viernes, 28 de febrero de 2014

EL GRAN DILUVIO (Mitos indígenas de Venezuela)

Belleza indígena al borde de las aguas (archivo de Gad Loreto) 



EL GRAN DILUVIO (María Manuela de Cora) 


Muchas veces había recorrido el sol su camino por encima de las nubes y otras muchas había iluminado la luna la oscuridad de la noche, desde que los yaruros vivían a orillas del río Capanaparo, sabiendo que las cosas habían sido creadas por Kuma (*). 
Pero poco a poco los hombres fueron olvidando la verdad y dejaron de creer que la diosa es el origen de las tierras, de las aguas y de las plantas, y también desoyeron las advertencias que ella les hacía a través del piache, para indicarles como habían de comportarse.
Entonces, Kuma, muy enojada con este olvido, determinó enviarles una larga lluvia que anegara todo lo creado.
Unas nubes oscuras y espesas escondieron la luz del sol y ocultaron el resplandor de la luna y comenzó a llover día y noche, continua e incansablemente. Hasta que los ríos se desbordaron de sus cauces y cubrieron primero las matas más pequeñas, lego las grandes y por último los árboles y los valles. Todo quedó oculto bajo las aguas y éstas difuminaron los límites de las montañas, cambiando por completo el aspecto de las llanuras y los morichales.
La mayor parte de los seres humanos murieron ahogados en esta gran inundación y solamente pudieron salvarse pocas personas.
En la copa de un árbol muy grande, situado en las cabeceras del Capanaparo, que por ser tan alto había quedado fuera del alcance de las aguas, se refugiaron un hombre y su hermana, y un poco más allá, en una colina cercana al árbol, pudieron salvarse otro hombre y una tía suya.
Hubo también algunos que, subiéndose a distintos árboles, lograron sobrevivir, y éstos fueron los que después dieron origen a la especie de los monos. Los dos hombres y las dos mujeres refugiados en la colina y en el árbol estaban al principio muy contentos viendo que no habían sido arrastrados por la corriente; pero pronto se dieron cuenta que se hallaban en peligro de morir de hambre, pues, como todo había quedado oculto por las aguas, ni podían cazar animales ni comer raíces ni corazones de palma.
Los que estaban encima del árbol se comieron primero las hojas, luego la corteza y por último llegaron a arrancar duros pedazos del tronco. Pero aún fue más terrible la suerte del hombre y de la mujer que se habían quedado en la colina, porque no solo no pudieron sacar nada de ella, sino que además se vieron amenazados por las acometidas de un pez que nadaba a su alrededor intentando comérselos.
Después de bastante tiempo, Kuma, detuvo la lluvia y las aguas empezaron a bajar lentamente.
El primer día se retiraron como un brazo de largo, y en la parte de la tierra que quedó a la vista de los dos hombres y las dos mujeres aparecieron algunos restos de raíces que ellos devoraron inmediatamente.
Al día siguiente, que era el segundo día después e haber cesado la lluvia, las aguas se retiraron otro brazo de largo, dejando al descubierto no mucho más que el día anterior. Todos los animales estaban muertos y los árboles habían sido arrancados por la fuerza de las aguas, de modo que no había madera con qué fabricar arcos ni flechas, aunque, por otro lado, de poco les hubiera servido, puesto que no había nada que cazar.
Por fin comenzaron a salir de debajo del agua las tortugas y los cuatro sobrevivientes del diluvio y las cogieron  y comieron avidez sus huevos y su carne.
La lluvia había dejado la tierra convertida en un fangal sucio y pastoso, plano y desolado estaba todo, sin la menor señal de vida y, sin embargo, los dos   hombres y las dos mujeres buscaron y hallaron siempre algo con que alimentarse, en tanto que la tierra se iba secando poco a poco,  hasta que volvieron a florecer las matas. Cuando la luna hubo alumbrado muchas veces las noches de la tierra, el hombre del árbol le dijo al otro:
¿Por qué no te casas con mi hermana? Yo me casaré con tu tía y poblaríamos de nuevo la tierra.
Está bien eso – contestó el de la colina; pero tengo que saber primero si mi tía quiere tomarte por marido.
Preguntaron, pues, a la mujer, la cual dijo que sí, y de este modo aquellos cuatro seres formaron dos parejas que fueron el nuevo principio de la raza desaparecida.
El hombre del árbol tuvo una hija con la mujer de la colina y la otra pareja procreó dos hijos varones.
Pasaron muchos soles y muchas lunas. Volvieron los venados y báquiros a correr por el monte;  se alzaron los troncos de los morichales y de las demás palmeras; el Capanaparo se limitó a sus cauces  y arrastró como antes en su corriente palometas y toporos; cruzaron otra vez los murciélagos un cielo limpio bajo las nubes, y las paraulatas alegraron el aire con sus silbidos.
Y el sol en su curiara, navegando incansablemente sobre todas las cosas, entibió el ambiente y secó el barro de la sabana, haciéndola de nuevo arena rojiza y suave.
Y el hombre que tenía dos hijos varones, cuando vio que el mayor de ellos había crecido lo suficiente para tomar mujer, le dijo:
-Tu prima me parece bien para nuera mía. Cásate, pues, con ella.
-Yo no puedo tomar para mi mujer ninguna- le contestó el muchacho- porque no sé cazar ni pescar y no podría conseguir alimentos bastantes ni para ella ni para los hijos que tuviésemos.
A esto nada, contestó el padre, y hubieron de esperar que el otro hermano creciera. Cuando ya fue un hombre y estuvo en condiciones de tener mujer e hijos, él fue quien se casó con su prima.
Aún así resultó que abundaban más los hombres que las mujeres, pues habían nacido más varones que hembras, por lo que los dos muchachos de la tribu, al ver que no les quedaba ninguna mujer, se fueron a buscar las hijas de la culebra y a las del jaguar, se unieron a ellas y se quedaron a vivir en su compañía.
Estos dos muchachos eran sobrinos de aquel hombre que no había querido casarse, el cual sabía muchas cosas que los demás ignoraba, y que se disgustó grandemente al ver que los hermanos tomaban como mujeres a sus hermanas. Para demostrar a las gentes que estas uniones eran solo propias de las bestias salvajes, empleó su poder en convertir a unos en culebras y a otros en jaguares, para que de esta manera sintieran temor por lo que habían hecho.
Pero ocurrió que cuando quiso dar fin al escarmiento y volverlos a su estado normal no pudo conseguirlo por más que lo intentó durante doce soles seguidos. Y desde entonces aquellos hombres y mujeres quedaron para siempre convertidos en seres inferiores.
En vista de lo sucedido, el hombre reunió a todas las demás gentes y les prohibió que de allí en adelante se casaran entre hermanos, amenazándolos con transformarlos en culebras y jaguares si lo desobedecían.
A causa de esto los yaruros descendientes del jaguar Itciaci (*) no pueden unirse en matrimonio unos con otros, sino que tiene que buscar pareja entre los descendientes de la culebra Puaná (*) 

Notas del editor:
(*): Kuma o Kumañí y Puaná o Poaná son fuerzas creadoras y benignas. Itciaci o Ichiaí es el maligno. 

Este texto fue transcrito de Kuai-Mare. Mitos aborígenes de Venezuela de María Manuel de Cora, publicación de Monte Ávila Editores Latinoamericana  (Caracas, 2005).

7 comentarios:

maria candel dijo...

Que interesante tu blog, los mitos, leyendas y las poesía de las distintas etnias de este hermoso país.
Un cordial saludo

María Gabriela León Hernández dijo...

Un mito rico en imágenes y simbolismos. No me canso de agradecerles sus publicaciones. Dios los bendiga. Un abrazo.

Lumy Quint dijo...

Una historia entretenida e interesante. Me gustan mucho los Mitos y las legendas.
Un abrazo

Teresa Sánchez Sánchez dijo...

He disfrutado mucho con esta leyenda que me llevó a recorrer el origen de este pueblo. Como siempre un placer.

adrys aular dijo...

Excelente historia, me parece muy importante ya que los hombres olvidaron la importancia que tenia la diosa en los orígenes de la tierra y el agua, y ella de una u otra forma quiso recordarles que estaban equivocados, aunque causo muchos diluvios, muertes; pero algunos lograron sobrevivir con mucho sacrificio y estos fueron los que lograron formar nuevas familias para que la comunidad no se perdiera, también se ve la responsabilidad del joven que no se quiso cazar por que el no se sentía capaz de sostener a una familia. (Muy bueno e interesante este blog, rico en imágenes y simbolismos de la cultura indígena)

Betzaret Lopez dijo...

El gran diluvio fue una historia donde nos damos cuenta de las creencias del pueblo indígena que clamaban por lluvia y cuando les llego hubo muchas inundaciones que costo la vida de muchas personas, y este duro golpe los llevo a formar nuevas familias con los sobrevivientes que quedaron del diluvio y quedando el recuerdo en sus vidas.

Gleiber Alvarez dijo...

El mito del diluvio, registrado por uno de los primeros poemas escritos del cual se tiene constancia, es decir, en la epopeya del Gilgamesh, así como en otros textos de carácter religioso, cuyo símbolo fue compartido por muchas culturas alejadas entre sí por el tiempo, la geografía y otras barreras, que no hacen sino de este una alegoría universal, “debía” hacer presencia en una cultura relacionada al agua. Aquí, como en el relato bíblico, el diluvio que desata el Dios, o en nuestro caso, la Diosa Kuma, es un castigo a los mortales por haber olvidado la Verdad, expresado en el texto: “…y dejaron de creer que la diosa es el origen de las tierras, de las aguas y de las plantas, y también desoyeron las advertencias que ella les hacía a través del piache, para indicarles como habían de comportarse”. En el libro del Génesis del Antiguo Testamento, capítulo 6, versículo 6:17, se hace mención a “un diluvio de aguas sobre la Tierra, para destruir toda carne en que haya espíritu de vida debajo del cielo […]”.
La trama es disímil y relativa a otras versiones del mismo mito. El dominio y la repoblación de la tierra por parte de los supervivientes a medida que las aguas retrocedían y la inserción de un elemento inesperado que hace tomar al cuento una nueva dirección, así pues, el teriomorfismo trae a relucir a la memoria, cuentos y leyendas venezolanas, sobre cambios místicos nada ajenos a las diversas culturas del mundo. Y la imagen del piache con la facultad de transformarse en cualquier bestia y pasar desapercibido a los ojos humanos, comparte elementos de muchas leyendas que son más frecuentes en la “ruralidad llanera” que en las principales ciudades. La mención de especies animales autóctonas, intrínsecas en la oralidad indígena, me emocionó activamente.
También pueden inferirse hechos sobre la estructura del sistema social de antaño de los yaruros. (Aun tengo la pregunta sobre el origen de las faltas en la ortografía del texto presentado).