miércoles, 24 de octubre de 2012

Del Romance al primer corrío llanero (Pilar Almoina de Carrera) (*)

La fusión entre lo español y lo llanero es tema de no acabar.
Mujeres llaneras de Cojedes (Archivo de Danzas Guazábaras)

Así, es posible preguntarse; ¿Cuándo se produce el paso del primer del romance al corrido? O  dicho de otro modo ¿Cuándo se puede considerar que surge el corrido?... Creemos que el corrido (o “corrío”) nace cuando el romance se compone en tierra americana, o dentro  de nuestro ejemplo, en tierra venezolana, con alusión a hechos o lugares del nuevo medio; o también, que el corrío aparece realmente en Venezuela cuando el romance no solo incorpora temas y lugares venezolanos, sino, además, las primeras muestras de lenguaje propio y modismos del nuevo medio.
En todo caso, romances como el “del  Caballero de la Capa Roja”, referido al conquistador Juan Rodríguez Suárez, y el del Tirano Aguirre son la señal del  cambio, del proceso evolutivo que se está cumpliendo en ellos ¿Son todavía romances, o ya son corridos? Quizá son, más propiamente,  romances venezolanos, o en una dimensión más amplia, romances americanos.  Al fin y al cabo, no es exagerado hablar ya de producto literario americano o venezolano. Si se considera a Juan Ruiz de Alarcón (1580-1639), a Sor Juana Inés de  La Cruz (1615-1695) y a Juan de Ercilla (1533-1594) como representativos de lo que ya es americano, con más título tendría esa representación un producto colectivo, popular, como la literatura oral.
Todo esto nos lleva a la reflexión que implica la pregunta: ¿podemos considerar estas muestras como una marca cierta para situar el verdadero inicio de la literatura propia de nuestras tierras en tiempo tan temprano como el siglo XVI?  La literatura oral americana, la venezolana, en este caso, aparece en el momento  en que hacemos de una lengua trasplantada algo propio, el medio fundamental de una colectividad. Es verdad que la lengua nos fue impuesta, pero también es verdad que esa lengua sufre las transformaciones que se le imponen, a su vez,  un nuevo espacio y un nuevo tiempo.    Y por otra parte, en el momento en que esa lengua implantada, pero ya nuestra, es no solo el medio de comunicación, sino que sirve para algo más: para la expresión de acontecimientos,  de sentimientos, de una visión de una realidad, con un objetivo estético;  - es decir, mediante un discurso literario-,  nos encontramos ante una literatura.


PRIMER ROMANCE
El caso del “Romance de Juan Rodríguez Suárez”, -el primer romance venezolano y quizá de toda América, por lo menos dentro de los registros conservados- es interesante como ilustración del cambio que se produce en el nuevo habitante de la tierra inédita. Los sucesos que narra le acontecieron, hacia 1559, al fundador de la ciudad de Mérida, al “Caballero de la Capa Roja”. Estando  Rodríguez Suárez en Santa Fe de Bogotá, tiene graves problemas con su “oidor”, Pérez de Arteaga, quien le hace preso y resulta condenado a muerte por la Audiencia. Logra huir y se refugia en Mérida. El romance que todavía mantiene en su lenguaje un sabor, hispánico, nos muestra, sin embargo, un nuevo sentimiento identificador, el de un hombre que ya no es de España, sino español de América.

ROMANCE
Los gallos de Santa Fe
la hora del alba dan, 
y el bueno de Rodríguez Suárez
se alongó de la ciudad. 
Huyendo va por el campo,
que ni para a descansar.
Y por todo el su camino
no cesaba de  hablar:
-¡Justicia ya no la espero
de la Audiencia Real;
justicia la espero en voz
mi espada siempre leal!
¡Huyendo va por el campo,
que ni para a descansar!
Allegóse  a la encomienda,
do lo esperaba Román.
-¡Román, apréstame el potro,
mi potro de guerrear!
–Aquí lo tenéis, señor; 
aquí lo tenéis, don Juan.
Aprestados he también
los arreos de batallar.
Cabalgó  el buen Juan Rodríguez
cual solía cabalgar;
ya va a la rota de Mérida,
caballero en su alazán.
Buscando va sus amigos,
buscando la su ciudad; 
y corre con tanta prisa
que deja el viento atrás.
 (Juan Rodríguez Suárez)

Es decir, es la ruptura con las leyes españolas y, además, la rebelión por las armas. Y al final, en clara significación afectiva y de pertenencia, la  alusión a “sus amigos” que están en “su ciudad”, Mérida, no su ciudad natal, sino la de adopción. En el caso del romance español “el pastor desesperado”, recogido por Menéndez Pidal en su Flor nueva de romances viejos aquel que dice:

…no me entierren en sagrado;
no quiero paz de la muerte,
pues nunca fui bien amado;
enterréisme en prado verde,
donde paste mi ganado,
con una piedra que diga:
aquí murió un desdichado;  
murió  del mal del amor
que es un mal desesperado”
Ya le entierran al pastor
en medio de verde prado,
al son de un triste cencerro, 
que no hay allí campanario.

PRIMEROS CORRIDOS
Se advierte en él la conservación de cotidiano.  Hay un rechazo a la sacralidad, un retorno a la naturaleza habitual y,  a la muerte real.  El tono sentimental plañidero, llena todo el poema. Este mismo romance, que se conserva en Venezuela y en muchos otros países de Hispanoamérica, sufre en las nuevas tierras un profundo cambio; por ello, en una de las versiones venezolanas dice:

Écheme afuera ese toro,
hijo la vaca mora,
para sacarle unos lances
delante de esta señora.
Si el toro me matare,
no me entierren en sagrao,
entiérrenme en una loma
donde no pise el ganao:
déjenme una mano afuera,
con letrero un encarnao,
pa´ que digan las muchachas:
“Aquí  murió  un desdichao.
No murió de calentura
ni de punta de costao; 
como llanero,  murió
en los cuernos del ganao”.

En otras versiones el final varía: “que aquí murió  de mal de amores, / que es un mal desesperao”.  Este poema es símbolo de una nueva sensibilidad, el establecimiento de nuevos patrones.  Hay una transposición del camposanto, se establece una nueva sacralidad dentro de la naturaleza. Se siente la fuerza de la vida;  no hay sentimiento de debilidad. No  hay una  muerte real; es solamente un lance, un riesgo,  inclusive una ostentación vitalista de vanidad galante: es la hipótesis de la muerte, posible,  pero no verdadera. No es la “piedra”  que sella la vida, es  un letrero “colorao” que ondea en la mano como signo de vida virtual.

Resplandece  el proceso admirable de conservación oral, de boca oído del pueblo,  en el caso de romances hispanos, de  gran prestigio, de hasta cuatro  y cinco siglos de historia,  que permanecen en la tradición oral venezolana y  que de pronto afloran  en  cantos muy diversos: corridos de  los Llanos,  polos de Oriente, cantos de parranda en Barlovento. Así como surgió ante nosotros,  en actividades de  de investigación de campo,   una muy hermosa y completa versión del famoso: “Romance de las señas del marido”, en este caso llamado por su primer verso: “Señora,  me voy pa´ Francia” en la voz inolvidable del gran maestro  de la parranda de San Pedro, Justo Tovar.  

-Señora,  me voy  pa´ Francia; 
señora, ¿qué manda usted?”
-Mi marido que está allá, 
memoria me le da usted.

-No conozco su marío; 
no  lo quiero conocer.

-Es un mocito bajito, 
sombrerito a  lo holandés; 
anda en un caballo rucio 
que le regaló el francés.

-Siete años he esperado,  
siete años esperaré; 
y si acaso no viniere, 
a monja me meteré.

Y las seis hijas que tengo 
muy bien las repartiré. 
Una dejo en el convento 
para recuerdo de él.

-¡Vaya una  mujer  tan firme, 
vaya una mujer tan fiel! 
¡Aquellas son  mis seis hijas; 
tú  mi querida mujer!    


(*)Nota: Tomado de: Lineamientos históricos y estéticos para el análisis interpretativo de la literatura oral tradicional (2000), de Pilar Almoina de Carrera. Caracas: Universidad Central de Venezuela.  Esta publicación y las que a continuación se citan son parte de un mínimo homenaje a tan insigne educadora. Maestra nuestra.   


2 comentarios:

Lumy Quint dijo...

Buena y divertida selección. Da gusto leerle. Un abrazo.

María Fernanda PAZ dijo...

Un verdadero placer leer este artículo condimentado con sabrosa poesía, y un merecido homenaje a esta autora a quien tienes la humildad de llamar "Maestra".

Gracias por compartirlo.

Un abrazo, Isaías.