martes, 5 de enero de 2016

Cuentos de Arrieros y del Antiguo Llano (6) El Pianito de Marialina


El arpa es instrumento musical típico de El Baúl (archivo del Grupo "Guarura)

EL PIANITO DE MARIALINA (Ramón Villegas Izquiel)

Cuando yo llegué a la edad de la razón, hace ya algún tiempecito, por cierto, Marialina (así pegaditos los dos nombres, tal como la llamaban), era toda una mujer hecha, derecha e independiente. Vivía en la vecindad de mi casa en El Baúl, mi pueblo, i yo la visitaba con mucha frecuencia por una típica chuchería que sólo ella sabía confeccionar. Lo afirmo porque desde su época jamás he vuelto a ver tal golosina en ninguna parte. “Agitones” los llamaba i hasta sería por el agite que le entraba a nuestros intestinos cuando los comíamos en exceso, calientes i además bebíamos agua encima de ellos.
Consistían los tales “agitones” en unos cubos, como dados huecos, hechos con masa de maíz aliñada a base de manteca, papelón, queso i anís, asados en budare.
Cómo lograba armar esos dados vacíos, es algo que siempre me ha intrigado desde entonces hasta hoi.
Empero no solamente por esa habilidad es merecedora del recuerdo Marialina, pues, como ya lo veremos, tuvo otras facetas existenciales dignas de las páginas, un tanto desvaídas ya, de la historia local.
Su porte era menudo, la piel oscura, voz ronca i cabello “afro”, como ahora llaman con cierta indulgencia a las “tumusas” de las negras. Por esto los “blancos” de la localidad le decían “La Negra Marialina”.
Avispada i festiva, su día onomástico era muy esperado, por las agradables fiestecitas con que solía celebrarlo: Baile con la mandolina de Tomás Zarrameda o de Pedro Niño. Dulces hechos en la propia casa al estilo de entonces i un coctel -como también llaman ahora a las “guarapitas” i “tigres” de antaño- a base de aguardiente de caña, almíbar, limón i rojo vegetal. La diversión concluía generalmente con un substancioso sancocho de gallina, ya enfriando la madrugadita.
Esta Negra Marialina desapareció del pueblo, quién sabe para dónde, o por lo menos yo no supe más de ella hasta tiempo después cuando reapareció con un señor alto, enjuto i moreno “pelo malo” como ella. Este señor esposo de Marialina fue designado inmediatamente como el Maestro Tejero, porque recién llegado se dedicó a fabricar tejas en uno de los hornos de alfarería abandonados desde años atrás i que aún pueden encontrarse ente el boscaje al otro lado del río Cojedes que corre al norte de la población.
Me dijeron que la Negra apareció casada desde los lados de Arismendi en el estado Barinas (Zamora entonces), pero para mí tengo que su marido debió ser oriundo del litoral aragüeño, en donde yo he conocido personas mui parecidas al Maestro José, cual era su propio nombre, tanto en lo físico como en la urbanidad de sus maneras. I también, porque entre los nuevos atuendos traídos por ella a su regreso, aparte, por supuesto, del flamante marido, se contaba la novedad de un pianito de manigueta, inusual por completo en nuestros llanos i sí característico de la región costeña del norte del país, ya mencionada.
El pianito en referencia vine siendo más o menos el organillo de los europeos i argentinos: Una caja de música grande, aunque portátil, constituida por unos tendidos de cuerdas, las cuales se tañen mediante un cilindro rotatorio erizado de púas. Todo dentro e un cajón ad hoc provisto de cinturones para portarlo. El ejecutante lo acciona mediante un manubrio, como si estuviese moliendo algo en un molino manual doméstico. Por esta característica su melodía es llamada humorísticamente “música molida”.
Con la vuelta de Marialina, ahora con don José i su pianito, se reanudaron las celebraciones onomásticas, con el importante añadido del día de San José de quien aquél era homónimo.
Fueron más pintorescos entonces sus festejos, pues a los instrumentos locales se agregó el artilugio recién traído, cuyo manejo realizaba el anfitrión trajeado de punto en blanco i con el aire de un virtuoso ejecutante de un concierto de alto vuelo.
Marialina en verdad, no sabía bailar. Sólo daba brinquitos, i por su color me recordaba al oso amaestrado del organillero bigotudo en una estampa en uno de mis libros primarios de lectura, no recuerdo bien si el Mandevil o el Mantilla.
Ahora bien, como esos artefactos -según tengo entendido- no reproducen con el mismo cilindro sino mui pocas composiciones musicales, a la larga resultan monótonos, cuando no se cuenta con otros rodillos adicionales. Esta circunstancia desfavorecía al Maestro José quien solamente contaba con uno solo.
Por el motivo antes dicho, resolvió una vez cambiar la posición de los clavitos, buscando otras combinaciones para nuevas melodías. Fue así como un buen día de fresca mañana i alegre sol. Se dedicó a sacarle todas las púas a dicho rolo, como quien pela un puercoespín con una tenaza. Después procedió a colocarlas en los nuevos sitios ubicados ¡sabría Dios mediante cuál esquema! Durante días lo vi observar i clavar con infinita paciencia hasta concluir su engorroso trabajo.
I llegó por fin el día de las Marías. Pusieron la esperada fiesta, en la cual estrenarían nuevas piezas en el arreglado pianito. I sucedió… Sí, sucedió que cuando nuestro ejecutante con aire solemne de solista consumado, giró el manubrio, las cuerdas respondieron dócilmente a las nuevas posiciones de las púas y brotó, amigos míos, una sarta de notas inconexas sin ninguna armonía. Les diré para mayor claridad en mi explicación, que sonaban más bien como una llovizna gruesa cayendo sobre unas latas vacías. (I en este punto medito: Quién sabe si el Maestro José peló la época, pues tal vez hoy estuviese grabando con muchos éxitos los disparates de su organillo).
Mas no lo supongan vencido por tal descalabro melódico. Al contrario, sin darse por enterado afirmó: “Este es un tango merengue para que lo baile María con don Manuel Antonio”.
Don Manuel Antonio Jiménez, añorado amigo ya fallecido, era gordo como aquellos payasos rellenos de paja con los cuales solían complementarse las corridas de toros en los pueblos. Pero como Don Manuel Antonio era, además, un cordial parrandero, él i su alegre pandilla, por beberle el aguardiente i comerle el sancocho a esta ingenua pareja, no tenían ningún empacho en llevarles la bola hasta la “pata del mingo”, si así hubiese sido necesario.
Bailó, pues, don Manuel con Marialina, bamboleando su obesidad en medio de la sala, mientras la negrita giraba dando saltos como María Moñitos jugando una ronda alrededor de una ceiba.
Sin embargo, este segundo debut del pianito tuvo la trascendencia de establecer una especie de convención, según la cual, por más disparatadas que saltasen sus notas, debía bailarse el ritmo anunciado previamente por el ejecutante. Es decir, cuando don José advertía: “Voy a tocar un pasodoble”, todo el mundo bailaba pasodoble… ¡i punto!
Los invitados lo hacían siguiendo cada quien más o menos su ritmo interior, pero como la pobre negrita carecía por completo de oído musical i rítmico, se afanaba matando unas hipotéticas hormigas, calzadas con unas botas de media caña, mui pasadas de moda ya, pero lucidas por ella con femenil coquetería.
Era entonces cuando su marido le advertía: “Coja el compás, Marialina. Con compás Marialina”.
Esa advertencia la recordamos todavía algunos de los muchachos de entonces, porque hasta mereció su ingreso por algún tiempo al refranero del pueblo.
Pasaron los años. Murió el Maestro José i creo haber sido en la casa de Olimpia Torres donde vi por última vez el pianito, arrumbado en un cuarto, con el teloncito de tela de hamaca que cubría sus cuerdas, desvaído ya como bandera derrotada por el tiempo.
Yo me fui del pueblo i cuando volví, hombrecito ya, Marialina vivía el ocaso de su existencia con enhiesta vejez en digna pobreza… i haciendo sus “agitones”.
Mis plantas, obligadas por anhelos i necesidades, me ausentaron nuevamente, por lo cual cuando ella murió yo ni lo supe. ¡Quién se iba a preocupar por difundir el óbito de esa humildísima poblana! I sin embargo mucho merece su ya borrosa memoria este homenaje que mi desplumada pluma le rinde ahora.
Ojalá i el Gran Músico del Universo haya asignado en alguno de los conjuntos musicales del cielo, lugar destacado al maestro José, con un organillo napolitano legítimo, afinado i reluciente de puro nuevecito.
Pero, Señor ¡no pongas a bailar a Marialina! Mucho mejor sería si la destinases a deleitar a los angelitos con sus sabrosos “agitones”. Eso sí: Siempre i cuando allá en la Gloria tengan suficiente provisión de bicarbonato de sodio.