viernes, 9 de agosto de 2013

EL GALLO PELÓN (cuento completo de Lucila Palacios)

Solamente los más sabios conocen la verdad de esta historia 
(Imagen de Manuel Abrizo en archivo de Argenis Agüero)



La casa blanca. El patio grande, grande… La tierra negra cargada de semillitas que caen de los árboles verdes. Y la gallina jabada con sus cinco pollitos.
 Las comadres del corral, otras gallinas gordas, blancas, negras, amarillas, cuchichean…
Ya salieron los nuevos polluelos del cascarón.
Y sacuden las alas, muy contentas, porque va aumentando la prole y dentro de poco el corral será un gallinero. La señora mamá de los pollitos recién nacidos pasea con ellos, muy oronda, por el patio.
Se mete en los rincones, picotea en los jirones de tela de araña que caen de las paredes y sumerge el pico en agua clara que hay en la pila, bajo la mata de naranjas…
Pío, pío, pío…Corren los polluelos mayorcitos para ver a los más pequeños. Estos tienen un plumaje amarillo, muy suave, como de seda, el pico rojo, las patas tiernas un poco vacilantes…
Al mediodía, la gallina madre se acurrucaba junto con sus hijos a la sombra de la mata de naranjas. De allí conversaba con la gallina blanca que daba calor a sus huevos dentro del nidal.
Gallina blanca, estoy muy contenta. Ya mis pollitos están creciendo. Sus alas aumentan en fuerza y tamaño, se les fortalecen las patitas y dentro de poco se valdrán por sí mismos…
Gallina jabada ­­­­–contestaba la otra­­­­–, me parece que tendrás unos hijos hermosos, pero…
Este “pero” alarmó a la gallina jabada. Ella sabía que la “blanca” era su mejor amiga del corral. De las otras podía esperar malas intenciones. En cambio, todo cuanto decía su compañera color de nieve, era sincero.
Chica, ¿qué has notado? ¡Dímelo! ­­­­–y la pobre mamá temblaba, muy nerviosa.
¿No te has fijado? Uno de tus polluelos está peladito. Parece que no le crecen las plumas. 
Ya la jabada lo había observado, pero no se atrevía a creerlo. Una vez en el gallinero hubo un gallo pelón y nadie lo quería. Si su hijito crecía así, llegaría a ser el escarnio del corral. Y la pobre gallina se horrorizaba al pensarlo.
Y tal cual sucedió, como para castigo de la familia de la gallina jabada, orgullosa de ser en el vecindario la más fecunda en carnes y plumaje.
Y para colmo, el gallito pelón era travieso. Se atrevía a pasar por encima del cercado y llegar hasta la cocina para devorar las sobras de la cena. Se trepaba en la mata de naranjas desde temprano y en vez de dormir como los otros permanecía con los ojos abiertos, mirando la luna blanca, blanca…
Iban naciendo, luego crecían todos los polluelos y cada cual era más hermoso, más rico en plumas que los anteriores. De manera que se establecían comparaciones, y el gallito pelón, feo, feísimo, era ­­­­–como lo había sospechado su madre­­­­– el escarnio del corral de buena casa.
Siempre estaba solo al lado del abundante plumaje materno. Y la gallina jabada lo reprendía.
Ya que era el más feo de los demás polluelos, ¿por qué no tratas de disimularlo? Haces todo lo contrario de lo que debes hacer. Corres el primero cuando llega la comida, pías como ninguno, aleteas con más fuerza que tus hermanos y dentro de poco pretenderás cantar más alto que tu mismo padre…
Y el gallo la escucha y frunce el entrecejo. ¡Vaya! Si los demás polluelos imitaran su voz, se sentiría orgulloso; pero el que este “pelón” pretenda remedar el clarín de su canto le produce una desazón profunda… ¡Aunque se trate de su propio hijo!
Gallito Pelón estaba cohibido. Mas, a pesar de todo, no podía modificar su personalidad. No podía dejar de hacer precisamente lo que censuraba la gente del gallinero.
¡Oh, si veía que dos pollos querían pelear, se sumaba al más débil para ayudarlo! Una vez, una de las comadres de su mamá le quiso pegar a una pollita por un motivo trivial, y él salió a defensa de la jovenzuela. Y es quien se come los bachacos que se meten en los nidales para evitar que piquen a los recién nacidos, es quien se los come, a pesar de que se le suben por las piernas y le destrozan el pecho desnudo de plumas.
Trata de ser útil, pero nadie lo toma en cuenta. En todo el patio se oye decir lo mismo…
– ¡Qué gallito tan feo! ¡Nos avergüenza!
Él también se siente avergonzado. Se ha visto en el agua de la pila, clarita como un espejo… Y el cristal del agua le ha dicho la verdad.
Una tarde hubo una alarma en el corral… El gallito pelón, que ahora no quería mostrarse, y que se escondía en su fealdad en un rincón del patio, salió de su escondite. Una sombra negra, negra, se proyectaba en el suelo, hurtaba su claridad al sol, y los polluelos y las gallinas corrían despavoridos con las alas abiertas, sin hallar qué hacer… El gallo padre hinchaba su garganta, esponjaba las alas, y hacía un ensayo de sus espuelas en el aire para huir después…
Gallito Pelón alzó la cabeza hacia la sombra negra y comprendió el espanto de sus compañeros. No había visto nunca a los gavilanes, pero por las alas agudas y el pico feroz conoció a su enemigo… El gavilán estaba quieto, muy quieto en el centro del cielo, venía descendiendo sobre el patio y a cada minuto era más grande la sombra de su cuerpo al lado de la sombra del naranjo.
Dentro de poco lo cubriría todo… El corral, de espanto y de dolor… El naranjo,  de quejidos y plumas cuando intentara arrastrar una víctima hacia arriba, hacia arriba…
La gallina jabada quería esconder a todos sus polluelos con las alas que no alcanzaban… Y hasta llamó a Gallito Pelón, pero él no fue…
Con la cabeza baja, inmóvil junto al tronco del naranjo, meditaba. ¡Oh, esos plumajes de todos colores, tan bellos esponjosos y finos, dentro de poco iban a caer destrozados por el pico voraz del gavilán hambriento… Pobres polluelos, tan ufanos de su hermosura, y expuestos  como él, un mísero gallo pelón, a ser víctimas de la voracidad del ave de rapiña!
La gallina gimoteaba.–¡Mis polluelos, mis polluelos bonitos!
El pelón empezó a ascender por el tronco. Arriba estaba la rama frondosa donde subía de noche bajo la luna clara para mirar los jardines cercanos, el agua de la pila con las estrellas en el fondo, y más adentro aún, más adentro, en el fondo del redondel de piedra, la sombra del naranjo como pedazo de la noche misma que hubiera caído en el agua…
La jabada cacareaba con los ojos abiertos de espanto
–Gallito pelón, gallito pelón, ¿qué haces?
El naranjo tenía las flores abiertas, los azahares blancos que perfumaban el patio. Había un mazo frondoso, con muchos cálices temblorosos, un mazo que parecía un nido… En él se acurrucó el gallito.
Hasta la rama del naranjo llegaba el grito de la gallina…– ¡Gallito pelón! Gallito…
El cerró los ojos. Acababa de ver el cielo azul, más cerca que cuando estaba al pie del tronco… Le pareció lindo, lindo como nunca… ¡Qué lástima, si no tuviera la sombra aquella!
Esa sombra que se viene acercando, acercando, con el pico torvo, las alas negras horribles, los ojos de fuego y el pecho sediento de sangre…–Pío, pío, pío…
La gritería está abajo, el miedo, el egoísmo de los bellos, que no quieren caer en las guerras del gavilán… Pero arriba, arriba, en la copa del naranjo está el gallo feo, el gallo pelón, el primero en todas las iniciativas, hasta ésta de inmolarse por salvar el gallinero… ­­­­–Pío, pío, pío…
De arriba viene el silencio; de abajo, la gritería… Nadie comprende, nadie sabe… Por fin, la gallina jabada, que al fin y al cabo es la madre del gallo pelón, hinchaba su garganta para gritar
–Mi gallito pelón era un héroe… Mi gallito pelón. ¡El héroe del patio!
Miraba las plumas, las plumas que no sirven sino de adorno. Entonces sólo pudo comprender el corazón de su gallito, cuando ya no había remedio, cuando ya estaba muerto…
Las blancas, las negras, las amarillas, todas las gallinas del patio lo dijeron a gritos al vecindario. Y de corral en corral se oía. ­­­­– ¡Gallito Pelón!
No se supo lo que pensaron los polluelos del plumaje hermoso, no se supo… Pero ya no los peinaban con tanto esmero…
A los ojos de la multitud gallinácea, mucho más bello era el recuerdo del gallito pelón, allá, en la copa del naranjo, con su cuerpo sin plumas, bajo el cielo azul, junto con el mazo de azahares, en las garras del gavilán…

Nota: Transcripción realizada por Sasha Moncada

6 comentarios:

IRichard Polio dijo...

Muy bonito el relato, ademas muy interesante enseñanza aunque pobrecito el héroe, el pollito pelón, me divertí, Gracias...

Maria Gabriela Leon Hernandez dijo...

Desconocía este relato, es hermoso. Recuerdo que mi papá(que podía ser mi abuelo) siempre hacia un juego de palabras y nos preguntaba que si conocíamos el cuento del gallo pelón. Ante nuestra respuesta, ya fuere negativa o afirmativa, volvía a hacer la misma pregunta. Con tu blog he descubierto muchas historias y leyendas. Por eso te sigo y te seguiré leyendo. He entrado a un mundo fantástico, el mundo del folclore venezolano, el folclore de mi país, al que amo y extraño muchisiiiiiiiiiimo. Un abrazo Isaías.

Sandra Bar dijo...

Una historia muy bonita y educativa. Todos deberíamos aprender que el aspecto físico no importa, sino nuestro carácter y lo que tenemos en nuestro corazón. Me puse muy triste por el pobre pollito pelón, fue un verdadero héroe y un símbolo de valentía y buen ejemplo para los humanos también.
Le agradezco por hacernos conocer estas lindas historias. Saludos cordiales.

Soledad Suarez dijo...

Hermosa, hermosa historia. Una encantadora y triste lección de vida, Relatada con mucha ternura, casi desde la inocencia. Gracias!!! Un abrazo amigo =)

Alfmega marin dijo...

Muy linda historia preciosa de leer, que como siempre nos deja su enseñanza de vida. Gracias

Lilian dijo...

tenia a#os buscando este cuento que solía leer cuando peque#a...