jueves, 19 de abril de 2018

Y no todo era muerto. Dos cuentos de Gleiber Álvarez


Hay historias que se enredan solas. Imagen en el archivo de Julio Drossor


FUERA DEL REFUGIO
Cuando amaneció, los enfermeros de las primeras ambulancias se dispersaron. Yo tenía poco tiempo contemplando el panorama que había dejado nuestro frente de batalla, pero no dejaba de inquietarme un hombre que desde que llegué, iba de cuerpo en cuerpo sobre sus rodillas, muy lentamente, detenido en uno, después en otro.
Era una mañana de sol frío y había terminado de arrojar la última colilla a la yerba. Yo llevaba dos pares de guantes y aun así, me frotaba las manos. A él no lo vi enguantado.
Todavía se elevaban las humaredas negras en las lontananzas. Y no todo era muerto, pues algunos se movían mas no se ponían de pie y el viento traía quejidos detrás de las colinas.
Los enfermeros que cargaban la camilla le dijeron algo; hasta me parece, por los ademanes, que le gritaron; pero el hombre, que seguía postrado frente a un cadáver que sangraba, no pareció entender o no quiso escucharlos. <>, pensé fijándome en su camisón raído mientras manoseaba al cadáver.
No sé si los enfermeros me vieron. Pero cuando llegaron más unidades, me acerqué solo para verle bien el rostro a ese tipo, para descartar que lo conociera.
A medida que me acercaba, la yerba se tornaba roja, la podredumbre aumentaba. Tuve que cubrirme la nariz y la boca con la bufanda. Más soldados que enfermeros comenzaban a apilar cuerpos y no pisé a ninguno de los brazos junto a los perchones abiertos ni los torsos destrozados y cenicientos que estaban cerca de ese hombre que apenas hacía ruido.
Antes de avanzar un paso más, me detuve, siempre con la mano en la boca. Miré alrededor y me percaté que a la distancia dos soldados me observaban. No quise gritarles y levanté la mano con que no me cubría la boca y les hice la V; ellos se miraron y siguieron explorando lo que quedaba del campo de batalla; comprobaban los zippos negros y rápidamente los arrojaban donde los habían recogido. Mayor es mi alivio cada vez que recuerdo que no me fusilaron allí.
En cambio, este hombre seguía absorto, metiendo sus manos en uno de los contiguos al cadáver que sangraba. El cuerpo tenía la boca y los ojos abiertos y le faltaban varios dientes. En ese momento se volteó con violencia. Creo que no se había percatado de mi presencia. Su cara tenía cortadas y sus ojos sanguinolentos estaban puestos en la nada a pesar de que se dirigía a mí. No pude verle las piernas. Fruncí el ceño; esperé que dijera algo pero no dijo palabras. Parecía esbozar una sonrisa.
Al fin dije:
–Tus brazos están sangrando –y los señalé.
Él los miró sin sacar las manos del costado del cuerpo, debajo del chaleco quemado. Volvió a mirarme y no dijo nada.
–Pues parece ser tuya –dije todavía cubriéndome la boca.
Él continuó manoseando al cuerpo, sin hacer mayor caso. Y cuando me agaché para estar a su altura, no sé de dónde, el tipo empuñó una navaja, una de esas navajas suizas muy brillantes y la pasó frente a mi cara. No diré que a esa distancia pudo cortarme, pero un poco más y quién sabe si me fuese dejado sin nariz.
–¡¿Qué diablos haces?!
–Estoy cortando el aire –dijo esas palabras con un acento que nunca antes había escuchado y seguía pasándola de lado a lado, como si en verdad el maldito estuviera cortando el aire.
Acaso por un minuto lo haya mirado directamente a los ojos, sin hacerme preguntas ni reparar en las cortadas de su rostro, solamente cerrando los puños en medio del aire pesado.
–Si sigues aquí, hoy mismo te mueres.
–Ya estoy muerto –dijo el maldito, ayudándose con sus largos brazos a saltar sobre otro cuerpo.
Me di vuelta y regresé por el sendero que había tomado sin aplastar a los miembros desgarrados, sin taparme la boca porque el viento dirigía la podredumbre en otra dirección.
Quise hundirme en las sombras de la Selva Negra y vi que uno de los enfermeros, a duras penas, luchaba para restañar a un caído con un puñal. Hasta me dio gracia. Paré por un momento en el tronco del roble, vi la colilla apagada y me dirigí hasta ellos.
Comprobé que estaba ensangrentado hasta el pecho de ese crío inquieto.
–Muchacho, ¿eres de aquí? –me preguntó atendiendo al herido.
–Sí, sí, somos unos pocos los que estamos a tres...
–Pásame el estuche.
–Aquí está.
–¡Eso no, hijo de puta! ¡Es una cantimplora!
No sé por qué le había pasado una cantimplora en vez de la petaca que me pedía.
La herida del infante tenía muy mal aspecto y el enfermero me dijo que no dejara que se fuera ni mucho menos tomara su revólver. ¿Es que acaso el crío quería suicidarse? Al poco rato regresó con dos enfermeros a amarrarlo: le amputarían la pierna. A fuerza le dieron un trago. Y me dije: <>.
Me di vuelta y de nuevo me fijé en el maldito que hurgaba en los cadáveres; estaba exactamente en el mismo lugar pero ahora dos soldados le hundían las culatas de sus ametralladoras en la cabeza. ¿Para qué gastar una bala en esa porquería? El infante gañía y ellos lo maldecían. Después, oí la brisa helada que venía de los cadáveres y la pila de obuses. Miré a los charcos de orina de las camillas y a las gasas rojas entre la yerba que a ratos rodaban más allá de los árboles quemados hasta hundirse en sus cenizas.
Más unidades llegaban y partían por la vera de la Selva.
Cuando los enfermeros se dieron un trago y encendieron sus cigarros camino a las ambulancias, dejaron el frasco al borde de la camilla y a una cajita con unos pocos. Y sin que nadie me dijera nada, entre los vacíos, sorbí lo que quedaba, que no era mucho pero suficiente para el resto de la mañana.
Bajo el cielo nubiloso y divisando escuadrones, pequeños grupos fueron apilando los cuerpos con acémilas; otros, contiguos a las unidades y a las estaciones, comenzaban a cavar profundas fosas que rociaban con gasolina y querosene. <>, pensé.
El puñal había quedado con el mismo brillo frío por encima de los pertrechos; no tenía funda, pero imagino que si la fuese tenido, sería igual de brillante. Su hoja era filosa, la empuñadura parecía de cobre y acaso estaba limpio porque olía a alcohol; así que me lo llevé.



LOS CONOCIDOS
A Samuel Beckett
–Pero, amigo mío, ¿por qué les temes tanto?
–No es que yo les tema... –respondía apretando la vajilla que llevaría al jardín contra su pecho y mirando con esos ojos sanguinolentos de un lado a otro, pero nunca a mi rostro– porque el día menos pensado... todos pueden amanecer muertos... sin una gota de sangre... o les cortaría las patas... tajo por tajo... por debajo de los vellos... hasta llegar a los ojos... y así a las mandíbulas cerradas... a la tráquea... por los... o mejor... guardaría las patas... para mí... y del fémur... al abdomen les arrancaría... el pellejo duro... y los cosería para colgarlos... de mis codos... a uno por uno los... próximos años como... tú dices que ustedes... los llaman sino que... más bien... vivo dando vueltas... sin ellos...
Ahora cruzaba el pasillo con el mismo paso.
Yo no entendí lo que quiso decir y me apresuré tras él, antes de perderlo o de perderme por andar en esos trechos silentes y mal iluminados que nunca me atreví a conocer por mi cuenta.
–Espera, espérame –le susurraba ateniéndome a sus ruegos de no gritar en ninguna parte.
Él giró súbitamente y, elevando un poco la voz, me dijo que ahí sí podían matarnos a los dos y que no levantaría un dedo para evitar que nos molieran a garrotazos.
 Con un nudo en la garganta asentí.
–Ni se te ocurra... de mí –dijo de camino al jardín.
Yo le musité a la altura del hombro:
–¿Es por eso que cada mañana dejas que las hundan hasta rozarte los órganos y el lagunar?
–Así... mismo...
No dijo más palabras y al fin cruzamos la alta entrada, que no tenía puerta ni cristal que la vedara. Todavía me parece curioso.
Mis ojos no podían penetrar más allá de la yerba negra ni del chorro de agua clara con el que limpiaba a la vajilla. Postrado como estaba, en medio de la charca que no aumentaba, sin sombra, parecía un centenario con ese traje que se diría parte de su piel. Más fue el tiempo que lo estuve contemplando que él lavando esa vajilla que relucía de blanco.
–Sígueme... sin desviarte de...
Esta vez la luz sobre nosotros me encandiló tanto que no pude ver el piso, así que me acerqué más y le pregunté, a la altura de su hombro:
–Fuera sido tan fácil para nosotros, ¿no?
–En verdad... que todavía no te das cuenta... no te das cuenta... de la magnitud de las cosas –me dijo sin siquiera voltearse, como otras veces lo había hecho.
Ninguno cruzó palabras hasta que llegamos al salón principal. Y aún estaba la larga mesa de esquinas pronunciadas, hecho que me sorprendió, porque hace muy poco uno de ellos, acaso hablando por todos, había declarado que la ceniza de esa mesa sería usada para marcarlo a él, que en todo momento estuvo mirando de un lado a otro, bajo el lagunar.
Ya no podía quedarme con estas palabras y le dije, mientras estábamos allí, que en mi morada le llamamos mesa o comedor y cada uno se sienta a su alrededor en sillas del mismo tamaño, aunque no siempre así si hay niños que no alcanzan su comida y que, probablemente, a esa hora estaríamos yantando un asado de domingo.
Él apenas me preguntó qué es una mesa y yo, que creí que podía aclararle las cosas, ante tal pregunta, dicha como quien no le interesa saber qué diablos significa una palabra que nunca antes ha escuchado, me saqué el aire del pecho y comencé a decirle que todo utensilio es una prolongación del cuerpo que lo creó.
A pesar de mi entusiasmo, él seguía atento a la mesa, poniendo sus ojos hundidos en todas partes.
Cuando ellos llegaron al salón principal, apenas pude mantenerme de pie. ¡Maldición! Tuve que recostarme en una de las salientes. Parecía que lo estaban interrogando, aunque nunca pude estar seguro; nada es seguro en los ademanes del salón principal.
–No te recuestes más. Ya no más... ya... no más –me suplicaba, a duras penas agitando mis hombros.
De un manotazo lo aparté de mí.
–Si quieres... apóyate en mis codos –repetía mirando de un lado a otro–. ¡Pero no te recuestes... las salientes!
De ahí pasó a arrastrarme en su espalda frente a ellos, que estaban inmóviles en una de las esquinas filosas de la mesa. La verdad es que no sé qué pretendía con eso ni adónde quería llevarme, porque únicamente alcanzamos a dar una vuelta en el mismo sitio.
–No te apoyes de él –le advirtieron y tiró mis manos de sus hombros.
Nunca toqué el suelo. Pero ya no sabía lo que le decían y no podía deducir nada porque él estaba viendo de un lado a otro, con las manos crispadas.
En el extremo de la mesa, una de las luces parpadeó hasta que se apagó. Al mirarlos de nuevo, ya no estaban, aunque él seguía con ojos de péndulo, tomándose las manos, frotándolas. Caminó de espalda con la misma parsimonia y se detuvo junto a mí.
–Mira arriba –me dijo.
Estábamos bajo el lagunar.
–¿Cuándo es que tú no te regresas? –le pregunté.
–No es... mío –replicó.
No quise preguntarle nada más y mientras estuvimos allí, bajé la cara porque en la medida en que contemplaba su profunda obscuridad, parecía agua obscura, inquieta, un pozo revuelto.
–Y si es cierto lo que me dijiste, ¿por qué no los degollaste cuando te interrogaban?
–Verás –dijo esbozando una sonrisa, sin dejar de mover sus pequeños ojos–, no me interrogaban... Me gusta más cuando... creen que pueden descuartizarme... por eso dejo que declaren cuanto haya en sus pechos... Porque si les hiciera beber... de sus venas... en una Cámara Negra... separados... nada más iluminadas... las cuencas vacías de los ojos... de sus pútridos muertos... cara a cara... malditos... pendiendo en el aire... sin esta voz que bien conocen... cascada... haría que no cambien sus palabras... solamente para verlos... chupándose las venas abiertas... con los vellos impregnados de su propia sangre... murmurando... luchando... luchando... por rogarme... La penumbra nos rodeaba... Yo coloqué la cubeta sobre la veladora... que no estaba con... ¿Yo no... estaré contando? Al momento de sangrar... observé las gotas... manaban efusivas... de la yema... su dedo corazón... Y cuando hayas contado... dos cientas... me interrumpes... Yo los contemplé... ciscarse... sí... ellos seguían... esgarrando sangre... cuando los clavé... en la tierra húmeda... con las estacas... de fierro... en la misma positura... y pasaba mis manos... para sentir el calor de su... esputo rojo... fiebre... cuerpos sudorosos... ensangrentados... desgraciados... arrastrándose... las fosas... miré... en todos sus ojos... la llama... entre mis manos... apresurados... por escaparse... cárdenas... de orina... charco casi negro... Y apreté sus apéndices... nervudos... arrastrándose en derredor... del vientre abierto... cubiertos de su propia mierda... revueltas... y se movían... aún lejos... del cuerpo... de escalpelos atezados... nadie más... oía esos alaridos... esos alaridos... todo el mundo en medio de las sombras... Yo no calenté a todas las estacas... dejé tres cenicientas... se cruzaron... y crepitaban... entre el humo... lejos del cuerpo... Pero sí a las tenazas mías... Los dejé sin boca... para que... más alaridos sordos... de mi cuidado... cesaron antes que yo... creía... es diferente... en cada caso... nunca acabé esa caterva... ya había otra... no cubrí... están secos... para tropezar ahí... a gusto mío...
Solo pude asentir, aunque no sé si me vio. Comenzaba a marearme el sueño entre esa parsimonia desesperante a la que ya me había acostumbrado, pero no podía cerrar los párpados por más que me pesaran. Y temí que ellos pudieran regresar y sin decirme nada, me desmembraran vivo o peor aún: desmembraran mi cadáver. Temí que él pudiera irse corriendo por el pasillo mal iluminado y atravesara el jardín para siempre.
Desde adentro sentí que me apuñalaban la cabeza tratando de recordar sus consabidas palabras. Primero cerré los ojos y repetí a las últimas que dije hasta cansarme. Así pude entrever a los asideros de vidrio y a varios escalones que nunca estuvieron allí. Después hice un recorrido por donde había pasado y vi los mismos bordes negros de los ajuares. Yo no puedo decir ajuares, porque nunca soltaron luz. A lo mejor, estaban ellos. Pero en esa vía de la entrada hacia el pasillo, la hilera de luces mortecinas se apagó, dejando ver a los bordes. Ahora creo que hubo dicho a los regatones argentados.
–¿Por qué no me miras, por qué no siempre estás viendo a una parte? ¿Es que te angustia que lleguen sin advertir su presencia?
–La última vez... que vi directamente a los ojos... no los... no los volví a ver más...
Ahora contemplaba la mesa de esquina a esquina, llevándose las manos a la boca.
–Entonces, ¿para quién no es el lagunar? –le pregunté, fijándome de cerca en ese rostro aquilino, de ojos hundidos, sanguinolentos.
–El día... como ustedes... los llaman... en que dejes de hablar de sillas... mesas que ni ellos ni yo nunca hemos visto... camines de ida y vuelta... más allá de la yerba negra... sin sorber una gota... de agua... acaso sabrás quiénes... no están cerca de ti para... que hundas tus manos en sus vientres... sientas la carne que tiembla... tiembla mientras te abres paso por los huesos... plétoras... la sangre caliente que te llama cuando la saques y vuelvas a hundirte... hasta los hombros y veas que esa sangre que te cubre... no puede... no ser mejor... que nada que hayas visto... en tus años...



Gleiber Alvarez (San Carlos de Austria, Cojedes, Venezuela, 1994). Licenciado en Educación Mención Castellano y Literatura por la Universidad Nacional Experimental de Los Llanos Occidentales Ezequiel Zamora (UNELLEZ, Cojedes). Se ha desempeñado como profesor de inglés en colegios de su ciudad natal, misma en la que se cuenta su participación en diversos recitales de poesía. Regularmente escribe en la webzine Panfletonegro y en su blog personal Aburileo (https://aburileoblog.blogspot.com/). Ha colaborado con el diario regional Las Noticias de Cojedes y publicado cuentos y poemas en las revistas Almiar, El Grito Literario, Letralia, Monolito, Philos, entre otras.

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