miércoles, 4 de noviembre de 2015

55 años de la grabación Florentino y El Diablo (Audio musical completo)

El temible "Cantador Sombrío"  encarnación misma del Diablo 
(archivo IACEB) 

En el 2020 arribamos a los primeros cincuenta y cinco años  de la célebre grabación discográfica  de la "Leyenda de Florentino y el Diablo", composición  realizada por José Romero Bello, sobre el poema popular llanero compilado por Alberto Arvelo Torrealba, y difundido en cuatro distintas versiones, la primera en teatro (no escenificada) y las tres publicadas de dicho contrapunteo: 1940, 1950 y 1957.

José Romero Bello, máximo compositor de leyendas de la música llanera 

Los créditos de esta grabación corresponden a José Romero Bello (Florentino), Juan de Los Santos Contreras, el “Carrao de Plamarito” (El Diablo) y el conjunto “Los Llaneros del Oeste", con Joseito Romero en el arpa. En 1979, este elenco versiona de nuevo esta pieza, añadiéndole varios diálogos que acrecientan su valor escénico y didáctico.     
El careo, que centra la leyenda, tiene como territorio las llanuras de Santa Inés, estado Barinas, pero su simbología abarca las sensibilidades  que nos apremian como pueblo: la permanencia y el bien contra la oscuridad y el mal, en una disputa que se libra al borde de la “Negra Orilla del Mundo”, como le calificara Humberto Febres.
Florentino, coplero errante y el mejor cantor del Llano, acepta contrapuntear con un cantor de sus mismas cualidades: un ángel caído que encarna al mismo Diablo. El Diablo, es un hábil maraquero,  indio, para más señas, por su parte Florentino, se presenta como peón de sabana diestro con el cuatro.
Para Duglas Moreno: “En este enfrentamiento Florentino sabe que encara lo enigmático, por eso reafirma que: “No quiero ocultar mi sombra / ni me espanto de la suya”. Mientras que el Diablo, estando al tanto de su condición sombría, responde en un pasaje de la leyenda que: “A mí no me espantan sombras / ni con luces me desvelo”.
Tanto Florentino, así como el Diablo, reconocen el misterio y la fuerza siniestra que existen su lucha. No obstante, el Diablo lleva a Florentino a un paraje, donde no hay destino. No existe el horizonte ni el recorrido y le dice:

¡Ay! catire Florentino,
cantor de pecho cabal
qué tenebroso el camino
que nunca desandará
sin alante, sin arriba,
sin orilla y sin atrás.

Este enfrentamiento no sólo es entre las sombras y la luz, sino entre el Llano y las tinieblas, entre el hombre y el maligno, entre la vida y la muerte, entre lo divino y lo maléfico, entre dos cantantes.  Uno que nació en el Llano y el otro, experto coplero de la sabana, pero que viene del más nunca y lleva su paso hacia el jamás, es decir, hacia la infinitud. Florentino sabiendo que su fortaleza está en la llanura, confiesa:

Porque mientras llano y cielo
me den de luz su caudal
mientras la voz se me escuche
por sobre la tempestá
yo soy quien marco mi rumbo
con el timón del cantar.

Termina esta porfía con un Florentino triunfante, pero el Diablo, no cae, sino que, en compases de silencio, en negro bongo, toma la enrancia”.  De esa manera Florentino derrota al  “Cantador Sombrío”,  conjugando cuatro destrezas: el talento de su voz, su   poesía, la salida del sol que disipa las sombras  y la ayuda de poderosas entidades celestiales, cuya larga letanía culmina así:

¡San Miguel! dame tu escudo
tu rejón y tu puñal,
Niño de Atocha bendito,
Santísima Trinidá.

  En cuanto a la grabación a que hacemos referencia, hecha por el sello Velvet, según Elba Romero López fue: “compuesta en Acarigua, Portuguesa, el 11 de abril de 1965”. La fecha es por demás significativa, pues el 11 de abril de 1749, las autoridades coloniales del imperio español, prohíben el joropo en todo el territorio de la, entonces, Capitanía General de Venezuela, so pena de excomunión, cárcel y multas. Esta coincidencia viene a significar uno, sino el principal,  de los desquites históricos del acervo musical llanero contra sus opresores. 
Caben indicar que este registro discográfico, la literatura fantasmal llanera alcanza la aceptación de las casas discográficas, las emisoras de radio, la prensa escrita, el cine y la televisión e incluso el mundo educativo folclórico venezolano, mediante distintos espacios en los que Florentino y el Diablo, junto a las demás leyendas que se le sumarán años se tornan referencia y excusa para debatir y conocer lo nuestro.
Otro hecho muy llamativo, es la zona geográfica de esta composición de Romero Bello; el estado Portuguesa, de donde surgirá, casi de seguido, la afamada pieza “El Silbón, Leyenda Llanera” de Dámaso Delgado, la cual, igualmente, tuvo una versión teatral (en 1966), y cuya difusión discográfica comienza entre 1967 y 1968.
Calificados especialistas de la poesía musical criolla, indican que la grabación de  Florentino  y El Diablo, creó un auge inusitado en la cultura llanera, posibilitando, entre otros aportes, que composiciones similares rebasarán el formato comercial del 45rpm, en acetato, de unos 3 minutos como  máximo y se pudiesen desarrollar obras con mayor libertad artística y duración.
También se agrega que, gracias a la popularidad inmediata del reto entre Florentino y el demonio, distintas casas disqueras incluirán en sus listas de artistas a muchos compositores, conjuntos e intérpretes adscritos al patrimonio cultural llanero "no divulgado".
Como ejemplos de la afirmación anterior podemos señalar a  Discos Cachilapo,  en la promoción de tres  importantes leyendas llaneras, a saber,  en 1976,  la “Leyenda de Juan Machete”, luego, en 1978: “La Sayona”, máximo espectro femenino de Venezuela, y la Leyenda de Federico y Mandinga, todas ellas pertenecientes a José Jiménez, el “Pollo de Orichuna”. El sello disquero Venedisco, distribuye dos reconocidas leyendas en 1978: “La Leyenda de Uverito”, compuesta por Víctor Vera Morales y,  "La Leyenda de Kirpa",  de José Vicente Rojas. Posteriormente, la casa disquera Divensa, aportará la “Leyenda del Cazador Novato y El Diablo”, compuesta por Rafael Martínez Arteaga (El Cazador Novato) y *El Ánima de Santa Elena”: leyenda de Héctor Paúl Vanegas. 
Pero, de estos logros reseñados y algunos omitidos, quien más destaca es el propio José Romero Bello, con sus composiciones “Leyenda de Paulino El Turpial y Custodio Quendo”, grabada con el sello Velvet en 1978. Con la casa Discomoda quedan las dos partes de la leyenda  “La Historia de la Rubiera”, infernal hato del estado Guárico. En 1981, nos entregará “Cantaclaro”, basada en la famosa novela de Rómulo Gallegos, grabada por el sello Sonográfica.   

Disfrute de la versión musical completa de este afamado contrapunteo en


Florentino y El Diablo




Isaías Medina López

jueves, 22 de octubre de 2015

La Leyenda Hermana de la Reina María Lionza (historia y fotografías)

El culto a la reina María Lionza tiene pleno auge en nuestros días


Hermanas  originarias en la frescura de las aguas  


La Leyenda de María Lionza y la Leyenda de la Doncella Encantada de los Nívar son hermanas que comparten el mismo padre, el pueblo indígena Jirahara, y la misma madre, la tierra de Nirgua, una vez llamada “Tierra de la Patrona Virgen María de la Onza del Prado de Talavera de Nívar”. También les une su pertenencia al ciclo de adoración matriarcal amazonense y andino de Sudamérica y, ambas versiones, se han modificado con creencias cristianas europeas y yorubas afrocaribeñas.


Mirada desafiante de dos princesas hermanas 

María Lionza, es la reina indiscutida de la religiosidad popular venezolana. Deidad “Dueño de la Selva” y celosa “Guardiana de las Riquezas Naturales”. Madre de lo orgánico y lo inorgánico; de las tierras, aguas plantas y maderas del  bosque, de la fauna y los tesoros de las minas. Peina sus largos cabellos con un peine de oro y monta una danta marcada con los “hierros de los indios”. Su altar lo custodian siete gigantescas anacondas que representan sus siete reinos: los estados Yaracuy, Lara, Falcón, Portuguesa, Cojedes, Carabobo y Aragua. De su hermana transcribimos:


Sonrientes hermanas originarias, como lo son estas leyendas 
sobre María Lionza y la Doncella Encantada de los Nívar.


La  Leyenda de la Doncella Encantada de los Nívar  
De mozo oí contar que los indios Jirahara-Nívar (Nivare, Nirva, Nírúa o Nueare), en una fiesta de fin de la cosecha, recibieron de su Gran Piache un doloroso presagio. Decía el mismo que “viniendo los tiempos nacería una doncella,  hija de  cacique, con los ojos de tan extraño color que, de mirarse en las aguas de la laguna, jamás podría distinguirse las pupilas”. Tan pronto como esta mujer ojos de agua se viese espejada en alguna parte, por el doble hueco vacío de las niñas de la imagen, iría saliendo una serpiente monstruosa, genio de las aguas, la cual causaría la ruina perpetua y extinción de los Nívar.  Grande fue la aflicción de aquella altiva tribu. Pero, pasó el tiempo, y todos los caciques, cada vez que nacía una niña, pasaban temores sin cuento hasta que se les anunciaba que, como siempre la recién nacida tenía los ojos negros.

Hermanas guerreras en ceremonia originaria.


Pero llegó al cabo el mal tiempo anunciado por la profecía. Poco antes de la invasión española, un cacique nívar tuvo una hija con las pupilas de un vario y hermoso color verde, color de agua marina, color de jade, de piel de culebra verdegay. Grande fue la estupefacción del cacique. Sus tributarios le exigieron que les entregase la niña para ser sacrificada al Genio, el Dueño Tutelar de la laguna, la enorme serpiente Anaconda las Aguas. Mas el jefe jamás pude decirse a ello.  Como pudo, se libró de los descontentos, que, desde aquel día, comenzaron a formar disensiones dentro de la, hasta entonces,  bien unida tribu Nívar.

Hermanas de la etnia Pumé o Yarura

El jefe decidió recluir a la doncella en un lugar secreto bajo la guardia de veintidós guerreros, veintidós jóvenes  guardianes. Allí fue creciendo ella en gracia y hermosura, ganándose la simpatía de todos, pues,  sus maravillosos ojos de berilio exhalaban destellos encantados. Tenía una belleza fatal y sonámbula, algo de reptilinio, al destacarse sobre el marco canela de su cara de india. Eran como dos piedras preciosas engastada en la morena ladera de algún picacho de la montaña del Nívar.

Hermanas e hijas de la América indígena


A nadie más que a su madre y a los veintidós guardianes se le permitía ver la moza de los ojos fatales. Llegó así a la pubertad y su confinamiento se hizo más severo aún. Al ser sometida a las ceremonias de purificación que alejan de la adolescente que pasa a mujer, la influencia de los malévolos espíritus-serpiente. Le estaba prohibido desde su nacimiento poseer lámina brillante que pudiera hacer la función de un espejo, asomarse a corrientes de agua o vasijas, salir a plena luz si la lluvia charcos de agua en el suelo.
Mas, un mal día, un extraño sueño acometió a los veintidós guardianes, producido por el vaho bucal de la serpiente anaconda de las aguas que clamaba por su víctima anual, la  doncella que a la ninfa encantada de la lagunita lanzaban los hechiceros de la tribu. La Niña de los ojos de Agua salió a tientas, pues sus ojos no se acostumbraban muy bien a la luz libre, hasta que logró sentarse al borde mismo de la charca sagrada, estaba el agua quieta, la doncella miró. Veía su cara por primera vez, su gloriosa cara redonda y armoniosa, su boca tentadora, su barbilla soberbia. Pero ¡Ay, dolor!, en  vez de sus pupilas solo notaba dos cuévanos profundos, un par de abismos por donde se asomaba el misterio del Otro Mundo, de los dioses Subterráneos y los Muertos.
La Niña quedó fija. Nada podía apartarla de contemplar aquellos dos abismos encantados de sus ojos en el reflejo ácueo. Mas, de pronto, por ellos empezó a surgir un movimiento, un borbotar ebullescente de las aguas, un creciente movimiento en remolino. El doble vórtice se agrandaba, mientras los peces huían aterrorizados del sitio cada vez más amplio del reflejo. Este fue tomando forma, el rostro de la niña en la agua espumeante fue adquiriendo dibujo de serpiente; primero dos ojos metálicos, de brillo fijo adamantino,  impresionante; luego, el cuerpo creciendo en espirales, una sobre otra; y, finalmente, el extremo afilado de la cauda, batiendo espuma contra el agua hirviente, levantando cabrilleos de luz que llenaban el cielo de pálidos   reflejos. El monstruo, intacto, inquietante, estaba allí. La Anaconda, “Dueño del Agua”. La doncella dio un grito que retumbó en todas las faldas de la Sierra de Nívar, y se sumergió en las aguas, en el sitio preciso en que estuvo el pavoroso reflejo de sus ojos.   
Al grito despertaron los veintidós guardianes, los cuales buscaron por todas partes a la amada Ojos de Agua, pero en vano. Locos de terror a un cataclismo mágico, llegaron hasta la laguna, mas, en lugar del cuerpo de la niña adorada, encontraron la Anaconda, Dueño del Agua, soberbio, espumeante, airado en su reino, batiendo la cola sobre el agua subiente, La laguna extendía su contorno, en espiral marcada por la cola del monstruo e iba rellenando la concavidad en donde se había formado con los siglos, hasta desbordarse.
Los Nívar huían de la inundación temible. Casas, templos, sembrados, todo era arrasado por el dragón inmisericorde de las aguas. Este asomaba su horrible cabeza verdegay sobre las lomas y abría sus fauces, cerro abajo, hasta ir a espumear más lejos, hasta la Selva de Sorte hacia el noreste, y hasta las aguas del Lago Tacarigua hacia el nordeste.
Tanto creció el monstruo, que su poder vital se escapó de su cuerpo distendido por el ansia de crecimiento inmoderado. Y la sierpe estalló, dando un gran coletazo, vibró, se desmadejó y quedo inerte, con la cola cerca  en Sorte, cerca de Chivacoa, y la horrible cabeza en Tacarigua, “donde hoy está el altar mayor de la Catedral de Valencia”.  

Gracias por su visita
Isaías Medina López

Nota del editor: Texto tomado del Ciclo de los Dioses de Gilberto Antolinez, publicado en San Felipe por La Oruga Luminosa (1995) 

sábado, 10 de octubre de 2015

Sexta Muestra de Poesía Indígena en Venezuela (la copla mestiza)

El mestizaje es raíz de nuestra causa 

Profundas sensibilidades despierta el rostro de nuestras indígenas 




Durante siglos, los mestizos llaneros de Centro Occidente y de la zona oriental,  han evocado al ancestro indígena en sus afamadas coplas viajeras o en cuentos cantados, corríos o galerones,  adscritos al joropo en el que se canta, se silba,  se baila, se festeja con sonoros instrumentos y melodías, muy al estilo de las "Turas" de los padres originarios,  las terribles  historias que muchos antepasados padecieron. Algunas de estas notorias sensibilidades artísticas “las devora la sabana”, pero otras perviven en distintos formatos literarios, como las presentadas aquí y que esperamos resulten de su entero agrado, dentro del concepto de resistencia indígena que nosotros suscribimos.

MATA DEL AHORCADO (Rómulo Gallegos-José Romero Bello)

Iban los dos caminando
por la orilla del estero
llevaba el indio la soga
y el blanco el mal pensamiento
el blanco que bien sabía
que el indio no era cuatrero
sino que el hombre le dijo
“Anda y róbate el becerro”
Iban los dos caminando
a la luz de los luceros.

Ay, caminando
a la luz de los luceros
llegaron hasta una mata
de un nombre que no recuerdo 
llegaron y se pararon
en una pata de ceibo
y el blanco le dijo al indio
“Arrodíllate cuatrero
ya vas a ver lo que cuesta
un mamantón de mi hierro”
llegaron y se pararon
bajo la copa de un ceibo.

Ay, de un ceibo
“Encomiéndate a la Virgen,
échate la soga al cuello,
pues sólo te queda vida
pa´ rezar un Padre Nuestro”
así  que le dijo el blanco
y el indio así con empeño
“Que yo no robando maute,
que yo perdón te pidiendo”
Y eso lo estaban hablando
a la luz de los luceros.

De los luceros
desde aquel día la mata
del nombre que no recuerdo
la mientan “La del Ahorcado”
por el ladrón de un becerro
aquél que aquella noche colgaron
de los copitos de un ceibo
según lo pone el pasaje
a la luz de los luceros
iban los dos caminando,
señores, no cuenten esto.

2- MAREMARE- Popular de autores  desconocidos  

Maremare de los indios
no se puede comprender;
el que lo baila lo baila
y él no ha de aprender.

Maremare se murió
y no fue de calentura
¿De qué murió Maremare
si no fue de su amargura?

Maremare se murió
en la casa de Rosario
yo no lo vi de morir
pero he oído el comentario. 

Cuando murió Maremare
los indios bailaron tura
y después que lo bailaron
les pegó una calentura.

Maremare se murió
camino de Cumaná
yo no lo vi de morir
pero vi la zamurá.


Maremare se murió
cuando pasó la tormenta
yo no lo vi de morir
pero vi la huesamenta.

De Maremare encontraron
solamente los huesitos
y los indios lo llevaron
a enterrarlo en su ranchito.

3-DESASTRE EN LA RUBIERA (Nelson Morales)

Era una fresca mañana
de un veintitrés de diciembre,   
cuando dieciocho indios cuibas
salieron de sus viviendas,
bajo el engañó más cruel
del caporal de una hacienda,   
quien les dijo que con él
chicos y grandes se fueran,         
con el fin de disfrutar
de una fiesta en La Rubiera,         
adonde los aguardaban
la muerte malvada y negra,      
Los bandidos esperaban
que todos se reunieran,
fue entonces cuando salieron
de su escondite pa´ fuera,
a matar cobardemente
a hombres, niños y mujeres,
ni  de aquellas criaturitas
se condolieron siquiera,
dos mujeres criminales
que tenían de compañeras,
preparaban el banquete
macabro de La Rubiera,
para que inocentemente
los pobres indios murieran.

Los indios eran dieciocho,
pero dos no perecieron,
éstos lograron salvarse
de un crimen verdugo y fiero,
un perrito que los indios
llevaron de compañero,
tampoco pudo escapar
de aquella infame tragedia,
fueron dieciséis los indios
que asesinados cayeron,   
después de ser arrastrados
por cuatro bestias cerreras, 
fueron el siguiente día
echados a la candela,
y aquí termina señores
lo triste de este poema,
que cuenta lo sucedido
de aquella trágica escena,
pero antes de despedirme
pido a la ley justiciera,
que castigue a los malvados
con una doble condena.

Gracias por sus visita 
                            Isaías Medina López

Notas del editor:
1- Estas coplas del Maremare fueron tomadas de Estudios en Antropología, Sociología, Historia y Folclor de Miguel Acosta Saignes, editado por la Academia Nacional de la Historia (Caracas, 1980).
2-  y 3- Estos corríos son tomados de ANÁLISIS DE FIGURAS ESPECTRALES EN EL CORRÍO Y LEYENDAS DEL   CANTO LLANERO TRADICIONAL de Isaías Medina López, Duglas Moreno y Carlos Muñoz (UNELLEZ-San Carlos, 2008)

martes, 6 de octubre de 2015

La Muerte del Guerrillero (canto y poesía)

Ni una cruz de los caminos del Llanos marca el lugar de su caída 
(archivo de Tomás Ramón Guevara Gutierrez)

En un banco de sabana 
allí lo dejó el cobarde, 
tras la bendición del cura, 
precedieron a enterrarle.

La figura del guerrillero es una de las más polémicas y románticas de nuestro imaginario. Forajidos para algunos, héroes para otros, los “irregulares que cambian su hogar por defender ideales” son una constante en la historia de muchos pueblos. De sus nutridas hazañas no todos salen ilesos, y para dar muestra de ello, presentamos un “corrío llanero”, propio del joropo,   inserto en la novela Por la Ceja de Monte del escritor de origen cojedeño Nelson Montiel Acosta, publicada por el Fondo Editorial Tropikos (Caracas, 1992):

El día lunes de Pascuita 
mataron a Antonio Achaguas, 
con su propia carabina 
lo asesinaron de espalda. 

Antonio José el destino 
le hizo una mala jugada, 
y en tierras de Corozal 
mataron al camarada. 

Era un hombre muy valiente, 
su destino la sabana 
y con la familia humilde 
el muy bien se comportaba. 

El Tigre de Matiyure,  
hijo apureño de Achaguas. 
Allá en Laguna Redonda 
fue donde lo asesinaron, 
a culatazo y palo 
le trituraron el cráneo, 
se lo llevaron arrastra 
hasta donde lo enterraron, 
tuvo diez meses perdío 
hasta cuando lo encontraron.  

¿Quiénes serían las personas 
del grupo que lo mataron?
Antonio José fue un hombre 
generoso y de a caballo, 
y para sus enemigos era 
muy grande y amargo.  

La muerte del camarita 
no la borrarán los años, 
siempre estará en la memoria 
del pueblo venezolano.  

Pagaron un dineral 
a quienes lo traicionaron, 
para quitarle la vida 
y así fue que lo lograron.

Cámara, tú no te has muerto, 
sigues viviendo en el Llano, 
donde tu abrigo fue el monte 
el invierno y el verano. 
El nombre de Antonio Achaguas 
se seguirá respetando.

Dicen que un terrateniente 
pagó pá que lo mataran, 
y un amigo traicionero 
se prestó para esa infamia.

A pesar de que el traidor 
era el hombre en quien confiaba, 
le brindó mucho licor 
para que se emborrachara, 
el horrendo asesinato 
en su mente maquinaba. 

Antonio Achaguas tenía 
alma revolucionaria 
por las buenas era bueno, 
contra los malos luchaba.

El obrero lo quería 
el poderoso lo odiaba, 
porque tenía un corazón 
amplio como la sabana.  

También las tenía bien puestas 
lo que a muchos le faltaba, 
el repartía a los pobres 
lo que al rico le quitaba.  

Dicen que un terrateniente 
pagó pá que lo mataran, 
como se pondrá el cobarde 
si Achaguas resucitara.