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miércoles, 18 de noviembre de 2020

En un vagón. Cuentos escritos por José Gregorio Hernández (entrega 3)

 

Representación del Dr. José Gregorio Hernández en la capilla que le honra, sector Los Malabares, San Carlos, Cojedes. Imagen en el archivo de Samuel Omar Sánchez



(Publicado en El Cojo Ilustrado, año 493, Caracas, 1º de Junio de 1912)

 A mi respetado amigo el señor Jesús María Herrera Irigoyen

Una mañana fría y nublada caminaba yo de prisa para llegar a tiempo a la estación ferrocarrilera antes de la salida del tren. Cinco minutos justamente antes de la partida tomé el vagón que se hallaba desocupado aún, y traté de elegir un buen asiento para hacer más cómodamente mi pequeño viaje, pues, como de ordinario soy muy propenso al mareo, lo evito a veces situándome bien (El Cojo Ilustrado, año 493, Caracas, 1º de Junio de 1912)

 

Una mañana fría y nublada caminaba yo de prisa para llegar a tiempo a la estación ferrocarrilera antes de la salida del tren.

Instantes después acariciaba yo la halagadora idea de hacer mi camino sin compañía alguna, cuando entraron tres pasajeros más, de distinguido aspecto: un caballero al parecer de cincuenta años, tipo del perfecto gentleman, quien se tocó cortésmente el sombrero al pasar junto a mí; una señora que, al ponerme de pie para darle libre paso, me hizo una ligera cortesía, y un joven como de diecisiete años, de tan noble parecido con el caballero que semejaban una misma persona vista a los diecisiete y a los cincuenta años, de tez pálida, cabellos y ojos negros, con la mirada profunda del que nace pensador. Vino a situarse a mi lado, y, sin prestar atención a los movimientos precursores de la salida, abrió un libro y se entregó a la lectura.

El caballero y la dama tomaron asiento a mi frente. La señora vestía traje y sombrero negros de gran lujo y elegancia, y la dulzura de su fisonomía, al propio tiempo que todo el continente de su persona, revelaban la distinción peculiar a las personas bien nacidas.

Respiré con satisfacción pensando que, si la compañía no aumentaba, haríamos un viaje bastante agradable, y mayor placer experimenté al ver que, en el instante de partir el tren, la señora hizo piadosamente la señal de la cruz.

Entonces mi compañero arregló su libro lo más cómodamente que pudo para continuar su lectura, que, por lo visto, le interesaba sobremanera. Movido de curiosidad, traté de ver en su libro con discreción, mirando por encima del hombro, y leí lo siguiente:

"El hombre naturalmente desea saber: la presencia de lo desconocido le molesta; todo lo que es misterio le inquieta y estimula, y, en tanto que le dura su ignorancia, experimenta él un tormento que cede su sitio al placer cuando aquélla llega a ilustrarse".

La señora, viéndole absorto en la lectura, dirigió la palabra a su acompañante con voz intencionalmente fuerte, como para hacerse oír del joven.

-No me gusta que Carlos se entregue tanto a esas lecturas, las cuales me parece que le pervierten sus buenos sentimientos.

El caballero sonrió con bondad, fijando su mirada en Carlos con el mismo agrado con que se viera en el espejo ahora treinta años. Carlos levantó los inteligentes ojos y, mirando a la dama y al caballero con ternura dijo:

-Mamá no quiere que haga mis repasos, sabiendo que tengo que presentarme al examen de bachiller muy pronto.

-No es el repaso lo que me desagrada - replicó- sino que te veo con una ideas raras y muy distintas a las que tenemos en casa.

El caballero fijó de nuevo su mirada indagadora en el joven, y éste levantó un poco la voz como quien trata de expresar un profundo y firme deseo del alma:

-Tío Felipe, es que yo quiero saber.

La locomotora producía un gran estruendo en las vueltas del camino, los arboles del bosque huían velozmente y los pájaros se levantaban en bandadas, mientras que el penacho de humo quedaba como señal efímera de nuestro paseo.

Yo pensaba que este otro penacho de humo -el hombre- vive atormentado por el mismo deseo de Carlos de saberlo todo, sólo que, al buscar la vida en la ciencia, no pocas veces encuentra sino la muerte.

-Mira Felipe, -dijo la dama-ayer no más me aseguraba que las buenas obras que hacemos no nos sirven de nada, porque nosotros obramos siempre a impulsos del motivo más fuerte y sin ningún mérito de nuestra parte.

Su tío guardó un rato de silencio, al cabo del cual le dijo:

-Te has vuelto determinista a lo que veo, mi querido Carlos, y eso te perturba considerablemente porque encuentras que tu filosofía pugna contra tu religión.

Carlos Contestó:

-Yo desearía que alguien me pusiera de acuerdo esas cosas. Sin Embargo, me parece claro lo que nos enseña la estadística. ¿No vemos que hay casi todos los años un número igual de matrimonios? Lo mismo acontece con los robos y con los homicidios. Un buen estadista calcula sin errar que dentro de dos años habrá un determinado número de estos sucesos, de la misma manera que un astrónomo indica los eclipses del Sol y de la Luna que se verificarán de aquí a diez años.

La señora miró a Felipe con zozobra y como suplicándole que ilustrara al adolescente.

Don Felipe repuso: -Analicemos bien ese argumento. Por ejemplo, todos comemos generalmente las siete; si tú vas a la mesa con nosotros a esa hora, ¿lo haces de una manera necesaria, o te consta, por el contrario, que tendrías la libertad de no ir?

- Es claro que puedo no ir si me place.

-¿Aunque tuvieras mucho apetito pudieras dejar tu puesto vacío en la mesa?

- Si, por cierto.

- Ya ves, Carlos, que eres libre, puesto que no te dejas dominar por tu apetito y puedes triunfar de él. Y de todos los móviles humanos, los más poderosos son las inclinaciones físicas, que impulsan casi como instintos.

-Si- dijo la madre con gozo- los santos adquirieron la perfección en grado heroico porque lucharon contra todos sus apetitos corporales y triunfaron de ellos.

Por mi imaginación pasó el recuerdo de aquel dulcísimo Francisco de Asís despedazando su carne virginal con las espinas de unas zarzas en una terrible noche de invierno, luchando violentamente contra la tentación y venciéndola.

La máquina detuvo su marcha por breves instantes. Todos nos asomamos a las ventanillas. En el corredor de la pequeña estación estaban dos granujas vestidos de harapos. Uno de ellos, dirigiéndose a su compañero, le dijo:

-Vale, ahora me gano, cuando menos, tres reales con los pasajeros que vienen.

El otro, levantando la mano derecha hasta el nivel de los ojos y cerrando unos después de otros los dedos, le respondió:

-¡Veo!...

El vagón continuó su interrumpida marcha y los pasajeros nos colocamos de nuevo en nuestros respectivos puestos.

Don Felipe continuó:

-Oye, pues, Carlos; la estadística nos enseña solamente los meses en que se verifican esos actos de que tú hablas, pero nada nos puede decir del estado sicológico de sus autores, el cual sólo puede ser conocido por la conciencia.

-Concedo que los argumentos en favor del determinismo dados por la estadística sean bien débiles - replicó Carlos-, pero es que los hay más poderosos. Si se le sugiere un acto cualquiera a un histérico durante el sueño hipnótico lo realizará al despertarse. Preguntémosle en seguida si lo ha hecho con entera libertad y nos afirmará que así lo hizo.

-Y así lo ha hecho, en efecto, porque la sugestión no obra sobre la voluntad, sino indirectamente por el intermedio de la memoria y de la inteligencia. Los actos se verifican así: al producirse la reviviscencia del hecho sugerido la inteligencia lo considera y ofrece a la voluntad, la cual lo acepta si es de su agrado, o lo rechaza en el caso contrario; de suerte que, aun aquel que está influido por la sugestión puede obrar libremente. Recuerdo haber leído la observación de un notable neurologista. Se trataba de una histérica a quien se le sugirió que en la tarde del día siguiente saliera a paseo con su sombrero puesto al revés. En llegando la hora sugerida todos oyeron que la enferma decía:

-¡Que cosas tan raras se me ocurren! Solamente que estuviera loca me pondría el sombrero al revés!

Y salió vestida correctamente. Ya ves tú que los histéricos, al aceptar la sugestión, lo hacen tan libremente que pueden rechazarla y practicar lo contrario.

Carlos repuso: -Y si admitimos la libertad humana, ¿no nos ponemos en contradicción con la ley de la conservación de la fuerza? ¿Tendríamos que admitir que un acto voluntario podría crear de la nada un movimiento intercurrente, cuando está demostrado que todo movimiento resulta siempre de un movimiento anterior?

-La voluntad libre- respondió Felipe reposadamente- no crea ningún movimiento de la nada; lo que hace es servirse, poniéndolas en libertad, de las fuerzas almacenadas en los elementos musculares.

Además de que la ley de la conservación de las fuerzas está demostrada por un sistema cerrado e inerte y no lo está respecto de los seres vivos.

Conforme Carlos se iba poniendo pensativo, la dama manifestaba ostensiblemente su alegría.

-Pero es lo cierto- volvió a decir Carlos- que nos decidimos siempre por el motivo más poderoso.

-No siempre- dijo don Felipe- por ejemplo, una persona obediente a los mandamientos de la Iglesia no tomará el alimento antes las doce en un día de ayuno, aunque tenga mucho apetito; mientras que el falderillo de tu casa, al presentársele el alimento, se lo comerá irremisiblemente si tiene hambre.

-En ese caso- dijo Carlos con aire de triunfo-, el motivo más fuerte es la decisión de cumplir la ley del ayuno.

-Estás en la plenitud del error, mi sobrino, porque, como acabo de decir, es un hecho demostrado por la experiencia que de todos los móviles humanos los más poderosos son los apetitos corporales, por lo cual la lucha contra ellos constituye el lado doloroso de la vida. Además, podemos verificar todos estos actos experimentalmente y siempre la conciencia nos atestiguará la existencia de la libertad.

Yo observaba al joven y experimentaba una verdadera delicia al ver que en su clara inteligencia había entrado la buena doctrina. En aquel momento la máquina empezó a disminuir de velocidad y Carlos, levantándose de repente y dirigiéndose a la puerta, exclamó: -Ya llegamos.

Después que hubo salido dijo la señora:

-¿Crees tú, Felipe, que Carlos irá abandonando todas esas malas ideas y que podré verlo volver para siempre a su Catecismo, que con tanto desvelo le he enseñado?

Tranquilízate, querida hermana- le respondió don Felipe levantándose para salir- todos, unos más y otros menos, nos hemos divorciado del Catecismo en esa época de la vida y hemos dado acogida a la novedad de esas ideas tan cónsonas con el estado psicológico producido por el cambio de la edad. Pero después, poco a poco, vamos despojándonos de ellas, y entonces florece espléndidamente la primera siembra, sobre todo cuando el sembrador fue una madre como tú.

Yo me quedé con el corazón entristecido al pensar cuántos hay que permanecen definitivamente divorciados del Catecismo por carecer de una mano amiga y amante que les haga fácil la vuelta.


Texto tomado de: "José Gregorio Hernández Obras Completas". Compilación y notas Dr. Fermín Vélez Boza. Ediciones OBE Caracas 1.968 por  Alfredo Gómez Bolívar



Visión del Arte. Cuentos escritos por José Gregorio Hernández (entrega 1)

 

Representación del Dr. José Gregorio Hernández, en la entrada de la capilla que le honra, sector Los Malabares, San Carlos, Cojedes. Imagen en el archivo de Samuel Omar Sánchez




 

(Publicado en "El Cojo Ilustrado". Año XXI, número 491, págs. 198-300 Caracas 1º de Junio 1.912, El Universal, Caracas)

A mi respetado amigo el señor Pbro. Dr. Rafael Lovera, Teniente Provisor: Y Pro. Vicario General del Arzobispado.

 

Tome la pluma y escribí con desencanto: Capitulo segundo. El Arte

La tarde esta cálida, tempestuosa y cargada de fluido eléctrico, que obraba implacablemente sobre mis nervios, comunicándonos como unas corrientes no interrumpidas de malestar. Había tenido durante el día un trabajo fuerte y emocionante, y me sentía con cansancio físico muy pronunciado.

Traté de coordinar mis ideas para comenzar a escribir, confiando en que el movimiento producido por la composición intelectual me haría olvidar el cansancio del cuerpo y los trastornos nerviosos de causa meteorológica. ¡Vano intento! Mis esfuerzos en este sentido fueron inútiles; por lo contrario, lejos de armonizarse las ideas se me empezaron a confundir lamentablemente. A mí alrededor los objetos tomaban formas fantásticas, moviéndose caprichosamente y agitándose en un baile siniestro y lúgubre. En particular, un ramo de viejas flores que estaba olvidado sobre la mesa en que me había puesto a escribir me producía la ilusión de que estaba haciendo toda suerte de contorsiones; se inclinaba a la derecha y a la izquierda con cierto aire de burla, y, por último, creí verlo que se doblaba más profundamente como si me hiciera una cortesía, hasta que, tomando vuelo, se desprendió de la mesa y fue a colocarse sobre la puerta entre abierta de la habitación. ¡Puras ilusiones visuales!

En medio de las tinieblas que cada vez más ofuscaban mi mente pude pensar que todo lo que me acontecía eran obras de mi imaginación cansada y estropeada por el trabajo de aquel día y por la enorme tensión eléctrica de la atmósfera. Comprendí también que en vano trataría de luchar contra ese estado de cosas y decidí someterme a la fatalidad. Un ruido sordo, como de un trueno lejano que me pareció oír, acabó de ofuscarme y hacerme perder el sentido de la realidad.

Tuve todavía bastante conciencia para más convencerme de que era incapaz de recobrar mi autonomía y miré desoladamente alrededor de la habitación, como quien busca auxilio. Al cabo de un rato, con gran sorpresa, vi o creí ver junto a mí un ser indefinido, semejante a una aparición que me estaba mirando con ironía. Su vestido blanco era como una amplia túnica que se movía como si fuera a impulsos del viento, y de tal manera disimulaba sus formas que me era imposible distinguir si ese ente que estaba en mi presencia era hombre o mujer.

Largo tiempo estuvo mirándome despreciativamente. Su mirada inquisidora penetraba hasta el fondo de mi vacía imaginación y la registraba minuciosamente como quien ojea un libro. Aquel análisis frío y sostenido de mí ser interior, semejante a una disección anatómica, me producía una especie de congelación interna. Después de haber prolongado ese registro todo lo que quiso, sacudiendo la cabeza con un aire no sé si de conmiseración o de hastío, concluyó por decirme:

--Nada has podido producir. Tu inteligencia está como un papel en blanco; pero tengo lástima de ti y quiero trabajar por tu cuenta.

Extendió, luego que acabó de hablar, su brazo escultural y con la mano abierta señaló el fondo casi oscuro de la estancia. Yo seguí con la vista aquel ademán, lleno de imperio, y miré a lo lejos. Primero vi una espléndida llanura en la cima de un monte, como si fuera una meseta, iluminada por una suave y deliciosa luz. Parecía que nos acercábamos a ella con rapidez. En seguida se fueron delineando claramente los contornos de un palacio suntuoso de construcción antigua, con las paredes de mármol tan fino que casi tenía la transparencia del vidrio y con el techo de un metal semejante al oro.

Me parecía que, sin movernos, nos acercábamos a la espléndida mansión nunca vista por mí y ni siquiera imaginada. Tuve la sensación de que habíamos penetrado en el interior de una sala de deslumbradora riqueza, en la cual se hallaban numerosos personajes rodeados de incomparable gloria. Tenían aquel aire lleno de majestad de los que están habituados a dominar las inteligencias de los demás hombres, y, en realidad, parecían reyes que estaban sentados sobre tronos. En el mismo instante en que pasábamos junto a ellos se levantó de su asiento el más glorioso de todos, y con seguridad era el que presidía aquel senado resplandeciente, y con voz no terrenal comenzó a recitar los sublimes versos: "Canta, oh diosa!, la cólera de Aquiles, hijo de Peleo".

Entonces pude ver en el dosel del trono en que se hallaba el recitante esta inscripción en letras refulgentes: "¡Poesía! ¡Eres de todas las bellas artes la más excelsa!¡Eres el arte divino".

Comprendí que íbamos a salir de aquel encantado recinto, y, una vez fuera de él, continuamos nuestro aéreo viaje con rapidez. Muy distante debíamos encontrarnos, a juzgar por lo largo del tiempo, cuando empecé a sentir como el ambiente perfumado del bosque y a notar el silencio inapreciable del desierto, apenas interrumpido por el ruido de las corrientes de aire que levantábamos a nuestro paso. Era evidente que entrábamos en un lugar solitario y silencioso. La aparición me habló diciéndome: "Cierra bien los ojos y apresta los oídos". Obedecí al punto y puse todo mi esfuerzo en oír.

De aquella ignorada región de la tierra, de aquel rincón bendecido del mundo, se elevaba un canto celestial. No parecía formado de voces humanas, y hubiérase creído que alguno de los coros angélicos lo entonaba. Compuesto solamente de voces, sin ningún acompañamiento de orquesta, la frase musical estaba formada por una melodía grave y pausada que en algunos momentos parecía un lamento, un sollozo o una súplica, pero que en otros instantes tomaba los grandiosos acentos de un himno triunfal. En mi alma se despertaban emociones del todo semejantes a la expresión sensible de aquel canto, que me traía el recuerdo de dulces días, de días serenos y apacibles de mi vida, quizá pasados para siempre. La aparición me habló con voz emocionada y me dijo: "Es el himno cartujano que noche y día sube al cielo a pedir misericordia por el pobre mundo. En el desierto viven esos seres como ángeles formando el jardín privilegiado de la Iglesia".

Poco a poco fuimos perdiendo la audición del himno, conforme nos alejábamos del desierto y entrábamos en la llanura. De repente llegamos a un espacio lleno de primorosas flores. En medio de él se levantaba una escala de singular belleza de la cual se irradiaba una brillante luz en todos los ámbitos de aquel dilatado espacio. Estaba formada por siete gradas talladas en una piedra riquísima y preciosa como el diamante. Sus pasamanos eran como de esmeralda cubiertos de facetas, y toda ella parecía suspendida en el aire y rodeada de gran esplendor.

En la tercera grada de aquella inimitable escala estaba de pie una bellísima mujer ligeramente reclinada en la verde esmeralda. Llevaba una ondulada túnica escarlata y sobre los hombros descansaba un manto de imperial armiño. En la mano derecha tenía el cetro. Luego que nos hubo visto hizo un ademán con la mano izquierda enseñándonos hacia el Oriente.

En aquella dirección apareció un campo irregular y quebrado en el que venían algunas palmeras torcidas y casi secas, agitadas por el viento; hacia la izquierda, y en dirección de las palmeras, se notaba la bella ensenada de un lago de plomizas aguas; a orillas del lago unas colinas cubiertas de hierbas y de no muy grande elevación, y, por fin, más allá y por encima de las colinas el cielo azul con nubes acumuladas, mensajeras de próximas borrascas. Una gran multitud de hombres, mujeres y niños se encontraba en aquel sitio y le daba el aspecto de un campamento. Toda aquella muchedumbre parecía presa de un entusiasmo indescriptible, como si hubieran sido testigos de un acontecimiento nunca visto en el mundo; como que lo comentaban y discutían con vehemencia, y a veces llagaba a mis oídos el ruido de una inmensa aclamación semejante al ruido del mar durante una tempestad. Unos cuantos de los actores de aquella escena estaban afanados recogiendo unos objetos que, ciertamente, eran pedazos de pan y restos de pescado, los cuales iban colocando cuidadosamente en cestos. De pie sobre una pequeña elevación del terreno y dominando aquel espectáculo estaba Él, resplandeciente en su divinidad y con las manos omnipotentes levantadas al cielo en actitud de dar gracias.

Un frío producido por la emoción circuló por todo mi cuerpo; pensé que me iba a morir. Entonces hice un violento esfuerzo sobre mí mismo, tratando de recobrar mi libre personalidad, como quien procura despertar encontrándose en medio de una pesadilla. Casi recobré el uso de mis sentidos, de tal suerte que empecé a distinguir los objetos de la habitación y hasta oí claramente la voz de un granuja que gritaba en la calle: "Para el miércoles. ¡El cuatro mil trescientos cincuenta y nueve!".

No pude luchar por más tiempo y volví a caer en mi letargo. A mi lado estaba todavía la aparición, que me dijo con aire de comprimida cólera: "Estás bajo mi autoridad; aunque no quieras has de prestarme atención hasta el fin". Y, agarrándome con fuerza por un brazo me condujo velozmente y como si fuera llevado por una ráfaga de naciente huracán. Llegamos al cabo de un largo tiempo a un silencioso y dilatado recinto, que al principio creí había de ser como un recinto mortuorio, pero luego pude convencerme de que era un espacio cerrado en el cual se distinguían grandes masas de jaspeado de mármol que custodiaban la entrada y se extendía a lo lejos. Por dentro de ellas se encontraban lujosas columnas, preciosos molinos de mármol de raros colores que contribuían con matices a dar belleza y armonía al conjunto.

En el centro de aquel recinto se levantaba, esbelta, la figura de una mujer de blanco mármol. Parecía acabada de salir de la onda líquida y por ello cubría castamente su desnudez con tela abundante de profusos pliegues. Su rostro ovalado y de una deslumbradora dulzura estaba iluminado por una sonrisa celestial, y su mirada, rica de inmortalidad, se dirigía vagamente a lo lejos, como si estuviera mirando el desfile de las generaciones seculares que habrían de venir a contemplarla sin saciarse jamás de admirar su belleza. Me sentí como poseído de un verdadero éxtasis producido por aquel esplendor, y hubiera deseado nunca más salir de ese recinto encantado, hasta que una voz me sacó de aquel arrobamiento, la cual, descendiendo de lo alto, exclamaba: "¡Oh hombre! ¡Admira el poder creador de que disponen los de tu raza! ¡Pueden ellos transformar, la fría piedra en un ser como éste que ves palpitante de vida, el cual representa el ideal perfecto de la belleza!".

Pero, sin dejarme oír más, la aparición me obligó a continuar nuestra marcha. Corrimos sin descanso y pasábamos como una exhalación por los aires, absolutamente como si atravesáramos los continentes y los mares. Después me dijo de nuevo: "Mira en frente de ti; no tienes tiempo que perder".

Vi un caudaloso río azul de dormidas aguas sobre las cuales se habían debido cantar las baladas antiguas. A su orilla izquierda estaba extendida amorosamente una gran ciudad, una ciudad antigua, es verdad, pero tanto en los pasados como en los presentes tiempos gloriosa y heroica. Como iluminando la ciudad, se levantaba majestuoso el edificio espléndido de la Catedral, cuyos contornos se dibujaban maravillosamente en las aguas del río. En la fachada se levantaban dos altísimas torres rematadas en atrevidas agujas, y toda aquella construcción era una verdadera filigrana de piedra, monumento acabado de belleza y ejemplar perfecto del estilo ojival, el mayor invento arquitectónico de la inteligencia humana. Sobresalían en ella la potencia y la magnificencia ordenadas y armónicas, engendradas por la artística disposición de las formas geométricas. Al entrar oímos claramente los sagrados cánticos de la oración vespertina, los cuales produjeron honda conmoción en todo mí ser.

Traté de ver si la aparición estaba a mi lado como antes y nada pude distinguir. Hice un esfuerzo mayor para abrir los ojos y mirar a mí alrededor, y entonces fue cuando empecé a volver a la realidad. Tan luego pude coordinar mis ideas me puse a recordar lo que me había sucedido, pronto comprendí que era todo aquello una simple visión imaginaria producida por el cansancio y el estado atmosférico.

En el suelo estaban unas cuartillas caídas de la mesa: en una de las cuales había un renglón medio borrado en el que pude leer: Capitulo segundo. El Arte...

 

Tomado de: "José Gregorio Hernández Obras Completas" Compilación y notas Dr. Fermín Vélez Boza. Ediciones OBE Caracas 1.968, por  Alfredo Gómez Bolívar


viernes, 21 de agosto de 2020

Sobre la invención del asesinato y otros cuentos de Julio Romero Parra

 

La fiesta fue interrumpida por el accidente en la autopista. 

Imagen en el archivo llanero de Santos Quiroga




SOBRE LA INVENCIÓN DEL ASESINATO 

Un señor flaco como palo de escoba y cuyo nombre era Thomas De Quincey, de humanidad microscópica y de andar desgarbado, cuando el tiempo se lo permitía, solía desplazarse entre las calles de Londres. Su tocayo Thomas Carlyle lo llamaba El enano.

A De Quincey le gustaba el aliño, es decir, meterse opio hasta en los forros. Si hubiese vivido en nuestros tiempos, este señor seguramente habría sido otra víctima del narcotráfico y en lugar de opio habría utilizado otras sustancias peligrosas como la marihuana, el LSD, la cocaína, el basuco e inclusive hasta la misma piedra.

Cuando sus amigos le preguntaban el motivo por el cual se metía tanto opio en la nariz, de inmediato contestaba que su adicción atendía a un constante dolor de muelas que lo atormentaba. Si alguno de sus amigos argumentaba que optara por extraerse la muela, de inmediato lo enviaba al carajo. Quizás le gustaba tanto el dolor de muelas como el consumo de opio.

Esta situación sacaba de sus cabales a su mujer. Ella se llamaba Margareth y tanto la angustiaba el estilo de vida de su marido que en algunas ocasiones intentó suicidarse. Lamentablemente no logró su cometido y su extraño consorte continuó sus sesiones opiáceas que trataba de justificar con su dolor de muelas. Por instancias de su mujer, algún día las autoridades lograron detenerlo y lo instigaron para que se extrajera la muela y por ende el vicio de atosigarse con el opio. Pero De Quincey, en lugar de arrancar de su vida el dolor de muelas y el consumo de la droga, prefirió arrancar de su vida a su mujer.

Margareth fue la esposa de un hombre genial que, como todos los genios que han circulado por el mundo, muchas veces fue ganado por un poco de excentricidad, por un poco de locura y por un deseo inusitado de inventar cosas atípicas. Quizás Margareth descansó cuando De Quincey la abandonó. Para cualquier mujer no resultaría fácil convivir con un hombre demasiado inteligente, con un encumbrado del pensamiento, con un desalineado. Ella no soportaba permanecer al lado de un tipo que deliraba en las horas nocturnas, con alguien que jamás tuvo solvencia con sus acreedores, un paradigma lleno de abulia para lo pragmático y a quien poco le importaba la infidelidad, el hogar y el honor. Se ha comprobado que ninguna mujer es feliz viviendo al lado de un maniático consumido por un exceso de horas dedicadas a la lectura y a la meditación. De Quincey era una perenne víctima de la bancarrota total y en su eufemismo solo buscaba crear algo que no hubiese sido creado. Como lo hizo Honorato de Balzac, cuanto más lo perseguían las deudas, menos le preocupaban los acreedores. Su objetivo se centraba en el pensamiento, en la creación, tales eran sus riquezas, y en lugar de intentar acumular una fortuna en oro dedicó su vida a atesorar sus reflexiones. Sus libros eran los únicos artículos de propiedad con los cuales podía ser más rico que sus vecinos. La pobreza solamente era una circunstancia.

Además de eso, el estilo literario de Thomas De Quincey fue muy original. Subvertía la lógica y el buen sentido burgués de los británicos. Se reía de las religiones y de los autores serios. La literatura no era más que un juego. ¿Para qué tomarla en serio? Más que tratar de escapar de su dolor de muelas se drogaba tratando de escapar de su inteligencia superdotada.

Durante algunos días fríos y tediosos, en el suburbio neoyorquino de Queens, releí uno de los más hermosos libros de Thomas De Quincey, El asesinato como una de las bellas artes, y en ese ensayo el opiáceo afirma que Caín debió ser un genio de primera clase pues fue Caín, y nadie más, quien inventó algo tan genial como el asesinato. El cuerpo del delito estuvo conformado por su hermano Abel. Por tal motivo, Abel también debería ser considerado como el primer cadáver de plástico de la historia. De haber sido así podríamos afirmar que las narraciones policíacas no fueron inventadas por un desesperado llamado Edgar Allan Poe, ni siquiera por un remoto chupatintas del oriente, sino por quienes redactaron el Antiguo Testamento.

Sin embargo, la mayoría de los entendidos se empecinan en asegurar que fue Edgar Allan quien inventó el relato policial. Quizás podamos aceptar tal idea para no caer en polémicas de callejón, pero de lo que no me queda la menor duda, luego de leer el sublime ensayo de Thomas de Quincey, es que el mono que cometió los asesinatos de las Lespanaye en Los crímenes de la calle Morgue, acción que dio lugar al relato policial en occidente, no fue el inventor de los cadáveres de plástico. En síntesis, también me ha dado por pensar que el inventor de los cadáveres de plástico fue uno de los antiguos redactores del Viejo Testamento.

Este cuento, lo escribí hace más de un año, un día cuando fui a buscar a Urania en el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar y de regreso encontramos una tranca en la vía debido a que estaban saqueando un camión que transportaba carne.



EL PECADO DE AMELIA DUARTE 

Amelia Duarte vio llegar al ángel de su vida durante el transcurso de una Semana Santa. Entró por la nave de la iglesia San Roque, se acercó a ella durante algunos días y luego, por una extraña jugada del destino, pudo ver como se alejaba para siempre.

Su vida estaba marcada por Dios. Sus obligaciones en ese sentido consistían en mantenerse pura y aislada del pecado. Siendo muy pequeña, alguna vez le preguntó a su madre qué era el amor. Su madre le contestó:

-Es un pecado.

Por ese motivo, sólo tenía conciencia de dos lugares infalibles hacia los cuales tarde o temprano debería encaminarse. Estos sitios no podían ser otros que el cielo y el infierno. Su madre, viuda y bienaventurada consagrada a los oficios del santuario, no le había inculcado otra creencia. De igual modo, las Hijas de María, el padre Marini y el resto de las beatíficas del templo le habían advertido que el infierno era una caverna negra y pestilente en forma de embudo que ramificaba sus tormentos hacia el centro de la tierra. Ese lugar estaba destinado al sufrimiento de los pecadores. En cambio del otro lado se encontraba el premio, el paraíso, el cual era un espacio límpido, abierto, sin contaminación alguna y oloroso a desinfectante. Entre sus pasadizos caminaba Dios con sus grandes chancletas de peregrino. Allí se reunía con los elegidos quienes eran atendidos por ejércitos de arcángeles como si fueran turistas de primera clase.

Amelia ya estaba por los diecisiete años. Era una muchacha de carnes tentadoras. Poseía alargados ojos de ébano, rasgados y bonitos, y su cuerpo, en lugar de estar diseñado para el cielo, parecía estar apto para concursos de belleza. Desde muy pequeña, su madre la enseñó a leer las Sagradas Escrituras y, para variar, le permitió los cuentos de Perrault y de Hans Christian Andersen. Influida por las personas que la rodeaban y por el peso de sus lecturas, sus sueños tenían mucho que ver con Dios y con la llegada de un príncipe azul.

Su madre enviudó muy temprano y luego de quedarse sin marido se convirtió en una mujer católica y autoritaria. Su norte era seguir el camino que conduce al cielo. Seca y amarga como la hiedra, la principal finalidad de sus ayunos consistía en evadir las constantes trampas del demonio que conducen al pecado. Entre esas triquiñuelas pecaminosas no dejaba de incluir al amor.

Durante mucho tiempo, Amelia no hizo otra cosa que cumplir las órdenes de su madre. Pero a principios de una Semana Santa, su anhelo por Dios fue sustituido por la figura de un príncipe azul. Lo vio entrar al templo de San Roque un día domingo de ramos cuando la nave se encontraba congestionada debido a la inminente llegada de la Semana Mayor. Entre cientos de feligreses que acudían a la misa de mañana para dar inicio a la vida, pasión y muerte de Jesús, descubrió al ser prometido de los cuentos infantiles. Allí se encontraba cerca del señor cura. Parecía un ángel prestado a la parroquia. Ayudaba a repartir entre la congregación los ramos de palma bendita.

Al siguiente día, Amelia se sorprendió al encontrarlo en la procesión. Estaba vestido como Nazareno y al frente de la multitud se escudaba de los ataques del infierno y arremetía contra el demonio con un candelabro y un braserillo que regaba humo de incienso. Entonaba cantos a Jesús Atado que eran coreados por la multitud.

Perdona tu pueblo, Señor,

perdona tu pueblo,

perdónalo, Señor …

La madre llevaba a Amelia Duarte tomada de un brazo y ella se ruborizó cuando un pensamiento de amor logró colarse entre sus cánticos. Fue un sentimiento repentino y fustigante idealizado por su profunda fe. En él, el mancebo inmaculado, centro de su instantáneo fervor, exhibía blanquísimas alas sólo comparables a las del arcángel Gabriel.

Por las espinas que te pincharon,

por los tres clavos que te clavaron

perdónales, Señor…

En algún momento, Amelia Duarte se persignó al creer que caía en una trampa del demonio. Pero al día siguiente, durante la procesión de La Dolorosa, el mundo se le vino encima cuando descubrió que los ojos del arcángel vestido de Nazareno se fijaban en los suyos. Fue como un choque de trenes, como dos galaxias fundidas en un solo cataclismo.

El día Miércoles Santo, Amelia Duarte intentó escapar del pecado buscando la cercanía de un Jesús melancólico que llevaba una cruz a cuestas. Pero el joven Nazareno abandonó el frente de la comitiva. Echó a un lado el braserillo y el candelabro y caminó a su lado replicando a los responsos del padre Marini. Amelia no pudo hacer otra cosa que temblar y darse golpes de pecho a causa del amor que parecía estarla matando.

Pero el pecado tomó fuerza el día Jueves Santo, fecha en la cual no salió la procesión. Los feligreses se dedicaron a la adoración del Santo Sepulcro. Ese día, el demonio logró su cometido.

La madre de Amelia Duarte salió ese día a visitar los siete templos y ella se dirigió a la iglesia San Roque para dar inicio a la vigilia. En ese momento, el padre Marini se encontraba en su siesta matinal. En la sacristía encontró al hermoso Nazareno. Ella le entregó unas flores que llevaba y en el acto de entrega él la tomó de las manos.

-Pareces una virgen-le dijo él.

-Y tú eres tan hermoso como el arcángel Gabriel-replicó la muchacha.

No fue más que un agarrón de manos. Pero el pecado de amor se consumó el Sábado de Gloria. En el preciso momento cuando el cura italiano bendecía al fuego, ellos se quemaron en un beso ardiente que hizo temblar a la sacristía.

El día Domingo de Resurrección, el hermoso Nazareno se marchó del templo de San Roque. Jamás volvió a saberse de él. Dicen que fue un forastero que llegó en esa Semana Santa para cumplir una promesa. La madre de Amelia Duarte la condenó a convertirse en otra beata de la iglesia.

 

RAPIÑA 

El cabo segundo de la Policía Metropolitana, Pascual Alejandro Mantilla, se encontraba sentado ante la mesa de pantry saboreando un café negro y leyendo la página de sucesos del diario Últimas Noticias. En un anexo de la casita se escuchaba el ruido de un televisor. Esperaba la arepa frita con huevos y mortadela que en la cocina le estaba componiendo su mujer Delia Figueroa de Mantilla con quien llevaba casado veintitrés años y cuatro meses y medio. Delante de él, sobre un mantel plástico, rojo y a cuadros, reposaban unos periódicos, un yesquero y una caja de cigarros. Vivían en la cumbre de un cerro aledaño a la autopista Caracas-La Guaira y a través de la ventana podía ver el movimiento de la vía. Comenzaba a caer la tarde, bajaban las brisas del Ávila y el tráfico se hacía más pesado.

Mantilla traqueteó la lengua. En aquel momento leía la crónica sobre un hombre que fue asesinado a machetazos por su propio hijo porque no quiso compartir con él un trago de aguardiente. No era la primera vez que leía una noticia así. El suceso ocurrió la noche del sábado en Naguanagua, luego de que el presunto homicida regresara de una fiesta a las tres de la mañana con su cuerpo lleno de alcohol y marihuana. Sacó a su padre del cuarto y puso la botella frente a él para que se empinara un trago. En vista de que el viejo se negó se transformó en un energúmeno, buscó un machete y le tumbó la cabeza. En la misma página del periódico aparecía una fotografía de la madre del asesino, desgreñada, llorosa y desesperada dando fe de la ética de su hijo y asegurando que todo fue un accidente. El cabo segundo Pascual Alejandro Mantilla probó otro poco de café, chasqueó la lengua, mojó el dedo índice con saliva y pasó a revisar otra noticia: A un fiscal de tránsito terrestre le dieron una puñalada por estar de matraquero. Cayó la banda Los menudos con doce paquetes de basuco. Aquel fin de semana hubo un récord de crímenes en la ciudad de Caracas, se contabilizaron doscientos setenta y cuatro cadáveres en la morgue de Bello Monte. Pero el cabo tenía mucha hambre. Percibió el olor de la mortadela frita. La arepa y los huevos estaban chirriando en otro sartén. Chasqueó la lengua y pasó a leer otra noticia. Eso de chasquear la lengua era una maña que tenía el cabo, una mala costumbre que a veces lo hacía reñir con su mujer y a veces con sus superiores cuando se encontraba de guardia.

***

Al cabo segundo de la Policía Metropolitana, Pascual Alejandro Mantilla, le gustaban los malos hábitos alimenticios. Tomó el cuchillo, le abrió la barriga a la arepa y la untó con mantequilla y mayonesa. Luego metió entre los dos pedazos los huevos y el pedazo de mortadela frita. Eso seguramente no lo debió hacer. El cardiólogo le había prohibido aquella práctica alimenticia. La última vez, su mujer lo llevó de urgencia al hospital, se sentía mareado y con un dolor en el lado izquierdo de su pecho. El mismo cabo le dijo al médico lo que sentía. Doctor, parece que fuera un preinfarto. El médico lo miró con una sonrisa sardónica. Los preinfartos no existen, le dijo, así como tampoco existe el semicuero. O es cuero o no es cuero. O es infarto o no es infarto, pero las cosas no pueden ser a medias. Tampoco existe la semivaca. O es vaca o no es vaca. Así les dijo el facultativo burlándose de su enfermedad. Lo examinaron, le hicieron un electrocardiograma y le diagnosticaron una fisura en el miocardio. Sí, era un infarto. De vaina está vivo, dijo el médico. Si quiere vivir algunos añitos más, debe dejar de beber café, debe dejar de fumar y de comer frituras. Nada de mayonesa, nada de mantequilla, nada de aguardiente, nada de embutidos, nada de arepas ni de huevos fritos, nada de refrescos ni de tabaco. Pare la caña, ciudadano. Si no la para es porque usted mismo no se quiere.

Mantilla estaba sobrepasado de peso, le costaba respirar, tenía tapadas las coronarias. Además del grasero que se tragaba, todos los días se bebía diez tazas de café retinto, se fumaba dos cajas de Marlboro y apenas salía de guardia en el comando se metía doce o catorce tercios. Cuando comía ponía el frasco de mayonesa frente al plato de comida. Una cucharada de comida, una cucharada de mayonesa. Se estaba matando. Medía uno sesenta y siete y pesaba ciento cuatro kilogramos. Estaba pasado de peso. Antes anduvo en moto, pero ya no podía. Ahora lo cargaban en la patrulla. Era una bomba de tiempo a punto de explotar. Contaba cincuenta y un años de edad y todavía le faltaban tres años para la jubilación. La mujer no discutía con Mantilla porque Mantilla era una autoridad en la calle, en el comando, en el cerro y hasta en el rancho donde vivían. Mantilla mandaba más que un alternador. Apenas era un cabo segundo, pero mandaba más que un general en jefe. Cuando el médico lo mandó a hacer dieta, de inmediato su mujer fue a una feria de hortalizas y compró espinacas y zanahorias. Mantilla le dijo que él no era Popeye para estar comiendo espinacas. Cómetelos tú si te da la gana. Cómetelos tú, es una orden. Mantilla era una autoridad. Las órdenes de Mantilla se cumplían. Entonces Delia Figueroa de Mantilla, su sometida mujer, se comió las espinacas y las zanahorias y él se siguió atragantando de café, de aguardiente, de grasa y de tabaco.

***

Cuando el cabo segundo de la Policía Metropolitana le pegó el tercer mordisco a la arepa rellena con mantequilla, huevos y mortadela, sintió que la manteca se le chorreaba entre las encías y que algunas virutas de masa se depositaban en uno de sus premolares cariados. Chasqueó la lengua, se aspiró la muela picada y al mismo tiempo se metió un buen buche de café. Entonces, cuando estiró su mirada que cruzó como un rayo la ventana para ir a caer en la autopista, se dio cuenta de que el destino se le torcía a un pobre conductor. Un camión con cava frigorífica perdía el control y se estrellaba contra las defensas de un puente. Por poco no se fue hacia el fondo del barranco. Mantilla lo pudo ver todo, como si se tratara de una película. La cabina de mando se torció con el impacto. El cargamento se ladeó y casi en cámara lenta comenzó a caer a un lado del viaducto. Salía un poco de humo y un poco de polvo. De inmediato comenzaron a detenerse los motorizados. Era como un enjambre de abejorros esperando la orden de la reina. Y la orden no se hizo esperar. Fue precisamente una mujer que venía de parrillera la que pegó el primer grito: “! Vamos a saquear esa mierda!” De inmediato comenzó el festín. Desesperada, la muchedumbre saltó sobre el voluminoso vehículo y forcejeando unos contra otros comenzaron a apoderarse de las cajas de carne congelada. Mantilla sintió que el corazón se le comenzaba a acelerar. Delia Figueroa de Mantilla, su mujer, una vieja pelo cano que quizás lo sobrepasaba en edad, le pidió que llamara al comando. El cabo tomó el teléfono y llamó de inmediato, pero le informaron que ya conocían del caso y que hacia el sitio del siniestro se desplazaban unidades policiales. La muchedumbre que saltaba sobre la cabina de mando ni siquiera reparaba que adentro de ella el chofer se encontraba moribundo. Prácticamente terminó de morir pisoteado por los saqueadores. Pocos minutos después, Mantilla y su mujer, desde la ventana de la casa, pudieron constatar que, por fin, la policía entraba en la escena tratando de impedir que el saqueo continuara. A partir de ese momento comenzó lo peor. Cientos de motorizados que desvalijaban el camión se enfrentaron a pedradas contra los funcionarios policiales. La policía repelió el ataque con bombas lacrimógenas y los motorizados saltaron sobre sus máquinas como cowboys sobre caballos salvajes. Muchos de ellos, para magnificar la proeza, comenzaron a atracar uno por uno a los ocupantes de vehículos que se hallaban detenidos por la tranca que se había formado. Caía la noche y ellos se marchaban felices exhibiendo sus trofeos: cajas de carne congelada, cadenas de oro, carteras, celulares, dinero en efectivo… Mantilla no pudo con la escena. Sentía el corazón muy acelerado.

-Mujer, ayúdame. Llévame a acostar un rato. Yo creo que no voy a cumplir guardia esta noche en el comando. Siento que tengo alta la tensión.

Se escuchó una sirena. Se hicieron presentes varias ambulancias y patrullas policiales y se llevaron el cuerpo del chofer. Las autoridades cargaron con el resto de la carne congelada. Había llegado la noche y el silencio. El camión siniestrado parecía un buque fantasma encallado en el misterio. 


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jueves, 28 de febrero de 2019

123 Leyendas y cuentos cortos venezolanos. Varios autores

Como los muchos ladrillos de una pared, así son las leyendas y cuentos que se entregan en este enlace. Imagen tomada del archivo de Fernando Parra




Ciento cuarenta y tres (143) versiones cortas de leyendas y cuentos breves venezolanos se reúnen en este apretado archivo, que abarcan desde remotos pasados hasta el presente, en una variedad de estilos pensados para su regocijo. Se trata de narraciones que vuelcan dramas humanos de humores, amores, sueños, pesadillas, muertes, objetos mágicos, lugares de terror, muertes y sobrevivencias de asombro se vuelcan en singulares textos, desde las recreaciones del Nazareno hasta imaginarios viajes espaciales. 

Isaías Medina López

El Nazareno (Leyendas, cuentos y teatro): EL NAZARENO DE CARACAS (Teófilo Rodríguez, 1885); EL MILAGROSO CRISTO DE LA CARRETERA (Mons. Constantino Maradei); EL CRISTO DEL BUEN VIAJE (Mercedes Franco); PATÁ CRUZÁ (Mercedes Franco); EL MOMENTO MÁS IMPORTANTE (Gabriel Jiménez Emán); UN MILAGRO DE DIOS POCO CONOCIDO (Julio Romero Parra); EL NAZARENO DE SAN CARLOS (Lolita Robles de Mora)

EL FANTASMA DE PÁEZ (Mercedes Franco); PALOMETA PELUDA  (Mercedes Franco); PAPÁ TONGORÉ (Mercedes Franco); LOS OJOS (Ricardo Jesús Mejías Hernández); EL DESTIERRO (Eduardo Sanoja); CUMPLEAÑOS DEL MAGO (Wilfredo Machado); SALOMÉ (Ramón Lameda); ATILA (Enrique Plata Ramírez); SOLICITUD (Enrique Plata Ramírez); EL SUICIDA (Gregorio Riveros); EL ESPANTO DE JUAN CURIEPE (José Milano M.); LOS MUÑECOS (Juan Emilio Rodríguez); CONTRASTE (Víctor Marichal); EL CAZADOR (Samuel Omar Sánchez Terán)


CUEVAS MÁGICAS (Mercedes Franco); MICRO 16 OLVIDO (Cósimo Mandrillo); NO SENTÍA MIS PASOS LENTOS (Danira Pimentel);  LE REGALAMOS UN TELESCOPIO AL ABUELO (Armando José Sequera); ENTRE NUBES Y ENCEGUECIMIENTOS (Armando José Sequera);  DESPEDIDA (Enrique Plata Ramírez); DECISIÓN  (Enrique Plata Ramírez); EL PALABREO DE LAS RAMOS (Soledad Morillo Belloso);  OBSESIÓN (Víctor Marichal); CIRQUE 3 (Ricardo Jesús Mejías Hernández);  ENCUENTRO EN LA CALLE CERVANTES (Pedro José Pisanu);  LA VIRGEN DE COROMOTO (P. Ildefonso de San Martín)


PARAPARA (Mercedes Franco); PELLIZCOS DE MUERTOS (Mercedes Franco); EL PEREGRINO SOLITARIO (Mercedes Franco);  PERLA (Mercedes Franco); PERROS (Mercedes Franco); EL POEMA QUE NO FUE TAN BUENO (Ricardo Jesús Mejías Hernández); LA MONEDA (Ricardo Jesús Mejías Hernández);  EL RELIGIOSO QUE GUARDABA UN SECRETO (Enrique Plata Ramírez);  ATRACO A LA VIDA (Gregorio Riveros); MANICOMIO (José Milano M.); LA VISITA (Víctor Marichal);  DIAMANTES PARA SUS PIES O LA CENICIENTA EN TIEMPOS MODERNOS (Pedro José Pisanu); La Costurera (Samuel Omar Sánchez)


PIEDRAS MÁGICAS (Mercedes Franco); PIRATA FANTASMAL (Mercedes Franco); PLANTAS MÁGICAS (Mercedes Franco); COHETES DESDE MI HABITACIÓN (Armando José Sequera); ACTOS DE MAGIA (Enrique Plata Ramírez); PASOS DE FANTASMAS (Enrique Plata Ramírez); SEÑAL DE TRÁNSITO (Ricardo Jesús Mejías Hernández); FÁBULA CON SAPOS NEGROS (Julio Romero);  BRECHA (Víctor Marichal);  MENHIRES/DÓLMENES (Eduardo Mariño);  LA BRUJA SE LLAMABA AJONJA. Y YO NO SOY UNA MONSTRUA (Duglas Moreno)


POZOS (Mercedes Franco); POZO DEL CARUAO (Mercedes Franco); PREDICCIONES (Mercedes Franco); PREMONICIONES (Mercedes Franco); PRESAGIOS (Mercedes Franco);  EL VIEJO (Hugo Fernández Oviol); AQUELARRE (Enrique Plata Ramírez); ESPANTO (Enrique Plata Ramírez);  EL MÉDICO Y SUS MUERTOS (Gregorio Riveros); EL ZAPATO (Ricardo Jesús Mejías Hernández); EL DOBLE (Ricardo Jesús Mejías Hernández); MOSQUETEROS (Julio Romero Parra); EL PUENTE DEL SECTOR LA MEDINERA (Samuel Omar Sánchez Terán)


PROFECÍA (Mercedes Franco); PROYECCIÓN (Mercedes Franco); PUEBLOS FANTASMAS (Mercedes Franco); ELLA (Ricardo Jesús Mejías Hernández); SUEÑOS ROTOS (Freddy Escalona Rangel); HABITACIÓN OSCURA (Gregorio Riveros);  EL ANDARIEGO (Néstor Quiroz Moreno); EL GRAN LIBRO DE VIAJES  (Julio Romero Parra); LE DIJE: ES LA VIDA, Y NO LA VI MÁS (Laura Antillano)


UN PASEO A LO ETERNO (Gabriel Jiménez Emán); MICRO 9 DESTINO (Cósimo Mandrillo); EL DISPARO FUE CERTERO (Gregorio Riveros); AHUMADOS EL RESPALDO Y EL ASIENTO  Y SEMIDERRETIDOS LOS ARCOS (Armando José Sequera);  EL ORNITÓLOGO (Ricardo Jesús Mejías Hernández); PROHIBIDO VOLAR (Ricardo Jesús Mejías Hernández); ¿ACASO DEBÍAN...? (Eduardo Mariño);  LA AMARGURA DE  AQUEL  HOMBRE. YA NO QUIERO TENER MEMORIA (Duglas Moreno)


EL ASESINATO DEL MUSIÚ PUCCINI  (Gregorio Riveros); EL FIN DEL MUNDO (Gabriel Jiménez Emán); MICRO 3 COMO LA VIDA MISMA (Cósimo Mandrillo); HECHIZO (Enrique Plata Ramírez); LA MORDIDA (Víctor Marichal); TRAGEDIA (Enrique Plata Ramírez); SUPERSIMETRÍA (Eduardo Mariño); POSADA. PASADIZOS SECRETOS (Duglas Moreno)


EL TEXTO PERFECTO (Gabriel Jiménez Emán); NOVELA (Gabriel Jiménez Emán); LA CARNADA: UN KILO DE AZÚCAR (Gregorio Riveros); RECUERDA (Mariela Álvarez); LOS MUÑECOS  (Juan Emilio Rodríguez); EL PINTOR (Orlando González Moreno); AMOR SIN HUMO (Armando José Sequera); VISTO DESDE ALLÍ (Víctor Marichal);  VITRALES MALDITOS. CASA DE MONJAS (Duglas Moreno)


PERSEGUIDOR INVISIBLE (Gabriel Jiménez Emán); MICRO 11 MUERTE (Cósimo Mandrillo); EL LÍDER (Víctor Marichal); BOLÍGRAFO NUEVO (Eduardo Mariño); ¿ACASO DEBÍAN...? (Eduardo Mariño); EL SILENCIO QUE TENÍA LA NOCHE. CERRAJEROS (Duglas Moreno)


LOS MOSQUITOS (Gregorio Riveros); FOBIA  (Gabriel Jiménez Emán); ENCUENTROS LEJANOS (Gabriel Jiménez Emán); TARJETA DE INVITACIÓN.  BARAJAS Y EL BAR (Duglas Moreno); EL PELIGRO AMARILLO (Eloi Yagüe); EL AMOR (Julio Romero Parra)


MICRO 8 CASORIO 2 (Cósimo Mandrillo); LA DOCTORA BRUMA O LA ESBIRRO QUE LLEGÓ (Pedro José Pisanu); EL ASTRONAUTA DISTRAÍDO  (Gabriel Jiménez Emán); A NINGUNA PARTE (Juan Emilio Rodríguez); BASHEVIS SINGER (Julio Romero Parra); MEDIODÍA (Eduardo Mariño); LA BIBLIOTECA. COSAS DE MUJER (Duglas Moreno)


LOS CUATRO PEONES  (Marcos Agüero); PUNTALES DE LADRILLO. EMPEDRADA CALMA DE LA NOCHE (Duglas Moreno); VISITA (Enrique Plata Ramírez); AMOR NATURAL (Gabriel Jiménez Emán); PESADILLA (Víctor Marichal)


EL MITO DE AMALIVACA (Arístides Rojas); EL DR. RODRÍGUEZ (Eduardo Mariño); EL TÁRTARO  (Marcos Agüero);  PICA LA PELUCA (Enrique Enríquez)