viernes, 17 de octubre de 2014

Leyendas indígenas (muestra uno)

La dinámica vida de la selva (archivo de Jaime Ocampo Rangel)

La dinámica vida de la selva (archivo de Yanda Sha)




LA MUJER QUE SE CONVIRTIÓ EN  BÁQUIRO (etnia guaica)
Un hombre quiso ir a cazar báquiros y pidió a su mujer que lo acompañase. Pero la mujer estaba en el período de menstruación y no dijo nada a su marido. Ambos se encontraron en la selva con un pequeño rebaño de báquiros. El hombre hizo subir a su esposa a un árbol mientras él se disponía a matar al jabalí. Apenas el cazador se había alejado del sitio, cuando apareció un báquiro al pie del árbol. Este se transformó en hombre y subió al palo para llevarse a la mujer. Cuando regresó el cazador se puso a buscar afanosamente a su esposa, pero no la encontró. Corrió a la ranchería e informó de lo ocurrido a sus compañeros. Estos decidieron seguir las pisadas de la mujer. El jabalí se puso al frente de la comitiva que marchaba en la fila india.
Pronto el grupo se encontró frente a un hombre que se llamó a sí mismo “Basmo” y quien despedía unas llamas de fuego de su vientre. Le preguntaron si no había visto a una mujer  por aquellos contornos. El hombre contestó que  había visto una mujer cuya parte superior se había convertido en  báquiro al querer pasar en cuatro patas por debajo de un tronco caído y que iba  acompañada de muchos hombres y mujeres.
Los Sanemá continuaron la búsqueda y el hombre Basmo les acompañó. Al caer la tarde, colgaron los hombres sus chinchorros unos muy cerca de los otros, porque hacía frío. Uno de ellos, medio dormido todavía, quiso avivar el fuego, soplando con fuerza, pero se equivocó y sopló la candela del Basmo, quien se transformó en una gallineta y salió volando.
Al día siguiente, muy de mañana, los hombres continuaron buscando a la mujer robada. Después de caminar un buen rato, oyeron el ruido de un hacha; alguien cortaba árboles. Era “Polawan,” el tigre que siempre sigue a los báquiros. Estaba cortando leña para asar un báquiro que acababa de matar. Había visto a la mujer transformada casi por  completo  en báquiro; solamente los pies eran todavía de un ser humano. Todos los que acompañaban pertenecían a una gran manada de báquiros.  El Polawan se ofreció a indicar el camino, y muy temprano, al día siguiente, les ayudó a atacar el campamento enemigo. Durante el ataque, el  hombre encontró a su esposa, la reconoció por los pies que no habían perdido todavía la forma humana.
Se acercó a ella, y por detrás, le agarró el labio superior con la mano derecha y con la izquierda el labio inferior, tiró con violencia y la despojó de la piel de báquiro, librándola de esa manera de ese disfraz tan repugnante. La piel se levantó  y salió huyendo hacia la selva. Los Sanemá mataron a los jabalíes, a los hombres, a las mujeres y a los niños. Polawan se despidió y la mujer regreso jubilosa, con los hombres a la ranchería.


EL COCUYO Y LA ZARZAMORA (etnia pemón)
Un gran cocuyo se puso en viaje para ir a casa de unos parientes que vivían en un lugar muy lejano. Y al salir, se hizo el taren o exclamación o invocaciones de los que van a viajar solos, para ir y regresar con felicidad.
En una de sus jornadas llegó a casa de una zarzamora, que vivía en un cerro, y se quedó a pernoctar allí aquella zarzamora por cierto, estaba muy vieja deshojada y encorvada y tenía unos dientes muy feos.
No obstante esto, la zarzamora se empeñó en enamorar al cocuyo. Se mostró muy obsequiosa en la comida y bebida; le colgó con mucho esmero su chinchorro, y lo entretuvo con toda clase de conversaciones hasta muy entrada la noche.
Pero el cocuyo no le hizo caso. Y cuando la zarzamora le habló de casarse con ella, el cocuyo le dijo claramente: “yo no te quiero; no me nace el cariño por ti; tú eres vieja, estas deshojada y encorvada, tú eres muy fea.”
Al amanecer cuando se clarea la tierra, el cocuyo prosiguió su viaje; y pernoctando en varios lugares, por sus jornadas contadas llegó a la casa de sus parientes. Estos lo agasajaron mucho y se alegraron con la noticia de sus parientes y conocidos.
Aquellos parientes del cocuyo le obligaron a permanecer con ellos varias lunas. Pasado este tiempo, el cocuyo emprendió su viaje de regreso. A la vuelta se fue haciendo la misma jornada que a la venida y según había calculado su bastimento.
Por eso, uno de los días llegó al anochecer al mismo cerro donde tenía la zarzamora. Y, ¡Qué sorpresa! La encontró totalmente cambiada. La zarzamora estaba enhiesta, rejuvenecida, se había vestido de hojas nuevas y estaba muy adornada con flores.
Entonces, el cocuyo, sin más, comenzó a decirle: “Estas muy buena moza; yo te quiero.” Pero ahora por su vez la zarzamora no le hizo caso al cocuyo. Y, por más que le decía, ella continuó sin hacerle caso.
En vista de ello el cocuyo le pregunto a la zarzamora: por lo menos dime, cómo te arreglaste para cambiarte así, y ponerte tan buena moza. A esto le contestó la zarzamora: esto no fue por arte mía; unos indios, que andaban cazando por aquí me pegaron fuego y con eso precisamente me recompusieron y me remozaron.
El cocuyo entusiasmado exclamó ¿No me podré yo remozar de la misma manera que tú? La zarzamora le contestó: “Yo no lo sé; si te parece que así puedes remozarte, puedes hacerlo; pero ten mucho cuidado no te vayas a dañar más bien.”
Pero apenas se tiró a la candela y sintió que quemaba, el cocuyo se salió a toda prisa y todo lo que consiguió fue ponerse negro como ahora está, que antes no era negro. Y con esto, avergonzado, se alejó de la zarzamora y prosiguió su viaje hasta su casa.
De ahí les viene a esos cocuyos ese color negro, que ahora tienen. Y de allí proviene que todos sus descendientes quedaron con esa tendencia: que, cuando por la noche ven una candela, allá se tiran. Y también les gusta rondar a las zarzamoras cuando están en flor.


LA PRIMERA TEJEDORA DE LA GUAJIRA (etnia guajira)
“En  una ocasión, un joven guajiro, hijo de un cacique muy rico, se encontró en su camino a una niña sucia y desarrapada. El joven se apiadó tanto de la niña, al verla tan sola y con los vestidos harapientos, que la llevó a su casa para que viviera con su familia.”
“Allí, las hermanas del joven comenzaron a tratarla con desprecio a causa de su origen. El joven que la había encontrado salía todos los días muy  temprano a trabajar y volvía en la noche; lo cual aprovechaban las hermanas para dejar a la niña privada de comida durante el día. Sólo cuando él llegaba, podía comer la niña, ya que el joven compartía con ella sus alimentos.”
“Un  día, al volver a su casa, halló que alguien había tejido para él un lindo chinchorro. Otro día halló una manta para silla de montar; el otro, una faja tejida. Como ninguna de sus hermanas conocía el tejido, además de que todo el día estaban ociosas por no conocer ningún oficio, el joven, excitada su curiosidad, se puso a investigar quién sería el autor de todas las cosas lindas que le habían regalado”
“Una noche, al volver a casa más temprano que de costumbre, halló a una muchacha muy hermosa. Ella se hallaba de espaldas a él; y de su boca brotaban muchos hilos, que utilizaba luego para tejer”
“Durante mucho tiempo la observó maravillado, y sintiéndose atraído por la belleza de la muchacha, se fue hacia ella para abrazarla. Cuando la muchacha notó su presencia, súbitamente se convirtió en la niña que él había conseguido en el camino.”
“Quiero que crezcas de nuevo y que te quedes así para siempre para que yo pueda comprarte y hacerte mi mujer,” le dijo el joven.
“Yo no podría, tus hermanas me detestan porque soy pobre. Yo te he hecho todas estas cosas porque te quiero mucho, pero no podemos casarnos,” le respondió la niña.
“Todas las noches estuvo suplicándole y diciéndole que quería que enseñara a tejer a sus hermanas, que eran flojas, para que así tuvieran un oficio. Al fin, ella accedió a que él la comprara. Y una vez que fue esposa de él, enseño a tejer a sus cuñadas.”
“Esto se fue transmitiendo por toda la Guajira, hasta que, al fin todas las mujeres aprendieron a tejer”. 

LA APARICIÓN DEL MAÍZ (Leyenda de los tunebos)
Cuando ya había tierra, Tunebos y animales, un día salió un tunebo al monte en busca de guáimaros. De pronto, perdió el sentido y, cuando menos lo pensó, se dio cuenta que estaba en un sitio muy distinto y que él no lo conocía.
Siguió caminando y luego comenzó a ver a lo largo, unas muchachas muy bonitas. Veía también una casa, de donde salía mucho humo, y resolvió irse allá. Al llegar,  vio  una tuneba, que cocinaba maíz desgranado; ella le dijo que entrara y se sentara. El tunebo estuvo largo rato sentado y la tuneba no hizo ningún ademán de darle lo que cocinaba y; en vista de ello el tunebo se levantó para irse.
En aquel momento, la tuneba le dijo que no se fuera, que esperara a una hermana suya que quería irse con él. La tuneba salió de la casa y al poco rato volvió con una niñita; se la entregó y le  dijo que la cuidara bien, que no la dejara tocar de nadie y que no la fuera a dejar morir.
Al irse el tunebo, llevando de la mano a la niña; la tuneba le dijo que le preparara una laguna y no la tocara más hasta que creciera. Una vez crecida, la recogiera y la guardara un tiempo y que luego la metiera en una laguna más grande por cuatro veces. A la cuarta vez, todos podían tocarla y hacer con ella lo que quisieran.
Cuando el tunebo iba ya de camino, le pareció que todo aquello había sido un sueño. Se restregó lo ojos y comenzó a ver una laguna de color verde; el humo de la casa donde estaban cocinando era como una nube blanca. Se acordó de que a él le habían dado una niña para que la criara y que la había traído del bracito. Miró entonces a su alrededor y no vio la niña, sino una mazorca de maíz.
Cuando regresó a su casa, el tunebo le contó a su mujer lo que le había sucedido. Al día siguiente, se fue al monte a hacer una tumba para sembrar el maíz.
El primer conuco lo hizo chiquito, y cuando el maíz estuvo maduro, lo recogió y lo guardó. Después hizo otro conuco más grande y sembró toda la semilla que recogió la primera vez. Por tercera vez, hizo un conuco mayor que las dos veces anteriores y sembró toda la semilla que había recogido. La cuarta vez, el conuco fue muy grande, muy grande la siembra y muy grande la cosecha. Entonces,  la familia del tunebo comió una buena parte de lo recogido y la otra sirvió para cambiar con sus vecinos.

Nota: Textos transcritos de Leyendas Indígenas Venezolanas de Carmela Bentivenga de Napolitano, publicado por la Editorial Biosfera (Caracas 2007).

1 comentario:

Mariaeugenia Nieto dijo...

!qué mitos tan bellos, tan bien narrados. Esta es una excelente labor, felicitaciones!.