sábado, 19 de julio de 2014

El Ruido (cuento de Arnaldo Jiménez)

Aunque cambien las vestiduras la vida llaneras sigue regida por peligrosos animales,
ruidos y sombras gigantes (archivo de Hábleme de Puro Llano, compa)

El anciano se quita de una de las ventanas y cerrándola comenta: “es mejor que se vayan a dormí, una cosa es el llano bajo el sol y otra bajo la luna, por aquí se oyen cosas muy raras que trasnochan al que no está acostumbrado”. Arrastra sus pasos por el piso derruido y se va hacia su cuarto apoyando sus manos en las paredes blancas y aún calientes por el sol de la sequía. El ambiente es sombrío, un candelabro de hierro sostiene la cabellera de la vela, temblorosa e íntima, la brisa externa ulula entre rendijas y ramajes. La lejanía suena sus cascos.

Los que escuchan al anciano son dos muchachos casi entrados en la adolescencia y una mujer con vestimentas pálidas y ralas de entecas musculaturas y ojos vivaces. Los muchachos se acuestan y al poco tiempo extrañan sus costumbres citadinas, sienten lo absurdo que es querer repetir allí sus ritos nocturnos en los que las almohadas y el ventilador forman parte del escenario. El abuelo ha pasado mucho tiempo solo desde que murió su esposa, la hija y los nietos lo visitan tratando de disipar su huraña vida y de cortar la fascinación que lo embarga por la melancolía y la nostalgia.

A todas estas, los nietos quienes apenas son remecidos por sus propios pesos en las hamacas, duran unos minutos zambucados en el sopor de la media noche, moviéndose de uno a otro lado, observando la huida del sueño. Así permanecen, comiéndose las vigilias, escuchando sin querer los ruidos que pernoctan en el llano. De entre toda la algazara comienza a ganar relieve un sonido que parece ir y venir aumentando y perdiendo intensidad. Ellos se quedan tranquilos, esperando que sólo sea un ruido ocasional, pero éste insiste, va y viene, estridente y firme tramonta y cabriola sobre las matas. Uno de los muchachos llama infructuosamente a la madre. El otro hermano se sienta en la hamaca y dice:

- ¡Escuchaste ese ruido Toño!

- Sí, sí lo escuché. ¿Qué será eso, qué puede sonar así tan feo?

- La verdad es que no lo sé, pero es mejor que estemos atentos.

- A mí no me gusta nada esto, ojalá y nos fuéramos pronto.

El cuchicheo de la conversación fue venciendo el sueño de la señora Carolina quien con voz adormilada les pregunta por lo que pasa. Toño, con gacha expresión se lleva un dedo a la boca: ¡schhh! Cállese para que oiga. El ruido parece estar más de la casa, la nitidez cala en los huesos y les irisa la piel, no tienen ninguna referencia, a menos que lo comparen con el propio silencio de sus miedos. La madre abre los ojos en un gesto de asombro y de temor, luego cobra la compostura y se dirige a ellos:

- ¡Háganle caso al abuelo! Cobíjense bien y duerman. Persígnense y olvídense de esos ruidos.

Da media vuelta en su catre y dice a rezar quedamente. Juanchito espera un rato y luego camina a hurtadilas hasta el cuarto el abuelo, se asoma por la hendija de la puerta y la voz ronca del viejo emerge desde la oscuridad:

- ¿Qué quiere Juancito?

-Nada abuelo. Lo que es que estoy asustado.

-¿Y eso a qué se deberá?

-No sé, es un ruido que está por allá afuera.

-No se me preocupe más por eso mijo, seguramente son los animales que anda en celo y se ponen a llamarse unos a otros.

-¡Todavía uté no ha visto ná! Vaya y duérmase tranquilo.

-Esta bien abuelo, debe ser eso. Buenas noches.

-Juanchito no aguata la curiosidad y abre la ventana para buscar entre la maleza lo que está causando el ruido que parece un batir de maracas de cascabeles con un silbo intermitente que desgarra la penumbra. Pasea los ojos y siente la oscuridad quedarse en ellos, un murciélago raya en el espacio sus veloces esguinces y burla las ramas de los cujiés. El ruido no ha cesado, viene como un látigo desde el otro lado de la maleza. Va y encuentra una pequeña linterna sobre la silla, la trae y alzándola por encima de su cabeza con los brazos colocados fuera de la ventana, alumbra y recorre con la lenta mirada la cercanía. Pasea los ojos y el olor de la vida no se oculta, la tierra guarda al hombre en su opacidad. Pasea los ojos y columbra una carrera de bachacos que acarrean trizas de hojas hacia la espesura. Entretanto, el ruido se hace más fuerte y su expectativa queda suspendida en el misterio de los montes, de pronto, el hermano deja caer sobre los hombros de Juanchito un abrazo frío que lo espanta y lo hace gritar horrorizado, cierra la ventana y se recuesta de ella. El zaino corazón se encabrita. Traga un golpe de saliva y abre la boca tomando aliento. Después de disculparse y bromear un poco, Toño se dirige hacia la mesa y rodando sus manos sobre el mantel tropieza con la jarra llena de agua y le da de beber a Juanchito, éste sorbe un poco y sonríe calmo y sosegado. Es entonces cuando se percatan de que con el susto la linterna habíase caído entre las matas del jardín.

El ruido cesó. Afuera la luna redonda y amarilla sobre los matorrales. A destiempo, la lejanía canta como un gallo y unos perros ladran obsesivos. El ruido sigue sin aparecer. La madre duerme imperturbable. Toño la mira fijamente y comprende que ya no vale la pena levantarla. Luego camina hacia el cuarto del abuelo, Juanchito quiere detenerlo, pero tanto su voz como sus ademanes de apremio se pierden en el vano esfuerzo. Llega cerquita del abuelo, éste parece estar muy ocupado reventando las capas de sus sueños, un chorrito de chimó se desliza desde la boca. Unos mosquitos revolotean. “El abuelo no es”. Piensa Toño y abandona el cuarto.

Los dos hermanos se animan para volver a mirar por la ventana. El ruido aparece. Juanchito especula sobre la posibilidad de que la abuela haya quedado en pena y esté buscando la manera de correrlos. Toño asienta un poco inseguro e invita a Juanchito a dejar las cosas así y tratar de dormir otra vez. En lo que abramos los ojos ya será de mañana, dice, cuando están cayendo en las hamacas. El ruido irrumpe imprevisto como un temblor de tierra, tan cerca como sus propios corazones suenan en el jardín un sin fin de cornamentas de venados reventándose unas contra otras en un duelo inverosímil y ensordecedor. Todos se han levantados despavoridos. Se llevan las manos a los oídos, insoportable, el ruido cruza por el centro de sus temores, el abuelo busca torpemente un rosario y recorta las palabras, la casita se estremece, los muchachos lloriquean ovillados en la saya de su madre, delante de la puerta hay presencia, no tienen dudas, algo está ahí con una fuerza inusitada que vacila en expresarse, los goznes de la puerta están cediendo, los retazos de oraciones nada han logrado, por fin, la inmovilidad da paso a la acción y escapan corriendo por la puerta trasera, en ese momento la otra puerta cae trepidante.

*Arnaldo Jiménez: Autor de esta pieza literaria es nativo de La Guaira, estado Vargas y reside en Puerto Cabello, estado Carabobo. Licenciado en Educación, investigador de nuestra oralidad, colaborador permanente de las actividades y publicaciones literarias de la Universidad de Carabobo. El siguiente texto fue ganador del Concurso Nacional de Cuentos y Relatos: Misterios y Fantasmas Clásicos de la Llanura "Ramón Villegas Izquiel", organizado por la UNELLEZ-San Carlos (2002).

Nota del editor: El presente texto fue publicado en: El Llano en voces. Antología de la narrativa fantasmal cojedeña y de otras soledades, editado por la Universidad Nacional Experimental de Los Llanos Occidentales "Ezequiel Zamora" (San Carlos, 2007), bajo la compilación de Isaías Medina López y Duglas Moreno.

2 comentarios:

Elia Brosed dijo...

Muy bien descrito, mejor no leerlo por la noche antes de ir a dormir jjajaa. Un saludo Isaias.

María Gabriela León Hernández dijo...

Muy bueno, lleno de tensión. Saludos.