lunes, 29 de abril de 2013

Cuaderno de cuentos embusteriaos de José Daniel Suárez Hermoso

Imagen de pueblos llaneros (archivo del IACEB)

“Buenas noches, voy a contarles tres cuentos embusteritos, caracoliaos uno tras otro, de esos que son puros del Llano adentro y que me pasaron a mí, ajá ¿cómo les parece?”


JORGE NOCHE
 Lo primero que me preocupa es que ustedes no conozcan a Jorge Noche, de aquí mismo, de El Baúl. Me preocupa porque hay gente que le tiene miedo a Jorge Noche, pero está equivocaos. Yo sí me sé el cuento completo.  La cosa es esta: estaba un pobre hombre que lo iba  arrastrando el río Cojedes, porque se había puesto a sacá su carro de aquel caudal de agua tan grande,  yo veo aquel problemón y me meto a ayudarlo, pues, …porque el llanero es del tamaño del compromiso que se le presenta… cuando otros hombres y yo, que éramos como diez,  estábamos vencidos con tanto esfuerzo, se apareció de la nada Jorge Noche y nos dice:  -Bueno, chico, dejen quieto a ese hombre que está sacando ese carro de ahí. Luego nos dice que le demos  una botella de aguardiente y una caja de chimó pa´ él saca el carro. Yo le digo: -Bueno chico, yo tengo aquí una caja  ´e chimo, métase una  pella. Llegó y se metió de un solo golpe la caja de chimó, agarró la botella de aguardiente, se la echó un palo: Ahhhhhh; dijo. Apartó a la otra gente que estaba tratando de sacar al señor y al carro, le puso el mecate al carro y  lo fue jalando poco a poco, pero con fuerza, hasta que sacó al hombre con to´ y carro, después hasta sacudió el mecate ¡Qué vaina tan impresionante! Bueno y desde ese día a Jorge Noche todo el mundo lo quiso allá en El Baúl, por esa hazaña tan maravillosa, sacá a ese hombre con to´ y carro de ese río tan crecido, y entonces empezaron: Jorge Noche, sálveme este bongo que me lo está llevando el río; Jorge Noche, sáqueme estos mautes del agua, que no los podemos dominá;  y Jorge Noche pa´ aquí y Jorge Noche pa´ acá. La vaina grande no fue esa, lo cumbre fue cuando se murió Jorge Noche;   se fue la luz en el pueblo y hubo un tronío tan grande como cuando Dios lanzó pa´ la tierra de El Baúl, nada más y nada menos que al Diablo. Cantaron, esa vez, todos los pájaros de la llanura, cantó todo y todos nos llenamos de miedo, y lo enterraron allí en el cementerio, pero yo para allá no voy.


EL CAIMÁN
Fíjense bien,  mientras unos iban pa´ el entierro de Jorge Noche yo llego a la casa y me dice la mujer: -Mijo,  los muchachitos están enfermos; llenos de fiebre;  mijo, ¿qué va a hacé usted, los va dejá morí aquí, y a mengua? Mijo,  vamos,  haga algo. Ahí salgo yo…porque el llanero es del tamaño del compromiso que se le presenta… ¿verdad?, ustedes son valientes también ¿verdad?, yo también soy valiente, pero eso sí, yo no soy embustero, entonces llego yo y agarro mi linterna y carajo voy caminando aguantaito, porque el río de El Baúl estaba muy feo, de un solo mar de agua, por cierto que ese río lo brazeaba yo de aquí pa´ allá y venía con caribe y tó, los caribes mismos me ayudaban a salí y depués se venían conmigo, la gente tenía que apartarse cuando venía yo caminando con ese poco ´e caribe por la calle. Bueno, pero regresando al cuento, agarro yo la linterna y le voy dando cuchariao,  eso es así: con el brazo en alto de arriba a bajo,   y de  derecha a izquierda  no fuera a salí un muerto ¡Ni quiera Dios!, entonces saqué del morral una lamparita y la prendo, y de esta manera con el brazo derecho cuchareaba con la linterna y con el izquierdo sostenía la lamparita prendía,  cuando  veo que en el agua habia millares de ojitos centelleando como los cocuyos, pero en el agua, mil quinientos caimanes. “Cónchale vale”. Y digo yo ¡Virgen Santísima!,  y me persigno, ¡caramba!, entonces llego yo y me digo…porque el llanero es del tamaño del compromiso que se le presenta… ajá porque ustedes también son llaneros ¿verdad?, ustedes tienen miedo;  no, ¿verdad?,  ah bueno,  y eran las doce  ´e  la noche, casi pa´ la una, carajo,  ah hora peligrosa esa, la una, a esa hora a uno le puede pasá cualquier vaina.  “Virgen Santísima, ¿qué se será lo que me espera después de  la una?”. Mire,  porque a esa hora a uno le puede pasá una tragedia y digo yo: “¿cómo me le meto a esos caimanes?”, porque estaban así: pegaitos unos con otros, esperando, mil quinientos caimanes con el piquito parao pa´ arriba,  y me voy yo balseaíto y cuando puede empecé a caminar arriba de los caimanes de piquito en piquito, pero caminando con cuidao,  porque temía que un caimán de esos, que yo ya había pisao, reaccionara  y me mordiera una nalga, ajá y de repente, en una de esas piruetas, trastabillo como un piazo ´e loco y zuaz:  me voy a una vaina así como el infierno; era que me había caído en la boca de un caimán de cincuenta metros,  que se los conté yo al ir cayendo hasta la barriga de ese bicho. Al recuperarme del golpe y de la impresión, toco una vaina suavecita y el bicho me remontó pa´ arriba otra vez “¡Ay, Virgen Santísima¡ ahora si es verdad que  me quedé aquí,  mis muchachitos se van a morir”. Bueno y empiezo en aquella oscuridad   a tantear, así de a poco, toco por aquí y había una vaina suavecita, toco por allá y  se abrió una puerta, en esa oscuridad me meto,  porque si había una puerta debe haber una salida, toco aquí arriba y se prendió un bombillo, ahí veo clarito que en esa otra sala,  que también estaba en  la barriga del caimán, había un chinchorro,  bueno, yo lo toqué,  no vaya a ser que la vaina fuese una vaina falsa,  porque un caimán, como tiene muchas mañas puede hacer muchas trampas, entonces, me acosté en el chinchorro y me dije “ah, pero uno se puede mecé aquí” y me mecí “tran tan, tran tan” y me pegaba un airecito un airecito fresco. Bueno chico, en medio de eso me acordé de mis muchachos, me bajé del chinchorro  y busco las maneras de salir, cuando empiezo a caminar veo que hay un resplandor  hacia una pared y digo: “¿qué vaina es esta?”;  era una cocina con un caldero gigantesco llevando candela y quemando aceite, pero aceite del bueno, haciendo  “plof, plof,  plof”  y digo “¡Ah no, vale!, ¿dónde estoy yo, Virgen Santísima? Estoy en el fin del mundo”. En eso siento el estruendo de algo que viene “fuiii, fuiii, fuiii” dando vueltas  con brisa y todo y pasa por un lao;  era un bagre de diez kilos sazonadito y demás, hasta olía a pimienta  y cayó derechito en el caldero “suáz, suáz”; “Ay”  dije yo. Empiezo a dale vueltas, lo acomodé como pude y me lo  empecé a comer, sabroso el pescao, claro y el que diga que no es sabroso está traicionando   la  patria: ese no es llanero. Bueno y después  que comí bastante me recosté, pá pensaá bien qué es lo que voy hacer y así pasé siete días comiendo pescao, durmiendo y pensando qué era lo que iba hacer, yo sabía los días que pasaban porque subía por una escalerita  bien arriba del chinchorro y veía por un ojito que está en el techo cuando caía la noche y cuando salía el sol. Bueno chico, después de eso, que era ya demasiado la cosa, me entró una ansiedad. El caimán como que  adivinó el martirio en que me tenía, porque los caimanes también sienten; ellos igual tienen hijos,  así como uno y yo creo que hasta comen chimó,  porque yo comía chimó en la barriga del caimán y sentía que ese bicho estaba muerto ´e risa, claro se estaba alimentando. Bueno chico, de pronto siento una vaina estreciéndose. Yo creo que tanto chimó le pegó al caimán un dolor de estómago, al ratico ese animal comienza a moverse y de pronto el caimán me lanza,  pero me  lanza duro que iba yo dando vueltas, así como revolutiao, pues, dando vueltas y veo que caigo en medio de la llanura

EL DIABLO
 “Virgen Santísima y ¿dónde carajo estoy ahora? Lo que falta es que venga un animal y me coma también, pero de pedacito a pedacito”. Cuando estoy pensando eso, veo que viene un carrizo grande, de veinte metros pa´ arriba vestiito ´e blanco en el medio de la llanura, ¡cónchale!,  yo había conocido gente que median como dos metros y medio, pero ya de veinte metros la cosa estaba bastante sospechosa,  eso sí, yo no le tenía miedo, porque yo no le tengo miedo a nadie y entonces me le fui acercando y diciéndole: -Padre, padre, padre;  pero el carajo no volteaba: -Padre, soy tu hijo. Mira chico, por fin que  me le acerqué a ese hombre vestío ´e blanco y  le toco el deito que le salía de la alpargata, en eso hace una brisa grande: “bururúm”,  que me  estremece. Al recobrar el sentido veo que al lado está un pollito,  ahí me dije “Ah, este pollito debe saber dónde queda la  salida” y entonces me quito el sombrero, se lo lanzo al pollito y lo tapo,  pero me doy cuenta que el pollito tapao se transforma en una culebra de dos kilómetros;  sí,  una mapanare de dos kilómetros y entonces me le barajusté de un lado para el otro, así como el Gabán Mañoso, pero yo no le tenía miedo… porque el llanero es del tamaño del compromiso que se le presenta… y cuando la culebra  se abalanza para la derecha  muevo las patas y caigo en la cabeza y yo le decía; Mire, pollito;  está dominao,  está gobernao,  usted me saca de esta vaina, porque usted no va a podé conmigo. De repente,  la culebra como que no le gustó y empieza a moverse como un caballo corcóvelo:  saltando y saltando conmigo encima y me empujó  alto, alto, muy alto que llegué a las nubes, ¡mire!,  cuando llego a las nubes lo que me quedó fue agarrá el sombrero de paracaídas y me vengo poquito a poco, con mi sombrero y le volví a caer encima a la culebra, agarré con la misma el Cristo que cargo amarrao en este collar, juáz,  le puse el Cristo en la pata ´e la nuca,  ahí cayó el bicho tranquilito y me decía: -Ahhhhhhhh, ahhhhhhhh. Entonces con ese ahhhhhhhh también se acercó el caimán y empieza con la culebra a darse golpes con el cuerpo “pan, pan, pan”, allí salió un  vahío y me quedé dormío. Cuando desperté no estaba ni el caimán ni la culebra  y todavía los estoy buscando pa´ que me mantengan y mire que no los estoy embusteriando. Les voy a decí una cosa:  con esta misma ñema que nos dejó Jorge Noche comimos durante veinticinco años, y si ustedes les tienen miedo al Diablo aquí les voy a dejar esta cajita de chimó,  eso sí, cada pella es  con sietes días de por medio,  pero siempre a la misma hora y el mismo minuto y agarran  una velita y sus macundales  y se van como estoy me yendo yo,  así pa´ la llanura,  por yo me voy a ver dónde está ese señor pa´ que me explique cómo fue que él se puso así: grande – grande,  porque yo también quiero ser grande, ajá 



LA BOLA DE FUEGO. EL RETO
 Ajá, se estaban yendo ¿verdad?  No señor, falta la ñapa. Bueno, estaba yo conversando esta misma historia con Juan Navarro, que ese es un viejo muy grande, el compositor de “Tardes cojedeñas” ¡Casi nada! Cuando nos interrumpe un señor, y nos dice: -Pero, ¿qué cosa, no? Caramba, yo le respondo: -No, maestro, oiga bien esta:   
Venía Juanito Navarro de sacá una buena pila de pescaos de por los lados de Río Verde y Tiznados, para no seguir pescando en el río de El Baúl, que lo tenía azotao y allá los pescadores por poquito no se arruinan. En eso, debe ser por la gran carga de peces que había sacado y por lo viejo de la camioneta que tenía, siente que el motor empieza a desmayarse y las luces daban puros parpadeos. Un caucho que venía fallo de aire como que también estaba mortadela. No voy a llegar, se dijo. ¡Qué vaina! Bueno, se para a la orilla de la carretera, abre el capote de la camioneta y con la linternita, que también estaba fallando, vio que la batería echaba un humito bien hediondo. Muerta ´e metra. ¿Cómo haré para llegar? Nada que daba por la llave y no se atrevía a empujarla. En eso repara que al lado de la cava de los pescaos estaba una cavita  que alumbraba sola. ¡Madre!. Se decide y abre la cavita. Ajá, coja pues. Era un bendito temblador como de dos cuartas y un jeme, bien tapao con hielo. Agarra la cavita y se la vacía a la batería de la camioneta, como para que se enfriara, a ver que otra cosa más podía inventar.  Entonces ve que el condenao temblador comenzó a moverse, primero como recuperando la vida, después con ganas bastantes, peló los ojos el animalito y Juan Navarro se echó pa´ tras haciéndose cruces, aquello parecían dos tizones, después abrió la boca que era más bien como un soplete, cuando el bicho empieza a mover la cola con un ventilador, detalla enseguida que los borbollones de ácido que la batería  botaba se aplacaron, sequita quedó. Las luces se apagaron, pero, de golpe comenzaron a funcionar fino. Derechitas y grandes, bien buena la cosa. Ahí mismo bajó la capota de la camioneta y dejó atrapado al temblador adentro. Con la Virgen adelante, se monta en la camioneta y apenas le metió la llave: Brum,  encendió fina también. No juegue. Voy a darle aunque sea con el caucho fallo. No ¡Qué va! toditos los cauchos estaban calidad. Se viene el hombre y aquel carro con esa fuerza. Cambiaba y suavecito la caja. Bueno en unas tres horas debo estar llegando a la casa. No, qué va,  en menos de media hora ya estaba llegando al puesto de la Guardia. El Sargento le dice: -Maestro, menos mal que llegó a salvo, porque por esta misma carretera por donde usted viene, hace un ratico, se veía un resplandor bien grande, como cuando sale La Bola  ´e Fuego, mejor es que se quede, que esa bicha no perdona, pero eso es a nadie.                  

LA BOLA DE FUEGO. LA PORFÍA
 El viejo me dice, usted cree que yo me voy a  tragar ese anzuelo, no le voy a decir mucho porque nombró a Juan Navarro, aquí presente, pero si le voy a referir esto: Yo no soy de El Amparo, pero sí de muy cerca y me he vuelto un baquiano de esos terrenos. Eso es porque yo tengo cincuenta años pescando por esa zona, ¿cómo le parece? No es que son dos días. Cuando era yo era muchacho descubrí un paso, con pescao que juega garrote, facilito, un anzuelo, un poquito ´e paciencia con una buena luz y en todos esos años nadie más lo ha descubierto, ¡diga algo, pues! Cincuenta años. La mula que tengo es la otra que se sabe ese secreto. Una noche, pues, me voy yo con mi mula, para donde queda mi pozo secreto, a pescar unas veinte guabinas que acostumbro yo pa´   desayuná. Me pongo a lanzá anzuelo y nada, qué raro, bueno. Al rato, reparo bien y no se veía nada anormal, eso sí; no había ni un solo grillito cantando, apenas la luz de la luna pero el cielo se estaba encapotando. Prendó un cabo ´e  vela en una piedra bien grande y que parece más bien un altar, cerquita amarré la mula pá que no se espantara,  busco mi arpón y me decido a meterme a lo adentro del pozo, como a cuatro metros de hondo. Saco la primera guabina y como estaba el agua bien fría le pedía los santos que me dieran bríos y sigo, cuando calculé que estaba bueno ya, porque es que tampoco aguantaba  aquella frialdá, decido salirme. De golpe  siento que viene una brisa muy grande desde el pajonal. De las primeras tumbó la vela y en la oscurana se me espanta la mula. Qué se le va hacer. Cojo ánimos para irme a la orilla  y empiezo a nadar, mientras voy nadando siento primero una claridad, luego un calorcito sabroso, después una fuerza como que estaba jalando la ropa. Ave María. Cerré los ojos y cuando los abro era La Bola de Fuego que estaba  allí como flotando entre la piedra y yo. Mire eso y no le voy a exagerá es grande de verdad, como un camión, la caparazón es redondita, con llamarones azules, rojos, amarillos y blancos, yo creo que se la luz al kilómetro de distancia. Entre guapo y hambriao,  me le voy agazapaito pa´  ve si me podía llevarme los pescaos y pegá el carrerón. Ahí sí fue, patrón. La Bola de Fuego, pa´ mí que me leyó la mente. Y me iba pa´  un lao y ella también. Yo buscaba alzarme y ella hacía igualito. Ahí se me puso que si hacía como los zorros, me quedaba quieto haciéndome el rendido y después pacán le caía a la sarta de guabinas me las podía llevar y dejá lejos ese espanto. Así fue. Me hice el muerto, barajusté de golpe y agarro la sarta ´e guabinas y cuando creo que pego el brinco para perderme de to´aquello, siento que estoy flotando, Nada más y nada menos que dentro de La Bola de Fuego,  ¡diga algo, pues! Adentro pero yo no sé cómo sin quemarme ni un pelito ni sacale el frío a los pescaos. La bicha se levanta conmigo adentro y las guabinas como si nada. Me  paseó suavecito por toda esa orilla. ¡Bicho! Ahí es cuando. Me llevó en peso hasta el pozo, como a tres metros de alto. Ahí tuve como una hora levantao y sin atreverme a nada. Cierro los ojos sin soltá las guabinas. Empiezo a rezá todo lo que sé y lo que podía inventá. Siento que me estoy desmayando. Cansao ya, pues, de tanta pesca brega y tanto susto. Cuando espabilo, La Bola de Fuego se había ido y estaba ya cerquita de la casa. Llegué reparé bien;  todo estaba en su puesto, hasta la mula estaba allí. Cociné la sarta, desayuné y me vine pa´ a ver a quien  podía echarle esa historia, que es verdaíta, no vaya a creer que no.  

Estos relatos son del registro de José Daniel Suárez Hermoso. Nace en San Carlos, en 1958. Es uno de los autores más prolíficos jamás nacidos en Cojedes, con más de 26 libros publicados: poemarios, obras de teatro, ensayos, antologías poéticas, compilaciones de teatro escolar, historia literaria venezolana y poesía cojedeña, que han sidopremiados en importantes certámenes literarios. Es Licenciado en Artes y cursa estudios de Maestría en Literatura Venezolana. La muestra que presentamos pertenece a sus apuntes de actuación, o cuaderno del actor,  y fueron cedidos en préstamo para esta edición el 6 de enero de 2009.

Textos tomados del libro: 100 CACHOS: ANTOLOGÍA DE LA NARRATIVA FANTÁSTICA ORAL DE COJEDES (Compilación, Prólogo-Estudio, selección  y notas de Isaías Medina López; 2013) Publicado por la  UNELLEZ-VIPI, en San Carlos, Cojedes, Venezuela. Edición de la Coordinación de Postgrado  y la Coordinación de Investigación 

2 comentarios:

Maria Gabriela Leon Hernandez dijo...

Jajajajajaja Un poquito embustero nada mas!!!!!! Me he divertido leyendo estas historias enlazadas de puros embustes y exageraciones. Con tu permiso las voy a compartir en mi página de facebook. https://www.facebook.com/Maria.Gabriela.Leon.H
Amar la poesía es amar la vida. Saludos.

María Fernanda Paz dijo...

Excelente selección de cuentos,llenos del color de nuestra región, nuestra cultura y nuestro sentimiento. Me gustó mucho en especial El Diablo, por su lenguaje coloquial, con el cual como parlante de español rioplatense y escritora en proceso de aprendizaje perenne me identifico plenamente, tanto como con su mensaje.

¡Gracias por difundirlo, Isaías!

Un saludo cordial desde Buenos Aires, como siempre.