miércoles, 30 de enero de 2013

SOMBRAS DE AMOR Y DOLOR. Job Jurado (narrativa breve venezolana)


Luces y sombras:  destino y designio de la vida

A las noches de insomnio,
cerca y lejos de Ella, aferrado en dar muerte
a los fantasmas del amor, el sexo y otras mentiras
que envidiosos nos separan, dedico.

LA NIÑA DE LAS ROSAS

TOMÉ DE LA CINTURA la quinta botella de cerveza. Su espuma me insinuaba que algo bueno iba a pasar aquella noche.
Miraba distraído la libreta donde apuntaba mis recuerdos, que serían el punto final de mi última novela, mis setenta años a cuesta me enseñaron que la soledad, como la que me ofrecía el Bar la Escalera, era el sitio indicado para producir mis trabajos. Sentí por vez primera el corazón desprendiendo sangre, torrencialmente, por mis venas y fui pasando hojas y más hojas con la fluidez que otorga la sensación de llevar de la mano un buen tema.
El cantinero conocía poco de mi vida pues, jamás tuve un tema de conversación digno para compartir con él; pero sí lo suficiente como para saber que tan pronto quedaba el poso en la botella, llegaba presuroso con su paño y un nuevo servicio sin interrumpir la tríada perfecta entre la pluma, el papel y yo.
El final de mi historia había llegado, clandestino, a mi mente, como minucioso delatador de mis fantasmas vaciaba sin vacilar sus secretos en las hojas de la libreta.
Me encontraba en ese momento a punto de llegar a la línea final de mi historia, cuando una mano tocó mi hombro vulnerando mi soledad. Estuve presto a voltear para recriminarle al cantinero su desafuero y al girar mi cuerpo vi a una niña que primorosa me decía con su voz blanda que le comprara una rosa.
—Para que se la lleve a su amada— me dijo.
No pude ocultar una carcajada vil que involuntariamente salió de mis pulmones, como queriendo matarla. Me avergoncé
al ver su mirada perdida y su cuerpo marchito por el hambre, saqué mi billetera y acordamos para mí un justo precio.
La niña, coqueta, agradeció mi gesto, y se retiró grabando en mi mente la ilusión ajena de nunca haber tenido nietos.
El final estaba cerca y de nuevo retomé el tema leyendo el párrafo anterior, pero la mirada furiosa se alejaba del papel para ver la flor cuyo tallo introduje en la botella. Me quedé contemplando la rosa que en ese instante parecía querer hablarme,
o quizás que la llevara en mi solapa hasta mi casa, o que le tocara sus pétalos con ternura.
Vi en ella la pureza que santigua, los años que la adornan, el color que viste y la desnudez en la tristeza de saber tenerla como amante hasta que muera.
A mi lado llegó la señora de mis sueños vestida de azabache.
Ni una sola palabra pronunció en aquel instante, giré mi vista en toda dirección, buscando el consuelo en los ausentes y la esperanza de la llegada del cantinero a mi mesa.
La dama giró dos veces y la vi perderse hasta la salida del bar. Sacudí mi melena, estrujé con fuerzas mis ojos, libé con ansias la cebada y retomé mi trabajo de escribir la última escena.
La brisa de la calle rompió el silencio para abrir la puerta que quedó de par en par frente a mi mesa. Y en la acera del frente estaba sentada la niña de las rosas y a su lado la mujer de bata negra. 

LUTO EN EL VIÑEDO
EL RUIDO DEL TUBO DE ESCAPE aumentó la adrenalina de Mónica y la mía. El velocímetro marcaba más de ciento sesenta kilómetros por hora, y hasta ese momento todo era perfecto. Nos iríamos lejos del suburbio donde vivíamos, para evitar todo comentario impropio por parte de la gente de mi pueblo.
Con mis treinta y cinco años a cuesta y ella con sus dieciséis, éramos presa fácil del ataque de la gente de nuestro pueblo que jamás entendería que el amor es simplemente un mal necesario. El plan era perfecto para que ella me entregara su virginal inocencia, y yo a cambio le regalara mi promesa de casarme con ella.
Mónica se aferraba cada vez más a mi cintura. Por mi parte, empuñaba más el acelerador de la Yamaha que rugía con fuerza a lo largo de la carretera.
Cerramos los ojos y la motocicleta se convirtió en un caballo alado que danzaba en vuelo acrobático por los cielos. Le dije que observara la libertad y ella me respondió que tenía miedo, bajamos la vista y vimos lo grande de los sembradíos
de cerezos que tenía nuestro pueblo.
Luego pasamos sobrevolando el viñedo de donde extraíamos en Navidades las uvas más dulces, y más adelante tocamos con los pies descalzos los trigales del que obteníamos a diario nuestro pan.
Al fin llegamos y nos posamos en la nube escogida para consumar los sueños. Lentamente la nube se fue abriendo, sentimos nuestros cuerpos abismados, bañados de un calor que casi calcinaba. Había llegado la hora tan ansiada, nuestras pieles se juntaron y se perdió en la nube un grito virginal pidiendo auxilio.
Con piedad me pedía que sacara sus huesos rasgados y partidos debajo del camión, mientras yo, sudoroso, buscaba afanosamente retirar de mi pecho el manubrio que candente se apagaba en la ruedas de la máquina.
Los viñedos se secaron, los cerezos jamás retoñaron y el oro del trigo, en luto despertaba recordando su muerte y mi cambio vespertino. De mi cuerpo, vestido de negro, sólo queda el recuerdo de su amor entre mis venas y en el pantalón que ahora llevo, la ausencia de mis dos piernas.

CHICA NÚMERO 41 ANUNCIA SALIDA
AQUELLA MAÑANA, Amanda se demoró más de lo previsto dentro de la sala de baño del hotel. Me tumbé en la cama, para ver en el televisor el noticiero matutino que anunciaban una decena de asesinatos ocurridos en la capital en tan sólo un fin de semana.
Era una costumbre envenenarse la mente con aquellos excesos pornográficos. Me aferré al control del televisor buscando la esperanza de encontrar un canal de deportes y paré el cursor en un canal de variedades, al ver en la pantalla, chicas en bikini que mostraban una clase de gimnasia. Me detuve, porque al fin y al cabo se trataba de deportes.
La moderadora del programa mostraba una figura de revista.
Su imagen de princesa despertada a simple vista una pasión indescriptible.
La imaginé tirada en mi cama con sus movimientos oscilatorios aplicando un ungüento destinado farmacéuticamente para reducir los pliegues que se agregan al costado del abdomen.
Y uno, y dos… y uno y dos…! Imposible ocultar la satisfacción de aquella hembra que coreográficamente mostraba sus virtudes cognoscitivas en el arte de producir la sensación de perder peso a pasos acalorados.
La profesora penetró por mis pupilas abriéndose paso con las piernas ante las persianas de mis ojos; su vestimenta ceñida al cuerpo permitió un mejor desplazamiento hasta que la tuve toda en mis entrañas. Coqueta transitó por mis fosas nasales produciendo una extraña sensación de alergia que me generó simultáneos estornudos.
Luego descendió hasta mis costillas y con sus manos las fue apartando cada una a su tiempo, una por una para internarse, como era su propósito, en mi corazón; luego no dudó en diluirse hasta convertir sus carnes en líquidos que comenzaron a ser atraídos y expulsados a través de las venas. Así se estuvo por bastante tiempo, produciendo erupciones de placer sobre mi piel y el sudor de todo mi cuerpo aferrado a las sábanas que de inmediato se empaparon a pesar del frío de la habitación producido por el aire acondicionado. Ella, tan atrevida se dispuso con acierto a navegar hecha sangre hacia mis intimidades y vi mi esencia masculina ardiendo en la ferocidad de la fuerza de sus propios músculos. —Ha llegado demasiado lejos— pensé. Y tomé con la diestra aquel exceso que emanó desde mis adentros y froté queriendo que su cuerpo saliera expulsado nuevamente.
Al fin, Amanda, salió con una toalla que cubría sólo su cabeza, su cuerpo estaba completamente desnudo, y aún emanaba agua con algo de jabón. Acostumbrada estaba a verme en aquellas acciones, pero igual me sentía sorprendido en el acto y por vez primera ruborizado.
Se echó a mi lado y quitó de su cabeza la única prenda que le cubría.
Difícil era suponer que encontrara en el baño del hotel una tolla tan grande como para cubrir su cuerpo.
Y como mi eterna y fiel amante, una vez más, extrajo con su enorme cuerpo una doncella más de mis impetuosas fantasías amatorias.

LUNA DE MIEL INOLVIDABLE
EL SERMÓN DEL PADRE ANASTASIO SERRADA transcurría sin pena ni gloria. La frente me sudada desmesuradamente, pero nadie podía en ese momento notarlo, porque en primer lugar estaba de espaldas a las butacas de la iglesia y segundo, porque la única persona que tenía frente a mí era Anastasio, y desde que había comenzado la ceremonia, no hacía otra cosa que entornar los ojos cuando no los tenía clavados en el púlpito donde se abría iluminada las páginas de la Sagrada Biblia.
Discretamente giré mi cabeza hacia la derecha, por encima del hombro de mi amor eterno donde se suponía y en efecto estaban todos sus familiares, y vi al costado de la butaca a la señora Rosaura, bien emperifollada mostrando su recién estiramiento facial, al lado de su marido que exhibía una cara mezcla de orgullo y ridiculez, pues traía consigo un traje que había comprado en no sé dónde, de una tela de no sé qué… pero costosísimo.
Comencé a matizar pensamientos en cuanto a lo que resultaría mi vida a partir de ese momento. Se pasearon por mi mente media docena de amantes en mis días de estudiante en el internado militar femenino.
El primero de ellos, Jorge, un cadete que saltó durante varias noches la cerca que dividía el área para damas de la de los hombres. Con él perdí mi honra y mi consideración con el sexo masculino.
Luego vino mi experiencia con el sargento Xavier, lo que generaba celos en el resto de mis compañeras que veían cómo yo iba ascendiendo de novio en novio, es decir, de amante en amante, cada vez de mayor rango.
Más tarde ligué con Marcos, una especie de dulzura, manos suaves que desprendían de mi piel ese calor ajeno que toda mujer desea sentir en todos los momentos de su vida. No el simple acto que a veces se manifiesta brutal, cuando el hombre que te pretende lo hace como un cazador detrás de la presa, montando primeramente una celada que dura a veces una eternidad y en el momento que tienen frente afrente a su víctima, basta con levantar el cañón y de un solo disparo exterminar sus posibilidades de seguir viviendo. No importa que la herida dejada sea leve o mortal, no; lo que le importa es la forma como luego se lo contará al resto de los cazadores, diciendo que fue una lucha cuerpo a cuerpo en donde su presa hizo de las suyas por tratar de zafarse de su eminente muerte. Así la haya dejado sólo herida dirá siempre con orgullo que la mató de un solo tiro y luego tuvo necesariamente que dejarla tirada en medio del bosque entre un montón de hojas marchitas, porque la presa era muy pequeña para lo que él andaba buscando.
No pasó mucho tiempo para enamorarme perdidamente de él, que era totalmente diferente a todos los demás, nuestras salidas los días sábados, las aprovechábamos para internarnos, desde muy temprano, en el Hotel San Lorenzo, en dónde pasábamos horas y horas conversando cosas que más tarde comprendí, sólo las conversan dos amigas que se conocen desde hace bastante tiempo.

NOCHES DE AMOR Y DOLOR
LAS LUCES ESTROBOSCÓPICAS hacían de aquel ambiente algo verdaderamente satánico. Un cortejo de mujeres de vida loca iban y venían al compás de una música extravagante.
Todas eran hermosas; una de ellas, creo, más que todas las demás. Sus rostros dibujaban ciertamente un rubor fingido a la vez que demostraban una capacidad impresionante de sobreactuación.
Llegué directamente a la barra donde me atendió de inmediato un hombrecito de modos afeminados que me preguntó, qué se me ofrecía.
—Una cerveza, por favor— le dije con voz varonil, tratando de enderezar mi boca, para lograr contener la sustancia blanquecina. Además pretendía no dejar ningún tipo de dudas sobre mis preferencias sexuales ante aquel muchachito de ademanes afeminados, pese a la dificultad motriz de toda mi estructura ósea.
El jovencito inmediatamente sacó una botella y vertió su contenido en un vaso en forma de jarra. Dejé escapar una carcajada al oírle decir a un mesonero que un sobrino de éste sufría lo mismo que yo: hemiplejia.
No dejé ni un instante de observar la manera como aquel muchacho servía un trago. Miré con detenimiento sus manos y supe que eran suaves y que sus uñas pintadas eran la decoración de sus dedos.
Sorbí por vez primera e inmediatamente fui abordado por una morena de mediana estatura, pero con postura voluptuosa.
—¡Hola bebé!— Me saludó clavándome los ojos, a lo que respondí con un simple ademán ofreciéndole que se sentara a mi lado. Vencí mi temor a hablar, tomé una cantidad considerable de aire que llevé hasta mis pulmones y le pregunté si quería una cerveza; ella se acercó un poco más para oírme, pues, no había entendido mi pregunta, no me quedó otro recurso que repetir y ella sin ninguna pausa me dijo que la propuesta era aceptada; pero que me costaría una ficha.
Llegamos al hotel con el poco equipaje que cargábamos, subimos al ascensor que nos llevó directamente al penthouse donde pasaríamos los dieciséis días programados para empalagarnos con el néctar de nuestra luna de miel.
Nos sentamos a la orilla de la cama y comenzamos al mismo tiempo a desprendernos de nuestras ropas hasta quedar como habíamos llegado al mundo.
Recordé el rostro del padre Anastasio Serrada, lo mismo que sus palabras finales de la ceremonia —Vayan con Dios.
Desperté exaltada, entonces abracé a Sofía y con el beso más profundo juntamos nuevamente nuestros senos. —No hay problemas— le dije lleno de falsa galantería.
Inmediatamente la joven golpeó dos veces con ambas manos indicándole al barman que le sirviera un trago.
A partir de ese momento había comenzado su tarea, su oficio estaba comenzando a dar frutos y su objetivo terminal, de seguro era llevar a la cama a su cliente, previo justo mercadeo y convenimiento de precio, versus placeres sexuales evidentemente fingidos, pero lascivos. En fin, comenzaba en ese instante para la dama de compañía, poner en práctica toda su experiencia en falsos deseos de seducción.
La jovencita, que aparentaba unos veinte años, vestía una minifalda y fue poco lo que había dejado a mi imaginación. Un minúsculo triángulo formado debajo de un vientre que se conservaba intacto, ya que jamás se había permitido cobijar en él un ser por más de cuatro semanas.
Mis pensamientos lascivos iban tomando nuevas dimensiones y en aquel instante me sentí víctima de sus insinuaciones sexuales. En lo profundo de mi imaginación medité, asociando en las lagunas de mi mente y espíritu, la fascinación de mi cuerpo maltrecho junto al suyo.
Mis manos se encorvaron aún más producto de los nervios, parecían querer meterse en mi pecho para apartar mis costillas como queriendo arrancarme el corazón o quizás ir en busca de mi alma. Ante el estímulo sexual que me proporcionaba la joven se incrementó mi salivación y sentí terror de que involuntariamente se escapara tan sólo una gota de mi boca que quería, en ese instante, juntarse con la suya.
Al poco tiempo me había posesionado de su cintura, la miré directamente a los ojos. Ojos que me suplicaban placer hasta morir. Nos fuimos a la habitación y desabotoné su blusa. Me permití verla ya casi desnuda, sólo sus zapatos de tacón alto, su falda y el sostén, de la misma tonalidad de su pantaleta, conteniendo un par de senos tiernos a punto de explotar.
Volví a abrazarla y en esta ocasión comenzaron a manifestarse consecutivos gemidos, que una vez desprendido totalmente el sujetador, dejaron en libertad un par de palomas que inmediatamente alzaron su vuelo.
La tumbé en la cama y mi lengua incontrolable hizo las veces de manos diestras, acariciando desde el lóbulo de las orejas, pasando por el cuello hasta internarse entre las dos aves que no dejé escapar... Sus pezones comenzaron a hincharse precipitadamente y más aún cuando mi boca comenzó a descender lentamente. La despojé de la falda ceñida al cuerpo y entonces le miré hecha amor y fantasía, con su minúscula prenda geométrica excitante. Lentamente fui corriendo lo único que la vestía a través de sus muslos prestos como dos columnas de mármol.
Me detuve al oír que no sólo gemía más fuerte, sino que también había cerrado la ventana de sus ojos color café... continué corriendo la prenda, atravesé sus rodillas, luego las pantorrillas y finalmente sus tobillos. Mis pulmones se ensancharon como si vieran la luz del sol después de un encierro en la oscuridad. Le había desprendido ya la última prenda.
Nuevamente inicié el juego de caricias bucales hacia ella; pero esta vez de manera ascendente. No tuve reparo en comenzar lamiendo sus pies. Seguían una y otra vez las caricias, lenta... pero lentamente. Desde los pies, hasta el lóbulo de las orejas.
Mis ojos retornaron desde la inconsciencia al filo de la barra.
Cayó mi jarra en el piso, derramando debajo de la barra todo su contenido. Sentí el corazón preso de vergüenza ante la mirada de las chicas ebrias que contemplaban sin clemencia mis manos torpes. Sentí como el sudor corría desenfrenadamente por mi frente, ella dibujó una cara de inconformidad espectacular. Yo, por mi parte, sonreí al juego de miradas pícaras que ella me propiciaba. Me levanté de la silla, en ella se notó una astucia felina al querer retenerme nuevamente sentado quizás para continuar la vaga negociación, el regateo, la pornografía de su postura al sentarse, el contrato despreciable por querer despojarme del poco dinero que traía conmigo, por manejar el arte de limpiar penas producto de mis evidentes frustraciones.
Por mi parte continué de pie, le clavé una mirada como dos puñales, luego llamé al jovencito de la barra. —¡Mesonero...!,  la cuenta, por favor. Nos vamos— Salí con mis pasos torpes, pero seguros. A mi espalda quedó la barra de la cantina con el jovencito que con sus manos me hacía señales de adiós.
En la calle estaba ella aún fiel, esperándome, me miró como preguntándome: qué tal la faena. Supe que estaba pronta la llegada de una nueva convulsión, como pude llevé mi mano hasta la chaqueta y tomé el medicamento de las once. Ella se engrifó al sentir la llegada de un perro que quería cortejarla y lo hizo retroceder hasta verlo perderse en la densidad de la noche.
Tras mis pasos cojos, marchó como mi sombra, escoltándome hasta nuestra casa, meneando sutilmente su cola, dejando colgar su lengua jadeante en el hocico. Agachando su cabeza para evitar la pena de ver mis mejillas transpirando lágrimas por mis noches de dolor en búsqueda de mi muerte en algún lecho de amor.

Nota: JOB JURADO GUEVARA. Es un escritor venezolano nacido en Yaracuy (1972) y residenciado en Portuguesa. Editor- fundador de Urua Editorial, tallerista, fotógrafo, poeta, narrador, animador cultural  y dramaturgo con obra premiada. Cursa estudios de Castellano y Literatura en la UNELLEZ-Guanare. Esta obra tiene el siguiente registro: Fundación Editorial el perro y la rana Sistema Nacional de Imprentas; Red Nacional de Escritores de Venezuela. ISBN: 978-980-14-0470-5. Guanare, estado Portuguesa, Venezuela. 

1 comentario:

Sandra Bar dijo...

Me encantaron todas estas bonitas historias. Muchas gracias por compartirlas. Un cordial saludo.