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jueves, 6 de agosto de 2020

Yenifer. Dudas e ironías de Héctor Nuno González


Yenifer era igual a otras jóvenes llaneras, pero diferente.
Imagen en el archivo de Ofelia Rodríguez Pérez


YENIFER

Los dolores de parto le hicieron maldecir la vida y el hijo que traía al mundo. Yenifer  tenía 14 años y apenas entendía el proceso en aquel hospital triste y exiguo; hay cosas que los niños no comprenden.

Muy rápido se convirtió en mujer, como pasa en los pueblos del Llano. No más sus senos templaron, sus caderas engrosaron y sus nalgas se abombaron, los vernáculos del lugar, criados como sus padres, iniciaron sus rituales codiciosos.

Su madre la abandonó junto a sus dos hermanas. Desapareció un caliente día de marzo luciendo un vestido de pana que bien marcaba su aún tierna figura de treintañera. Dice la gente se fue a Calabozo en busca de un coleador errante que le había prometido amor eterno y una vida de parrandas de violín.

Vio su primera regla a los 12 años, aterrada buscó a su hermana mayor y le contó lo sucedido, no alcanzó a entender entonces la dimensión de la frase escuchada: -Ya eres una mujer, hay que buscarte un hombre para que te mantenga-.

Yenifer es una mulata angelical, con ojos de culebra brava, como su madre, rostro fino y piel con el aroma de la canela. Fue inocente antes de verse manchada de sangre la ropa, ignoraba cuánto hacían sus hermanas para sobrevivir y para darles de comer a ella y sus sobrinos, que más bien parecían primos.

En la casa heredada, no faltaba comida, tampoco aguardiente, adolescentes con gorras de víscera ancha, collares multicolores, guardacamisas y blue jeans; plantas de sonido, cornetas gigantes y el reggaetón de moda.

Perdió la virginidad el día de sus primeros tragos, promovida por las hermanas porque así debía ser. Ese día conoció a Keiber, un joven ex presidiario que robaba de vez en cuando, sobrevivía taxeando en su moto y que casi pagó por el codiciado paquete.

Lo embrujó su olor a canela y la solidez de sus caderas, la amó con el resquicio de ternura restante en su corazón y le prometió llevársela a vivir en un rancho que él compraría cerca de allí, con palmeras en el patio, un fogón y un corral para gallinas.

Enamorada de Keiver y acelerando su transición niña-mujer, sintió el peso de la vida por primera vez cuando un tiro de escopeta que cuidaba su propiedad le abrió la espalda en dos. Juró no volver a enamorarse ni a entregar su cuerpo con la prestancia que el cariño profiere.

Se volvió parca y cerrada, usaba la firmeza de sus senos y su aroma hechizado para poner a los hombres al servicio de cuánto capricho se le ocurriera.

Un día de parranda llanera, pasó por el pueblo un coplero de recia estampa y tórax de albañil. Yenifer, cerca ya de los 14 pero con malicia de monja fugada, se le acercó mirándolo a los ojos para arreglarle el botón superior de la camisa a cuadros y sin pronunciar una palabra.

El coplero, joven pero probado en faenas del amor, entendió de inmediato las intenciones de aquella mujer precoz y exclamó altanero: “Usted halló el padrote que andaba buscando”.

Se amaron la noche entera, esquivando con audacia la magia del amor, pero ciegos de pasión y lujuria. Él, hombre de mundo, fue inmune al huracán de sus piernas y se portó como un semental. El coplero desapareció a la mañana siguiente, tras dejar una semilla sembrada en tierra fértil.

Su cumpleaños 14, luego de la primera ausencia menstrual atribuida a los trasnochos, fue todo vomito en medio de drogas, licor, motores ruidosos y reggaetón sexual.

Los nueve meses de gravidez fueron un infierno, no halló jamás un rescoldo de cariño para la criatura que crecía en su vientre y la necesidad le mostró los dientes.

Fumaba para calmar la angustia, angustia por los cambios en el cuerpo, el peso en la columna, la hinchazón en los pies y la perdida de destreza en el amor.

La noche que rompió fuente, un moreno enjuto entró a la casa y mató de cinco disparos a la mayor de sus hermanas, solo por haberse negado a marcharse con él hasta Colombia en busca de mejores condiciones de vida para robar.

Cuando entró al hospital ahogada en gritos y llantos lúgubres, lamentó desde lo más profundo de su alma no haber sido, simplemente, una niña. Y maldijo, antes del alumbramiento, todo lo que el corazón humano puede amar en este mundo de locos.

 

DUDAS

Isabel lo notó extraño aquel día, el más encopetado de sus hijos, el moreno erguido, el que exudaba petulancia de galán y un título de Guardia Nacional, caminaba ansioso los rincones de la casa. De pronto le dijo en tono militar: -pláncheme este traje, porque me caso, y confórmese con saber que me lo exigen en el trabajo-.

Para Isabel sus locuras eran rutina, como aquella en la que subió a la copa de un samán huyendo y haciéndose invisible a la ley.

Suspiraba y encontraba consuelo en un par de dudas. .-Sería la caída del burro, o será la mezcla de sangre-.

 

ALMA BLANCA

Vestías de blanco, el color de tu alma. Llegabas junto al rocío mañanero, tus ojos verdes como berillo me buscaban al cruzar la puerta, me seducía el brillo de tu mirada que exclamaba: “También te extrañé”.

Al crecer, supe de las lágrimas que lloraban ausencia de abrazos y ternura en las noches fétidas a óbito y nostalgia, todo lo hacías por nosotros.

 

RECONVERSIÓN MONETARIA

En las viejas calles del Tinaco, Cheo mendiga por 1 Bolívar, la ingenuidad delatada en su sonrisa ignora de reconversiones monetarias, no sabe de economía, pero esta lo oprime igual.

En la década primera del siglo XXI, la de la Venezuela orgullosa del consumo de cerveza per cápita, Cheo pedía 100 bolívares. Hoy, en la segunda década de la centuria, reajustó lo exigido. A veces piensa triste y en silencio: “Cambian los tiempos, minería, paypal, petromonedas, esas cosas... Pasa hambre el cuerpo, pasa hambre el ser”.

 

LA ESPERANZA

Súbitamente, apareció frente a mí. Era una mujer de aspecto sombrío, ¿Quién eres? Pregunté, - soy tu esperanza-, respondió con voz endeble, ¿Y por qué te ves así?, -Porque así me sientes, mi aspecto es directamente proporcional a cómo me sientes-. Dicho esto, desapareció. El camino era cada vez más bífido, antes de continuar me detuve a la orilla del sendero y pensé: -es cierto, así la siento, por eso su facha, haré una pausa y cambiaré su cariz-.

 

FIGURAS RETÓRICAS

Estudiarlas es necesario, cómo no, importan mucho las figuras retóricas y la técnica prolija. Pero de nada sirven si la página en blanco no es manchada con el SENTIMIENTO y su sudor.

 

EL INGENIERO

Por aquí se la pasaba un tipo flaco, le decían el ingeniero, le consultaban sobre las siembras. No se cómo aplicaba la ingeniería en los suelos y en las plantas, pero si lo vi volviendo ingeniosas las almas, prendiéndole fuego a los ánimos.

 

CAMINAR

Más que una obligación, caminar era un placer. Hasta que aparecieron esos aparatos, el humo los volvió grises, incapaces de amar el aire que respiran.

 

LA CEIBA

Cerca de aquí había una ceiba que me era contemporánea, hablábamos siempre, con el viento llevando y trayendo nuestra correspondencia, así como hablamos los árboles.

Un día, un caminante le prendió candela a la sabana y quemó sus patas. Su canto se volvió triste y sus palabras eran de despedida. Hasta que no pudo más y se dejó doblegar por la brisa del invierno. Desde entonces pienso en ella todos los días.

 

ALENTADOS

La mayoría de la gente viene prendida en desaliento, abunda en el mundo y les marchita el alma. Algunos, solo unos pocos, transmiten aliento, parecen cantar en cada palabra, ellos confiesan que, gracias al desaliento, hoy están alentados.

 

INJURIANDO INTELECTUALES

Más bien compadézcanles, esa petulancia y aire de santo en altar no es otra cosa que carencia de afecto. Intelectual es quien usa el intelecto, no crean en peroratas pomposas ni citas prusianas.

Mientras profieren estupideces, se olvidan detalles inherentes al calor humano, a la necesaria pulsión de las emociones y el cariño.


MEDIODÍA DE MARZO

Era un mediodía de marzo y el calor imponía condiciones, todos hacían la siesta, los comercios cerraron y las casas parecían un reverbero, pero nada frenó la determinación de Venancio, que aquel día bendito decidió matar a José Juan.

Resolvió zanjar el asunto sentado a la sombra de un mango, ciego del dolor producido por el engaño de Rosa Elena, su mujer. Buscó su afilado machete y emprendió rumbo a la casa de su futura víctima, de quien le habían asegurado, de muy buena fe y fuente, se acostaba con su mujer todas las tardes de faenas prolongadas en el conuco.

Las calles ardían y el sol reafirmaba, como cada día, su espíritu de verdugo inclemente, solo habían unos cuantos perros echados huyendo del calor, indiferentes por completo a la tragedia a punto de tener lugar en el naciente caserío, donde todas las mañanas se recogía agua a orillas de un caño claro.

Caminó con paso firme, su mano derecha empuñaba el cabo del hierro con una determinación de acero, el nudo en su garganta quería explotar mientras sentía la impotencia causada por el desaliento, por el desaire de la única persona en la que había confiado en la vida.

José Juan, silbaba una copla sentado en su mecedora de mimbre bajo un mamón de fronda espesa. Cuando lo vio venir, mirándolo de frente con el gesto decidido, se resignó a su destino y solo pensó en morir de pie y con la dignidad intacta.

De un machetazo, Venancio rompió el alambrado de la puerta y entró a cumplir su cometido, el sol y calor serían los únicos testigos de otra tragedia provocada por las calenturas del verano y el fuego de los vientres lozanos.

José Juan lo recibió de pie, sosteniendo a duras penas los ojos de fuego que lo increpaban, reteniendo el temblor de sus piernas lánguidas y escuchando el latir cada vez más acelerado de su corazón.

Venancio se detuvo a un metro de distancia, trecho perfecto para el recorrido del machete luego de dibujar una parábola hasta su cuello, y con el vuelo adecuado para arrancarle la cabeza en un solo intento.

Frente a frente, Venancio preguntó con los ojos prendidos en candela: -Antes de matarlo, dígame por qué lo hizo, por qué este desaire tan indigno-. José Juan suspiró profundo y respondió enternecido y sumiso: -Porque a ella le gusta que le diga que sus ojos son muy bonitos, porque eso nadie se lo había dicho nunca-.


Textos tomados del libro "Estamos hechos de recuerdos" (San Carlos, 2020), publicado por El perro y la rana, Imprenta Regional Cojedes. 


Lea otros cuentos de Héctor Nuno González en:

Leyendas y cuentos cortos venezolanos (23) Varios autores

http://letrasllaneras.blogspot.com/2016/06/leyendas-y-cuentos-cortos-venezolanos_16.html

 Leyendas y cuentos cortos venezolanos (25) Varios autores

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 Leyendas y cuentos cortos venezolanos (26) Varios autores

http://letrasllaneras.blogspot.com/2016/06/leyendas-y-cuentos-cortos-venezolanos_27.html

 Leyendas y cuentos cortos venezolanos (27) Varios autores

http://letrasllaneras.blogspot.com/2016/06/leyendas-y-cuentos-cortos-venezolanos_62.html





La Bola de Fuego y otros cuentos llaneros de Héctor Nuno González

Joven llanera en el archivo de Ofelia Rodríguez Pérez





LA BOLA DE FUEGO

Cerca de las 13 mil hectáreas de los ingleses, Tito y Antonio sembraban a medias en 13, para ustedes los humanos que todo cuantifican, representaba 0,1 por ciento la parcela de Don Antonio con respecto a los musiús. Siempre voluntariosos e incansables, trabajaban pensando poco en las diferencias de sus ranchos de barro con las mansiones gigantes de los latifundistas.

Una tarde-noche, como muchas, se fueron a cazar, Tito pasó el día mimando su escopeta y empacando las provisiones de siempre. Se fueron directo a un lugar llamado Las Babas, muy cerca de los linderos de Gabinero, otro hato gigantesco reproductor de desigualdad. Por toda esa zona abundaban las lapas y los venados, carne para salar no faltaría a ese otro día en los ranchos de María Ramona y María Esperanza, sus esposas.

En el camino los abrigó una noche típica de mayo, muy oscura y sin luna, ideal para cazadores que no quieren ser vistos. Tras un par de horas caminando aguardaron al pie de una ceiba, de espaldas al estero de sabana donde se reunían los venados, muy cerca de una laguna llena de babas hambrientas.

Sin perder la paciencia, Tito y Antonio hablaron alegremente mientras mascaban chimó, entre cada escupida miraban buscando la posible víctima. Tito habló de la última pelea de los pesos completos, contó a Don Antonio lo rápido y fino que andaba Foreman, un novato que a pesar de la derrota fue un rival digno.  “Será el próximo campeón”, dijo con su sapiencia de analista.

La media noche llegó y ningún venado se acercó. De pronto, mientras comentaban lo bueno que sería su próxima cosecha de yuca, divisaron a lo lejos una luz tenue que flotaba lentamente sobre la laguna. De un rojo pálido, fue cambiando a uno cada vez más fogoso mientras crecía y se movía en dirección a la ceiba que cubría la espalda de los dos cazadores. “Ave María purísima, esa es la bola de fuego compadre”, exclamó Tito con el aliento helado.

Recostaron su espalda en la ceiba, cerraron los ojos con una fuerza inusual y empezaron a proferir oraciones que ya no recordaban, pero que creyeron de utilidad ante el espanto acechante. La bola les pasó a veinte metros y empezó a girar en círculos a su alrededor, entre giro y giro se hacía más grande y brillante, más caliente y fulgurante. Al cabo de dos giros, ambos divisaron un rostro severo dibujado en la parte frontal de aquella masa de candela, fue entonces cuando en sus oídos retumbó una risa diabólica y espeluznante, capaz de enloquecer al más fehaciente de los siervos de Dios.

Aturdidos y sin saber qué hacer, optaron por proferir insultos al espanto de la sabana, así fue en un tiempo corto y desesperante hasta que siguió de largo aumentando los decibeles de su risa. Segundos después desapareció a la distancia.

Tito y Antonio estaban lelos, podían oír cada uno los latidos de su corazón, así que optaron por cargar sus bastimentos y partir de regreso a casa. No cruzaron palabra alguna en el camino y cumplieron religiosamente cada oración e insulto que ahuyentara a los espíritus perdidos del monte, único acuerdo que el miedo les dejó pactar. Prometieron no salir más nunca a cazar sin algún escapulario o frasco de agua bendita, no querían volver a toparse con la bola de fuego.

Llegaron a casa entrada la madrugada y con las manos vacías, María Esperanza recriminó el hecho pero contaron de inmediato. María Esperanza le dijo a Antonio con su voz de pito: “Eso es porque ustedes no acompañan a sus mujeres en el rosario, ahora quién sabe cuándo nos comeremos un salaito”.

 

 LOS COMISARIOS

Faustino Morales era el comisario mayor de Las Vegas en los años 40, la primera autoridad civil y el encargado de encausar a todo aquel que se atreviera a distorsionar la paz y el orden.

Tito era un comisario menor, encargado de velar por el orden en todo el sector que llamaban El Espinal hasta la zona que los “musiús” nombraron San Marcos.

Aureliano Valor, llanero fuerte y recio, se encargaba desde Camoruquito hasta Flor Amarillo. Todos podían ejercer el cargo sin que este les impidiera realizar otras actividades cotidianas o labores como las que Tito realizaba en El Charcote, las de liniero.

En un julio lluvioso, Tito debió poner en cintura a dos niños que se robaron la cosecha de maíz amarillo del conuco de María de la Cruz Mena, eran los hijos de la partera Doña Eloisa González.

Eloisa lavaba la ropa en el caño Buen Pan, cuando vio pasar a sus muchachos con un saco lleno de mazorcas tiernas, ideales para sancochar. Los viejos de antes eran gente muy honrada, preferían morirse de hambre antes de hacer cualquier cosa que atentara contra la moral y las buenas costumbres; ninguno de su estirpe había sembrado maíz aquel año de invierno tórrido, por lo que de inmediato los interpeló con una voz melódicamente severa: -van a ustedes a decirme, ya mismito carajitos del carrizo, de dónde sacaron ustedes ese maíz-.

Ambos se miraron los ojos y descubrieron el terror que les detuvo el aliento, no terminó el hermano mayor de pronunciar la primera silaba de una palabra desconocida cuando Eloisa asentó una cachetada certera en su rostro, rauda elevó armónicamente su otra mano y repitió la dosis en el menor.

-Ahora mismo vamos a devolver esta cosecha, porque o son honrados por las buenas, o son honrados por las malas-. Las inflexiones militares en la voz de Eloisa no dejaban opciones a los dos hermanos, quienes con lágrimas en los ojos condujeron a su madre hasta el conuco de María de la Cruz, el saco era más pesado ahora.

Sonrojada de vergüenza, Eloisa prometió a María de la Cruz darle a sus hijos una cueriza para que aprendieran la lección, también mandó a llamar al comisario de El Espinal para aumentar la reprimenda.

Tito atendió al pie de la letra la solicitud de Eloisa, -sea severo en el castigo a ver si van a volver a robar-, le dijo aún ruborizada.

Los dos hermanos, tuvieron que atender y mantener limpio y sin malezas el conuco de María de la Cruz por seis meses. Cuidaron y limpiaron el maíz, desmalezaron a diario la yuca y después arrancaron las raíces que ya estaban listas para el consumo, removieron las vainas regordetas de las matas de quinchoncho, las secaron, desgranaron y entregaron en paila a María de la Cruz. Una vez concluidos los seis meses de dura faena, Tito fue hasta el conuco y les informó del fin del castigo, colocó sus manos sobre sus hombros y les pidió con los ojos enternecidos: - sean buenos hombres-.

 

CIRILA LA BUENA

En un gesto ingrato, Dios la olvidó en sus últimos días, de ella que vivió a su servicio. El sufrimiento final de su cuerpo mortal parecía liberado de toda superficialidad terrenal, cada segundo de delirio era inconsciente, sin dolor en el espíritu, sin nadie para añorar porque el olvido se encargó de aniquilar a todos.

La tía Cirila era la mujer más buena y desprendida que jamás conocí, la única que vi pensar de una forma y actuar de la misma en un mundo lleno de incongruentes.

Tenía las caderas fuertes, como buena negra, los ojos negros, grandes y profundos, gestos afables y alma pura cual delfín; de su piel se desprendía el aroma digno de los humildes, mezcla del humo del fogón y el dulce de sus conservas de coco.

En los bolsillos de sus batas de adulta mayor, no faltaba un rosario, una estampita de la virgen María y un catecismo pequeño. En su corazón no faltaba la voluntad de evangelizar de acuerdo a los principios de la fe católica.

Decía que necesitaba poco para vivir, los bloques requeridos en su casa pequeña y oscura, prefería verlos edificados en alguna casa de Dios, siempre más grande, espaciosa y cómoda que la de sus siervos pueblerinos. A Cirila no le preocupaban esas cosas, era una idealista convencida e intachable. “Dios me lo bendiga y la virgen me lo cuide”, exclamaba con tono firme cuando, desde el alma, le echaba la bendición a sus numerosos sobrinos o alumnos del catecismo. Todos la amaban y deseaban tenerla de abuela para recibir su amor de aura celestial.

Contar su vida al detalle es harto difícil, por alguna razón nadie refiere nada, quizás el respeto a su aureola de santa impedía a los demás mencionar anécdotas reveladoras, ella tampoco habló de su vida personal, sólo usaba su retórica de misa para presumir de sus servicios a Dios.

La segunda de las hijas de Cruz y Felipe, la que llamo la atención de Tito por sus caderas esculpidas por un artista ducho, se enamoró de Antonio Tovar cuando aún no distinguía entre el amor y la obsesión, entre el aliento y el desaliento.

Se casó con él, agregó el “De Tovar” por delante del Mena en su cédula de identidad y firmó el pergamino de sus amarguras y maltratos.

Se fueron a vivir a una finca muy cercana a San Carlos, a ser medio peones y medio esclavos como eran todos por entonces.

Antonio Tovar era mitad negro y mitad indio, de carácter recio y alma oscura, no conocía la ternura y actuaba como borrego serenatero cuando de enamorar una hembra se trataba. Así sedujo a Cirila una tibia mañana de abril a orillas del Buen Pan, mientras lavaba las camisas que Don Felipe usaba en los bailes. “Si comparo su belleza con esta extensa llanura, seguro que me regala la miel de su ternura”, le cantó con voz de coplero alegre.

Cirila lo miró ocultándole cualquier expresión que delatara la explosión de sus sentidos, pero la forma de bajar los ojos y el movimiento de sus hombros le dieron a Antonio razones suficientes para avanzar.

A los pocos días, luego de febriles amores clandestinos, Antonio Tovar pidió su mano a Don Felipe, vestido de limpio para tapar su espíritu egoísta y posesivo. A Cruz no le agradaba el mulato, su instinto le susurraba el mal genio del nuero, un día le oyó decir: “Es que así hablamos los llaneros, duro pa que los demás se asusten”. Le pareció una aberración, pero dejó el asunto a Dios, decía que él siempre se encargaba de las cosas complejas y en la que los hombres no podían hacer mayor cosa.

Fueron años duros para Cirila, se levantaba temprano a pilar el maíz, freír el perico, colar el café y montar las arepas, luego pilaba el arroz, escogía los quinchochos y si había, sazonaba la carne para el almuerzo; para la cena, con el sol ya zambullido, repetía la tarea de la madrugada.

La golpeaban casi a diario, Antonio era paranoico y machista. Un día le moreteó el ojo izquierdo por culpa de su bondad, cuando le sirvió otro poco de café a un obrero que lo pidió amablemente. Antonio, como buen machista, confundió cortesía con coquetería, dejó pasar unas horas pero, antes de irse a dormir, le propinó un golpe en el ojo que dolió mucho más en su alma buena.

Fue el colmo, en medio del llanto silencioso prometió librarse de aquel tirano pendenciero a toda costa. Calculó sus posibilidades y se puso manos a la obra. Un domingo, después de su oración mañanera, le pidió perdón a Dios y al dueño de la finca por lo que iba a hacer. Aprovechó la rasca formidable que dormía Antonio en su chinchorro y partió junto a una pareja de obreros maracayeros que se devolvían a su tierra y le prometieron alojo mientras se establecía.

También eran seguidores vehementes de la iglesia católica, apostólica y romana, por lo que ofrecieron ayudarla a encontrar cualquier trabajo en alguna parroquia donde algún cura necesitara una mujer de servicio. Cirila se marchó decidida y sin dudas, jamás volvería a ver al hombre que aportó solo amarguras y un apellido en la cédula.

Su vida en Maracay también es un misterio, querido trovador, sin detalle mayor lo único que trascendió fue que ayudó a criar varios muchachos, entre ellos aquel pelotero que llamaban “El Come Dulce”. Decidió adoptar o ayudar a criar varios niños porque ella no podía tener hijos, al menos eso cuentan, algo tenía en su vientre que evitaba el cuaje. Dicen que logró tener una niña de un amante desconocido, pero murió por ser un ángel que el señor reclamó, al menos en esa idea llena de fe encontraba consuelo.

Su capacidad de amar aumentaba a diario, lo mismo que su pasión y servicio a la fe, en Maracay se convirtió en una catequista excelsa, gracias al aporte de un cura noble y coqueto, que la acogió en su parroquia afirmando que se trataba de un ángel de los llanos, enviado por la divina providencia a la ciudad para formarse en la prédica de la buena nueva.

En 1984 regresó a Las Vegas, antes de salir le prometió al cura ayudar a construir una iglesia y fundar una parroquia en su caserío. Cumplió su promesa.

Compró un terreno cercano a su hermana María, su dilecta, la cantidad de sobrinos creció exponencialmente, otros venían en camino y eso la ponía feliz. Con la ayuda de dos albañiles ebrios levantó una casita de bloques errantes y paredes encorvadas, una cajita de fósforos en la entrada de un solar gigantesco que sembró de palmeras, mangos, semerucos, aguacates, albahaca y otras hierbas.

Vivía sola y feliz, su amor maternal lo entregó sin medidas a todos sus sobrinos y, muy especialmente, a la iglesia. Inició una serie de acciones orientadas a fundar una parroquia y construir una iglesia, pero antes debía meter a Dios en los corazones de sus vecinos en El Espinal.

Como si fueran tareas dirigidas, dictó en casa clases de catecismo a niños y adultos. Cada 01 de mayo, le rezaba a una cruz forrada con palmas al fondo de su calle, que por eso empezó a llamarse “calle La Cruz de El Espinal”; y conformó un equipo de doñas convencidas de su fe para promover la construcción de una capilla en El Espinal, para tener una casa de Dios más cercana y propia que la de Las Vegas.

El 03 de abril de 1993, fue inaugurada la Capilla Nuestra Señora del Valle y Cirila fue más feliz que nunca. El padre Paco dio la homilía de apertura y bendijo con agua a la cruz de madera que él mismo pondría en la parte superior del altar principal.

El padre Paco era un español de ojos color ámbar, cara de príncipe británico y piel de porcelana, su carisma y picardía aumentó considerablemente el número de feligreses en Las Vegas, especialmente la de jóvenes con caderas nerviosas y refinadas señoras de cinturas turbadas.

Durante su estancia en el pueblo, surgió todo tipo de historias promiscuas. Tal punto alcanzó su fama de don Juan, que las doñas rezanderas regaron en la gente el cuento de que La Sayona estaba saliendo. 


Textos tomados del libro "Estamos hechos de recuerdos" (San Carlos, 2020), publicado por El perro y la rana, Imprenta Regional Cojedes. 


Lea otros cuentos de Héctor Nuno González en:

Leyendas y cuentos cortos venezolanos (23) Varios autores

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Leyendas y cuentos cortos venezolanos (25) Varios autores

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miércoles, 5 de agosto de 2020

Más joven que nunca y otros recuerdos de Héctor Nuno González

Imagen en el archivo de Cultura Cojedes


MÁS JOVEN QUE NUNCA

Caminó como nunca el día que cumplió 70 años. Se negaba con vehemencia a consentir los estragos del tiempo y distraía frecuentemente su cuerpo cansado paseando en la sabana.

Recorrió 20 kilómetros en línea recta por el antiguo Camino Real al Apure, adoptado por su corazón tras una infancia llena de montañas y quebradas de aguas claras. Notó más imponentes los centenarios samanes y ceibas, más intenso el verde del llano y más afinado el canto de los pájaros.

Escogió como meta una antigua casona de patio grande y galpón para máquinas, donde otrora los “musiús” daban alojo a peones extenuados. Lo recibió una mujer de piel agrietada, sonrisa dulce y mirada compasiva. - ¿Cómo está? Pase adelante-. Hablaba con pasión, como un arpista cuando ejecuta su instrumento. -Usted venía caminando, se le ve en la cara, siéntese que ya le busco agua y monto la olla para el café-.

Dio las gracias y se presentó como el cumpleañero caminante. -¿A cuánto queda el río desde aquí?-, preguntó, -ahí mismito, pero si gusta ir le digo a mi marido que lo lleve en el tractor-.

De la casa surgió un mulato enérgico, alto y sólido como un araguaney y voz de bajo de coral. -Un placer hermano, vaya que es bueno una visita, poca gente se detiene aquí-.

-Déjeme calentar la máquina y damos una vuelta-.

Encendió un Belarus modelo 1221, color negro con caparazón rojo, testimonio fiel de la calidad industrial soviética. Tras dos pocillos de café cerrero, como le gustaba, subieron al instrumento de trabajo agrícola y partieron rumbo al río.

No prestó atención a las historias de gandolero nómada del hospitalario amigo, su mente y espíritu se trasladaron al pasado tras percibir el olor del recuerdo impregnando la sábana. Recordó el servicio militar en Carúpano, humillante y conductista, especialmente los largos viajes a las sierras de Trujillo y Lara para cazar guerrilleros, de los que pensaba peleaban por una causa justa y en la que un soldado tenía prohibido militar.

Recordó a Isabel, su madre, mujer de ojos amielados, carácter rígido y entrañas tiernas, la mejor narradora de historias que conoció, su favorita era la de su caída del burro por la trocha que conducía a los pobres de Paso Ancho hasta la ciudad de Tinaquillo. Dominado por la nostalgia, no pudo evitar lamentos, de esos en los que los viejos piensan con resignación. Lamentó no aprovechar mejor su genuino talento para la música, si bien le regaló grandes recuerdos, le hubiera gustado perfeccionar la ejecución de instrumentos, pulir su gañote de tenor y cargar de contenido sus versos. Lamentó sus extravagancias de Guardia Nacional, cuando usaba su investidura y perfil de galán para beber noches enteras.

El tierno espectáculo de un oso hormiguero caminando junto a su cría, lo sacó de sus lamentos y lo devolvió a mejores recuerdos, no sin antes lamentar el tufo de cigarrillo de su compañero, aunque agradeció el silencio que el tabaco produjo.

Recordó a papá Augusto y su ternura infinita, que daba al traste con la dureza de Isabel. Recordó la madrugada lejana que lo llevó a Valencia para una consulta médica. Mientras esperaban en el auto, Augusto exclamó invadido por la nostalgia: “Caramba, por aquí no se escucha ni un gallito”.

El estruendo de una bandada de pericos puso fin a sus cavilaciones. Su compañero habló de nuevo y advirtió la cercanía del río. “Ahí cargo unos anzuelos y carnada de la buena, si lleva gusto...”.

El agua tenía buen color, hizo buen invierno y en las orillas abundaba el verde de su infancia. Noviembre se acercaba y anunciaba buen pescado, su guía recomendó un lugar rodeado de piedras prehistóricas: “Aquí ajilan bagres, compadre”.

Cogió un anzuelo de garfio grande y fuerte, con dos piedritas de plomo y nailon número 60, bien rizado en una carreta de plástico, tomó como carnada una rodaja de anguila e hizo lo propio. Se sentó pacientemente a esperar sobre la roca, su guía le imitó, unos metros río abajo.

Carreta y nailon en mano, le dio por recordar de nuevo. Pensó en sus hijos y en la ausencia de reproches, les entregó su cariño en cuerpo y alma y no hubo abrazos opacados por su mal genio.

Pensó en los paseos a los ríos revueltos por aguaceros de la madrugada, desafiantes y silbantes. Solía probar su fuerza arrojando piedras gigantes sobre ellos.

Un fuerte tirón lo devolvió al presente, un bagre prominente y recio mordió el anzuelo e inició una feroz lucha por salvar su vida. Se levantó sosteniendo el nailon, dejando evidencia del esfuerzo en la respiración agitada, el cuello tenso y las piernas arqueadas.

El animal era obstinado, empezó a zigzaguear y parecía ganar fuerza en cada desplazamiento. –No lo pierdas, es uno grande, vele recortando parejito el nailon, y en lo que esté cerca lo halas fuerte-, gritó su compañero mientras corría para ayudar.  Cumplió la instrucción, afincó sobre el suelo sus piernas aún sólidas e inició el recorte del nailon, moviendo armónicamente sus brazos, sin perder la fe. El bagre cedía ante la voluntad de su cazador, más tozudo que él. Cuando sintió la cercanía haló la cuerda con furia y sobre la piedra cayó un hermoso ejemplar plateado, de unos 15 kilos. Suspiró triunfante tras pisarlo con su pie derecho, miró a su compañero con ojos victoriosos y exclamó con la solemnidad que lo habría de acompañar hasta la tumba: “Carajo, estoy más joven que nunca”.

 

SÉ LEER

Era mi primera clase de catecismo. El dogma católico decía que un niño bueno debía tener seis de los siete sacramentos, yo iba por el segundo, la comunión.

Llegué entre los primeros a casa de tía Cirila, me senté junto a los demás en un mueble cojo tapizado con cuero de aspecto famélico. La sala estaba atiborrada de símbolos de la fe cristiana, apostólica y romana, un cuadro del sagrado corazón de Jesús, otro del niño Jesús en brazos de María alimentando con sus manos a unas palomas, el de la ultima cena de Da Vinci, una cruz de madera. Al fondo, un pequeño altar liderado por una rozagante y vestida de azul virgen María y estampitas del Dr. José Gregorio, una vela los alumbraba y hacía menos oscuro el lugar.

Todos nos mirábamos llenos de incertidumbre y un miedo inocente, como el del primer día de escuela. De pronto, apareció la tía Cirila por una cortina de flores que hacía de puerta a un costado de la sala. Usaba un vestido lila, sencillo y cómodo para la ocasión, en una mano llevaba un catecismo titulado “Mi primera Comunión”, y en la otra un librito rojo donde se apreciaba a Caín dejando atrás con su cara de huraño a un moribundo Abel, este se titulaba: “Dios habla a sus hijos”.

La tía Cirila era una mujer de moral diáfana, carácter recio y ternura exótica, la única persona que le he visto pensar de una forma y actuar de la misma.

Se sentó en un mueble pequeño, familia del grande donde yacíamos los otros seis niños provenientes del  mismo barrio; enderezó el tronco, alzó la quijada cual militar, aclaró su garganta y exclamó alzando el librito rojo: En el principio creó Dios los cielos y la tierra...

Súbitamente detuvo su lectura, bajó un poco el libro y clavó sus grandes ojos negros sobre los míos, hizo un gesto orgulloso y afirmó con parquedad: seguro “Jurnio” pensaba que yo no sabía leer.

 

PUNTO FINAL

Despertó como siempre a las cuatro de la mañana, esta vez impregnado de un aura solemne que lo convenció de que aquel día sería el último de su vida.

Frente al espejo contempló sus ojos de gato astuto, único resquicio de su antigua virilidad, reflexionó un par de segundos y dijo para sí: -No es momento de temer, total, siempre he dicho que todos vamos para allá-.

Preparó un ritual solemne para esperar a la muerte. El inventario de prohibiciones se limitaba a una caja de cigarrillos Star Life y una botella de Chimemeaud, justo lo que había la tarde hirviente en que un accidente cerebro vascular le durmiera el lado izquierdo del cuerpo, un año antes.

Contempló todo con la abnegación de la despedida. Con paso lento pero seguro, acarició las espigas del maíz, le dedicó una estrofa de un pasaje de Jesús Moreno a una lechosa complexa y le silbó “Amor Enguayabao” a unas cayenas: “Llorando se queda el monte cuando se marchan los amos”.

Tras pasear la siembra, libre de obligaciones de conuquero, sacó al solar de enfrente el mecedor de mimbre que tejió con sus manos, buscó el agua ardiente, cigarros y fósforos y se sentó con la mano buena recostada en la nuca.

“Yo no lo niego que te quiero todavía, porque fue tuyo el amor que te entregué...” Cantaba y pensaba en Yuda, el amor de su vida y portadora de su última semilla.

“Yo que contigo miraba todo distinto, era bonito soñar cuando te encontré...” Pensó en la ingratitud de la vida por ponerlo, después de viejo, a vivir amores contrariados y a sentir amor cuando el arma escasea de municiones.

Tras encender el segundo cigarro y empinarse el quinto trago, dejó a un lado los reproches y concluyó que había tenido una vida feliz, sin ataduras ni limitaciones de las apariencias, obedeciendo siempre al instinto y dejando huella profunda en la tierra.

-Me voy tranquilo-, pensó. -Total la cosa allá debe ser muy buena, porque nadie se ha regresado-.

El alba se mostró tras un Samán centenario, fue para él la señal de la hora última. Empinó el codo para un trago largo y picante, el último de su vida. Encendió un cigarrillo con ademanes de aristócrata le dio una fumada larga y tarareó su último pasaje: “Mi pensamiento se esparce en la lejanía, a rienda suelta como un brioso corcel, y el sentimiento que se agiganta en mi pecho, me da el derecho de marcharme y no volver”. Suspiró al terminarlo, recostó su cabeza en la mecedora y se durmió para siempre.


Textos tomados del libro "Estamos hechos de recuerdos" (San Carlos, 2020), publicado por El perro y la rana, Imprenta Regional Cojedes. 


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