viernes, 9 de junio de 2017

Breves cuentos, mitos y leyendas indígenas (8)


Niños Pemón. Imagen en el archivo de Alejandra Sánchez

MAYIKOK O PATAMONA (etnia pemón)
Cuando estaba en San Antonio de Roscio, había mucha cacería: paují, pava, báquiro, venado, y muchos otros más. Yo abrí mi pica  por las montañas por donde no había transitado ninguna persona del mundo. Todos los viernes al mediodía salí por esa pica a cazar y como era montaña virgen conseguía a cada rato pava, paují, venado, o cualquier otra cacería. Y un viejo piasán que estaba en la comunidad me hizo la siguiente advertencia: Díganle a mi sobrino Carlos Figueroa que cuando consiga una o dos cacerías, que se regrese inmediatamente con esa cacería. Porque si insiste en conseguir más, está expuesto que los dueños de esos animales, de esas aves, se lo lleven a un mundo,  donde ellos  viven muy diferentes a nosotros. 
 Me costó creer lo que el piasán me advertía, hasta vivirlo. Un día salgo por la misma pica que solía salir, cuando iba a cazar  y cuando voy caminando por la pica observo que hacia mí vienen una manada de monos, y me espantan unas pavas hacia donde estoy. Y tres pavas se paran en un árbol, en unas ramas… yo cazaba con la bácula  muy bien, tenía buena puntería.
 Pero ese día no sé qué me pasó, yo creo que lo que me sucedió en ese momento fue un signo de algo que me iba a suceder. Así lo interpretamos nosotros los indígenas. Por ejemplo cuando nos sucede una cosa anormal, algo va a suceder. Y efectivamente eso fue, eso sucedió en la forma siguiente. Se encaraman las pavas en unas ramas y disparo, serían como 15 o 20 metros. Pero las pavas no caen. Se vienen más cerquita de mí y se paran: ¡Cucucucujuu! Vuelvo a disparar, pero vuelven a regresar al mismo sitio y sigue con su canción: Cucucujuu. De ahí se me va y la sigo con la vista fija, y se encaraman en aquella rama, un poquito más lejos. Y sin pestañar me aparto y voy hacia la pava: Aquí se agarró… y no la veo. Si no fue a ninguna parte ¿qué paso? Y de repente oigo que están para este lado.
 Pero cuando digo ¿Qué es esto, se vino aquella mata y ahora canta por otra dirección?
¡No, yo me voy! Cuál es mi sorpresa, encuentro la pava muerta y digo: ¿cuándo le di para que cayera allí, cómo eso? Bien, agarré mi pava, y en el camino había dejado un bolso donde cargaba los repuestos, el reparto de los cartuchos, un cuchillo, un pedazo de casabe, y otras cosas más. No es que me parece que lo dejé, sino que lo dejé sabiendo donde lo dejaba en plena montaña ¡y no encuentro mi bolso! ¿Qué pasaría, que pasaría?
Doy la vuelta, vuelvo a regresar, y lo busco. Entonces pienso: ¡Caray! ¿Será que alguien me lo llevó?  ¡No juegue! Ahora si hubiera caminado por el camino unos 20, 30 o 40 metros, no, yo camino y lo dejaría, ¡pero es que yo me aparte de aquí! No es que me paré, sino que… con seguridad. Pero entonces me entra la curiosidad.
Pensé: ¿Caramba, algo me pasó! Sigo caminando y encuentro, como a 100 metros, la bolsa que había dejado aquí. Y de repente oigo un silbido de esos pájaros que nosotros llamamos Woroiwok, que cantan así: worouu- worouu- worouu. ¡Mira, se me espelucó la cabeza, me dio ese susto! Entonces me acordé del mensaje del piasan¡ ¿Serán estos?!
Yo había aprendido de algunos viejos que me decían que en cada sector hay un dueño que domina ese sector, y ese dueño puede ser algún piasan que vivió allí o algún anciano con conocimiento. Entonces como yo tenía conocimiento de que el primer Pemón que se ubicó en el sector Kuyunífue Juan Bravo, entonces le hablé a eso que me estaba silbando: Miren, no se extrañen de mí. Yo no soy extraño a este lugar ¡Yo soy sobrino de Juan Bravo! Y me vuelven a contestar: worouu- worouu- worouu ¡Me dio un miedo esa vez! Y eso fue la advertencia que me hizo el piasan.
Cazaba un venado y seguía cazando, y entonces llegaba un momento en que los dueños de eso decían: ¿Ah, te gusta? Ahora vente para que seas dueño de estos animales con nosotros.  Eso es lo que utilizan y dicen los que conocen de estos asuntos. Y así fue como me lleve el primer susto esa vez.
 El segundo susto fue que salí a cazar una noche y en la misma comunidad cantaban el que llaman “silbón”. Eso silbaba así: ma`chi`kototoi-Ma`chi`kototoi. Más pequeño y más grande. Y eso era anormal entre esa clase de pájaros o ave que canta. Voy en la noche de caza por esa pica con un perrito que yo había entrenado para ser cazador de venados, y cargaba dos linternas, una para alumbrar el camino y el otro frontal para alumbrar nada más cuando llegaba la cacería, para alumbrarla mejor para no perder la cacería. Andando por esa montaña oigo ese silbido ma`chi`kototoi-Ma`chi`kototoi.
 Inclusive esta imitación que estoy haciendo dicen los viejos que no se debe imitar, porque se venga: pone loco a uno, pierde los sentidos, y si uno no sabe Taren para contrarrestar, bueno, puede tomar otro camino. Pero para que cualquier día que oigan este silbido sepan que es un animal, que son aves peligrosas sagradas, por eso estoy imitando. Y como creo que no está cantando en este momento, y como estoy tan lejano, no me voy a loquear ni voy a correr por estas veredas.
 Bien, cuando oigo ese ruido se me espeluca la cabeza otra vez, prendo la linterna y me pongo a alumbrar por que la montaña está clarita, y nada. Sigo por el camino… de repente, siento que como a tres metros de distancia se para algo que hace ruido en  las hojas secas: worou. Me asusté y disparé en la dirección  por donde oía ruido. Un venado que se levanta ahí, se espanta, el perro mío lo sigue jau-jau-jau, dio la vuelta y cuando atraviesa el camino lo alumbro, ¡paa! Disparo y lo mato. Ese era el animal que estaba silbando. Lo oí en esa dirección y lo encontré en esa dirección. De modo. De modo que esos animales tienen sus dueños, que nosotros llamamos Mayikok. Hay muchos misterios en la selva.
 Yo eh preguntado a los que saben: ¿De dónde vienen estos dueños de las montañas? Y ellos me dicen lo siguiente. Que durante la guerra de la Independencia había piasan que sabían muchas cosas, y como no quisieron someterse se internaron en las montañas y ahí están con sus conocimientos  ancestrales, y que tienen poder de convertirse en un animal, en un ave, en un tigre, o en cualquier otra cosa. A muchos de nosotros los indígenas nos cuesta creer lo que nos dicen nuestros viejos, nuestros abuelos.
 Pero también muchos se han llevado la sorpresa de que es cierto lo que dice los viejos.
 Otros ejemplos: en el sector del km. 88 hay una zona donde los indígenas no penetran pues, las veces que penetran a esa parte, algo sucede.  Ahí hay un río, un afluente del río Kuyuni,  que tiene bastantes peces como Aymara.  
 El Aymara es un pez que nosotros los pemón nos gusta consumir, porque es un pescado sabroso. Lo comemos asado, ahumado, y de otras muchas maneras.
 Y estando yo ahí, un tío mío de nombre Julio Lezama me dijo: Mira, sobrino, yo voy a echar barbasco a ese río que yo sé que es muy celoso, en diferentes oportunidades los indígenas han querido pescar en comunidad y las veces en que se acercan a ese río, aunque sea en pleno verano sin haber visto que allá llovido esa noche, parece que llueve en la cabeceras  y eso se llena que no se puede pescar, y se han tenido que regresar.  A veces bajan hojas de cambur cortado con el machete, y nosotros sabemos que por ahí no vive ningún indígena Pemon.
 Porque los indígenas se conocen quien vive en tal parte. Así como en Caracas los caraqueños se conoce dónde está Petare, dónde está tal cosa, en la misma forma los indígenas conocen su selva. Saben dónde está la cabecera tal, o el árbol tal, el barbasco tal. Entonces en esa forma también saben de este sitio, y así ha sido que han ido varias veces a echar barbasco y no han podido, porque se llena inmediatamente. Es decir, el dueño protege a esos peces para que no se los lleven.
 Inclusive, en esa quebrada al pie de un árbol se ha conseguido escamas de Aymara, han escuchado que más adelante están conversando personas, inclusive niños bañándose en el río, gritando. Y cuando se acercan no encuentran nada, pero si rastros. Y no sé. Yo pienso que estas personas, como acabo de decir, son personas que huyeron durante la guerra de independencia y por no querer someterse ni a los realistas ni a los patriotas para ser baqueanos, se internaron en esas montañas con sus conocimientos. Y esos son los Mayikok dueños de los bosques, de las montañas, de los cerros. Eso es lo que nos explican posteriormente los piasán.

Tomado de Pataamunaanü´nin: Nuestras Tierras son de nosotros (Etnia Pemón). Carlos Figueroa. Ediciones El Pueblo. Ciudad Bolívar. (2005)


EL CACHICAMO (etnia yukpa)
Kamashru
 Kamashru era una persona muy pícara y malintencionada. Sus bromas eran pesadas y a todos molestaban. A menudo se disfrazaba  de distintas  clases de gente para asustar a un pobre yukpa que vivía solo. Otras veces lo hacía  caminar sin rumbo fijo, con alguna treta, o lo encerraba en su propia casa y lo hacía comer bajo engaño la carne de algún animal podrido.
Sucedió que aquel hombre sencillo se cansó de tantas bromas crueles y tontas jugarretas y decidió vengarse de Kamashru, haciéndole él también una maldad. Pero debía esperar el momento preciso. Un buen día Kamashru, que andaba cazando, llegó sediento a su casa.
-Hermano – le dijo - ¿me regalas una taparita de agua?
-Si tuviera te daría – respondió el yukpa -, pero se me acabó
 Sin embargo el caño está cerca. ¿Por qué no vas hasta allí a beber?
-Buena idea – convino Kamashru. Llegó hasta el caño y se inclinó para tomar agua. El yukpa solitario comprendió que aquella era su oportunidad. Tomó una vara de caña brava llamada Vishira, que tiene forma de rabo de cachicamo, y se la colocó al bromista dentro del guayuco, en el medio de las nalgas, a modo de cola. Luego comenzó a reír y reír sin poder contenerse. Cuando Kamashru se dio cuenta de lo que pasaba, lanzó un grito de ira y trató de golpearlo. Pero en aquel momento se convirtió en un extraño animal, con un rabo bastante cómico y todo el cuerpo cubierto de una dura caparazón. A ese animalito lo conocemos hoy como Kamashru, el cachicamo.

Tomado de “El mundo mágico de los yukpa”, Marisa Vanini y Javier Armato, Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana  (2005)


WAJARI, LOS WAIKUNIS Y LA GESTACIÓN (etnia piaroa)
Esta historia la dicen en todos los cantos contra las enfermedades de animales para ayudar al parto rápido de las mujeres embarazadas. Los pensamientos de Wajari andaban por Mariweka y visitaron numerosos recintos del mundo inferior. ¿Y qué encontraron por allá? Que todas las hembras de los animales estaban embarazadas y enfermas. Los pensamientos también vieron que la madre del mono, del báquiro, del armadillo paren con mucha dificultad. Wajari dijo: “Ya hace
tiempo que creé a los piaroa, sin embargo, se enferman tanto al parir, como los animales. Y si me muero, las enfermedades quedarán”.
Wajari usó a los waikunis, que son hombres como los piaroa, pero en la tierra ellos son el “Pueblo de Mariweka”. Como si ese pueblo fuera la madre de los piaroa. Los piaroa dicen: “Los waikunis son nuestros parientes. Nos los comemos en forma de pájaros porque nunca nos enfermaremos de la carne de nuestros parientes”.
Los waikunis le dijeron a Wajaris: “Nosotros somos el pueblo de Mariweka. Queremos un canto que facilite el nacimiento de los niños”. Wajari dijo: —¡Sé un canto así!
El canto les sirvió a los waikunis: lo cantaron y al momento sus mujeres dieron a luz. Dijeron los waikunis: “Nosotros no necesitamos enfermedades así. De ahora en adelante nuestras mujeres comerán siempre carne de animales y parirán fácilmente. No queremos esta enfermedad. Podemos comer todo tipo de animales y tenemos nuestro canto, ya ahora nuestras mujeres tienen menos problemas”.
Los piaroa también cantan, y las mujeres no sufrirán más. Si ataca el espíritu marima, no puedes salvar a la mujer enferma. Pero los animales no tienen un canto así y se mueren con frecuencia con los pichones en su vientre. La madre de los animales trae al mundo sus pichones y Wajari les da forma: huesos, ojos, carne, uñas, pelo y muchas cosas más.


Tomado de: Cuentos y mitos de los piaroa. Lajos Boglár  Fundación Editorial El perro y la rana (Caracas, 2015). 

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