viernes, 7 de febrero de 2014

Mitos indígenas de Venezuela 7 (Wayúu)



Desde niños la formación cultural de nuestros indígenas es muy firme

Una mirada que puede contar muchas historias del ancestro  





NUKUWAIPA KA’I NUMAA KASHI
Los guajiros se llaman a sí mismos wayúu, que quiere decir persona. Pertenecen a la gran familia lingüística arawaca que habitó el Amazonas, el Orinoco, las Antillas y la costa atlántica continental.
Ramón Paz Ipuana ha constatado cómo los seres vivientes y los inanimados: los animales, las plantas, el hombre, los elementos y fenómenos naturales y los cuerpos regidos por fuerzas desconocidas, aparecen perfectamente conjugados como protagonistas y antagonistas en el mundo fantástico del pensamiento wayúu. “El guajiro parece haber encontrado la esencia de las cosas en aquellos fenómenos que se identifican con su propio espíritu. Así, los animales hablan, discuten, disienten, pertenecen a una jerarquía determinada, toman decisiones, son hombres y razonan que tienen juicio, son merecedores de premios y castigos, realizan hazañas portentosas, etc.  Todo eso se refleja en su espíritu como si fuera un maravilloso ciclo de sueños en los albores de su primitiva historia. Y como si esto fuera poco para la explicación del origen de la vida, penetra su visión en los fenómenos meteorológicos, telúricos y cosmológicos que llenan todo el acontecer de la vida humana”.
Paz Ipuana ha recogido este mito sobre la competencia que libran Ka’í (el Sol) y Kashí (la Luna) para reinar sobre la tierra:
“Kashí puso a los animales.
Ka’í puso a los hombres.
Ka’í y Kashí se dirigieron a un extenso arenal.
Ka’í puso a una mujer con su hijo sobre la tierra caliente.
Kashí puso a una cabra con su cabrito sobre la tierra caliente, para ver cuál de las dos especies caminaba más tiempo sobre la arena candente.
La mujer, cuando vio que su hijo se quemaba los pies, enseguida lo tomó en sus brazos exclamando:
-¡¡Hijito mío…!! ¡¡Pobre hijito mío… que se le queman los pies!!
Desde entonces las madres de los seres humanos cargan a sus hijos en sus brazos y son tardos en caminar. En cambio la cabra puesta por Kashí corría por las candentes arenas sin preocuparse de su hijito que corría tras ella.
Desde entonces los hijos de los animales caminan más rápidamente que los hijos de los hombres.
-Ya ves, cuñado mío, cómo te he ganado –dijo Kashí muy satisfecho.
Ka’í, pesaroso ante la derrota, se preguntó: ¿Qué haré para ganarle a mi cuñado?
-¡Ah…! Ya sé…
Ka’í puso a un niño recién nacido dentro de un canasto, lo colgó de un árbol e hizo soplar un viento fuerte.
Kashí puso a unos pichoncitos de paloma sobre un nido e hizo sobrevenir sobre ellos un fuerte ventarrón.
La madre del niño, temerosa de que su hijo se lastimara, corrió presurosa y recogió al niño, exclamando: ¡¡Hijito mío…!! ¡Hijito mío…! ¡Que te caes y te aporreas!
En cambio los pichoncitos, sin esperar el auxilio de su madre treparon por las ramas y resistieron el viento.
Desde entonces los niños recién nacidos permanecen en sus cunas. Mientras que las aves al emplumar se van.
-Ya ves, cuñado, cómo no puedes conmigo –le inquirió Kashí.
-Es cierto. Pero habrá una forma de ganarte –respondió Ka’í.
Entonces Ka’í dispuso de una pareja: buscó a un joven y a una muchacha wayúu, con la intención de que estuvieran juntos y se abrazaran tan pronto convinieran sus amores.
Kashí puso entonces dos alijuunas (raza blanca o extranjera), un joven y una joven.
Los jóvenes puestos por Ka’í, como eran wayúu, se mostraban fríos e indiferentes. Siempre estaban separados aunque se amasen. En cambio, los puestos por Kashí, juntaron sus bocas, se acariciaron, se hicieron sus amores y se amaron con ternura.
Desde entonces, la amistad y el amor entre los alijuuna del sexo opuesto, es más demostrativo y artificioso que entre los wayúu.
Esta vez volvió a ganar Kashí.
Entonces Kashí se posesionó del agua (winñ) e hizo llover sobre los campos para humedecer la tierra. Así sembró todas las plantas silvestres comestibles, para que hubiera comida en abundancia. Y crecieron los guamachos, los cutuprices, los cardones, los cujíes, los guáimaros, jobos, etc., cuyos frutos comieron los animales y los hombres.
Mas, cuando Kashí quiso celebrar el nuevo triunfo sobre su adversario, Ka’í arreció su calor, se posesionó del Viento, el Hambre, la Sed e hizo retostar los campos.
Entonces los sembrados de Kashí se chamuscaron con el calor del sol. Y de esta forma Ka’í esparció la desolación, el viento, el hambre y la sed sobre toda la Tierra.
Luego Kashí, al verse derrotado por primera vez, dijo:
-No será muy duradera tu victoria… Y luego hizo encapotar el cielo con espesas nubes cenicientas para cegar los ojos de Ka’í.
Pero todo fue en vano, Ka’í con su potente vista penetró las nubes, y siempre veía a su través todas las cosas.
Desde entonces existieron los días nublados que atenúan los rigores del sol.
Para aquel entonces, los ojos de Kashí estaban sin brillo. Sólo reflejaban una tenue claridad rojiza tan pronto nacía en la menguante y se ocultaba en novilunio.
Entonces Kashí dijo:
-Todas las cosas bajo mi luz caminan y sienten alegría.los animales pasean. Los hombres viajan de un punto a otro sin que por ello se fatiguen. Todas las cosas bajo mi resplandor pueden verse.
Entonces Ka’í le respondió:
-Tú no tienes fuerzas. Tu claridad es débil, y más sirve para que caminen los yolujaa y duerman los borrachos a pierna suelta, antes que para apresurar su marcha en sus trabajos. Yo sí soy macho –dijo Ka’í.
Y cuando esto decía, Kashí hizo caminar bajo su luz a los zorros, los perros, las hormigas, las zarigüeyas, los conejos, etc. Y éstos se paseaban contentos porque la luz de Kashí era suave. Los caminantes borrachos se tendían al suelo y dormían tranquilos sin que la luz de la luna los molestase. Mas Ka’í, viendo todo aquello, se caló su sombrero y se hizo ardiente. Entonces los zorros se refugiaron en sus madrigueras. Los perros caminadores, jadeantes y con la lengua afuera, buscaron refugio bajo las matas. Los borrachos, que antes estaban tendidos bajo el cielo limpio, se levantaron de inmediato y se tendieron a la sombra de los árboles huyendo de los rigores del ron a trabajar temprano, antes que el sol (Ka’í) calentara demasiado.
Ka’í se había anotado otra victoria.
Entonces Kashí, entristecido, se dijo:
-¡Qué suerte tan adversa me ha tocado! ¿Qué haré para derrotar a mi cuñado?
Cuando esto se decía, el Keerraliee (fuego fatuo) que dormía tranquilo bajo un plácido atardecer de verano, oyó lo que Kashí decía. Y entonces dijo:
-Amigo Kashí, en limpia competencia nunca podrás ganarle a Ka’í, siempre y cuando no los despojes de su sombrero brillante. Allí reside todo su poder.
-Pero… ¿cómo podré hacerlo? –inquirió Kashí.
-Pues yo me encargaré de hacerlo –respondió Keerraliee.
Y se fue Keerraliee donde estaba Ka’í.
Mas Ka’í dormía profundamente debajo de un kapuchiru (olivo) con el sombrero a un lado.
Keerraliee, sigilosamente y a pie juntillas se acercó a Ka’í, agarró el sombrero y rápidamente se lo entregó a Kashí. Mas éste, ya posesionado del sombrero, se lo caló en su cabeza, y enseguida brilló como tenue resplandor de plata.
Desde entonces la luna tuvo claridad y deshizo las tinieblas de la noche.
Cuando Ka’í despertó a medianoche, tanteó a su lado buscando el sombrero pero este ya no estaba.
Entonces Ka’í vio que Kashí se paseaba muy ufano por los amplios predios de la noche. Entonces le gritó:
-Como no puedes vencerme a tino limpio, te vales de la astucia para ganarme. Espérame allí, grandísimo ladrón…
Y corrió Ka’í en la oscuridad tras Kashí. Pero éste le gritó:
-Keerraliee ha ganado mi favor para despojarte del sombrero…
Entonces Ka’í corrió detrás de Keerraliee para castigarlo; pero en ese instante Kashí se volvió y le gritó:
-Déjalo, cuñado, ya no hay remedio…
Y al momento que esto decía, Keerraliee se enterraba en el suelo junto a una quebrada donde abundan los cardones viejos. Desde entonces existen los fuegos fatuos que amedrentan en las noches.
Mas Ka’í, enfurecido, corrió  tras Kashí hasta que apareció en la aurora del amanecer.
Kashí  corrió veloz huyendo de Ka’í, hasta que se ocultó en las penumbras de la tarde.
Y corrió  Ka’í tras Kashí hasta que se hundió en las penumbras del ocaso, mientras Kashí volvía por el oriente vespertino. Pero como todo era una competencia, y ambos eran buenos amigos y cuñados, resolvieron repartirse el tiempo. Y entonces acordaron un pacto.
Kashí le prestó a Ka’í su sombrero brillante mientras Kashí dormía durante el día. Luego Ka’í pasaba el sombrero a Kashí para que alumbrara la noche, mientras aquél dormía.
Desde entonces el sol y la luna alternaron su luz sobre la Tierra, donde antes reinaban las tinieblas, originando así el día y la noche”.

Nota: Textos transcritos de: Costado Indio de Gustavo Pereira, publicado por la Biblioteca Ayacucho (Caracas, 2001)