jueves, 6 de agosto de 2020

La Hora: relatos breves de José Baute


El sabio de corazones. Imagen en el archivo de Olga Marina Ballesteros





EXORDIO

“…pintó de colores su fresca mañana

Y de fantasía su atardecer

Garzas corocoras que surcan el cielo

Tiñendo de rojo su límpido azul

Y mientras la tarde despierta lenta

Una luna inmensa saluda al Baúl.”

Rafael Silva Durán

 

El mercado aún estaba solo. De vez en cuando salta un roedor y un grito irrumpe la oscuridad. La fugaz luz del alumbrado público iba y venía en una intermitente danza. El primer bus se detiene, los hombres bajan entre sacos y maletas. Comienza el día en el mercado; el reloj dice que son las dos de la madrugada.

Carlos, con la chaqueta plegada al cuello y las manos en los bolsillos se detiene frente al tinglado del café. Compró La Noticia. Caminó hacia la plaza del pueblo. El solitario puesto del cafetín huele a papel y tinta, a café recalentado y a frituras. El candil de la esquina se debilita tras la presencia del día. Sus pasos se van ralentizando en la medida que el calor húmedo del lejano río anuncia el bullicio del mercado. Debajo de la chaqueta, la cámara oprime al costado y lo obliga a detenerse cada cierto tiempo.

- El maestro Zapata me espera.- se dijo entre dientes. Fue dificultoso concertar la cita. Abrió uno de sus libros y releyó una y otra vez mentalmente los primeros segundos de lo que sería la entrevista.  La redactó. Escuchó, mientras venía en el bus, algo de la música  del maestro y siente como el color del Llano revienta en la garganta de aquel canto.

- ¿Maestro, el río vive en el alma de su poesía?-  preguntaría para comenzar, el cantaor y cronista de la ciudad de seguro se detendría un poco para hilar el pensamiento y responde. Miró la ventana por donde el olor a leche y la salitre del queso manan como la luz mañanera; cálido y  melancólico.

-Vivo en una ciudad de árboles que silban canciones al fuego.-de seguro dirá el viejo maestro mientras sus ojos de duende saltan jugando a las adivinanzas

- Pero esta ciudad es mía -continúa- en ella tengo una noche con luna, con cocuyos que brillan a retazos.

Se detiene para mirar el mercado; sombras, olores y voces.

- Mis amigos son hombres y mujeres que cantan, aquí todos cantamos   …estamos hechos de canto – recordó que le dijo Zapata con esa voz de susurros una mañana de mayo en el centro del pueblo llanero.

No llegó a la entrevista. …tampoco él lo esperó;

- …con lo que me ha confesado es suficiente para el relato- concluyó mientras el grito del chico-colector de la buseta anunciaba la marcha del regreso.

 

 

EL DESEMBARCO

“A los muertos de la guerra ni la madre luna los compadece. No llora por ellos.  Ni en los dientes del cadáver su luz alumbra…”                                     José María Arguedas

 

La luna, una astilla en el cielo negro, una hendija escapada de la oscuridad, un suspiro que lo devuelve al lejano momento cuando su padre le palmó el hombro mientras  dijo con acento grave: “sigue…”

“sigue, que las cosas todas tienen su precio y cuestan el sacrificio nuestro”

El motor fueraborda, entre borbotones y alaridos, ronronea el as del agua plateada. Marcial, se reclina en la oscuridad para no ver más; solo quiere escuchar la voz de su padre. En la oscuridad los hombres charlan con sigilo, no se mueven, jadean el cansancio y el hastío. Los ve, suspira y explora en su chaleco el juego de naipes; entre sus dedos los corretea mientras su cara busca de nuevo la luna.

En el pueblo el pescador atraviesa la plaza mientras un grupo de jóvenes lo ven pasar sin prisa, con la seguridad del día a día.

El mar, a esta hora es cálido. Marcial lo siente, lo aspira, sus pies descalzos se hunden en su oscuridad, en la carrera urgente de tocar el fondo. Trata de avanzar. Su cuerpo se mueve con mucha dificultad. Respira profundo. El agua salada lo hace toser. Se detiene para saber el dónde está. Se lava la cara. En el cielo ya no hay luna. Nubes, relámpagos en el poniente y siluetas en la lejanía que se mueven en el agua, pero no los oye. Cerró nuevamente los ojos y avanzó; Y allí está el pescador, pistola en mano, negro, sin rostro, con la voz urgente y las palabras en ráfagas:

“! Hasta allí …ni un paso más!”.  

Y Marcial se detiene mientras mira la oscuridad; ya no hay bote. Solo un disparo.

 

EL CÍRCULO DE LA LECTURA.

La penumbra fría de la tarde. Una ventana oculta entre cortinas grises soplaba sobre la infinita fila de estantes donde los libros dormitaban el silencio y el paso lento de Fredy en el otro corredor de la vieja casona de los Figueredo.

Los ojos cansados miraban a destajo el viejo libro de pasta dura que danzaba en sus manos. Leía. Rezaba historias del universo contiguo a la literatura.

-Silbidos vienen del bosque-. Dijo.

-Son como lobos-, brotó la voz desde la ronca noche de su barba.

-Son como lobos-, contesté yo para no desentonar.

Me paré con mucha calma, miré sobre el grueso lomo de los libros, caminé hasta la ventana para escapar del monótono instante. La calle serpenteaba en el noviembre sancarleño. El ir y venir de las parejas y el canturreo de los vendedores.

-Son como las cinco de la tarde,… ¿no es así?-. Preguntó Fredy. Nadie contestó. Estábamos tensos. Esperábamos que la puerta se abriera y María, la joven dependiente de La Casona, dijera que había llegado la hora de cerrar. Todos los días igual. El mismo rito. El mismo momento y el silencio de la habitación. Después todos se marchaban, las luces se apagaban y yo, duende imperceptible de los sueños, me quedaba entre fantasmas y horas que corren detrás de las manecillas del viejo reloj de la catedral para apurar el nuevo día.

  

LA GATA

 El duende saltarín.

Cuando aún era niño y mi pueblo refrescaba la tarde en las viejas calles llenas de hombres y mujeres sentados esperando la noche, mi madre me llevo a conocer Valencia, ya era por aquellos días una ciudad enorme, con sus viejos autobuses “Santa Rosa” y una “plaza Candelaria” que con mucha bulla y comercios florecientes era el cetro de todas las actividades. Todavía la “Arena de Valencia” henchía de júbilo ante las heroicas faenas. En aquel bululú me atrapó lo maravilloso de un personaje escapado del paisaje fulgurante, alucinante para un pueblerino comenzando la vida; la Gata surgió de pronto, entre la bulla y los colores, como un duende saltarín, juguetona como la sonrisa de los niños, dándole palo a los hombres que le gritaban entre chistes y alegrías. De pronto, se detenía para mirar con picardía a las mujeres y agarrarlas entre los gritos de las niñas y la risa de los hombres. De golpe, como una gran sorpresa, estaba allí con sus ojos inquietos, parada frente a mí; sus dedos de pasa navideña tomaron mi cara, la recorrieron y luego se posaron en otro lugar:

-“! A mundo ¡ Qué chiquita es esta cosa”- Dijo entre risas y grandes carcajadas. Sus pasos la alejaron entre niñas y adolescentes que se apartaban como quien hace una verónica, mientras ella daba palo y guiños a los transeúntes que la molestaban o se negaban a darle algo de dinero.

  

QUIMERAS

No sabía si esta era la última vez que miraría la puerta de su casa, la ventana, el pequeño jardín donde su madre, en aquel verano del 86 le notificó la muerte de su padre. Muchas veces había tenido esta presunción…pero siguió adelante…no podía detenerse.

 …el fragmento de un viejo reloj, el silbido y los gritos y el correycorre, maletas, olores a jabón de tocado, a perfumees o agua de colonia que en la oscuridad eran vapores mezclados con la salitre y el hollín del gasoil de los motores, una bocanada y el humo denso masticado en el cigarrillo que rueda inerte al caer sobre el piso. Los dedos, hacen un arabesco que acarician el bigote antes del primer café; pregoneros ofertando destinos y distancias inimaginables;…la estación oscura, vacía aun. El aroma del mar en la cercanía del destartalado puerto. Buscó aire para respirar mientras tanteaba el oscuro bolsillo del pantalón

- “el dónde de mi destino”, pensó Marcial tanteando el fondo de su bolsillo - …en verdad ya no importa- rezongó mientras encendía un nuevo cigarrillo, mientras su paso se tornaba seguro y su cara endurecía la mirada.

La lejana campana en el reloj de catedral y las azarosas sombras de los transeúntes y sus voces que susurran entre el estruendo de los motores y las débiles luciérnagas sacudidas, estremecidas por el rayo; llueve. Comienza a llover. Se guarece un poco en los tinglados del comercio, olores a verduras, pescado, a la sangre seca de los cerdos; Hoy es domingo, se dijo con voz ahogada para saber que no estaba solo. …Imágenes borrosas en el miedo, blanco inerte que estremecen ensueños. Paisaje. Paisaje, sonrisas en la nada, negro infinito de la noche que amanece... ojos que se cierran para atrapar oscuridades y dejarla para siempre en la prisión de los sueños.  Insomnio perenne,  noche muerta,

Llegó y los botes estaban allí, negros, en un espesa danza de remos y de olas, de un viento fuerte que lo sofocaba todo. Los hombres saltaban de un lado a otro mientras sus gritos señalaban la premura de la carga y el escaso tiempo para que el sol develara su presencia. Poco a poco se fue alejando la playa, su casa, los ojos tristes de su madre, y el juego de los recuerdos se fue tejiendo en su cabeza para no dejarlo descansar en las largas horas de esa noche.

-Pronto terminara la noche y el día dirá- dijo en voz alta; los hombre lo minoraron, pero nadie dijo nada. Nadie tenía nada que decir.

 

 

ESA  ESTAMPILLA

“En estos paramos el sol se esconde en el pecho de las paraulatas

las personas rezan a la imagen del Santo Cristo

la nostalgia siente la nota

de extraviadas cuerdas de un viejo amor.”

Onías Sánchez

.

Me miró directo a los ojos. Bajó la voz y me agarró de la mano -Hay días- dijo como una sentencia -en los cuales la memoria es mucho más importante. Hizo un breve silencio y se acercó a mi oído izquierdo y resopló,

- escúchame bien- susurró con dificultad- la memoria es más importante que incluso lo que tú estás pensando ahora.

-Abuela- dije, -en qué te ayudo   …dime.

Ella no dijo nada, continuó buscando cosas en una raída caja de cartón. Las sacaba, las desenvolvía, las miraba y las volvía a colocar nuevamente con mucho cuidado, con sutileza íntima, en otra caja más nueva; papeles, fotografías, tarjetas y una opaca carta que apretó con un ligero temblor y la miró, sin abrirla.

Allí estaba la vieja estampilla. Allí estaba la vieja carta otra vez. Cuántas veces la había visto apretarla entre sus dedos. Quizás la leía entre sus recuerdos. Quizás conocía de memoria su contenido. La apretaba con suavidad y la miraba por largo rato. Después, cerraba los ojos y volvía a envolverla en el  pañuelo rosado de siempre.

Jamás supe quién había escrito esa carta. Mi abuela murió una fría madrugada de noviembre del año 97. Todo fue como la conocí. En silencio. Sin suspiros. Sin protestar. Cerró los ojos y se fue.

La primera vez que me mostró su carta era el mes de abrir y las horas del colegio me apresuraban porque daba clase en la escuela pública y  su entrada coincidía siempre con las primeras horas de la mañana. Pero mis pasiones se alteraron. El tiempo se detuvo. Soy coleccionista. Una estampilla del correo venezolano del año 36 estaba casi al aire en el costado del amarillento sobre.

No la escuché. Ella me contó. Ella recordó viejas historias. Viejas anécdotas de su vida: pero no la escuché. Mi cabeza sólo tenía sentido para organizar mi colección en torno a la estampilla. No me importaba la carta. Ni quien la escribió, ni por qué. Pero mi abuela la acobijó dentro de su pañuelo y la guardó en su caja; a la habitación de mi abuela no entraba nadie, sólo mi madre para la limpieza y yo cuando ella me lo permitía.

Un mes después de su muerte mi madre me pidió le ayudara a limpiar el cuarto de la abuela. Todo estaba en el orden de los tiempos pasados. Con olor a intimidad. Con el calor de los suspiros. Allí, en almario de ropas antiguas, entre losas y porcelana, entre las flores secas con perfume de rosas y te de malojillo encontré la caja de los papeles, las fotografías y las tarjetas y el viejo sobre de carta; pero dentro ya no estaba la estampilla ni la carta   …sólo el sobre vacío.

  

CHEPE DICE HASTA LUEGO

“No tenía una daga, un libro, una palabra; no podía en absoluto hacer mella en el anagrama de sus anteriores semblanzas e ideologías.” (Eduardo Mariño)


Antonio lo vio desaparecer en la distancia, en la penumbra que acoge las últimas horas del día sancarleño. Chepe es un nombre escrito sobre el telar de la noche,- dijo a manera de insinuación, casi como un suspiro. Nuestra noche,- quise replicar, pero no dije nada. Sólo me limité a pensar y a descifrar el código con que había llegado el viejo Chepe.

Aparece y desaparece.- Atiné a murmurar. Su presencia es una antesala obligada en la estación para el encuentro, para las horas del ron frente a la conversa y el poema; una tarde en El Baúl o una tertulia de cervezas bajo los mangos del olvidado patio de doña Chepa.

El asfalto y gigantes cubiertos de las más hermosas ventanas del cristal fueron esquicitos testigo del creativo intento por preservar, en su voz, el acunado rumor del quehacer humano que pulula la agitada vida de la Valencia-ciudad donde lo encontré una tarde de lluvia y café en las puertas del Museo de la Cultura.

En su vida diaria, una íntima luna y viajeras quimeras fueron construyendo un nido donde albergar sueños, poemas y amigos. Una noche de ron y de palabras lo vi esgrimir el sable perpetuo de la sombra, allí cobijaba secretos mundo que emergieron como duendes nazorianos para transgredir la fina membrana de la utopía, romper el silencioso fuego de lo humano y anunciar el fantasma siempre amenazante  de la  teatralidad.

Maestro, usted que es valenciano, -le pregunté, aquella noche de abril en la Filven cojedeña del 2012. -¿Recuerda los enanitos del Parque 5 de julio?.

Me miró con la firmeza de quien no se deja arrastrar por las insinuaciones. Entre libros, parado  en la escalera de la cinemateca improvisó una daza teatral:

No me juegue usted ese gallo, -replicó entre largas carcajadas y ademanes de picardía.

Allí lo conocí, -le expliqué para limar posibles asperezas y malos entendidos.

Y es que indudablemente también la luna sancarleña y  el teatro han hecho de este hombreniño, el mágico duende del bulevar y de los buhoneros que esparcen sonrisas y siempre tienen la alegría como escudo.

…noches de niñas transeúntes, -dije recordando escenas de una olvidada obra de los años del teatro Arlequín de Valencia …y solitarios reductos de la oscuridad.- Recitó él como si un resorte lo obligara a pararse, y señaló con su largo dedo el centro de la puerta de la silenciosa cinemateca sancarleña,

-Vacíos espantos de las esquinas me esperan.-  Posó como un gigante  frente a su oráculo y se alejó entre saltos y malabarismos de zancos.

Su fulgurante verbo dejó, sobre mi memoria, alucinantes destellos, crucigramas que trenzados sobre la calle aun desnudan el ciclópeo molino de los tiempos. Y dan albedrío a la libertad y a un nuevo alfabeto para esta locura; maná de la poesía,  vigilia para los justos,   

… sólo de palabra se hilaron cada uno de los segundo de este viejo- el semblante de Antonio era una sentencia en aquellos ojos que lo miraban alejarse en la oscuridad; ya no lo volvimos a ver hasta hoy que usted dice que el Duende se fue.


José Baute. Nació en Bejuma, estado Carabobo en 1959. Radicado en Tinaquillo, estado Cojedes desde 1990. Autodidacta y aficionado a la fotografía y el cine, documentalista, aprendiz de pintor y de cuentero. Lic. En Educación y Comunicación Social…. Editor y librero de vocación. Promotor cultural por conciencia.



miércoles, 5 de agosto de 2020

Más joven que nunca y otros recuerdos de Héctor Nuno González

Imagen en el archivo de Cultura Cojedes


MÁS JOVEN QUE NUNCA

Caminó como nunca el día que cumplió 70 años. Se negaba con vehemencia a consentir los estragos del tiempo y distraía frecuentemente su cuerpo cansado paseando en la sabana.

Recorrió 20 kilómetros en línea recta por el antiguo Camino Real al Apure, adoptado por su corazón tras una infancia llena de montañas y quebradas de aguas claras. Notó más imponentes los centenarios samanes y ceibas, más intenso el verde del llano y más afinado el canto de los pájaros.

Escogió como meta una antigua casona de patio grande y galpón para máquinas, donde otrora los “musiús” daban alojo a peones extenuados. Lo recibió una mujer de piel agrietada, sonrisa dulce y mirada compasiva. - ¿Cómo está? Pase adelante-. Hablaba con pasión, como un arpista cuando ejecuta su instrumento. -Usted venía caminando, se le ve en la cara, siéntese que ya le busco agua y monto la olla para el café-.

Dio las gracias y se presentó como el cumpleañero caminante. -¿A cuánto queda el río desde aquí?-, preguntó, -ahí mismito, pero si gusta ir le digo a mi marido que lo lleve en el tractor-.

De la casa surgió un mulato enérgico, alto y sólido como un araguaney y voz de bajo de coral. -Un placer hermano, vaya que es bueno una visita, poca gente se detiene aquí-.

-Déjeme calentar la máquina y damos una vuelta-.

Encendió un Belarus modelo 1221, color negro con caparazón rojo, testimonio fiel de la calidad industrial soviética. Tras dos pocillos de café cerrero, como le gustaba, subieron al instrumento de trabajo agrícola y partieron rumbo al río.

No prestó atención a las historias de gandolero nómada del hospitalario amigo, su mente y espíritu se trasladaron al pasado tras percibir el olor del recuerdo impregnando la sábana. Recordó el servicio militar en Carúpano, humillante y conductista, especialmente los largos viajes a las sierras de Trujillo y Lara para cazar guerrilleros, de los que pensaba peleaban por una causa justa y en la que un soldado tenía prohibido militar.

Recordó a Isabel, su madre, mujer de ojos amielados, carácter rígido y entrañas tiernas, la mejor narradora de historias que conoció, su favorita era la de su caída del burro por la trocha que conducía a los pobres de Paso Ancho hasta la ciudad de Tinaquillo. Dominado por la nostalgia, no pudo evitar lamentos, de esos en los que los viejos piensan con resignación. Lamentó no aprovechar mejor su genuino talento para la música, si bien le regaló grandes recuerdos, le hubiera gustado perfeccionar la ejecución de instrumentos, pulir su gañote de tenor y cargar de contenido sus versos. Lamentó sus extravagancias de Guardia Nacional, cuando usaba su investidura y perfil de galán para beber noches enteras.

El tierno espectáculo de un oso hormiguero caminando junto a su cría, lo sacó de sus lamentos y lo devolvió a mejores recuerdos, no sin antes lamentar el tufo de cigarrillo de su compañero, aunque agradeció el silencio que el tabaco produjo.

Recordó a papá Augusto y su ternura infinita, que daba al traste con la dureza de Isabel. Recordó la madrugada lejana que lo llevó a Valencia para una consulta médica. Mientras esperaban en el auto, Augusto exclamó invadido por la nostalgia: “Caramba, por aquí no se escucha ni un gallito”.

El estruendo de una bandada de pericos puso fin a sus cavilaciones. Su compañero habló de nuevo y advirtió la cercanía del río. “Ahí cargo unos anzuelos y carnada de la buena, si lleva gusto...”.

El agua tenía buen color, hizo buen invierno y en las orillas abundaba el verde de su infancia. Noviembre se acercaba y anunciaba buen pescado, su guía recomendó un lugar rodeado de piedras prehistóricas: “Aquí ajilan bagres, compadre”.

Cogió un anzuelo de garfio grande y fuerte, con dos piedritas de plomo y nailon número 60, bien rizado en una carreta de plástico, tomó como carnada una rodaja de anguila e hizo lo propio. Se sentó pacientemente a esperar sobre la roca, su guía le imitó, unos metros río abajo.

Carreta y nailon en mano, le dio por recordar de nuevo. Pensó en sus hijos y en la ausencia de reproches, les entregó su cariño en cuerpo y alma y no hubo abrazos opacados por su mal genio.

Pensó en los paseos a los ríos revueltos por aguaceros de la madrugada, desafiantes y silbantes. Solía probar su fuerza arrojando piedras gigantes sobre ellos.

Un fuerte tirón lo devolvió al presente, un bagre prominente y recio mordió el anzuelo e inició una feroz lucha por salvar su vida. Se levantó sosteniendo el nailon, dejando evidencia del esfuerzo en la respiración agitada, el cuello tenso y las piernas arqueadas.

El animal era obstinado, empezó a zigzaguear y parecía ganar fuerza en cada desplazamiento. –No lo pierdas, es uno grande, vele recortando parejito el nailon, y en lo que esté cerca lo halas fuerte-, gritó su compañero mientras corría para ayudar.  Cumplió la instrucción, afincó sobre el suelo sus piernas aún sólidas e inició el recorte del nailon, moviendo armónicamente sus brazos, sin perder la fe. El bagre cedía ante la voluntad de su cazador, más tozudo que él. Cuando sintió la cercanía haló la cuerda con furia y sobre la piedra cayó un hermoso ejemplar plateado, de unos 15 kilos. Suspiró triunfante tras pisarlo con su pie derecho, miró a su compañero con ojos victoriosos y exclamó con la solemnidad que lo habría de acompañar hasta la tumba: “Carajo, estoy más joven que nunca”.

 

SÉ LEER

Era mi primera clase de catecismo. El dogma católico decía que un niño bueno debía tener seis de los siete sacramentos, yo iba por el segundo, la comunión.

Llegué entre los primeros a casa de tía Cirila, me senté junto a los demás en un mueble cojo tapizado con cuero de aspecto famélico. La sala estaba atiborrada de símbolos de la fe cristiana, apostólica y romana, un cuadro del sagrado corazón de Jesús, otro del niño Jesús en brazos de María alimentando con sus manos a unas palomas, el de la ultima cena de Da Vinci, una cruz de madera. Al fondo, un pequeño altar liderado por una rozagante y vestida de azul virgen María y estampitas del Dr. José Gregorio, una vela los alumbraba y hacía menos oscuro el lugar.

Todos nos mirábamos llenos de incertidumbre y un miedo inocente, como el del primer día de escuela. De pronto, apareció la tía Cirila por una cortina de flores que hacía de puerta a un costado de la sala. Usaba un vestido lila, sencillo y cómodo para la ocasión, en una mano llevaba un catecismo titulado “Mi primera Comunión”, y en la otra un librito rojo donde se apreciaba a Caín dejando atrás con su cara de huraño a un moribundo Abel, este se titulaba: “Dios habla a sus hijos”.

La tía Cirila era una mujer de moral diáfana, carácter recio y ternura exótica, la única persona que le he visto pensar de una forma y actuar de la misma.

Se sentó en un mueble pequeño, familia del grande donde yacíamos los otros seis niños provenientes del  mismo barrio; enderezó el tronco, alzó la quijada cual militar, aclaró su garganta y exclamó alzando el librito rojo: En el principio creó Dios los cielos y la tierra...

Súbitamente detuvo su lectura, bajó un poco el libro y clavó sus grandes ojos negros sobre los míos, hizo un gesto orgulloso y afirmó con parquedad: seguro “Jurnio” pensaba que yo no sabía leer.

 

PUNTO FINAL

Despertó como siempre a las cuatro de la mañana, esta vez impregnado de un aura solemne que lo convenció de que aquel día sería el último de su vida.

Frente al espejo contempló sus ojos de gato astuto, único resquicio de su antigua virilidad, reflexionó un par de segundos y dijo para sí: -No es momento de temer, total, siempre he dicho que todos vamos para allá-.

Preparó un ritual solemne para esperar a la muerte. El inventario de prohibiciones se limitaba a una caja de cigarrillos Star Life y una botella de Chimemeaud, justo lo que había la tarde hirviente en que un accidente cerebro vascular le durmiera el lado izquierdo del cuerpo, un año antes.

Contempló todo con la abnegación de la despedida. Con paso lento pero seguro, acarició las espigas del maíz, le dedicó una estrofa de un pasaje de Jesús Moreno a una lechosa complexa y le silbó “Amor Enguayabao” a unas cayenas: “Llorando se queda el monte cuando se marchan los amos”.

Tras pasear la siembra, libre de obligaciones de conuquero, sacó al solar de enfrente el mecedor de mimbre que tejió con sus manos, buscó el agua ardiente, cigarros y fósforos y se sentó con la mano buena recostada en la nuca.

“Yo no lo niego que te quiero todavía, porque fue tuyo el amor que te entregué...” Cantaba y pensaba en Yuda, el amor de su vida y portadora de su última semilla.

“Yo que contigo miraba todo distinto, era bonito soñar cuando te encontré...” Pensó en la ingratitud de la vida por ponerlo, después de viejo, a vivir amores contrariados y a sentir amor cuando el arma escasea de municiones.

Tras encender el segundo cigarro y empinarse el quinto trago, dejó a un lado los reproches y concluyó que había tenido una vida feliz, sin ataduras ni limitaciones de las apariencias, obedeciendo siempre al instinto y dejando huella profunda en la tierra.

-Me voy tranquilo-, pensó. -Total la cosa allá debe ser muy buena, porque nadie se ha regresado-.

El alba se mostró tras un Samán centenario, fue para él la señal de la hora última. Empinó el codo para un trago largo y picante, el último de su vida. Encendió un cigarrillo con ademanes de aristócrata le dio una fumada larga y tarareó su último pasaje: “Mi pensamiento se esparce en la lejanía, a rienda suelta como un brioso corcel, y el sentimiento que se agiganta en mi pecho, me da el derecho de marcharme y no volver”. Suspiró al terminarlo, recostó su cabeza en la mecedora y se durmió para siempre.


Textos tomados del libro "Estamos hechos de recuerdos" (San Carlos, 2020), publicado por El perro y la rana, Imprenta Regional Cojedes. 


Lea otros cuentos de Héctor Nuno González en: 

Leyendas y cuentos cortos venezolanos (23) Varios autores

http://letrasllaneras.blogspot.com/2016/06/leyendas-y-cuentos-cortos-venezolanos_16.html

 Leyendas y cuentos cortos venezolanos (25) Varios autores

http://letrasllaneras.blogspot.com/2016/06/leyendas-y-cuentos-cortos-venezolanos_15.html

 Leyendas y cuentos cortos venezolanos (26) Varios autores

http://letrasllaneras.blogspot.com/2016/06/leyendas-y-cuentos-cortos-venezolanos_27.html

 Leyendas y cuentos cortos venezolanos (27) Varios autores

http://letrasllaneras.blogspot.com/2016/06/leyendas-y-cuentos-cortos-venezolanos_62.html



miércoles, 10 de junio de 2020

Blog LETRAS DE COJEDES (2.200.000 visitas). Los enlaces más leídos

Velorio de Cruz de Mayo, Mango Redondo, San Carlos, Cojedes


Saludos. Nuestro blog LETRAS DE COJEDES, bitácora sin fines de lucro,  festeja su arribo a  más de 2.200.000 lecturas, en América, Europa y Asia. Aparte de Venezuela, entre los lectores que más nos visitan, se cuentan los de Estados Unidos  (306.269); Colombia  (137.762); México (54.107); España (51.103); Alemania (55.890); Rusia  (52.910); Perú  (47.139);  India (45.201),  Argentina  (34.801) y China (23.380).

Para su disfrute  ubicamos algunos de los archivos con un promedio superior a las 30.000 lecturas:

 

La verdadera historia de María Lionza (Gabriel Jiménez Emán)

http://letrasllaneras.blogspot.com/2014/02/la-verdadera-historia-de-maria-lionza.html

 

LEYENDAS Y CUENTOS DEL LLANO

http://letrasllaneras.blogspot.com/p/leyendas-del-llano.html

 

Mitos Indígenas de Venezuela 5 (Warao y Pemón)

http://letrasllaneras.blogspot.com/2014/02/mitos-indigenas-de-venezuela-5-warao-y.html

 

LA LEYENDA DE EL SILBÓN (Dámaso Delgado)

http://letrasllaneras.blogspot.com/2013/04/la-leyenda-de-el-silbon-damaso-delgado.html

 

LITERATURA INDÍGENA DE VENEZUELA (poesía, mitos, dramaturgia y cuentos)

http://letrasllaneras.blogspot.com/p/muestras-de-poesia-indigena-en.html

 

POÉTICA DE LA CRUZ DE MAYO (poemas y fotografías)

http://letrasllaneras.blogspot.com/2011/03/poetica-de-la-cruz-de-mayo.html

 

Wazacá y otros cuentos cortos indígenas (Enrique Plata Ramírez)

http://letrasllaneras.blogspot.com/2014/10/wazaca-y-otros-cuentos-cortos-indigenas.html

 

Velorio de Cruz de Mayo (más poemas y nuevas fotografías)

http://letrasllaneras.blogspot.com/2013/04/velorio-de-cruz-de-mayo-mas-poemas-y.html

 

LA VIRGEN DEL CARMEN: RESEÑAS, ORACIONES, CANTOS Y POEMAS

http://letrasllaneras.blogspot.com/2011/04/la-virgen-del-carmen-resenas-oraciones.html

 

Muestras de poesía indígena en Venezuela

http://letrasllaneras.blogspot.com/2012/10/muestras-de-poesia-indigena-en-venezuela.html

 

TRES POEMAS LLANEROS DE VÍCTOR MANUEL GUTIÉRREZ

http://letrasllaneras.blogspot.com/2011/08/concursos-de-literatura-para-liceistas.html

 

Diccionario de Voces Indígenas

http://letrasllaneras.blogspot.com/p/diccionario-de-voces-indigenas.html

 

Este blog,  recibió el Premio Nacional del Libro como “Mejor sitio electrónico para la Promoción del Libro y la Lectura en Venezuela”, correspondiente al periodo 2010-2011.

Gracias por su visita

Isaías Medina López

Coordinador


lunes, 11 de mayo de 2020

Sobre la migración venezolana. Textos de Francisco Aguiar


No hay dulce que aminore la nostalgia por el suelo natal.
Imagen en el archivo de Ana Herrera, Las Vegas, Cojedes




La inevitable muerte
En estas líneas trataré a la inevitable muerte como parte de nuestro fenómeno migratorio: porque merece una consideración especial y porque nos afecta de tal forma que ya no podemos ser los mismos.
La contra parte de la vida al separar, paradójicamente, une. Cuando alguien fallece, por lo general: los amigos, los familiares y los allegados van a su encuentro para brindarle – bajo la religión que profesen o la creencia que alberguen – el último adiós… último adiós que, entre otras cosas, logra que los seres queridos se consuelen entre sí.
Privarse de esto genera emocional y psicológicamente problemas. Privarse de esto ahonda el duelo, genera pesar.
La mayoría de los que enfrentamos – a diario – esta privación; sabemos en carne propia lo que acarrea no ser consolado ni consolar… lo que acarrea la impotencia de querer estar y no poder estar… lo que acarrea llorar a un ser querido a cientos o miles de kilómetros.
Cuando algún migrante perece, ya sea de forma violenta, natural o por accidente, por los costos excesivos que genera el traslado la familia no puede repatriar los restos, ni mucho menos viajar… ¿cómo podría viajar si las más de las familias venezolanas apenas tienen para comer? Por ello, en la prensa no es raro encontrar notas como esta: 
 Buscan a los familiares / En la morgue de Medicina Legal permanece el cuerpo de Pedro Pérez, oriundo de Caracas – Venezuela, quien hasta la fecha no ha sido reclamado. El cuerpo ingresó el 20 de mayo de 2019 y desde ese día, nadie se ha dado a la tarea de reclamarlo. Para mayor información llamar al teléfono…”.
También están, en la misma condición, los NN (Ningún Nombre), es decir, los que al momento de perecer no contaban con ningún tipo de identificación: llámese cédula de identidad, carnet fronterizo, o pasaporte. Es duro decirlo: la mayoría de los cuerpos no son reclamados y terminan en fosas comunes. 
Cuando algún familiar, amigo, o conocido de un migrante muere, ya sea porque no cuenta con los recursos económicos para despedir al ser querido, o porque el vuelo no salió, o porque cerraron (como siempre cierran) la frontera, o qué sé yo; el migrante se queda con la nostalgia de no haber acompañado al ser amado y con la frustración de no poder remediar este hecho. 
Imagínense el dolor de una madre que, por estar en Aragua, no pudo ver por última vez al hijo que murió en Montevideo. Imagínense el dolor de una hija que, por estar en Madrid, no pudo ver por última vez a la madre que murió en Nueva Esparta.
Mi tía Alba Ruiz murió en San Carlos el 17 de abril de 2019 y por estar en Cartagena no pude darle el último adiós. Su muerte no me unió con mis seres queridos. Como dicha unión no fue posible me privé de ese consuelo. ¿Comprenden que gracias al fenómeno migratorio la inevitable muerte tomó un cariz más doloroso? ¿Comprenden que para nosotros, los venezolanos, se ahondó el pesar?   

La inevitable vida
Estudios demuestran que cuando hay guerras, crisis económicas, desastres naturales, en fin, cuando la vida humana se ve amenazada… la tasa de natalidad crece exponencialmente.  Por ello, no es descabellado pensar que en este lustro – lustro donde se ha acentuado la crisis venezolana más alarmante de su historia – el número de nacimientos de nuestros niños, ya sea en Venezuela o en exterior, ha crecido a ojos vistas.
En Cartagena, ciudad de la que hago parte, nacieron, según el diario El Universal, 553 niños de padres venezolanos en 2018 (290 de sexo masculino y 263 de sexo femenino) y este año, por lo que veo, la cifra se duplicará. Ahora, háganse a la idea de cuántos han nacido en cada una de las ciudades del mundo donde existe nuestra migración o en la mancillada Venezuela del 2014 a la fecha. En Venezuela se ha acrecentado la muerte, pero por esto mismo se ha acrecentado la vida. La naturaleza brinda mecanismos para que la raza humana se conserve.
Para dar algunos ejemplos puntuales, mencionaré a mi sobrino Luciano Aguiar Rojas, que nació en San Carlos estado Cojedes hace apenas unos días… nació en el recrudecimiento del problema de la energía eléctrica y de las manifestaciones, pero su nacimiento es un haz de luz para mi hermano Miguel y el aliciente para que persevere en la adversidad.
También mencionaré a Daniangel Saúl Marcano, hijo de mi primo Luis Daniel, que nació hace unos seis meses en Medellín – Colombia. Me imagino que mi primo, en su vida, jamás pensó que tendría un hijo colombiano. Pero lo tuvo, y va creciendo como símbolo de esperanza.
La inevitable vida se percibe a cada paso. Nuestras mujeres se entrelazan con nuestros hombres o con los hombres del país que el destino les deparó. Nuestros hombres se entrelazan con nuestras mujeres o con las mujeres del país que, gracias a la diáspora, les tocó habitar. Así recomienza la historia.
Queramos o no, la busquemos o no, la inevitable vida prevalecerá.

La nostalgia de la tierra
El venezolano no era dado a migrar, si salía al extranjero era en son de turista, por cuestiones de estudio, de salud, de negocios, pero en ningún momento viajaba con la intención de erradicarse… es más, era poco dado a dejar su región de origen.
Si un merideño dejaba los andes para ir a las playas de Puerto Cabello: lo hacía en vacaciones o un fin de semana, o por algo específico. Si algún sanfernandino dejaba a su caudaloso río Apure para irse a estudiar al estado Anzoátegui, después de culminar los estudios, volvía al río de sus querencias.
La mayoría de los guariqueños crecían y morían en Guárico; la mayoría de los aragüeños crecían y morían en Aragua... ni hablar de los maracuchos, para los maracuchos la patria es su amado lago. Como bien se aprecia, nuestro denominador común es el apego a la tierra.
En el llano tenemos una máxima que dice: “El llanero va a Caracas, pero no se acostumbra a Caracas”. El llanero puede ir a New York, a Amsterdam, a Pekín, a donde sea, y no se acostumbrará. ¿Cómo se va acostumbrar si su mundo tiene estrecha relación con sus sabanas, ríos y esteros? ¿Cómo se va acostumbrar a la ausencia de un paisaje que, en síntesis, es parte de su autonomía? 
Hoy, que estoy lejos, extraño mi joropo; extraño comerme una cachapa con queso; extraño el río Tirgua; extraño el olor del mastranto, la flor del apamate, el mango bocao y al Tiramuto de mis amores, en fin; extraño saberme en casa.
Justo el día que cumplí un año de haber llegado a Cartagena me encontré, en el banco de una plaza, a una bella falconiana con los ojos nublados de lágrimas. Venciendo mi timidez habitual me acerqué a ella y le pregunté – después de unos segundos de incómodo mutismo –: ¿Le pasa algo? Respondió – con voz entrecortada –: “No me pasa nada, sólo tengo la nostalgia de la tierra”. 

Nuestros mejores talentos
El recurso más importante que tenemos – el recurso humano de los más talentosos – inevitablemente forma parte de la diáspora venezolana y, por más que se quiera, no se puede renovar con facilidad. Es triste que las personas más capacitadas, las más aptas en las distintas áreas del saber, tengan que salir al exterior por falta de oportunidades. 
Cómo se puede renovar el talento del clarinetista Daniel Simón Suárez, si pocos ejecutan el clarinete de la forma que él lo ejecuta. Daniel Simón debería estar promoviendo el desarrollo de nuestro Sistema Nacional de Orquestas, pero no le quedó otra opción que partir a Francia: vive en París desde hace tres años.
Cómo se puede renovar el virtuosismo de la cirujana Amanda Díaz, de buenas a primeras, si es una de nuestras médicas de mayor prestigio. La cirujana Díaz tuvo que posponer su sueño de especializarse en neumología gracias al descalabro político de la nación que le vio nacer. Hoy vive con su esposo y su pequeño hijo en Paramaribo – Surinam.
Cómo se consigue, a la vuelta de la esquina, a un hombre multifacético del calibre de mi buen amigo Reinaldo Jiménez. Reinaldo es periodista, abogado, docente universitario y actor de teatro. Hoy vive en Madrid – España. Ojalá que cuando la democracia se restablezca podamos realizar, en una de las salas de Puerto Cabello, el proyecto teatral que pospusimos.
Cómo se reemplaza, en corto plazo, el talento de Angélica Alvarado Páez en el área de la docencia. Angélica es una de las profesoras de matemáticas más destacadas del estado Carabobo y tristemente el país perdió este gran talento por no proporcionarle las condiciones mínimas para vivir con decoro… mi colega y amiga desde hace un año y nueve meses vive con su familia en Chile.   
Cómo se reemplaza, en poco tiempo, el talante jurídico del abogado quiboreño Anzonnick Rivero, si cierran las carreras universitarias por falta de profesores y de matrícula. (De los salones de la Facultad de Derecho de la UNELLEZ – San Carlos quedan en pie un 25 por ciento aproximadamente). El abogado Rivero vive desde hace más de un año en Perú, cuando debería estar ejerciendo el derecho en su Quibor natal.
Cómo se sustituye, de la noche a la mañana, a los odontólogos cojedeños José Gregorio Díaz y Francisbeth Aguiar, cuando la carrera de odontología es imposible de costear y cuando talentos como el de ellos no se encuentran con facilidad. Estos dentistas están viviendo en Chile y en la isla de Trinidad y Tobago respectivamente.
Cómo se suplantan a los docentes que están desparramados en el mundo. La ausencia de docentes es tan alarmante que muchos planteles educativos han optado por permitir que padres y representantes den clases para que los muchachos no pierdan el año. 
Cómo se sustituye a los cientos de miles de talentos venezolanos – en su mayoría jóvenes – que por las razones migratorias hartamente conocidas tuvieron que salir del país. Lo lamentable es que la mayoría no ejercen su especialidad en el extranjero: como es el caso del mecánico de motos de baja y alta cilindrada John Manuel Tellez, que llegó hace unos meses a la ciudad de Cartagena para trabajar en una marquetería o como mi propio caso; pasé de profesor de Castellano y Literatura a vendedor ambulante de medicina naturista. 
No sé si la cúpula que ostenta el poder en Venezuela caerá en una semana o en cincuenta años, lo que sí sé es que el enorme hueco que genera la salida en masa de nuestros mejores talentos no será fácil de llenar.

COVID-19: Pandemia que hace regresar
Si en tiempos de “relativa calma” los eslabones más débiles del entramado social viven en estado de vulnerabilidad… en época de confinamiento mundial – por el COVID-19 – los dramas humanitarios crecen de manera alarmante.
Por estos días las redes sociales están plagadas de mensajes que instan a mantenernos en casa. Esta medida sanitaria la pueden cumplir sin dificultad: los ricos, los famosos, los que tienen casa propia y ahorros, pero los migrantes venezolanos que vivimos del día a día y que de paso somos echados a la calle por no poder pagar arriendos… lamentablemente no la podemos cumplir.
No tener techo y comida es igual o peor que el coronavirus que se está extendiendo en el mundo. Los miles de migrantes expuestos al contagio en las calles de Bucaramanga, de Cali, de Bogotá y de otras ciudades de Colombia dan constancia de lo que afirmo.
Ahora bien, las mujeres embarazadas, los niños, los adultos mayores que están a la espera de que se abran canales humanitarios y los jóvenes que a la desesperada emprenden, como buenos caminantes, marchas kilométricas para llegar a casa… son los protagonistas de una tragedia que no tiene parangón en nuestra historia contemporánea.
Ojalá que esta tragedia sirva para que los jefes de Estado, de una vez por todas, se aboquen a nuestra causa democrática… pues los venezolanos soñamos con un regreso feliz.

*Este tópico fue escrito el 10 de abril de 2020 (Viernes Santo), para esa fecha habían regresado a Venezuela miles de migrantes por las llamadas trochas y por los puntos de control fronterizo cuando empezaron abrirse los canales humanitarios.

Francisco Aguiar. Escritor venezolano (San Carlos, Cojedes, 1985). Licenciado en Educación Mención Castellano y Literatura por la Universidad Nacional Experimental de los Llanos Occidentales Ezequiel Zamora (UNELLEZ). Cursó en 2014 el Taller de Formación Teatral que auspició la Compañía Nacional de Teatro (CNT). La revista Memoralia publicó en 2015 su monólogo La Alcantarilla. En 2018 participó en el XXII Festival Internacional de Poesía Cartagena de Indias (FIPCA). La OIM – Colombia publicó uno de sus poemas, a mediados de 2019, en la antología que se titula Pido la palabra. Ha publicado entrevistas, artículos y notas en revistas, periódicos y blogs. Autor del libro El cuento más largo.