domingo, 6 de octubre de 2013

Mitos indígenas de Venezuela (2): los mágicos truenos del agua

Los mitos son de particular interés para los niños de los pueblos originarios

Simbología corporal y facial indígena originara

 De tierras y gentes mágicas  (archivo de Alejandra Sánchez)





TAMBIÉN mandé al capitán Whiddom, a W. Connocke y a unos ocho arcabuceros a ver si encontraban algún mineral a las orillas de ríos.
Una vez alcanzadas las cimas de las primeras colinas que se elevan a la llanura que bordeaba al río, contemplamos aquellas asombrosas brechas por donde corrían el Caroní desde allí pudimos ver como el río se dividía en tres brazos en una longitud de más de 20 millas; y aparecieron antes nuestras vista unas 10 o 12 cataratas escalonadas unas detrás de otras y cada una tan alta como la torre de una iglesia sus aguas caían con tal furia que su salpicaduras cubrían todo el parajes de una fina lluvia que al principio nos pareció una inmensa humarera que subía desde algún pueblo grande.
Por mi gusto, siendo como soy tan mal caminante, hubiéramos al barco; pero los demás sentían tantas ganas de acercarse al lugar donde se producía los extraños truenos del agua que convencieron poco a poco; y así llegamos al valle siguiente, donde lo pudimos ver mejor. Nunca he contemplado un paisaje más hermoso ni vista más alegres: colinas que se levantaban aquí y allá sobre el valle, el ruido serpenteado en diversos brazos, con las planicies contiguas desprovista de matas y de maleza; todo cubierto de yerba verde y fina y con un suelo de arena dura, cómodo para caminar a caballo o a pies; venados que cruzaban cada senderos pájaros que al atardecer cantaban en todos los arboles sus mil canciones distintas; grullas y garzas blancas, rojas y carmesí, que parloteaban en las orillas el aire fresco soplaba en forma de una ligera brisa del este, y cada piedra que cojeamos semejaban, por su color, ser de oro o de plata. Sus señorías verán muchas variedades y espero que haya algunas que no tendrán igual bajo el sol.
Para arrancarlas solo disponíamos  de nuestros cuchillos y dedos. Las rocas son de aquel mineral que ante mencioné y tan duras o más que el pedernal sus betas se encuentran a una o dos brazas ten el interior de las rocas. Pero carecíamos de todas las cosas necesarias salgo nuestro gran deseo y nuestra bueno voluntad, para ver obtenido más en resumen, cuando las otras dos partidas volvieron, cada una trajo varias piedras que parecían prometedoras, pero las hallaron esparcida por el suelo, eran por lo general solamente doradas, sin ninguna cantidad de oro en su interior; pero los que no tenía conocimientos ni experiencia guardaba todo lo que brillaba, y era imposible convencerle de que únicamente por el lustre que tenía, no era valiosas. Las trajeron, juntos con marquesitas de trinidad, dándolas a ensayar en muchos sitios, extendiéndose así la que habían en la creencia de que todo lo demás de lo que habían en la Guayana era igual. Sin embargo más tarde, enseñes algunas de las mías a un español de Caracas y me dijo que era la madre del oro y que la mina estaría en la tierra a más profundidad.
No es mi deseo de engañarme a mí mismo o a mi país con fantasías ni tampoco estoy enamorado de aquello alojamiento, vigilias, atenciones, peligros, enfermedades, pestilencias y comidas y otras mil calamidades que acompañan a estos viajes, como para pretender para mandar una nueva expedición, si no estuviera convencido de que en ningún otro lugar del mundo brilla el sol sobre tanta riquezas. El capitán Whiddon y nuestro cirujano Nichola Millechap me trajeron unas piedras que parecían zafiros no lo sé lo que resultaría ser. Cuando se las enseñé a algunos Orenoqueponi, prometieron llevarme a una montaña que contenía muy grandes piezas, donde aparecían de la misma manera que sucede con los diamantes. Que sean cristal de roca, diamantes de Bristol o zafiro no lo sé todavía; pero espero lo mejor, puesto que estoy convencido de que el lugar es tan propicio a ellos por sus semejantes con aquellas donde se extraen todas las piedras preciosas. Y además está a la misma latitud o muy cerca.
En la margen izquierda del río Caroní está asentada la nación de Iwarawaqueri, enemigos de los Epumerei, de quienes hablé antes; y en la cabecera, junto al gran lago Cassipa, están situadas las otras naciones que también son hostiles al Inga y a los Epumerei, llamados Cassepagotos, Eparegotos. Además tengo entendido que este lago Cassipa es tan grande que se tarda más de un día en cruzarlo en unas de sus canoas, acaso tenga unas 40 millas. Varios ríos desaguan en él y se encuentran gran cantidad de pepitas de oro en sus riberas en gran rio, más allá del Caroní, llamado Arui. Este también atraviesa el lago Cassipa para desembocar en el Orinoco más hacia el oeste; y todo el terreno comprendido entre ambos queda convertido en una hermosa isla. Cerca de Arui existen otros dos ríos: Atoica y el Caora.
En la orilla del segundo vive una nación de gentes cuyas cabezas no asoman por encima de sus hombros. Se puede pensar que esto sea una mera fábula; pero estoy convencido de que es verdad, pues hasta los niños de la provincia de Arromaia y Canuri así lo afirman. Se llaman Ewaipanoma y se dice que tienen los ojos en los hombros y la boca en medio del pecho y que un gran mechón de pelo les crece hacia atrás entre los hombros.
El hijo de Topiawari, a quien llevé conmigo a Inglaterra, me dijo que aquellos son los hombres más fuertes de toda la Tierra, y que sus arcos, flechas y macanas tienen tres veces el tamaño de los de la Guayana o de los Orenoqueponi; y que un Iwarawaqueri cogió prisionero a uno de ellos el año anterior a nuestra llegada y lo llevó a las proximidades de Arromaia, el país de su padre. Además, como aparecía que lo era simplemente una más de las naciones fuertes, tan corriente como cualquier otra de aquellas provincias; y que en los últimos años habían matado a muchos centenares de gentes de su padre y de otras naciones vecinas. Añadió que era una pena que yo no hubiera tenido ocasión de oír hablar de ellos antes de mi regreso, pues con sólo haberlo mencionado estando el allí, podía haberme traído uno para dejarme desvanecida todas las dudas. Una nación parecida fue descrita por Maundevile, cuyos relatos fueron considerados como fábulas durante muchos años; sin embargo, a partir del descubrimiento de las Indias Orientales, vemos la verdad de muchas cosas que hasta entonces se habían tenido por increíbles. Que sea verdad o no, el asunto no tiene gran importancia; tampoco ganaremos nada con especulaciones; yo no los vi personalmente, pero me parece difícil que tanta gente pueda ponerse de acuerdo para inventar esta especie.
Más tarde, cuando llegué a Cumaná, en las Indias Orientales, hablé por casualidad con un español que vivía cerca de allí, un hombre que había estado en la Guayana y llegando hasta el Caroní, tan al Oeste, su primera pregunta fue si había visto algún Ewaipanoma, es decir, uno de los acéfalos. Este hombre, que tiene fama de ser honrado en sus palabras como en todo lo demás, me dijo que había visto muchos.

Texto de Walter Raleigh, tomado de Historia Real y Fantástica del Nuevo Mundo (1992), compilación de Horacio Jorge Becco, publicado en Caracas por la Biblioteca Ayacucho.

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