadilla, en un tormento que lo remitía a su último minuto en un campo de concentración en Tzivke. La muerte lo estuvo esperando en una cámara de gas y su cuerpo estuvo a punto de ser trasladado a los hornos crematorios para ser transformado en ceniza gris que el viento esparciría entre los cielos de Polonia. Pero Herman despertó y ya no se encontraba en Tzivke, ni siquiera en un henil de Lipsk, sino entre un hormiguero de personas que se movían entre Central Park y Battery Park. El dilema de amor de un hombre y su relación con tres mujeres es largo de contar. Imagino que a finales de los años cuarenta, Bashevis Singer debió entrar a un restaurante de Miami, lugar hacia el cual emigró huyendo de la guerra, y ordenó un estofado acompañado de papas fritas, pero el mesonero debió tardar tanto para regresar con el pedido que el escritor comenzó a comparar las reses, los cerdos y los pollos con los cargamentos de judíos que llevaban en tren hacia los campos de exterminio. Cuando regresó el mesonero con la comida ya era tarde. Bashevis Singer había sufrido una transformación ideológica en su apetito.
-Gracias, pero ya no tengo hambre-diría en yiddish al extrañado mesero, pagaría el servicio, se disculparía nuevamente y saldría a la calle en busca de un lugar donde sólo expendieran hortalizas.
El recuerdo de Enemigos, una historia de amor me perseguirá hasta la muerte. Se sabe que Isaac Bashevis Singer huyó de Polonia y se fue a vivir a los Estados Unidos donde se dedicó por entero a la literatura. Quizás la aniquilación de millones de judíos por orden del Führer, el recuerdo de aquellos vagones atiborrados de personas que viajaban como animales hacia los mataderos nazis, la imagen de las cámaras de gas y el olor a chamusquina que brotaba de los crematorios de Treblinka lo hicieron detestar la carne durante los últimos treinta y cinco años de su vida. En cierta ocasión, alguien le preguntó si se había convertido en vegetariano por razones de salud, a lo cual contestó el gran escritor: “No precisamente por mi salud, sino por la salud de los pollos.”

MEDIODÍA (Eduardo Mariño)
Quedan pocos días para otro abril. Las primeras sensaciones de inestabilidad empiezan a manifestarse en mis pies y en mis anteojos. Desde el amanecer he permanecido pegado a la ventana del muro Este, siguiendo engañosamente el indiferente movimiento del sol, que ni un mínimo instante ha perdido el rojizo semblante de la aurora.
Hay unas pocas velas encendidas y mi cena sigue intacta junto a la puerta, donde la dejó el carcelero en la tarde de ayer. La proximidad de abril me enferma y los barrotes de mi celda se vuelven más fríos, como evitando mi acercamiento a las ventanas. El bosque se presiente cercano, las primeras lluvias lo han extendido casi hasta el borde de la colina y casi puedo sentir la humedad de su follaje y los trinos de sus indescriptibles pájaros con plumas de sueño.
Ya casi es mediodía. Cuando las sombras se escondan, me iré bajo la cama y trataré de imaginar que es medianoche, olisqueando las pocas cenizas de rosas que atesoro desde tu última visita. Ya casi es mediodía. Como todo cautivo, el tedio me embarga sin límites definibles.
Es hora de dormir.

 

 

LA BIBLIOTECA. COSAS DE MUJER (Duglas Moreno)
Sabía que la biblioteca era extraña. La fijaron en un callejón perdido y frío. Había que dejar los entrepasos de la ciudad  y meterse en  las sombras de unos  árboles, tocar  la aldaba y dejar que la puerta mostrara un jardín, lozas rojas, pájaros cantores y cuadros con rostros patriales. La muchacha dijo: pase. Después del qué desea, me subió a un segundo piso, caminamos por varios pasillos. No vi a nadie. Al final de un cuarto, la joven dijo: Por aquí. Mientras caminábamos sentía su mirada  tratando de mostrarse cómplice. Yo buscaba un texto que me refiriera las estampas y sombrería de Tenochtitlán. De pronto sentí que me había llevado a su cuarto. Estaba pensando mal, lo sé. La muchacha se detuvo y me habló callado. No pudo terminar la conversación. Una mujer, como dueña del lugar, la reprendió. Dijo que eso no podía pasar otra vez. Vi cuando la sometieron a vil castigo. Tuve que decirle a la mujer: busco solo información acerca de los sombreros de esta ciudad. La mujer abrió  una pequeña puerta y me dejó pasar. El lugar era sencillo. Había una figura de dragón en el centro vacío  de una ventana que  daba a otras lejanías. En una mesita estaba proyectada toda mi errancia por la biblioteca y allí también  pude ver, en  un espejeante muro de arena, los ojos nostálgicos de la muchacha castigada. Creo que  su rostro infantil estaba delineado torpemente en aquellos trazos de madera.  Disculpe señor. Estas muchachas no aprenden. Siéntese. Quítese la camisa. ¿Qué biblioteca es esta? Dije sin hablar. La mujer sonrió, tomó la llave, cerró la puerta y por la ventanilla de los horizontes lejanos me gritó: perdónela, ella apenas es una niña y ya quiere hacer cosas de mujeres. Ya lo atenderán.