lunes, 20 de octubre de 2014

Leyendas indígenas (muestra cuatro)


El guerrero es una de las imágenes más sólida de los pueblos originarios 


Joven de la etnia pemón

Jóvenes de la ETAI Pemón Samarayi


Dos cuentos pemones 


LAS ESTACIONES DEL AÑO 
Hace de esto muchísimo tiempo. Entonces, El Sol era un indio. Y por aquel tiempo los indios padecían por la falta de aliño y no tenían sal.
Entonces, el Sol envió a sus sobrinos y a su hermana, que se llamaba Aná, a buscar sal. Por tal razón se fueron hacia la región de los Cariaba.
Y el Sol se fue también hacia aquellas tierras para alumbrarlos mientras cogían sal. Pero sus sobrinos se cargaron de sal en demasía y no se volvió a saber de ellos.
Y entonces, la madre de ellos los lloraba por muertos. Pero el Sol le dijo a su hermana: “Ellos no están muertos”. Y dejó de calentar por allá y vino el frío y ellos se levantaron y se vinieron acá trayendo sal.
Después, el Sol envió a sus sobrinos a buscar escopetas, anzuelos, telas y demás hacia Ikén. Y el Sol también se fue hacia aquellas tierras.
Y la gente de aquellas tierras, cuando vieron al Sol, levantaban las cosas que fabricaban y le decían: “Chon, aquí tienes tu tela, tu escopeta, tus anzuelos”…
El Sol, después, se fue  hacia la tierra de los Nopuerikok, que fabricaban el casabe en gran cantidad. Y entonces, estos indios sacaban sobre sus casas el casabe y le decían: “Chon, aquí tienes tus tortas de casabe”.
Y después de esto, el Sol estaba siempre de pie sobre los indios.
Entonces, los  indios no tenían ni sebucanes. Prensaban la yuca en cortezas del árbol Tué. Y el Sol alumbró a los indios para que tejieran sus manares y toda clase de cestería.
De esta manera, anduvo el Sol viajando de una parte a otra.
Pero la culpa de que el Sol se estropeara la tuvo una mujer, que dijo: “Estando con ganas de dormir, siempre este dichoso Sol está alumbrándolo todo”. Entonces, el Sol se marchó, aunque volvió. Y entonces así sigue: viene y luego se marcha para que no le digan como aquella mujer.
Ahora, los indios decimos que por un tiempo, el Sol viaja hacia los campos de río Branco y entonces el Sol come mucha sal y cuajada y leche de vaca. Y durante ese tiempo el Sol tiene la cara limpia y el cielo está clarito y no hay nubes y no llueve y no hay tormentas.
Pero después el Sol sube hacia Ikén y entonces él pasa la noche con los indios Injarikok y se la pasa emborrachándose y bailando. Y entonces él se pone bravo y hay lluvias para que haya mucha yuca para la bebida, y hay rayos y truenos.
Cuando es el propio tiempo del Sol, las cigarras y otras varias parecidas, que son las novias del Sol, se la pasan cantándole.
Pero, cuando es el tiempo propio del aguacero y del Sol bravo, pasan hacia allá, hacia Ikén, las mariposas de varias clases, que son amigos del aguacero, a bailar allá.
Esto decimos ahora los indios.


LEYENDA DE LOS MAKUNAIMA 
Hace mucho tiempo, el Sol era un indio que se dedicaba a desbrozar montañas y quemarlas para sembrar ocumo. Él sólo comía ocumo; su cara era brillante.
Un día fue a beber agua y a bañarse en un riachuelo después del trabajo.; al acercarse, sintió en un pozo como el remolino de una persona que se sumerge. Y quedó pensando qué sería aquella.
Otro día volvió con más sigilo al pozo de agua y vio a una mujer pequeña, pero de una cabellera larguísima, que le llegaba a los pies. Estaba bañándose y jugando y batiendo el agua con sus cabellos.
Pero ella se dio cuenta de que venía el Sol aún logró asirla por la cabellera. ”A mí no, a mí no”, gritó aquel ser, que se llama Tuenkarón. Y dijo más: “Yo te enviaré una mujer para que sea tu compañera y esposa”. Y entonces el Sol soltó su cabellera y dejo irse a Tuenkarón.
Al otro día, estando el Sol limpiando el conuco y juntando los árboles para pegarle fuego, vio una mujer blanca, que le enviaba Tuenkarón.
“¿Ya limpiaste el conuco?”, le preguntó la mujer. El Sol le contestó: “Aún no; apenas he limpiado más este pedacito que ves y juntando estos pocos montones”.
Después dijo el Sol a la mujer:” Saca esos ocumos, que yo asé, del rescoldo, para comer”. Sacólos de las brasas la mujer y le dijo al Sol: “Aquí están”. Y comieron. 
Después, dijo el Sol a la mujer: “Pega fuego a los montones, que yo junté”. Y la mujer pegó fuego a los montones con un palo rajado y conchas secas.
Cuando terminó de pegar fuego, la mujer dijo: “ya está”; volvió a decirle el sol: “Ahora vete a buscar agua”. La mujer se fue a la quebrada con su camaza, se agachó para recoger el agua. Mientras la estaba cogiendo y llenando la camaza, se le ablandaron las puntas de las manos (los dedos), y después los brazos y todo el cuerpo.  Y así quedó aplastada  como un montoncito de arcilla. Porque aquella mujer estaba hecha de tierra blanca.
En vista de que la mujer no volvía, el Sol se fue a buscarla. Y cuando llegó a la quebrada, encontró el pozo con el agua de color terroso: era la mujer que se había deshecho enturbiando el agua.
Entonces el Sol, disgustado, dijo: “Eso es lo que me manda Tuenkarón: una mujer que no sirve ni para coger agua”. Después se subió más arriba a beber agua no turbia. Y, como ya estaba atardeciendo, se fue a dormir a su casa.
Cuando amaneció y fue otro día, el Sol volvió a su conuco a trabajar en la limpieza.
Mientras trabajaba, al mediodía, cuando ya iba a comer. Tuenkarón le mandó otra mujer, negra como la gente de esta raza.
La mujer le preguntó al Sol: ”¿Ya limpiaste el conuco?” “Si y no”, respondió el Sol, “Apenas he limpiado ese poquito que tú ves”. Después le dijo también: “Ve a buscarme agua para beber, para que comamos juntos”.
La mujer se fue a la quebrada, trajo el agua y comieron juntos el ocumo. Después de comer, el Sol se pegó de nuevo al trabajo y le dijo a la mujer: “Mientras yo sigo amontonando, tú pegas fuego a los montones ya hechos”.
La mujer cogió un palo rajado para ir a pegar fuego. Se arrodilló frente a unas brasas, sopló para levantar llama, pero el fuego le calentó la cara y de ahí se fue derritiendo por los brazos y por todo el cuerpo; y así quedó aplastada como un montón  de cera silvestre. Porque aquella mujer estaba hecha con cera.
El Sol se volteó repetidas veces para ver el fuego que iba prendiendo; pero como no veía humear ningún montón, se fue a ver qué pasaba con la mujer. E iba diciendo: “Pues si le dije que fuera pagando fuego a los montones”. Pero, ¡Qué sorpresa! Al acercarse, encontró a la mujer derretida y convertida en un montón de cera.
Entonces el Sol se fue a la quebrada y dijo: "Hay que ver qué mala y mentirosa es Tuenkarón. Pues bien: ahora yo voy a secar esta quebrada, yo voy a secar toda el agua”.
Pero Tuenkarón sin dejarse ver, le contestó: ”No, no: no hagas eso; espera que yo te voy a mandar una mujer”.
Pero aquel día no se le sentó al Sol la semilla del vientre (no se le sosegó el corazón). Aquella noche se acostó bravo.
Pero al otro día, cuando hubo amanecido, el Sol se fue, según su costumbre a trabajar en su conuco; estando inclinado sobre su trabajo, se le presentó otra mujer de color rojizo (de laja), con una olla en su mano.
La mujer, poniéndose delante, le preguntó: “¿Ya limpiaste el conuco?” Pero el Sol no le contestó, cómo si no oyera, escamado con los engaños pasados.
“¿Por qué no me contestas?”, volvió a preguntarle la mujer. El Sol le contestó: “Porque todas sois embusteras; todas os aplastáis y os derretís”. “Si es así”, replicó la mujer, “Me regreso a Tuenkarón”.
Pero el Sol le dijo: “Bueno, espera que yo te pruebe”. Y entonces le mando pegar fuego, y no se derritió. Y le mando a traer agua; y la trajo y, al cogerla, no se ablandó. Después le mandó cocinar ocumo en la olla; y el Sol vio como la colocaba sobre unas piedras y cómo hacía el fuego. El Sol observó con cuidado todas sus costumbres y habilidades.
Cuando comenzaba a atardecer, la mujer dijo al Sol: “Yo vine para regresar”. “Bueno, -le contestó el Sol- hazme la comida para ver que regreses”. Y después que la hizo, la mujer le dijo al Sol: “Ea, me voy; me voy para regresar mañana temprano”. El Sol le dijo también: “Sí, vente bien de mañana”.
Al otro día, el Sol se fue más temprano que de costumbre al trabajo. La mujer vino también muy temprano. El Sol volvió a probar otra vez a la mujer. Le mandó a traer agua, le mandó hacer fuego, le mandó cocer la comida. Y, viendo que ni se ablandaba, ni se derretía, ni se rajaba, le cayó en agrado y le llenó los ojos (las aspiraciones o deseos).
Al caer la tarde, fueron a bañarse juntos a la quebrada; y entonces el Sol vio muy bien que la mujer era rojiza, como los pedazos de piedra del fuego que suele haber en el lecho de los  ríos. No era blanca ni tampoco negra.
El Sol le dijo entonces a la mujer: “Vámonos a mi casa”. Pero la mujer le dijo: “No se lo dije a Tuenkarón”. “¿Eso qué tiene que ver?”, le replicó el Sol. Pero la mujer le contestó: “Eso no lo puedo hacer de ninguna manera”. “Entonces”, dijo el Sol, “Vente bien temprano a prepararme la comida”. “Está bien”, le dijo ella, “Y también le diré a Tuenkarón para quedarme contigo”.
Y efectivamente, al otro día, la mujer vino muy temprano, le hizo comida cocida, le asó ocumo, arrancó yuca, le ralló e hizo casabe. Aquel día se quedó a dormir con el Sol y desde aquel día vivieron siempre juntos.
Y tuvieron varios hijos, y esos fueron los Makunaima.
Algunos indios dicen que el nombre de la madre de ellos era Aromadepuén. Y que los nombres de los hijos fueron los siguientes: Meriwarek, el primogénito; luego, Chiwadapuén, hembra; Arawadapuén, segunda hija, y Arukadarí, el más pequeño, que muchas veces se llamaba Chiké. 

Nota: Textos transcritos de Leyendas Indígenas Venezolanas de Carmela Bentivenga de Napolitano, publicado por Editorial Biosfera (Caracas, 2007)