viernes, 15 de febrero de 2019

Leyendas y cuentos cortos venezolanos (42) Varios autores



Infante al pie del arpa llanera, San Carlos de Cojedes. Archivo de Odalis Hernández





LOS CUATRO PEONES  (Marcos Agüero)
La expectativa de aquel pueblo apartado de la civilización era extraña. Por vez primera se llevaría a cabo la inusitada final entre dos desconocidos Maestros del ajedrez, Gaspar Garrido y Antonio Carpio.
Acostumbrados más a jugar bolas criollas, peleas de gallo y dominó, la mayoría de los pobladores no mostraban interés por aquella contienda deportiva. Los organizadores y promotores tenían todo dispuesto en la Plaza Bolívar ubicada sobre una pequeña loma no muy lejos del pueblo. Sin embargo, debido a la inclemencia del tiempo se vieron obligados a buscar un lugar cubierto. Desafortunadamente, el único sitio disponible era una cantina, la cual tenía abandonado en un rincón, un viejo ring de boxeo. Es perfecto –exclamó uno de los organizadores- sobre este ring de boxeo se hará la final del torneo, los espectadores se sentarán alrededor del cuadrilátero evitando así que se apiñen sobre los maestros. Convenido así, y valiéndose de los adelantos del mundo civilizado, desplegaron las cámaras televisivas a los extremos del ring.
La hora ya estaba presta, los pobladores -en su mayoría campesinos- comenzaban a inundar el lugar en alpargatas y sombreros de cogollo, pero no por el evento en sí, sino más bien para jugar dominó, bolas criollas, o tomar aguardiente.
Finalmente, hicieron entrada los dos Maestros del ajedrez cada uno con su representante y cuerpo de seguridad. Con ellos subieron al cuadrilátero el juez del torneo y el personal de seguridad. En el centro colocaron la mesa, sobre la mesa un tablero, sobre el tablero las piezas, a su lado, un reloj de ajedrez.
Aunque no llevaban guantes, ni trusas, ni protectores bucales, los dos maestros, colocados a dos brazos de distancia se miraron fijamente con  infinito desprecio. El estado casi hipnótico de ambos ajedrecistas ¡se vio sacudido por el peculiar rastrilleo de afilados machetes!
El juez pidió silencio y procedió a hacer la presentación de los rivales quienes mientras se sentaban, no apartaban el oído de sus rostros.           
Se oyó una voz que dijo: ¿Y estos van a peliá sentaos?
Otra voz le respondió: No compa, están esperando que toquen la campana.
Una hora pasado, y dos y tres, pero los ajedrecistas permanecían inmóviles con sus miradas puestas sobre las piezas que estaban sobre el tablero, que estaba sobre la mesa, que estaba sobre el cuadrilátero, que estaba apartado en un rincón de la cantina de aquel pueblo apartado de la civilización.
Los campesinos ya con unos cuantos tragos encima y comiendo chimó, comenzaban a alterarse y a pararse de sus asientos. Tanto el juez del torneo como el personal de seguridad se mantuvieron expectantes. En ese preciso instante, cuatro peones que venían de una finca cercana entraron a la cantina montados a caballo, dos blancos y dos negros. Estos se dirigieron al patio sin mirar si quiera a aquellos dos ajedrecistas que jugaban sobre un ring.
Cuatro largas horas ya habían pasado y fue allí en semejante instante, cando se oyeron palabras empapadas por el alcohol que decían:
 ¡Queremos ver sangre!
Todos se levantaron de sus sillas gritando y golpeándolas con sus afilados machetes. La algarabía se hacía insoportable, pero los dos Maestros permanecían sumergidos en su juego. Varias sillas fueron lanzadas al ring mientras algunos campesinos trataban de cortar las sogas con sus machetes.
Con la angustia que se puede sentir en semejante situación, el juez logra ver la vieja campana amarrada a una de las esquinas del cuadrilátero. A riesgo de su propia vida, se lanzó a la lona, gateó hacia ella con notable desesperación y cuando la hubo tenido, la tocó repetidas veces. Notando el efecto casi paralizante sobre aquellos aldeanos, se incorporó y moviendo los brazos exclamó:
¡Tablas! ¡Tablas!



PUNTALES DE LADRILLO. EMPEDRADA CALMA DE LA NOCHE (Duglas Moreno)
A Malena y Juan Molina, por lo de la écfrasis.
Detrás de una sombra escalinata, un muro pardizo en piedras coloniales detenía la mirada y más allá  se asomaba  un pedazo de cielo. En la enramada verde andan lentamente algunos pájaros. La tierra de los paredones se levanta y se marcha con el viento. Las ventanas se cierran y se abren bruscamente. Es como si la brisa intentara, obstinadamente, meterse a la casa por cualquier resquicio.  Hay un polvo seco en los vitrales. El lugar tenía un aspecto ruinoso. Nadie se atrevió  a expresar la verdad y  disimulamos. Decir que el espacio era un desastre, iba a ser demasiado. Callamos. Llegamos al patio por una pequeña gradería. Una voz refería la riqueza arquitectónica. Aseguraba que era un gran acervo de la época colonial. Todas esas palabras estaban lanzadas monótonamente. Se entendía, claramente que aquel discurso se exponía siempre de forma automática. Estimados turistas, se encuentran ustedes ante una joya histórica. Este pórtico polilobular con perfectos estípites barrocos y aquel cimacio piramoide, dicen los historiadores que fue copiado  de la iglesia  San Pedro de la Rúa en el reino de Navarra, España. Este cuarto, era el dormitorio del Coronel. Esta talla policromada de la Inmaculada Concepción, se hizo en Epinal, Francia, de allí  pasó al convento de Los Capuchinos en Sevilla, luego se trajo directamente a nuestra ciudad en el siglo XVIII. Por aquí estaba la cocina, en aquel rincón el establo, un poco más allá las barracas de los esclavos. Al lado norte,  el salón de fiesta…   Oía todo de manera lejana.
Mis amigos seguían el eco de las voces, cuando noté que el rostro de  un hombre soportaba  un puntal de ladrillos. Era una imagen aindiada. Notaba que resistía. Me distraje un poco al escuchar que el Coronel Figueredo solía recorrer los campos  de su propiedad  dentro de un enorme carruaje negro. Nadie lo veía, pero todos sabían que el prócer, todas las tardes,  daba un vistazo a su  inmensa ganadería. Después de asimilar el dato de los recorridos del Coronel, me recompuse y noté que estaba apareciendo, al filo de la noche,   algo extraño. Seguí observando  cuidadosamente. Pensé: las ruinas siempre crean perfiles  humanos, sobre todo con la aparición de la nocturnidad. En la otra columna  asomó el aullido de un perro. La cabeza del animal sobrellevaba  el mismo puntal, pero   ya muy deteriorado. Cuando me disponía a preguntar si  era cierta la historia de que en los patios había muchas morocotas enterradas, plata de la de antes; vi una cabellera blanca de mujer aparecer en el último balaustre.  Su vestido ceniza terminaba en la barda ocre del piso. Aquella  mirada espectral me detuvo. Sólo escuché: nada de que salen muertos en esta casa, es cierto. Aquí nunca pasa nada. Cómo gritarle que  mentía, pues en el umbral seguía un rostro misterioso mirándome fijamente. Aterrado abandoné el lugar. Llegué a una calle un tanto desierta. De pronto, pasa un celaje, ligeramente humano.  Sin poder verle el rostro le pregunté  a esa sombra errante ¿alguna vez ha visitado la casa del Coronel Figueredo? Mostrando sorpresa; pero sin detenerse,  dijo: ese caserón hace siglos que despareció. Reconocí de inmediato el vestido ceniza de la mujer del desvencijado balaustre. Maldije aquel momento, quise correr, pero tan solo conseguí arrastrarme por la empedrada  calma de la noche.



VISITA (Enrique Plata Ramírez)
Cansado ya, esa noche, se recostó a una de las paredes cuando la vio venir.
Estoy aguardándote - dijo el hombre a la guapa mujer.
Aún no te necesito- le replicó ella y continuó su marcha hasta la iglesia más cercana. Celoso, la fue siguiendo el hombre con la mirada, hasta verla salir, poco después, tomada de la mano con el cura.
La siguiente mañana todos lamentaron la muerte del sacerdote.


AMOR NATURAL (Gabriel Jiménez Emán)
Obsesionado en llevar una vida sana y en contacto armonioso con la naturaleza, Arturo se abrió un buen día de la existencia frenética de la gran ciudad, que ya le había llevado a los límites de la exasperación. Así que vendió su departamento, su automóvil, dejo su empleo en el Ministerio, y con ese capital se instaló en un pueblo de los Andes donde la tranquilidad, el aire limpio, y las maneras sosegadas de la gente se ofrecían como tablas de salvación.
Al principio todo lucia amable; poco a poco comenzaron a aparecer inconvenientes, que fueron subsanándose. Arturo debido armarse de enorme paciencia para instarse en la casita, y luego para solucionar rencillas y trampas, trucos que creía era imposible fuesen practicados por aquella gente sencilla. Le costó, asimismo, acostumbrarse al silencio de las noches, un silencio excesivo donde cualquier pequeño sonido se convertía en un ruido inquietante.
Arturo hablaba de un modo que no captaban bien las gentes del campo, e hizo un esfuerzo enorme para adaptarse a las pausas y maneras ladinas de pronunciar de los andinos. Sin embargo, lo son siguió, acondiciono sus rústica vivienda y le equipó, se dedicó a sembrar la tierra y compro un carro usado. No le iba mal, no le iba del todo bien, como debía ser.
Algunas mujeres lo miraban con picardía. Con una de ellas había cruzado un día algunas palabras. Le gustaba, era verdad, pero ya se presentaría una oportunidad de acercársele. Mirando televisión, leyendo o escuchando música por las noches lograba distraerse. Pensaba a ratos en Viviana: así se llamaba la muchacha.
Un día en que abonaba su terreno, Arturo vio la chica y se le acercó. La invitó a dar un paseo, luego a comer. Entonces comenzaron a frecuentarse a Viviana fuera de casa, y aquello no gustaba a los padres de la chica. Ella le manifestó su desagrado, agregando en el comentario que sus padres eran insoportables, y que deseaba estar con él solamente. Un tanto aturdido por esa afinación, fue entrando en el ámbito privado de Viviana y progresivamente enamorándose de ella, hasta que un día le hizo el amor en el césped de un prado, junto al rio. Alcanzando ese grado de intimidad, decidió unirse a ella. Ella aceptó, pero con reticencias hacia sus padres. No le dijo nada a Arturo, aunque si sabía la razón. Un hombre amigo de su padre la pretendía desde hacía tiempo. Fue el mismo que caminó una noche estrellada y silenciosa hasta la casa de Arturo, y cuando éste abrió la puerta, el hombre le dio un certero y perfecto machetazo en el cuello que ni siquiera le dio tiempo a Arturo de experimentar ningún dolor. Le enterraron en la cristiana paz de los campos andinos, y todos los años el matrimonio, que vive en la antigua casita de Arturo, le lleva flores a la tumba, en el cementerio Municipal.



PESADILLA (Víctor Marichal)
La espesura de la maleza no permitía que fuera más rápido.
¡Allá va!     ¡Sí, desde aquí lo vi!                               
¡Agarraren a ese asesino!
Sin embargo, aquellos gritos hacían mi carrera más veloz. Ya había transcurrido más de media hora desde que empecé a correr.
No sabía qué había ocurrido esa tarde. Recuerdo que llegué a la casa como de costumbre, peo esta vez me encontré con algo espantoso: el cuerpo de Judith se hallaba inmóvil en el centro de la sala, sí, yacía un charco de sangre. Sin lograr salir de mi asombro corrí hasta ella y la tomé en mis brazos. Fue cuando noté que aún tenía un cuchillo clavado en su cuerpo, justamente en el pecho. Sin pensar, lo saqué; mis manos estaban manchadas de sangre al igual que mi ropa. Aún sostenía el puñal en mi mano cuando percaté de la presencia de Lourdes, una vecina nuestra que logró entrar.
Al principio no me fijé en sus pensamientos, pero al ver el temor reflejado en su rostro los leí claramente. Traté de acercarme para explicarle, pero ella huyó gritando desesperada. Llegué hasta la puerta y todavía tenía el cuchillo en mi mano, pero al ver que se formaba un grupo alrededor de Lourdes sentí miedo, y más miedo sentí cuando los vi armarse de palos y machetes e ir en dirección a mi casa. Ahora sí solté el cuchillo y asustado corrí saltando por una ventana que daba a la parte de atrás y empecé a correr y correr. Sin embargo, ni la huida podía borrar la imagen de Judith. Me preguntaba: “¿Quién la mataría? ¿Por qué?”. Creo que jamás lograría saberlo, porque el cansancio se apoderaba de mí; sentía que ya no podía seguir huyendo. De pronto ante mis ojos apareció una cueva, la cual disimulaba muy bien la entrada por lo alto de la maleza. No lo pensé dos veces y me metí allí sin dar importancia a lo que pudiera pasar, sólo quería descansar un poco. Por suerte vi a mis perseguidores pasar delante de la cueva burlados por la hazaña.
Caí al suelo abrumado, cansado, y me fui quedando en un sueño profundo. No sé por cuánto tiempo permanecí dormido, pero de repente escuché la voz de uno de los vecinos y me levanté  sobresaltado con intenciones de seguir corriendo. Fue cuando vi el cuerpo de Judith a mi lado en la cama. 



A NINGUNA PARTE  (Juan Emilio Rodríguez)
Aquel hombre fastidió tanto para que lo sacaran de entre los humanos, que los dioses finalmente, lo levantaron a ventarrón infinito de los espacios celestes. Justo donde soñamos las estrellas.
La distante y ansiada libertad, hizo brotar un canto jubiloso en su en su garganta. Canto que conocieron los cometas y las veredas perdidas. Adiós temores, órdenes, vecinos, colas, inflación, celebró mientras probaba su capacidad de vuelo sobre las cimas solitarias de la tierra.
Desde ya podré vivir con segura independencia. No habrá horizonte que yo no alcance.
Los dioses gratamente sorprendidos ante aquellas alabanzas, decidieron de inmediato estudiar otras peticiones de liberación.  No obstante, el recién llegado paralizó el asunto al despertar un día con un urgente deseo de hacerse un plato de caraotas refritas, salidas de la cocina de la que fuera su mujer, una negra llamada Trina Josefa.
Picoteó una nube, jugueteó con un águila; sorbió ávido el aire marino de las olas, al mismo tiempo que volaba chispeado por ellas hacia la quietud de una playa tropical. Pero no pudo desterrar de su paladar el sabor de aquellas caraotas.
Dos amaneceres más tarde, observando desde su refugio de conchas de cielo el aguacero que nublaba la tierra. El alado recordó el calorcito placentero que le transmitía el cuerpo de Trina Josefa en la cama, cuando ambos se abrazaban en las noches de lluvia. ¡Alarma! Al cerrar los ojos y creerse en el lecho matrimonial, casi se va bruces.
Los dioses como bandas de palomas perturbadas, murmuraron entre ellos y miraron con enojo al inadaptado, quien de ahí en adelante se sumió en una pesadilla.
La gritería de sus hijos dentro de la casa, que otrora le atormentara.
El crujir de la corteza del pan tostado entre sus muelas. El primer trago de cerveza en la barra de La Fonda del Garaje, mezclado con la reseca saliva, en la tarde calurosa…
Y hasta las risotadas de los empleados de aquella empresa donde él antes trabajara, acrecentaron sus deseos de retornar convirtiendo en agonía la pesadilla inicial. Para distraerse probó ir de paseo a diversos lugares de la tierra, vedados antiguamente por razones obvias. Fue peor: desde arriba el mundo sólo le recordó lo que ya no tenía.
Canciones. Mujeres. Licores. Y La Fonda del Garaje. Chicharrones. Quesos… ¿Quesos? El queso rayado vistiendo de etiqueta las caraotas refritas.
Ya de regreso al refugio, y aun cuando las alas le pasaban igual que dos portones de hierro. No pudo pasar por alto el rojo jugoso de una patilla, expuesta impúdicamente en el interior de un mercado libre.
Bajó con suavidad mientras iba imaginando su lengua golosa entre la incitante pulpa. Pero el vendedor de dos certeros naranjazos lo hizo emprender vuelo cuando estaban a centímetros de la fruta. Los dioses histéricos, lo llevaron a juicio. No obstante, el abogado defensor consiguió alzarlo del banquillo.
-Teniendo en cuenta que mi defendido tuvo, además de cervezas y pan, el especial deseo de presenciar el juego de sus hijos… Y ganas de estar en el tálamo con la que fuera su consorte; yo pido que sea devuelto a la tierra en el acto. Porque sucede- prosiguió el defensor retomando la voz por encima de las exasperadas protestas-que son ustedes, compañeros, los que deberían de ser enjuiciados. ¿Cómo se le ocurre convertir en viajero de los cielos a un ser cuya memoria terrenal está intacta? Figúrense, que hasta recuerda el nombre de su esposa.
Los dioses chiflaron y patalearon, más no encontraron dar una razón de peso que justificara aquel desatino. Y entonces, acatando la sentencia que le dictara el juez supremo, regresaron al infeliz después de poner su mente en nada.
Ese día desde lo alto, cayó a la tierra un águila muerta. Y enseguida, de las entrañas de un vientre materno nació una criatura ansiosa de lactar.

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