lunes, 20 de octubre de 2014

Cuentos indígenas cortos (muestra cuatro)

Ruta de "Las Cuevas Indias", Cojedes (archivo de Samuel Omar Sánchez) 

Dos cuentos pemones 


LAS ESTACIONES DEL AÑO 
Hace de esto muchísimo tiempo. Entonces, El Sol era un indio. Y por aquel tiempo los indios padecían por la falta de aliño y no tenían sal.
Entonces, el Sol envió a sus sobrinos y a su hermana, que se llamaba Aná, a buscar sal. Por tal razón se fueron hacia la región de los Cariaba.
Y el Sol se fue también hacia aquellas tierras para alumbrarlos mientras cogían sal. Pero sus sobrinos se cargaron de sal en demasía y no se volvió a saber de ellos.
Y entonces, la madre de ellos los lloraba por muertos. Pero el Sol le dijo a su hermana: “Ellos no están muertos”. Y dejó de calentar por allá y vino el frío y ellos se levantaron y se vinieron acá trayendo sal.
Después, el Sol envió a sus sobrinos a buscar escopetas, anzuelos, telas y demás hacia Ikén. Y el Sol también se fue hacia aquellas tierras.
Y la gente de aquellas tierras, cuando vieron al Sol, levantaban las cosas que fabricaban y le decían: “Chon, aquí tienes tu tela, tu escopeta, tus anzuelos”…
El Sol, después, se fue  hacia la tierra de los Nopuerikok, que fabricaban el casabe en gran cantidad. Y entonces, estos indios sacaban sobre sus casas el casabe y le decían: “Chon, aquí tienes tus tortas de casabe”.
Y después de esto, el Sol estaba siempre de pie sobre los indios.
Entonces, los  indios no tenían ni sebucanes. Prensaban la yuca en cortezas del árbol Tué. Y el Sol alumbró a los indios para que tejieran sus manares y toda clase de cestería.
De esta manera, anduvo el Sol viajando de una parte a otra.
Pero la culpa de que el Sol se estropeara la tuvo una mujer, que dijo: “Estando con ganas de dormir, siempre este dichoso Sol está alumbrándolo todo”. Entonces, el Sol se marchó, aunque volvió. Y entonces así sigue: viene y luego se marcha para que no le digan como aquella mujer.
Ahora, los indios decimos que por un tiempo, el Sol viaja hacia los campos de río Branco y entonces el Sol come mucha sal y cuajada y leche de vaca. Y durante ese tiempo el Sol tiene la cara limpia y el cielo está clarito y no hay nubes y no llueve y no hay tormentas.
Pero después el Sol sube hacia Ikén y entonces él pasa la noche con los indios Injarikok y se la pasa emborrachándose y bailando. Y entonces él se pone bravo y hay lluvias para que haya mucha yuca para la bebida, y hay rayos y truenos.
Cuando es el propio tiempo del Sol, las cigarras y otras varias parecidas, que son las novias del Sol, se la pasan cantándole.
Pero, cuando es el tiempo propio del aguacero y del Sol bravo, pasan hacia allá, hacia Ikén, las mariposas de varias clases, que son amigos del aguacero, a bailar allá.
Esto decimos ahora los indios.


LEYENDA DE LOS MAKUNAIMA 
Hace mucho tiempo, el Sol era un indio que se dedicaba a desbrozar montañas y quemarlas para sembrar ocumo. Él sólo comía ocumo; su cara era brillante.
Un día fue a beber agua y a bañarse en un riachuelo después del trabajo.; al acercarse, sintió en un pozo como el remolino de una persona que se sumerge. Y quedó pensando qué sería aquella.
Otro día volvió con más sigilo al pozo de agua y vio a una mujer pequeña, pero de una cabellera larguísima, que le llegaba a los pies. Estaba bañándose y jugando y batiendo el agua con sus cabellos.
Pero ella se dio cuenta de que venía el Sol aún logró asirla por la cabellera. ”A mí no, a mí no”, gritó aquel ser, que se llama Tuenkarón. Y dijo más: “Yo te enviaré una mujer para que sea tu compañera y esposa”. Y entonces el Sol soltó su cabellera y dejo irse a Tuenkarón.
Al otro día, estando el Sol limpiando el conuco y juntando los árboles para pegarle fuego, vio una mujer blanca, que le enviaba Tuenkarón.
“¿Ya limpiaste el conuco?”, le preguntó la mujer. El Sol le contestó: “Aún no; apenas he limpiado más este pedacito que ves y juntando estos pocos montones”.
Después dijo el Sol a la mujer:” Saca esos ocumos, que yo asé, del rescoldo, para comer”. Sacólos de las brasas la mujer y le dijo al Sol: “Aquí están”. Y comieron. 
Después, dijo el Sol a la mujer: “Pega fuego a los montones, que yo junté”. Y la mujer pegó fuego a los montones con un palo rajado y conchas secas.
Cuando terminó de pegar fuego, la mujer dijo: “ya está”; volvió a decirle el sol: “Ahora vete a buscar agua”. La mujer se fue a la quebrada con su camaza, se agachó para recoger el agua. Mientras la estaba cogiendo y llenando la camaza, se le ablandaron las puntas de las manos (los dedos), y después los brazos y todo el cuerpo.  Y así quedó aplastada  como un montoncito de arcilla. Porque aquella mujer estaba hecha de tierra blanca.
En vista de que la mujer no volvía, el Sol se fue a buscarla. Y cuando llegó a la quebrada, encontró el pozo con el agua de color terroso: era la mujer que se había deshecho enturbiando el agua.
Entonces el Sol, disgustado, dijo: “Eso es lo que me manda Tuenkarón: una mujer que no sirve ni para coger agua”. Después se subió más arriba a beber agua no turbia. Y, como ya estaba atardeciendo, se fue a dormir a su casa.
Cuando amaneció y fue otro día, el Sol volvió a su conuco a trabajar en la limpieza.
Mientras trabajaba, al mediodía, cuando ya iba a comer. Tuenkarón le mandó otra mujer, negra como la gente de esta raza.
La mujer le preguntó al Sol: ”¿Ya limpiaste el conuco?” “Si y no”, respondió el Sol, “Apenas he limpiado ese poquito que tú ves”. Después le dijo también: “Ve a buscarme agua para beber, para que comamos juntos”.
La mujer se fue a la quebrada, trajo el agua y comieron juntos el ocumo. Después de comer, el Sol se pegó de nuevo al trabajo y le dijo a la mujer: “Mientras yo sigo amontonando, tú pegas fuego a los montones ya hechos”.
La mujer cogió un palo rajado para ir a pegar fuego. Se arrodilló frente a unas brasas, sopló para levantar llama, pero el fuego le calentó la cara y de ahí se fue derritiendo por los brazos y por todo el cuerpo; y así quedó aplastada como un montón  de cera silvestre. Porque aquella mujer estaba hecha con cera.
El Sol se volteó repetidas veces para ver el fuego que iba prendiendo; pero como no veía humear ningún montón, se fue a ver qué pasaba con la mujer. E iba diciendo: “Pues si le dije que fuera pagando fuego a los montones”. Pero, ¡Qué sorpresa! Al acercarse, encontró a la mujer derretida y convertida en un montón de cera.
Entonces el Sol se fue a la quebrada y dijo: "Hay que ver qué mala y mentirosa es Tuenkarón. Pues bien: ahora yo voy a secar esta quebrada, yo voy a secar toda el agua”.
Pero Tuenkarón sin dejarse ver, le contestó: ”No, no: no hagas eso; espera que yo te voy a mandar una mujer”.
Pero aquel día no se le sentó al Sol la semilla del vientre (no se le sosegó el corazón). Aquella noche se acostó bravo.
Pero al otro día, cuando hubo amanecido, el Sol se fue, según su costumbre a trabajar en su conuco; estando inclinado sobre su trabajo, se le presentó otra mujer de color rojizo (de laja), con una olla en su mano.
La mujer, poniéndose delante, le preguntó: “¿Ya limpiaste el conuco?” Pero el Sol no le contestó, cómo si no oyera, escamado con los engaños pasados.
“¿Por qué no me contestas?”, volvió a preguntarle la mujer. El Sol le contestó: “Porque todas sois embusteras; todas os aplastáis y os derretís”. “Si es así”, replicó la mujer, “Me regreso a Tuenkarón”.
Pero el Sol le dijo: “Bueno, espera que yo te pruebe”. Y entonces le mando pegar fuego, y no se derritió. Y le mando a traer agua; y la trajo y, al cogerla, no se ablandó. Después le mandó cocinar ocumo en la olla; y el Sol vio como la colocaba sobre unas piedras y cómo hacía el fuego. El Sol observó con cuidado todas sus costumbres y habilidades.
Cuando comenzaba a atardecer, la mujer dijo al Sol: “Yo vine para regresar”. “Bueno, -le contestó el Sol- hazme la comida para ver que regreses”. Y después que la hizo, la mujer le dijo al Sol: “Ea, me voy; me voy para regresar mañana temprano”. El Sol le dijo también: “Sí, vente bien de mañana”.
Al otro día, el Sol se fue más temprano que de costumbre al trabajo. La mujer vino también muy temprano. El Sol volvió a probar otra vez a la mujer. Le mandó a traer agua, le mandó hacer fuego, le mandó cocer la comida. Y, viendo que ni se ablandaba, ni se derretía, ni se rajaba, le cayó en agrado y le llenó los ojos (las aspiraciones o deseos).
Al caer la tarde, fueron a bañarse juntos a la quebrada; y entonces el Sol vio muy bien que la mujer era rojiza, como los pedazos de piedra del fuego que suele haber en el lecho de los  ríos. No era blanca ni tampoco negra.
El Sol le dijo entonces a la mujer: “Vámonos a mi casa”. Pero la mujer le dijo: “No se lo dije a Tuenkarón”. “¿Eso qué tiene que ver?”, le replicó el Sol. Pero la mujer le contestó: “Eso no lo puedo hacer de ninguna manera”. “Entonces”, dijo el Sol, “Vente bien temprano a prepararme la comida”. “Está bien”, le dijo ella, “Y también le diré a Tuenkarón para quedarme contigo”.
Y efectivamente, al otro día, la mujer vino muy temprano, le hizo comida cocida, le asó ocumo, arrancó yuca, le ralló e hizo casabe. Aquel día se quedó a dormir con el Sol y desde aquel día vivieron siempre juntos.
Y tuvieron varios hijos, y esos fueron los Makunaima.
Algunos indios dicen que el nombre de la madre de ellos era Aromadepuén. Y que los nombres de los hijos fueron los siguientes: Meriwarek, el primogénito; luego, Chiwadapuén, hembra; Arawadapuén, segunda hija, y Arukadarí, el más pequeño, que muchas veces se llamaba Chiké. 

Nota: Textos transcritos de Leyendas Indígenas Venezolanas de Carmela Bentivenga de Napolitano, publicado por Editorial Biosfera (Caracas, 2007)

domingo, 19 de octubre de 2014

Cuentos indígenas cortos (muestra cinco)

Restos de cerámica indígena ancestral (archivo de Argenis Aguero)

LA CREACIÓN DE LOS PRIMEROS SERES HUMANOS (Etnia   Yupa)
Un día, Dios se dirigió al bosque, donde anduvo de un sitio a otro; mientras lo hacía, golpeaba árboles con su hacha. Así, pasó de uno a otro hasta llegar a uno que dejó salir sangre desde el momento en que el hacha cayó sobre él. Dios derribó este árbol, y de su madera labró las figuras de dos niños. En seguida, derribó un segundo árbol, de cuyo tronco fabricó una caja, y dentro colocó las dos figuras. Luego, llamó un pájaro, el pájaro carpintero, al que ordenó sentarse sobre las figuras. Luego cerró la caja con una tapa y la dejó en el bosque.
Días más tarde, la compañera de Dios fue al bosque y se sorprendió enormemente de escuchar voces. Siguiendo la dirección de los sonidos, descubrió la caja. Con muchísimo cuidado levantó la tapa. Cuál no sería su sorpresa al encontrar dos niños y un pájaro. Ella (la compañera de Dios) se llevó los niños a casa y los crió  hasta que fueron grandes y pudieron convertirse en marido y mujer. Muchos niños nacieron de esta joven pareja y, eventualmente, se casaron unos con otros. Al transcurrir unos años, hubo gran número de gente sobre la tierra.
 Un día, Dios bajó entre los hombres y los reunió frente a él. Les contó cómo habían surgido ellos de las figuras de madera y que,  por tanto, todos eran descendientes de una pareja original de seres nacidos de unos mismos padres y al mismo tiempo. Les advirtió que, puesto que ahora había gente suficiente sobre la tierra, de allí en adelante, ningún hombre podía tomar como esposa a hermana.
La gente convino en aquello y prometió guardar esta ley. Entonces, Dios presentó el pájaro carpintero a los Yupa como su ayudante en el trabajo, y le dio formas humana.
El último día de la permanencia de Dios entre los yupa, organizó una fiesta y les enseñó el arte de preparar la “chicha”. Finalmente, antes de irse, les prometió que, después de esta vida, llamaría a los Yupa  a unírseles allá en su tierra.

EL MITO DEL ALGODÓN (etnia guaica)
Texo era un yanomami pequeño de estatura, pero ágil e inteligente. Mientras todos los demás dormían en un chinchorro de bejuco, él dormía en uno muy fino y suave de algodón. Los indios que lo visitaban no podían explicarse cómo había podido confeccionarse un chinchorro tan precioso. Texo, entonces, acompaño a los curiosos visitantes y les enseñó:
“Escoged una parcelita de terreno, lejos del plátano, de la yuca y de otras plantas capaces de hacer morir a la de algodón. Invocad a Teroriwa (espíritu del colibrí), sembrad esta planta y tratad de conservar la semilla de las plantas viejas, si queréis tener plantas nuevas; cuando éstas hayan crecido bastante, cortadles las puntas, así las ramas quedarán más fuertes. Entonces, brotarán las flores y se formarán unos capullos. Llevad a casa esos capullos, sacadles las motas blancas y ponedlas a secar al sol, para que se pongan más blancas, luego, quitad las semillas y abrir la mota y todo estará listo para hilar.”  
Seguidamente, Texo les enseñó a hilar a las mujeres. Cogió una varita derecha y resistente y un pedazo de totuma y con eso les hizo ver cómo se hilaba el algodón.
Desde que Texo enseñó a los yanomamis a cultivar el algodón, él ya no lo siembra. Se surte recogiéndolo en los plantíos de sus alumnos. Es que Texo se convirtió en el colibrí el cual, al hacer su nido los reviste de algodón.

LEYENDA DE MACHÁLIKA-WEENI O CERRO LA JUVENTUD (etnia guarekena)
Para el comienzo del mundo, había una mujer con tres hijos. Uno de ellos era un despreciado, nadie lo quería. Él era despreciado por varios motivos: no conseguía trabajo, no conseguía mujer, lo que aspiraba no lo conseguía. Por eso, en el caño Simakén, se encuentra una laguna como a 2 kilómetros de la boca de San Miguel que se llama MUNAPANA, es decir, la puerta de la casa de las toninas, y ahí los tres hermanos hablaron: ¨Hermano, ¿cómo puede usted conseguir trabajo? Si no lo consigue, ¿qué va a hacer Usted?
Él dijo: ¨Mano, lo que me queda es matarme¨.
Le contestaron: ¨¿Cómo te vas a matar?¨
Él se subió a un árbol, de ese árbol se tiró al suelo, pero al caer, lo hizo en una laguna. De la laguna salió un hombre que le dijo: ¨Amigo, ¿Qué te pasa?¨
¨No hombre, yo lo que ando buscando es la muerte¨´
¨¿Por qué motivo te vas a matar?¨
¨Porque no encuentro trabajo, ni mujer. Por esos motivos me voy a matar¨, contestó. El hombre, que era yecuana, entonces le dijo MULULI, así se llamaba el que tenía todos los remedios para conseguir lo que yecuana necesitaba. Los tenía en el cerro de Machálikaweeni. Este cerro es la maleta de la medicina que tenía ese señor, el Mulúli, es decir, el araguato.
Él le dijo: ¨No hombre, amigo, es muy sencillo. Si quiere que yo le consiga ese remedio, acompáñeme para ir a Kuléyana¨. Entonces, ninguno sabía dónde quedaba ese caño.
Desde que inventaron ese viaje desde la boca del caño Sike, se fueron ellos, subieron, en cada caño preguntaban a los porteros o agentes que tenían esa gente en ese tiempo. Le preguntó al portero del caño Ichani: ¨Señor, ¿nos puede decir, si por este caño se encuentra el caño Kuléyana?
¨yo acabo de recibir una información del jefe que tengo en este caño, que no se llama Machálika-Weeni, sino que se llama UKUSILIMA (o Cerro Jabúa, es decir, con forma de esa fruta); bueno, ese se encuentra en la cabeza del caño Kuléyana (Sejal).
¨ ¿Cuánto tiempo se gastará por aquí?¨
¨Si se va por el propio caño unos cuatro o cinco días, va a pasar trabajo. Es mejor que se meta por este desecho¨. Se metió en una laguna. En esa laguna había dos asientos y por allí lo llevaron rápido a la boca del caño Kuléyana.
En esa boca se meten dos caños, uno al este y otro al norte. Al norte el kuléyana y al este el desecho que sale al Casiquiare (desecho tápu). Luego siguieron, y entonces le preguntó: ¨Amigo, ¿Cuáles son las medicinas que usted desea tener?¨
¨Yo deseo toda clase de medicinas que me sirvan a mi persona¨.
En el caño kuléyana hay una laguna; ahí estaba viviendo la abuela de los dueños de ese cerro. La vieja les permitió seguir, arribaron a la boca del caño Machálika-Weeni, que es un caño que da al oeste. Este caño nace en la falda del cerro Machálika-Weeni. Tiene tres picos, que señalan hacia los puntos cardinales. Uno es borrado al naciente. Solo tienen tres picachos: más bien hacia el este, oeste y sur. En ellos, se forma una laguna. En esa laguna está un agua estancada con muchas hierbas y se estanca en el pozo; es helada. Allí le dijo: ¨Mire amigo, ya lo vamos a curar, quítate la ropa¨.
Entonces el yecuana se desnudó y Mulúli se montó encima de él, lo pisó y le sacó todos los bagazos que tenía dentro. Las comidas malas. Lo puso boca arriba y lo lavó bien lavado. Luego le dijo: ¨Subamos, que arriba te conseguiré todo para que no te pongas viejo¨. Ahí fue mostrando las hierbas: ¨Esta hierba es para que no te pongas viejo, esta para conseguir novia, esta para conseguir trabajo; ahora, estas otras hierbas son malas, son para atraer a las mujeres casadas. O cosas malas¨. El yecuana era porfiado y de ahí, contrajo la muerte.
Le dijo Mulúli: ¨eso es todo¨. Cuando vayas a llegar a la casa, toca el pito. Entonces, cuando faltaban veinte metros para llegar a su casa, tocó el pito. Las muchachas dejaron lo que estaban haciendo para encontrarse con yecuana. Desde ese momento conseguía trabajos, mujeres, y por ese motivo los otros compañeros querían matarlo. Él dijo que no salía de su casa y que si querían darle trabajo, él iba a su trabajo y regresaba a su casa, por eso, hoy en día, quien triunfa tiene enemigos.
Al fin lo mataron y después lo quemaron. De sus restos salieron hierbas; esas hierbas son las pusanas. Él murió en el cerro Machálika-Weeni. Por eso dicen que hay dos pozos, uno donde llegó y se bañó y otro donde quedó su cadáver.

LOS DIENTES DEL JAGUAR Y SU MARCHA SILENCIOSA (etnia Yanomami)
Unos “Wuaika” se encontraron. Habían tejido una cesta perforada. Los motivos eran perfectamente regulares y la canasta era bella. Dijeron:
-“Esta será para la cola”.
Unos shamathari habían fabricado una segunda cesta tan bien echa como la primera. Divisaron a un niño: -“¡Ven acá!”
Le fijaron la primera cesta sobre los riñones y las nalgas y la segunda sobre la espalda. Luego dijeron al niño: -“Cava un hueco”.
-“¿Dónde?”  -“Allí mismo, donde estás”.
El niño cavó. Tiraba la tierra excavada con sus manos ayudándose con los pies, como lo hacen los cachicamos. Cuando había trabajado un buen rato, preguntó:
-“¿Es lo suficientemente profundo?
-¡Cava más!” Cavo de nuevo.
-“¿Y ahora?” -“Está bien así”.
El hueco no era muy profundo y el niño podía meterse. Se le dijo: -“Vivirás allí, no saldrás de la madriguera”.
Y lo abandonaron. Jaguar pasó por allí. -“¿Quién ha cavado este hueco? ¿Quién está dentro?”
-“Soy yo”.
-“¡Salte!” 
-“No, me prohibieron salir”.
-“Acércate al menos al orificio para que podamos hablar”.
Dientes enormes le habían salido al muchacho.
Estaba cegado por la luz: “Casi me olvido de la luz del día” -pensó. Apareció. Jaguar exclamó: -“¡Qué dientes tan grandes tienes! Los quiero a toda costa”.
-“Deja eso, no se quitan”.
-“¡Qué dientes!”
Jaguar poseía dientes muy pequeños, parecidos a los que tienen ahora los cachicamos. Los hizo mover y se los retiró:  -“¡Aquí están; tómalos!”
Depositó los dientes en un montón delante del niño-cachicamo. Hicieron el cambio. Jaguar debió hacer fuerzas para introducir los nuevos dientes, pues los alvéolos anteriores eran muy estrechos.
-“Tú vas a volver al fondo de tu hueco. Pero no está todavía profundo. ¡Vuelve a cavar!”
El muchacho obedeció. Mientras trabajaba. Jaguar agregó: -“Debes hundirte más profundo bajo tierra, estás todavía en la superficie”.
El niño cavó y cavó. Al cabo de un momento: -“¿Así, quizás?”   
-“Cava todavía más”.
El muchacho continuó. Ya no oía más que un pequeño ruido y Jaguar debía tender la oreja en el orificio del hueco.
-“¿Así, quizás?”   
-“Deja de hundirte, conténtate con alargar el túnel”. Jaguar pensaba que estaba bien lejos.
-“¿Y ahora?”
 -“¡Cava más!”
El niño continuó su tarea.
-“¿Y aquí?”
 -“¡Sí, eso es!”
Jaguar que, más tarde, se volvería cazador de cachicamos, actuaba ahora contra su propio interés.
Alejándose, reflexionaba: -“¿Por qué se enterró en ese hueco para vivir solo?”
Cerca de él encontró a Ciempiés. Jaguar hacía mucho ruido desplazándose; Ciempiés era completamente silencioso. Dijo al jaguar:
-“Cuánto ruido haces caminando. Si sigues así, los hombres seguro te matarán cuando se embosquen para cazarte”.
-“¿Cómo haces tú?”
-“Es necesario caminar así”.
Le enseñó cómo tenía que hacer: caminó sin hacer ruido.
-“Voy a suavizarte la planta del pie”.
-“¿Cómo harás?”
Ciempiés le tomó cada pie y le acarició y suavizó la planta. -“Es así como tú debes ser. Espera aquí, voy alejarme”.
Se fue sin que hubiera podido discernir el más mínimo ruido. Luego le gritó: -“¡Desplázate a tu turno!”
Jaguar avanzó: su paso era flexible y silencioso.
Se despidieron. 

Nota: Textos transcritos de Leyendas Indígenas Venezolanas de Carmela Bentivenga de Napolitano, publicado por Editorias Biosfera (Caracas, 2007)

Cuentos indígenas cortos (muestra tres)

Zanja de Lira, Cojedes (archivo de Argenis Aguero)


CUENTO DE LA GUACAMAYA (etnia  guarekena)
Este era un hombre que estaba y se encontraba muy triste. Entonces, se fue al monte y encontró un pichón de loro y se lo trajo, hasta que con el tiempo la lora ya hablaba. Luego, fue al monte a buscar otro pichón de guacamaya. También se lo trajo y lo crió. Eran entonces tres, incluyendo al hombre. Cuando él salía para el monte los dejaba allí en el monte para que le cuidaran el sitio. Cuando alguien se acercaba, hablaban con la guaca o el loro e indagaban el paradero del dueño del sitio. Y estos le informaban que andaba pescando o cazando.
Al fin, luego de cumplir un año, la lora y la guaca hablaban perfectamente y le hacían todos los oficios y le cocinaban.
El hombre había pensado en casarse con la guaca. Cuando él se iba para el monte ella se convertía en mujer y entonces, cuando él regresaba al sitio, la comida estaba preparada y dispuesta para ser comida.
¡Caramba!, si tú fueras mujer, me casaría contigo.
La guaca respondió: ¨Eso es muy sencillo, pues yo soy mujer¨.
Cuando el hombre volteó la espalda se convirtió en mujer la guacamaya.
El hombre le dijo: ¨Bueno guaca, vamos a vivir juntos¨.
Allí vivieron añales. Más adelante, ella lo llevó para un cerro de donde vinieron los padres de la guacamaya (abálu panámi idápa). Luego volvió a su sitio. Pero sus compañeros lo envidiaban por la guaca y lo envenenaron porque esa mujer era la más bella y conseguía todo lo que necesitaba de aquel cerro.
Luego la guacamaya, al morirse su hombre, se fue.

LA CRECIENTE (INVIERNO) Y EL VERANO (etnia guarekena)
Quien empezó el verano fue un hombre llamado Atjúwali, un hombre trabajador y valiente. Él estaba ya aburrido con el invierno. Y en todos los trabajos que realizaba, por ejemplo la tumba, necesitaba el verano para quemar su conuco. El aguacero le llovía constantemente en su tumbao y por eso no podía quemarlo. Entonces dijo: ¨Yo voy a matar a la madre del aguacero¨.
¨Voy a acabar con toda la madre del invierno¨
Se fue y se puso a calentar dos piedras. Después de un rato, esas dos piedras estaban al rojo vivo.
Entonces dijo Atjúwali: ¨Ahora, si voy a esperar a la gente que viene por ahí¨.
Ellos, al acercarse, formaban un viento y un aguacero precisamente hacia la parte en que Atjúwali  no quería que lloviera.
Y entonces él dijo: ¨Ajá, ahora ustedes me la van a pagar¨.
Entonces, les soltó la primera piedra hacia un hombre, ¡fuaj! Y lo mató. Luego, soltó la otra hacia la mujer, matándola. Entre esa gente habían venido dos muchachos, una hembra y un varoncito. El varoncito corrió y Atjúwali lo agarró.
Desde entonces se formó el verano. Hasta que quemó. Se dio una sequía de río imposible. Todo se secó y la gente se estaba muriendo ya de sed.
Entonces los muchachos de Atjúwali y, especialmente el que él rapto, se encontraban tranquilos y no querían tomar agua.
Los ríos se secaron definitivamente.
Entonces, preguntó Atjúwali: ¨¡Miren muchachos! ¿Ustedes no saben cómo sacar agua? ¨
(Atjúwali- como se sabe – era el asesino de la madre de esos muchachos).
¨¡Sí!, como no. Mi hermana saca¨, dijo el joven.
 La muchacha – llamada Túpipi- es decir, ¨gota”, porque por su codo goteaba el agua, se aprestó a ofrecer agua, y bebieron.
Pero era imposible, porque la gente se estaba muriendo de sed.
Entonces el muchacho le dijo al viejo: ¨Sería justicia que yo fuera a ver cómo están los tambores para recoger agua de mi papá. Voy a moverlos, a fin de que llueva por acá para nosotros¨.
De todos modos, les dijo, no se alejen. Pero el muchacho, llamado Titirí porque también le manaba el agua, pero no en gotas sino en chorros, dijo a la gente que se marchara porque él no era suficiente para abastecer de agua a tanta gente.
¨Me voy a la casa de mi padre a ver si hago que caiga agua para todos porque no es justo que dos o tres familias tengan y el resto no¨.
Entonces llegaron a la casa de su difunto padre y allí encontraron parte de los instrumentos y cosas que tenía éste en vida.
La muchacha –Túpipi – llego llorando a barrer la casa.
Atjúwali había seguido a los muchachos para preguntarles si ellos regresarían a su casa porque él temía que no regresaran.
Cuando llegó a ellos les preguntó: ¨¿Tienen ustedes relación con EL CREADOR?¨
Los muchachos le respondieron que no, que solo tenían relación con la MADRE DEL AGUA.
Entonces, Atjúwali, a fin de contentar a los muchachos, recogió las cenizas de su difunta madre y formó un pajarito llamado ídabuchúchu (pajarito madre-del-agua).
Los muchachos quedaron contentos y entonces sí se dispusieron a formar el aguacero.
La muchacha comenzó pues a barrer la casa.
Había allí un mapirito, donde guardaban los restos de la comida. En ese mapire estaba una garza asada. La muchacha y el muchacho estaban llorando.
Entonces dijeron, refiriéndose a la garza: ¡Caramba!, esta será la creciente que va a caer ahora. ¡Sí! a empezar esta creciente o aguacero va a empezar el 1 de noviembre. Es el aguacero que cae en esa fecha que según eran las lágrimas de los muchachos.
Luego, sacaron la garza de la watura de la madre y la tiraron hacia el aire, formándose la creciente de garza (máliyami).
Siguieron limpiando la casa y hacia el 15 de febrero, cuando volvió a aparecer el verano, al recoger la basura, encontraron una concha de cachicamo, la cabeza, la patica y el rabo. Entonces dijeron: ¨No, hombre, esta va a ser la 2 creciente, la creciente del cachicamo, (daliwaya) antes de llegar el invierno propiamente¨
Entonces, cuando ya el río se iba secando, botaron fuera de la casa, la concha y demás partes del cachicamo. ¡Pa!, se formó la mencionada corriente.
Luego, a principios de marzo, los muchachos siguieron revisando la casa de sus viejos y se percataron de la existencia de una troja kulikua, y dijeron: ¨Es mejor botar todo lo que hay aquí y hacer una nueva troja que renovaremos cada año¨.
Entonces, cortaron la troja y la echaron al río. Comenzó  así el invierno (uniwini).
(Casualidad mitología: La caída del primer gran aguacero de invierno recibe el nombre de kalikua).
En época, hay cardúmenes de pescados.
En el firmamento se corresponde con la constelación de la osa mayor. Posteriormente, entra el pleno invierno y en ese momento rige la constelación de la Osa Menor o Kjalubaneli, o grupo de estrellas en forma de pescuezo de garza.


EL DILUVIO (etnia guajira)
Según se cuenta, hubo una época en la que los Guajiros no eran sociables entre sí; siempre que se encontraban en alguna parte, reñían peleaban y se mataban; cada uno vivía encerrado en su propio ambiente, en su propia casa, formando grupos pequeños con sus familiares. Nadie podía salir de sus casas; si alguien lo hacía corría peligro de muerte o de que raptaran a sus mujeres.
La causa primordial de las riñas entre ellos eran precisamente las mujeres; unos venían y raptaban las mujeres de los otros quienes a su vez raptaban a las de los primero, viviéndose así en una constante zozobra.
Una vez comenzó a tronar, se eclipsaron la luna y el sol. Los Guajiros creyeron que era un castigo de Dios porque estaba enojado. Empezó a llover; al principio pensaron que sería una lluvia pasajera pero no fue así: pasaron días y lunas y continúo lloviendo sin cesar: el agua del mar comenzó a crecer y se salieron de sus cauces todas las aguas, que comenzaron a invadir la tierra.
En vista de esto, empezaron a buscar las partes más altas de la Guajira. En esta época había una serranía que se llamaba Cosina o Cosineta, la cual quedó hundida bajo las aguas; todo estaba invadido por el agua, pero quedaba un pico en una pequeña colina y todos subieron allí.
En este pico se reunieron grupos de varias razas, pero el agua comenzó a invadirlo también; las mujeres empezaron a llorar, al igual que los niños; todo el mundo lloraba. Le pedían a Dios “Maréiwa” que les salvara, que no les dejara morir.
Entonces, sucedió que la tierra se suspendió hacia arriba. Se elevó su nivel, pero a pesar de eso el agua seguía subiendo y la tierra seguía elevándose y elevándose hasta que, por fin, cuando quedaban unos cuantos metros, donde estaban concentradas las personas, quedó un pico donde se encontraban también algunos animales que fueron los que pudieron salvarse, este pico se llamaba “Epitsi,” y en español es conocido con el nombre de “Cerro de la Teta.”
Pasaron unos días después que cesó de llover; apareció el sol y por las noches se le veía a la luna. El agua comenzó a descender y también la gente fue bajando del pico de la colina hasta que el agua se normalizó y llego a su nivel.
Después de esa experiencia, los Guajiros no se pelearon más, conocieron lo que era la sociabilidad y comprendieron que podían vivir juntos sin necesidad de matarse los unos a los otros. Bajaron del pico y encontraron que la tierra estaba húmeda y que se podía sembrar. Se reunieron todos y sembraron; aprovecharon también muchas cosas que el agua había dejado, como madera y otros despojos, de los cuales se valieron para comenzar de nuevo su vida.
Empezaron a construir sus casas en forma colectiva, es decir, en su construcción colaboraban siempre con los dueños unas cincuenta personas, hacían la casa entre todos.
Si en un día no podían hacer más de una casa, al día siguiente hacían la del otro, y así siempre. La siembra también la hacían entre todos. De esto ha quedado la costumbre hoy día; cuando, por ejemplo, una persona hace una siembra, no la va a cuidar él solo, sino que lo hacen entre todos. Con este fin, el dueño prepara un almuerzo y llama a todos los vecinos para que vengan a ayudarle a hacer la limpieza del conuco, la cosecha y todo lo demás. Cuando le toca podar a otro, se efectúa la misma operación. Esto se hace entre familias diferentes, no es necesario que los interesados sean de una misma familia para que los demás los ayuden. Así es que desde el momento en que los Guajiros de salvaron en el pico de la colina, perdieron la costumbre que tenían de estar siempre separados, comprendieron la razón de la sociabilidad y comenzaron a vivir en paz; no tuvieron más distingos entre sí y sintieron la necesidad de la ayuda del uno para el otro. 

Nota: Textos transcritos de Leyendas Indígenas Venezolanas de Carmela Bentivenga de Napolitano. publicado por  Editorial Biosfera (Caracas, 2007)

sábado, 18 de octubre de 2014

Cuentos indígenas cortos (muestra dos)

Obra de Demetrio Silva (Archivo de Omar Borrero)


Tres cuentos guaraos


UN MOSQUITO HOMBRE 
En una ranchería sumamente numerosa, vivía una india joven muy robusta. Un mosquito que la vio, deseando chuparle la sangre, se convirtió en un joven guarao y la tomo por mujer.
La india estaba siempre muy gruesa; en cambio su marido, el mosquito, estaba siempre muy flaco.
Por la noche, al acostarse, dijo el joven guarao a su mujer: “cuelga tu chinchorro cerca del mío y duerme tranquila cerca de mí” la pobre india, sin saber que era un mosquito convertido en guarao e ignorando sus intenciones, colgó allí cerca su chinchorro y se entregó confiada al sueño al lado de su marido. Esto, cuando la vio profundamente dormida, se levantó y le chupó casi toda la sangre.
A la mañana siguiente, amaneció la india muy flaquita; en cambio, su marido,  el mosquito, estaba muy grueso henchido de sangre. Poco después del desayuno empezó la india nuevamente a engordar y a la hora de la cena ya estaba en su estado normal; pues por medio de la mucha comida había recuperado la sangre. Su marido, por el contrario, oscurecía extenuando y flaquito, porque durante el día se le iba agotando la sangre.
Llegada otra vez la noche, el indio mosquito aconsejó de nuevo a su mujer que se acostase a su lado y, mientras ella dormía, volvió a chuparle la sangre. Así estuvieron varias semanas, engordando la mujer por el día y enflaqueciendo por las noches, y su marido engordando por las noches y enflaqueciendo en el día.
Una vez amaneció la mujer extremadamente flaca; al verla, el indio de la ranchería le preguntó: ¿Qué te pasa durante la noche que todos los días amaneces tan delgada? “No sé lo que me pasa, contestó la india; desde que mi marido me manda a dormir a su lado amanezco sin fuerzas y extenuada”
Al oír esto empezaron los indios a sospechar que ese hombre no era un guarao, sino que era algún mosquito bravo convertido en forma de hombre, para poder chupar cuanta sangre quisiera a la india, mientras dormía.
Una noche, antes de acostarse, llamaron aparte a la mujer algunos indios y le dijeron: mira; “Tu marido no debe ser un guarao; debe ser algún mosquito y mientras tú duermes te chupa la sangre si esta noche te manda a dormir cerca de él cuelga el chinchorro y te acuestas; pero vigila lo que hace y no duermas.
A la hora de acostarse, la india estaba ya gruesa y el indio mosquito flaquísimo. Este mandó a su mujer que se acostara allí cerca y ella colgó junto a él su chinchorro como todos los días; pero fingiendo que dormía, no durmió nada.  A media noche, creyendo el mosquito que su mujer estaba dormida, se levantó del chinchorro y empezó a chupar la sangre. La india, al sentir la picada, gritó a los otros indios diciendo: Mi marido me está chupando la sangre; vamos a matarlo. “como el mosquito no había chupado nada todavía y aún estaba sin fuerzas, la india sola lo mató y lo deshizo en pedazos. Una  vez descuartizado, lo metió en el fuego y lo convirtió en cenizas cogió éstas  en una totuma, salió fuera del rancho, las sopló en todas  partes, al mismo tiempo que la india muy brava decía: “Estas cenizas se convertirán en zancudo, en golofas, en moscas en tábanos y en todas clases de plagas.” así sucedió, pues al día siguiente era tal el número  de zancudos, golofas, moscas negras, tábanos y demás clases de plaga inundaron aquellos lugares que los indios, no pudieron soportarlos, fueron a vivir a otra parte. 
Aquella noche durmió tranquila la mujer y amaneció en su estado normal de robustez. Desde entonces, nunca más volvió a tener marido que le chupara la sangre.
Si aquella india no hubiera esparcido por todas partes las cenizas de aquel mosquito, no habría tanta plaga; pero hay muchas moscas, tábanos, golofas y mosquitos bravos, porque aquel mosquito era el padre de toda la plaga.


EL DUEÑO DEL SOL Y EL MOTIVO DE SU CAMINAR DESPACIO 
Hubo un tiempo al principio en  el que el sol no alumbraba; pues un hombre dueño de él, lo tenía escondido en una bolsa, y ese hombre vivía en las nubes, hacia el Oriente.
Supo un indio que ese hombre tenía el sol escondido y le envió a su hija para decirle que lo sacara y lo enviara en el cielo a fin de que alumbrase a todos los hombres.
Cuando la india iba por el camino, le salió al encuentro un joven que la detuvo mucho tiempo y hasta llegó hasta donde estaba el dueño del sol y le dio el encargo de su padre. Él, sin embargo no dio crédito a las palabras de la india, y después de haberle faltado a la consideración debida la despidió, regresando ella a la casa de sus padres sin haber conseguido nada.
Cuando contó a su padre los percances del camino, no solo no desistió de su empeño, sino que mando a su hija menor con el mismo encargo. Fue la muchacha hacia el origen y aunque nadie salió a molestarla en el camino, cuando llegó a la casa del dueño del sol, fue molestado por él mismo que su hermana.
En vista de que nada conseguía antes de regresar, le dijo resulta:” ¿por fin, no vas a descubrir el sol…?
Al tiempo que esto decía, vio una envoltura o bolsa rara colgada en la pared de la casa. Al notar el dueño del sol que la india miraba con mucha atención, le dijo con mucho interés ¨no toques eso ¨.en el modo de hablar de aquel hombre, entendió la india que allí  tenía el sol escondido.
En el modo de hablar de aquel hombre, entendió la india que allí tenía al sol escondido y sin hacer caso, con mucha rapidez, rasgó de un tirón aquella gran bolsa y empezaron a extenderse por todas partes los rayos del sol.
Cuando el hombre vio que la muchacha había  descubierto su secreto, puso el sol hacia el oriente y mandó colgar la bolsa hacia el poniente. Con la luz que le daba el sol, brillaba ella también y quedó convertida en Luna.
La india regresó a casa de su padre y le contó cómo había logrado descubrir el sol. Ambos lo estaban contemplando y a  las tres horas se escondió.
Viendo el indio que apenas había alumbrado el sol por espacio de tres horas, llamó a su hija y le dijo: vete otra vez al oriente y espera allí al sol cuando vaya a salir mañana le amarras por detrás un morrocoy para que vaya más despacio
Salió la india de su casa, llevando un morrocoy en la mano. Cuando a la mañana siguiente iba salir el sol, se lo amarró por detrás y no tuvo otro remedio que caminar mas despacio, tardando aquel día en hacer su recorrido como unas doce horas.
Desde entonces, el día dura doce horas y desde esa  fecha hay sol.


DONDE LOS INDIOS EXPLICAN EL ORIGEN DE ELLOS Y EL FUEGO 
Al principio, no había indio alguno aquí abajo en la tierra; todos estaban arriba en las nubes allí cazaban mucho, y eran tan buenos tiradores, que rara vez fallaban el tiro de la flecha.
Un día, sin embargo, que oyeron cantar en el aire a un pájaro llamado ¨Quiriquiri¨, un indio le disparó la flecha, pero como acertó bien, atravesó aquel suelo y vino a caer aquí abajo en la tierra. Entonces, agrandó un poco el agujero por donde había pasado la flecha para buscarla, miró aquí abajo y quedó maravillado de la abundancia y variedad de cosas que estaba viendo.
Ese guarao tenía una mujer muy gruesa y próxima a dar a luz. Fue a ella y le dijo: yo voy a buscar mi flecha; dentro de cuatro días volveré. Dicho esto, tiró un mecate larguísimo por aquel agujero, se descolgó por él y llegó con felicidad a la tierra.
Después que buscó la flecha empezó a caminar de un lado para otro y encontró mucha abundancia y variedad de comida: pescado, yuruma y casabe. La yuruma era tan abundante, que alrededor de cada moriche había cantidad suficiente como para llenar un gran mapire.
El guarao, a pesar de que había tantos alimentos, comía muy mala comida; pues como no había fuego,  tenía que contentarse con asarla al sol, el cual era entonces muy ardoroso.
Como así no cocinaba bien, un día llamó al loro y le dijo: Vete a buscar un sapo, pícalo y tráeme fuego. Fue el loro, picó al sapo, pero nada consiguió. Por segunda vez mandó el indio al loro que sacase fuego del sapo; pero sólo pudo conseguir al picarlo quemarse un poco el pico.
Como nada conseguía, preguntóle el guarao: -¿Dónde está el sapo?
-Debajo de un moriche en el centro del morichal. 
Encaminóse hacia allá el indio, subióse al árbol, y al cortar un gran racimo, lo dejó caer sobre el sapo, el cual quedó con el golpe medio aplastado y empezó a despedir humo. Al poco rato, el sapo se fue poco a poco a la sombra de un árbol, que produce la fruta llamada ¨mugi¨. Subió el indio al árbol, cortó un racimo y al caer encima del sapo, este despidió un fuego tan grande y violento que abrasó toda la tierra.   
Ese fue el primer fuego que hubo en la tierra y de él proviene todo el que hay actualmente.Con este fuego pudo el indio cocinar a su gusto comida suficiente y muy sabrosa.
A los cuatro días se encaramó por el mecate y volvió a subir. Apenas llego, dijo a los otros indios: ¨Ine joaica jobaji yaqueraje miae¨.¨ Yo he visto allá abajo una tierra muy buena. Donde hay mucha y muy sabrosa comida. Vámonos allá¨.
Hicieron el agujero un poco mayor, echaron una cuerda muy fuerte y larguísima, una de cuyas puntas amarraron bien arriba y la otra tocaba en el suelo, y por ella se fueron descolgando indios e indias uno por uno.
Cuando habían ya descendido bastante número de guaraos, le tocó a la vez a la mujer del indio que vio primero la tierra; pero como estaba muy gruesa, al pasar por el agujero del cielo lo tapó y no podía salir ni para abajo ni para arriba. Como todavía quedaban más guaraos que tenían prisa por bajar, empezaron a darle pisotones, pero lo que hicieron fue  apretarla más, dejando el agujero definitivamente tapado. De tanta fuerza que hicieron sobre ella, le sacaron el intestino el cual quedó colgando del cielo, convertido en una estrella grande. Esa estrella grande es el lucero que se ve por la mañana.
Por eso, los indios, cuando ven esa estrella brillante por las mañanas, dicen: ¨Por allí bajaron los indios que la poblaron¨.
De esa manera, hubo indios y hubo fuego.  

Nota: Textos transcritos de Leyendas Indígenas Venezolanas de Carmela Bentivenga de Napolitano, publicado por la Editorial Biosfera (Caracas, 2007)