jueves, 31 de diciembre de 2015

Cuentos de Arrieros y del Antiguo Llano (2) Los Carreteros

Imagen del archivo de Eduard Franco

Imagen en el archivo de Héctor Fernando  Alfonso G. 


LOS CARRETEROS (Ramón Villegas Izquiel)

Tú eras mui joven entonces, Vale Joaquín. Diez i siete años apenas i ya andabas ganándote la vida en el durísimo trabajo de carretero. Eras “culatero” en las dos parejas de mula de Julio Villegas, mi papá.
El Vale Víctor Castillo era mayor. Unos treinta años i con experiencia en esas faenas. Por esto era el caporal de esas carretas, transporte forzoso en nuestros llanos entonces, donde los caminos los hacían los caminantes i las llamadas carreteras las propias carretas. El camión apenas se atrevía a meterse cuando ya las sabanas estaban secas i los trillos abiertos.
Yo era un muchachito. Una impedimenta que unas dos veces ustedes cargaron con mucho agrado. Así lo comprendía yo. No porque fuese hijo del amo, sino por el aprecio que le tenían al viejo don Julio, como afectuosamente lo llamaban.
Desde el primer momento me demostraron su aceptación con la comprometedora sencillez que tiene el trato de los humildes de corazón. Para insuflarme ánimo ante la dura experiencia que iba a comenzar, me aplicaron la fórmula eficaz de convertirme en un igual en el viaje, hombre a hombre, sin melindrosas consideraciones de “hijo de papá”.
Me hicieron “Valecito”, porque entre ustedes se llamaban vales, es decir, valedores, compañeros en toda la significación efectiva del término. Mas esa deferencia tenía que merecérmela asumiendo el rol de aprendiz de hombre en el concepto de valiente frente a las rudas exigencias de tales travesías para un carajito raquítico i casero como lo era yo.
El primer día pernoctamos en Buena Vista, no mui lejos de El Tinaco. Allí recibí las lecciones preparatorias para el trayecto. (Narro al detalle, Vale Joaquín, para aclararme la memoria i para que los jóvenes de ahora aprecien algunos rasgos de las vidas de los años de nuestra época. Son experiencias acendradas por largos años en mi alma de llanero, como noble vino en odre bien curtido).
Primero, como yo estudiaba en una escuela católica i vivía en la casa de unas honorables beatas, cuando me santigüé i di gracias a Dios por la cena, el señor Gualdrón, dueño de la posada, me advirtió en tono grave: “I al amo de la casa también, amiguito, que fue quien se la sirvió.”
Luego cómo me hizo sudar el Vale Víctor cuando me indicó: “Valecito, cuelgue por allí i tenga en cuenta que el hombre completo no deja arrastrar su mosquitero, ni cuando lo guinda ni cuando lo recoge.”
Después cuánto gozaban ustedes viendo mis sudores para manejar el mosquitero sin que tocara el piso. Pero lo logré. Cuando llegamos al final del primer viaje ya era un experto en esa practica, a pesar de mi baja estatura que me desfavorecía.
Así cultivaban la reciedumbre estos hombres de brega, aun doblando un mosquitero. Hasta serian tradiciones marciales, pues el Pabellón Nacional también hai que plegarlo i desplegarlo sin que tropiece el suelo.
No obstante, faltaba la advertencia primordial. A la una de la madrugada, cuando ya salíamos de Buena Vista, Víctor Castillo me advirtió: -“Valecito, como usted me lo confió su papá, no lo voi a montar encima de ninguna carreta, porque le puede dar sueño i si se cae lo atropella la de atrás. Tampoco dejarlo caminar apareado a los carros. Es mui peligroso, puede espantarse una bestia de golpe. Así que véngase conmigo adelante i coja con la mano izquierda la rienda derecha de la puntera para que lleve el mismo paso mío”.
En ese momento comprendí claramente que esto era sumamente distinto a todos los viajes que antes había hecho en pleno verano por la misma ruta en la limosina de mi padrino Faustino Padrón. Que tenía por delante cinco días de viaje andando de noche i de madrugada, montándome en los carros solamente a ratos durante los cortos lapsos con sol que permitían las mulas.
-Fueron dos viajes nada más los que llegué a hacer con ustedes, Vale Joaquín. Dos recuerdos que he cultivado con nostálgico cariño entre la rosaleda, todavía fragante, de mis vivencias infantiles.
Me acuerdo aún con claridad juvenil de las excepcionales jornadas que ustedes cumplían. Enjaezadas las mulas con los complicados aperos de su clase i uncidas a las carretas, se salía de la posada cuando apenas el lucero del día -“el Becerrero”- asomaba su lamparita titilante por sobre el telón oscuro del horizonte sabanero.
Partíamos con lentitud resignada, barajustando perdices i reptiles, despertando guacharacas i alborotando perros en los vecindarios, con el estirado traqueteo de las bocinas en las puntas de los ejes lubricados apenas con “sebo de Flandes”.
Un tren de carretas cruzando la oscuridad semeja en la distancia una fantasmal procesión de otras edades, con su farolito encendido debajo de la caja entre las dos ruedas i el persistente tabletear como de matracas lúgubres de Viernes Santo.
Empero animada los espíritus el contacto tierno de la mañanita fresca, empapadita de rocío enmastrantado i con el perfume achocolatado de las matas de palotal. Las bestias, avispadas por el frescor i el descanso, marchaban animadamente, guiadas por el farol de la precedente. Los chistes saltaban chispeantes desde el caporal hasta el “culatero”:
-¡Mula peorra carajo! ¿Fue que se te descosió el culo?
-¡Si es pa’mi no le eche auyama, compañero!
-¡No te echaron esta noche en Malpaso a la vieja Melitona entre el chinchorro!
La vieja Melitona, como hasta el nombre sugiere, era una posadera bastante entrada en años, mui trabajadora, pero mui fea también. Parecía una visión de otro mundo, vestida como los arrieros de burros para sus faenas: Un percudido batolón de liencillo crudo, si talle, que llamaban “camisa de mochila”.
Así transcurría la primera media jornada hasta las diez u once de la mañana, cuando había que hacer un alto para evitarles a los animales el peso adicional del mediodía.
Siestas largas i tediosa, entretejida de zumbidos de insectos, del canto monótono de las palomas montañeras i por los deprimentes silbidos del “sauce”. Sueño pesado de los carreteros, sostenido por la fatiga i el copioso almuerzo. Pegajosas emanaciones de los aperos hediondos a sebo con sudor de mulas. I para mí, un largo fastidio de ocio i ansiedad reprimida. . .
Después la otra media jornada desde la tres de la tarde hasta las ocho o nueve de la noche. Esta más pesada por el cansancio ya acumulado i el bochorno de esas horas del día.
Cansina la marcha. Las mulas cabizbajas, como olfateando el camino. Descanso obligado de los trabajadores encima de las cargas. Tardes con sol filtrando sus rayos como los de una rueda inconmensurable atascada entre nubes en el confín de occidente. O cielos encapotados en los cuales restallaban los intimidantes latigazos ígneos del auriga de un carretón fantástico, cuyos tumbos iban apagándose sordamente hacia la lejanía.
Al fin la llegada al nuevo hospedaje i la rutina de soltar los animales en el potrero, hasta la media noche, cuando había que recogerlos de nuevo i aparejarlos para seguir viaje. La cena cordial i abundante, aderezada por el hambre caminera. Luego los cuentos del chinchorro a chinchorro hasta el inmediato sueño fatigoso.
Como yo no estaba acostumbrado a esa vida, me dolía entrañablemente contemplar los esfuerzos inauditos a que eran obligados aquellos nobles brutos. Sobre todo en pasos como La Corcovada, Malpaso, el Ave María, donde las ruedas se hundían en el barro una o dos bestias más a cada carro, para poderlos pasar uno por uno. A fuerza de gritos, maldiciones y garrotazos aquellos sufridores seres arqueábanse en un empeño supremo para arrancar la pesada carreta de los atolladeros.
-Dura, Vale Villegas, era esa vida. No solamente para las mulas, también para nosotros, pero como dicen que los tiempos pasados siempre han sido mejores, yo ahora en mi vejez los recuerdo con tristeza. Sobre todo a don Julio. Como el se formó bregando también en los caminos comprendían perfectamente los trabajos que nosotros pasábamos.
-No recuerdo bien Vale Joaquín, cual es el sitio exacto donde ustedes me contaron el suceso. Creo que fue entre Buena vista i La Chivera. Eran como las cinco de una tarde lánguida cuando Víctor Castillo me llamó la atención: “Mire, Valecito, hacia aquella ceja de monte. Allí fue que se nos espantaron las mulas cuando se murió su viejo. Eso es mui feo, manito. Una mula espantada echa a corre sin importarle que lleva una carreta pegada. A veces, cuando no se pueden detener a tiempo, se les voltea el carro, lo quiebran i se matan o quedan malogradas para siempre. I lo peor es cuando las otras siguen el ejemplo de la primera, porque entonces uno no se alcanza para atajar carretas regadas en todo un claro de sabana.
Yo le había dicho al Vale Joaquín, al salir del Tinaco que don Julio había quedado mui grave en Valencia. I esa tarde cuando se barajustaron las mulas le grité: ¡Se nos murió el viejo, Vale!
Desde entonces damos este rodeo, porque mula que se espanta en un sitio difícilmente pasa otra vez, por ese mismo lugar”.
Era cierto. Tal día i a esa hora, aproximadamente, había muerto el amo. Quizá su alma, ya viajera en la etérea infinitud, quiso acercarse hasta ello entes de dirigirse definitivamente hacia la eternidad desde donde nunca regresan los caminantes.
-Cosas, Vale Ramón, que suceden en el mundo i que uno no debiera andar averiguando tanto.
-Así será, Vale Joaquín i me llevo una perenne gratitud por tu auxilio en estas evocaciones.

Me despedí con saudades juveniles en mi alma i él continuó melancólico en la esquina de su casita, mirando al río en sus discurrir incesante i silencioso como las vidas de los humildes.

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