martes, 28 de marzo de 2017

Sombras que viajan por el río (cuento premiado de Eduardo Mariño)

Mucho de lo que no quieres ver está en la sombra (imagen en el archivo de Juan Zerpa)

Obra galardonada en el Concurso Nacional de Cuentos Misterios y Fantasmas Clásicos de la Llanura “Ramón Villegas Izquiel” (UNELLEZ –San Carlos, Cojedes)



Vengo para conduciros a la otra orilla donde reinan las eternas tinieblas...” 
Dante, Infierno, III

A María Quiroz

Hacía rato que había escampado. El río sonaba como una recua de ganado escapando de los jinetes del infierno. La quinta noche de mayo, carajo... la luna se llevó los bagres y se trajo guindado este invierno que parece no acabarse nunca.
Yo estaba recostado en la puerta del bar de Pedro, Brisas del Río, y ahorita que lo pienso, no creo que esa noche hubiese brisa del río, si no más bien un silbido mojado que bajaba del cerro y se le pegaba a la gente en el cuerpo, como una camisa emparamada del sudor del miedo. Estaba ahí recostado del quicio, igual que todas las noches, mascando chimó y viendo pasar a la gente. Recordando.
El llegó como a las ocho de la noche. Era evidente que venía de San Carlos. La gente de San Carlos sólo viene a El Baúl por dos cosas: a beber o a preguntar pendejadas que ya casi nadie recuerda. Mayormente sólo pueden preguntármelas a mí, a este viejo hediondo. Pero deben interesarles mucho esos cuentos de antes, porque aceptan tranquilos mi olor y ocasionalmente me regalan una cajeta, o me brindan unos palos de cocuy, que sin embargo, nunca me quitan este temblor, este escalofrío.
Dije que llegó o que más bien lo trajo el agua, porque venía emparamado y azulito del frío. Se echó un palo y los ojos se le aguaron como a un carajito. Cuando la gente le pierde la costumbre, o nunca la ha tenido, el cocuy los regaña y los patea. A mí, ya el aguardiente no me sabe a nada. Tan sólo el chimó me amarga la lengua un rato, y me hunde en ese velar apendejeado que es el recuerdo. Le preguntó a Pedro por mí. Este se le quedó viendo y me lo mandó para acá, apuntando con el tuco de dedo que le dejó el caribe hace no sé cuantos años. Hablaba apuradito, como si yo me fuera a ir de aquí o si la lluvia lo regresaría pa´i mismo de donde vino. Cuando lo agarré por el brazo tembló como una mujer, y luego se quedó quietico mientras lo llevaba para la mesa.
Cuando se quitó los lentes le vi unos ojos oscuros y asustados. Seguro que una barba como esta debe asustar a cualquiera. Me preguntó si era posible limpiar una montaña y amontonar leña como para un mes en una sola noche, que si era verdad que habían “familiares” rondando en estas calles, en noches como estas. Todo esto lo iba diciendo poco a poco, soltando el cuento como si quisiera echarlo el mismo. Me le quedé callado un rato, esperando a ver que hacía después de hablar. Clarito se le veía el miedo en los ojos. Pero no era que me tenía miedo a mí, sino a mis respuestas. Como si no quisiera que esos cuentos fuesen verdad. Cuando vio que me empujé el palo que me había traído y le iba a contestar, se echó para atrás y se recostó, buscando seguridad en la silleta.
Mire amigo -le dije- aquí se oyen muchos cuentos de esos. A mi me parece que a usted le contaron fue de Jorge Noche. Si va donde Pedro y le dice que me le de una caja de Tarazona y esa botella de aguardiente que tiene en la repisa, yo le puedo conversar un rato de Jorge Noche, porque nadie más que yo le puede echar el cuento por aquí. Vaya pues pa´ que hablemos. Cuando vino, me carraspee la garganta, me eché un trago para enjuagarme la lengua y le empecé, con esta misma voz ronca y agotada, a hablarle de Jorge Noche. De esa sombra que camina de cuando en cuando por estas calles y a quien todos alguna vez le han tenido miedo.
Le dije que para pelar una montaña sólo hacía falta una noche si el brazo estaba bueno y el machete bien amolado. Le conté del cerro que le mandaron a limpiar y que amaneció peladito al día siguiente, con toditica la leña amontonada en una orilla. Que los familiares no rondan calles sino las almas de quienes los llaman a estas noches. Le conté de los desaparecidos en el río y en otros lugares que no es conveniente nombrar ahora. De cómo su negra canoa remontaba el río nada más de mandarla como a una bestia; “pa´lante, vamos pa´lante”. Le repetí, casi susurando, las terribles palabras que Jorge Noche pronunció en la cruz de la pica que queda al otro lado del río, más allá de la carama que dejó el invierno cuando el río bajó por la calle del medio, y que mucha gente todavía dice que se escuchan cuando el río anda arreblestao y han enterrado a alguien en el cementerio del cerro. Nombré las personas que le habían visto bajarse un día de la canoa, en medio del río, y salir sequito pa´ la orilla, como si viniera caminando por una trocha en el agua. Me afincaba en las palabras para ver como le temblaba el ojo, porque afuera, estaba volviendo a desbarrancarse el palo de agua, y los centellazos se reflejaban en la botella y en sus lentes. Le dije que no era bueno preguntar demasiado sobre esas cosas, y mucho menos escribirlas para que otros las conocieran. En eso guardó el cuadernito y se me quedó viendo, como esculcándome los ojos.
¿Y está muerto Don? Fue lo que me preguntó. Yo le dije que las sombras nunca se mueren del todo pues hasta en plena resolana, queda una rendijita de oscuro por donde se cuelan de la otra orilla, a recordarle a uno que también somos sombras, fantasmas perdidos en estas sabanas que en el verano son ardientes peladeros y en el invierno, oscuros pozos de muerte, negras lagunas donde hierven luces misteriosas.
Escuche -lo miré a los ojos- cuando dijeron que se había muerto ese hombre, yo fui el primero en llegar a su casa. Ahí lo que había era una urna en medio de la sala, trancada con clavos, como en los tiempos de antes, no como ahora que eso más bien parece un escaparate de señorita. Me quedé ahí esperando, esperando a que llegara la gente a ver si en verdad Jorge Noche era difunto. Cuando llegó Petra a rezarle, acompañada de un bojote de viejas y curiosos -hasta los borrachitos de los botiquines vinieron- yo me aparté pa´un rincón y me puse a mirar. Ahí no lloró nadie m´ijo, eso era un silencio muy hondo. Luego vino el Jefe Civil a ver lo del muerto, y a preguntar pues, y pidió que abrieran la urna para ver si en verdad ahí había un muerto. Pedro, sí, ese mismito que está ahí, le dijo “cuñao, pero espere que terminen el rezo, mire que eso es malo...” pero nada, ese hombre abrió esa caja con un pedazo de cabilla y ahí fue que vino lo feo mire, ahí salió un mariposero negro, de esas que tienen un como ojito así en el ala. Toda la sala se llenó de esas bichas, que aleteaban y apagaban las velas. Se formó un desbarajuste y ese viejero corriendo y persignándose. Y cuando se medio espantaron las mariposas y se pudieron asomar a la urna, ja!, ahí lo que había era un esqueleto pelaíto, como de muchos años, pero en la boca, en la encía le relumbraba el diente de oro que según y que Jorge Noche le había arrancado con los dedos, a un hombre en San Fernando de Apure. Ahí mismo yo me fui de esa casa, me vine para acá y me recosté del quicio de la puerta del bar, como ahorita que usted llegó.
Cuando terminé de echarle el cuento, ese hombre estaba pálido. Se paró y me dijo, acompáñeme para la puerta. Me preguntó ¿Quién es usted amigo? ¿Por qué usted sabe esas cosas? ¿Cómo sabe todo eso y lo cuenta de esa manera que mete tanto miedo? Yo le dije, eso no importa ahora, váyase ahorita que está escampando antes que lo agarre otra vez el aguacero, mire que ya es muy tarde y no es bueno que ande por ahí a estas horas.
Y me salí, me fui buscando la orilla del río, caminando pasitico a poco. Cuando me di cuenta venía atrás mío corriendo. Me jaló por le hombro y me dijo: “Usted tiene que decirme quién es, a eso fue que vine”.

En eso voltié y le contesté, gritando porque estaba lloviendo y el río sonaba como si estuviese arrastrando al infierno con él: “ya le dije que no era bueno preguntar demasiado sobre esas cosas”. Y lo miré directo a los ojos, y le vi el miedo brillándole como esas luces de la sabana. Entonces me di cuenta que aunque me le fuese iba a seguir buscándome siempre. Véngase conmigo –le dije- y lo agarré por un brazo, y lo jalé hasta la orilla y le señalé un reflejo que venía subiendo el barrial furioso que era el río, remontando esa corriente. Con el centellazo se vio clarita la canoa negra de Jorge Noche, que venía subiendo sola, que venía mansita buscando su nuevo dueño.

Eduardo Mariño (San Carlos, Cojedes 1972). Ha publicado el libro de relatos Del diario de un Cautivo (1995); el experimento narrativo Por si los Dioses mueren (1996); el libro de cuentos Cacería (2000); y La vida profana de Evaristo Jiménez (2002); obra ganadora en el prestigioso premio de poesía “Fernando Paz Castillo” del año 2002.


*Texto publicado en “El Llano en Voces; Antología de la Narrativa Fantasmal Cojedeña  y de otras latitudes”. Compilación de Isaías Medina López y Duglas Moreno (San Carlos: UNELLEZ. 2007)

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