lunes, 28 de octubre de 2013

Poemas de Amor Llanero (4) ...Y NO HE VUELTO A SABER DE ELLA

Imagen en el archivo de Santos Quiroga



SEPTIEMBRE (Francisco Sosa)

Tú traes a mi mente atormentada,
recuerdos de mi infancia adormecidos,
dulces recuerdos de mis días floridos,
de mi ilusión primera tan amada.

Recuerdos de aquel
dichoso tiempo ya pasado,
en que mi corazón alucinado
fabricó el primer nido a mi esperanza,
sin sospechar que nuestra vida alcanza,
muy pocas veces el ideal soñado.

Prosigo sin embargo mi camino
en recia lucha con el cruel destino
que deja siempre truncos mis anhelos.

Y sin que me declare por vencido 
prosigo fabricando nuevos nidos 
a mi esperanza e ideales nuevos.

Prosigo batallando brazo a brazo
con los duros azares de la vida;
sereno el corazón, la frente erguida
avanzo siempre sin cejar un paso
hacia la nueva meta apetecida.


Las grandiosas garzas llaneras flameaban la soledad 
(Archivo de Ara Macao) 



 Y POR TESTIGO LA LUNA. . .(Dámaso Macero)

 CANTANDO DIRÉ MI PENA.
SI LA GARGANTA NO AMELLA.
PASÓ LA NOCHE EN MIS BRAZOS.
Y NO HE VUELTO A SABER DE ELLA.



Como el agua de la nube
esto es purita verdad,
cuando ando en la soledad
el recuerdo se me sube;
y como dicho es costumbre:
si las de cal son las buenas,
ahora voy con las de arena
rumiando tiempos mejores,
y en pique con los cantores
CANTANDO DIRÉ MI PENA.


La conocí porque quiso;
la quise porque llegó
y después lo sabe Dios
cómo me dio en las narices.
Recordarlo no es preciso:
todo en la vida es querella,
se apagó como una estrella,
deslumbrado por el sol
soy del recuerdo cantor
SI LA GARGANTA NO AMELLA.

Mañera tarde de mayo
Floreada de masamasos
la encontré velando el paso
del alto del guacamayo.
Aliviaré mi caballo;
y bajo un cielo de raso
la tarde se fue de paso,
el sol jugó el escondío
y oyendo el rumor del río
PASÓ LA NOCHE EN MIS BRAZOS.

La noche colgó en el cielo
El tesoro de sus prendas;
la luna como una ofrenda
pasó la noche en desvelo.
Se durmieron sus recelos
y como la vi tan bella
la puso a contar estrellas
tendida sobre el pudor.
Luego se fue con el sol
Y NO HE VUELTO A SABER DE ELLA.


Textos tomados del libro Antología de la Poesía Cojedeña (1987), editado por la Asociación de Escritores del Estado Cojedes, en San Carlos. 

viernes, 25 de octubre de 2013

Todo lleva tu nombre y tu sosiego (poemas de Isaías Medina López)

Arte Corporal de Cojedes (archivo de Alejandro Antonio López)


TODO LLEVA TU NOMBRE Y TU SOSIEGO

Sé que enciendes una hoguera 
para abrirnos sin prisa la hora del primer pan 
atrapada y soñolienta

Sé que tu palabra muestra una llave 
y lo que esperas hoy del cielo 

Sé del jardín que está marcado por lunas y lluvias 
previstas en tu calma 

Sé cuánto sabes del paso ruinoso del cartero 
que aturde tras la puerta y nos llena de esperanza 

Sé que eres café y aroma bajo la sombra del tiempo 
esa risa blanca en la ventana 

Sé que por nosotros has bebido largamente 
los sorbos del tropiezo

Sé que eres mi madre y sabes que te amo. 



PAISANO

    Cuando ajustes el cinturón principal de tu equipaje

    cuando dispongas los enseres 

     que sumaran viejas memorias acechadas de tiempo


Cuando entregues
 

    al nuevo huésped de tu habitación la llave de la puerta 

    advirtiéndole además sobre ese hábito particular 

    que heredan los objetos de su antiguos dueños


Cuando dejes la última avenida
 

    y leas por vez final el letrero que demarca

    lo  que es tuyo y lo que no te pertenece

    piensa, paisano,  que muchos otros 

    quisieron regresar y no pudieron. 



     Lea más poemas de este libro en : 


Tomado de Vinculo Perenne (1987), editado en San Carlos por el Fondo Editorial de las Letras Cojedeñas.   

martes, 22 de octubre de 2013

El Genio del Pesacartas. Cuento fantástico de Teresa de la Parra

 Eran indefinibles tanto  su cuerpo como su alma 
(Imagen de Sebastián Nava en archivo de Anita Mendoza)

Esta era una vez un gnomo sumamente listo e ingenioso: todo él de alambre, paño y piel de guante. Su cuerpo recordaba una papa, su cabeza una fruta blanca y sus pies a dos cucharitas. Con un pedazo de alambre de sombrero se hizo un par de brazos y un par de piernas. Las manos enguantadas con gamuza color crema no dejaban de prestarle cierta elegancia británica, desmedida quizás por el sombrero que era de pimiento. En cuanto a los ojos, particularidad misteriosa, miraban obstinadamente hacia la derecha, cosa que le prestaba un aire bizco sumamente extravagante.
Lo envanecía mucho su origen irlandés, tierra clásica de hadas, sílfides y pigmeos, pero por nada en el mundo hubiera confesado que allá en su país había modestamente formado parte de una compañía de menestreles o cantores ambulantes: semejante detalle no tenía porque interesar a nadie.
Después de sabe Dios qué viajes y aventuras extraordinarias había llegado a obtener uno de los más altos puestos a que pueda aspirar un gnomo de cuero. Era el genio de un pesacartas sobre el escritorio de un poeta. Entiéndase por ello que instalado en la plataforma  de la maquina brillante se balanceaba el día entero sonriendo con malicia. En los tiempos había sin duda comprendido el honor que se le hacía al darle aquel puesto de confianza. Pero a fuerza de escuchar al poeta, su dueño, que decía a cada rato: “¡cuidado! Que nadie lo toque, que no le pasen el plumero. Miren qué gracioso es… ¡Es él quien dirige el va y vende billetes y cartas!...” había acabado por ponerse tan pretencioso que perdió por completo el sentido de su importancia real –y esto al punto de que cuando lo quitaban un instante de su sitio para pesar las cartas le daban verdaderos ataques de rabia y gritaba que nadie tenía derecho a molestarlo, que él estaba en su casa, que haría duplicar la tarifa y demás maldades delirantes.
Pasaba pues los días, sentado en el pesacartas como un príncipe merovingio en su pavés. Desde allá arriba contemplaba con desdén todo el mundo diminuto del escritorio: un reloj de oro, un cascaron de nuez, un ramo de flores, una lámpara, un tintero, un centímetro, un grupo de barras de lacre de vivos colores, alineados muy respetuosamente alrededor del sello de cristal.
-Sí- decíales desde arriba-, yo soy el genio del pesacartas y todos ustedes son mis humildes súbditos. El cascaron de nuez es mi barco para cuando yo quiera regresar a Irlanda, el reloj está ahí para indicar la hora en que me dignaré dormir; el ramo de flores es mi jardín; la lámpara me alumbra si deseo velar, el centímetro es para anotar los progresos de mi crecimiento (mido ciento setenta milímetros desde que me vino la idea de usar calzados medievales). –No sé todavía qué haré con los lacres-. En cuanto al tintero, está ahí no cabe duda, para cuando yo quiera divertirme echando redondeles de saliva. Y diciendo así comenzaba a escupir dentro del tintero con una desvergüenza sin nombre.
-Eres un gran mal educado –protestaba el tintero--. Si pudiera subir hasta allá te haría una buena mancha en la mejilla y te escribiría en las espaldas con letras muy grandes “Gnomo malvado”.
--Sí,  pero como eres más pesado que el plomo con tu agua asquerosa de cloaca no puedes hacerme nada. Si me inclino sobre ti, quieras que no, tendrás que reflejar mi imagen. Y su rostro en efecto aparecía en el fondo del brocal de cobre negro y brillante como el de un diablillo burlón.
Cuando su dueño se sentaba al escritorio, el gnomo tomaba un aire hipócrita y sonreía como diciendo: “Todo marcha bien, puedes escribir lindísimas paginas, yo estoy aquí”.  Entonces el poeta, que era de natural bondadoso y que se engañaba fácilmente, miraba al genio con complacencia y colocando una barrita de incienso verde en el pebetero, la ponía a arder. El humo subía en fina volutas hacia el gnomo y le cubría la cabeza con su dulce caricia azulada. El diminuto personaje respiraba el perfume con alegría y se estremecía de tal modo que la balanza marcaba quince gramos en lugar de diez que era su peso normal, por lo cual deducía que el incienso era el único alimento digno de él, puesto que era el único que le aprovechaba.
Una noche en que dormía profundamente lo despertó una música muy suave. Eran dos pobres menestreles vestidos más o menos como él y del mismo tamaño que venían a traerle serenata: uno tocaba la guitarra cantando con expresión apasionada; el otro lo acompañaba tarareando con las dos manos sobre el corazón como quien dice: “que divina música, nunca he sentido igual placer”.
-¿Qué es esto? ¿Qué ocurre? –preguntó el gnomo frotándose los ojos con un paño furibundo- . ¿Quién se permite tocar y cantar de noche aquí en mi mesa?
-Somos nosotros –contestó el guitarrista con mucha dulzura- parece que has corrido con mucha suerte desde el día en que te fuiste de nuestra compañía ambulante. Eres hoy un gran personaje… y ya ves, hemos hecho el viaje. Estamos muy cansados…
En primer lugar, les prohíbo que me tuteen y en segundo término, ¡no los conozco! ¡Vaya broma!, yo, yo en una compañía de menestreles… ¿Están locos? ¡Largo de aquí pedazos de vagabundos!
-Pero, de veras ¿no nos conoce usted Monseñor? –insistió el músico decepcionado-. Éramos tres acuérdese, y teníamos grandes éxitos… yo me ponía en el medio, mi compañero a la derecha y usted a la izquierda, bizqueando para que la gente se riera. Tiene usted siempre la misma mirada. Tome, aquí tengo la fotografía que nos sacó un aficionado la víspera del día que usted se escapó.
Y desmontando la guitarra sacó un rollo de papel bromuro que extendió. Se veían en efecto tres menestreles de cuero y alambre: el de la derecha era en efecto el genio del pesacartas.
-¡Ah! Esto ya es demasiado –grito exasperado -. No me gustan las burlas. Soy el genio del  pesacartas y nada tengo que con mendigos como ustedes.
-Pero Monseñor –respondió el guitarrista, a quien invadía una profunda tristeza-. Si no pedimos gran cosa; tan solo el que nos permita vivir aquí en su hermosa propiedad. Piense que hemos gastado en el viaje todas nuestras economías.
-Lo que me tiene sin cuidado.
-No lo molestaremos para nada. Tocaremos lindas romanzas.
-No me gusta la música. Además, los veo venir: harían correr ciertos ruidos perjudiciales a mi buen nombre, muchas gracias, mi situación es muy envidiada… Conozco cierto tintero que se sentiría encantado si pudiera salpicarme con sus calumnias. Arréglenselas como puedan, yo no los conozco.
-¿Es su última palabra? –preguntaron los menestreles rendidos bajos tanta ingratitud.
-Es mi última palabra –Concluyó el genio del pesacartas. Y como los desgraciados músicos permanecieron aun indecisos y desesperados:
-¿Quieren ustedes marcharse enseguida –bramó, poniéndose de pies sobre el platillo-, o llamo a la policía? Pero en su exaltación se resbaló, le faltó el pie y rodó, soltando una horrible interjección, hasta ir a dar al fondo del tintero que se lo tragó.
Sin dar oídos a otros sentimientos que no fueran los del valor y la generosidad, los dos menestreles quisieron libertar al amigo de otros tiempos. Pero por desgracia el tintero, que tenía muchas cuentas que cobrar, dejo caer su tapa con estrépito y los menestreles no pudieron ni moverla.
Al día siguiente cuando el poeta vio el desastre, comprendió lo ocurrido y sintió repugnancia por la ingratitud del gnomo. Después de haberlo extraído del pozo negro y después de haber tratado en vano de limpiarlo, no sabiendo qué hacer con él y no queriendo tirarlo a la basura, lo metió en el fondo de una gaveta.
En su destierro, el gnomo de cuero no ha perdido su orgullo. Continúa deslumbrando con sus cuentos fantásticos a la gente del nuevo medio social: un pisapapeles roto, una concha de tortuga y un rollo de viejas facturas.
-Cuando yo reinaba en el pesacartas, era yo quien hacía llegar los telegramas. Pero un día, un loco me arrojó a un tintero…
En cuanto a dos menestreles, el poeta los ha colocado sobre un gran ramo de follaje. Parecen dos pájaros de colores en un bosque virgen y allí cantan el día entero de un modo encantador.   

 *Texto publicado en Las mujeres toman la palabra, antología compilada por Luz Marina Rivas. Edición de Monte Ávila Editores Latinoamericana (Caracas, 2004).  

domingo, 20 de octubre de 2013

EL CORAZÓN DE DON QUIJOTE (un cuento de Alejandro Fernández García)


     Palpitar mágico de las palabra   (archivo de Urbano Aborigen)

Don Quijote envejecía. Los años, como los ladrones, le habían robado cuanto es orgullo y vanidad de la vida: la fuerza en los brazos, la luz en el cerebro, y la energía en el corazón. Apenas podía sostener la terrible, lírica lanza; entre sus manos las riendas de Rocinante eran dulces hilos de seda; en su cerebro el pensamiento era ya,  pálida, moribunda llama, incapaz de alumbrar nuevas y temerarias aventuras, y entre su pecho el corazón le temblaba de frío como un pájaro sobre la nieve.  Viéndose en semejante estado, débil, envejecido, apolillado, sin  otro horizonte que la tumba, Don Quijote lloraba amargamente. Por sus apergaminadas mejillas le corrían en silencio largos hilos de lágrimas. Pero Don Quijote lloraba menos por las tristezas de su vejez que por el infortunio de la humanidad. ¿Faltando él, quien velaría por ella? ¿Quién sería el amparo  de los desvalidos y los huérfanos? Su obra había sido hasta entonces infatigable y generosa, pero muerto él quien la podría continuar con la misma inquebrantable fe  y con el mismo santo desprendimiento? Pensando de esta suerte y meditando quien podría ser su sucesor, Don Quijote se acordó de haber oído hablar de Robinson, un hombre famoso solitario y fuerte, que vivía en una isla desierta, perdida, en el lejano corazón de la mar. De este hombre extraño se referían  descomunales aventuras de valores y de audacia inaudita, Don Quijote se lleno de alegría y se enjugo las lágrimas. A su cerebro acudió la idea de visitar a Robinson. (Quien si no él  podría ser  el heredero  de su nombre y el continuador de su obra) (Quien, si no aquel hombre generoso y fuerte, podría hacerse paladín de los desheredados en el mundo).
Don Quijote preparó, pues, su viaje.
Una mañana embarcándose  en una galera, partió de no sé  qué puerto de la tierra española. Sobre la mar tierna como una flor, la galera navegaba… Las velas, hinchadas por el viento, impulsaban la nave hacia el Oriente remoto, blanco, como de plata. El sol apenas dejaba mojar en el agua verde dos o tres hebras de sus largos cabellos de oros. Y por la cima  del mástil de la galera comenzaba a pasar las primeras gaviotas, como grandes flores errantes de un país fabulosos. ¿A dónde iba la galera? ¿Iba hacia el Norte? ¿Iba hacia el Sur? Don Quijote lo ignoraba.

Sumergido en profundas meditaciones, abandonando el timón, dejaba a la galera navegar a su capricho. A lo lejos, la tierra era una raya muerta y por los cuatros orientes de la nave sólo se miraba la mar, la mar, vasta y profunda como el desierto, vieja y sonora como un arpa.
¡Pobre Don Quijote! ¡Qué singular aventura! El sol del medio día le incendiaba el cerebro, le tostaba la sangre en la venas... Por su piel apergaminada  y vetusta le corrían gordas gotas  de sudor. Comenzaban a deshojarse en el cielo las dolientes rosas crepusculares y aún    permanecía Don Quijote absorto en sus cavilaciones. ¿En qué pensaba?  ¿Acaso en Rocinante? ¿Acaso en Sancho?
Cuando  la noche cayó alrededor de la galera comenzaron a abrir sus cálices las fosforescencias…Don Quijote creyó viajar entre flores. Flores azules, flores verdes, flores rojas. La galera partía sin piedad los tallos maravillosos. 
Mientras la galera corría sobre los viejos lomos de la mar, Don Quijote creía ver aparecer a cada instante, entre la bruma blanca, las costas negras de la isla.  Sus pupilas dilatadas y encendidas por las fiebre le brindaban entre la sombre como carbunclos.  ¿Cuánto tiempo duró el viaje? ¿Fueron días, fueron meses, fueron años? No se sabe.
Don Quijote, casi moribundo, arribó una mañana a la isla de Robinson.
Robinson hasta entonces no había tenido mortificaciones. Con su astucia y su talento los salvajes no habían sido enemigos para él. Las bestias feroces, la lluvia, el sol. El hambre, los había vencido. Pero cuando descubrió en el fondo de la galera, la figura de Don Quijote, exigua y moribunda, se llenó de temores y de angustias. De fama conocía él a aquel hombre que con sus discursos y sus obras había llenado de locura el mundo. Su enfermedad había enfermado a los hombres. Con su presencia a la isla peligraban su hacienda y su vida; Robinson lleno de favor, temblándole las piernas y con el rostro pálido, se aprovecho de la debilidad de Don Quijote, y colocando su cabeza sobre el borde de la galera, se la corto de un golpe, con su hacha filosa y robusta. Luego, ya sin temores Robinson se fue a su choza, hacha al hombro, leyó un capítulo de la Biblia y creyó haber practicado una obra pía librando al mundo de una de sus más terribles enemigos.
Pero del cadáver mutilado comenzó a correr la sangre.
Sobre la playa de oro, sobre la onda azul del mar, la sangre del corazón de Don Quijote empezó a correr, primero gota a gota, como encendidos rubíes, y después más rápida y copiosa como un inacabable torrente de púrpura. Todo el día estuvo cayendo la sangre roja sobre la mar azul, hasta que no hubo una sola gota más en el exhausto corazón de Don Quijote. Todo el caudal de su sangre se fue a la mar; pero no fue a morir como cualquier otra sangre vulgar y ruin, devolviéndose en el agua, o alimentando el sórdido vientre de los peces. Roja y ardiente se formó primero una mancha que flotó sobre el agua, cada vez mayor hasta convertirse en una isla maravillosa, llena de músicas fugaces, de flores extrañas y perfumes turbadores. Y desde entonces esa isla feliz, bohemia, trashumante, recorre a su capricho las  vastas llanuras de la mar,  en todas sus diversas latitudes, desde las pálidas soledades hiperbóreas, hasta los encendidos mares tropicales; invisible a las miradas vulgares de los hombres; y a cuyas riberas de oro, cuando el ideal se muere, sólo pueden mirar, las tristes, las enfermas, las vagas, las agonizantes miradas de los poetas.

Tomado de: Días de espantos. Cuentos fantásticos venezolanos del siglo XIX (2004). Editado en Caracas, por Monte Ávila. Compilación de Carlos Sandoval.

jueves, 17 de octubre de 2013

HISTORIA PARA ESCRIBIR EN SERVILLETA (Daciel Pérez)


Degustaba tiernamente  un ligero bocadillo (archivo de Sebastián Nava)

Entro al restaurante chino ubicado en la esquina de la alcaldía; lo típico al entrar solo, los demás clientes asientan sus miradas en mi andar, nunca he llegado a saber con exactitud cuál es la causa que motiva tales instintos, tal vez les resulte medio extraño que un imberbe llegué sin la compañía habitual del padre o la madre y con un esbozo de naturalidad suficiente como para ordenar el número 3 al mesonero cerca de la barra, evitándole la incomodidad de traerme el fastidioso menú, el mismo de siempre, sin variación, los mismos siete platos de siempre con los típicos adornos.
Parece que llegué a buena hora, hay varias mesas vacías. Mientras espero saco un libro de mi vetusto bolso… sí, igual que el menú el mismo de toda mi vida. Alguien interrumpe mi concentración en el tratado de Ritos, fuegos, ceremonias y fantasmas del Dr. Silva; no es más que un pobre diablo de los que usan imitaciones, andan acompañado de un hombre de perfil regular – al que dicho sea de paso no hacen más que lustrarle las botas – que desempeña cierto cargo en el gobierno o es familiar de algún diputado o concejal, usan un pacholí con jazmín que de ser yo funcionario de la sanidad lo pongo en cuarentena inmediatamente; el atorrante ser en cuestión le pregunta al encargado de la barra por una legumbre de aspecto raro que uno de los distribuidores del restaurante trae religiosamente todos los martes; el chino por cortesía le responde que la hortaliza se llama lo mei, lu mua, … o algo por el estilo. ¿Qué diantre va a ser alguien como él, que sin ánimos de despreciarlo, a simple vista se ve que vive de pedir prestados a los incautos y su techo es el que le ofrece la madre o el piadoso cuñado – con intervención de la hermana por supuesto – con saber eso? A priori se ve que no posee las ventajas corporativas ni comparativas para cocinar mínimo una lumpia.
Tal hastía estupidez ha servido para darme cuenta del esbelto mausoleo u oda a la mujer que no noté al entrar, que casualmente está frente a mí y que tiene todo lo que he deseado o aspirado en la vida de una mujer, ojos, cuerpo, piel, color… Tomo rápido una servilleta, muy transparente,  por cierto para la labor a la que está destinada, pienso en escribirle cualquier estulticia, aunque sea mi número para que me llame, que estupidez digo ella no me va a llamar, pero nada pierdo con acercármele.
Todo parece perfecto, como desearía detener el tiempo entre nuestras miradas huidizas, alguien tose devolviéndome a la realidad, es allí que observo al defecto que le hace compañía: un hombre pasado de los cuarentaitantos, a simple vista se deduce que es su pareja aunque pareciera más bien su padre; él le dirige la palabra, ella está inmutada, absorta en la puerta, si me vio entrar a lo mejor espera que alguien de mayor estatus y edad cruce la puerta. En más de tres minutos nadie ha pasado, además de mí, por esa puerta; trato de buscar su mirada, indagando un halo de seducción, escarbando empatías entre dos desconocidos que marchan divergentes, trato de ver lo intimo de su psique. El marido sigue hablándole y ella aún como si no le importará; empiezo a cuadrar cuentas, una esposa joven fastidiada + un marido pendejo = mujer necesitada, mujer necesitada + joven libinidoso + intenciones de arrollar al mundo en su cuerpo = affaire, esto último algo muy bueno para mi currículo. Ya las cuentas están listas, nada es mejor, ya empiezo a imaginar tu nombre Marlene, Maryory, Miriam… es lo que menos importa, empiezo a sacar los análisis financieros de una tarde contigo, mi cuerpo cediendo ante tus manos, nuestros labios caminando juntos al beso eterno, alimentándome de la ambrosia del vaivén de tus caderas… importas sólo tú y nada más, ahora resuena en mis recuerdos aquel aforismo maquiavélico extraído del libro que le robé al portugués de la frutería, no he fijado los medios pero los objetivos ya fueron dados.
            Yo mientras entre mis fantasías observándote sin que te des cuentas, o acaso ¿Sí lo sabes?  ¿Estarás jugando a ver si caigo en tu red? ¿Cuántos más habrán pasado por tus labios?, eso a mi moral le importa poco, total es fulgor de un rato. En eso llega el mesonero con el menú 3, el muy imbécil nubla mi panorama con su camisa otrora blanca hoy nácar, cuando por fin se aleja, algo ha cambiado, ¿De dónde diantre salió ese niño?, un bebé de brazos, ahora me explico el tamaño de aquel par de monumentos, todos los sueños se han ido contra el suelo, las matemáticas ya no están a mi favor, las ecuaciones perdieron su configuración inicial por esa variable imprevista, una esposa joven fastidiada + niño + marido pendejo = mujer en búsqueda de candidato, mujer en búsqueda de candidato + joven libinidoso = affaire, affaire + mujer desilusionada = problemas, problemas + marido pendejo celoso + amigos medio mafiosos o cleptómanos de vidas a sueldo = mi mamá tomando chocolate y mis allegados hablando de lo bueno que era el muchacho.

(*) Autor: Daciel Pérez. Tomado de su libro: Inducciones sobre el banquillo. Edición del Sistema Nacional de Imprentas- Cojedes. San Carlos, 2009.

martes, 15 de octubre de 2013

Dos cuentos breves llaneros fantásticos (Cachos de Elsa Parada Reyes)

...y como de la nada la calle se fue haciendo Llano



GASPAR (Luis Alberto Ángulo Urdaneta- Elsa Parada Reyes)
Todas las tardes, en un hato Cerca de Pueblo Viejo, en Barinas,  se oye un pájaro que le para los pelos a la gente y eso ocurre para que nadie olvide a un caporal, llamado Gaspar y su mujer de siempre, de la cual se cansó Gaspar y que quiso cambiar por otra más joven y bella. Resulta que invita a su “vieja” a pasear por la sabana. Cuando vio que nadie los miraba le sacó los dos ojos y ciega la abandonó en la sabana, para que se la comieran los bichos y echarles la culpa a ellos y quedarse con la otra. Desesperada, la ciega, lo llamaba a gritos: Gaspar, Gaspar, Gaspar, hasta que se murió y se convirtió en un pájaro que vuela clamando: Gaspar, Gaspar, Gaspar. Desde que ella murió, el pájaro pasó miles de veces por el hato llamando a Gaspar a gritos. Gaspar no podía comer tranquilo. Si se sentaba a la mesa el pájaro se paraba en el techo de la casa a llamarlo. Tenía hambre, mucha, pero el pájaro no lo dejaba  comer sereno por la llamadera. Se puso flaquito hasta que se murió y lo enterraron. En el entierro el pájaro lo acompañó gritando: Gaspar, Gaspar, Gaspar y cantaba así todas las tardes, a la misma hora en que mató a la mujer.   

LA MUJER (Elsa Parada Reyes)
Bueno, resulta que un día estoy en la parada que va a San Carlos y escucho que un hombre le dice a otro: “Cámara,  ¿A qué no sabe la que me acaba de ocurrir? Bueno resulta que hace ratico estaba yo con unas ganas raras de irme caminando desde El Pao a Tinaco, al ver lo solo  de esa  carretera, me acordé que el compa Tomás era baquiano de esa ruta y bien bueno: lo busqué, para no irnos solos poray. El me dijo que sí, pero que tenía que aguantarle el paso, yo le dije que era hombre de andá  más terreno que un buey conuquero. El compa, se sonrió y  convino rapidito. Habíamos andado una legua cuando siento una broma enorme como un trueno rompiendo la tierra y veo es que se viene una maceta ´e toro, negro, echando cachos pa´rriba y pa´bajo,  suaz: mi compa y yo corrimos dos leguas en siete segundos. Pero aguántese ahí, que ahora es que le cuento: Después, pero eso fue al  ratico, casi sin darnos chance a pasá ese susto, divisamos un préstamo con aguita bien fresca, cuando estamos por refrescarnos me paralizó: ná má que del fondo de esa charca salió un caimán enorme, pero que más bien parecía un pájaro por lo ligero, eso daba gusto, como de veinte metros zácata: nueve segundos en tres leguas. Bueno, cámara, y con ese par de sustos ya veían las primeras casas de Tinaco, eso parece increíble. Casi llegamos en un minuto. Al voltear, veo al compa volviéndose un tigre y me doy cuenta del truco. Era él, que por el apuro de venirse,  se convertía en animal y así yo de tonto lo ayudaba a correr más duro: yo era como un cebo pa´ él.   Le digo: -Ajá, Compa, con esas vainas casi me mata del susto. Y me dice: -No, jejeje: eso lo aprendí jugandito con la mujer que veré horita, imagínese qué no me hará si le llego tarde y se me pone brava”. Me entraron unas ganas de reír y una gran pena también,  cuando escuché esa historia: sobre todo con el hombre llamado Tomás, porque ese venía a visitarme a mí y ahora como yo iba pá San Carlos quién sabe en qué tendría que volverse para verme, porque si no, esta noche me las paga: me las paga. 

Textos tomados de CIEN CACHOS: ANTOLOGÍA DE LA NARRATIVA FANTÁSTICA ORAL DE COJEDES (2013), compilación de Isaías Medina López. Editado por la UNELLEZ-San Carlos.



domingo, 13 de octubre de 2013

Poemas de Amor Llanero (2) Rimas del Sentimiento

Poético rostro de mujer venezolana en esta nativa llanera de Cojedes
 (archivo de Carlos González) 




VIVAMOS EL AMOR (Magdalena de La Corteza Gómez)

¡Vivamos el amor!. . . ¡luego veremos!
¡Sabemos el comienzo, no el final!
¡Hartémonos del vino que bebemos!
¡Bebamos hasta el fondo del cristal!

¡Juguemos al amor!. . . ¡vive el momento!
¡Sabemos el comienzo, no el final!
¡Ahoguemos en las sábanas del tiempo!
¡Detengamos las horas en su andar!

¡Gocemos el amor! . . .  ¡en este instante!
¡Sabemos el comienzo, no el final!
¡Vivamos la pasión de los amantes!
¡Ofrendemos la vida en su altar!

¡Hagamos el amor! . . . ¡no digas nada!
¡Sabemos el comienzo, no el final!

¡Hundamos la cabeza en la almohada!
¡Pensemos en nosotros. . . y nada más!

  
SE FUE MI VOZ (Juan Ignacio Herrera)

Se fue mi voz al estero
como el adiós al ocaso,
a estrecharte en un abrazo
y a decirte que te quiero.

Se fue mi voz, vida mía
cuando ante ti me encontré:
¿Si de susto? . . . ¡Yo no sé!
¡Yo no sé si de alegría!

Se fue mi voz en tu beso,
en la triste despedida:
aquí te espero querida,
sin mi voz, en tu regreso.

Se fue mi voz. Y por eso
va recordando callada
aquella boca rosada
con la espuma de aquel beso.

  
OSADÍA (Celina Estrada)

Qué te hizo atreverte amado mío
a decirme cuánto tú me amas
si sabes que el amor que me declaras
está vedado en mi mundo tan sombrío

Qué extraño hechizo de Cupido
te trajo a mi puerta aquella tarde
buscando acaso donde refugiarte
o buscando asideros al olvido.

Callo. . .
Pienso y en silencio yo suspiro
pasan las horas en letargo
y sorbiendo poco a poco el trago amargo
en cada gota del aire que respiro
recuérdote siempre amado mío
mirándome en tus ojos como lagos
oyendo sin oír tantos halagos
que se esfuman como el humo. . .
en el vacío.


AMOR DE SUEÑOS (Celina Estrada)

Mi amigo escondido, mi amante secreto
que de vez en cuando perturbas mi sueño
que llegas callado, llegas en silencio
y con tibias manos recorres mi cuerpo.

Mi amigo escondido, mi amante secreto
que de tu existencia sólo sabe el tiempo
que mi mente inquieta, que robas mis besos
que forjas mi historia, que inventas mi cuento.

Tu nombre mil veces lo grito en silencio
mi sueño dorado, mi amante secreto
dormida te llamo, despierta te alejo
tus besos rechazo, tus caricias veto.

No puedo ser tuya amante secreto
llegaste muy tarde pues ya tengo dueño
a vivir callado mi amor, te condeno
solo te libero en mis gotas de ensueño.

Textos tomados de: Antología de la poesía cojedeña (1987). Compilación de José Antonio Borjas, Ramón Villegas Izquiel, Víctor Sánchez Manzano e Isaías Medina López. Editado en San Carlos, por el Fondo Editorial de las Letras Cojedeñas.