viernes, 21 de agosto de 2020

Gonzalo Fragui. Poemas y poeterías

 

Fue en una fiesta de pueblo donde perdió su cordura. Imagen en el archivo de Santos Quiroga


LOS VIAJES DE MI PADRE

Esta mañana mi padre vino a visitarme

Quería saber si los ríos

todavía se domesticaban con palabras

Quería montar a caballo

Poner unas velas a San Antonio

Y tomarse unos tragos con San Benito.

Hoy vino mi padre a visitarme

Quería saber de los huesos del abuelo

Quería recordar el canto de algunas aves

Habló de un extraño contrabando de navajas pico ´e loro.

Después se quedó en silencio por un largo rato.

Al marcharse

Mi padre

tenía la sensación

de haber realizado un largo viaje.

 

 

EL CABALLO DE MI PADRE QUIERE JUGAR

Mi padre me envía en busca del caballo

Desde el río observa contrariado

Ni el chimó logra calmarlo

El caballo quiere jugar

No quiere nada con lazos

Corre retándome

dando vueltas por el potrero

Cansado

me detengo a llorar

Vicenta entonces abandona su fogón de leña

y viene a consolarme con su delantal de aliños

Su cuerpo cálido me alivia

Yo viajo por lugares desconocidos y eternos

como los que imagino desde la ventana de mi escuela

Al despertar

Vicenta se impulsa en sus poderosas piernas

monta al caballo en pelo

y se van a juguetear como dos viejos amantes

Años después

durante algunas noches

Vicenta y el caballo de mi padre quieren jugar.

 

 

LOS CABALLOS DE MI PADRE

Anoche no me dejaron dormir los caballos

Corrían como locos

Desesperados

Relinchaban de miedo

Parecían huracanes en busca de palmeras

Anoche estaban espantando

Quise levantarme

pero hacía frío

y a veces no puedo con el reumatismo

Esta noche no me van a sorprender

Hoy los espero con el lazo y agua bendita

Lástima mi silla de montar

“No le crea

Roncó toda la noche

y además hace mucho tiempo que por aquí ya no hay caballos”,

dice mi madre en voz baja desde la cocina.

 

 

NAZARIO NAZARET

“Me empiezan a visitar

los que ya se fueron”

dijo mi padre al levantarse.

Luego hizo una pregunta imposible:

“¿Quién podrá tener una foto de Nazario?”.

Soñó que Nazario lo cargaba de nuevo

Como aquella vez que lo llevó en vilo

desde La Veguilla hasta Mucutuy

Contó cómo se cayó Nazario del andamio de la iglesia

el día de su muerte

“La noche anterior nos habíamos tomado unos tragos”

Finalmente se sumió en el café

como en un mar profundo

Levantó los ojos para no vernos

y murmuró algo

sobre las madrugadas en el matadero

Todos permanecíamos en silencio

El gallo de un solar vecino

vino a espantar todos nuestros miedos.

 

Poeterías

 

EL LOCO DEL CALDERAS

                                                                       A Livio Delgado

En Calderas había un loco, un loco muy alegre y servicial. La gente lo quería y las muchachas se hacían pasar por sus novias. El loco hacía mandados y las señoras le regalaban ropa vieja y comida, y a veces hasta una moneda que alcanzaba para algún trago.

Un día los poetas del pueblo, encabezados por Orlando Araujo, escribieron una carta de una supuesta señorita que estaría muy enamorada del loco, y vivía en la vecina población de Altamira de Cáceres. El loco no sabía leer pero, como era amigo de los poetas, ellos estaban seguros de que, en cualquier momento, los buscaría para que le leyeran la carta.

Pasaron varios días y el loco no decía nada con su carta en el bolsillo. Los poetas se le acercaban para saludarlo pero él permanecía callado. Una tarde que se había tomado algunos tragos confesó, por fin, lo de la carta.

Los poetas acompañaron al loco a las orillas del río y allí le leyeron, como si no supieran nada, la carta que ellos mismos habían escrito. Bella carta. El loco suspiró enamorado. En seguida quiso responderle a la muchacha. Pidió a sus amigos que por favor escribieran lo que él quería decirle a la amada, y así lo hicieron.

A los días llegó de nuevo otra carta para el loco. Allí la joven enamorada agradecía a su amado la rápida respuesta a su humilde carta, confesaba estar un poco apenada por los errores ortográficos y esperaba, finalmente, que no fuera a pensar nada malo de ella por el atrevimiento. El loco respondió que no había problema, que él tenía sólo buenos sentimientos para ella, y así siguieron escribiéndose durante meses.

La mamá de Orlando se enfurecía cuando se enteraba de una nueva carta. Les decía que cómo era posible que se estuvieran burlando de ese pobre loco, que le estaban haciendo daño, ilusionándolo de esa manera. Orlando se defendía, “nada de hacerle daño, vieja, al contrario, no ve lo feliz que está”.

Pero, un día, el loco quiso conocer a la novia, y así se lo hizo saber en la siguiente carta. Problema inesperado para los poetas. Cuando empezaron con el juego no previeron que podría presentarse esta situación. Rápidamente Orlando y los amigos se fueron a Altamira de Cáceres. Allí conocían a algunas familias. Iban a ver qué podían hacer. Después de intentarlo con varias muchachas por fin una de ellas aceptó ser la “novia” de las cartas. Los poetas le explicaron más o menos qué se habían estado escribiendo, desde cuándo, en fin, todos los detalles. A la chica le daba mucha risa pero aceptó.

La cita se convino para el siguiente domingo. La amada le respondió que lo esperaría en la plaza Bolívar a las diez de la mañana. También le decía que se pondría su mejor vestido, uno blanco con pepitas, y que llevaría una flor de cayena en el pelo. Al final de la carta le rogaba encarecidamente que por favor no fuera a faltar porque ella se moriría de tristeza.

Llegado el domingo, los poetas ayudaron a vestir al loco, le prestaron unos zapatos nuevos, lo llenaron de agua de Colonia y lo enviaron a Altamira de Cáceres.

Desde lejos, y en otro carro, los poetas comprobaron que efectivamente el loco llegaba a la plaza y, al identificar a su amada, de inmediato se dirigió a ella. Conversaron un rato, fueron a misa de once, luego, al salir, disfrutaron de un helado, y se despidieron.

Al otro día los poetas preguntaron al loco cómo le había ido con la novia. El loco dijo que bien, que la señorita era una dama muy educada, muy bonita y muy religiosa. Pero no dijo nada más.

Pasaron las semanas, cartas van y cartas vienen, pero el loco no daba señales de querer volver a ver a la novia, cosa que tranquilizaba a los poetas porque la chica de Altamira había dicho que ella no se iba a volver a prestar para esos juegos porque le daba mucho pesar con el loco.

Un día, sin embargo, los poetas insistieron. Le preguntaron que si no quería volver a ver a la novia. El loco respondió que no. Los poetas no entendieron, quisieron saber si era que habían terminado. El loco los tranquilizó, les dijo que todavía seguían siendo novios y que estaban muy enamorados.

- Y entonces, ¿por qué no quiere verla?, preguntaron ansiosos los poetas.

Y él respondió:

- Me gusta más cuando me escribe.

El loco de lo que se había enamorado era de la poesía.

 

 

RUVIRO

La noche es la rosa de los vientos. Gira según los caprichos del dios Eolo. Así no se puede dormir. Sobre todo si sopla un día sábado. Hay que inventar algo para vencer la ventisca. Ruviro y su mejor amigo, El Pavo, lo sabían. Por eso, una noche de sábado, el viento los llevó hasta Valera, a un bar llamado Siboney, donde las muchachas no creen en huracanes, a menos que los produzcan ellas. Ruviro tenía allí una amiga llamada Teresa y El Pavo otra. Parrandearon hasta la madrugada, pagaron la cuenta y salieron a continuar la fiesta en otra parte. La sorpresa fue que al salir al estacionamiento la camioneta de Ruviro estaba en cuatro bloques, le habían robado los cuatro cauchos. No estaban muy buenos, es verdad, pero andaban, en cambio ahora, sin cauchos, no se podía ir a ningún lugar. Ruviro se alarmó. ¿Qué hacer?.

El vigilante del estacionamiento del bar era un mudo, y Ruviro, como pudo, preguntó quién le había robado los cauchos. El mudo con señas dijo que no sabía, que no había visto nada. Ruviro casi lloraba. En el estacionamiento había otra camioneta, un modelo más reciente y con los cauchos nuevecitos. El mudo le dio a entender que el dueño era un gordo que estaba dentro del bar. Ruviro entonces mandó a Teresa para que lo distrajera mientras ellos le robaban los cauchos. Teresa se acercó al gordo, empezó a coquetearle y pidió que le brindara un trago. Al rato el gordo reía a carcajadas con las cosquillas que le hacía Teresa. Se entusiasmó tanto que pidió una botella para los dos. Teresa fingía besos apasionados y, de reojo, miraba la entrada del bar esperando la señal. El mudo montaba guardia mientras Ruviro y El Pavo robaban los cauchos. Cuando terminaron, El Pavo se asomó al bar y le indicó a Teresa que saliera. Teresa le dijo al gordo que iba al baño y que ya regresaba. Salió corriendo al estacionamiento y los cuatro, con cauchos nuevos, se fueron a buscar un hotel para dormir esa noche.

Al otro día, como a las diez de la mañana, los amantes salieron del hotel y buscaron el mercado principal de Valera para desayunar. Cuando se detuvieron en un semáforo, vieron pasar la camioneta del gordo con cuatro cauchitos todos desiguales, uno más alto, otro más bajo, uno ancho y otro angosto, como de bicicleta. El gordo iba con dos ayudantes, todos borrachos y dispuestos a matar a los que le habían robado los cauchos.

 

EL MAR DE LA TORTUGA PERDIDA

En 1981 Solveig Hoogenstein filmó el cuento de García Márquez “El mar del tiempo perdido”. Actuaba en esa película el escritor Renato Rodríguez, y uno de los productores era Valmore Gómez. El equipo de filmación se fue a un pueblito llamado Río Seco, entre Coro y Maracaibo, y allí empezaron a rodar el film. Todo iba a pedir de boca hasta que encontraron en el guión una escena donde se necesitaba una tortuga gigante para halar en pleno mar una balsa con un Chevrolet descapotado encima, la única manera de llevar un carro a ese pueblo. La directora paró la película y dejó claro a los productores que no continuaría si la tortuga no aparecía. “Ustedes verán”, les dijo. Valmore y sus ayudantes se pusieron a pensar qué podían hacer, dónde podían conseguir una tortuga gigante, habría que inventarla. Se fueron al único bar con rockola, se tomaron unas cervezas y, cuando ya estaban dispuestos a renunciar como productores, un borrachito que estaba escuchando les dijo que en el zoológico de Maracaibo había una tortuga con esas características, que él conocía al vigilante, y que si le brindaban unos tragos podía hablar con el amigo. Dicho y hecho. Compraron una botella para el borrachito y otra para ellos y se fueron a Maracaibo. Llegaron directamente al zoológico como a las diez de la noche. El borrachito habló con su amigo y al rato regresó con el negocio listo. El vigilante pedía quinientos bolívares, prestaba la tortuga por un día, con el compromiso de devolverla después de la filmación, pero que pasaran más tarde, como a las dos de la madrugada, que no había nadie. Los productores pegaron el grito al cielo. Iba a costar más la tortuga que la película. Sin embargo, a las dos de la mañana estuvieron en la puerta del zoológico. Productor que no regatee no es productor. Dijeron al vigilante que era muy caro, que les hiciera una rebajita, que se la traían al otro día por la noche. El vigilante se tranzó en 400 bolívares y de ahí no bajó más. Valmore, resignado, pagó el dinero y regresaron a toda velocidad. Llegaron al pueblo todavía de madrugada, entregaron al utilero la tortuga, le dijeron que la amarrara bien, y se fueron a dormir, medio borrachos y trasnochados.

El sol estaba bien alto cuando se escuchó una algarabía en la playa. Todo el pueblo gritaba asombrado. Parecía una fiesta. Valmore, en medio de la resaca, se asomó a la ventana y vio todo clarito, como cuando García Márquez estaba escribiendo el cuento por primera vez. Del otro lado de la calle, en otra casa, también se asomó la directora de la película quien, al ver lo que estaba sucediendo, gritó:

- ¡Quién carajos les dio la orden de empezar a filmar!

Flotando en el mar, la tortuga se solazaba como hacía muchos años no podía, al estar tanto tiempo cautiva en el zoológico de Maracaibo. En la madrugada, mientras todos dormían, la tortuga había mordido la cuerda con la que la amarraron y se había ido al mar.

Los productores y la directora salieron en paños menores y se fueron corriendo a la playa. Si alguien hubiera tenido prendida la cámara habrían hecho la mejor escena de la película. La tortuga delante de la balsa, donde estaba montado el Chevrolet, daba la impresión de que efectivamente la estaba llevando a la playa, pero fue solo por un momento porque, al escuchar los gritos de la gente, la tortuga despertó de su placentero letargo y se hundió en las profundidades de la alta mar. Los pescadores y los pobladores tomaron sus lanchas y la persiguieron pero no pudieran agarrarla.

En el pueblo, mientras tanto, Valmore quería matar al utilero, el borrachito amigo del vigilante del zoológico quería matar a Valmore, y Solveig quería matar a los tres.

En la película también se necesitaba la tortuga para una de las escenas finales donde mister Herbert (personificado por Oscar Berrizbeitia) y Tobías, muertos de hambre, iban hasta el fondo del mar. Tuvieron que hacer la escena de la comilona con una tortuga de carey rociada con salsa de tomate, mientras la verdadera tortuga contaba la historia a sus hermanas tortugas que durante siglos habían dormido en el fondo del mar y no creían en cuentos de películas. 



Muchas gracias por su visita 

Isaías Medina López (Coordinador)


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