viernes, 1 de abril de 2011

El Muerto del Molino y otros breves cuentos llaneros de Carlos Muñoz

Pilando maíz, dura faena del Llano (archivo de Videos Criollos Llaneros)


Don Domingo Muñoz



EL CARRO DE LOS PERDOMO
Según el relato de mi padre, el Sr. Domingo Muñoz, se trataba de  tres hermanos que habitaron en la población de Manrique, y eran la autoridad en el pueblo, ya que uno era el prefecto, el otro el secretario y el último el policía. Eran conocidos por los pobladores de la zona como personas de mala reputación, ya que a estos si les gustaba cualquier animal, vamos a suponer un  cochino, un maute, unos pavos,  etc.,  o alguna  bella mujer, lo conseguían utilizando la investidura de autoridad en el pueblo. Le decían al dueño del animal que se los vendiera, si este no estaba dispuesto a hacer el negocio, enviaban al policía a arrestar a esa persona hasta que hiciera el negocio, estos alegaban que no se le podía negar nada a la autoridad, lo mismo hacían con el padre de cualquier joven muchacha que se negara a complacerlos.
Sin recordar fecha exacta, pero entre los años 1940-45, los hermanos Perdomo tenían el primer vehículo que llego a Manrique, un Mercedes Benz, y tuvieron un accidente en la subida de La Hondonada, conocida en la actualidad como la pared, donde murieron los tres.
De allí en adelante, todos los jueves santos, a las doce de la noche, muchos pobladores de la zona, incluyendo a mi padre y un tío de mi madre, Sr. Antonio Méndez, han pasado su susto. Uno de esos jueves santos, iban por la carretera, camino hacia Quebrada Abajo, cuando iban en las bestias pasando por los zanjones de La Hondonada, sintieron la presencia del carro de los Perdomo, incluso vieron las luces del vehículo durante todo el trayecto y nunca el carro los adelanto, ni vieron cuando desapareció.
También el Sr. Domingo López le relató a mi padre que él, un Jueves Santo vio el carro de los Perdomo, lo único que podía verse era la forma de un carro destrozado y no se veía quien lo conducía.

EL MUERTO DEL MERECURE
Se trata de un espanto que aparecía en el lugar denominado La Vuelta Isadera, nombre este que recibía el sitio por ser en la entrada del fundo del Sr. Isaac Rodríguez, a pocos Km. de la UNELLEZ- San Carlos.
 Cuentan quienes conocieron al Sr. Isaac Rodríguez, ya fallecido, que era un hombre que tenía rebaños de ganado en varias localidades del estado Cojedes, además, cuentan que sacó de pena a cuatro muertos al encontrar los entierros, pero este era tan tacaño, que cuando iba para San Carlos se colgaba las alpargatas amarradas en la cintura y se las colocaba en los pies al llegar al pueblo, y lo mismo hacia de regreso a su casa, o si estaba recogiendo los rebaños, salía de la casa únicamente con el guarapo y si lo atacaba el hambre comía concha de chaparro.
Según relata mi padre, Domingo Muñoz, un día que se encontraban en una de las faenas de la agricultura de la época, como es limpiar el conuco, comenzó a caer un fiero aguacero, y  los hombres se refugiaron del agua bajo un árbol copioso, fue cuando uno de los trabajadores comenzó a contar que tenía varias noches que un muerto no lo dejaba dormir, si se arropaba, el muerto le quitaba las sabanas, si se acostaba en la hamaca, comenzaba a mecerlo, si se sentaba en el patio de la casa, escuchaba que tumbaban los corotos de la cocina, le apagaban la lámpara, y  ya no sabía qué hacer, fue cuando don Isaac le dijo que no fuera tonto, que le hablara a ese muerto, que lo que quería era entregarle algún dinero enterrado para que lo sacara de pena y este le respondió que el no se atrevía a hablar con muertos, que por que no le hablaba él y sacaba ese entierro, pero don Isaac le replicó:
–No, mijo, para que voy a sacar ese entierro, que voy a hacer con más plata, si ya he sacado de pena a cuatro, el quinto no lo quise sacar y le dije que le diera esos reales a otro que los necesitara.
Siguiendo con el relato de El Muerto del Merecure, en ese sitio salía un hombre en cualquier época del año, el cual se encontraba en pena. Allí existía un ojo de agua pura, fresca y cristalina al pie de un árbol de merecure, el cual nunca se secaba y mantenía el árbol frondoso, donde los viajeros saciaban su sed cuando transitaban por ese camino, cuando iban de Manrique a San Carlos o al contrario.
Cuentan los moradores de la zona que en ese sitio siempre veía una luz de color amarillo que aparecía todas las noches y, según las costumbres de los viejos del campo, esto significaba que  había dinero enterrado y hubo un hombre del cual quienes me han hecho el relato desconocen su identidad fue quien sacó el entierro, logrando terminar con la pena que estaba pagando aquel hombre.
El misterio más grande de este relato es que después que sacaron el entierro,  se secó el ojo de agua, también el árbol de merecure y de ahí en adelante más nunca se volvió a ver el "Muerto del Merecure", ni aquella luz amarillenta que anunciaba la existencia de un entierro de morocotas en esa zona.

EL MUERTO DEL MOLINO 
Aunque muchos aseguran que con la llegada a los campos, de la luz eléctrica y otros medios de diversión, como la radio y televisión han desaparecido los espantos y aparecidos de las regiones llaneras, me atrevo a asegurar que no es cierto, pues tuve la oportunidad de sentir, aunque no lo vi, la presencia de algo que en esa oportunidad para mí era fuera de lo común.
Vivía con mis padres, desde los once años, en una casa construida de bahareque y cubierta con friso de cemento, en una parcela  situada en los terrenos de la familia Blanco, que son mis abuelos maternos,  en la comunidad de La Palma, vía Manrique, teníamos aproximadamente trece años viviendo en esa zona, hasta que un día mis padres decidieron comprar una casa y mudarnos a Mango Redondo, también en la vía a Manrique.
Como siempre me la pasaba pescando y cazando con mis amigos de La Palma, en los tiempos libres cuando llegaba del liceo o en épocas de vacaciones, o simplemente en las noches nos reuníamos a mascar chimó o tabaco en la casa de alguno de ellos y comenzar a echar cuentos. 
Todavía no me acostumbraba a estar en mi nueva casa y me iba, todos los días en bicicleta desde Mango Redondo hasta La Palma todos los días, ya que siempre era una rutina estar juntos hasta altas horas de la noche, por lo cual mis padres siempre me decían que  era malo tener esas cebas, que cualquier día me podía salir un espanto para asustarme, pero haciendo caso omiso, me iba todas las noches al regresar del trabajo.
Un miércoles antes de la Semana Santa del año 2000, me encontraba jugando dominó y mascando chimó, después de tomar café,  como todas las noches en la casa del Sr. Esteban León, cuando me di cuenta ya eran cerca de las doce de la noche y como no estaba ninguno de mis amigos  de Mango Redondo, que a veces iban conmigo, decidí irme solo a mi casa.
Casi siempre me tardaba entre quince a veinte minutos en llegar a mi casa, pero esa noche, noche de luna clara, al pasar por el sitio del molino, lugar que queda como a trescientos metros después de pasar el club El Campestre,  sentí un peso inmenso en la bicicleta que tenía que hacer un gran esfuerzo para lograr que la bicicleta avanzara, pensando que se me había espichado, me detuve a ver si tenía algún desperfecto mecánico y me percaté que no tenía nada.
En ningún momento sentí temor alguno por lo que estaba pasando, ya que todas las noches al emprender mi regreso a Mango Redondo me encomendaba a la Santísima Virgen y me metía una mascada de chimó que nunca me falta en el bolsillo.
Lo que también pude notar y me parecía aun más extraño, fue que comenzó a hacer una fuerte brisa que me impedía pedalear lo que hizo que  ese día tardara cerca de cuarenta y cinco minutos en llegar a mi casa.
Faltando escasos doscientos metros para llegar a mi casa, sentí que ya no tenía aquel peso en mi bicicleta y dejó de hacer la fuerte brisa, al llegar a la casa le conté lo sucedido a mis padres y éstos me dijeron que no me habían asombrado porque siempre llevo conmigo una cajeta de chimó, que para los viejos de campo es una contra para cualquier mal que pueda aparecerse en el camino y de la cual soy muy creyente,  y cuando salgo de mi casa mis padres me encomiendan a todos los santos.
Recuerdo que esa noche me acosté callaito. Pensaba en el peso, en el muerto del molino, y me dije, jugaré dominó otra vez, ¿quién sabe cuándo?


NOTA: Carlos A. Muñoz L. quien nace en San Carlos, el 20 de diciembre de 1974. Es obrero de la UNELLEZ-San Carlos. Ejecutante del cuatro y la bandola. Maestro de música. Desde hace más de una década se desempeña como director del conjunto de música llanera Los Hijos de Zamora y del Festival de la Voz Universitaria. Sus colaboraciones literarias han sido incluidas en los textos: "Relatos de la Otredad. Antología de la Narrativa Fantasmal Cojedeña (2004); El Llano en Voces. Antología de la Narrativa Fantasmal Cojedeña y de Otras Soledades (2005 y 2007): Estudio Poético y Cancionero de La Flor de Cojedes (Cancionero y CD, 2007) y Antología de la Décima Popular en el Estado Cojedes (2007). 
Como investigador literario obtuvo el Premio Gilberto Antolinez de Ensayo, en su primera edición (2009) otorgado por el Ministerio del Poder Popular para la Educación Superior y la Universidad Nacional del Yaracuy.
Estos cuentos del camino  recogen sus versiones sobre varias historias de Mango Redondo, zona rural de Cojedes, encajada a medio camino entre San Carlos y Manrique, con especial énfasis en los relatos contados por su padre, el maestro de tradiciones de la religiosidad popular Domingo Antonio Muñoz, nacido en la zona agrícola de Tierra Caliente, Cojedes,  el 4 de agosto de 1931.


Otro enlace relacionado:
LEYENDAS DEL LLANO
http://letrasllaneras.blogspot.com/p/leyendas-del-llano.html

TRES CUENTOS DE LAGUNITAS (Fantasmas Llaneros)

El signo de la Cruz venía acompañado de un trágico signo
(archivo de Alfonso Giraldo)

El San Pascual Bailón es baile, poesía y esencia de Lagunitas
(Archivo Consejo Estadal de la Cultura Cojedes)

Compilación de Isaías Medina López y Duglas Moreno


LA LUZ DE SANTOYERO

De Lagunitas a Santoyero es un brinquito. Pero de noche se hace más largo el trayecto. Es como si ambos pueblos caminaran hacia lugares diferentes. No sé si es que se alejan, tal vez sea la noche la que se mete entre los dos. Lo cierto es que es más lejos de noche que de día. Si me preguntan por qué será esto, yo diría que uno de noche camina como con miedo y cuando hay sol, es otro gallo el que canta. ¿Miedo? Sí, hermano, miedo. Recuerdo que una noche, tal vez usted no me crea; pero salimos en bicicleta de Lagunitas pa Mata de Agua y el camino se nos perdió más de una vez. Estábanos en la bodega de Casimiro Ramos, compramos los corotos; pero se nos hizo de noche. Don Cachimbo, nos decía: es mejor que se vayan mañana. Miren que en mayo –carajo- el barro tapa el camino y las bicicletas se ponen como pesá. Carlos en silencio, amarró las cosas en la parrilla y nos fuimos.
La linterna hizo un tajo en la oscuridad de la noche. Las lámparas de Cantarrana se mecían en los cuartos de las casas. Yo tenía miedo. Con nueve años se tiene miedo. Ninguno de los dos hablaba. Carlos le daba al pedal sin descansar. Yo en el cuadro de la bicicleta pensaba en los cuentos de la bola de fuego, el lobo, el hombre que decía caigo o no caigo y en el aparato que salía en la Cruz del Samán. Eso queda entre Callejón, Cantarrana, Santoyero y Mata de Agua. Cuando estábanos cerca del samán se nos apagó la linterna. Una brisa fría se fue metiendo por las alpargatas. Fue cuando Carlos dijo: en el samán está la bola de fuego. Era redonda, gigantesca, crecía en la medida que avanzábanos. No mires, no mires, me decía Carlos. Creo que metí los ojos en los rines de la bicicleta.
Con el miedo entre las manos y la voz, llegamos al patio de la casa. ¿Qué pasó? Le dije a Carlos. El hombre no atinaba a decir palabras. Mi madre lo sentó en una silla. Estaba frío. Pálido. ¿La luz? Dijo mi madre. Sí. Dije arreglando los corotos. Veníanos tranquilos, atinó a balbucear Carlos, cuando siento, más o menos en el caño e Juanlibre, que la bicicleta se puso pesada. Se montó un espanto en la parrilla, pensé. No ilata la luz. No podíamos detenernos. No mires pa´trás, me recomendé a mí mismo y le metí pedal hasta ´orita. Carlos cerró la puerta, guardamos todo, tomamos agua y nos acostamos. Pero una luz, como de lámpara, se quedó dando vueltas por las rendijas de la casa.
Sé que mucha gente no cree en estas cosas; pero esa luz de Lagunitas ha asustado a más de uno. Y uno todavía sigue andando por ahí por Santoyero, como si nada. A veces pensamos que es hasta necesaria. Muchas veces nos amparamos en ella para pasar noches enteras sin salir de las casas, entonces nos quedamos quieticos como muertos.

Informante: Carlos Aranguren, residenciado en Lagunitas. Edad: 55 años. Fecha de la muestra: 29 de noviembre 2003


LAS PALOMETAS ENCANTADAS

Un pesquero se hace con mucha paciencia. En verano se recorre el río. Cuando tenemos el sitio, se limpia de todo. Se sacan raíces y bejucos. Apenas llega el invierno se comienza con la ceba. Si es de palometa se hace con harina y maíz. Yo siempre he tenido mis dos o tres pesqueros.
Hace años tenía uno que nunca más he visitado. Ya van a saber por qué. Fue un año bueno. Yo tenía mi pesquero y las palometas como que tenían una devoción conmigo. Estuve una semana completa sacando palometas. Todos los días sacaba más de 40 bichas. Un viernes en la tardecita estoy afanaíto., sacando palometas y tirando pal barranco. De repente siento una voz ronca, nunca vista, venía como de bruces. ¡Epa compañaero! Como que le está ajilando mucho. Sin mirar casi le respondí: Suerte que tiene uno. El hombre cargaba un sombrero negro, lo mire desde la troja del río. Una camisa pegada al cuerpo, un rostro metido en la sombra de los árboles. Ahora recuerdo que como que no tenía cara. Ahí fue cuando me dijo: A Ud. no le parece que con el pesca´o que tiene en el sol, allá en la casa, es suficiente. Cuando llega la ribazón tenemos que aprovecharla. Le subí esas palabras por el barranco pa`riba.. Se tomó el ala del sombrero con una mano y lo sentí que se marchaba. Después nos vemos, dijo.
Ud. Sabe que Camoruco es un río amarillento. Cuando es de invierno las orillas se llenan de gente pescando. Uno tiene que hacer trojas de guafas para montarse y pescar; pero ese día no había nadie. Sólo ese hombre misterioso que me reprendió. Ud. Sabe cosa triste, tirá el anzuelo y sentir como se aplana lentamente en el fondo del río. La corriente se lo va llevando, pero uno sabe que es la corriente y no un pesca`o. Ese día las palometas no dejaban tiempo e na. Eso era pa` fuera y pa` fuera. No sé cuántas había sacado, cuando siento que el agua, debajo de la troja, se va poniendo clarita. Me quedo viendo la cosa, cuando de pronto el rostro alargado del hombre se apareció entre los peces. Me barajusté, hacia la barranca. Pero la sorpresa me la llevé, no jile, cuando veo hacia el centro del río. Iba el hombre despacito, medio cuerpo en el agua y el otro en el aire. El hombre se me había convertido en dos. El que me salió entre las patas de la troja y el que sin nadar se mantenía serenito entre las aguas.
No supe más de mí. Tuve siete días en cama. La fiebre me quemaba el cuerpo. Me cuenta la mujer que pegaba unos berríos y que hablaba a cada rato con un hombre ensombrerao. Varias veces me agarraron en el patio y que detrás del viejo. Creo que me quería llevá Me salvó unas contras de palma bendita que guardo siempre en la marusa. Yo sabía que existe el amo del monte; pero que las aguas tuvieran dueño, no lo sabía; bueno hasta ese día que me enteré. Pa` mí que las palometas también tenían un encanto.
Informante: Epifanio Arroyo. Residenciado en Lagunitas. Edad: 70 años. Fecha de la muestra 2 de febrero de 2002



LA MUERTA DE LA MEDICATURA DE EL AMPARO

Todos saben que para llegar a El Amparo, primero se pasa por el cementerio. En casi todos los pueblos entierran a los muertos hacia un lado, hacia atrás; pero aquí no: es en el frente y ya. Eso de por sí, es misterioso. Y cuando uno se despide, primero saluda a las personas y luego tiene que alzar la mano ante el montón de cruces. Dice la gente que en ese cementerio hay una tumba de un tal Margiotta y que en los mediodía, a las doce en punto, se oyen unas voces de hombres como discutiendo y entregando unos reales. En El Amparo los llaman los contadores de plumas de Margiotta. Ud. sabe que El Amparo fue un pueblo rico. Habían muchos negocios y a esos Margiottas y que les sobraba la plata. Aseguran que por el puerto de El Amparo salía mucha pluma hacia el Apure. Antes había tanto tráfico de plumas que si uno se queda mirando el Escudo de Cojedes verá como unas garzas pasan volando, es para que se mire la importancia de las plumas y eso está ahí desde 1910, más o menos.
Bueno, El Amparo tiene otras cosas que dan miedo. Por ejemplo, dicen que por el río Cojedes pasaba un bongo y un hombre iba en la proa; llevaba un lazo en la mano y si Ud, estaba cerquita ´e la barranca, le tiraba la soga y Ud. desaparecía. También se cuenta que unas campanas que tiene la iglesia, suenan a medianoche y la gente ya sabe que en el campanario no hay nadie. Suenan solitas. Es como si un alma en pena le diera por repicar en la soledad de la noche. El Amparo ahora es triste y solo. Mire, a los viejos se le oye mentar que un cura le tiró una maldición hacia mil ochocientos noventa y tanto. Lo cierto es que un incendio, a los pocos años de aquellas palabras del cura, se llevó medio pueblo. Las casas agarraron candela con todo y gente. La noche parecía día, no hacía falta la luz del sol. Eso era un infierno, el purgatorio mismo. Dicen que desde ese momento, El Amparo no fue el de antes. Esa era un pueblo que hasta periódicos tenía.
Bueno, le cuento todo esto, para que nos ambientemos; pues lo que le quería confesar es que en la medicatura de El Amparo salen espantos. Cuentan que un día las enfermeras llegaron temprano, como a las seis, de Lagunitas. Había un doctor, de esos que vienen de Caracas. Las enfermeras estaban con lo del guarapo y en los cuentos mañaneros. Los médicos en El Amparo tienen una habitación y se quedan por lo lejos de San Carlos y por las emergencias. Lo cierto es que ese día el médico se levantó, pasó por la cocina, saludó y se metió al consultorio. Al rato venía molesto con las enfermeras, reclamando y que por qué no le habían avisa`o lo de la mujer que estaba pariendo. Las enfermeras se miraron las caras y una dijo: “Llegó la muerta otra vez”. ¿Qué mujer doctor? Dijeron, fingiendo sorpresa. La señora pelo largo que está en la camilla. Me dijo: estoy pariendo doctor. Fueron todos al pequeño cuarto y no había nadie. Al hombre se le fue el color de la cara. Revisaron todo y nadie apareció. Las mujeres tuvieron que decirle la verdad. Eso pasa cada vez doctor, ya nosotras no le ponemos ni cuida`o. Esa mujer anda por toda la medicatura. Menos mal que no vió la criatura, pues dicen que el que ve el muchachito… mejor no le sigo contando doctor.
Lo cierto es que cuando movieron la camilla, en las sábanas había manchas de sudor y un puñao de cabello negrito. Las enfermeras volvieron a la cocina. El médico se fue. La ambulancia iba como alma que lleva el diablo, como si en verdad llevara un enfermo de muerte. A los días llegó otro doctor y las consultas comenzaron nuevamente.


Informante: Carmen Sequera. Nativa de Lagunitas. Edad; 50 años. Fecha de la muestra, 12 diciembre de 2000.



Textos tomados de Antología de la Narrativa Fantasmal Cojedeña y de Otras Soledades. Compilación de Isaías Medina López y Duglas Moreno. Publicado por la UNELLEZ (2007) en San Carlos, Cojedes


Estos cuentos están disponibles en la versión electrónica del libro: Escenas Narratoriales de Lagunitas. Ahora te llamarás septiembre. Obra de Duglas Moreno. Edición del autor en San Carlos, Cojedes,  2017- 




LEYENDAS DE TINAQUILLO (1) Félix Monsalve

Mujeres llaneras de Cojedes (archivo de Liliana Hernández)

Los legendarios "Diablos Danzantes de Tinaquillo": 
Patrimonio Inmaterial de la Humanidad (UNESCO, 6-12-2012)


Félix Monsalve

1-VELORIOS
Cachinche era una comunidad rural que conformaba junto con Piedras Blancas, Cerro Gordo, Aguirre y Caño de Indio; una gran extensión de planicies con pequeñas serranías bañadas por el río Chirgua, hacia el naciente de la población de Tinaquillo en los límites con el estado Carabobo. Este caserío desapareció sumergido en lo que hoy es la represa de Cachinche que surte de agua a las ciudades del centro del país. En toda esta región surgieron y se establecieron por mucho tiempo manifestaciones folklóricas que sirvieron para alegrar la sencilla vida de los campesinos.
Todavía se recuerdan las parrandas navideñas, los velorios de cruz, de angelitos y de santos y los bailes de joropos jorconeados, con violín, más largos que “medio de tripas en el llano”. Este tipo de joropo era común en otras zonas del centro del país, pero los lugareños introdujeron ciertas variantes dándole sabor regional. En los velorios se cantaban tonos, tórtolas, décimas, batallitas y otras formas musicales, que son diferentes, pero tienen cierto parecido. Las letras de estas composiciones, están formadas por cuartetas, décimas, etc, de acuerdo al número de líneas que las constituyen. Su contenido varía dependiendo si se trata de cantos a la cruz, a angelitos (niños muertos) u otros; los cuales se aprendían de memoria o se improvisaban. La mayoría de estos velorios se organizaban para pagar promesas por favores recibidos. Duraban toda la noche y allí los asistentes echaban cuentos, cantaban, realizaban ciertos juegos, consumían bebidas alcohólicas, chocolate, chicha de maíz, café y otros.
Algunas veces tapaban al santo o a la cruz, según el caso, y daban comienzo al baile con violín a lo que se llamaba “rabo de velorio”.
En estos cantos de velorio, sólo se usaba el cuatro como instrumento acompañante.

DĖCIMA
Primera vez en mi canto
Que yo esta casa bendigo
gloria al Padre, gloria al Hijo,
gloria al Espíritu Santo.
A cantar me he presentado
frente al altar con sus flores,
de mis versos los mejores
y como hay que comenzar
no más me queda desear
salud a todos señores.

CUARTETA
Ya te fuiste angelito
no comiste los jojotos
tu mamá quedó en el mundo
haciendo el empeño de otro

La batallita era una modalidad que enfrentaba a dos o más cantadores en una especie de contrapunteo improvisando cuartillas, lo que permitía hacer gala de buena memoria y facilidades para el verso, provocando cierta rivalidad y muchas veces serios problemas. Esta modalidad podía presentarse a lo divino, con letras religiosas, o a lo profano, con temas de tipo general.
José Pinto, era tinaquillero, alto, y con potente voz de contralto, relancino en la improvisación pero mordaz y hasta ofensivo en sus versos, sobre todo cuando se sobrepasaba de palos. Esa noche “picó” al moreno pintado de “carare”, Julio Rodríguez. Después de cruzar varios versos sin mucho picante, dejó escapar la siguiente cuarteta:

Amalaya! un buen cuchillo
y un revólver calientoso
para borrar de Cachinche
tanto diablo cararoso…

Cachinche era una comunidad donde la mayoría de su gente sufría de la antiestética enfermedad llamada “Carare”, que se caracteriza por dejar manchas en la piel, unas blancas, otras moradas o con varios matices. Es una enfermedad infecciosa que se puede contagiar por la sangre derramada en los alimentos o bebidas a temperatura natural.
Cuentan que los lugareños y visitantes no contagiados, tenían que mantener una actitud muy prudente con los afectados, sin dar muestras de asco, comer y beber con mucha naturalidad lo que les ofrecieran, para evitar así que les echaran carare. Muchas veces la venganza por cualquier ofensa, significaba ser contagiado por el terrible mal …
Esa noche, tres personas cararosas, con diferente color cada una, dejaron caer en una taza con apetitoso chocolate, varias gotas de sangre y se la ofrecieron a José Pinto, después de escuchar aquel ofensivo verso. Mientras contestaba Julio:

Atájenlo que se va
casi no está ni “pintao”
lleva del azul marino
blanco, negro y “colorao”

....Cuarenta días con fiebre … Después dirían en el pueblo:  José Pinto está más pintao que un gallineto...

Hasta luego pues señores
ya me estoy por despedir
si me vuelven a invitar
vuelvo de nuevo a venir


4- EL MUERTO DE TRES UNO, 5- EL ENCANTO DE LA REPRESA, y 6- ¿QUIÉN ES EL MUERTO? los puede leer en: http://letrasllaneras.blogspot.com/2014/01/el-encanto-de-la-represa-y-otros.html

7- EL MUERTO DEL PORTACHUELO
Tinaquillo en épocas anteriores, como casi todos los pueblos del país, era un caserío en tinieblas al llegar la noche. La mortecina luz de los faroles a base de carburo y petróleo, apenas si espantaba las sombras en las esquinas; dejando las medias cuadras y los solares en la más completa oscuridad. En las casas, pequeñas lámparas y velas permitían la tertulia y juegos de salón. El progreso trajo luego la planta para el alumbrado eléctrico, pero este servicio, al principio, sólo funcionaba desde las seis de la tarde hasta las nueve de la noche, de tal manera, que después de esta hora las calles eran verdaderamente oscuras, sobre todo en épocas de lluvia y luna nueva. En esos tiempos cuando le daban corriente al pueblo durante el día, la gente comentaba: Va a hablar López Contreras (Presidente de la República después de la muerte del general Gómez), ya que ese era el único motivo que obligaba al operador a encender los motores para el alumbrado en horas diurnas. De esta circunstancia de noches oscuras, nacen en todo el país las historias de aparecidos: El carretón, el silbón, la sayona, ánimas en pena y otros, que asombraban a los que se aventuraban a transitar por los caminos y calles oscuras. Son muchos los cuentos de asombrados por andar de parranda por las noches y de personas que se hicieron ricos de manera repentina, al recibir de algún muerto, dinero de entierro. La carencia de Bancos y la inseguridad causada por las guerras civiles y los alzamientos en contra del gobierno, provocaron la costumbre de enterrar el dinero para evitar los robos.
El Portachuelo es la zona más angosta entre dos cerros, camino de Pegones, por la antigua carretera hacia San Carlos. Allí, según la leyenda, los que pasaban después de las doce de la noche, se encontraban con un señor con botas de caña alta y sentado sobre un baúl, que los llamaba y les ofrecía sus monedas de oro si le quitaban las mismas. Conocedores los lugareños, de que este señor era un aparecido, salían corriendo y asombrados al escuchar la oferta. No faltaron valientes que hicieron el intento de quitarle las botas al muerto, pero que yo sepa, nadie logró pasar de la primera; al sacarle la bota, quedaban al descubierto los huesos de la pierna. Puro huesos.
Enrique era un joven que casi todos los viernes se quedaba, después del trabajo, echándose palos con el mocho Justino; pero cuidándose de no esperar las doce de la noche, pasar por el Portachuelo, tránsito obligado en la vía a San Antonio, población donde residían. Pero esa noche la rasca fue tremenda, y eran como las cuatro de la madrugada cuando pasaban por el terrible lugar y … allí estaba el muerto sentado sobre el baúl.
- Buenas noches muchachos. Si me quitan las botas les doy mis monedas de oro.
A Enrique se le quitó la pea de repente, dejó escapar un enorme grito y huyó a toda carrera. Casi amaneciendo, sin alpargatas, lleno de barro y con arañazos en todo el cuerpo, llamaba a la mujer del mocho Justino.
.- ¡María, María! Nos asombró el muerto del Portachuelo. Allá dejé al mocho, quién sabe que le pasaría.
María se asomó por la ventana y le contestó:
.- No juegue Enrique, el mocho tiene como una hora que llegó, todo asustado y sin muletas.
Si usted está interesado en obtener algunas monedas de oro, acérquese por “El Portachuelo” después de las doce de la noche.

8- DOS ASOMBRADOS
Hemos dicho en varias oportunidades, que debido al deficiente alumbrado público, nuestros pueblos y caseríos del pasado remoto, eran pozos de penumbras que distorsionaban cualquier figura natural humana, animal o vegetal, fomentando la creencia en espantos y aparecidos que perseguían principalmente, de acuerdo al decir popular, a hombres parranderos que aprovechaban las noches para beber licor y buscar aventuras amorosas. A la escasez de luz, se le agregaba un grupo de bromistas que se dedicaban a fabricar ciertas “apariciones”, ruidos y situaciones que atemorizaban a los ingenuos lugareños. Así, una tapara seca a la que se le hacían agujeros para simular ojos y boca que resaltaban a la luz de una vela encendida en su interior y levantada por una vara, simulaba una cabeza que brillaba en el aire a unos tres metros de altura en cualquier media cuadra de nuestras oscuras calles. Eran comunes comentarios como este: Compadre Justo ¿No vio anoche la cabeza voladora? Quintín dejó hasta las alpargatas en la esquina de “El Guarataro” frente a la casa de Pedro Camejo. Otras veces para simular al silbón, se colocaban personas cada dos esquinas, los cuales silbaban de forma convenida y fuertemente, dando la impresión de un etérico ser que se desplazaba por la calle a gran velocidad, dejando oír su terrorífico silbido. En fin, una hoja de cambur reflejando la luz de la luna y movida por el viento, un tropel de animales, el murmullo de una conversación en el silencio de la noche o los ruidos producidos por diferentes causas, significaban para muchos, cosas del más allá, que provocaban temores Infundados. Pero... hay casos... Relatos de personas serias que no tienen explicación lógica: El ruido de objetos que se quiebran o se ruedan en ciertas casas, pero cuando se va a ver, todo está en orden, sin alteraciones; visiones que desaparecen repentinamente; lamentos y otros ruidos en sitios despoblados que no permiten el escondite de personas.
Blas Velázquez, era dueño de un botiquín ubicado en La Cruz llamado “Todocoro”, en la época en que el único límite para mantenerse abierto, era la ida voluntaria del último cliente. Blas era bajito, muy delgado, de boca prominente y dentadura grande. Una noche, Blas, después de cargar los enfriadores, como a las tres de la madrugada, se dispuso a cerrar las puertas para retirarse a su casa de habitación, ubicada en la calle Sucre cerca de la esquina de “Chivo Negro”...... de repente sintió un rápido taconeo y al voltear ve a una hermosa trigueña que pasaba por la acera de enfrente. ¡Una mujer bonita y sola a esta hora de la noche!, Pensó Blas, este boche no lo pelo yo. Se apresuró a cerrar y a seguir los pasos de la dama. .- Buenas noches preciosa. ¿No quiere que la acompañe?. Sólo le respondió el silencio. La mujer apresuró el paso pero Blas estaba cada vez más cerca. Cuando llegaban a la esquina de “Galo Gutiérrez”, diagonal a la parte trasera de la iglesia, la dama se volteó e hizo frente al galanteador. .- ¿Usted que es lo que quiere?.- Blas se paró en seco y vio como la mujer se transformaba en una horrenda criatura de ojos llameantes y largos dientes, que estiraba su cuerpo hasta alcanzar la altura del poste del alumbrado. ¡La sayona! Pensó, y dejó escapar un largo y horripilante grito, iniciando una alocada carrera que culminó en su casa. Tumbó la puerta de la calle y se tiró boca abajo en el piso de la sala, posición que según los entendidos, deben tomar los asombrados para pasar el susto. Naturalmente que despertó hasta al gato y ante las voces y preguntas de sus sorprendidos familiares, sólo atinaba a decir: ¡No prendan la luz que vengo asombrado, he visto a la sayona! Su esposa lo acompañó despierta hasta el amanecer. La noticia la hicieron correr sus vecinos como reguero de pólvora: A Blas le salió la Sayona.
Pasaron los días y Blas ya se cansaba de repetir la historia....... Esa tarde el botiquín estaba casi solo, el único cliente era Miguelito Fajardo, que le recitaba su último poema:

Si quieres gozá un “bolón”
aunque no tumbes la mocha
y tengas que gastar tus lochas
echándote un palo`e ron,
y puyando ese aparato
que de to` es el más ladrón,
pa` que te cante un pasillo,
un bolero o un galerón,
para el oído que ahorita
te doy un consejo de oro
échate una vueltecita
por la esquina el “Tocororo”
allí escucharás los cuentos
del terrible don Demetrio
que dejó cientos de heridos
y yo no sé cuantos muertos
y que ahora to`tullido,
para calmar sus lamentos,
pide a Blas un cigarrillo.

Buenas tardes Blas, saludó Isidro, alias “Lengua de Loro”, el practicante del pueblo. ¿Ya te pasó el susto? La que todavía debe estar asustada, continuó, es Lucrecia, la de Julio Aular, que dice que le salió el diablo el mismo día que a ti, la sayona. Ahorita vengo de inyectarla …
Lucrecia era una mujer muy de su casa, seria y respetuosa, pero celosa hasta la exageración. Esa noche le habían pasado el dato de que Julio estaría en una fiesta con María Luisa, con quien supuestamente tenía un secreto romance. La cobija le estorbaba, no soportaba el calor, el sueño no llegaba y sus pensamientos se repetían una y otra vez: María Luisa y Julio bailaban un bolero muy apretaditos. La rabia la consumía, no aguantaba más. Se levantó, se vistió y como a las dos y cuarenta y cinco de la madrugada, salía de su casa con rumbo a Pueblo Nuevo, donde celebraban la fiesta. Cuando pasaba junto al bar “Todocoro” vio a una persona de espaldas en una de las puertas del mismo. Al continuar su camino notó que el hombre la seguía, floreándola insistentemente. Como a las dos cuadras, preocupada por la insistencia de su seguidor, se volteó y le hizo frente. .-¿Qué es lo que usted quiere?.- Le increpó en tono fuerte; y vio a su piropeador, un hombre muy pequeño y flaco, pálido de ojos saltones y largos dientes, que dejó escapar un berrido como de chivo herido y salió corriendo a una velocidad increíble, desapareciendo en la mitad de la cuadra, detrás de la iglesia. Se desmayó, la socorrieron los vecinos y la llevaron al hospital Joaquina de Rotondaro, donde llegó todavía medio inconsciente, repitiendo a cada instante: -¡Apaguen la luz que vengo asombrada, me salió el diablo por andar persiguiendo a mi marido a media noche!- Sus familiares procuraron que la noticia no se propagara, ya que Julio también era muy celoso y delicado. La bañaron con agua bendita, le pusieron escapularios y otras reliquias, le rezaron muchas oraciones y le aconsejaron que dejara de perseguir a su marido por las noches.
Isidro, Lengua de Loro, tenía muchos años trabajando de enfermero en la medicatura, prestando además sus servicios a domicilio, sobre todo en lo referente a administración de inyecciones y primeros auxilios. Fueron requeridos sus servicios por Lucrecia, para ponerle las “ampolletas” recetadas por el doctor como parte del tratamiento de su crisis nerviosa. Coincidencialmente le contó su historia. El diablo la había castigado por sus celos.
Isidro todavía se ríe cuando recuerda ese cuento, y se pregunta: ¿De qué se asustaron Blas y Lucrecia? ¿De su propio miedo? Porque Blas no es el Diablo ni Lucrecia la Sayona. ¿O si?

9- EL TIGRE “MOJÁNO”
Hacia el este de Tinaquillo se consigue la parte más alta de sus alrededores, el cerro “El Amparo”, llamado ahora “El Cerro de la Torre”, en alusión a la elevada estructura metálica levantada allí por la C.A.N.T.V. Dispersos en esas serranías se encuentran varios caseríos, entre ellos: Amador, El Amparo, Garrido y otros. Fue en esta zona donde ocurrió hace muchos años un hecho terrible, que atemorizó a todo el distrito. Un tigre mató a una muchacha que había salido a buscar agua en el jagüey. Sólo le comió los senos y las partes genitales, no tuvo otras heridas, aparte de un zarpazo en la cadera. Cuentan que la joven había referido algunas veces que la perseguía un tigre, que veía a lo lejos pero que no hacía intentos de atacarla. Luego desaparecía en silencio. Un anciano que se encontraba en un grupo de personas que comentaban esta desgracia, dejó escapar el siguiente comentario:
.-El de esa vaina es un tigre “mojáno” .-
Sacié mi curiosidad preguntando a todo el mundo, a mi mamá, mis tíos, mis hermanos y muchas otras personas, ¿Qué era eso de un tigre mojáno?; pero nadie me dio una respuesta satisfactoria.
Muchos años después oí contar a un joven de Amador que trabajaba de obrero en esta comunidad:
.-Allá en el campo está saliendo un tigre mojano. Mi tío Simón, Don José y Don Miguel, le están montando cacería a ver si descubren el “sitio de cambio” y le roban las reliquias para acabar con esa amenaza. Intrigado, me hice amigo del joven y un día le pregunté qué era un mojano. Esto fue lo que me contestó:
.-Mi abuelo dice que un mojano es una persona mágica, que a través de oraciones, reliquias e invocaciones, logra transformarse en animal, casi siempre en tigre o león. En el sitio donde se transforma deja la ropa y las reliquias escondidas, porque sin estas últimas no puede volver a su forma humana. Casi nunca atacan a los humanos, aunque algunas veces hacen sus víctimas a muchachas bonitas, a las que sólo le comen los senos y los genitales. La mayoría de los mojanes se comportan como fisgones, frecuentando los ríos donde acuden a lavar o a bañarse las mujeres del campo. Otras veces su poder le sirve para esconder su figura convirtiéndose en cualquier animal.-
Historias como ésta, oí contar en otras regiones de Carabobo y Falcón, como relatos de velorios.
¡Nunca oí hablar de tigras mojanas!


10- “EL CUÑAO” y 11- “LA SERPIENTE QUE HACE ESTREMECER  LA TIERRA” léalos en:   http://letrasllaneras.blogspot.com/2014/01/el-cunao-y-la-serpiente-que-hace.html

12- ENTRE TAGUANES Y LOS MONOS
Maria Luisa leía la revista “Estampas”, del “Universal” y de repente dejó escapar el siguiente comentario, entre risas:
.- Ernesto tus paisanos si que tienen vainas, aquí dice que tu pueblo tiene como un encantamiento y en la zona de los Monos en la vía hacia San Carlos, suceden cosas extrañas en la carretera que ocasionan accidentes inexplicables, casi siempre entre las 6 y las 8 de la noche: chóferes que ven vehículos que se les vienen encima y hacen que giren el auto de manera brusca y muchas veces ocasionan volcamientos, pero sus acompañantes no ven nada y solo oyen como gritan ¡cuidado! ¡cuidado! Que nos van a chocar… Conductores que se paran al ver personas tendidas en la vía, aparentemente muertas o desmayadas y al ir a socorrerlas ven como se hacen ancianas ante sus ojos y luego desaparecen misteriosamente… Personas que se atraviesan a los carros y son atropelladas u ocasionan accidentes y cuando los pasajeros van a ver que le paso al imprudente no consiguen a nadie… Vacas u otros animales que atraviesan la carretera por el aire, entre dos barrancas, y otros casos.
.- ¡María, María!, no te rías, esas son historias que se cuentan desde hace mucho tiempo en mi pueblo. Yo mismo conocí algunas personas serias que fueron victimas de esas apariciones, y te advierto que en esa época el transito en la vía era muy escaso y lento. No te puedo asegurar que esas historias sean verídicas, pero... Algo puede haber de verdad. No te burles.- Contestaba Ernesto.
Maria Teresa Petit era una dama caraqueña, elegante y culta, graduada en medicina en la Universidad Central de Venezuela, procedente de un hogar de gente adinerada y casada con Ernesto Pérez, natural de Tinaquillo, ciudad llanera del estado Cojedes, dedicado al negocio de la carne en canal. Naturalmente, que Maria Teresa era una persona incrédula en cuestiones de aparecidos y encantamientos. Al contrario Ernesto es un hombre sencillo con costumbres pueblerinas y con un gran caudal de cuentos e historias del mas allá, ocurridas en su pueblo natal y la región llanera: “El Carretón”, “El Silbón”, “La Llorona” y otros mas, que solía contarle a su mujer y sus dos hijos, Teresita y Tomás, que se morían de la risa al imaginarse los temerosos pobladores de Tinaquillo al llegar la noche y quedar el pueblo en tinieblas por el deficiente alumbrado eléctrico de los años pasados.
Ernesto y Maria tienen por costumbre, cada mes, pasar un fin de semana en una finquita que habían comprado en “Banco Bonito”, en la vía que va de Tinaquillo a Vallecito, allí Tomás y Teresita se divierten de lo lindo montando a caballo, comiendo frutas silvestre y bañándose en las cristalinas aguas de una quebrada que atraviesa la parcela. Ese día salieron de madrugada de Caracas, el Viernes, que era día de fiesta nacional, rumbo a Tinaquillo. Desayunaron en “Las Morochas”y como a las 8 de la mañana pasaban por el peaje de Taguanes, se detuvieron en el restauran “La Romana” , tomaron café y estiraron las piernas, luego siguieron rumbo a la finca, pasaron frente a la estación de servicio y entraron en la recta de “Taguanes”. Teresita y Tomás discutían porque cada uno quería escuchar su música preferida, Teresita el de “La Bomba” y Tomás la ultima cinta de Reinaldo Armas. De repente María Teresa grita: .- Qué es esto, Ernesto. Donde estamos?
La carretera de asfalto había desaparecido y la camioneta marchaba, dando tumbos, por una vía angosta y de tierra, con charcas de agua y con cultivos de caña de azúcar a ambos lados. Ernesto asombrado detuvo el vehículo, pero nadie se atrevió a bajarse. Los niños gritaban histéricamente, indicándole que siguiera la marcha y los sacara de ese campo desconocido donde habían ido a parar. Ernesto aceleró y la camioneta siguió por esa extraña senda. De pronto, como al principio, el carro volvió a la vía asfaltada, con pastos a los lados, a la altura del “Arco de Taguanes”, en honor al triunfo de los patriotas en 1.813. Ernesto dio más velocidad al vehículo y pronto entraban a la ciudad de Tinaquillo. Allí se detuvieron en la refresquería “La Avenida”. El susto los mantenía en silencio y tardaron un buen rato en bajarse. Tomás preguntaba:
.-¿ Ustedes vieron lo que yo vi.?
.- Claro, todos lo vimos, contestó María. Pero ¿sería cierto?
Todos fijaron la vista hacia la camioneta y notaron que los cauchos y los parafangos estaban llenos de barro fresco y ese día no había caído ni una gota de lluvia.
Esa noche en la finca todos comentaban tan singular experiencia y prometieron no contárselo a nadie para que no los llamaran embusteros. María Teresa, al quedar sola con Ernesto le decía:
.- Ni amarrada vuelvo yo a este pueblo encantado, por mi puedes vender la finca.
El Domingo en la tarde todos iban silenciosos rumbo a Caracas, pendientes y temerosos al pasar por el trayecto entre “El Arco de Taguanes” y el restauran “La Romana”. María Teresa pensaba y oía la voz de Ernesto:
.- No te burles María, algunas de esas historias pueden ser verdad.

12+1 EL VIOLÍN ENCANTADO
Era un hombre ya viejo, medio encorvado, con la ropa sucia y remendada, las alpargatas rotas y su mugroso sombrero bien metido en la cabeza, ocultándole los ojos. Caminaba lentamente hablando solo y solía reírse sin motivo aparente. Pasaba todos los días por mi casa en la mañanita y yo le veía pasar escondido detrás de la puerta. Le tenía un miedo terrible, desde que oí decir a Agapita, la cuenta-cuentos del barrio, que ese señor tenía pacto con el diablo.
Eugenio Rivado había sido, según los más viejos del pueblo, un señor muy acomodado, de buen vestir, con liquiliqui de dril inglés y con yuntas de oro en el cuello; buena “bestia de silla” y una parcela grande, en la entrada del pueblo, en la vía hacia Las Mesas de Carabobal, con vacas en sus corrales; gordos cochinos en los chiqueros y un hermoso patio de gallinas; frondosas matas de quinchonchos, yuca y frijol, en la parte trasera de sus terrenos y una hermosa casa de grandes corredores, con piso encementado y techo de zinc y dotada de grandes muebles de madera y cuero. Buenos negocios hicieron de Eugenio un hombre rico, y, según las malas lenguas, había tenido más de ocho concubinas que duraban muy poco en su casa. Algunos exagerados cuentan que después de cada fiesta que celebraba en su finca, más o menos, cada dos años, estrenaba una mujer. Eugenio, además de buen comerciante era músico, virtuoso del violín, pero la leyenda cuenta, que extrañamente, en las fiestas que no era bien recibido, o no lo invitaban a tocar, se le reventaban continuamente las cuerdas al violín, el cuatro o la guitarra y terminaban la reuniones con riñas y discusiones. Tenía un perro negro y grande al que llamaba Satán que lo acompañaba a todas partes y ahuyentaba a sus enemigos.
“El Novillo” era un joven campesino algo retrasado, pero avispado y alegre, que vivía con su tía Juana Brito, en mi vecindario. Cuando muchacho había trabajado cuidando los animales en la casa de Eugenio Rivado. “El Novillo” le encantaba jugar con los muchachos del barrio y se había hecho muy amigo mío. Cuando veía acercarse a Eugenio se ponía más tartamudo, con el temor, y corría a esconderse. Un día le preguntó por qué lo asustaba tanto el viejo Eugenio y me respondió:
-. E…Ese S…Señor e…es el d…diablo.- Seguí insistiendo y esta es la historia que me contó:
Yo trabajaba en la finca de Don Eugenio. Ese día la casa se veía más bonita, recién pintada con abestina azul clarito y el patio limpiecito. Esa noche había fiesta y vendría gente del pueblo y de las Mesas de Carabobal. Como a las ocho de la noche llegaron, Raúl, el cuatrista, Julián el maraquero y Federico Carrillo, que tocaba el violín. Eugenio sacó su violín del lujoso estuche y ensayó un rato con los otros músicos. Al rato comenzó el baile. A las diez ya los cuerpos sudorosos, estimulados por la “guarapita” y la “meladura” brincaban zapateando y escobillando al ritmo de la recia música campesina. Las mujeres tomaban el “Coloradito”, picante y dulzón. A esa hora llegó María Luisa, desde las Mesas de Carabobal, una linda trigueña de 16 años, alta, delgada, con la sonrisa a flor de labios y unos ojos alegres e inquietos. Venía acompañada por su abuelo Don Tiburcio, curandero con una fama bien ganada en todo el distrito.
Yo veía todo desde la ventana de la sala que daba hacia el patio, porque el amo no me dejó entrar a la fiesta. Eugenio recibió personalmente a María Luisa y su abuelo y le dedicó la próxima pieza musical, “La Reina”, que tocaría personalmente y con la cual solía enamorar a sus futuras concubinas. Eugenio no había bailado en toda la noche, aunque Federico Carrillo había tocado el violín al algunas ocasiones. Pero los ojos se le iban solos tras la figura de la esbelta María Luisa. Comenzó su famosa pieza y al rato las parejas hacían diversas figuras al llamado del violín. Los “parejos” aspiraban el perturbador olor que se escapaba por la parte de arriba del vestido de las parejas. De repente:
… .-Tú no me lo vas a creer Miguel, pero yo lo vi con mis propios ojos, Eugenio se paró abandonando la silla, donde recostó el violín y la varilla siguió, como un serrucho moviéndose de un lado a otro, dándole a las cuerdas, tocando ese famoso joropo “La Reina”. Allí lo dejó Eugenio, tocando solo, y le quitó la pareja a Joaquín, que bailaba con María Luisa. Todos seguían bailando sin darse cuenta de que el violín tocaba solo. Ni siquiera las personas que no bailaban se dieron cuenta. Todos estaban como encantados. Eugenio le hablaba a María Luisa en “la pata de la oreja” y ésta solo sonreía. Eugenio llevaba a María Luisa a su silla y regresaba a seguir tocando su violín. Así pasaron muchas piezas, repitiéndose las mismas circunstancias. Como a las cinco de la mañana se dio por terminado el baile, Eugenio despidió a sus invitados y le decía insistentemente a María Luisa, que se quedara a dormir en su casa, y ésta en silencio solo sonreía y se tocaba una pequeña reliquia que le había preparado su abuelo y que cargaba cocida en su cota floreada..-
-.Don Eugenio, le decía Tiburcio, esta noche le falló su socio, porque yo vine preparado para proteger a mi nieta. Para que se ponga en esa linda flor tiene que entrar en ese sitio que Usted no puede ni ver, la Iglesia, y casarse como Díos manda. Vaya a buscar a su socio para que le consiga otra concubina; y se marchó con su nieta que le esperaba en el patio.-
La siguiente noche, Eugenio, entró en el pequeño cuarto que no abría nunca delante de ninguna persona. Se oyó tirar algunos objetos y maldecir con horrendas palabras. Como a las doce salió con un sacó al hombro que llevó al fondo del solar, allí enterró su contenido y regresó a la casa donde empezó a tomar aguardiente “caña clara”  y a refunfuñar y maldecir. A las cinco de la mañana dormía profundamente “la pea”. Como a las doce del día despertó malhumorado y nos corrió a todos los que trabajábamos en su casa. Desde esa fecha comenzó Eugenio a desmejorar, no solo económicamente, sino también personalmente. Con el tiempo su casa se desmoronó, los animales se murieron o cogieron el monte, y la maleza se apoderó de los terrenos.
Eugenio se convirtió poco a poco en alcohólico llegando al estado de abandono, tal como lo describimos en la primera parte de este relato, vagando sin rumbo día y noche, hablando solo y riéndose sin motivo alguno, hasta que Dios se apiadó de su alma, amaneciendo muerto una mañana acompañado solo de su fiel guardián, el perro negro.


Nota del editor: Hace años atrás, recibimos de  Manuel Arias varios documentos enviados por el maestro Félix Monsalve, tanto él como nosotros esperábamos editar su valioso contenido. Si bien no pudo realizarse ese sueño, nos queda la satisfacción de ofrecer una parte de su esencia a nuestros lectores y como pequeño recordatorio a quien fuese una figura emblemática de la educación, del buen vivir y de la comprensión del alma popular del pedazo de la madre tierra donde a uno le toca vivir.
Entendemos que un buen conversador como el profesor Monsalve debió fijar con mucha precisión las voces que configuran estos relatos. Las imágenes, las metáforas y los vuelos de poéticos que siempre le asistieron están aquí, con toda la fuerza creativa de nuestras comunidades, sus costumbres, sus creencias y las incógnitas universales que le son propias. 
También destacamos en esta obra la comprobada capacidad de Monsalve para describir los escenarios, las secuencias, los diálogos y los personajes que trae a colación con suma fluidez, humor y gusto por la narración vernácula que caracteriza al llanero cojedeño.
Félix Monsalve, nació en Tinaquillo, Cojedes, el 29 de septiembre de 1935 y falleció el 14 de enero de 2008. Docente siempre. En el año 2000 obtuvo el Premio Municipal de Literatura de San Carlos, justamente, con las leyendas que aquí transcribimos. Su obra poética forma parte de la Antología de la Décima Popular en el Estado Cojedes (UNELLEZ 2007). Su texto Huellas de Tinaquillo, fue editado en la colección “Historias” de la editorial El perro y la rana (2006).
El título que le direa el profesor Monsalve a este cuaderno: LEYENDAS DE TINAQUILLO, refleja su deseo por fortalecer la imagen de los antiguos y sabios ancianos de las llanuras, grandes contadores de narraciones en las que la historia y lo fantástico se hacen indisolubles. Son cuentos de camino, asomos de la eternidad que en cada pueblo se manifiesta. 
Isaías Medina López





POR UNA DOCENCIA LÚCIDA Y POÉTICA DE LA LITERATURA (Jesús Serra Pérez)


Imagen en el archivo de Maritza Torres Cedeño

Iluminado recital de poesía en San Carlos, Cojedes
(Archivo de Jesús Alvizu)

Frente a este mundo, complejo y de riquezas infinitas, que es la literatura, contemplamos tres vías fundamentales de acceso. Cada una de ellas tiene una dimensión particular de significación. También un modo de ser particular. Ninguna desmerece a la otra en cuanto a su importancia: todas manejadas con eficiencia, ingenio y rigor, pueden revelar con intensa transparencia, los esplendores o las miserias de la literatura. Constituyen una suerte de hilos prodigiosos que ayuntan nuestra sensibilidad a aquel mundo donde las palabras asumen sucesivas vidas luminosas.

La primera vía sería la propia obra literaria, con su naturaleza y funcionalidad particulares. Ella representaría una palpable concreción de la literatura. Sus fuegos, diamantinos o precarios, propiciarían acercamientos o rechazos. Ella, con sus ropajes distinguidos o sus propios jirones descoloridos, auspiciará discursos o silencios. Ella, principio y fin de los cortejos.

Después vendría la crítica literaria que, por medio de unos recursos metodológicos y una viva sensibilidad, se propondrá el esclarecimiento, ante el lector, de unos valores que han sido conquistados por la obra literaria. Por la vía de la crítica se alcanza la vida de la literatura, pero al mismo tiempo, se exhiben los fulgores de una vida propia. Porque la crítica, que vierte verdades y sabe exaltar la vida de las palabras, logrará espacios perdurables. Ratifico mi empeño en la elaboración de unos textos críticos que brillen por sus intuiciones y sean piezas reveladoras de los poderes y los encantamientos del lenguaje. No más quiere mi llama solitaria.

Estas vías, la obra y la crítica literaria, han sido tradicionalmente destacadas. Son, evidentemente, las vías privilegiadas para acceder al poderoso y vasto mundo de la literatura. Mas, existe una tercera vía, con una significación y una distinción tan marcadas como las que tienen las otras. Me refiero a la docencia de la literatura. Es una vía que ha sido frecuentemente discriminada. Profesor y creador de la literatura parecieran dos dimensiones separadas por insalvable abismo. Uno, el profesor, desempeñaría un oficio menor frente a la literatura, y el otro, el estudiante, oficiaría en el mismo altar de la literatura. Craso error el establecer tales esferas. Cuando ambos ejercen, con plenitud y decoro, sus vocaciones profundas e inquebrantables, se convierten en instrumentos eficientes e impecables para la vinculación con la literatura.

Un profesor de la literatura sería aquel que se constituye en un intermediario irreprochable entre la literatura y el estudiante. Para el cumplimiento integral de tan magnífico propósito tendría que disponer de una fina sensibilidad literaria, una agudeza crítica y una definida vocación para la enseñanza. Un buen docente de la literatura garantiza el establecimiento de un fervor por las palabras.

Así como existe una nueva crítica literaria empeñada en ser ella misma literatura, tanto por su expresión imaginativa como por sus medios verbales, también existe una docencia de la literatura determinada por la creatividad y el fulgor verbales. Entonces la clase cotidiana habrá de convertirse en una escena única, donde el discreto y fervoroso profesor propiciaría gestos y palabras memorables. Y así como se exalta la condición humana de quien escribe un texto literario, justo en el momento crucial de su elaboración, también el auténtico docente de la literatura alcanza el mismo júbilo entre los límites de sus clases cotidianas. No habrá de esperarse mucho tiempo para que el discípulo caiga en tan cálida y trascendente atmósfera.

Si hay entusiasmo, persistencia y rigor, en el desplazamiento de cada una de las vías señaladas, el mundo de la literatura será más que una imagen borrosa y distante, una presencia definitiva, luminosa y fragante.

NOTA: JESÚS SERRA PÉREZ  fue un poeta, investigador, docente y estudioso de la literatura en forma plena. Un genuino catador e impulsor de la estética de las palabras. Maestro de maestros. Nació el 24 de diciembre de 1940, en Tucacas, estado Falcón y murió el 13 de junio de 2008. Durante sus largos años de docencia en la Escuela de Letras de la Universidad de Los Andes, en Mérida, sembró valiosas enseñanzas sobre diversos tópicos literarios, entre ellas,  son de grato recuerdo  sus cátedras en torno a José Antonio Ramos Sucre  y  la poética de César Vallejo, pero, no de menos valor son sus sus teorías sobre la esencia de la acción docente de  la literatura. Hombre de voz pausada y suaves ademanes, inculcó a todos sus estudiantes  los valores intínsecos de asumir la cátedra literaria, no como un hecho aislado, por el contrario, desde la óptica de enlazarla con el placer hedónico y las complejidades de la crítica literaria.
Este ensayo debe asumirse como un pequeño y humilde homenaje a tan destacado maestro y en resguardo a la memoria que de él conservan sus familiares, amigos, colegas  y alumnos.
Isaías Medina López 
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