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jueves, 31 de diciembre de 2015

Cuentos de Arrieros y del Antiguo Llano (2) Los Carreteros


Imagen del archivo de Kelly Manuel  




LOS CARRETEROS (Ramón Villegas Izquiel)

Tú eras mui joven entonces, Vale Joaquín. Diez i siete años apenas i ya andabas ganándote la vida en el durísimo trabajo de carretero. Eras “culatero” en las dos parejas de mula de Julio Villegas, mi papá.
El Vale Víctor Castillo era mayor. Unos treinta años i con experiencia en esas faenas. Por esto era el caporal de esas carretas, transporte forzoso en nuestros llanos entonces, donde los caminos los hacían los caminantes i las llamadas carreteras las propias carretas. El camión apenas se atrevía a meterse cuando ya las sabanas estaban secas i los trillos abiertos.
Yo era un muchachito. Una impedimenta que unas dos veces ustedes cargaron con mucho agrado. Así lo comprendía yo. No porque fuese hijo del amo, sino por el aprecio que le tenían al viejo don Julio, como afectuosamente lo llamaban.
Desde el primer momento me demostraron su aceptación con la comprometedora sencillez que tiene el trato de los humildes de corazón. Para insuflarme ánimo ante la dura experiencia que iba a comenzar, me aplicaron la fórmula eficaz de convertirme en un igual en el viaje, hombre a hombre, sin melindrosas consideraciones de “hijo de papá”.
Me hicieron “Valecito”, porque entre ustedes se llamaban vales, es decir, valedores, compañeros en toda la significación efectiva del término. Mas esa deferencia tenía que merecérmela asumiendo el rol de aprendiz de hombre en el concepto de valiente frente a las rudas exigencias de tales travesías para un carajito raquítico i casero como lo era yo.
El primer día pernoctamos en Buena Vista, no mui lejos de El Tinaco. Allí recibí las lecciones preparatorias para el trayecto. (Narro al detalle, Vale Joaquín, para aclararme la memoria i para que los jóvenes de ahora aprecien algunos rasgos de las vidas de los años de nuestra época. Son experiencias acendradas por largos años en mi alma de llanero, como noble vino en odre bien curtido).
Primero, como yo estudiaba en una escuela católica i vivía en la casa de unas honorables beatas, cuando me santigüé i di gracias a Dios por la cena, el señor Gualdrón, dueño de la posada, me advirtió en tono grave: “I al amo de la casa también, amiguito, que fue quien se la sirvió.”
Luego cómo me hizo sudar el Vale Víctor cuando me indicó: “Valecito, cuelgue por allí i tenga en cuenta que el hombre completo no deja arrastrar su mosquitero, ni cuando lo guinda ni cuando lo recoge.”
Después cuánto gozaban ustedes viendo mis sudores para manejar el mosquitero sin que tocara el piso. Pero lo logré. Cuando llegamos al final del primer viaje ya era un experto en esa practica, a pesar de mi baja estatura que me desfavorecía.
Así cultivaban la reciedumbre estos hombres de brega, aun doblando un mosquitero. Hasta serian tradiciones marciales, pues el Pabellón Nacional también hai que plegarlo i desplegarlo sin que tropiece el suelo.
No obstante, faltaba la advertencia primordial. A la una de la madrugada, cuando ya salíamos de Buena Vista, Víctor Castillo me advirtió: -“Valecito, como usted me lo confió su papá, no lo voi a montar encima de ninguna carreta, porque le puede dar sueño i si se cae lo atropella la de atrás. Tampoco dejarlo caminar apareado a los carros. Es mui peligroso, puede espantarse una bestia de golpe. Así que véngase conmigo adelante i coja con la mano izquierda la rienda derecha de la puntera para que lleve el mismo paso mío”.
En ese momento comprendí claramente que esto era sumamente distinto a todos los viajes que antes había hecho en pleno verano por la misma ruta en la limosina de mi padrino Faustino Padrón. Que tenía por delante cinco días de viaje andando de noche i de madrugada, montándome en los carros solamente a ratos durante los cortos lapsos con sol que permitían las mulas.
-Fueron dos viajes nada más los que llegué a hacer con ustedes, Vale Joaquín. Dos recuerdos que he cultivado con nostálgico cariño entre la rosaleda, todavía fragante, de mis vivencias infantiles.
Me acuerdo aún con claridad juvenil de las excepcionales jornadas que ustedes cumplían. Enjaezadas las mulas con los complicados aperos de su clase i uncidas a las carretas, se salía de la posada cuando apenas el lucero del día -“el Becerrero”- asomaba su lamparita titilante por sobre el telón oscuro del horizonte sabanero.
Partíamos con lentitud resignada, barajustando perdices i reptiles, despertando guacharacas i alborotando perros en los vecindarios, con el estirado traqueteo de las bocinas en las puntas de los ejes lubricados apenas con “sebo de Flandes”.
Un tren de carretas cruzando la oscuridad semeja en la distancia una fantasmal procesión de otras edades, con su farolito encendido debajo de la caja entre las dos ruedas i el persistente tabletear como de matracas lúgubres de Viernes Santo.
Empero animada los espíritus el contacto tierno de la mañanita fresca, empapadita de rocío enmastrantado i con el perfume achocolatado de las matas de palotal. Las bestias, avispadas por el frescor i el descanso, marchaban animadamente, guiadas por el farol de la precedente. Los chistes saltaban chispeantes desde el caporal hasta el “culatero”:
-¡Mula peorra carajo! ¿Fue que se te descosió el culo?
-¡Si es pa’mi no le eche auyama, compañero!
-¡No te echaron esta noche en Malpaso a la vieja Melitona entre el chinchorro!
La vieja Melitona, como hasta el nombre sugiere, era una posadera bastante entrada en años, mui trabajadora, pero mui fea también. Parecía una visión de otro mundo, vestida como los arrieros de burros para sus faenas: Un percudido batolón de liencillo crudo, si talle, que llamaban “camisa de mochila”.
Así transcurría la primera media jornada hasta las diez u once de la mañana, cuando había que hacer un alto para evitarles a los animales el peso adicional del mediodía.
Siestas largas i tediosa, entretejida de zumbidos de insectos, del canto monótono de las palomas montañeras i por los deprimentes silbidos del “sauce”. Sueño pesado de los carreteros, sostenido por la fatiga i el copioso almuerzo. Pegajosas emanaciones de los aperos hediondos a sebo con sudor de mulas. I para mí, un largo fastidio de ocio i ansiedad reprimida. . .
Después la otra media jornada desde la tres de la tarde hasta las ocho o nueve de la noche. Esta más pesada por el cansancio ya acumulado i el bochorno de esas horas del día.
Cansina la marcha. Las mulas cabizbajas, como olfateando el camino. Descanso obligado de los trabajadores encima de las cargas. Tardes con sol filtrando sus rayos como los de una rueda inconmensurable atascada entre nubes en el confín de occidente. O cielos encapotados en los cuales restallaban los intimidantes latigazos ígneos del auriga de un carretón fantástico, cuyos tumbos iban apagándose sordamente hacia la lejanía.
Al fin la llegada al nuevo hospedaje i la rutina de soltar los animales en el potrero, hasta la media noche, cuando había que recogerlos de nuevo i aparejarlos para seguir viaje. La cena cordial i abundante, aderezada por el hambre caminera. Luego los cuentos del chinchorro a chinchorro hasta el inmediato sueño fatigoso.
Como yo no estaba acostumbrado a esa vida, me dolía entrañablemente contemplar los esfuerzos inauditos a que eran obligados aquellos nobles brutos. Sobre todo en pasos como La Corcovada, Malpaso, el Ave María, donde las ruedas se hundían en el barro una o dos bestias más a cada carro, para poderlos pasar uno por uno. A fuerza de gritos, maldiciones y garrotazos aquellos sufridores seres arqueábanse en un empeño supremo para arrancar la pesada carreta de los atolladeros.
-Dura, Vale Villegas, era esa vida. No solamente para las mulas, también para nosotros, pero como dicen que los tiempos pasados siempre han sido mejores, yo ahora en mi vejez los recuerdo con tristeza. Sobre todo a don Julio. Como el se formó bregando también en los caminos comprendían perfectamente los trabajos que nosotros pasábamos.
-No recuerdo bien Vale Joaquín, cual es el sitio exacto donde ustedes me contaron el suceso. Creo que fue entre Buena vista i La Chivera. Eran como las cinco de una tarde lánguida cuando Víctor Castillo me llamó la atención: “Mire, Valecito, hacia aquella ceja de monte. Allí fue que se nos espantaron las mulas cuando se murió su viejo. Eso es mui feo, manito. Una mula espantada echa a corre sin importarle que lleva una carreta pegada. A veces, cuando no se pueden detener a tiempo, se les voltea el carro, lo quiebran i se matan o quedan malogradas para siempre. I lo peor es cuando las otras siguen el ejemplo de la primera, porque entonces uno no se alcanza para atajar carretas regadas en todo un claro de sabana.
Yo le había dicho al Vale Joaquín, al salir del Tinaco que don Julio había quedado mui grave en Valencia. I esa tarde cuando se barajustaron las mulas le grité: ¡Se nos murió el viejo, Vale!
Desde entonces damos este rodeo, porque mula que se espanta en un sitio difícilmente pasa otra vez, por ese mismo lugar”.
Era cierto. Tal día i a esa hora, aproximadamente, había muerto el amo. Quizá su alma, ya viajera en la etérea infinitud, quiso acercarse hasta ello entes de dirigirse definitivamente hacia la eternidad desde donde nunca regresan los caminantes.
-Cosas, Vale Ramón, que suceden en el mundo i que uno no debiera andar averiguando tanto.
-Así será, Vale Joaquín i me llevo una perenne gratitud por tu auxilio en estas evocaciones.

Me despedí con saudades juveniles en mi alma i él continuó melancólico en la esquina de su casita, mirando al río en sus discurrir incesante i silencioso como las vidas de los humildes.

lunes, 28 de diciembre de 2015

Esta historia ocurrió en El Pao (narración colectiva)


Estampa de faenas  en el archivo de Llano Adentro

(cuento de: Yordalis Desiree Roche León, Elio Rafael Rodríguez Silva y Luis Guillermo Mendoza Blanco)


Todos en El Pao se persignan al recordar esta historia. Nació al amanecer, o eso creyó la pobre criatura, la verdad nunca lo supo ni se interesó mucho en averiguarlo. Era como de arcilla, su piel estaba siempre cubierta del polvo del tiempo y los años, y este polvo le acompañaba a todos lados, desprendiéndosele con cada paso que daba. Su creador lo contemplaba asqueado, preguntándose cómo era posible que creara tal monstruosidad, una burla a la vida y la naturaleza.
Vivían en una gran y vieja casona derruida, en uno de los hatos ganaderos de los señores Tabares; un lugar donde el olvido es el amo y el silencio es el gran esclavo. Uno, el creador, sabio y sagaz, el otro, la pobre criatura, lenta y carente de conciencia, según creía su creador. La casa era enorme y llena de muchas habitaciones y pasillos que la creación del sabio debía limpiar y mantener. Una biblioteca, añeja y húmeda, llena de desorganizados manuscritos y con una apolillada alfombra que alguna vez había sido verde, estaba ubicada en el extremo de la gran casa. Poseía pocos muebles. Las paredes, en vez de cuadros, tenían cabezas de venados disecadas, pieles de tigres, cueros de culebras y cualquier cantidad de lancetas, de todos los tamaños, colgadas de la pared. Había varios salones de estar que alguna vez estuvieron llenos de visitantes, ahora eran pasto del polvo y la oscuridad, pues las lámparas hacía tiempo que no funcionaban, rotas unas, oxidadas otras. Toda la imponente y marchita estructura respiraba un aire de grandeza olvidada, paredes que habían visto mejores tiempos.
En alguno de los innumerables cuartos nació la desdichada criatura, rodeada de la sempiterna carcoma del olvido, lo que primero contempló fue al sabio, y nunca olvidó su rostro, aun décadas después recuerda su imagen de aquel entonces, pero los demás detalles de ese día eran difusos, borrosos, empañados como un espejo sobre el que se respira, recuerda una luz como la del amanecer, que no calienta la piel y el cuerpo, pero sí el corazón.
El sabio, en ese momento, contempló su creación, durante años enteros había buscado la forma adecuada, la palabra correcta, vagando entre las páginas de la cábala, y tras pronunciar la palabra perfecta logró que la miserable figura de barro cobrara vida. Mucho tardó el ser de polvo y barro en aprender a caminar, sabía ver y escuchar, pero los movimientos del cuerpo se le hacían muy difíciles, sin embargo, aprendió, pues la criatura deseaba muy en el fondo complacer a su creador, de quien no entendía sus propósitos, pero con quien deseaba estar, larga y dura fue la tarea, y fatigosa para ambos, sólo, al cabo de algunos años, creyeron alcanzar la meta. Unas pocas palabras también aprendió, por cierto, resultaba inútil ir más allá, por más que quiso el sabio enseñarle y por más empeño que puso la criatura en aprender, no alcanzaron logro alguno.
Los años pasaron y larga y pálida se hizo la barba del sabio, la criatura, la creación, el engendro de la envidia de los hombres, permaneció igual, carente de alma, solo un amasijo de barro y carne que deambulaba por entre los salones y pasillos desolados, polvo entre el polvo de la ruinosa mansión que degeneraba y caía en ruinas, agujeros en el techo y el piso, escaleras rotas y derrumbadas, la biblioteca se convirtió en una villa de polillas y los salones y los oscuros pasillos en la morada de lo desconocido.
Entonces hubo un día, un día entre los días, en que la criatura se topó con un espejo, en un principio no supo lo que era, el eterno polvo le cubría por completo, lo contempló pensativo, esforzándose por saber que era, pero sin dar con la respuesta o siquiera una hipótesis, aventuró un temeroso movimiento y con una mano le tocó, era liso, una cosa tan lisa como nunca hubiera visto, y era fría, deslizó su mano por el espejo fascinado con la sensación en su palma, y entonces un rayo de luz de sol se coló por entre los agujeros del techo y reflejándose en el espejo le dio de lleno en los ojos acostumbrados a la penumbra y la oscuridad, por un momento cegado lanzó un juramento al aire, incomprensible, un simple balbuceo, y alejándose contempló al espejo con ira. Pasó un tiempo antes que se diera cuenta de lo que miraba, había un extraño ser allí, sucio y extraño, lo observó, notando desconcertado como la cosa imitaba sus movimientos al otro lado del espejo, se preguntó entonces qué era esa cosa que había encontrado, pero tuvo miedo y huyó.
No sabía que era un reflejo, mucho menos un espejo, y durante meses se preguntó qué era lo que había visto, temeroso de acercarse al polvoriento y destartalado pasillo. Quiso preguntarlo al sabio, desgraciadamente, no supo cómo hacerlo. En vano se desganaba en palabras y balbuceos y gestos sin sentido. Nada logró hacer entender, y el sabio, nada consiguió descifrar de la agitada criatura. La desdichada mole desistió de preguntarle nada al sabio, pero los recuerdos de aquel extraño encuentro no le abandonaron y durante meses anduvo pensando en ello, incapaz de reunir fuerzas para acercarse al lugar. Recordó que cada vez que el Sabio deseaba buscar la respuesta a algo entraba en la destrozada biblioteca, así lo hizo y se extravió entre los escombros y los innumerables libros regados por el piso, cubiertos por un manto de polvo, la biblioteca era inmensa, y estuvo extraviado en ella días enteros, vagando entre los altos estantes y los cerros de libros derrumbados o apilonados, muchos libros abrió. Aquello resultaba inútil, nunca lograba entender lo que en ellos ponía, multitud de dibujos repetidos continuamente uno atrás de otro en largas filas y filas sobre filas hasta llenar las páginas, pero nada logró sacar, se sintió frustrado.
El sabio se sintió extrañado de la conducta de la desdichada criatura, del engendro de su envidia, pero no atinaba a dar con la razón, desde lo alto de los balcones de la gran sala de la biblioteca le contempló extraviarse entre los interminables volúmenes de la historia del conocimiento humano, le veía esforzarse como nunca antes en aprender algo fuera de su alcance, y se preguntó si habría hecho mal en no enseñarle antes. Pero, otras cosas le preocupaban, era viejo ya, y poco salía de su habitación, lejos de la biblioteca, se sentía enfermo y cansado, sabía que le quedaba poco tiempo y que pronto la muerte daría con él cuando el invierno llegara. Nada podía hacer por la pobre criatura que había creado. Murió finalmente meses más tarde, una noche, sentado frente a su ventana, allí esperó su hora y le alcanzó cuando miraba las estrellas. Quizás no era diferente del engendró, pues el también buscaba entender algo que estaba más allá de su alcance.
La criatura no se enteró de la muerte del sabio, sino mucho tiempo después. Le visitaba en su habitación y contemplaba su cadáver inmóvil sin entender nada, creyendo tal vez que el anciano dormía, pues la criatura no sabía que era la muerte, quizás nunca lo supo, durante muchos años (quizás cientos, miles, nunca lo supo) deambuló por la casa mientras el cuerpo del sabio se convertía en polvo y se dispersaba entre los vientos del mundo. Para la criatura todo siguió igual, y decidió esperar a que su creador algún día despertara. Lo ocurrido con el espejo seguía inquietándole, y un día, día entre los días, logró por fin reunir voluntad para volver al pasillo del espejo, y le contempló de nuevo una mañana de invierno poblada de ensordecedores truenos, lleno el pasillo de charcos y goteras. Allí estaba el mugriento ser, era exactamente igual, se acercó con cautela, posó su mano sobre él y quitó el polvo, el ser al otro lado le imitó, y entonces le miró a los ojos y un dolor sin medidas le ganó el cuerpo, no pudo separar las manos, se quedó paralizado, aterrorizado, quiso huir, pero no podía quitar las manos, algo dentro de sí mismo no quería hacerlo. Apenas le tocó esa extraña sensación terrible y dolorosa le ganó, era a él mismo a quien contemplaba.
Durante muchos años pensó que él era igual a los demás, a su creador, se sentía igual a él. Nunca imaginó siquiera ser algo diferente, mucho menos aquella horrible figura. El dolor dio paso a la cólera y de un puñetazo rompió el espejo, odiándolo para siempre por decirle la verdad, soltó un ronco y largo gemido de dolor y pena, sabiendo su destino.
Se refugió en lo oscuro, buscando huir de sí mismo, quiso arrancarse la cara y los brazos, quiso acabar consigo, no manaba sangra de sus heridas, cayó entre los escombros y el barro y en una charca en donde dio de pronto la luz contemplo su reflejo una vez más, y entonces el agua le mostró una verdad más terrible aún, porque no era lo mismo mirarse a los ojos en un espejo de vidrio, que hacerlo en los espejos de la superficie del agua. Vio sus ojos y supo que estaban vacíos, que todo él estaba vacío por dentro, no había allí ninguna alma. ¿Qué fue de él entonces? Nadie lo sabe, ¿Qué habrá pensado, qué aciagas ideas habrán cruzado desesperadas por su mente?

Aún vaga, se cuenta, por entre los escombros de la vieja y abandonada casona llanera, desde hace siglos lo hace.

jueves, 21 de agosto de 2014

LA NEVERITA. CALORONES DE MARZO Y OTROS CUENTOS DE LAGUNITAS (Duglas Moreno)

Niños llaneros bailando joropo.
Imagen en el archivo de Fundación Amigos de Venezuela Arpa de Oro

Don "Bartolo" Escalona  y José Laurencio Matute

LA NEVERITA. CALORONES DE MARZO
La historia es de Antonio Oviedo (Choco), fue referida por Vicente Ruiz.

Las casas en el Llano están hechas como muy cerca del infierno.  Pa mí que esos solazos llaneros, deben ser el mismo Satanás. La tierra en el verano se cuartea y lo que brota parriba es puro vapor de azufre.  Claro, a uno le dicen que el Diablo es una figura negra, pero  como nadie lo ha visto, él toma cualquier silueta y uno se lo puede imaginar de lo que quiera. Bueno, les digo, que las paredes de mi casa son unas verdaderas  pailas de candela. Mejor digo que eran, pues desde que mi patrón me trajo una neverita, la cosa cambió. Eso eran unos calorones, que a veces me daban ganas de quedarme como Dios me trajo al mundo. El patrón me dijo un día: ahí tienes ese animal pa que  te  refresques. La bicha se veía viejita, pero funcionaba de maravilla. Usted metía una pimpina de agua y enseguidita estaba friiita. Bueno, si uno no se avispaba, lo que encontraba era un verdadero  témpano. Yo sólo estaba pendiente de echarle su lata de kerosén cada mes. 
Miren, un día me voy a jerrá unos animales y se me olvidó cerrar la puerta de la nevera. Eso fue en la mañana. Pasé todo el día en la sabana. A golpe e cinco me dejo caé pa la casa.  Y lo más sorprendente, se los contaré. Yo que voy  acercándome al rancho y  se va apareciendo un  tremendo frío. Era algo como del más allá. Así como les dijo, era como si la casa la hubiesen llevao para el polo norte, donde dicen que no conocen el sol ni  la calor. Había tanto frío que yo pensé: se acabó el mundo,  Virgen del Carmen. Miren eso fue lo único que pensé. La frialdad era tan colosal que me dio un sustico por lo que dije a mirar.  Sin mentira ninguna, los pájaros se habían congelao en las ramas de los árboles. Las  vacas del corral estaban quieticas, parecían enormes rocas  de nieve. Mi perro, Mandilata, titiritaba como loco en el patio. Los ojos de las gallinas no se movían, eran dos pedazos de hielo. Unas tortas de casabe, que tenía en el fogón, parecían pedazos de vidrios. Se veían barnizaítas. 
Como pude entré a la casa y veo que la nevera estaba abierta. El frise era un sólo manantial de escarcha. Cerré la puerta, y como por obra de Dios, todas las cosas se descongelaron rápidamente. Miren, esa nevera dicen que enfría más que un glacial. Cuando vienen los calorones de marzo, yo abro la puerta de mi neverita y la temperatura se aguanta  un poco más. El patrón ha venido varias veces   ique queriendo llevársela otra vez; pero yo le dijo que pa qué, total en la ciudad debe haber mejores.  Yo sé que le han contao los milagros de mi neverita; pero qué va, yo no cambio esa nevera ni por mil vacas parías, bueno, no la cambio ni por una muchacha bien bonita. 


LAS CACHAMAS.  LA TAPA EN RÍO CAMORUCO
La historia es de Antonio Oviedo (Choco)

José Materán tenía la maña de perderse unos días de la casa. Atrás iban Cirilo, Chucho, Quibi, Chichí, Javier y otros más.  Se metía por Camoruco abajo y al tiempo bastante nos decía: ya hicimos la tapa. Entonces la gente se iba al río y lo que traían era bagre, torunos, lebranches y cajaros. Puro pescao del bueno. Una vez  Pumás y que se fue a la tapa. Pasó un buen rato y nada. Mira  yo lanzaba gancho paquí y gancho pallá y naiboa. Ya me estaba dando jambrecita. Entonces dije, si no se puede con el gancho, voy a probar con el anzuelo. Chico, le eché una totuma de maíz a la corriente en la sombra de unos guamos. Al ratico, vi que el nailon se templó. Y le doy cabuya y cabuya y lo jalo. Mirá, hermano, saqué una cachama como un budare. Lanzo otra vez y la misma historia: otra cachama igualita a la otra, como si fueran hermanas, y morochas pa más ñapa. Sin mentira ninguna, cada cachama pesaba más de cien kilos. Eran unas burras de verdad. Bueno, salgo a la carretera me monto en la bicicleta y me vengo. No vale, como a los diez metros, salí pa un lao y la bicicleta pal otro. Los rines parecían un ocho. Y dije ¡ay mi madre!  Estoy lejos de la casa. Y por ese camino ni una sombra venía. Los rines doblaítos y la parrilla vuelta un serepe. Pensé: estar la noche aquí no es buen negocio. Pero, como cosas de Dios, me quedo mirando los rines y las cachamas y eran igualitos. Sí chico, los medí bien y se ajustaban. Sólo tuve que quitarles las aletas y el rabo. Agarré la primera y la puse en la horquilla de alante. Y la segunda la metí atrás. Por las agallas pasé los ejes, y la cadena y el riache, los pegué en una costilla y me vine. Esa bicicleta se meneaba más que una zaranda; pero así llegué. Mi mujer casi se muere del susto. Rápido me ayudó. Le conté lo que pasó. Repito y como cosa de Dios, con los pedales le fui quitando las escamas, yo no sé en qué parte del camino, las bichas largaron las tripas, los rayos de los rines las fueron tasajeando, como estaban pegaítos. Lo cierto es que esa misma noche las cachamas ardieron en el sartén. Claro, yo creo que fue Dios el que me envío esas bichas tan redonditas, porque más nunca yo he visto cachamas tan grandes como esas.


LA BURRA EN EL AIRE. LA CINCHA
La historia es de Escolástico Herrera (Papa Escola),
 referida por Vicente Ruiz.

Yo sé que uno cuenta  estas cosas y le gente se queda como remolona. Una vez mi mujer me dice: en el fogón no hay nada. Váyase al monte, a ver si quién quita, consigue algo pal salao. Yo siempre fui hombre de retos. Le hice caso a la mujer, y hablando de obediencias,  siempre hay  que hacerle caso a la mujercita de uno. Bueno, agarro y enjalmo la burra mía y me voy con la buena de Dios. Me llevé la escopeta y mi cuchillo. No había andao muchote, cuando veo en el pozo de Las Tejerías, una bandá de patos. Las orillas de la laguna estaban blanquitas de esa animalá. Dije, bueno  si lo que andaba  buscando era comía, creo que la encontré. Eran miles. Amarro la burra en una ceiba y me voy agachaito. Me acomodé la escopeta y digo a dispará. Mira, caían los patos como manirotas. Unos moribundos y otros pataleando; pero la mayoría, tatiquietos. Hice varios disparos y después me pongo a recogé esa patamentazón. Los agarraba y los iba amarrando en la enjalma  de la burra. Como eran tantos patos, me cansé y me senté un rato en la sombra de un carabalí. No podía más y me quedé dormitao. Cuando me despierto, busco la burra con los patos y no están. Veo pa todos laos y nada. Cuando voy a pedirle a la Divina Pastora, que yo sé que desde el cielo siempre nos ayuda, que  me repare la burra con los paticos; veo en el aire a la  burrita mía. Los patos se la habían llevao volando. Chico, ahí yo comprendí que los animales hablan es con los ojos. La pobre burra me miraba con una tristeza que me llegó al alma. Con los cascos se tocaba la cincha una y otra vez. Le entendí clarito que me decía: dispárele a la cincha. Esperé que  la llevaran más o menos a mitad de la laguna. Me encomendé a nuestro Señor y le zumbo el plomazo. Le di exactamente en el nudo de la cincha, la burra se vino pabajo y cayó de platanazo en el agua y la enjalma con los animales se perdieron en el cielo.  Me fui pa la casa, sin nada. Mi mujer me preguntó: qué pasó, como que no tuvo suerte hoy.  Tantos disparos que se oyeron aquí en la casa. Le dije que el pulso estaba medio zarataco. No le quise contar lo que pasó con la burra, seguro estaba que no me iba a creer. Yo tenía esta historia como un recuerdo mío, nunca le había dicho esto a nadie,  bueno, hasta hoy que ustedes lo están sabiendo.


EL TORUNO DE CAÑO DE AGUA. LOS BAROTALES
Una historia de Nicasio Alvarado (Don Nica)
 A Lagunitas, como siempre.

Ahora es que el río Caño de Agua es una sola carama. Ahí no se ve barranca nunca. Antes,  sus aguas eran profundas y peligrosas. Uno podía meter una canoa desde Lagunitas hasta más allá de El Barbasco. Había pesca todo el año. Lo cierto es que un día me subo a la carama y digo a caminá y a caminá. Me metí lejos pallá. Iba por encima de un arenal, cuando oigo unos borbollones, allá abajo. Rápido pensé en un caimán. La madera traqueaba de verdad. Carajo, era como si alguien con  una motosierra estuviera demoliendo cada palo enterrado en aquel fango.  Menos mal que yo cargaba un buen gancho. Sería tan grande aquel animal que la carama se movía  pallá y pacá. Me quedé callaíto y  debajo del agua, mejor dicho de los barotales, seguía aquel revoloteo extraño.  Yo dije: si es un caimán, paticas pa qué te tengo y si es un pescao grande, se  esayunó Lázaro.  Como pude metí el gancho entre el ramaje y la arena.  Sentí que agarró carne. Efectivamente, las aguas se estremecieron y el animal casi grita. Eso fue un tañío feo.  Le di mecate y después lo jalé duro. Lo fui sacando lentamente. Era un mamburrio e toruno que medía casi dos metros y pesaba como cien kilos. Me lo puse en el lomo y me vengo pa la casa. Pesaba el bicho.
Me vine otra vez por encima de la carama. Caminaba de lo más tranquilo y alegre, cuando de pronto comienza  a sonar una música, una música y una música. Y yo dije: música por estos laos, si no hay ni casas. No me iba gustando muchote aquello. Apreté  el  paso  y  la  música  seguía  ahí. No jile, llegué a la casa y le eché el cuento a la mujer. La doña me ripostó, es que ya van a ser las 5 de la tarde y como Ud. no deja de oír ese programa que llaman Las colombianitas, seguramente, se imaginó que estaba oyendo  un radio. Yo me quedé con la duda.  Remolón, pues. Bueno, lo importantes es que me traje un señor toruno de Caño de Agua. Lo monté en una troja, me busco el puñal y se lo dejo caer desde las agallas hasta la punta el rabo. Tremenda sorpresa, la música que yo escuchaba estaba en la barriga del pescao. Sí, como lo oyen, el toruno tenía entre las tripas un grabador nuevecito. Llamé a la mujer y casi se muere del susto. Y era un Sanyo. Lo prendí y agarraba todas las emisoras, hasta radio Cristal. Le di volumen y mi casa se volvió una fiesta. Lo cierto es que ese día, Chicho, Chupa y Mequito, debajo de los almendrones, comieron de lo más sabroso y yo escuché mis colombianitas mejor que nunca.


AMOS DEL MONTE. LA DANTA DE ORO
La historia es de Epifanio Arrollo, me la contó mi amigo José Simón Escalona,
al que le dicen Cachicamo

La carne fresca es lo mejor de una cacería. Puedes  tener miles quintales de salobre en la troja de la casa; pero carne nueva es carne nueva. Con esa idea  les voy a decir que una vez me voy poqui poqui por los  montes de El Barbasco. Me fui metiendo y metiendo y ya la montaña era un silencio grande. Era como si no hubiera ni pájaros. Les digo que tanta soledad hizo que pensara por un momento en regresarme. Me llené de valor y seguí. Dije, ojalá me saliera una danta. Bueno, dicho y hecho. Estoy en la pata de un taparón y  de repente siento unas huellas, chuaz, chuaz. Por lo pesao de las pisadas me imaginé que era una danta. Se me arregló el día, pensé. Acomodé la escopeta, agarro el faro y digo: enciendo y disparo al mismo tiempo. Sólo pude iluminar.  Bueno, no sé si la luz que había en el lugar era  la de mi linterna. Eso fue una sola claridad azulita.  Ahí fue cuando  vi lo nunca visto. El animal tenía todos los dientes de oro. Ahora creo  que aquel  resplandor venía de la boca de esa bicha. La luz me quitó la vista. El disparo creo que se fue por el aire. No supe más de mí. Cuando desperté estaba en mi jamaca  prendío en una fiebre. Quién me trajo, le dije a la mujer.  Usted llegó solito en una sola carrera. Gritando que habías matao una danta de oro y como si estuvieras ciego. Venías como apartando cosas del camino. Te di unas gotas de valeriana y horita fue que despertaste. Le conté todo a mi mujer. Después que terminé lanzó estas palabras: yo le he dicho que el monte tiene sus amos. Llorando le apreté las manos y nos quedamos abrazaítos toda la noche. 




Textos transcritos del libro: 100 CACHOS: ANTOLOGÍA DE LA NARRATIVA  FANTÁSTICA ORAL DE COJEDES (Compilación, Prólogo-Estudio, selección  y notas de Isaías Medina López; 2013) Publicado por la  UNELLEZ-VIPI, en San Carlos, Cojedes. Edición de la Coordinación de Postgrado  y la Coordinación de Investigación.

Estos cuentos están disponibles en la versión electrónica del del libro: Escenas Narratoriales de Lagunitas. Ahora te llamarás septiembre. Obra de Duglas Moreno. Edición del autor en San Carlos, Cojedes 

sábado, 9 de abril de 2011

Cuatro relatos de la sabana (Yorman Tovar)

Mujer del Llano en el archivo de La Voz de Joropo   

Jóvenes llaneras de Cojedes durante un festival de narraciones del Llano 

Enjalma llanera para bestias de carga 
(archivo de Radio Comunitaria Baúl 105.5 FM) 


CUATRO RELATOS  SOBRE  
LA MULA MANIÁ DE LA MATA CARMELERA
Yorman Tovar 

1- El Llano es -si se quiere- la región más fantasiosa de Venezuela. El llanero es un ser supersticioso por naturaleza, gracias al mestizaje de las tres castas que conforman su raza, sobre todo, las herencias aborígenes y africanas. Cualquier incidente es un incentivo para el surgimiento de una leyenda, un mito, un corrío o un relato oral, de esos que se difunden, de una generación a otra, preservándose en la memoria colectiva. Así nacieron numerosas leyendas y relatos sobre fantasmas y reaparecidos de la llanura: “Florentino y El Diablo”, “El Silbón”, “El espanto del Troncón”, “Juan Machete”, “El Diablo del pastizal”, “El ánima del taguapire” y “El ánima de Mata e `Silva”. Una de esas canteras de leyendas y relatos es la Historia Patria: desde la Conquista, pasando por la colonización, la Independencia, la Guerra Federal, hasta nuestros días. Una de las creencias más fantásticas la representa “La Mula Maneá”, y se refiere a la muerte del Presidente y caudillo de la “Revolución Legalista”, General Joaquín Crespo, muerto de un lanzazo o de un balazo en un sitio del estado Cojedes: “La Mata Carmelera”, específicamente entre los caseríos Camoruco y Camoruquito, por la carretera nacional, en la llamada “Curva de Guabina”, sitio donde han ocurrido los más tétricos accidentes automovilísticos; y según dicen los lugareños de esos caseríos, se deben, más a la mala influencia de “La Mula Maneá”, que a la imprudencia de los conductores.
Cuentan los relatos orales que el día en que ocurrió el magnicidio de Crespo, este andaba remontado en una mula blanca que le habían traído de las sierras peruanas, y en el momento en que comenzó la escaramuza, entre balas y lanzazos, a Crespo se le encabritó la mula y no pudo dominarla, y fue cuando el viejo zorro lancero Luis Loreto Lima (a quien se le atribuye la muerte del caudillo) aprovechó para lancearlo. Este magnicidio, al igual que el de Zamora en San Carlos dan muestra de que en Cojedes no se juegan con nadie para darle el pasaporte a cualquier caudillo, por más peligroso y poderoso que este sea. Desde el día de la muerte de Crespo, el ánima en pena de este General condenó a la pobre mula a ser un eterno fantasma, reaparecido o espanto de caminos.
Lo cierto es que la mula no respeta si es de día o de noche, ni escoge las víctimas a espantar; y pobre de aquel que no sepa que es un espanto, porque la bicha, aparte de espantar, muerde y patea al que no sepa rezar. Dice la leyenda que la única manera de quitársela de encima, a pesar de que fue su jinete quien la condenó a ser un espectro, es rezar un Ave María o invocar tres veces el ánima de Joaquín Crespo de esta manera:

¡Ánima de Joaquín Crespo,
no te pongas resabiá!
Sálvame, que no me mate
Tu vieja mula maneá.

2Felipe Meléndez y Monche Camacaro, dos experimentados camioneros, que en la década de los 50 y 60 transportaban madera de las selvas de Guanarito y de Capitanejo hasta el “Aserradero Coromoto” de Acarigua. Un Miércoles Santo su patrón, Don Pablo Yústiz Ramos, les encomendó llevar unas cargas de samán blanco a un aserradero de San Carlos. A las tres de la tarde partieron de Acarigua en sendos “Roleros” (un Ford de Meléndez y un “Reo” de Camacaro). Justo a las 4:30, en la “Curva de Guabina” se le reventó una punta de eje al Ford del catire Felipe. Monche Camacaro que iba más atrás se detuvo a auxiliar a su compañero. Por desgracia no pasó nadie conocido que pudiera ayudarlos, entonces decidieron colgar sus hamacas entre los tojines de los camiones, dormir allí hasta ese otro día para regresar, uno de ellos, a Acarigua en busca de ayuda. Exactamente a las seis, a Felipe Meléndez le dieron ganas de defecar, cogió unas hojas de periódico y se internó en el monte. No se había terminado de agachar cuando escuchó el recio cabalgar de una bestia, que entre la semipenumbra venía hacia él. Felipe se subió los pantalones y echó a correr. Camacaro que sí tenía cierta noción del espanto, recordó la manera de repelerla, y gracias a la oración del Ave María, pudieron deshacerse del aparecido de la mula. Esa misma noche descargaron, a orilla de carretera el camión “Reo” de Camacaro y se regresaron a Acarigua, y el catire Felipe ofreció un rosario de agradecimiento la noche del viernes santo al ánima de Joaquín Crespo.

3- En mayo de 1959, Tomás Espinola (alias) “El Gabán” y su “pareja” de vaquerías Manuel Jacinto Mora (alias) “El coplero de la noche” salieron desde “Los Cortijos” en Guanare con una punta de ganado. Una noche acamparon en Apartaderos. La peonada encerró el ganado, “El Gabán” y Manuel Mora, encargados de dirigir la faena, decidieron explorar el camino que transitarían al día siguiente. Esa tarde, cuando pasaron por San Rafael de Onoto, Don Rafael Torres (un viejo boticario) les advirtió acerca del espanto de “La Mula Maneá” y la manera de alejarla. Cuando pasaban por “La Mata Carmelera” notaron que sus caballos se encabritaban, y que ellos, jinetes vergatarios, no podían detener los animales. “El Gabán” se cayó del caballo, el animal se perdió entre los montes, mientras veía una mula blanca con una manea en una pata se le venía encima. El hombre lanzaba sombrerazos a la mula y esta avanzaba más y más sobre su víctima. En ese momento apareció su compañero Manuel Mora, quien como buen poeta hizo uso de la copla acostumbrada como amuleto, y así ahuyentó el espanto. Tomás Espinola quedó privado en el terronal y Mora lo revivió, dándole a oler caña blanca con chimó. Ese otro día negociaron el ganado en Apartadero y regresaron a Guanarito.

4-Algo similar les ocurrió a los copleros portugueseños Cheo Hernández Prisco “El Coplero Coleador” y Alfonso “El Negro” Palacios. Era la una de la madrugada, regresaban de Tinaquillo, donde habían cantado en unos toros coleados. Cuando se acercaban a la “Curva de Guabina”, Cheo notó que, extrañamente, su flamante y melosa camioneta, con tres días de sacada de la agencia, se recalentó. Frenó el vehículo y se bajaron con una linterna a revisar. En ese preciso instante vieron una bestia blanquita que corcoveaba graciosamente, no muy lejos de la carretera. Hernández, como buen llanero, diestro en equinos, se fue acercando y notó que era una mula; Palacios, más resabiado, se quedó mirando. Cheo se le acercaba a tientas a la mula y Palacios observaba que la bicha quería atacar a su compañero. De repente la mula logró tropezar a Cheo y este cayó aporreándose una costilla. “El Negro”, que es medio brujo y sumamente bellaco en vainas de espantos recordó que una vez Don Paulo Emilio Díaz le había relatado lo que le ocurrió a “El Gabán” y Manuel Mora. Palacios comenzó a rezar el Ave María y cuando soltó los cuatro versos de la copla, la mula se desapareció misteriosamente. “El Coplero coleador” se levantó ayudado por Palacios, prendieron la camioneta, que ya había recobrado su temperatura normal y continuaron el camino. Esa misma noche, Alfonso Palacios se inspiró y, produjo estos versos:


Miren lo que le pasó
al gran Cheo Hernández Prisco
que una mula, paso arisco
lo pateó y lo mordisqueó.
Cheo Hernández se cayó
acostado entre terrones,
se orinó en los pantalones,
y a punta de versos reacios
lo salvó el negro Palacios
con copla y con oraciones.

Gracias doy a Paulo Emilio,
el que me logró enseñá
aquella copla que espanta
a esa bestia encabritá:
¡Ánima de Joaquín Crespo,
no te pongas resabiá!
Sálvame, que no me mate
tu mula vieja maneá.

Nota de Yorman  Tovar: Estas tres historias reales son testimonios contados por sus protagonistas que aun viven. Felipe Meléndez en Acarigua, Monche Camacaro en El Palmar de Turén, “El Gabán” en Guanarito, Manuel Mora en El Samán de Apure, Cheo Hernández, todavía de manga en manga de coleo y Palacios en La Capilla (Guanarito)... ¡por si alguien tiene dudas!. El viejo Camacaro asegura que la condición para salvarse es andar “emparejao” con algún compañero, porque si se anda solo, la víctima corre el peligro de morir en ese misterioso lugar cojedeño.-

Nota del Editor: Este material involucra a tres de los más representativos de la cultura llanera del estado Portuguesa:  
1-Yorman Tovar (Compilador y coautor). El Mayor Trovón. Nació en Guanarito, estado Portuguesa, el 26 de noviembre de 1955. Destacado autor de éxitos discográficos, profesor universitario, investigador, maestro y teórico de postgrado de los saberes del Llano, poeta, decimista y declamador con diversos poemarios publicados, vencedor y jurado en distintos eventos musicales y literarios (nacionales e internacionales) de la cultura llanera. Articulista de periódicos y revistas con más tres décadas de experiencia. Productor radial y líder de gremios de  literatura y universitarios. Antologista de la poesía popular venezolana. Su obra, siempre en crecimiento,  supera la veintena de libros publicados.  
2-Cheo (José Manuel) Hernández PriscoNació en Papelón, estado Portuguesa, el 16 de febrero de 1942. Experimentado cantautor y contrapunteador, maestro de nuevas generaciones de cantautores del Llano. El Cantor Número Uno de los Toros Coleados es figura obligada en los catálogos, emisoras radiales, páginas Web, y la discografía de la música llanera y el deporte del Coleo.
3-Alfonso Palacios. El Negro. Nació en Guanarito, estado Portuguesa, el 6 de febrero de 1947.  Recio contrapunteador, arreglista y cantautor. Sus temas (El Gabán Coleador, El Comegente, Parranda en La Cañada), los interpretan por igual voces experimentadas y nuevos talentos de la canta criolla; Armando Martínez, Juan De Los Santos Contreras, Cheo Hernández Prisco y  Julio Pantoja, entre otros.

El cuaderno, titulado por su compilador, el poeta Yorman Tovar, Tres sucesos con el espanto de “La Mula Maneá”  recrea cuatro narraciones que forman parte del enorme grupo de testimonios sobre la infame Mula Maneá de la Mata Carmelera, quizá el espanto al que se le atribuye el mayor número de muertes en todas las llanuras de Venezuela y Colombia.
Isaías Medina López