Mostrando entradas con la etiqueta Mito indígena de Venezuela. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mito indígena de Venezuela. Mostrar todas las entradas

viernes, 2 de junio de 2017

Breves cuentos, mitos y leyendas indígenas (1)

Imagen en el archivo de Amalia Ameli Vargas

EL HOMBRE, LA MUJER Y EL PÁJARO CARPINTERO (etnia yukpa)
Atancha, Maneracha y Sakuare
Tamurenchu, el Dios Creador, autor del mundo y de todas las cosas había creado el primer hombre, Atancha, de un tronco de árbol que tenía vetas de sangre, y lo hizo dueño y señor de la tierra y de los animales.
Pero Atancha vivía sólo. Cultivaba, cazaba y pescaba sin nadie que compartiera su labor.
Sakurare, el pájaro carpintero, se hallaba un día posado en una ceiba cuando vio a Atancha que secaba el sudor de su frente, fatigado. Se compadeció. Todos los días lo veía trabajar, labrando la tierra, pescando, cazando sin descanso. Y al llegar a casa debía también moler el maíz, tejer las cestas, y asiar la choza.
Sintió mucha lastima y se puso a pensar cómo ayudarlo. Pronto se le ocurrió una idea: alguien que acompañara a Atancha y compartiera sus faenas para aliviarlo. Sería bueno que también pudiese darle hijos. Pero, ¿cómo hallar a ese ser tan extraordinario que llenara la soledad de Atancha, le diera hijos y, a la vez lo ayudara? pensaba, pensaba, y no encontraba la solución.
Un buen día Sacurare, que había volado muy lejos buscando insectos para sus hijos, estaba picando el tronco de un bucare. Golpeaba con fuerza, cuando oyó un débil quejido
 -¡ Ay, ay!
El pájaro se armó de valor y pregunto: -¿Qué es eso? Como nadie respondía, dio otro picotazo al árbol y se oyó de nuevo: -¡ ay, ay, ay,! 
-Es voz humana, se dijo Sacurare.     
Estoy seguro que de aquí sacaré a la compañera del hombre. Pero, por la emoción, no pensó en marcar el tronco, sino que voló contento hasta la choza de Atancha para contarle la buena noticia.
Este, entusiasmado, fue con el pájaro al bosque. Caminaron y caminaron todo el día, mas no lograron encontrar el árbol. Sacurare golpeaba aquí y allá y ninguno le respondía. Atancha pensó que era una broma del carpintero y se enojó mucho con él, hasta lo amenazó. Sacurare le pidió paciencia:
-No te conviene enojarte conmigo, porque si lo haces perderás la oportunidad de hallar a tu compañera.
Al fin recordó que la voz salía de un bucare grande, muy florecido de un rojo intenso lo halló y golpeó el tronco fuertemente. Entonces escuchó:  
-¡Ay, ay!  
-¡Aquí está el árbol! _ exclamó
-¡finalmente lo encontré!   
Y, para asegurarse, le dio otro picotazo:    
-¡Ay, ay, ay! gritó el árbol, aún más fuerte.
Sin perder tiempo, Atancha empuñó el machete, cortó aquel árbol en dos troncos y los llevó a su casa con gran cuidado, lleno de esperanza.
 Al día siguiente salió temprano a cazar y, cuando regresó, encontró la choza limpia la ropa lavada y los alimentos preparados. Comió y enseguida se durmió, sin ver a nadie, ni poderse explicar como había ocurrido todo aquello.
Esto sucedió por varios días y Atancha estuvo cada vez más intrigado, decidió  espiar a los troncos de bucare.
Una mañana se fue temprano, como de costumbre pero, en lugar de ir a trabajar se escondió detrás de un matorral desde el cual podía observar su casa. Oculto entre el follaje, vio salir de los troncos a dos bellas mujeres que caminando muy erguidas, casi tiesas, hacían todos los quehaceres del hogar: una limpiaba la casa, la otra preparaba la comida; una molía el maíz, la otra tejía las cestas.
Eran muy agradables y Atancha pensó que sería lindo tener hijos con ellas, como los tienen los pájaros carpinteros. Pero ni siquiera hablaban. ¿Cómo hacer para que aquellas dos hermosas muchachas se volvieran sus compañeras de toda la vida?
Pidió ayuda a Sacurare, mas este desde una alta copa le respondió:
-Tú me amenazaste, no confiaste en mí. Ahora arréglatelas como puedas. Sólo te diré que ellas se llaman Manerachas, que significa compañera del hombre.
Al día siguiente, Atancha volvió a esconderse en el matorral esperó que las hermosas mujeres salieran de los troncos y se les acercó. Estaban tan ocupadas arreglando la casa que no se dieron cuenta de que el hombre, silenciosamente, sujetaba a una por la cintura.
Ella trató de liberarse, pero por fin se rindió y aceptó el abrazó. Sin embargo, no  podía doblarse ni hablar.
Entonces Atancha le hizo cosquilla por todo el cuerpo hasta que ella rompió a  reír.
De esta forma la mujer recibió el don de la palabra, y pudo hablar. Luego le dobló las extremidades para que sus brazos y piernas tuvieran movimiento: Por eso es que nosotros los humanos podemos movernos fácilmente. Pero faltaba la segunda y Atancha procedió con ella de la misma forma. Las hizo a las dos sus mujeres;  tuvo con ellas muchos hijos, luego estos hijos se casaron, y de ellos nacieron otros hijos. Así se ha ido poblando la tierra hasta nuestros días.

Tomado de “El mundo mágico de los yukpa”, Marisa Vanini y Javier Armato, Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana  (2005)

EL ÁRBOL MARAHUAKA (etnia Yekuana)
Ahora vamos a tumbar el árbol Marahuaka.
Vinieron primero cuatro hombres que tenían hachas buenas para tumbar. Pero no pudieron. Sus hachas rebotaban, sin penetrar nada en el tronco. Se cambiaron en tucanes y empezaron a cortar con unos picos muy grandes, fuertes. No pudieron. Quebraron sus picos. Por eso, ahora los tucanes tienen picos como serruchos. Vinieron entonces los pájaros carpinteros. El propio dios Wanadi vino a cortar como un Carpintero Real. Y Semenia como Carpintero Mono. Comenzaron a cortar. Pero lo que cortaban de día, se componía de noche. Al amanecer, el tronco estaba intacto, sin corte.
Viendo que así no se adelantaban, Semenia les propuso que cortaran por turnos, día y noche, de modo que cuando unos cortaran, otros descansaran, y siempre hubiera alguno cortando.
Así hicieron. De este modo no se cerraba el corte. Cortaron hondo, día y noche: por muchos días y noches cortaron. El propio Wanadi dio el último picazo. Por fin, lo cortaron por completo. Todos miraban con miedo por donde iba a caer el árbol. Pero Marahuaka no cayó. Quedó colgado, con las ramas enredadas en el cielo.
Entonces llamaron a Kadiio, la ardilla, y le dieron un hacha para que subiera y lo cortara. Subió Kadiio y cortó Marahuaka que estaba agarrado en el cielo. Entonces sí cayó Marahuaka. Toda la tierra tembló. Era como si el mismo cielo cayera.
Los hombres, entonces, se asustaron y huyeron a esconderse en las cuevas. Cuando salieron, llovía duro. Fue la primera lluvia. Raudales, cascadas chorreaban de Marahuaka. Al buscar un camino la lluvia, nacieron los ríos. Así nació el Orinoco, Padamo, Cunucunuma, Kuantinama, Antawari, todos los ríos. Los llamaron el agua nueva. Corrían como culebras sobre toda la tierra.
Toda la tierra cambió. No parecía ya la de antes. Se puso todo verde. Había muchos árboles.
El tronco de Marahuaka se partió en tres pedazos. Al caer, se cambiaron en piedra. Ahora son los tres pedazos de la montaña Marahuaka, la más alta de la tierra.

Tomado de Cuentos Indígenas Venezolanos de Antonio Pérez-Esclarin y Alexander Hernández. Distribuidora Estudios. Caracas (1996)

 LA CREACIÓN DE BUOKA (I) (etnia Piaroa)
Al principio no había nada: ni hombres, ni aguas, ni animales, ni montes, ni tierras. Después apareció el cielo. Comenzó la creación del mundo.
— ¡Jumora ujkwoku nkereu ujkwoku! –con estas palabras nació Buoka. Su nombre es nombre humano. Se creó antes de la palabra, en la propia palabra. Hablaron de él y lo vieron, aunque aún no había crecido, pues dijeron las palabras completas:
—Jumora ujkwoku –y en esas mismas palabras creció y creció...
Antes de Buoka no había nada: ni tierras, ni árboles, ni montes, ni aguas, ni animales; nada. Nada existía, solo la nada. Y nació un ser único, creció con las palabras: era Buoka, Aruttu-Buoka.
Y nació con el viento de la palabra del canto. Y lo cantaron: el nombre le vino del viento. Buoka se hizo de la nada. Y en su cabeza procreó, en sus pensamientos vio a su hermano, Wajari. La mujer, hermana de los dos, a la que llamaron Tchejeru, fue pensada por Wajari. Así fue la creación de Wajari.
Y aún no había aguas, montes ni frutas; pero apareció la tierra. Antes de la creación de la tierra solamente existían el aire y el viento. La palabra trajo a Buoka, él a Wajari y este a Tchejeru.
Dicen que Buoka nació con las palabras, con las palabras del canto. Y que lo crearon los pensamientos y visiones que el viento llevaba. Desde entonces también nosotros tenemos la propiedad de imaginarnos algo. No tenemos más que el pensamiento. Para donde voy, sé que se alza una churuata; vaya por donde vaya, sé lo que me espera.
Los creadores meditaron, se imaginaron a Buoka y luego se dieron a la tarea de crearlo. Palabra tras palabra y he aquí a Buoka, nació Buoka. Luego Wajari y después Tchejeru. —Enemey ereuke tjuruode –llegó con estos nombres, surgió como el pensamiento pleno de algo. Desde entonces pensamos, desde entonces sabemos.
—Putjadiarimando –y nació Buoka. He aquí su nombre completo: Aruttu-Buoka.
Buoka fue tomando cuerpo poco a poco: le crecieron los brazos, el tronco, la cabeza. Decimos tjasarine. Desde entonces es que tenemos cuerpo, brazos, todo en su lugar. Y así decimos: tjasarine: creación, crecimiento. Nos parecemos a Buoka.
Ñuema-a se llama el lugar donde nació el mundo piaroa. Cerca del Mariweka, en la orilla de acá, a la derecha de nosotros. Junto al Ñuema-a se extendía el lago, que crecía cada vez más. Y allá nos crearon a nosotros. Allá se alzaba un árbol gigante, un árbol de cuatro ramas, cuatro brazos. Ahora somos los mismos: tres tribus indias y los españoles. A cada rama se subió un hombre y una mujer, y se apoyaron en las ramas del árbol.
Son innumerables los nombres de la creación. Llamémosla Ñuema-a y Jajkawana Meredye también. La segunda es la sirena, el estruendo de la tierra. En vano la buscaríamos, no la podríamos encontrar. Solo podemos oír su voz. Es el raudal del caño de aguas frías. Cuando íbamos a buscar curare teníamos que atravesarlo. Y siempre lo atravesábamos.
Hoy en día no hace falta el veneno, pues cazamos con escopetas. Kwawai, el árbol gigante, estaba junto al Sipapo. Todo esto ocurrió después de que crearon a los tres hermanos. Junto al Kwawai crearon nuestro alimento. Fue donde nació todo lo comestible, nosotros, los piaroa, lo llamamos Kwawai. Y Kwawai es obra de Wajari.
Hoy se ve entre los ríos Cuao y Autana la alta montaña en la que se convirtiera el árbol gigante, que tenía encima todas las plantas comestibles: yuca, maíz, ocumo, ñame, batata y muchas frutas. Y todo lo creó Wajari.
Un día Wajari decidió cortar el árbol para que todo el mundo pudiera disfrutar de las frutas. Cayó el árbol gigante. Su inmenso follaje cayó hacia allá, si hubiera caído hacia acá habría más montañas altas y piedras en el lado de acá de la selva.
Ahora, en el otro lado, por el Alto Cuao, se pueden ver los cerros y montañas cubiertos por la selva. Como el follaje del árbol cayó para allá, también la tierra es mejor por allá. Aquí, de este lado, se dan pocas frutas. Sin embargo, Buoka fue el primero, el primero delante de todos, los demás llegaron solo después de él. Buoka creó con sus ojos: se sacó uno, vio adentro al hombre y le puso nombre: ¡Wajari!
Así dijo Buoka:
—Lo arranqué a él que será mi hermano, mi hermano menor. Se sacó el otro ojo también y fue Tchejeru, su hermana menor. Pues eran tres hermanos y una sola familia.
¿Sabes? En el medio de los ojos ves una figurita negra, un muñequito. Esta imagen fue la que se arrancó de los ojos y luego le dio nombres: Jiarea jaana, el muñequito en el ojo, hombre en el ojo, el hombre del ojo. Eso fue idea de Wajari.
La historia siempre suena igual: Buoka hizo a sus hermanos de sus ojos. Al principio nacieron ellos tres. Sí, señor .Mékira, el chácharo, era de Buoka. Si se canta la canción del Mékira que ahuyenta la enfermedad, cantamos a Buoka. Si cantamos al Ime, el báquiro, las palabras hablan sobre la creación de Wajari.


Tomado de: Cuentos y mitos de los piaroa. Lajos Boglár  Fundación Editorial El perro y la rana (Caracas, 2015). 

domingo, 13 de noviembre de 2016

Literatura Indígena de Venezuela. El Cazador de Venados / WANÜLÜ Y EL CHAMAN* (etnia Guajira)


Infantes de nuestras etnias 


EL CAZADOR DE VENADOS / WANÜLÜ Y EL CHAMAN*

EESHI WANEE olojui irama…
Es la historia de un cazador de venados.
Su mujer y su hija lo acompañaban siempre.
Ellas gritaban en la maleza para que salieran los venados.
El cazador esperaba más lejos, con sus flechas,
cerca del lugar de sus huellas.
Los venados pasaban siempre por el mismo camino;
su rastro quedaba marcado en el suelo.
Es allí donde los acechaba—.
Un día,
mientras que las mujeres gritaban para acercar a los venados,
el wanülü estaba allí, de pie,
esperándolos.
Estaba vestido de negro, totalmente negro.
Se parecía a un cazador,
pero era un wanülü.

—¡Kama! ¡Kama! ¡Kama!
—gritaba la niña para atraer a los venados.
Fue la primera en salir del monte.
Wanülü estaba allí, acechando.
Le lanzó una flecha.
Al mismo instante su padre, el cazador,
vio caer una cierva:
era su hija que había tomado para él la apariencia de una cierva.
El wanülü la había matado.
La mujer vino en seguida.
El wanülü la mató,
delante de su marido que esperaba a los venados.
Enseguida después,
la niña llegó a la vista de su padre.
Ella tropezó y cayó,
allí donde había sido flechada la cierva.
Luego partió. 
La madre vino en seguida.
Tropezó y cayó en el mismo lugar.
Partieron los tres a la casa.
Caminaban.
Las mujeres llevaban el fruto del cardón yosu.
Pero, al llegar,
El cazador no quiso comer.
Tenía miedo.
No estaba seguro de que el hombre que había visto                fuese un wanülü.
Habría podido ser un cazador, como él.
Pero ahora tenía dudas.
Cuando se había acercado a ese hombre,
había sentido una fuerza en su cuerpo,
había debido bajar la cabeza.
En seguida el hombre se había escondido
y no lo había vuelto a ver.
Fue entonces que su mujer y su hija habían llegado.
Y podía ser que no fuesen ya ellas mismas,
sino solamente su piel y su carne
que habían ido hasta su casa.
Primero la niña comenzó a sangrar.
Vomitó mucha sangre y cayó muerta.
En seguida después la madre escupió sangre,
luego murió.
El wanülü había matado a las dos mujeres.
El cazador las enterró en su casa,
como se hacía antes.
En seguida fue a ver a un adivino,
un guajiro muy sabio,
que también era chamán.

 —Vengo a verte, abuelo,
para que adivines lo que me ocurre.
Mi mujer está muerta, mi hija está muerta,
¡me vuelvo loco!
El cazador le dio un pendiente de oro,
aguardiente y una mula,
como pago de la adivinación.
—¡La cosa va mal!
Se trata de un wanülü feroz.
Tú mismo has visto lo que ha pasado:
wanülü las ha matado delante de ti.
Las has visto caer.
Habrías podido flecharlo inmediatamente después.
Ahora estaría muerto.
—Yo creía que era una persona
—dijo el cazador.
Cuando el chamán hubo adivinado,
partieron donde el cazador,
donde estaban enterradas las dos muertas.
Allí, el viejo se puso a adivinar una vez más.
A la caída de la noche, se fueron.
Caminaron mucho tiempo.
A la mañana siguiente,
llegaron cerca del lugar donde estaba el wanülü.
Ya era mediodía.
—¡Vive aquí! Estamos muy cerca de él
—dijo el chamán, que también era adivino.
El wanülü estaba en un tronco de árbol.
Éste era muy espeso,
pero en la cima tenía un hueco.
El wanülü estaba allí.
—¡Quédate allí!
—dijo el chamán l marido de la muerta.
Se dirigió hacia el árbol.
Tenía un machete con el que golpeó al tronco.
—¡Allí está! Está dormido. ¡Ronca!
Era mediodía.
—¡Tan! ¡Tan! ¡Tan!...
El wanülü roncaba muy fuerte.
El chamán volvió a golpear el tronco.
—¡Presta atención! ¡Mata todo lo que salga!
¡Tan! ¡Tan! ¡Tan!...
El wanülü dormía.
¡De pronto, un zamuro voló!
El cazador lo flechó y lo mató.
¡Pshuit!, fue a caer muy lejos.
Los dos hombres partieron corriendo.
—¡Voy a adivinar de nuevo!
—dijo el chamán cuando estuvieron muy lejos.
—Tiene todavía su mujer —dijo—.
¡Ella es feroz!
¡Ella se acerca a nosotros!
¡Mátala, sea cual sea su apariencia!
La mujer del wanülü se acercaba.
Apareció
bajo la forma de una zorra que venía de parir.
Se veía colgarle las mamas.
El cazador la mató enseguida.
—¿Y los zorritos? —pregunto.
—¡Déjalos en su hueco!
No vale la pena quemarlos,
¡morirán de hambre!
—dijo el adivino.
—¿A qué se parece lo que hemos matado?,
—se preguntaron más tarde.
En lugar de la zorra,
encontraron una gran serpiente blanca de puntos negros
llamada kasiwanou.
—Vamos a ver el lugar donde hemos matado a su                  marido.
Allí encontrarían a un sarulu, una boa.
Más tarde,
allí donde la madre y la hija habían sido enterradas,
salieron iguanas, serpientes de todas clases,
retoños de las dos mujeres tomadas por wanülü:
süchon wayuu saapain wanülü.
Todos los días,
salían de sus tumbas.

—TE HE DICHO, alijuna,
los wanülü son muy feroces,
y cuando se les encuentra
es difícil poderles escapar.
Conozco sin embargo a un pastor,
que fue más rápido que wanülü…

Relato de Saalachon Aapüshana, alias Luis González, contado el 1° de febrero de 1970. Saalachon es un pescador de unos cincuenta años aproximadamente; habita  en Pararu, Guajira venezolana. Texto tomado de "El camio de los indios muertos" de Michel Perrin, Editado por Monte Ávila Editores Latinoamericana (Caracas, 2006).  

sábado, 3 de octubre de 2015

Leyendas del Gran Cacique Manaure: Rey, hombre y dios

Imágenes en el archivo de Daniel Materán 



El hombre
Manaure es uno de los más destacados líderes de la historia indígena de Venezuela  por varias razones. Este gran monarca de los caquetíos, no resalta por su carácter guerrero, fue ante todo un sabio gobernante de su nación con un notable carisma religioso que puede considerarse en el rango de “Hombre-Sanador Dios”. Ya, para 1522,  se le conocía como Rey de su pueblo con dominio sobre el actual estado Falcón y extensas zonas vecinas, entre ellas las islas de Aruba y Curazao, asimismo los actuales estados de Yaracuy, Lara, Cojedes, Portuguesa, Carabobo y Barinas. Su largo reinado finaliza al morir, en batalla, en 1549. 

Joven indígena en el archivo de Oscar Encinoza

Fue un habilidoso dirigente que lidió con la ambición de conquistadores  como Juan de Ampíes y el sanguinario belzar Alfonso Alfinger, a quienes vence en lo político, en lo económico  y, también en lo histórico y en lo literario, hasta ganarse el respeto y admiración del gran poeta  Juan de Castellanos,  quien le retrata en varios versos que le abren camino a la leyenda:

Las fuerzas "encarnadas" tienen enorme atractivo en la culturas indígenas 
(archivo de Tarwk Yanda)  

En todas sus conquistas y demandas
temblaban dél las gentes alteradas;
hacíase llevar en andas
con chapas de oro bien aderezadas,
y él amistad y paz después de hecha
la tuvo con cristianos muy estrecha.
…/…
Usaba de real magnificencia
Sin que le conocer parecer vario,
A sanos y a subyectos a dolencia
Siempre les proveyó lo necesario.
…/…
Nunca vido virtud que no loase,
ni pecado que no lo corrigiese.
Jamás palabra dio que la quebrase,
Ni cosa prometió que no cumpliese;
Y en cualquier lugar que se hallase
Ninguno le  pidió que no le diese;
En su mirar, hablar y en su manera,
Representaba aquello que era…

Su pueblo, los caquetíos, ofrendaban culto al dios Hurakán y, para ellos, Manaure, estaba casi al mismo nivel, pues él poseía el poder mágico de poder curar todas las enfermedades,  con la jerarquía de Tiao (o Diao) Supremo, pero también: "representaba la fuerza creadora del mundo, y por su mano y poder se habían creado todos los elementos y se producían conservaban todas cosas que cría la tierra; se engendraban los rayos, truenos, relámpagos, aguas  y todo lo demás de las cosas bajas y altas; de sus manos les venían los buenos tiempos, salud y abundancia de sementeras; y que nada, sin su poder, podía suceder prósperamente", según relatan las crónicas coloniales.
Gilberto Antolinez y otros estudiosos, como Miguel Acosta Saignes,  han señalado que su nombre era el de una dinastía de gobernantes, heredada de padres a hijos, y  no el de una persona en especial, cuyos significados podrían ser los siguientes: 1-“Propuesto al alto rito”, o, de otro modo: “Iniciado excelso”. 2- Alto rey que se mueve”, lo cual recordaría sus continuas peregrinaciones, comentadas admirativamente por los cronistas españoles. 3-“Nacido en la alta casa”. 4-Nacido propuesto Grande y Elevado Rey”; alusión al carácter hereditario de su dinastía. 5-“Alto Rey de casa grande”. Manaures o Reyes “Iluminados”, sería lo correcto en este caso.

La leyenda
Su leyenda tiene,  al menos, dos magnos desarrollos. En el primero se habla de su viaje desde sus dominios en Falcón hasta el río Meta en Colombia, atravesando los llanos de Barinas, recorrido, del cual alguna vez él, o uno de sus descendientes, regresará para brindar salud y protección a su pueblo. 
El segundo se relaciona con su muerte y según este relato el Rey Manaure y su reina fueron un día al Pozo de los Saladillos, y al sumergirse en sus aguas se desató una andanada de rayos, vientos huracanados  y lluvia, ellos allí se echaron a dormir y el lodo los sepultó, gracias a ese prodigio la fría laguna se transformó en Las Aguas Termales de la Cuiba, de gran efecto medicinal. De esta leyenda primaria surge la siguiente: 

                       La Limosna del rey Manaure
“Muchos años después que el rey Manaure hubo muerto sepultado en los Pozones de Los Saladillos, hoy conocido con el nombre de Las Aguas Termales de La Cuiba, una pobre vieja sabedora de esto, por pura curiosidad se acercó a La Cuiba y con un machetico que llevaba en la mano golpeó una laja por tres veces y con profunda devoción dijo:
-Rey Manaure,  dame mi limosnita…
Estas mismas palabras las repitió por tres veces. A la última vez que hubo pronunciado dichas palabras, del fondo del agua salió una culebrita de color intenso y trató de buscarle los pies.  La vieja al ver la culebra se asustó y del mimo susto le dio un machetazo y la cortó en dos trocitos. Grande fue la sorpresa de la vieja al ver que aquellos dos trozos de culebra, se habían convertido en oro. La vieja llena de contento recogió el oro, lo embojotó en el paño con que se tapaba la cabeza y regresó al pueblo. Al día siguiente, la vieja, vendió los dos trozos de oro.
En el pueblo nadie podía imaginar de dónde la pobre vieja podía sacar aquellos pedazos de oro, pero, la vieja, todos los años y en el mismo mes, vendía trozos de oro. Ella iba a La Cuiba todos los Jueves Santos a la cinco de la mañana a pedir su limosna al Rey Manaure. La gente maliciaba de ella,  pero por más que le preguntaban, ella no decía nada al respecto.
La vieja tenía una criada a la que quería mucho. Como ella se estaba sintiendo cada día más vieja y enferma, al caer en cama, llamó a su cabecera a la criada y le confió el secreto, para que cuando su criada estuviera en apuros, fuera a pedir su limosna al Rey Manaure.  Pocos días más tarde murió la vieja y, la criada, sin perdida de tiempo, se armó del machetico y se fue a La Cuiba y, después de haber de haber tocado con el machete por tres veces la laja dijo:
-Rey Manaure, dame mi limosnita…me la das bien grande porque hace muchos años que no me la das…
No repitió las palabras, cuando del fondo del agua salió una culebra de color amarillo intenso, subió a la laja y trató de buscarle los pies. La criada de la vieja, al ver la culebra, en vez de partirla con el machete, del mismo susto salió a la carrera.
Desde que la vieja murió, nadie más ha recibido la las limosnas del Rey Manaure”.

Gracias por su visita.

 Isaías Medina López

Nota: Esta información esta basada en Los Ciclos de los
Dioses de Gilberto Antolinez, editado en San Felipe (1995) por La Oruga Luminosa 

lunes, 20 de octubre de 2014

Leyendas indígenas (muestra cuatro)

El guerrero es una de las imágenes más sólida de los pueblos originarios 



Dos cuentos pemones 


LAS ESTACIONES DEL AÑO 
Hace de esto muchísimo tiempo. Entonces, El Sol era un indio. Y por aquel tiempo los indios padecían por la falta de aliño y no tenían sal.
Entonces, el Sol envió a sus sobrinos y a su hermana, que se llamaba Aná, a buscar sal. Por tal razón se fueron hacia la región de los Cariaba.
Y el Sol se fue también hacia aquellas tierras para alumbrarlos mientras cogían sal. Pero sus sobrinos se cargaron de sal en demasía y no se volvió a saber de ellos.
Y entonces, la madre de ellos los lloraba por muertos. Pero el Sol le dijo a su hermana: “Ellos no están muertos”. Y dejó de calentar por allá y vino el frío y ellos se levantaron y se vinieron acá trayendo sal.
Después, el Sol envió a sus sobrinos a buscar escopetas, anzuelos, telas y demás hacia Ikén. Y el Sol también se fue hacia aquellas tierras.
Y la gente de aquellas tierras, cuando vieron al Sol, levantaban las cosas que fabricaban y le decían: “Chon, aquí tienes tu tela, tu escopeta, tus anzuelos”…
El Sol, después, se fue  hacia la tierra de los Nopuerikok, que fabricaban el casabe en gran cantidad. Y entonces, estos indios sacaban sobre sus casas el casabe y le decían: “Chon, aquí tienes tus tortas de casabe”.
Y después de esto, el Sol estaba siempre de pie sobre los indios.
Entonces, los  indios no tenían ni sebucanes. Prensaban la yuca en cortezas del árbol Tué. Y el Sol alumbró a los indios para que tejieran sus manares y toda clase de cestería.
De esta manera, anduvo el Sol viajando de una parte a otra.
Pero la culpa de que el Sol se estropeara la tuvo una mujer, que dijo: “Estando con ganas de dormir, siempre este dichoso Sol está alumbrándolo todo”. Entonces, el Sol se marchó, aunque volvió. Y entonces así sigue: viene y luego se marcha para que no le digan como aquella mujer.
Ahora, los indios decimos que por un tiempo, el Sol viaja hacia los campos de río Branco y entonces el Sol come mucha sal y cuajada y leche de vaca. Y durante ese tiempo el Sol tiene la cara limpia y el cielo está clarito y no hay nubes y no llueve y no hay tormentas.
Pero después el Sol sube hacia Ikén y entonces él pasa la noche con los indios Injarikok y se la pasa emborrachándose y bailando. Y entonces él se pone bravo y hay lluvias para que haya mucha yuca para la bebida, y hay rayos y truenos.
Cuando es el propio tiempo del Sol, las cigarras y otras varias parecidas, que son las novias del Sol, se la pasan cantándole.
Pero, cuando es el tiempo propio del aguacero y del Sol bravo, pasan hacia allá, hacia Ikén, las mariposas de varias clases, que son amigos del aguacero, a bailar allá.
Esto decimos ahora los indios.


LEYENDA DE LOS MAKUNAIMA 
Hace mucho tiempo, el Sol era un indio que se dedicaba a desbrozar montañas y quemarlas para sembrar ocumo. Él sólo comía ocumo; su cara era brillante.
Un día fue a beber agua y a bañarse en un riachuelo después del trabajo.; al acercarse, sintió en un pozo como el remolino de una persona que se sumerge. Y quedó pensando qué sería aquella.
Otro día volvió con más sigilo al pozo de agua y vio a una mujer pequeña, pero de una cabellera larguísima, que le llegaba a los pies. Estaba bañándose y jugando y batiendo el agua con sus cabellos.
Pero ella se dio cuenta de que venía el Sol aún logró asirla por la cabellera. ”A mí no, a mí no”, gritó aquel ser, que se llama Tuenkarón. Y dijo más: “Yo te enviaré una mujer para que sea tu compañera y esposa”. Y entonces el Sol soltó su cabellera y dejo irse a Tuenkarón.
Al otro día, estando el Sol limpiando el conuco y juntando los árboles para pegarle fuego, vio una mujer blanca, que le enviaba Tuenkarón.
“¿Ya limpiaste el conuco?”, le preguntó la mujer. El Sol le contestó: “Aún no; apenas he limpiado más este pedacito que ves y juntando estos pocos montones”.
Después dijo el Sol a la mujer:” Saca esos ocumos, que yo asé, del rescoldo, para comer”. Sacólos de las brasas la mujer y le dijo al Sol: “Aquí están”. Y comieron. 
Después, dijo el Sol a la mujer: “Pega fuego a los montones, que yo junté”. Y la mujer pegó fuego a los montones con un palo rajado y conchas secas.
Cuando terminó de pegar fuego, la mujer dijo: “ya está”; volvió a decirle el sol: “Ahora vete a buscar agua”. La mujer se fue a la quebrada con su camaza, se agachó para recoger el agua. Mientras la estaba cogiendo y llenando la camaza, se le ablandaron las puntas de las manos (los dedos), y después los brazos y todo el cuerpo.  Y así quedó aplastada  como un montoncito de arcilla. Porque aquella mujer estaba hecha de tierra blanca.
En vista de que la mujer no volvía, el Sol se fue a buscarla. Y cuando llegó a la quebrada, encontró el pozo con el agua de color terroso: era la mujer que se había deshecho enturbiando el agua.
Entonces el Sol, disgustado, dijo: “Eso es lo que me manda Tuenkarón: una mujer que no sirve ni para coger agua”. Después se subió más arriba a beber agua no turbia. Y, como ya estaba atardeciendo, se fue a dormir a su casa.
Cuando amaneció y fue otro día, el Sol volvió a su conuco a trabajar en la limpieza.
Mientras trabajaba, al mediodía, cuando ya iba a comer. Tuenkarón le mandó otra mujer, negra como la gente de esta raza.
La mujer le preguntó al Sol: ”¿Ya limpiaste el conuco?” “Si y no”, respondió el Sol, “Apenas he limpiado ese poquito que tú ves”. Después le dijo también: “Ve a buscarme agua para beber, para que comamos juntos”.
La mujer se fue a la quebrada, trajo el agua y comieron juntos el ocumo. Después de comer, el Sol se pegó de nuevo al trabajo y le dijo a la mujer: “Mientras yo sigo amontonando, tú pegas fuego a los montones ya hechos”.
La mujer cogió un palo rajado para ir a pegar fuego. Se arrodilló frente a unas brasas, sopló para levantar llama, pero el fuego le calentó la cara y de ahí se fue derritiendo por los brazos y por todo el cuerpo; y así quedó aplastada como un montón  de cera silvestre. Porque aquella mujer estaba hecha con cera.
El Sol se volteó repetidas veces para ver el fuego que iba prendiendo; pero como no veía humear ningún montón, se fue a ver qué pasaba con la mujer. E iba diciendo: “Pues si le dije que fuera pagando fuego a los montones”. Pero, ¡Qué sorpresa! Al acercarse, encontró a la mujer derretida y convertida en un montón de cera.
Entonces el Sol se fue a la quebrada y dijo: "Hay que ver qué mala y mentirosa es Tuenkarón. Pues bien: ahora yo voy a secar esta quebrada, yo voy a secar toda el agua”.
Pero Tuenkarón sin dejarse ver, le contestó: ”No, no: no hagas eso; espera que yo te voy a mandar una mujer”.
Pero aquel día no se le sentó al Sol la semilla del vientre (no se le sosegó el corazón). Aquella noche se acostó bravo.
Pero al otro día, cuando hubo amanecido, el Sol se fue, según su costumbre a trabajar en su conuco; estando inclinado sobre su trabajo, se le presentó otra mujer de color rojizo (de laja), con una olla en su mano.
La mujer, poniéndose delante, le preguntó: “¿Ya limpiaste el conuco?” Pero el Sol no le contestó, cómo si no oyera, escamado con los engaños pasados.
“¿Por qué no me contestas?”, volvió a preguntarle la mujer. El Sol le contestó: “Porque todas sois embusteras; todas os aplastáis y os derretís”. “Si es así”, replicó la mujer, “Me regreso a Tuenkarón”.
Pero el Sol le dijo: “Bueno, espera que yo te pruebe”. Y entonces le mando pegar fuego, y no se derritió. Y le mando a traer agua; y la trajo y, al cogerla, no se ablandó. Después le mandó cocinar ocumo en la olla; y el Sol vio como la colocaba sobre unas piedras y cómo hacía el fuego. El Sol observó con cuidado todas sus costumbres y habilidades.
Cuando comenzaba a atardecer, la mujer dijo al Sol: “Yo vine para regresar”. “Bueno, -le contestó el Sol- hazme la comida para ver que regreses”. Y después que la hizo, la mujer le dijo al Sol: “Ea, me voy; me voy para regresar mañana temprano”. El Sol le dijo también: “Sí, vente bien de mañana”.
Al otro día, el Sol se fue más temprano que de costumbre al trabajo. La mujer vino también muy temprano. El Sol volvió a probar otra vez a la mujer. Le mandó a traer agua, le mandó hacer fuego, le mandó cocer la comida. Y, viendo que ni se ablandaba, ni se derretía, ni se rajaba, le cayó en agrado y le llenó los ojos (las aspiraciones o deseos).
Al caer la tarde, fueron a bañarse juntos a la quebrada; y entonces el Sol vio muy bien que la mujer era rojiza, como los pedazos de piedra del fuego que suele haber en el lecho de los  ríos. No era blanca ni tampoco negra.
El Sol le dijo entonces a la mujer: “Vámonos a mi casa”. Pero la mujer le dijo: “No se lo dije a Tuenkarón”. “¿Eso qué tiene que ver?”, le replicó el Sol. Pero la mujer le contestó: “Eso no lo puedo hacer de ninguna manera”. “Entonces”, dijo el Sol, “Vente bien temprano a prepararme la comida”. “Está bien”, le dijo ella, “Y también le diré a Tuenkarón para quedarme contigo”.
Y efectivamente, al otro día, la mujer vino muy temprano, le hizo comida cocida, le asó ocumo, arrancó yuca, le ralló e hizo casabe. Aquel día se quedó a dormir con el Sol y desde aquel día vivieron siempre juntos.
Y tuvieron varios hijos, y esos fueron los Makunaima.
Algunos indios dicen que el nombre de la madre de ellos era Aromadepuén. Y que los nombres de los hijos fueron los siguientes: Meriwarek, el primogénito; luego, Chiwadapuén, hembra; Arawadapuén, segunda hija, y Arukadarí, el más pequeño, que muchas veces se llamaba Chiké. 

Nota: Textos transcritos de Leyendas Indígenas Venezolanas de Carmela Bentivenga de Napolitano, publicado por Editorial Biosfera (Caracas, 2007)