lunes, 17 de octubre de 2011

Desde Portuguesa y con miedo


Imagen en el el archivo de Consuelo Ruiz




NOCHE DE ESPANTO
(Erika Schwab)

La noche caía rápida sobre la sabana. Noche especial, noche de mayo, noche de la Cruz. Las estrellas aparecían lentamente y la Cruz en el cielo indicaba la dirección al joven jinete que había salido desde Guanarito temprano para el Hato Ánimas Ribereñas.

Tres días había estado ausente Segundo, pero hoy tenía que regresar. Ana lo esperaba para la fiesta que iba a formar esa noche. Velorio de la Cruz, la promesa sagrada de cada año para una buena cosecha y prosperidad. Noche de rezos, pero también de alegrías y bailes después de las doce y noches de espantos porque nadie sabía quién andaba por la sabana.

Sentía hambre Segundo, pero pronto llegaría, allá le debía esperar alguna buena comida guardada por La Negra, la cocinera del Hato. Cocinaba tan bien y más hoy, con tantos invitados, debía haber de todo.

Pero aparte de la comida le esperaba otra cosa. Con ternura pensó el hombre en la joven que lo esperaba. ¡Ana! La mujer que él amaba. Ya era hora de pensar en el matrimonio, si todo salía bien este año se casaban.

La noche era calurosa y serena, el cielo despejado y picado de infinidad de estrellas. El hombre absorbido en sus pensamientos había disminuido el paso del caballo, tanto que este se paró de pronto y levantó la cabeza. Sus orejas se pararon, se movían con cautela y con un brusco movimiento levantó de pronto las patas delanteras, dejando oír un relincho asustado.

Segundo, tomó las riendas de su caballo que había saltado distraídamente para controlarlo de nuevo y dio una rápida ojeada a su alrededor. No veía nada extraño. ¿Sería el ruido de algún animal que había asustado al caballo? Últimamente habían hablado mucho de un tigre que rondaba por la calceta.

Decidió apurarse más. No era bueno estar solo en la sabana de noche. Menos en una noche de mayo, comienzo de la estación de lluvia, cuando con la lluvia salían los espantos de la lluvia.

Se acordó de lo que había contado su Taita, de cómo había conocido el miedo, cuando siendo un niño se había encontrado con El Silbón, camino a Mata Larga. Rozó con los talones los costados de su caballo, cuando éste se paró de nuevo y relinchó con angustia.

Otra vez miró Segundo a su alrededor sin ver nada extraño. A un lado de él se extendía una palma por donde aparecía lentamente la luna y en ese momento le pareció ver la sombra de un caballo y de un jinete salir entre las palmas.

Al joven se le congeló la sangre. ¡Ave María Purísima! Susurraba mientras se persignaba. – Es El Jinete de Ánimas Ribereñas. Tengo que escapar, que no me alcance. Apuró el paso de su caballo, golpeándolo suavemente el cuello y hablándole con ánimo. – Vamos mi rey, adelante mi bravo.

Escuchaba los cascos de su caballo debajo de él y con espanto le parecía escuchar a otro caballo siguiéndolo por la sabana.

- Agarra el toro, allá va el toro – oía a un hombre gritar tras él.

- Es él, es él, gritaba Segundo, haciendo sonar su látigo para apurar más a su caballo. El animal parecía entender todo o el miedo se había apoderado de él, de tal forma que corría en una carrera como nunca antes en su vida.

- Anda, corre, dale, apuraba Segundo al animal, mientras sentía como tras de él se acercaba la terrible voz gritando: Allá va el toro, allá va el toro.

Era el terrible jinete de la sabana de Ánimas Ribereñas. Cuántas veces había Segundo escuchado hablar de él y ahora lo estaba persiguiendo. El miedo le subía por el cuerpo, sentía como un frío aire le corría la espalda, la cabeza le parecía estallar y con furia le daba espuelas a su caballo. Seguían los gritos detrás de él.

- Viene el toro, agarra el toro.

Con un rápido movimiento volteaba la cabeza hacía atrás, viendo como la sombra del jinete se agitaba en el horizonte y se acercaba cada vez más.

Al fin se levantaba enfrente de él las sombras de las casas del hato, se escuchaba música y voces que cantaban y con desespero brincó la talanquera para escapar de este temible espanto que gritaba a sus espaldas.

Su caballo se paró en seco en medio de la gente del patio y Segundo, quien se había aferrado a la crin, resbalaba al suelo medio muerto. Alguien le pasaba un trago de una botella y el hombre tomaba lentamente recostado contra un tronco.

- ¿Qué pasó?, - ¿Qué pasó? Las preguntas caían encima de él. Y con miedo en los ojos respondió el joven: Me persiguió el Jinete Negro. Desde Las Cruces me venía persiguiendo y casi, casi no logro escapar de él.

También Ana se había acercado y arrodillado junto a él. -Ave María Purísima – gritó de pronto señalando a su cabeza.

Ahora todos lo vieron, el joven que había salido hace tres días para Guanarito con una abundante cabellera negra, tenía ahora el pelo totalmente blanco.

Una noche de miedo y espanto lo habían marcado para siempre. El Jinete de Animas Ribereñas cabalgaba todavía en mayo por la llanura.


Nota 1. Erika Schwab: Seudónimo de Anna Erika Romaniuk, reside en Guanarito, estado Portuguesa. Historiadora, poeta y cuentista cuya obra le ha valido su inclusión en diversas antologías nacionales y regionales. El siguiente texto logró la Mención de Honor en el I  Concurso Nacional de Cuentos y Relatos: Misterios y Fantasmas Clásicos de la Llanura "Ramón Villegas Izquiel", organizado por la UNELLEZ-San Carlos (1998).  

Nota 2: El presente texto fue publicado en: El Llano en voces. Antología de la narrativa fantasmal cojedeña y de otras soledades, editado por la Universidad Nacional Experimental de Los Llanos Occidentales "Ezequiel Zamora" (San Carlos, 2007), bajo la compilación de Isaías Medina López y Duglas Moreno.












































1 comentario:

Afri Sofia Luna Peraza dijo...

Leyenda algo interesante,nos hace conocer lo que tiene nuestra llanura,reforzando la creencias de los venezolanos sin duda alguna es exelente.
Afri Luna.
Pìritu-Portuguesa.