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viernes, 21 de agosto de 2020

El crimen perfecto y otros cuentos de Julio Romero Parra

 

La detective estaba cerca de resolver el crimen. 

Imagen en el archivo de María Eliza Duque, San Carlos Cojedes


UNA VISITA AL CONSULTORIO 

Urania quiso hacerse un chequeo cardiovascular y la llevé a una clínica situada en forma diagonal a la antigua funeraria La Equitativa. Muy cerca de Farmatodo y de Burguer King.

Entrar a la antesala del consultorio me causó una gran sorpresa. El lugar se veía muy despejado. Un montón de muebles estaban recostados a las paredes, pero quienes deberían estar sentados allí brillaban por su ausencia. Pensé: en este pueblo nadie se enferma o nadie tiene dinero para pagar una consulta.

Solamente al fondo se encontraban dos mujeres, face to face, una frente a la otra, sentadas en sus respectivas sillas alrededor de una mesita cuadrangular. Sobre la superficie de la consola podía verse un equipo de manicurista, cortaúñas, corta cutículas, hisopos y un conjunto de diminutos recipientes que contenían esmaltes de colores brillantes y chillones. Una de las mujeres usaba una bata blanca y de su cuello colgaba un estetoscopio. La otra mujer vestía de lo más normal, pantalón oscuro y blusa color crema. Supuse que la primera dama debería ser la doctora y que la segunda debería ser su secretaria. No se necesitaba ser un genio para deducirlo de esa manera.

Quien debería ser la doctora llevaba el cabello pintado de un color alambicado y raíces blancas y oscuras surgían de su cráneo, seguramente producto de un no convincente tratamiento capilar. Por su parte, quien debería ser la secretaria llevaba el cabello pintado como con crema negra de zapatos. De inmediato sonrió al percatarse de nuestra presencia.

-Al fin-dijo como diciéndose a sí misma “! Al menos nos visita algún paciente!”

-¿En qué podemos servirles?-nos preguntó amablemente quien llevaba bata blanca y cabello alambicado.

-Quiero hacerme un chequeo cardiovascular-dijo mi mujer.

-Muy bien-respondió la doctora sacudiéndose las manos para que se le secara la pintura de uñas recién colocada-. Les advierto que no se aceptan cheques. ¿Cómo piensan pagar? ¿En efectivo o por transferencia?

-Por transferencia-dijo Urania.

-En ese caso debe hacer la transferencia por anticipado y debe enviarnos el capturer.

Mi mujer hizo de inmediato la transacción, de banco a banco, de teléfono a teléfono, y la profesional, luego de chequear el pago, se dispuso a chequearla a ella.

-Perfecto, muy bien, pase usted a mi consultorio, señora.

Ya para entonces la mujer de blusa color crema y de cabello color crema oscura de zapatos había tomado los datos en una pequeña libreta.

Apenas Urania y la cardiólogo cerraron la puerta del consultorio fui a sentarme a tres metros de la secretaria. Ella, displicentemente, comenzó a limarse las uñas y a entablar una conversación conmigo.

-A veces vienen-dijo como distraída.

-¿Quiénes? ¿Los pacientes?

-No, mis amigas-dijo ella.

-¿Y vienen a hacerse chequeos cardiovasculares?

-Generalmente no-dijo la mujer-. Vienen a pintarse las uñas.

Respiré hondo y, como sin querer, insistí:

-¿Y los pacientes?

-Ya vienen pocos pacientes por aquí. Ya a nadie parece interesarle que le explote el corazón. Se interesan más por las uñas que por las venas coronarias. Les resulta más barato hacerse la pedicura que chequearse el reloj. Una consulta cuesta un ojo de la cara. En cambio para pintarse sí les alcanza el presupuesto.

Y luego de una pausa aclaró:

-Ah, y es unisex. No importa que el cliente sea macho o sea hembra. Si está interesado le hago el servicio. ¿Quiere acomodarse las uñas?

-No, gracias-le dije.

La mujer comenzó a limpiarse sus propias garras con un algodón húmedo. El olor de la acetona era muy penetrante.

-Ya no vale la pena estudiar-dijo al tanto que se hacía el autoservicio-. Lo digo por la pobre doctora que está viendo a su mujer. Tantos años en la universidad y tantos postgrados en cardiología para luego estar pelando. De esta crisis no se salvan ni los muertos.

-¿Ni los muertos?

-Ni los muertos-ratificó ella-. En una palabra, ni los vivos ni los muertos. Fíjese usted: Al frente de este consultorio funciona una funeraria y yo llevo más de diez años trabajando en esta clínica. En esa funeraria velaban cadáveres todos los días del mundo y hasta una aprovechaba. Cuando me daba hambre no iba para Burguer King, que queda al frente, si no que me acercaba al cafetín de la funeraria y allí me ofrecían un Sándwich, un jugo y un café. Ahora ni siquiera eso. Ahora velan un difunto cada dos o tres meses y de paso cerraron el cafetín. Así que hasta eso debemos aguantar gracias a la pelazón que nos somete este gobierno.

-¿Y a la doctora no le molesta que usted arregle uñas aquí?-le pregunté.

-¡Qué carajo puede molestarle!-exclamó con una sonrisa leonina-. En eso de las uñas hasta somos socias. Si no vienen pacientes vienen clientes lo cual a la larga viene siendo lo mismo. Fíjese, la doctora está pensando en cerrar el consultorio para abrir un salón de belleza. Ya se lo dije. La gente piensa más en sus uñas que en su corazón. Le interesa más verse bonita que morirse de un infarto. Ah, y como también le comenté, hasta somos socias. Cada vez que le arreglo las uñas a alguien le debo pagar a ella el cincuenta por ciento.

-Seguramente ella debe reponerle a usted el cincuenta por ciento de las consultas.

-¡Qué va!-exclamó la secretaria-. La doctora fue quien estudió. Yo no soy ni bachiller. Además el alquiler lo paga ella sola.

En ese momento la facultativa y mi mujer salieron del consultorio. Según detectaron los instrumentos cardiovasculares, su corazón funcionaba bien y sus conductos sanguíneos estaban despejados.

Nos despedimos amablemente y cuando ya salíamos del recinto estaba entrando una joven a la antesala del consultorio.

-¿Están prestando servicio?-preguntó con melosa voz.

-¿Servicio de qué?-preguntó la secretaria-. ¿De cardiología o de manicure?

 

 

CONAN DOYLE Y SU CRIMEN PERFECTO

Sir Arthur Conan Doyle experimentó cierto desasosiego al escribir la frase lapidaria de su última novela. Las argucias de un asesino en serie escapaban a su raciocinio, al comprobado olfato de sabueso de su infalible detective Sherlock Holmes y a la inteligencia que caracterizaba al doctor Watson.

Luego de tres o cuatro años desde el momento cuando había captado esa imagen, al fin, daba por terminada aquella trama policíaca. Le pareció que durante toda una eternidad permaneció sentado, entumecido en una silla de escritorio, tecleando sobre la vieja Olivetti y en completo estado de hipnosis. Mares de tinta derramó en un misterioso carnaval de crímenes que se suscitó en algún perdido axón de su cerebro. El germen de aquel astuto asesino en serie y de aquel cúmulo de ideas en busca del crimen perfecto, creció como un árbol, experimentó un extraño sortilegio y ahora se trasmutaba en fruto del intelecto. La trama era impresionante, el estilo perfecto, el lenguaje impecable. Solamente el homicida en serie y la ineptitud de sus protagonistas habituales le incomodaba.

No era para menos. Aquel verdugo en cadena de su novela escapaba al dominio de su técnica. Era dueño de una suspicacia fuera de lo común que dejaba estupefactos y anulados a sus meticulosos investigadores. Para comenzar, su inteligencia en avanzada había dado con un asesinato pulcro e inextricable. En sus correrías de malhechor dejó incontables víctimas e incontables enigmas de procedimientos. Junto a los cadáveres, tanto Sherlock Holmes como el doctor Watson se devanaron inútilmente los sesos, no pudiendo detectar una huella digital ni un pelo de cabeza y menos un fragmento de cutícula. Nada. Ni siquiera había quedado en las escenas criminales la más remota evidencia. Se trataba también de cangrejos en series. Era como intentar descifrar sopas de letras en idiomas extraterrestres, jeroglíficos elaborados en otras galaxias, enigmas del último resquicio de la Osa Mayor. “Por suerte, el asesino sólo pertenece a una obra de ficción.”, pensó el afamado autor de novelas policíacas.

Ganado por esta feliz idea, se levantó. Al hacerlo, pudo escuchar el crujido de sus huesos. Se sentía satisfecho, luego de su arduo trabajo, de haber concluido la novela. Sin duda, era una excelente ocasión para celebrar aunque sabía del malestar que levantaría entre sus lectores acostumbrados a sus acertados procedimientos para dar con los malandrines. Aquella noche, que por suerte era de viernes, se encontraría con sus colegas-todos escritores policíacos- en el famoso bar Las mil y una noches, estarían de farra, derramarían raudales de botellas, rumiarían pasapalos y comentarían lo que sólo saben conversar aquellos que comparten ciertas suspicacias de la imaginación.

Caminó en busca de la toalla y el jabón. Se hallaba metido en una bata de color azul acrílico. Sentía oxidadas sus articulaciones. Esa sensación se hacía presente cada tres o cuatro años, en los momentos precisos cuando daba punto final a una nueva novela policíaca.

Conan Doyle se desnudó. Tomó el discman y lo enchufó cerca del jacuzzi. Escuchó música clásica. Verdi, un poco de Beethoven, Vivaldi y Stravinsky. Luego del baño, usó un aceite especial que le concedió la elasticidad necesaria para salir a celebrar. Antes de tomar la calle, llamó a su editor. “Mañana puedes pasar buscando mi última novela”, le dijo. La voz del editor se escuchó harta contenta:

-¡Vaya! Era tiempo de que la terminaras. Los lectores están inquietos por tu silencio. Envían cartas, quieren saber de otra de tus obras. A propósito, ¿de qué se trata?

-De un asesino en serie cuyos crímenes son perfectos.

No quiso entrar en detalles y colgó. Silbó una composición italiana. Cada vez que podía dar por terminada una nueva narración, le daba por echar al aire La traviata.

Llegando la hora, corrió hacia el bar Las mil y una noches y en la barra se encontró con sus colegas. Eran unos tipos excelentes y dichosos, cínicos y dicharacheros, que escribían media página y corrían hacia la barra a celebrar. “Felices hijos de perra”, pensó él cuya única oportunidad de jolgorio la veía presente únicamente cuando terminaba una novela.

Consumieron gran cantidad de botellas de licor metidos en una conversación que sólo era posible en tipos obsesivos como ellos. Hablaron sobre personajes excéntricos, sobre argumentos convencionales, sobre las manías de Poe o de C. Auguste Dupin. De aquella conversación no pudo escapar el raciocinio sincrónico del doctor Watson y Sherlock Holmes. Las precisiones de afilados bisturís utilizados por los detectives médicos para desentrañar casos y dar con los criminales cerraron con broche de oro aquella charla de novelistas policíacos. Ya era avanzada la madrugada cuando Sir Arthur Conan Doyle, luego de despedirse, abandonó el bar. Un poco bebido, trastabillando, tomó un taxi que lo llevó directo hasta su cama.

Al amanecer del día siguiente, el editor lo llamó por el asunto que había quedado pendiente. La resaca nocturna le alborotaba las tripas. Su cabeza parecía una caja llena de ratones. El tiempo se destilaba como en un reloj de arena. A pesar de aquel malestar etílico, buscó el manojo de páginas que conformaba su nueva obra. Tomó una aspirina y comenzó a realizar el recorrido de aquel intrincado camino de palabras. Era un escritor experimentado que nunca erraba en su empeño de envolver a los lectores en una telaraña de intriga y de misterio.

Sin embargo, no dejaba de preguntarse por qué sus afamados investigadores no podían dar con el asesino de su última ficción.

La ola de crímenes suscitados en los jacuzzi de apartamentos, casas, bares y hoteles empujaba a sus deductivos sabuesos tras la pista. Análisis del móvil, circunstancias, eliminación de sospechosos. A través de la trama podía tropezar con episodios de violencia y con nuevos casos de asesinato. Pero no fue sino hasta la última página cuando constató que los homicidios en serie habían sido cometidos por alguien que escapaba al raciocinio deductivo de sus personajes principales, es decir, que su última obra era la diagramación infalible de un crimen perfecto. Ni siquiera él, quien era el novelista, pudo atar cabos para dar con el autor de aquellos hechos.

Comenzaba a caer la tarde y el editor no llegaba por su manuscrito. El calor y la resaca lo atormentaban. El ruido de su cabeza se hacía insostenible. Quería darse una ducha y acostarse hasta el día siguiente para así poner en orden sus ideas acerca del próximo caso policial que debería afrontar. Así lo hizo. Se desembarazó de su bata y se metió en el jacuzzi entre una inmensa nube de jabón. Conectó el discman. Impulsó el botón para encenderlo. De inmediato se suscitó una explosión.

Los vecinos avisaron a la policía. Antes de apartar el cadáver, se retiró el último sabueso. Conan Doyle se hallaba encogido en su sobretodo como un gusano en su capullo. Impotente, lleno de frustraciones, indignado consigo mismo, Sherlock Holmes hizo mutis ante la evidencia de un nuevo crimen perfecto.

 

SOBRE DOS CIEGOS 

A veces me asaltan pesadillas y entre ellas encuentro a Homero escribiendo La Odisea con mucho esfuerzo a causa de la ceguera que lo atormenta. Al ver allí al pobre, sudando por no poder ver lo que borronea, me traigo de las greñas a Jorge Luis Borges quien, también atormentado por el problema visual de Homero, intenta, a su vez, redactar una de sus últimas ficciones, El informe de Brodie. Del segundo no siento tanta compasión como del primero. ¡Pobre Homero! Al menos en los tiempos cuando le correspondió vivir al autor de Ficciones ya existían los oftalmólogos y seguramente uno de los especialistas más destacados de Buenos Aires o de Ginebra lo haría seguir un régimen para contrarrestar su glaucoma. En realidad no era falta de visión sino ceguera. En cambio el autor de La Odisea debió aceptar las sugerencias de adivinos y camareros, debió invocar a Marte y Afrodita intentando ganar el camino hacia la luz. Lo de Homero era poesía cruda, lo de Borges era erudición ya cocinada. Por supuesto, Homero escribía de manera más desesperada y original al tanto que Borges se tomaba todo su tiempo y se valía de miles de libros que se encontraban al alcance de su mano. Decía él que de los diversos instrumentos inventados por el hombre, el más asombroso venía siendo, sin lugar a dudas, el libro. El resto eran extensiones del cuerpo. El microscopio, el telescopio son extensiones de la vista. El teléfono es extensión de la voz. El arado y la espada son extensiones de la mano. En cambio el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación. Antes y en los tiempos de Homero, los grandes maestros de la humanidad poco se preocupaban de la palabra escrita. Ya para entonces estaba inventado el papiro y las tablas alabastrinas, pero los grandes sabios de la antigüedad prefirieron la oralidad. Pitágoras no dejó manifiesto escrito. Lo mismo ocurrió con Sócrates y con Buda. A Cristo lo imaginamos tomando vino, multiplicando el pan y los pescados, devolviendo a Lázaro de la muerte, predicando en las xerófilas callejuelas de Jerusalén, pero nunca lo imaginamos escribiendo. Si alguna vez lo hizo fue en la playa y las olas se encargaron de borrar su escrito sobre la arena. Al igual que Shakespeare, Borges sufría de cierta cleptomanía intelectual y a veces le echaba zarpazos a obras que no le pertenecían. El primero de los ciegos vivió la guerra de Troya y escribió apurado sobre los campos de batalla. Entre tantos vaivenes bélicos seguramente no tuvo tiempo de leer buena literatura, además que las grandes obras clásicas que hoy conocemos aún no habían sido escritas. Homero, por ejemplo, no pudo leer a Kafka ni a. Chesterton, ni a Proust ni a Dostoievski ni a Joyce. Menos al resto de grandes autores que Borges solía citar de memoria. Tampoco debió tener tantos libros a sus órdenes como los que contenían los anaqueles de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires y ni siquiera pudo sentarse ante el crepúsculo a leer El Quijote. El segundo ciego fue director de la mencionada biblioteca, pero al recibir el cargo, paradójicamente, ya estaba ganado por la ceguera. Por eso quizás se apasionó por una joven nipona llamada María Kodama quien le servía páginas que ya no podía recorrer con sus ojos. Pero como era un histrión y sabía que la vida es corta se refugiaba en aquella mujer que le prestaba los ojos para devolverle lecturas de la Enciclopedia Británica y de ella extraía al dedillo todas las citas de los grandes literatos. Borges no era un escritor serio. La seriedad la exigía a los lectores, pero él era un cínico bufón que se reía de Poe, de Lamartine y de Alexander Soljenitsen. En una entrevista para la televisión española afirmó que jamás había leído los chistes de Gabriel García Márquez. Inclusive se reía de los cánones de la novela policíaca y por eso, en forma de burla, a cuatro manos con su cómplice de fechorías literarias (Adolfo Bioy Casares), estuvo redactando Seis problemas para don Isidro Parodi bajo el seudónimo de Bustos Domecq. Cuando escribía La Ilíada, Homero era un joven y talentoso escritor que se encontraba en plenitud de facultades intelectuales. Por eso en esa obra predomina un tono dramático y combativo. En La odisea predomina un acento narrativo más sosegado, rasgo típico de la vejez. Homero escapó a las influencias literarias por el simple hecho de no estar en contacto directo con los virus de la literatura. En cambio Borges sólo pudo respirar el polvo y las polillas de los libros y al igual que Shakespeare no se cansó de fusilar a otros autores. El informe de Brodie lo tomó directamente de Informe para una academia, de Kafka. Basta remitirse a ambas lecturas para comprobar que es cierto. Si Homero hubiera vivido en nuestro tiempo quizás no se habría consagrado a la literatura sino a la oftalmología y hoy sería un gran oftalmólogo en lugar de ser un gran poeta.


Otros cuentos de Julio Romero Parra en: 

El Nazareno (Leyendas, cuentos y teatro) Varios autores http://letrasllaneras.blogspot.com/2019/02/el-nazareno-leyendas-cuentos-y-teatro.html


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Leyendas y cuentos cortos venezolanos (42) Varios autores

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Leyendas y cuentos cortos venezolanos (41) Varios autores

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Leyendas y cuentos cortos venezolanos (36) Varios autores

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Leyendas y cuentos cortos venezolanos (35) Varios autores

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Muchas gracias por su visita 
Isaías Medina López (Coordinador)

martes, 21 de noviembre de 2017

Cuentos Venezolanos de Navidad (12) "La Mujer de la Iglesia Santo Domingo" Relato de Samuel Omar Sánchez Terán

"...cuando ve a una mujer que viene caminando de una belleza misteriosa"
Imagen en el archivo de la docente cojedeña Elumir Guerra.


Desde tiempos de  la Colonia se oyen los cuentos del Carretón que con su carga de miedo recorre las calles empedradas, sembrando el terror a los que se atreven a caminar a esas horas de la madrugada, el grito de la Llorona, de la Sayona, y el temible Silbón, aun en esta época se le oyen, e igualmente visto por los lados de Palambra del Doctor, si no pregúntenle a Sixto Cisneros, Luis Adolfo Moreno y el señor Críspulo Landaeta y su esposa Ana Victoria Velásquez,  ni hablar a estos hijos que después de tantos años: Pablo, Ana María, y Delida Landaeta, se aterran en los meses de mayo cuando El Canillú recorre esa zona y Delida se pone como esos pollitos asustadita buscando a su mamá.
Hay un personaje en San Carlos, en el sector 23 de enero es Tito Ortiz “Titico”, el hijo de la recordada enfermera del Hospital de Los Llanos Rosario Pérez y Tito Ortiz, viejo camionero y amigo de los amigos, eterno jugador de bolas criollas, personas muy recordadas,  aun de muertos se les aprecia y “Titico”, ya próximo a jubilarse de las Oficinas de Cantv, en la principal vía al Hospital ahí se le encuentra, bonachón el muchacho e igualmente amante de la bohemia nocturna y de los patios de bolas criollas como su padre.
En las diferentes plazas Bolívar de cualquier municipio de nuestro estado, sentados en una banca escucharán algún testimonio como le sucedió a “Titico” siempre su madre Rosario, adolescente en las noches salía con sus amigos como se dice a echar un pie a cualquiera velada criolla que se efectuaban en los club como el Cestope, el club Mutuo Auxilio o el Club Canarias ubicado, en ese tiempo,  frente al recordado negocio de nombre “Ziruma” donde vendió esos ricos jugos de caña de azúcar y su propietario era Tito Vidal, “El zurdo o el renco Figueredo” administra ese club Canarias, hasta la orquesta la Billos Caracas Boys y Los Melódicos, dejaron para el recuerdo grandes bailes.
O si no lo está en el recordado negocio bar y patio de bolas criollas llamado “El Foco Rojo” atendido por sus propietarios la señora Antonia Velásquez y su esposo conocido con el apodo de “Nariz de goma”.
Sucedió un día 22 de diciembre “Titico” después de su faena de trabajo, se va a refrescar con unas heladas en algunos locales de San Carlos, son casi las doce de la medianoche cuando llega a la tasca-restaurant del Colegio de Abogados ubicada en la calle Figueredo diagonal a la Plaza Fernando Figueredo, se divierte un buen rato,  hasta se comió una parrilla de churrasco y acompañada con unas espumosas, a la una se despide de los amigos al salir ve el cielo encapotado y está frente a la Iglesia Santo Domingo y de la nada cae una repentina tenaz lluvia moja pendejo, no le queda más que guarecerse frente el portal de la Iglesia, cuando revienta un trueno acompañado de una centella siente un frío que lo heló hasta los tuétanos…ve pasar unos perros aullando asustados, cuando ve a una mujer que viene apuradita caminando de una belleza misteriosa, una catira pero con el pelo rojo como la sangre y vestida con una traje de color negro azabache.  Llega justo a él y se está protegiendo de la lluvia. “¿Buenas noches, dama de la noche, que haces por estas solitarias calles con este clima? Dice “Titico” con un una sonrisa pícara. La mujer  le responde: “Vengo de una fiesta navideña en casa de una amiga”.  “Titico” nota algo extraño;  la mujer viene mojándose, pero la ropa está seca e igualmente su pelo. De golpe este empieza a temblar como majarete, se despide y se viene empapándose,  la mujer  le dice: “¿Qué te pasa; tienes miedo?”.
“Titico” no responde y siente a la mujer a medio paso detrás de él, sigue caminando hasta llegar a la calle Federación, casi llegando a su casa y la mujer prácticamente lo viene acompañando, se recuerda que en su cartera lleva una imagen de “La Magnifica” y al sacarla la mujer se ríe a carcajadas y dice “Ay,  Titico,  te acordaste cuando estás en aprieto… hasta aquí te he acompañado; será en otra vez compañero de camino”  y en una estela de viento desapareció ante los ojos del pobre muchacho que estaba más pálido que  guarapo de caña clara y temblando como prendido en fiebre de cuarenta, entra a la casa más asustado que culebra al oler creolina.
Eso sí Titico, esa navidad por primera vez, la pasó en su casa, y compartió las fiestas con su familia, pero, el pensar en esa aparición lo atormentó por un tiempo.


Este testimonio oral es de Tito “Titico” Ortiz, escrito por Samuel Omar Sánchez Terán.

domingo, 19 de noviembre de 2017

Cuentos Venezolanos de Navidad (17): Dos relatos navideños de Efraín Inaudy Bolívar


Imagen en el archivo de Fernando Parra



SAN NICOLÁS DORMILÓN
Bajó el árbol de adensada fronda donde pájaros negros coqueteaban a la pulpa deliciosa de las cerezas, sobre aquella afelpada y piadosa hierba que la sombra hacia más incitante, aquel viejo, de ropa purpura y sonrisa perenne, entonando retazos de antiguas cantinelas, había cerrado los ojos. Un cansancio de caminante se lo había llevado poco a poco hacia alguna estación primorosa de los sueños.
El dulce anciano lucia la roja vestidura decembrina se llamaba San Nicolás. La barba, natural y abundosa, parecía copo de pulcro algodón y sobre la espesura de las clinejas de su melena, como una gran flor de navidad, aquel cucurucho bermejo ornado con estrellitas de papel.
Pasó de largo un trineo de mariposas tiradas por el viento y sobre una  raíz, una tierna lagartija exhibía con temblor escénico la fisicromía  de su piel. Arriba, la estela  circular y dulce de una abeja.
Una pareja de enamorados, que se inventan mimos indecibles, anunciaron la  proximidad de la noche buena y corrieron, golosos, en busca de las fascinantes festines de la navidad. Después, sigilosamente llegaron los niños, apagaron las luces de bengala y con ese silencio solemne de solemne de las hormigas cuando llevan pétalos al hombro, se acercaron al bello durmiente y entre gestos de infantil picardía llenaron de latas vacías la  alforja escuálida y raída de aquel  San Nicolás dormilón.
Alumbrándose con el último sol, la tarde deshizo su rostro en arabescos lila. Y ahí la calle. Opulencia  de gemas y sedería en los anaqueles. Pregón de campanitas, villancicos y cascabeles.
Y  en las casas, mesas colmadas esperando las  de la noche, arbolitos derrochando ascuas titilantes  entre sones livianos de amor y paz, caballitos de madera, zarandas luminosas, globos de colores plenos de almendras celeste, arlequines de cuerda y muñecas de tez rosada y ojitos como de oro de tíbar. Pero esa tarde, todos los niños consideraron que su mejor regalo fue haber podido contemplar a través de sus ventanas la carita alegre y complacida de San Nicolás dormilón cuando iba, calle abajo, con su fardo suculento a cuestas y casi llorando de alegría porque ellos sabían que aquel viejito   era Jeremías, el dulce anciano recogedor de latas de la ciudad.


EPIFANÍA
Venía envuelto en capuz de alba arreando algodonosos sueños y burlando los desgarros del ropaje, la brisa leve le ponía parches de frescura en la piel y las burbujas de roció le perlaban los pies.
Entró  al pueblo con ramitas de albahaca en las manos y una ranita medrosa en el bolsillo y nadie le creyó cuando anunció  alborozado que debajo del paraguatán del río se hospedaban Melchor, Gaspar y Baltazar.
Y comentó el populacho:
¿Y hemos de creer en tal destino?
¿No es acaso el hijo del ovejero quien pregona tan absurda noticia? tengamos presente que el hambre nubla los sentidos.
¿No estará  delirando?
¡Hermanos, exclamó el párroco místico, en este mundo de Dios todo es posible ¡y tras él , todo el pueblo se fue en rumorosa romería a presenciar el suceso.
Iban hacia el río, murmurando, vacilando entre la incertidumbre y la certeza. Había remolinos de mariposas rubias tejiendo arabescos envidiables y  estaban aromosos los senderos. Cuando se detuvieron, el  hijo del ovejero señalo hacia una campánula azul y dijo:
¡Ahí es! 
Y el pueblo se asomó.
Sobre tupido cobertor de cundeamores, en cunita de frágil musgo tres pajaritos recién bautizados abrían y levantaban sus picos ansiosos hacia los cielos en petición de la ración ausente. Arriba, untado de tinta oro la mañana, una guayabita silvestre sobrevolaba el paraguatán del río en el pico paternal de un cristofué.


MI CANTO SENTIDO
Oigo el gemido de los niños desheredados. De aquellos que bajan por canjilones de niebla hacia la incertidumbre. Oigo los de pies desnudos siguiendo huellas de cabras silenciosas. A los que se traga la montaña cuando quieren atrapar globos de nubes. A los que duermen bajo toldos marineros hechos de noche y astros. Oigo la voz de los niños que llevan sus cuerpos desnudos por trochas de campánulas aprendiendo a huir como el venado y a descifrar los secretos de los pájaros. Oigo el gemido de los desheredados de las ciudades. Van de puerta en puerta como extraños colibríes libando limosnas o pregonando golosinas que endulzan la boca de los indiferentes. Oigo los niños nocturnos. A muchos de ellos la noche les perdona la vida, a otros, una loba ría le lame las carnes y se los lleva de madrugada. Oigo los que posan su hambre desnuda para la ilustración de los periódicos del mundo. Oigo a los que juegan a buscar monedas, arrancándole luceros a los charcos, a los hunden desesperadamente sus manos en los bolsillos desgarrados sin encontrar hogaza.

Ahí están los desheredados. Y se oye un gemido infantil, universal. A todos, les entrego mi corazón lloroso, mi canto sentido.

martes, 22 de noviembre de 2016

Narraciones Líricas de Eduardo Mariño (2): Elena, Lidia, Michelle, Milagros, Silvia, Sofía, Julia, Elvira, Amanda, Emilia y Susette


Imagen en el archivo de Dira Martínez Mendoza


ELENA (Tres escenas para comic japonés)
I
No te detengas. Imagina en el instante la espera, la llegada. La impaciencia de sus labios en ti.
Y luego adivina sus pasos: Tres en la escalera, dos al abrir la puerta. Sabes que no olvida la elegancia de sus años de ballet y al fin y al cabo que se ha decidido por el vestido verde, aquel que te deja entrever sus piernas lánguidas, delicadas.
Y saberla culpable de nada porque nada hay detrás, sólo el tiempo que se demora el sueño en alcanzarte, atmósfera y línea pura.

II
Furiosos los cuerpos se sudan recíprocamente en delicada proporción.
El empuje de uno es la búsqueda del otro, la nada interior de uno es la necesidad, la corporeidad del otro.
Sal sobre sal, escurren y transpiran. Se miden en dactilares espaciosos besos, en lacrimales fingidos aullidos, en lamidas manos, dedicadas ajenas espumas.
Es el misterio del amor: Perfectamente desconocido, perfectamente reducible a escenas y sobresaltos.

III
Amanecer juntos o no deja de ser dilema para hacerse una de las líneas en el tramado, la tinta, ya saben.
Páginas más, páginas menos, no hay un instante en que el amor no se nos haga tenue y lejano. Ninguno en que la línea de acontecimientos deje de parecer una madeja de desencuentros y acertijos.
Un beso al azar puede ser el postrero. Cada amorosa lágrima puede bien caer en su pecho, bien en su tumba.
Porque ¿Quién le ha dibujado en sus palabras hasta el hastío? ¿Quién si no la muerte, sedienta de piel hasta sus manos?

LIDIA
Tiene la firme convicción de que antes de hoy le ha visto y sin embargo percibe que igual se hubiese escondido. ¿Adónde y bajo que ahínco? —apunta mentalmente una frase tras otra, aunque sabe que las olvidará antes de llegar a la almohada que al fondo de su día es en realidad, el fin de sus apuntes. Se detiene a contar con los dedos los nombres y los besos, las palabras y los amaneceres, las ocasiones y los olvidos. Para todo le alcanzan sus dos manos y a ratos le sobran dedos, como miserias. Una larga letanía le apesadumbra el saldo restante e inmisericorde. Por el día menos pensado, anótame la angustia. Por las tardes remotas. Por las doncelleces perdidas que te frustró algún retraso. Por la mirada azul de los gatos. Por el espejo y la máscara del cuento de Borges.
Por el amor —jura Lidia— que siempre se escapa.

MICHELLE
Contar los clientes que faltan para un sueño. Mezclar y rebajar el ron y aún así, conservar suficiente amargura para sostenerse toda la noche. Adivinar entre los que llegan al que preferirá sus rizos pelirrojos y sus pecas —mortecinas bajo la luz tenue y el humo, deliciosas y sensuales una vez en la habitación. Hablar sin escucharse, bailar sin sentirse, reír sin adentrarse. Son las tareas sencillas que la rutina va creando y que el oficio impone desde tiempos inmemoriales.
Michelle vive la noche como una tamborileante película muda. Cualquiera percibe a la primera mirada que en sus dedos cortos se adivina un nombre que ya el resto de su piel ha olvidado, aún así, no deja de inquietar el parpadeo del cigarrillo insistente, cuya luz agota la concentración de la mirada.

MILAGROS
I
Viaja de un lado a otro detrás de la ventanilla del banco y la ridícula abertura circular que casi ahoga porque el aliento —la respiración— ni entra ni te palpa ni te siente.
Sólo la ves y sabes que viaja pero siempre inútilmente, atada a mil destinos a los que acaso no llegue con sus lunes fatigados, sus dedos manchados, billetes y números sin más forma que tal vez una, dos casas, la cirugía, tres negocios de su vida. El amor.
Y como un acertijo, la palabra que no adivinarás, el nombre que otro te dice, los sueños en los que se mezcla e irrumpe.
Milagros, tanta culpa.
Escríbela: Es lo único que podrías hacer sin pesadumbre o perjuicio para terceros.

II
Nadie sino tú haría una historia de amor a partir de tanta futilidad. Por Dios, sólo imagina todos los rostros, todas las manos que la buscan y no la saben. Afilado el corazón detrás de su doble cristal, no verá nunca la estrella, la paz en la tierra, mucho menos los hombres de buena voluntad.

III
Un día al salir la verás pasar, escribirás estas líneas que nunca leerá. La verás irse, tal vez tomarlo del brazo.
Imaginarás la culpa de tanta bofetada pero también la inocencia del dolor que no merece a tus ojos y que sin embargo justifica tanta deliciosa palidez
Al final, te consolarás diciendo que es así:
A cada sueño, le llega su pena.

SILVIA
Se esmeraba en el delicado círculo de rocío que había dejado su vaso en el mantel. Cuando levantó el rostro pude ver en su mirada la tristeza más profunda del mundo. Como si en su mirada se hubiesen concentrado todas las heridas, todas las soledades, todos los adioses, todos los silencios, todos los intentos fallidos y los fracasos reintentados, todos los escondites descubiertos, todos los años idos, los recuerdos borrados, los agradecimientos perdidos, los saludos equivocados, las sentencias sin resultado, las preguntas sin respuesta, todos los ojos tristes de todos los rostros tristes de todas las mujeres tristes en todas las noches tristes que puedan contarse en la más triste historia de amor.
Pero eso ya me lo esperaba. Porque desde siempre, Silvia había tenido en su mirada la tristeza más profunda del mundo.

SOFÍA
La carretera implacable fatiga su mirada desde de la ventanilla del autobús, a la manera de una película mexicana de allá de los 40’ o de esas vagas conversaciones de ancianos que se dilatan más que nada en comprobar que los recuerdos —vagos o esmerados, aún siguen en su sitio. A su lado, la niña dormida recupera en su cara tranquila los taciturnos rasgos de su padre, de quien apenas sabe que desgasta sus días y sus noches en un vano esfuerzo por pertenecer, una costumbre que no ha perdido y que es, a estas alturas, una actitud más bien patética y cansina.
Se ajusta ligeramente los lentes sobre la nariz que se humedece en la palabra pertenencia, y vuelve los ojos tristes cafés a la línea blanca que medra como un río al borde de la carretera. Intenta volver al sueño y no puede evitar pensar que viajar es a su vez, un patético y cansino esfuerzo de no pertenecer.

JULIA
Julia abre la puerta delantera del taxi y se asoma cauta al asiento de atrás, adelanta una pierna y se deja caer suavemente en el asiento sin mirar al conductor, que impasible, espera le indiquen el destino o la ruta. Frunce un poco los labios y entre los dientes, casi sin ganas, deja salir una dirección algo ubicua que sin embargo, le basta al rollizo y sudado chofer para arrancar sin demora. «Carmen no debería vivir tan lejos, cada vez me dan menos ganas de visitarla» piensa y se acomoda en la ergonómica butaca, como si en verdad el viaje se fuese a extender más allá de los habituales quince o veinte minutos que separan su calle de la pared adornada de hiedra y las oxidadas y caídas rejas en casa de la maestra jubilada, otrora compañera trabajo y ahora, habitual acompañante a la misa de los lunes en la pequeña capilla de José Gregorio Hernández, Siervo de Dios.
—Qué calor está haciendo hoy ¿verdad, señora?
Julia ni voltea al intento del chofer por mostrarse amable. Piensa que cada lunes, con cada chofer es lo mismo y que una vez le de cuerda, no parará su cháchara, innecesaria y baladí. Decide asentir con un gesto sin apartar la mirada de la calle, a ver si lo desanima.
—A lo mejor llueve esta noche, fíjese, ahora está claro, pero ese calor es de agua; intentó de nuevo el conductor.
—Aja, asintió casi imperturbable la anciana.
Viendo que no conseguirá mayor conversación, el chofer disimula con el radio y aparenta intercambiar frases ininteligibles con algún otro taxista. Julia en silencio sonríe por la salida del gordo y escarba en su monedero buscando los tres billetes enrolladitos de la tarifa.
—Tome señor, aquí es, gracias.
—A su orden señora, a su orden.
Dios lo acompañe dice Julia y cierra no sin alguna violencia la puerta. Escucha un vago amén antes de alejarse hacia la casa de Carmen y piensa por un momento que ha sido más bien insolente con el chofer. La próxima vez le sigo la corriente —se dice sonriendo, y empuja la pesada reja al tiempo que llama en voz alta.

ELVIRA
No me importa que Evaristo haya asegurado con febril vehemencia que Elvira «sonríe y en los espejeantes ojos no hay rastro de pena». Yo que conozco sus amaneceres puedo afirmar, por más alegría que nos haya deparado alguna noche de abril, su mirada llevaba la cuenta de todas las otras noches.

AMANDA
I
No has llegado amor —murmura apenas abriendo los ojos, para comprobar al fin que más que un sueño, es la cuarta o quinta mañana que Mauricio no despierta a su lado en lo que va de mes. Se sienta torvamente a meditar el siguiente minuto en blanco a la orilla de la cama. Las manos crispan los indistintos cuadros de la ajedrezada sábana y de un empujón se lanza al día, amargo y manchado de rabia desde el principio.

II
Mientras el agua para él sin azúcar hierve en la ollita piensa en lo bien que se le vería corriendo rostro abajo a Mauricio, liberándola así de la odiosa faz que llegará al mediodía, olorosa a mujer y a falsedad. Pensamientos libertarios del mismo tenor la embargan sucesivamente al tomar un cuchillo para cortar el pan, al sacudir una bolsa para la basura, estirar la cadena del perro al soltarlo a que haga lo suyo en el pequeño patio.
Hay días que se levanta de un optimismo que ni ella misma se reconoce.

EMILIA
Sabía contar las historias —oscuras como ríos en furia de barro, de leprosos en las ventanas y mujeres robadas con canciones. También rezaba Rosarios y creía ciegamente en las inútiles mitologías del amor.
Me enseñó las palabras duras del olvido y la alegre persistencia del recuerdo.
Me dijo una vez que las películas rancheras son buenas porque sólo hay héroes y villanos, damiselas y meretrices.
Pensaba que el mundo no era distinto porque era una muchacha de mil nueve veintitrés —apenas del 20 de noviembre. No supo nunca que el blanco y negro que le pintaban la voz y la moral a Jorge Negrete, no eran menos artificiales y ficticios que sus cuentos de aparecidos o el minucioso Dios de sus Rosarios.

SUSETTE
I
Dejar hacerse los días, dejar que vengan a ti. Permitir a la tarde otro brillo en tus ojos, abrir la brecha y luego la carne, abrir el pálpito, también la sangre.
Cada historia que intentes contar será entonces una búsqueda de olvido.
Amonedar en tres o cuatro frases una bendición o una desdicha, creer a ciegas que esas palabras han medido tu más anhelado sueño.
Luego sentarse a escribir: Intentar y multiplicar el hastío, falsificar la risa, las palabras ajenas que nunca tendrás, como el beso y la banalidad del tercer lunes de cada mes.
Dejas hacerse los días y vas haciendo un año, tal vez dos
¿Qué haces con ellos?
La semana pasada un libro, el año que viene un par de palabras.
¿Recuerdas aquel par de palabras?

II
Sacas el puñado de monedas y escarbas en busca del manojo de figuras que te permitirán la voz distante.
Detrás la mano contando el tiempo, apretando el destino de la propia mano.
Detrás el ojo arrugado adivinando a lo lejos aquellos besos que van frunciendo el labial que se difumina como las palabras íntimas, las miradas que se inventaron secretas
¿Qué es de ti?
— Nada excepto tiempo perdido.
— Nada después de las manos perdidas.
Preguntarás lo habitual y encontrarás lo que esperas. Intentarás el recuerdo y suspirarás el olvido.

III
Buscas lo que te une a péndulo de su tiempo, tal vez la canción que no has cantadlo.
Sueñera de aire mirarás con espejo la arruga, la pálida caricia ausente.es así, la necesidad del ven acá, el imbécil me voy que siempre busca un retorno a lo perdido.
Como en todos los adioses.

Textos transcritos de: Aprendizaje del Paraíso Inferior (Narrativa 1994-2008) de Eduardo Mariño, publicado por Monte Ávila Editores Latinoamericana en Caracas (2011)

Narraciones Líricas de Eduardo Mariño (3): Anaís, Elisa, Nancy, Sara, Deibi, Ophelia y Andrea

   
Imagen en el archivo de Ydalis Díaz 

ANAÍS
I
Nada puede ya causarte dolor. Tu cuerpo ha ido olvidando ese lujo. Incluso el pagado y no prometido placer es atisbo de pena, risa mendigada, medida de extrañeza.
Eres a escondidas inocente milagro que un día amanece de violeta, otro en espirales dorados.
Tan igual el encierro o la fruición de un abrazo.
Nada te es perplejidad pues la indiferencia sobresale y asombra cada gesto de tus dedos cortos, el sin fin de pecas, los ojos grises como la ojera, los tres anillos de indistinto material, el olor inconfundible de la tristeza.

II
Él tiene la mirada y el intento.
Fíjate bien: A la certeza del tercer trago dirá «ciertas» palabras y entonces permitirás «ciertas» caricias.
Nada de ello será desconocido ni mucho menos privado, secreto o motivo de angustia.
No es que la suerte sonría o que los dioses sean propicios.
Es cosa de olor o de billetes. Ya lo sabes: La procacidad del mundo, el necesario color local.
Adivina ahora el tiempo que enloquecerá tus olvidos:
Júralo en tu piel por las vírgenes de aquella iglesia donde fuiste todos y cada uno de los setecientos cuarenta y pico de domingos antes del domingo preciso en que tú misma, ya no eras una de ellas. Júralo por el ardor de su ausencia, no por el de la entrepierna la mañana después.
Míralo ir, míralo venir. Después fíjate en mí: Pobre entendido de verdades profanas y mentiras benditas.

III
Disfrutas el oficio: Es una ida y vuelta, un despecho que empieza al besar el primer labio y que se agota en el orto de un cuarto frío cuando lastimas la despedida con el inigualable volverás.
Inocente abril que vives del sueño ajeno, inocente voz que conoces mi pálpito íntimo. Espiral de sueño te iluminarás cada noche hasta agotar la cuota, hasta pagar el amanecer que no termina.
El de la vida.

ELISA
Desde mi sórdido destino puedo verte atisbar dentro de mí como en una mágica revelación de vastas nubes arreboladas al cuerpo.
Sé que eres parte de aquella misteriosa intuición de la ajenitud de la vida desde el inicio de un tiempo en el que mis pasos van atados a la medida de los tuyos.
¿Dónde estriba la pertenencia de todo este amasijo de ideas y ensoñaciones, si no es en mi propia perplejidad de apuntadora de pendejadas?
Este es el diario[1] de ese destino, si es que acaso soy su imagen y semejanza.
Pero también es la espalda de ayer, la contradicción de no ser ni tu ni yo sino un nosotros inventado de domingo a domingo, el esbozo de una historia cuyo argumento, falaz y tembloroso, forma parte de esa otredad constante, perturbadora, ineludible, que esta mañana, como las otras, no es más que el mal sabor de boca, la resaca después de tus besos.

NANCY
I
Todos tenemos una pesadilla pendiente que nos espera tumultuosa al fondo de la calle o al abrir la puerta —ya familiar— de la casa donde amas.
Tal vez sueñes sus detalles en un patio arcano que cuenta los años de un perro viejo, o en la espina que te saluda desde un limón nudoso como el corazón.

II
No es que debas vivir al borde del miedo cada vez que una mujer te olvida. Siempre habrá otra cuyo rostro apenas intuyes, y entonces justo despiertas a esa mirada que ya no es tuya y al dolor amargo la tarde después, en cualquier calle, en cualquier patio con limones.

SARA
Encontrarse con cualquiera que le hubiese conocido otra mirada y tener que rendir cuenta de las cosas perdidas, de las verdades cambiadas, maquillar un poco la mentira del día, o de la semana y seguir caminando aún con las preguntas en la frente.
—¿Sigues con Julio?
—No, ya no.
—¿Y donde andas ahora?
—Por ahí...
Y los pasos acortándose según el día se alarga, hasta hacerse leves, como en la memoria los besos.

DEIBI
I
Un aire frío tornasol amanecido acaricia la levedad del polvo bajo su puerta y ella se entretiene minuciosa en un mazo de cartas y una volátil espiral de recuerdos. Descalza, juega a hacerse nudos de tiempo, a hilar y destejer lo que ya no es.
La fragilidad de ese equilibrio se posa en el día que ya pesa apenas llegar.
Mira sus propias manos: Sus movimientos precisos, sus uñas sin pintar y el tiempo que flota en y desde ellas como proteica evanescencia hecha de días y abrazos distantes.
No sabría explicar desde cuando siente lo mismo ¿Un año, dos? ¿Toda una vida por más que el amanecer indistinto de un jueves?
Sólo tiene por certero augurio la magia de sus pies descalzos jugueteando al borde mismo de la luz tachonada de pasos y un juego de cartas que va desgajándose silencioso y lento y sensual.

II
Pero en su juego hechicero la esperanza nunca imagina que el minuto terminará antes del beso.
O que el tiempo nos despertará sin agua en el río, sin sombra al sol.
Y es que el amor no es oficio de sospechas ni de intuiciones.
Singladura de ave, intentas tocarla en la memoria y en los dedos tan sólo, el polvo de estrellas que flota hasta su puerta.
Tras los párpados crece abrupta esa ceniza y el adusto corazón aprende el olvido.

III
Quizás una mañana olorosa a horizontes descubras el arrebol pintado en la palma de su mano o el signo secreto que dibujaron tus ansias en su espalda, pero nadie ha de creer que alguna vez caminaste en su nombre y de las líneas de su frente
—Todos los árboles
—Todas las espadas
—Todas las copas
—Todas las monedas
de todas las cartas.

IV
Descubres al fin, que soñarla al azar de la baraja busca interpretarla como parte de un misterio cuyo fondo se alcanza mediante la continua evasión de ti mismo, bien por sí o por intervención de formas o percepciones, caricias, intenciones ajenas.
Buscas respuesta en los fragmentos de ella dispersos en otras gentes, en otras manos, labios distantes.
Buscas la figura, el talismán preciso.
Imaginas los detalles, sensaciones, improntas que habitan esas sombras que no van más allá de un rasgo, un gesto en la palidez perdida, que se saborea y se delata atroz como la ausencia.

OPHELIA
I
Esa noche podrían haberse jurado hasta la eternidad, como aquel 22 de enero.
Después de todo, la eternidad es un oficio que sólo se agradece escasos segundos antes de la palabra que en verdad te dolerá o te hará glorioso como una caricia al atardecer.
Le miras la camisita a rayas, el temblor en la mano y asumes que todo sobreviene como hecho o dibujado como en un guión o una secuencia repetida en la memoria, una más de las pesarosas naderías que no impiden el beso que los despide.

II
Ella vive una ilusión cuyo único y delicado sostén es la precariedad de dos o tres palabras cual tácita esperanza, la severidad de una búsqueda lapidaria y solitaria en su propia soledad. Luego François Villon, en una mala versión al viejo inglés de Milton, cuyo patetismo y sequedad se parecen tanto a su propia vida:
        (en voz muy queda)
        Farewell! from you my miseries
        Are more than now may be confessed,
        And most by thee have I been blessed

Y tras dar la vuelta al poema, el adiós breve y comedido no halla culpa ni extrañeza: Sólo el misericordioso sistema del despecho, vale decir, del desamor.

III
Sigue así: Se mira las manos entrando al minúsculo recinto y apenas levanta la tapa del inodoro, le asusta comprobar que por tercera vez en la semana el agua refleja un rostro que quizás no haría enternecer la sonrisa de sus padres.
Quita la tapa del jugo (duraznos, para variar) y vacía en ella el oscuro letal polvo que supone le salvará (creyente al fin) de cualquier herida de este lado del mundo.
Más atrás, un par de pastillas le previenen aquello que algún remordimiento le anuncia.

IV
¿Qué puedes olvidar entonces de sus olores, de los susurros de entrepierna, de la falda nunca vista que quizás al suspiro de la penosa imaginación se agitaba macilenta? ¿Cómo podría olvidar una mano haber bebido un instante de su mano, haber besado segundos en los dedos que fluyen lejos y se van sin conocer el amor, sin esperarlo?

V
Demasiado para una mañana de abril, mucho más para el espíritu y sin embargo ahí estaba: Perfecta de azul y azul casi en la mirada perdida y nada hubiera sido turbador, nada fuera de sitio o deslucido por los días y las malas palabras que siempre agobian las despedidas.
Pero su cadáver lánguido y hermoso parecía flotar como un lirio en el diminuto charco del baño escasas horas después que un antiguo poema le regalase un extraño sentido a todo. Y nada es lo mismo, cuando tanta mirada la ha visto indolente y tú te dispones a hacer apuntes en torno al brillo del agua en los bordes de su aún erizada y turgente piel de semivirgen ahogada.

ANDREA 
Cruza las líneas, abre la pierna al paso que no se dice.
— Usted me dirá, amigo mío, si la parte del Diablo ha sido echada.
Como Andrea, todos esperamos un intenso perfume, ninguno, la aspereza de esta ciudad. Pero al final del día, la tenue brisa del amor nos alcanza y nos arrulla inermes texto tras texto, palabra tras palabra.



[1] Diario de Elisa Martínez, Lunes, 15 de abril de 2006.

Textos transcritos de: Aprendizaje del Paraíso Inferior (2011) de Eduardo Mariño. Editado en Caracas por Monte Ávila Editores Latinoamericana