domingo, 3 de febrero de 2019

Leyendas y cuentos cortos venezolanos (31) Varios autores



Joven llanera en el archivo de Fernando Parra




FANTASMA DE PÁEZ (Mercedes Franco)
En el Archivo Nacional aparece el fantasma del General José Antonio Páez, líder patriota y Presidente de Venezuela. El caudillo llanero aparece en su uniforme de gala en toda su dignidad y prestancia. Quienes han logrado verlo dicen que se pasea por los pasillos y al encontrarse con alguien contempla con intensa curiosidad a la persona de otro tiempo que mira frente a él.


PALOMETA PELUDA  (Mercedes Franco)
Existe en Venezuela una mariposa nocturna, negra y grande, conocida en la costa oriental como La Palometa Peluda. En el estado Sucre, la consideran verdaderamente temible. Dicen que se cría cerca del Golfo de Cariaco. Durante la época de lluvias, esta plaga cae sobre pueblos como Carúpano, Tunapuy y El Pilar, oscureciendo las calles. Causan escoriaciones y daños irreversibles en los ojos, por el polvillo o pelusa que desprenden sus alas.
La gente de oriente le atribuye a este insecto un poder maligno, sobrenatural. El cura oficia misas extra para exorcizarlas y en las noches se encienden grandes hogueras en las calles, para atraer allí a las palometas, que caen en el fuego estallando como petardos.


PAPÁ TONGORÉ (Mercedes Franco)
En nuestra Barcelona de Anzoátegui, había devoción por determinadas imágenes, como la del Niño de la Catedral de Barcelona, y algunas otras que los vecinos poseían, a las que se atribuían grandes poderes benéficos y protectores y se adoraban en Navidad. Pero cada quien adornaba su Niño Jesús y lo colocaba iluminado en un lugar visible.
Muchos vecinos acostumbraban ir a adorar el de otras casas. Historiadores como Alfredo Armas Alfonzo, recuerdan la devoción a una imagen del Niño Jesús conocida como Papá Tongoré. Pertenecía al vecino Manuel Yancén y se consideraba muy milagrosa. A principios de siglo las fuerzas del gobierno combatían al insurrecto General Rolando, en Aragua de Barcelona. Un indio llamado Pantaima tenía en la mira al caudillo, cuando un centinela de Rolando gritó: " ¡Sálvalo, Papá Tongoré!". Pantalla se desconcertó totalmente. La carabina se le trabo y el proyectil se atascó en el cañón.
El General Rolando escapó con vida y la leyenda de "Papá Tongoré" se extendió por todo el país. La devoción al Niño de Barcelona creció y el mismo Rolando se hizo devoto de aquella humilde imagen oriental.


LOS OJOS (Ricardo Jesús Mejías Hernández)
Ese día llevó los ojos puestos, entró al baño del bar y en el espejo, notó que no los tenía.
Más tarde, en la barra, pidió un martini con dos aceitunas.
Volvió a entrar al baño y en el espejo, vio su imagen con dos aceitunas en lugar de ojos.
A la hora del cierre, cuando se retiraba acompañado por una escultural rubia, el mesero lo llama y dice:
—Señor no olvide llevar sus ojos.


EL DESTIERRO (Eduardo Sanoja)
Como yo he hablado de la luna y escribía de la luna y sabía cuándo era creciente o menguante o llena o nueva, decían que yo vivía en la luna o que me la pasaba en la luna, y eso no les convenía a los amos de los dineros, porque ¿qué iba a pasar si eso se generalizaba y toda la gente la cogía por “pasársela en la luna”? Eso no debía ser. Los jefes del Imperio de los Dineros decidieron acusarme y enjuiciarme y condenarme. La decisión fue unánime y la sentencia el destierro. ¡Fuera del planeta! ¡A la luna! Me amarraron, me montaron en un cohete y me mandaron preso para allá. Me entregaron a las autoridades de la luna. Allá siempre es de noche y no hay luz eléctrica. Me recibió el rey de la luna que es blanco como el hielo y tiene, caso contrario, luz propia como la de los bombillos fluorescentes, de neón.
–¿Por qué te mandaron para acá? –me preguntó luego de que se marcharan quienes me habían llevado.
Le expliqué todo el rollo de mis palabras y de mis poesías y lo de las leyes del Imperio. Me oyó en silencio…
Al rato dijo: “Aquí no hay calabozos ni cárceles. No sé si el rey de tu Imperio va a seguir molestándonos mandando gente a buscar piedras y a contaminar con las basuras que dejan aquí. No sé. Lo que te puedo decir es que como aquí siempre es de noche la pasamos soñando. Siempre soñando. Vivimos del sueño”.
Yo pasé allá no sé cuánto tiempo. Lo cierto es que aunque yo era (yo soy) un soñador, no estaba acostumbrado a soñar tanto tiempo seguido y hablé con el rey para que me diera permiso para irme.
–Eso no es problema mío –dijo–. Te las sabrás ingeniar…
Estuve un bojote de días pensando y requete pensando hasta que por fin resolví pedirle a unos zamuros que iban volando que me hicieran el favor de bajarme hasta la tierra. Ellos me dijeron que me agarrara de sus patas. Entonces yo me despedí del rey y le di las gracias y él me regalo un cuchillo de hielo bien bonito.
Estuvimos varios días baja que baja hasta que por fin llegamos.
–¿Dónde te dejamos? –preguntaron. Yo les dije que me esperara porque les iba a dar un regalo en agradecimiento.
Como era de noche, entré escondido y empinado al palacio y le clavé el puñal de hielo en el corazón del gran jefe del Imperio. Salí y les dije a los zamuros: “ese es su regalo… ¡Cómanselo!”.
Ellos se hartaron y se fueron de lo más contentos, y yo desde entonces puedo –estando en la tierra– pasármela en la luna, tranquilo, soñando…


CUMPLEAÑOS DEL MAGO (Wilfredo Machado)
Buscaba en cada presentación y a cada momento cruzar el círculo de afilados cuchillos que lo despedazaban lentamente como una jauría de carniceros furiosos. La primera vez que saltó perdió una de las orejas -que quedó colgando en la punta de un cuchillo descomunal-, aunque no le importó de ningún modo. Era un precio bajo para su osadía. Además le bastaba sólo una para escuchar las interferencias del mundo, el susurro del viento entre las láminas brillantes que lo aguardaban con ansiedad a cada presentación. Luego fue perdiendo los dedos de las manos, uno a uno; los de los pies, la nariz, los tobillos, los brazos, las piernas, hasta quedar convertido en un amasijo informe donde apenas podían reconocerse rastros de lo que había sido un ser humano. Para ese entonces se había acostumbrado a las mutilaciones y las heridas, al sabor amargo de su sangre y se arrastraba como un enorme gusano de seda bajo el sol. La última vez que lo vimos se presentaba acompañado de un viejo mago que lo cortaba en diminutos pedazos con una sierra eléctrica, cosa que a él parecía no importarle. Sus ojos oscuros, sin párpados, apuntaban a las nubes que se arremolinaban en el cielo. Por las noches, la mujer del mago se disputaba con los perros los pedazos del artista que habían quedado esparcidos sobre la plaza solitaria donde soñaba el viento. Luego los cosía con un fuerte hilo de nylon para la presentación del día siguiente. Entonces el mago se acercaba en silencio, susurraba unas palabras junto a su único oído, y lo retornaba a la vida con un leve movimiento de sus manos.
 —No, todavía no puedes morir—. Mañana será un día muy especial para todos. A ti, como siempre, te tocará apagar las velas.
A veces, a escondidas, sin que nadie lo percibiera, el acróbata movía la cola en la oscuridad de la plaza antes de la función.


SALOMÉ (Ramón Lameda)
Era el hermano mayor de Buda, ubicado en un templo de Bizancio. Permanecía estático lleno de siglos y soles, finamente amozaicados contra el muro. Bajo sus ojos, los cristianos parecían bajo el fragor del fuego y el crepitar de los dientes felinos.
Su largo pelo cubierto de espejos reflejaba las arenas pretéritas de las cuatrocientas mil galaxias que giran en la sangre.
No podía decretar el sufrimiento. Su silencio le impedía penetrar en el valle de la sombra. Sin embargo, intentó acercarse a la angustia humana. Mirando desde el vidrio del aumento, penetro en los círculos más sombríos hasta reventar en mil pedazos.
Salomé tomó la cabeza por el pelo y la colocó sobre la mesa de noche.


ATILA (Enrique Plata Ramírez)
Lo miró con profundo odio. Hasta tres veces lo abofeteó, y luego, con mucho desprecio, le espetó:
- ¡No eres nadie! ¡Ni siquiera eres digno de ser hijo de tu padre! ¡Desde hoy dejas de ser mi señor! 
El hombre herido en su alma contuvo la espada en lo alto. La mujer lo miró con una mezcla de odio y terror.
Furioso, Atila salió a conquistar el mundo.


SOLICITUD (Enrique Plata Ramírez)
Enamorado, el hombre se acercó hasta el padre de la joven y educadamente le solicitó su mano en matrimonio.
Y llamando a la muchacha, tomó Atila un hacha, le cercenó la mano y se la entregó al pretendiente.


EL SUICIDA (Gregorio Riveros)
Matar la tristeza, eso quería el viejo poeta Baltasar. Pero la tristeza llegó, una y otra vez. Bastó un instante perverso de su presencia dolorosa para retomar el deseo de darle muerte, asesinarla sin piedad. Eran tardes lluviosas de agosto que dejaban en el ambiente una sensación de profunda desolación. Su mente tormentosa estaba acorralada, doblegada, con su ánimo abatido. La pesadumbre capturaba su atención y lo encerraba en los barrotes grises de una melancolía insondable. Hubo algunos días que se pudo escapar, y podía salir de su agobiadora depresión. Salía para la calle, a caminar en el centro de la ciudad, como una salvación, mirar rostros, múltiples, desconocidos. Verlos andar le resultaba entretenido, le hacían sentir parpadeos de la vida. Pero eso no bastaba en los otros días grises, aún así, salía de la solitaria habitación, caminaba rápido para llegar a la ciudad, llegaba, miraba la gente, y eso no le importaba. No le satisfacía en nada, no lo calmaba, no representaba ninguna alegría, ni vitalidad, ni compañía. Por el contrario, su estado emocional se trasladaba hacia una sensación infernal de soledad, de abismo, de caída inevitable en las arenas movedizas del fatal desasosiego. Llegaba al fin, a la más intensa penumbra. Allí, donde todos los pensamientos de orden, de normalidad social convenida, eran destrozados y abandonados sin escrúpulos. Era el lugar, o el momento, donde se convertía en un vulgar delincuente, en un inclemente asesino de la tristeza. Lo había pensado muy bien, lo estaba planificando, caerle a plomo limpio, a balazos, y desangrarlo, hasta precipitar su muerte. Y llegó el día gris, más frío y lluvioso, y se preguntaba ¿Cómo asesinarlo sin daños colaterales?. No supe cómo ayudarlo, y no me siento culpable, es que ustedes tampoco lo hubiesen podido ayudar, porque a un hombre firme y decidido a morir, de nada ayudan las palabras, las orientaciones, cualquier consejo era ineficaz. Estaba decidido a matar su depresión, su tristeza. No tuvo alternativas, puso la punta de su pistola en la boca. La introdujo hasta llegar a la garganta. Y apretó el gatillo. Pero no era el momento, lo salvó la suerte. La bala no estalló. Pero probó el vértigo, la adrenalina, la sórdida y nerviosa sensación triunfal de presenciar el momento previo del final, planificado, construido por su voluntad y en sus propias manos. Y a la noche siguiente, se repite el ritual, Baltasar, la pistola, la boca, la garganta, y una noche más larga y más lóbrega, y un disparo perfecto que le dio muerte a la tristeza.


EL ESPANTO DE JUAN CURIEPE (José Milano M.)
La sombra rauda dejó mi temple la mirada atónita de Juan Curiepe. Parpadeo nervioso seis veces y la tensión en su cuello le hinchó las venas parietales; la cosa era horrible, pegaba unos alaridos  espantosos y despedía un olor a fuego de bosta húmeda cada vez que le pasaba por el frente.
-No me mates esa danta. Le dijo el capataz con señero gesto a Juan Curiepe. Fue un ruego más que una orden.
-Es que por esos montes quedan poquitas y a nosotros la comida no nos falta. De todos modos el terco campesino montó la velada y una noche dio con  la cría jojota del animal; no dijo nada, la preparó en su choza en salmuera  y cada tarde le hincaba el diente mientras acechaba a la grande. El capataz se había dado por vencido, no sin antes advertirle que danta y encanto se parecen, que tuviera cuidado de los muchachos que cuidan los montes.
Aquella noche vio una trocha que antes no había mirado, la siguió, y al final se encontró  con la bestia; una  carcajada diabólica inundó los caminos y el espectro se le fue encima volviéndose un humo negro y hediondo. Juan apretó el machete con ánimo de quitarse de encima aquel espanto, pero no le respondía el brazo y las piernas temblorosas no daban ni para correr.
-¡Aaahhhh!! ¡Aahhh! ¡Ahhh...! Gritó de pronto y cayó en un desmayó. Frío y con los ojos abiertos, el susto se le quedó marcado en el rostro.
A la mañana siguiente, cuando lo encontraron, estaba seco como una estaca, hecho heces y orinas; hubo que cortar sus ropas para bañarle. Desde entonces Juan Curiepe no ha dicho una palabra duerme de día y se queda en las tardes mirando el monte desde la ventana, y cuando cae la noche se encierra en su choza entre cuatro velas balbuciendo rezos hasta el amanecer.
Hace dos años la ventana no se abrió, nadie extrañó su cara, nadie preguntó por él, la choza se fue secando con los años y la paja dispersa por el viento dejó ver una torta de esperma bordeando un esqueleto con los huesos roídos  como si se lo hubiesen comido poco a poco y desde adentro.



LOS MUÑECOS (Juan Emilio Rodríguez)
La mujer y aquella figura masculina asistieron durante cincuenta años a una cátedra sobre La Ciencia de la Vida que dictaba un renombrado profesor.
Cada día de aquellos trece mil anocheceres, la mujer y la figura masculina se sentaron en pupitres separados para oír las  profundas disertaciones del magíster.
Pero una noche, al levantar el brazo para recalcar un concepto, el profesor enmudeció.
La mujer, después de esperar unos segundos por lo que creía una pausa, miró por primera vez la cara de una figura masculina.
Y entonces creyó ver en sus pupilas azules el deseo de que ambos fueran a ver qué le sucedía al erudito.
Con pasos lentos se acercaron al rígido maestro.
La mujer le tocó el brazo suspendido. De inmediato, el profesor se desarmó con un estrépito de plástico, metal y goma.
La mujer abrió los ojos aterrada, y luego empezó a sollozar, como al compás de los oscilantes y oxidados resortes, que brotaron del tórax del profesor.
-¿Lloras? –Preguntó sin alterarse la figura masculina.
-Hemos dejado ir nuestras vidas oyendo a un muñeco que nos explicaba lo que no podía saber –dijo que al final la mujer entre llanto- unidos si habríamos aprendido La Verdadera Ciencia de la Vida.
-Yo estaba seguro- dijo la figura mientras miraba sin expresión alguna- que tú también eras un muñeco… como nosotros.



CONTRASTE (Víctor Marichal)
Aquel hombre era admirado por el bajo mundo, pues él pertenecía a ese ambiente y había demostrado habilidades extraordinarias que le permitían cierto rango dentro del hampa.
Parecía que sus delitos quedarían impunes. En más de una ocasión lo hicieron prisionero pero jamás pudieron condenarlo por no hallar pruebas suficientes en su contra. Algunas veces por sus astutas declaraciones y otras por tener dinero para pagar a cualquier tracalero que se encargara de demostrar su inocencia.
Un día, en vista de que los policías podían reconocerlo y meterlo preso de nuevo, decidió jugarles una maniobra para incurrir en uno de sus delitos y evitar ser capturado.  Esta maniobra consistía en disfrazarse. Se vistió con un uniforme exacto al usado por los policías y cometió el delito. Despojó a un repartidor de cigarrillos de todo el dinero que hasta el momento había cobrado a los comerciantes a quienes llevaba su mercancía. Después del hecho huyó en veloz carrera, y al internarse en un callejón que le proporcionaría la feliz huida, otro delincuente, quien no reconoció a Ricardo y temeroso de que la ley le cobrara las deudas contraídas con ella, sacó su arma y sin que Ricardo lograra identificarse recibió tres impactos de bala, pero antes de caer logró sacar su pistola y hacer blanco en el rostro sorprendido de su asesino.
La policía al levantar los cuerpos quedó estupefacta al encontrar el cuerpo de Ricardo vestido con uniforme de la policía. Alguien que conocía bien a Ricardo y que supo de los hechos dijo: “Y decían que jamás la justicia podría con él”.   



EL CAZADOR (Samuel Omar Sánchez Terán)
 Este es uno de los tantos relatos orales de la población de Manrique en el estado Cojedes. Alexis Sandoval, hombre manriqueño, tiene por hobby la cacería no desperdicia un momento libre para ir al monte o la montaña. Siempre le decían su familia y amigos, que dejara esa ceba porque no respetaba los días santos para cumplir sus hazañas de cazador, él comentaba que era buen baquiano y para eso cargaba una contra de la Virgen del Carmen. Sucedió un día lunes, luego de trabajar en su parcela, llega a su hogar, después de cenar le dijo a su mujer  qué iba de cacería y llegaría tarde Son las nueve de la noche, está por los lados del sitio conocido como “La Martinera”, logra distinguir un enorme picure se dice: -¡Ah camarita, me salvó la noche!- Lo empieza a perseguir, está corriendo y no se da cuenta por dónde va. La noche se pone como cueva de zamuro oscura y se estalla por una cerca de alambre, al rato nota que está dentro de los terrenos del cementerio, el cual está situado en las afueras del poblado, se encuentra cerca de unas matas de algarrobo, la luna se esconde detrás de unas nubes, no ve por donde va y cae de batacazo en una fosa que han hecho los sepultureros en la mañana, es un inmenso panteón familiar, tiene casi tres metros de profundidad, suerte que no se fracturó una pierna, nada más unos leves moretones, se echa a reír y dice: -!Cónchale! ese picure me tenía hipnotizado, que no vio cuando entre al cementerio y de ñapa vengo a caer en esta fosa- Son casi las doce de la medianoche-. Ha gritado a ver si alguien lo escucha y lo rescata, ha tratado de salir, no puede está agotado de tanto saltar, la luna aparece y refleja su claridad a un lado de la tumba, el otro oscuro, siente un silencio sepulcral que ni un grillo canta, un frío helado lo pone a temblar por un momento, se da por vencido, decide acomodarse en la parte que no da claridad, esperará al amanecer cuando lleguen los trabajadores y lo saquen. Comenta la gente mayor que la tierra de cementerio mojada pone a la gente hinchada, por cierto había caído una leve garua de lluvia, ya está cómodo para dormir un rato, cuando siente que cae un bojote de platanazo dentro de la tumba, sobresaltado salta, ve que es otro cazador el cual dice: -No se preocupe compañero, que vengo hacerle compañía-. Alexis, le ve su rostro que es todo cadavérico, ahí logra un gran salto como si fuera empujado por un resorte y sale de un brinco de la fosa, pálido como un cadáver, se encomienda a la Virgen del Carmen y pega una loca carrera monte adentro, que aún lo andan buscando.

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