domingo, 18 de junio de 2017

Breves cuentos, mitos y leyendas indígenas (18)


Imagen en el archivo de "Indio César"



LA CREACIÓN DE LOS ANIMALES (etnia Yukpa)
Maipore Nere Pisha
Lo que hoy se conoce con el nombre de reino animal, formó parte una vez del reino de los humanos, los primeros habitantes de la tierra.
Cuando Tamurenchu los creó, los hombres le eran fieles. Pero al correr del tiempo comenzaron a alejarse de él y a cometes acciones indignas como mentir, traicionar, robar y matar. Se volvieron perezosos y dejaron de trabajar. Abusaban de la chicha, que sólo era para los días de fiesta, y la ingerían con frecuencia en gran cantidad, así que se emborrachaban, y borrachos ofendían a sus madres y a sus esposas. Finalmente se olvidaron de su Dios creador.
Desde las alturas Tamurenchu miraba con tristeza los campos sin cultivar, las casas sucias, abandonadas, los hombres tendidos junto a los ríos, envilecidos. Cansado de tanto abuso e infamia decidió bajar a la tierra para sorprenderlos y castigarlos. Una sola familia humana le había permanecido fiel, la de Atancha, el primer hombre, y con ellos se hospedó. Confiándoles sus terribles propósitos e instándoles a colaborar con él,  para dar una lección a los humanos.
Atancha, el jefe de aquella familia, el hombre leal, comenzó el preparativo para la gran fiesta que los yukpa llaman chicheo, porque durante ella toman la chicha, que días antes preparan con el plátano fermentado.
Todas las gentes yukpa fueron invitadas. La reunión comenzó con gran entusiasmo. Hombres, mujeres y niños comían y bebían alegremente. Tamurenchu fue el gran protagonista: fingía beber y emborracharse, y pronto los demás se animaron a embriagarse ellos también.
Pero cuando todos estuvieron ebrios, Tamurenchu, su Creador, cansado de tantas estupideces y maldades, dijo: 
-He venido a darles el castigo que merecen. Cómo no son dignos de ser seres humanos, desde ahora ¡serán animales!
De inmediato comenzó a transformarlos con su gran poder y, lo hizo según las características de su conducta anterior. Los más crueles y sanguinarios fueron convertidos en serpientes y caimanes. Quienes habían sido traidores se volvieron ratas y sapos. Los más flojos que habían descuidado sus tierras se tornaron en perezas, los mentirosos en camaleones, los charlatanes en monos.
Sin embargo, Tarumenchu, recordó también a las personas alegres y colaboradoras. Les dio un colorido plumaje y les dijo:   
 _ ¡Embellezcan el mundo con su canto!.    Y los convirtió en pájaros.
 A los guerreros de carácter violento los convirtió en orgullosos tigres y feroces pumas. Quienes eran gente limpia y gustaban de lavarse en ríos y arroyos se volvieron peces. Los que no se aseaban su persona ni sus casas fueron convertidos en cochinos de monte y gallinas. Los tímidos y retraídos, en venados. Terminado el castigo y la transformación, Tamurenchu oscureció el mundo con un eclipse de luna, durante el cual volvió al cielo. Desde entonces, cada vez que ocurre un eclipse de luna los yukpa se aterran, no duermen. Velan imsones en el interior de sus chozas, temblorosos en sus hamacas, y no duermen hasta que termina el eclipse, porque hay un presagio indígena que dice:
El yukpa que se deja sorprender dormido por un eclipse de luna, se transforma  para siempre en pereza.

Tomado de “El mundo mágico de los yukpa”, Marisa Vanini y Javier Armato, Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana  (2005)


EL ORIGEN DEL DÍA Y LA NOCHE (etnia Yukpa)
En el comienzo del tiempo, había dos soles, uno de los cuales salía cuando el otro se ocultaba.
Un día Kopecho invitó a uno de los soles a una fiesta. El sol asistió, sin embargo, no intentaba bailar.
Kopecho había preparado una gran fogata y se puso a bailar ante el sol en una forma tentadora. Él se sintió hechizado por la danzarina. Se levantó  y se fue hacia ella.
Pero, él no había visto que detrás de la fogata había un abismo en forma de pozo profundo, lleno de carbones ardientes. Allí cayó el sol antes de alcanzar a Kopecho.
Estando el sol muy acostumbrado al calor, no se quemó, trepó y salió fuera del abismo. Sujetó a Kopecho por las caderas y la arrojó al agua. Kopecho se transformó en un sapo y desde aquel día ha vivido dentro del agua. El cuerpo del sol, no obstante, se tornó blanco y sus ojos se convirtieron en carbones ardientes. Este sol regresó al firmamento y allí se convirtió en luna. Así fue como comenzó la noche y el día.     

Tomado de Cuentos Indígenas Venezolanos de Antonio Pérez-Esclarin y Alexander Hernández. Distribuidora Estudios. Caracas (1996)


LA PRIMERA FIESTA DE BUOKA Y WAJARI (etnia Piaroa)
 Estaban sentados juntos Wajari, Buoka, Imiña Enemey (el protector de los piaroa, al que Wajari llamó Chujorimu) y Ujori Ruadyei (al que Wajari llamó Chujori) soplando yopo mientras que hacían los preparativos de su fiesta. Trabajaban juntos y ayudaron a Wajari en la celebración de la fiesta.
Sembraron mucha yuca para la ceremonia. Por el efecto del yopo se les presentaron las imágenes de lo que iba a pasar en la fiesta. Wajari y Buoka cantaban juntos sus pensamientos. Imiña Enemey y Ujori Ruadyei se reían juntos del canto de Wajari y Buoka que, así y todo, les gustaba mucho.
También Tchejeru oyó el canto y quiso que su hermano le preparara la fiesta para ella. Hoy en día, si no ves con anticipación las imágenes de la fiesta con una churuata, no puedes dar la fiesta.
Al otro día todo se repitió. Wajari y Buoka cantaron juntos y vieron las imágenes de su fiesta. Buoka le dijo a Wajari que sus imágenes no eran buenas. En cambio, Wajari le explicó que las suyas eran muy hermosas. Por eso Buoka le dijo a Wajari que se sentía capaz de preparar la fiesta.
Así Wajari comenzó la fiesta. Le dijo a Tchejeru que si ella quería una fiesta para ella, tendría que sembrar mucha yuca y de la cosecha hacer mucha yucuta. Wajari se dispuso a construir el ruwode, en donde, con Buoka, se darían a la tarea de preparar las máscaras para la fiesta. A las mujeres gustaba oír la música del Warime. Así trabajaban en los conucos y luego venían a escuchar.
Ya casi todo está preparado. Tchejeru estaba orgullosa de su hermano. Y dijo: “Pues sí, en realidad mi hermano es un gran pensador”.
¿Por qué lo enterraron, por qué lo escondieron? El chuwo es tan peligroso como el worrah o el da-a, el dyajo o la muotsa. . Esos son peligrosos porque al tocarlos no están cubiertos, como los bailarines bajo los Warimes.
Tchejeru pensó que algún hombre estaba tocando el instrumento. Aquella vez Tchejeru se escabulló tres veces para saber de dónde venía el sonido.
La flauta nasal trae muchos peligros. Se llama chuwo, Wajari le puso el nombre. No todo el mundo sabe tocarla. Mi padre la sabe tocar, mi hermanito está aprendiendo. Cuando suena, dicen las mujeres chuwo ujkwoku, “está hablando el chuwo”. Al igual que el dyajo y la muotsa.
Wajari tomó el instrumento y lo escondió porque ese era su instrumento. Lo tocó, lo fue probando en secreto. Tchejeru quería no solamente oírlo sino verlo también; es más, hasta quería ver los Warimes, quería saber cómo eran. Wajari le dijo: “Ni los instrumentos musicales ni los Warimes son propios para las miradas de las mujeres”.
Wajari fue el que los hizo. Luego él también se puso los warimes y entró en la churuata, como nosotros mismos hacemos. Wajari cantó, tocó su maraquita. Tchejeru le respondió, cantó y se dio cuenta que era la voz de su hermano la que venía de adentro del Warime. Salió corriendo hacia el bailador y corrió la cortina de hojas de palmera que le cubría la cara.
Wajari salió corriendo, dejó a su hermana y escondió el Warime en su churuata. Dijo que no era de aquí, que no la había traído de la casa de su madre.
Tchejeru quería saber por qué solamente Wajari podía conocer el secreto. Ya una vez había corrido la cortina y había visto quién se escondía bajo la máscara. Tchejeru era muy curiosa, hubiera querido ver las cosas prohibidas. Pero no la llevaron allá, donde suenan los instrumentos musicales.
Pudo ver la danza del Warime, eso sí, pero esta no era tan secreta. Porque cuando bailan, las hojas de palmera cubren los rostros. Si te pones una máscara en la cabeza, nadie sabrá quién está bajo el Warime.  Porque hasta tu voz cambia. Cuando yo bailé esa danza, también canté con otra voz.
Mi padre, el difunto Ñemeh, si que tenía buena voz. Sabía tocar el chuwo, el worrah y hasta la muotsa. También tocaba el dyajo; conocía todos los instrumentos. Él me enseñó a mí también cómo tocar el chuwo, la voz de Wajari.


Tomado de: Cuentos y mitos de los piaroa. Lajos Boglár  Fundación Editorial El perro y la rana (Caracas, 2015). 

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