viernes, 2 de junio de 2017

Breves cuentos, mitos y leyendas indígenas (1)


Imagen en el archivo de Amalia Amelia Vargas

EL HOMBRE, LA MUJER Y EL PÁJARO CARPINTERO (etnia yukpa)
Atancha, Maneracha y Sakuare
Tamurenchu, el Dios Creador, autor del mundo y de todas las cosas había creado el primer hombre, Atancha, de un tronco de árbol que tenía vetas de sangre, y lo hizo dueño y señor de la tierra y de los animales.
Pero Atancha vivía sólo. Cultivaba, cazaba y pescaba sin nadie que compartiera su labor.
Sakurare, el pájaro carpintero, se hallaba un día posado en una ceiba cuando vio a Atancha que secaba el sudor de su frente, fatigado. Se compadeció. Todos los días lo veía trabajar, labrando la tierra, pescando, cazando sin descanso. Y al llegar a casa debía también moler el maíz, tejer las cestas, y asiar la choza.
Sintió mucha lastima y se puso a pensar cómo ayudarlo. Pronto se le ocurrió una idea: alguien que acompañara a Atancha y compartiera sus faenas para aliviarlo. Sería bueno que también pudiese darle hijos. Pero, ¿cómo hallar a ese ser tan extraordinario que llenara la soledad de Atancha, le diera hijos y, a la vez lo ayudara? pensaba, pensaba, y no encontraba la solución.
Un buen día Sacurare, que había volado muy lejos buscando insectos para sus hijos, estaba picando el tronco de un bucare. Golpeaba con fuerza, cuando oyó un débil quejido
 -¡ Ay, ay!
El pájaro se armó de valor y pregunto: -¿Qué es eso? Como nadie respondía, dio otro picotazo al árbol y se oyó de nuevo: -¡ ay, ay, ay,! 
-Es voz humana, se dijo Sacurare.     
Estoy seguro que de aquí sacaré a la compañera del hombre. Pero, por la emoción, no pensó en marcar el tronco, sino que voló contento hasta la choza de Atancha para contarle la buena noticia.
Este, entusiasmado, fue con el pájaro al bosque. Caminaron y caminaron todo el día, mas no lograron encontrar el árbol. Sacurare golpeaba aquí y allá y ninguno le respondía. Atancha pensó que era una broma del carpintero y se enojó mucho con él, hasta lo amenazó. Sacurare le pidió paciencia:
-No te conviene enojarte conmigo, porque si lo haces perderás la oportunidad de hallar a tu compañera.
Al fin recordó que la voz salía de un bucare grande, muy florecido de un rojo intenso lo halló y golpeó el tronco fuertemente. Entonces escuchó:  
-¡Ay, ay!  
-¡Aquí está el árbol! _ exclamó
-¡finalmente lo encontré!   
Y, para asegurarse, le dio otro picotazo:    
-¡Ay, ay, ay! gritó el árbol, aún más fuerte.
Sin perder tiempo, Atancha empuñó el machete, cortó aquel árbol en dos troncos y los llevó a su casa con gran cuidado, lleno de esperanza.
 Al día siguiente salió temprano a cazar y, cuando regresó, encontró la choza limpia la ropa lavada y los alimentos preparados. Comió y enseguida se durmió, sin ver a nadie, ni poderse explicar como había ocurrido todo aquello.
Esto sucedió por varios días y Atancha estuvo cada vez más intrigado, decidió  espiar a los troncos de bucare.
Una mañana se fue temprano, como de costumbre pero, en lugar de ir a trabajar se escondió detrás de un matorral desde el cual podía observar su casa. Oculto entre el follaje, vio salir de los troncos a dos bellas mujeres que caminando muy erguidas, casi tiesas, hacían todos los quehaceres del hogar: una limpiaba la casa, la otra preparaba la comida; una molía el maíz, la otra tejía las cestas.
Eran muy agradables y Atancha pensó que sería lindo tener hijos con ellas, como los tienen los pájaros carpinteros. Pero ni siquiera hablaban. ¿Cómo hacer para que aquellas dos hermosas muchachas se volvieran sus compañeras de toda la vida?
Pidió ayuda a Sacurare, mas este desde una alta copa le respondió:
-Tú me amenazaste, no confiaste en mí. Ahora arréglatelas como puedas. Sólo te diré que ellas se llaman Manerachas, que significa compañera del hombre.
Al día siguiente, Atancha volvió a esconderse en el matorral esperó que las hermosas mujeres salieran de los troncos y se les acercó. Estaban tan ocupadas arreglando la casa que no se dieron cuenta de que el hombre, silenciosamente, sujetaba a una por la cintura.
Ella trató de liberarse, pero por fin se rindió y aceptó el abrazó. Sin embargo, no  podía doblarse ni hablar.
Entonces Atancha le hizo cosquilla por todo el cuerpo hasta que ella rompió a  reír.
De esta forma la mujer recibió el don de la palabra, y pudo hablar. Luego le dobló las extremidades para que sus brazos y piernas tuvieran movimiento: Por eso es que nosotros los humanos podemos movernos fácilmente. Pero faltaba la segunda y Atancha procedió con ella de la misma forma. Las hizo a las dos sus mujeres;  tuvo con ellas muchos hijos, luego estos hijos se casaron, y de ellos nacieron otros hijos. Así se ha ido poblando la tierra hasta nuestros días.

Tomado de “El mundo mágico de los yukpa”, Marisa Vanini y Javier Armato, Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana  (2005)

EL ÁRBOL MARAHUAKA (etnia Yekuana)
Ahora vamos a tumbar el árbol Marahuaka.
Vinieron primero cuatro hombres que tenían hachas buenas para tumbar. Pero no pudieron. Sus hachas rebotaban, sin penetrar nada en el tronco. Se cambiaron en tucanes y empezaron a cortar con unos picos muy grandes, fuertes. No pudieron. Quebraron sus picos. Por eso, ahora los tucanes tienen picos como serruchos. Vinieron entonces los pájaros carpinteros. El propio dios Wanadi vino a cortar como un Carpintero Real. Y Semenia como Carpintero Mono. Comenzaron a cortar. Pero lo que cortaban de día, se componía de noche. Al amanecer, el tronco estaba intacto, sin corte.
Viendo que así no se adelantaban, Semenia les propuso que cortaran por turnos, día y noche, de modo que cuando unos cortaran, otros descansaran, y siempre hubiera alguno cortando.
Así hicieron. De este modo no se cerraba el corte. Cortaron hondo, día y noche: por muchos días y noches cortaron. El propio Wanadi dio el último picazo. Por fin, lo cortaron por completo. Todos miraban con miedo por donde iba a caer el árbol. Pero Marahuaka no cayó. Quedó colgado, con las ramas enredadas en el cielo.
Entonces llamaron a Kadiio, la ardilla, y le dieron un hacha para que subiera y lo cortara. Subió Kadiio y cortó Marahuaka que estaba agarrado en el cielo. Entonces sí cayó Marahuaka. Toda la tierra tembló. Era como si el mismo cielo cayera.
Los hombres, entonces, se asustaron y huyeron a esconderse en las cuevas. Cuando salieron, llovía duro. Fue la primera lluvia. Raudales, cascadas chorreaban de Marahuaka. Al buscar un camino la lluvia, nacieron los ríos. Así nació el Orinoco, Padamo, Cunucunuma, Kuantinama, Antawari, todos los ríos. Los llamaron el agua nueva. Corrían como culebras sobre toda la tierra.
Toda la tierra cambió. No parecía ya la de antes. Se puso todo verde. Había muchos árboles.
El tronco de Marahuaka se partió en tres pedazos. Al caer, se cambiaron en piedra. Ahora son los tres pedazos de la montaña Marahuaka, la más alta de la tierra.

Tomado de Cuentos Indígenas Venezolanos de Antonio Pérez-Esclarin y Alexander Hernández. Distribuidora Estudios. Caracas (1996)

 LA CREACIÓN DE BUOKA (I) (etnia Piaroa)
Al principio no había nada: ni hombres, ni aguas, ni animales, ni montes, ni tierras. Después apareció el cielo. Comenzó la creación del mundo.
— ¡Jumora ujkwoku nkereu ujkwoku! –con estas palabras nació Buoka. Su nombre es nombre humano. Se creó antes de la palabra, en la propia palabra. Hablaron de él y lo vieron, aunque aún no había crecido, pues dijeron las palabras completas:
—Jumora ujkwoku –y en esas mismas palabras creció y creció...
Antes de Buoka no había nada: ni tierras, ni árboles, ni montes, ni aguas, ni animales; nada. Nada existía, solo la nada. Y nació un ser único, creció con las palabras: era Buoka, Aruttu-Buoka.
Y nació con el viento de la palabra del canto. Y lo cantaron: el nombre le vino del viento. Buoka se hizo de la nada. Y en su cabeza procreó, en sus pensamientos vio a su hermano, Wajari. La mujer, hermana de los dos, a la que llamaron Tchejeru, fue pensada por Wajari. Así fue la creación de Wajari.
Y aún no había aguas, montes ni frutas; pero apareció la tierra. Antes de la creación de la tierra solamente existían el aire y el viento. La palabra trajo a Buoka, él a Wajari y este a Tchejeru.
Dicen que Buoka nació con las palabras, con las palabras del canto. Y que lo crearon los pensamientos y visiones que el viento llevaba. Desde entonces también nosotros tenemos la propiedad de imaginarnos algo. No tenemos más que el pensamiento. Para donde voy, sé que se alza una churuata; vaya por donde vaya, sé lo que me espera.
Los creadores meditaron, se imaginaron a Buoka y luego se dieron a la tarea de crearlo. Palabra tras palabra y he aquí a Buoka, nació Buoka. Luego Wajari y después Tchejeru. —Enemey ereuke tjuruode –llegó con estos nombres, surgió como el pensamiento pleno de algo. Desde entonces pensamos, desde entonces sabemos.
—Putjadiarimando –y nació Buoka. He aquí su nombre completo: Aruttu-Buoka.
Buoka fue tomando cuerpo poco a poco: le crecieron los brazos, el tronco, la cabeza. Decimos tjasarine. Desde entonces es que tenemos cuerpo, brazos, todo en su lugar. Y así decimos: tjasarine: creación, crecimiento. Nos parecemos a Buoka.
Ñuema-a se llama el lugar donde nació el mundo piaroa. Cerca del Mariweka, en la orilla de acá, a la derecha de nosotros. Junto al Ñuema-a se extendía el lago, que crecía cada vez más. Y allá nos crearon a nosotros. Allá se alzaba un árbol gigante, un árbol de cuatro ramas, cuatro brazos. Ahora somos los mismos: tres tribus indias y los españoles. A cada rama se subió un hombre y una mujer, y se apoyaron en las ramas del árbol.
Son innumerables los nombres de la creación. Llamémosla Ñuema-a y Jajkawana Meredye también. La segunda es la sirena, el estruendo de la tierra. En vano la buscaríamos, no la podríamos encontrar. Solo podemos oír su voz. Es el raudal del caño de aguas frías. Cuando íbamos a buscar curare teníamos que atravesarlo. Y siempre lo atravesábamos.
Hoy en día no hace falta el veneno, pues cazamos con escopetas. Kwawai, el árbol gigante, estaba junto al Sipapo. Todo esto ocurrió después de que crearon a los tres hermanos. Junto al Kwawai crearon nuestro alimento. Fue donde nació todo lo comestible, nosotros, los piaroa, lo llamamos Kwawai. Y Kwawai es obra de Wajari.
Hoy se ve entre los ríos Cuao y Autana la alta montaña en la que se convirtiera el árbol gigante, que tenía encima todas las plantas comestibles: yuca, maíz, ocumo, ñame, batata y muchas frutas. Y todo lo creó Wajari.
Un día Wajari decidió cortar el árbol para que todo el mundo pudiera disfrutar de las frutas. Cayó el árbol gigante. Su inmenso follaje cayó hacia allá, si hubiera caído hacia acá habría más montañas altas y piedras en el lado de acá de la selva.
Ahora, en el otro lado, por el Alto Cuao, se pueden ver los cerros y montañas cubiertos por la selva. Como el follaje del árbol cayó para allá, también la tierra es mejor por allá. Aquí, de este lado, se dan pocas frutas. Sin embargo, Buoka fue el primero, el primero delante de todos, los demás llegaron solo después de él. Buoka creó con sus ojos: se sacó uno, vio adentro al hombre y le puso nombre: ¡Wajari!
Así dijo Buoka:
—Lo arranqué a él que será mi hermano, mi hermano menor. Se sacó el otro ojo también y fue Tchejeru, su hermana menor. Pues eran tres hermanos y una sola familia.
¿Sabes? En el medio de los ojos ves una figurita negra, un muñequito. Esta imagen fue la que se arrancó de los ojos y luego le dio nombres: Jiarea jaana, el muñequito en el ojo, hombre en el ojo, el hombre del ojo. Eso fue idea de Wajari.
La historia siempre suena igual: Buoka hizo a sus hermanos de sus ojos. Al principio nacieron ellos tres. Sí, señor .Mékira, el chácharo, era de Buoka. Si se canta la canción del Mékira que ahuyenta la enfermedad, cantamos a Buoka. Si cantamos al Ime, el báquiro, las palabras hablan sobre la creación de Wajari.


Tomado de: Cuentos y mitos de los piaroa. Lajos Boglár  Fundación Editorial El perro y la rana (Caracas, 2015). 

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