viernes, 7 de abril de 2017

Un mágico lugar para viajantes (cuento premiado de Willian Ramirez)

Un gran vacío nostálgico es todo lo  queda de ese mágico lugar llanero
(la cantante llanera Leila Herrera)

Obra galardonada en el Concurso Nacional de Cuentos Misterios y Fantasmas Clásicos de la Llanura “Ramón Villegas Izquiel” (UNELLEZ –San Carlos, Cojedes)




A la memoria de Antonio y Listey 
viajantes eternos de nuestras evocaciones.

Ella no me lo dijo -esa parte no me la contó- pero lo supongo, no me dijo cual era el color de la noche; esa noche...

Supongo que para hacer honor a una noche misteriosa tenía que ser oscura, muy oscura. Azul oscuro, como las noches llaneras. Tal vez ya no sea importante el color de la noche, sólo que ese azul oscuro de la noche era contemporáneo: Contemporáneo con el azul actualizado de la confortable camioneta de Antonio, contemporáneo con el verde actualizado de los ojos de Listey y contemporáneo con el escepticismo (también actualizado) de la clásica pareja de viajeros. La fausta camioneta “volaba” por la modesta carretera de los llanos desde hacía varias horas, como un gigantesco animal alado sediento de la luz del día, o en su defecto sediento de llegar al destino predeterminado por los peregrinos: La ciudad de “San Carlos de Austria”. Ya casi se habían completado tres horas y media de viaje, desde la salida de Barinas a las ocho horas y treinta minutos de la noche (incluyendo las paradas respectivas) hasta ahora que se encontraban en las llanuras del estado Cojedes. Hacer este recorrido entre Barinas, Portuguesa y Cojedes, no era nada extraordinario para un exitoso hombre de negocios, de un poco menos de treinta años y gerente de una compañía; acostumbrado al trajín de manejar números, dinero y recursos humanos. Cosas que por sí mismas suelen hacer de la vida una rutina que a veces sólo da cabida a lo racional y no a lo espiritual. De allí quizás podamos entender la apatía de Antonio hacia las leyendas de estas tierras inundadas de espectros y espantos y no del hecho de haberlas cruzado indefinidamente en medio de las más tediosas travesías. Listey (la esposa de Antonio) no había comido más que una cena ligera un poco antes de salir de Barinas, y por eso sintió hambre ya cerca de la media noche. Así que entre las poblaciones de “San José de Mapuey” y “Los Colorados” sugirió a su esposo detenerse a comer en lo que a la distancia parecía ser un expendio de alimentos, al menos una “taguara” de las que tanto abundan en los caminos de asfalto que profanan nuestra sabana. No se divisaba muy bien, ya que la brillantez del lugar era impresionante. Pero la forma alargada con vista frontal hacia la carretera recordaba a las chozas de palmera seca que construyen los hombres en las civilizaciones y en las haciendas con el único fin de comer, beber o descansar, trajeados de la naturaleza; y que por cierto reciben el particular nombre de “Caney”. Ya desviados hacia la izquierda del camino principal en la angosta vereda de tierra que servía de única vía de acceso a aquel aparente restaurante, los viajadores se preguntaban cuál podría ser el origen de aquella intensa luz que a pesar de todo parecía iluminar nada más que el exacto lugar donde se encontraba ubicada aquella antigua estructura. Sí, antigua, pero no en edad solamente, si no también en época, porque lucía un lejano de una época remota a la nuestra. Así pensó la pareja mientras se detenía delante de aquel extraño recinto. El frente sí era como una especie de bohío, con varas de bambú, alargadas unas sobre las otras hasta formar medias paredes a cada lado del espacio vacío que se asumía como puerta. Hacia los lados y hacia atrás se erguían ruinosos muros amalgamados en esa tradicional aleación de lodo que suelen llamar “bajareque”. Del techo, que por cierto era de caña y palma seca colgaban lámparas con mechas encendidas, probablemente a base de kerosén, la cuales desprendían una luz tenue al igual que aquellas que servían de centro en las cuadradas mesas de madera añejada. Es por eso que el fulgor que abrigaba la zona no podía venir de las modestas lámparas. Claro, era un “mágico lugar para viajantes” según dijo Antonio, dando a entender que era producto de los escasos y sencillos intentos de los lugareños para llamar la atención de los turistas. A los aparentes clientes sentados a par en cada mesa (uno frente al otro) se le dibujaba una especie de vapor nebuloso en la cara lo que hacia imposible definir las facciones de los rostros. Y ellos sólo se miraban, a sí mismos, sin ningún movimiento... ninguna palabra... Apenas estos pocos detalles pudieron notar los intrigados visitantes cuando se percataron de manera inesperada de la extraña presencia que se encontraba fuera del lugar parada junto a ellos. Una señora de más de seis décadas de vida, quizás, aunque por su aspecto no se podía precisar si la palabra exacta a utilizar en su caso era: “vida”. Llevaba un vestido de antaño, de esos mismos que recuerdan a las mujeres de antaño, de esas que se sólo se conocen a través de los libros y películas también de antaño. Aquellas con un aire de “Teresa de la Parra” y un porte de “Manuela Sáenz”. Pero esta llanera, sexagenaria, vestida de tiempos remotos, parecía traer una altivez desde su juventud arrancada de una tragedia al estilo de “Doña Bárbara”. Una arrogancia que se podía vislumbrar por encima de su palidez, su nariz aguileña, su piel fantasmal y sus ojos hundidos con el mismo e imprescindible vapor nebuloso de los de adentro del lugar y que no dejaba percibir la intensidad de su mirada. Listey, luego de salir de su impacto momentáneo, atinó a preguntar si tenían algún refrigerio que les pudieran servir, a lo que la mística anciana de cabellera gris respondió con un enorme ... ¡NOOOOOOO!... Un -NO- que penetraba las almas... la joven recordó que aquel escepticismo adoptado con el paso del tiempo no existía en sus años infantiles, allá en Mérida, cuando su duende personal la acompañó algunas noches sentándose a la orilla de su cama. Una insensibilidad que floreció luego de trasladarse a ciudades menos afabuladas como Valencia, y a una Barinas que aunque rodeada de mitos era muy urbana y tecnológica para una mujer que pasaba una alta parte de su tiempo entre la universidad y las computadoras. Mas volvía a sentir que aquellos entes y encantos de su Mérida natal se resumían en estas tierras cojedeñas. Su piel erizada y sus selváticos ojos asombrados no solamente le hicieron recordar y sentir, si no también decidir. Así decidió apenas con voz, más de temor que de escepticismo, exigir marcharse inmediatamente de aquel incierto lugar. Antonio que a todas estas había empezado a cambiar de opinión de que aquel lugar era para llamar la atención, si acaso para alejar a los viajantes, puso la reversa de la inmensa bestia mecánica que los contenía a ambos en su interior. Y mientras giraba en un ordinario recodo de la estrecha vereda, ya no observó a nadie alrededor de aquella arcana construcción. Solo una gran ave negra salía por detrás de ella emitiendo graznidos que volvían a penetrar las almas y al descubrirse ante los destellos que nacían en la parte trasera de la singular taberna, asemejaba una ilustración de un cuento de fantasmas y relatos llaneros... Ya en la carretera pasando por la localidad de “Los Colorados” había un silencio entre los dos esposos y un volver a la indiferencia propia de la ostentación que los envolvía en aquel vehículo y que los siguió envolviendo en San Carlos, en casa del hermano de Listey a quien venían a visitar por primera vez, luego que se mudara de Carabobo a San Carlos. La noche transcurrió entre emociones y un descanso breve y sereno, hasta que en la tarde siguiente de regreso a Barinas la indiferencia dejó de envolverlos, cuando se detuvieron en la carretera al filo de aquella estrecha vereda de tierra en la cual se habían adentrado la noche anterior para comprobar que al final de ella solo había... ¡Un terreno vacío!... ¡Un pedazo de nada.


*Texto publicado en “El Llano en Voces; Antología de la Narrativa Fantasmal Cojedeña  y de otras latitudes”. Compilación de Isaías Medina López y Duglas Moreno (San Carlos: UNELLEZ. 2007)


Willian Ramírez (San Carlos, Cojedes, 1969). Poeta con amplia experiencia en diversos talleres de expresión literaria en las áreas de poesía, cuento y ensayo, tanto como participante como en calidad de instructor. Productor de espacios radiales y televisivos en el estado Cojedes.

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