martes, 23 de abril de 2013

Este señor no tiene corazón y otros cuentos de Lagunitas (Duglas Moreno)

Los cuenteros del Llano sacan provecho de los relatos testimoniales 
(archivo de Maritza Torres)


BIGOTES DE TIGRE. AGUAS SERENITAS
Reescribiendo a Sinforoso Rivero

Una vez Genaro Pumás, me dijo, sin que en su cara se apareciera la decencia, el bigote de tigre es más fuerte que el acero. Un cajón de jierro es una mota de algodón pa lo pesao de los pelos vergatarios de esas fieras. Me acuerdo de un  día que estaba yo cazando, por los laos de Dos Cerritos, y precisamente en uno de los cerritos estaba una maraca e tigre. Era un animal tan bonito que me dio lástima tirarlo. Bicho  como ese,  gordo y pintao hasta no más, creo que por las montañas de El Barbasco no se ha visto más nunca. Yo digo que hay tigres que se parecen a esos hombres que son  pretenciosos y faramalleros. Lo digo porque  ese tigre se acariciaba el bigote con las patas, como si fueran las  manos de una persona. Se los templaba, Dios me salve, como dicen que se los jalaba el difunto General Gómez. Yo escuché decir que los bigotes de Gómez están en el  Panteón Nacional, no me crea;  pero debe ser verdad porque en ese lugar y que guardan hasta los uniformes de mi General. Sigo con la historia. Mirá Almario, esos pelos parecían dos lingotes de oro. La gente cree que el tigre tiene el bigote separao, no señor, el bigote e tigre es como una mata e cambur. Es una sola hebra, yo no sé cómo se teje esa bicha, se da un parecío a un embudo,  la punta es delgaitica y cerca del jocico es gruesota. Lo cierto es que a mí se me cruzó una idea loca por la cabeza. Quitarle los bigotes al tigre de un solo plomazo. Dicho y hecho. Me acomodé la escopeta en el hombro y me le dormí. Le disparé a no pegarle al tigre, solo arrancarle los bigotes. Yo esa tarde chico, tenía el pulso serenito.  Y sonó ese matracazo. Cuando la jumará se fue, vino lo bueno del cuento.  Mirá, la bala le dejó la trompa rojita y el bigote cayó lejos. El tigre pegó un berrío que estremeció la montaña y se perdió de vista. Me acerqué hasta el cerro y me llevé una mandilata e sorpresa. El bigote estaba completico, pero como a unos 30 metros debajo de la tierra. Sí chico, la punta se fue metiendo en el terronal, como que si la empujaran.  Y yo dije, no crea que la voy a dejar aquí.  La amarré con un piazo e soga  y me la traje parriba. Y en el güeco que dejó, yo creo que cabía una casa. Bueno, me llevé esos mostachos de tigre pal rancho y sin decirte una pizca   e mentira, por donde yo pasaba, la gente lo que se le veía era la carrera. Salían barajustaos. Y te digo que varios pusieran la tierra amarillita.  Yo creo que el bigote e tigre jiede  al mismísimo tigre.  Y otra cosa, Almario, el olor a tigre cuesta pa quitase. Yo duré más de un mes con esa jediondera. Mire, lo último que le cuento, es que esos bigotes se fueron secando y secando y entonces los agarré y me jice una canoa. Chico  y esa embarcación mía  no me la atajan ni bejucos. Esa se va serenita por las aguas. Y no se junde ni que el río tenga crecientes. Por eso yo siempre digo, a mí sí que me han pasao lavativas asombrosas,   que ya la gente ni me las cree.

Talla de Demetrio Silva

ESTE SEÑOR NO TIENE CORAZÓN.
MEDICATURA DE LAGUNITAS
Reescribiendo a Sinforoso Rivero


Yo estaba seguro  de que en la medicatura de Lagunitas no me iban a curar la enfermedad que tenía. No es que estos doctores no sepan, sino que hasta yo mismo cargaba un miedo con lo que me pasaba. Bueno, sin embrago, llegué un día hasta la medicatura y me metieron en un  cuarto y las enfermeras corrían pa todos laos. El doctor  me tocaba con un aparato. De repente agarró una carpeta, la metió en un maletín y llamó al chofer. Traiga la ambulancia a este paciente hay que llevarlo para San Carlos, pero es ya. No tuve ni tiempo de avisarle a mi familia. Con la buena de Dios  y todos los santos llegamos a San Carlos. Me volvieron a meter en otro cuarto. Ahí no se veía nada de nada. Me quitaron la ropita. Primera vez que yo siento un viento tan frío. Era como si estuviera en las barrancas del Cojedes y en la madrugaíta. Hacía frío de verdad. Al ratico llegaron un puño e doctores. Uno dijo: Éste es el señor que no tiene corazón. Los médicos se asombraron.  Pasaba uno tras otro y decían: es verdad, no tiene corazón. Y  yo callaíto. Me vapuleaban parriba y pabajo, y yo callaíto.  Hasta que llegó una doctora bien bonita y me dijo: ¡hola viejito! ¿Cómo estás?  ¿Y dónde estará ese corazoncito?  Me preguntó que cuál había sido mi trabajo desde niño. Le dije que muchos, pero que era zambullidor, trabajaba siempre haciendo tapas en los ríos. Que yo sabía cómo eran todas  las corrientes de las aguas de El Barbasco. Que me aplastaba, como un tongo, en las barrancas amarillas de Caño de Agua y era como si nada. Que me conocía a Camoruco como la palma de mi mano. Que en Lagunitas nadie duraba más tiempo zambullío que mi persona. Yo le hablaba y ella me pasaba un aparatico por el pecho, las costillas, la cirunta, la boca el estómago, el  cuadril y cuando llegó a la vejiga comenzó ese bicho a latir. Les digo que el corazón parecía un caballo en medio de una sabana. Quería correr pa todas partes.   La doctora comenzó a reírse. Le dije: ¿verdad que mi corazón es como una pepa e merey? Vi cuando meneó la cara, diciendo que sí. Después me  indicó: se va para la casa y me abandona eso de las tapas.  Yo no le hice ni caso.  Yo seguí con mis tapas y mis ríos. No sé si el corazón ha seguío bajando y bajando. Tal vez esté porai metío en el talón o en   una batata. Total, yo ya ni voy pa las medicaturas. No me crean, pero desde ese día, cuando mi corazón salta como caballo enjaranao, me acuerdo mucho de lo bonita que era esa doctora. 


Tallas de Juan Olivo (Archivo del ICEC)



EL TIGRE PALOMETERO DE CAMORUCO.
CARIBE LOMO NEGREAO
Reescribiendo a Sinforoso Rivero

Ese día el río estaba con el marrón clarito de septiembre. Una sombra extraña andaba sobre las aguas. Yo conozco ese río y cuando Camoruco está así, es mejor que busque un saco porque habrá cosecha; hay que aprovecharlo, pues los pescaos quieren como salirse  solitos pafuera. Me fui pa mi  pesquero de  palometas. Les digo que así  es como siempre me ha gustao Comoruco. Hay días en que no se consigue ni una pecha, es cierto; pero  es el  río más bueno de Lagunitas. Les digo que ese color marrón es como si viniera un tropel de pescaos. Miren, al tirar el anzuelo, agárrese duro, porque el templón es bueno. Lo cierto es que ese día llegué al pesquero, me acomodé y  lancé unos manotazos de maíz. Al ratico traía la primera palometa, lanzo de nuevo y otra más. Yo sacabas las bichas y las tiraba pa la barranca. Cuando calculé que tenía unas 10 más o menos,  recojo todo y dije me voy. Subo la barranca   y no podía creer lo que vi. No había una sola palometa. Apenas, entre las hojas secas y los bejucos, estaban 15 cabezas  esguanñangaítas. No había terminao de pasar el susto, cuando miro, como a unos 20 metros, en la costilla de un taparón, a un mamotreto e tigre comiéndose la última palometica. Se la pasaba lentamente entre la boca. Era como cuando uno pasa   un piazo  e caña por un trapiche. Parecía un mismo perro devorándose una lapa. Así como lo oyen, todas las bichitas que saqué, el tigre se las había comío. El animal me miraba como dándome las gracias por la jartá que le estaba dando. Yo creo que me decía: lánceme la otra. Y yo pensé. Ajá, vamos a ver,  tigre jambroso, si te va a gustá la próxima. Agarré una  de las 20 cabezas ensangrentadas y me busqué en la marusa un anzuelo caribero, de esos que jago yo, con un jeme de alambre liso en la punta. Me voy agachíto y lo tiro a la corriente. ¡Caramba!  Y no me fallo Dios. Me ajiló un tremendo caribe pecho rojo y lomo negreao. Lo agarré por la cola y se lo tiré pallá. Miren, yo no había escuchao un berrío tan feo. El tigre pasó volando por encima del pesquero y calló lejos, en las ramas de un samán. Como me pasó por  encima de la cabeza, pude verle al caribe pegao en la trompa. Seguramente cuando el tigre se lo fue a comer, el caribe fue más vivo y se le pegó del jocico. Lo cierto es que ese animalón  se fue rejendiendo  monte con esa grizapa. Yo creo que ese tigre se murió,  pues dicen que cuando el caribe aprieta, no afloja más nunca.   


LOS PAPERUDOS. GALERAS DEL PAO
Yo siempre  le decía a Genaro Pumás que un día cualquiera iba agarrá un caballo y me iba a perder de El Barbasco hasta meterme en las oscuridades de las Galeras del Pao. En el pueblo se contaba que en esos arrabales pagüeños la oscurana era tan fea que a los hombres más vergatarios se les enfriaba el guarapo.  No me están preguntando, pero en Lagunitas no le tenemos miedo a ningún camino y mucho menos a las tinieblas, a la oscuridad, pues. Bueno, un día llegó ese día. Ensillé la bestia y me fui. Quería llegar a la cima y ver todo desde allá arriba. Duré tres días rejendiendo monte; pero cuando menos lo imaginaba estaba en los copitos de la montaña. Iba de lo más feliz cuando de repente el caballo se paró en seco. Era como si el animal hubiera  visto al maligno o una figura del más allá. Le aprieto los talones y nada. Me bajé, caminé unos pasos y cuando volteo patrás no había caballo ni nada. Menos mal que me había quedao con la marusa y la peinilla. Digo a caminar y a caminar. No les había dicho, pero iba notando que los árboles se estaban volviendo la noche misma. Cuando voy de lo más tranquilo, caigo como en una cueva gigantesca. Comencé a rodar pabajo y pabajo. Miren cuando tenía como una semana bajando por esos bejucales, vi que se venía apareciendo el sol. Si amigos, llegué a una claridad. Era un pueblo que yo nunca había mirao. Eran unas personas extrañas. No tenían garganta sino unas mamburrias de paperas. Les digo que pasó una muchacha como pa un matrimonio, pero las paperas le llegaban a la cintura. Cabello y paperas eran una sola cosa. Los viejitos tenían las paperas arrugaítas. Bueno, como tenía sed, me acerqué a un rancho y cuando una mujer me vio, casi sale corriendo. Le dijo a los niñitos: Miren ese ejemplo, a este hombre lo castigó Dios, por no hacer caso, lo dejó sin paperas. Los muchachitos lloraban y le decían a la mamá: ahora sí que te vamos hacer caso mamaíta. No queremos que Dios nos quite nuestras paperitas. Yo sabía que no estaba en un lugar bueno, como quien dicen,  de este mundo. Salí corriendo y me lancé en la corriente de una madrevieja y me fui. Las aguas se fueron haciendo más profundas y más profundas que me hundí y cuando saqué la cabeza estaba en medio de la Represa del Pao. Agarré la orilla y saben quién me estaba esperando en la barranca, el pobre caballo mío. Me monté y me vine derechito pa El Barbasco. Yo que iba llegando al pueblo y me consigo a Genaro Pumás y ya le iba a contar lo que habían vistos mis ojos, cuando me dice: épale Almario y qué te pasó en la garganta que te vienen naciendo como unas paperas.      



Estos relatos son del registro de  Duglas Moreno, quien nace en Lagunitas, Ricaurte, estado Cojedes, el 2 de agosto de 1964. Licenciado en Letras y magíster en Literatura Venezolana. Profesor Asociado de la UNELLEZ. Fue coordinador de Investigación de la UNELLEZ-San Carlos. Comenzó a publicar en 1992. Articulista de prensa. Co-organizador del Concurso Nacional de Cuentos y Relatos Misterios y Fantasmas Clásicos de la Llanura “Ramón Villegas Izquiel” (1998-2002). Editor de textos universitarios. Este cuaderno es tomado de su manuscrito: Escenas Narratoriales de Lagunitas. Ahora te llamarás septiembre:  trabajo literario inédito,  en el que re-crea  las voces de destacados cacheros de su tierra natal. Ecos de velorios, cantinas, bodegas y esquinas que resuenan, desde siglos atrás, en los parajes del glorioso municipio Ricaurte.

Textos tomados del libro: 100 CACHOS: ANTOLOGÍA DE LA NARRATIVA  FANTÁSTICA ORAL DE COJEDES (Compilación, Prólogo-Estudio, selección  y notas de Isaías Medina López; 2013) Publicado por la  UNELLEZ-VIPI, en San Carlos, Cojedes, Venezuela. 

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