domingo, 15 de julio de 2012

AMOR DIGITAL (José Gregorio Salcedo)

(Imagen en el archivo de Zulay Jiménez)

Uno sabe cuando llegan esos días, por cierto, los llamamos “DIAS BONITOS”. Te levantas, consigues tus zapatos, o sea, si la noche anterior, por accidente, los botaste, se ven allá en el lado inalcanzable, bajo de la cama, aún así, tus medias están allí, tus zapatos también. Vas al baño y todo está limpiecito, miras al espejo, te pasas la mano y el peinado te nace con naturalidad, hay crema dental, hay de todo. Sales a la calle, y omites todas las cosas aburridas que de repente ibas a realizar, llegas a la entidad bancaria, seguramente te habrán depositado el dinero que te debían, saludas a alguien que conoces, volteas saludando a otra persona y te saluda, precisamente, la que no estabas saludando, incluso, una tercera persona saludó pero no la viste. Luego te disculpas por no haber devuelto el saludo, y luego fue el gesto de una mujer que no sé de dónde salió, la que convirtió esa mañana en uno de esos días en los que uno termina diciendo: “este día  va a ser bonito “. Le dije que fuéramos a tomarnos un café, aceptó.
No encontramos café, pero cuando íbamos en la tercera cerveza, vomitó, y se marchó. Lo hizo de forma precipitada, muy rápida, hacia su casa, llegué a anotar su teléfono, anteriormente había demostrado mucho interés por mi conversación, así que decidí que al día siguiente la iba a llamar. No aguanté y en la noche llamé a su número de celular, me contestó una persona de voz grave, notablemente molesto, confundido guardé silencio, el hombre siguió insultando y maldiciendo al amante anónimo del otro lado de la bocina que supuestamente era yo. Retaba vulgarmente que revelara mi nombre, con sonidos extraños de animal mal herido; insistía, no le encontré sentido y corté la comunicación. Por supuesto, mi número de celular quedó registrado en el suyo, pasó quince días seguidos llamando para insultarme.
Otras veces ponía un señuelo, una voz de mujer muy sensual, ésta me invitaba a un lugar público para seducirme. A ver si caía. Llegó a desesperarme tanto que decidí a aceptar una de esas invitaciones. Era un lugar al cual concurría muchísima gente a divertirse, los mesoneros corrían como en patines, era una gran barra llena borrachos y de mujeres complacientes.
Cargaba mi celular en mano, observé que se encendió la pantalla, había una llamada. En ese momento, la revisé para ver si era el mismo número del fanfarrón celoso tendiéndome una trampa en ese local. La idea de él, era que al contestar mi teléfono en varias ocasiones, aquel anormal me precisaba y descubría quien era yo. Había mucha gente loca. Tampoco yo sabía quién era él, con la música tan alto él no podría averiguar de quién era el celular al que estaba llamando. Me hacía el distraído para no levanta sospecha de cualquiera que pasara a mi lado. Incluso lo metí en mi bolsillo. De repente sentí una mano en mi hombro derecho, y entonces me doy vuelta lentamente para no demostrar nerviosismo, era un hombrecito con el
rostro muy parecido al inspector de la Pantera Rosa. Hacía una señal pidiéndome un cigarrillo, se quedó viéndome directamente a los ojos, no perdí la serenidad y moviendo mi cabeza entendió que no fumaba y que sólo me gustaba la cerveza. Siguió mirándome, como cinco segundos diría, se volteó y se alejó. Como a cinco puestos más adelante, volvió a hacer la misa operación, entendí que estaba peinando la zona para ver si pescaba algo o sea... a mí.
Ahora sabía quien era él. Menos mal, pensé. Mi teléfono móvil, toda esa noche continúa sonando, nadie escuchaba por el ruido, pero el mecanismo vibrador hacía que yo lo sintiera. Era demasiado insistente, obsesivo, como todos los hombres celosos que tienen como esposa una mujer tan exuberante como esa. Imagino que me estaba cazando, esperaba que me equivocase. Sin percatarme saqué el celular del bolsillo de mi pantalón y lo coloqué en el de mi camisa, era de un gris muy claro, ese que llaman en los catálogos de pintura “gris comercial", de tela muy delgada y fresca. Estando en el bolsillo, ocurrió lo peor, vino la mala suerte, hubo una falla eléctrica, y aunque todos los borrachos gritaron con unísono bochinche, la única pantalla de celular encendido en toda esa enorme barra circular, era la del mío.
Desesperado casi me arranque el bolsillo para tapar la llamativa luz, a la vez hubo una especie de silencio, combinado con el ruido de sillas cayéndose, alguien se acercaba, apartando violentamente a personas, parecía muy enojado, por los insultos que lanzaba. Me imaginaba que era él. Estaba muy oscuro. El hombrecito venía acercándose, ya había apagado mi celular, por supuesto, me levanté de la silla, caminé unos metros, sentí que algo se movió, también por la gracia de Dios, muchos celulares se encendieron en ese instante. Deduje, por los golpes que se escuchaban, el maltrato que recibiría la desafortunada persona que tuviese un celular encendido en sus manos, o en su bolsillo. Me fui alejando para no presenciar tan salvaje pelea, al fin y al cabo no sería mi pelea, iba a ser la de aquel troglodita que nunca iba a lograr entender como son las mujeres. Y parece mentira, todo comenzó cuando saludé a esa mujer en la cola de un banco. Me fui apartando lentamente de aquellos salvajes sin causa, estando en la calle, subí a un taxi para irme a dormir. Bajé el vidrio de la ventanilla e intenté botar el maldito celular, éste tenía toda la culpa del problema, pero no lo hice y lo guardé otra vez en mi bolsillo. Ya en mi casa, robándole el último silencio a la noche y cuando estaba a punto de vencer el insomnio solitario de cada día, siento que el celular comienza a vibrar haciendo sonar las llaves que posaban sobre una especie de mesita de noche situada al lado de mi cama. Lo agarro con cierta rabia y desconfianza, creándome el dilema de contestar o no, sin embargo, a pesar que era tan avanzada la noche, contesté la llamada.
Se escuchaba una música a lo lejos, y al mirar un reloj antiguo de esos que tienen manecillas, supe que pasaron como quince segundos sin que nadie hablara, luego sentí una respiración un tanto agitada y una voz débil que apenas logró decirme: “¿Te fuiste en un taxi, cierto?...Ahora yo también sé cómo eres…”

Texto tomado de la Revista Memoralia Nº 4. (UNELLEZ-SAN CARLOS) Año 2007. JOSÉ GREGORIO SALCEDO. Cursó estudios en la UNELLEZ, donde co-fundó el Centro de Expresión Literaria (CUEL), y en la Universidad de Carabobo. Está vinculado al reconocido grupo literario "Nuevo Tramo”. Sus cuentos han sido publicados en el compendio “Pasos Dactilares” (1991) re-editado por el Ministerio de la Cultura (Caracas, 2006). Actualmente es Coordinador de Cultura de la UNELLEZ-SAN CARLOS.


7 comentarios:

Norelis Morillo dijo...

Muy interesante al principio pensé que se trataba de amor, pero está muy bueno, increíble pero cierto como son las cosa y hasta donde llegan los celos.

Estudiante de Educación Mención Biología Norelis Morillo

Norelis Morillo dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
melio adames dijo...

Es cierto que existe el amor a primera vista pero aveces hay quedarce un tiempo para conocer a esa persona y evitar problemas y disgusto.

Melio adames

Tinaquillo

oswaldo dijo...

Los celos, ha dado muchos malos resultados,a cualquiera chica le pedimos el numero ,pero no sabemos nada de ella,y si nos corresponde no medimos las consecuencias,si es casada.

Oswaldo Delgado,Química.

Conchita hernandez dijo...

eres muy bueno escribiendo, me ha gustado.

Sandra Bar dijo...

Los celos de este nivel nunca hacen bien. Si no tienes confianza en tu pareja o es porque sabes que no puedes tenerla, por lo tanto que no te quiere, o que estas enfermo y necesitas ayuda.
Me ha gustado el cuento!
Saludos.

Martin Rafael Gonçalves Cunha Gularte dijo...

Muy buen relato, estimado.