lunes, 28 de diciembre de 2015

Esta historia ocurrió en El Pao (narración colectiva)


Estampa de faenas  en el archivo de Llano Adentro

(cuento de: Yordalis Desiree Roche León, Elio Rafael Rodríguez Silva y Luis Guillermo Mendoza Blanco)


Todos en El Pao se persignan al recordar esta historia. Nació al amanecer, o eso creyó la pobre criatura, la verdad nunca lo supo ni se interesó mucho en averiguarlo. Era como de arcilla, su piel estaba siempre cubierta del polvo del tiempo y los años, y este polvo le acompañaba a todos lados, desprendiéndosele con cada paso que daba. Su creador lo contemplaba asqueado, preguntándose cómo era posible que creara tal monstruosidad, una burla a la vida y la naturaleza.
Vivían en una gran y vieja casona derruida, en uno de los hatos ganaderos de los señores Tabares; un lugar donde el olvido es el amo y el silencio es el gran esclavo. Uno, el creador, sabio y sagaz, el otro, la pobre criatura, lenta y carente de conciencia, según creía su creador. La casa era enorme y llena de muchas habitaciones y pasillos que la creación del sabio debía limpiar y mantener. Una biblioteca, añeja y húmeda, llena de desorganizados manuscritos y con una apolillada alfombra que alguna vez había sido verde, estaba ubicada en el extremo de la gran casa. Poseía pocos muebles. Las paredes, en vez de cuadros, tenían cabezas de venados disecadas, pieles de tigres, cueros de culebras y cualquier cantidad de lancetas, de todos los tamaños, colgadas de la pared. Había varios salones de estar que alguna vez estuvieron llenos de visitantes, ahora eran pasto del polvo y la oscuridad, pues las lámparas hacía tiempo que no funcionaban, rotas unas, oxidadas otras. Toda la imponente y marchita estructura respiraba un aire de grandeza olvidada, paredes que habían visto mejores tiempos.
En alguno de los innumerables cuartos nació la desdichada criatura, rodeada de la sempiterna carcoma del olvido, lo que primero contempló fue al sabio, y nunca olvidó su rostro, aun décadas después recuerda su imagen de aquel entonces, pero los demás detalles de ese día eran difusos, borrosos, empañados como un espejo sobre el que se respira, recuerda una luz como la del amanecer, que no calienta la piel y el cuerpo, pero sí el corazón.
El sabio, en ese momento, contempló su creación, durante años enteros había buscado la forma adecuada, la palabra correcta, vagando entre las páginas de la cábala, y tras pronunciar la palabra perfecta logró que la miserable figura de barro cobrara vida. Mucho tardó el ser de polvo y barro en aprender a caminar, sabía ver y escuchar, pero los movimientos del cuerpo se le hacían muy difíciles, sin embargo, aprendió, pues la criatura deseaba muy en el fondo complacer a su creador, de quien no entendía sus propósitos, pero con quien deseaba estar, larga y dura fue la tarea, y fatigosa para ambos, sólo, al cabo de algunos años, creyeron alcanzar la meta. Unas pocas palabras también aprendió, por cierto, resultaba inútil ir más allá, por más que quiso el sabio enseñarle y por más empeño que puso la criatura en aprender, no alcanzaron logro alguno.
Los años pasaron y larga y pálida se hizo la barba del sabio, la criatura, la creación, el engendro de la envidia de los hombres, permaneció igual, carente de alma, solo un amasijo de barro y carne que deambulaba por entre los salones y pasillos desolados, polvo entre el polvo de la ruinosa mansión que degeneraba y caía en ruinas, agujeros en el techo y el piso, escaleras rotas y derrumbadas, la biblioteca se convirtió en una villa de polillas y los salones y los oscuros pasillos en la morada de lo desconocido.
Entonces hubo un día, un día entre los días, en que la criatura se topó con un espejo, en un principio no supo lo que era, el eterno polvo le cubría por completo, lo contempló pensativo, esforzándose por saber que era, pero sin dar con la respuesta o siquiera una hipótesis, aventuró un temeroso movimiento y con una mano le tocó, era liso, una cosa tan lisa como nunca hubiera visto, y era fría, deslizó su mano por el espejo fascinado con la sensación en su palma, y entonces un rayo de luz de sol se coló por entre los agujeros del techo y reflejándose en el espejo le dio de lleno en los ojos acostumbrados a la penumbra y la oscuridad, por un momento cegado lanzó un juramento al aire, incomprensible, un simple balbuceo, y alejándose contempló al espejo con ira. Pasó un tiempo antes que se diera cuenta de lo que miraba, había un extraño ser allí, sucio y extraño, lo observó, notando desconcertado como la cosa imitaba sus movimientos al otro lado del espejo, se preguntó entonces qué era esa cosa que había encontrado, pero tuvo miedo y huyó.
No sabía que era un reflejo, mucho menos un espejo, y durante meses se preguntó qué era lo que había visto, temeroso de acercarse al polvoriento y destartalado pasillo. Quiso preguntarlo al sabio, desgraciadamente, no supo cómo hacerlo. En vano se desganaba en palabras y balbuceos y gestos sin sentido. Nada logró hacer entender, y el sabio, nada consiguió descifrar de la agitada criatura. La desdichada mole desistió de preguntarle nada al sabio, pero los recuerdos de aquel extraño encuentro no le abandonaron y durante meses anduvo pensando en ello, incapaz de reunir fuerzas para acercarse al lugar. Recordó que cada vez que el Sabio deseaba buscar la respuesta a algo entraba en la destrozada biblioteca, así lo hizo y se extravió entre los escombros y los innumerables libros regados por el piso, cubiertos por un manto de polvo, la biblioteca era inmensa, y estuvo extraviado en ella días enteros, vagando entre los altos estantes y los cerros de libros derrumbados o apilonados, muchos libros abrió. Aquello resultaba inútil, nunca lograba entender lo que en ellos ponía, multitud de dibujos repetidos continuamente uno atrás de otro en largas filas y filas sobre filas hasta llenar las páginas, pero nada logró sacar, se sintió frustrado.
El sabio se sintió extrañado de la conducta de la desdichada criatura, del engendro de su envidia, pero no atinaba a dar con la razón, desde lo alto de los balcones de la gran sala de la biblioteca le contempló extraviarse entre los interminables volúmenes de la historia del conocimiento humano, le veía esforzarse como nunca antes en aprender algo fuera de su alcance, y se preguntó si habría hecho mal en no enseñarle antes. Pero, otras cosas le preocupaban, era viejo ya, y poco salía de su habitación, lejos de la biblioteca, se sentía enfermo y cansado, sabía que le quedaba poco tiempo y que pronto la muerte daría con él cuando el invierno llegara. Nada podía hacer por la pobre criatura que había creado. Murió finalmente meses más tarde, una noche, sentado frente a su ventana, allí esperó su hora y le alcanzó cuando miraba las estrellas. Quizás no era diferente del engendró, pues el también buscaba entender algo que estaba más allá de su alcance.
La criatura no se enteró de la muerte del sabio, sino mucho tiempo después. Le visitaba en su habitación y contemplaba su cadáver inmóvil sin entender nada, creyendo tal vez que el anciano dormía, pues la criatura no sabía que era la muerte, quizás nunca lo supo, durante muchos años (quizás cientos, miles, nunca lo supo) deambuló por la casa mientras el cuerpo del sabio se convertía en polvo y se dispersaba entre los vientos del mundo. Para la criatura todo siguió igual, y decidió esperar a que su creador algún día despertara. Lo ocurrido con el espejo seguía inquietándole, y un día, día entre los días, logró por fin reunir voluntad para volver al pasillo del espejo, y le contempló de nuevo una mañana de invierno poblada de ensordecedores truenos, lleno el pasillo de charcos y goteras. Allí estaba el mugriento ser, era exactamente igual, se acercó con cautela, posó su mano sobre él y quitó el polvo, el ser al otro lado le imitó, y entonces le miró a los ojos y un dolor sin medidas le ganó el cuerpo, no pudo separar las manos, se quedó paralizado, aterrorizado, quiso huir, pero no podía quitar las manos, algo dentro de sí mismo no quería hacerlo. Apenas le tocó esa extraña sensación terrible y dolorosa le ganó, era a él mismo a quien contemplaba.
Durante muchos años pensó que él era igual a los demás, a su creador, se sentía igual a él. Nunca imaginó siquiera ser algo diferente, mucho menos aquella horrible figura. El dolor dio paso a la cólera y de un puñetazo rompió el espejo, odiándolo para siempre por decirle la verdad, soltó un ronco y largo gemido de dolor y pena, sabiendo su destino.
Se refugió en lo oscuro, buscando huir de sí mismo, quiso arrancarse la cara y los brazos, quiso acabar consigo, no manaba sangra de sus heridas, cayó entre los escombros y el barro y en una charca en donde dio de pronto la luz contemplo su reflejo una vez más, y entonces el agua le mostró una verdad más terrible aún, porque no era lo mismo mirarse a los ojos en un espejo de vidrio, que hacerlo en los espejos de la superficie del agua. Vio sus ojos y supo que estaban vacíos, que todo él estaba vacío por dentro, no había allí ninguna alma. ¿Qué fue de él entonces? Nadie lo sabe, ¿Qué habrá pensado, qué aciagas ideas habrán cruzado desesperadas por su mente?

Aún vaga, se cuenta, por entre los escombros de la vieja y abandonada casona llanera, desde hace siglos lo hace.