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sábado, 22 de agosto de 2020

Alberto Hernández: Poemas escritos en un cuaderno chino

 

Nuestra bienvenida llanera a Alberto Hernández, nativo de Calabozo, estado Guárico.

Imagen en el archivo de Paulina García. 



EL LIBRO DEL ESTE

(Escrito en un cuaderno chino)

 

A mis amigos Wilfredo Carrizales

y Jorge Gómez Jiménez

 


la tierra es curva

yo no puedo verte

yo sólo puedo ver de lejos

el azul celeste de tu corazón (Gu Cheng)

 



EL ESTE

Ha crecido con los minutos

De muchos siglos

Sobre las hojas verdes del bambú.

Los ojos invisibles lo han extendido

Y quienes lo habitan recurren a los ríos

Para contar las fronteras.

Un flautista emerge de la montaña

Y sopla música con el viento del Sur.

La tierra se mueve bajo sus pies:

Cantan los árboles

La serenidad de sus sombras.

 


EL RÍO

No nombra las naves

Les recuerda la orilla.


 

LA MIRADA

Me miras y luego saltas al vacío.

Desde la profundidad me sigues mirando.

Crees advertir lo que miras.

Yo no.


 

VIENTO

Un hombre corre tras el viento

Que se refugia en un inmenso árbol.

Entonces el hombre lo atrapa

Enredado entre las ramas.

Ambos se retiran sin aspaviento alguno.

El mundo duerme bajo

Una lluvia tranquila y silenciosa.

 


LA TIERRA QUIETA

Hacia donde se dirigen los ojos

La Tierra permanece quieta:

Curvo es el rumbo que sigue el viajero.

Solo el recuerdo

Reta los latidos de mi viejo corazón.

Viajo hacia el Este

De donde regresa el polvo de la mirada.

 


UN SUEÑO

1

El árbol que aparece en el sueño

crece fuera de mí.

Sus hojas ahogan el silencio en reposo.

Sus raíces se estiran sobre el lecho que ocupo.

Un árbol muere en una pesadilla.

Despierto en el desierto.

 

2

Un sueño amanece sin el árbol.

Las ramas secas flotan en el aire, detenidas.

No hay quien salve sus raíces.

 

3

Sueño y árbol regresan del bosque.

Huyo del desierto.

 


PÁJARO

El pájaro que picotea el fruto

Es también fruto de la rama

Y carga para la cosecha.

El que vuela cerca del suelo

Igual toca las nubes con sus alas:

Así,

El pájaro es tierra y aire,

Semilla del ciruelo que lleva en su interior.

Vuelo que relata el tiempo germinado.

 


EL OJO DEL GATO

La pequeña bestia se enrolla

Entre mis piernas.

Su ojo mágico me mira

Mientras su otro blanco me enceguece.


 

 VIEJO POEMA

Sin dientes

Pasa el viejo poema desgastado.

No sabe de plumajes, de arrogancias

De tutelaje o de vanidades.

El viejo poema derrotado

Es sólo un poema derrotado.

Sin más, pasa y se olvida de su autor.

Vuelve a sus orígenes

A la única palabra que lo borra.

 


 ÁGUILA

Con el pico encuentra el horizonte.

Con los ojos la curva de la eternidad.

 


EL MAR

El mar es un invento de las mareas. Sólo las gaviotas saben de su origen.

Las ballenas caben en el recuerdo de un marino de oficio equivocado.

Las bestias del mar retozan sobre el tiempo perdido.

El mar se agita en el ojo de un pez muerto en la arena.

 


UN LIBRO ANTIGUO

Bajo el polvo, el libro que un anciano abre cada vez que recobra la memoria.

Los siglos se pasean por sus páginas. Alguien habla desde el fondo de un emblema.

En una de sus hojas vive el grito de un guerrero.

En el colofón un ser anónimo nombra el océano.

Y entonces el libro vuelve a su silencio.

Y el anciano al olvido.

 


JARDÍN

El jardinero poda la lluvia

Bajo la fronda de un relámpago.

Las flores no son flores:

Visiones del que pasa

Y riega el horizonte con su sombra.

 


LA MONEDA

¿Qué hace una moneda

Entre los sucios dedos de un peregrino?

Achatada por el tiempo

Circular y solar

La moneda habla desde sus dos caras.

Y así, el peregrino dialoga con la efigie

Que cuesta un pan o un trozo de carne de ángel.

 


LA NOCHE

Se pasea arrogante por la piel del mundo.

Sabe que las sombras cubrirán sus huellas

Que el universo podrá hilvanar

La luz que el día reclama.

La noche deja caer sobre la Tierra

El peso de su antojo.

 


EL DÍA

Sale por el Este

Y desde allí domina

La corteza curva de los sueños.

 


VOCES

Vienen de algún rincón de ciudades anónimas.

Se quedan adheridas en la carcoma de las viejas paredes

Que hablan con las mismas palabras de los muertos.


 

EL CIELO DEL ESTE

Nutre de nubes a los ojos que regresan de tercos horizontes. Obesas, lentas se trasladan hacia el abismo de la Tierra donde habita otro cielo.

Quien viaja por mar las ve caer sobre el lomo de las ballenas. Quien va por tierra las atrapa con las manos y las deposita en el parpadeo de enfermas aves migratorias. Quien vuela sabe que van y vienen sin destino alguno.

El cielo del Este se detiene bajo la sombra de las terribles cordilleras. Allá, donde el mundo deja de ser el mundo.

 


LA CERRADURA

El poeta Hai Zi abre la puerta y tropieza con el día. Sabe que lleva la muerte en sus manos,

que la luz del sol no es trigo ni cobre. Sabe que no es el amanecer el que lo acecha.

El poeta Hai Zi sonríe y cierra la puerta con llave.

Han pasado los siglos. El poeta Hai Zi regresa de la “oscura noche” con la llave

colgada del cuello.

Intenta abrir la puerta. El moho de la cerradura lo impide.

Entonces, sentado en una estera lee la “Canción del suicida”.

Oye cañones a lo lejos. Un árbol seco aparece entre la lluvia.

Vuelan unos pájaros sin plumas.

Hai Zi se queda en el sueño donde ha sido feliz.

 


EL SUICIDA

En la profunda noche me sumerjo en lo denso y oscuro

duermo con aspecto asesino (Luo Yi-He)

 

Dulce es el veneno que circula por mi sangre

Dulce la canción que oigo y corre por mis venas.

La noche se derrumba sobre mis ojos

Nado en una nata de sombras

 

Un sueño pesado acuchilla a quien se acerca y me toca.

 


Tomado de Letralia Año XVIII. Nº 290.  18 de noviembre de 2013 



Muchas gracias por su visita 
Isaías Medina López (Coordinador)

martes, 24 de abril de 2018

Cuentos del Arriero (Encuentro con La Sayona y otras Historias). Samuel Omar Sánchez

Como muchas mujeres del Llano, "La Sayona", tenía una apariencia de misteriosa belleza.
Imagen en el archivo de Raymar Katiuska




EL ENCUENTRO CON LA SAYONA
En los llanos del estado Guárico, sitio por excelencia de los relatos de espantos, aparecidos, encantamientos, y otros más… Don Carpio conocido como “El Paisa”, está conversando en el patio de su hogar, con su hijo Gustavo “el negro”, cuando llegan sus amigos: Francisco “Muerto Flaco”, José Ramón y Luis se saludan, dice “Muerto Faco”: -Compa Carpio, venimos a invitarlo para ir de cacería, comentó mi compadre Federico, que en Cerro Alto, vio unos enormes venados, se anima... Don Carpio, es un afamado cazador e igualmente pescador. Le responde con un ¡Sí! Se van los amigos y le recuerdan: -A las cinco de la tarde, lo pasarían buscando. Le dice a su esposa: -Isolina, prepare los macundales; porque pasaremos varios días en la montaña y me acompañará “El Negro”. Al caer la tardecita, ya han terminado toda la faena y dejado todo listo. Llegan sus amigos en una camioneta doble cabina, toman camino y al llegar a la entrada de la montaña, van directo a casa de don José Gregorio, muy amigo del “Paisa”, se saludan y le cuenta que dejaran el vehículo, porque subirán a la montaña a cazar algunos venados. Después de conversar un rato, se despiden y toman camino, llegando a un cruce de una quebrada, se detienen a refrescarse toman un poco de agua, ven escabullirse dos cachicamos y comenta “El Negro”: -Mire Taita, la cosa pinta buena. Todos se ríen, siguen la marcha, son casi las siete de la noche, arriban a un claro donde deciden acampar, preparan la fogata para cenar, guindan sus chinchorros, se recuestan un rato. A las once, se levantan y se internan en la montaña, “El Ngro”, lleva un buen termo de café para así espantar el sueño, están vigilando un comedero pero nada que aparece ningún animal. Llego la medianoche, toman café y comenta “Muerto Flaco”: -Compañeros, la caza se pone pesada. Aprovecha “El Paisa” para comer una pella de chimó Tarazonero. Una fuerte brisa estremece los árboles, se oyen gritos extraños en las profundidades de la montaña. En una pica ven a tres enormes venados, se alegran y dice Luis: 
-La noche se acomoda amigos, ahí están las presas... 
"El Paisa” es uno de los mejores tiradores expertos del Guárico, prepara su escopeta, un disparo seguro, cae el enorme venado. Los demás logran darle a los dos restantes, se alegran. Llegan al sitio, tremenda sorpresa, ven rastros de sangre pero nada de los venados. Dice José Ramón: 
-Seguro, están más adelante-. Caminan casi una hora, y nada encuentra, al claro de la luna, aparecen los tres venados comiendo, rápidamente disparan y logran darle certeramente. Al llegar ni rastro... Algo asustado dice “El Negro”: 
-Taita, son cosas del demonio-. Todos se persignan y deciden regresar rápidamente para el campamento. Se encuentran alrededor de la fogata, incrédulos aún “Muerto Flaco” saca una botella de aguardiente caña clara y varios tragos se toman. Comenta José: 
-Eso que vimos, son los encantamientos de la montaña-. Nadie dice nada, saben que algo malo presagia la noche. Cada uno se acuesta en sus chinchorros, aún nerviosos. No ha pasado media hora cuando oyen un horrible llanto bajando desde la montaña, se levantan y ven la figura de una mujer, notan que viene levitando, no toca el suelo, sus ojos son dos brasas de fuegos. Exclamó Luís, todo tembloroso: -Esa es la Sayona, vámonos. Agarran sus escopetas y salen a plena carrera montaña abajo, oían ese grito que les reventaba los tímpanos, es un silbido que los tiene locos, casi los alcanzó la mujer, al cruzar la quebrada, pega un grito que les heló la sangre, están blancos, se encuentran como panela de hielo… escuchan el cantío del gallo anunciando el nuevo amanecer, se detienen y ven como esa aparición se esfuma en el aire y detrás el silbido. Los cazadores caen de rodillas y agradecen a Dios, que por andan esa noche casi son ellos los cazados por la Llorona.


EL LLANTO DE LA LLORONA
Frente a la Plaza ubicada en el municipio de Araure, se encuentra la iglesia “Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza”, una edificación colonial, orgullo de sus habitantes, ante sus puertas desfilan constantemente numerosos viajeros que pasan por esos llanos y la visitan, ya que ahí fue bautizado el General José Antonio Páez e igualmente en ella oró el Libertador Simón Bolívar antes de ir a la Batalla de Araure y triunfar con su ejército libertador. Cuentan desde hace muchos años, por esos lados de la plaza, oyen llantos lastimeros de La Llorona, la describen quienes han tenido ese encuentro nada agradable, es una mujer joven, muy bella, de larga cabellera de color negro azabache, piel blanca, con un cuerpo de cuatro y un caminar de potra fina. Mes de mayo, tiempos de cachapas y cantos de velorios a la Cruz de mayo, se encuentran los amigos: “Monche”, Omar Infante, “El Negro” y Ruperto; están conversando y comenta “El Negro”: -En casa de Milagro Pérez, hay un Velorio de la Cruz de Mayo, todos se ponen de acuerdo y a las ocho en punto se encuentran en el sitio acordado, se van conversando. Al llegar Milagro los saluda:
-Me alegra muchachos, que estén aquí y compartamos este momento, pasen son de la casa. Todos la florean al decirle que está más bella que la luna, ella se ríe con esa picardía femenina y dice Milagro:
Tu sonrisa alegra tu belleza, y tientan a besar esos labios provocativos con sabor a miel y albaricoque. Ese caminar de estampa de potra fina, pone a sudar a todos y acelera los corazones con ese poing de cascada de sueños. Milagro, se sonroja y los demás la felicitan. Después de ese galanteo, se ponen a compartir con los presentes, llega la medianoche y después del pago de la promesa, ahora empieza la parranda con arpa, cuatro y maracas. Las jóvenes engalanan con su belleza la fiesta es para amanecer, donde la comida sobra y de tomar cocuy de penca. Son las dos de la mañana, cuando Ruperto les dice a sus amigos que está cansado y se quiere marchar. Le comentan sorprendidos: -Estas loco, mira como hay bellas mujeres, por Dios… Todo serio exclama: -¿Bueno, muchachos igualmente me iré solo…? Intrigada Milagro le pregunta: -¿Qué te pasa Ruperto, estas aburrido, mira cuantas flores adornan la fiesta y te vas a retirar? -No amiga, de verdad me quiero ir. Le responde. Milagro, no le insiste y dice: -Está bien, ve con cuidado, recuerda es mes de mayo, cuando todas las ánimas salen en busca de alguien para aliviar sus penas… Sus amigos también le comentan: -No te vayas, dentro de dos horas nos vamos. Se despide, viene caminando por esas calles solitarias, nada más piensa en llegar a su casa. La luna se detienen y se esconde detrás de unas nubes, de golpe un escalofrío le recorre su cuerpo, llegando a la plaza José Antonio Páez, en Araure, ve sentada a una mujer muy joven, delgada, con una larga cabellera negra que le brilla, nota que su piel es blanca, pero sus ojos le resplandecen al ver que tiene cuerpo de sirena… lleva puesta una bata blanca larga y encima otra de color negra. Piensa… -¿Quién será esa mujer, y con esa vestimenta tan inusual? Sigue caminando, al llegar ante ella. Como un galán medieval le dice: -Buenas noches, mi bella dama: - ¿Qué haces tan solitaria por aquí? - ¿Qué le pasa? Con una sensualidad, lo mira a la cara, le muestra una sonrisa donde sobresalen unos labios rojos carnosos, que tientan a morderlos… Se oyen ladridos de perros acobardados. Ella dice algo triste: -Es que busco a mi hijo. El cual se me extravió por estos lados. Se extraña Ruperto, se pone remolón, se recuerda de los comentarios de sus amigos. La mujer se levanta y queda boquiabierto, al ver tanta belleza con ese cuerpo de guitarra, el hombre salta de la emoción. Se ofreció para ayudarla, caminan agarrados de la mano, siente un frío, su corazón late asustado. Algo presiente… La mujer se detiene y dice:
-¿Qué le pasa Ruperto, lo siento como un ratón acobardado, es que no te gusto…? Se oyen el maullar de gatos, la noche está tétrica anunciando una desgracia. El rostro de la mujer se transforma y grita diciendo: - ¡Mi hijo, mi hijo! Ruperto esta pálido, se da cuenta que esta frente a la misma Llorona, del susto cae desmayado. Al amanecer unos trabajadores del aseo urbano, lo encuentran y lo socorren; aun impresionado les cuenta que La Llorona lo asombró en la Plaza de Araure.


EL AHORCADO (MATURÍN)
Tiempos aquellos donde nuestros abuelos, sentados en sus taburetes de madera y alrededor de la luz de la vela, cuentan esos relatos de aparecidos y espantos, los cuales recorren las calles de tierras del Furrial del estado Monagas. Esos arrieros, aparte de cargar en las mochilas el tabaco en ramas o chimó, lo acompañan la luna y las estrellas en esas largas travesías por caños y montañas. En los arreos de mulas traen mercancías para los negocios; así es la vida, como se la ganan donde a más de uno les salió un aparato feo... Es parte de nuestra idiosincrasia y con los cambios algunas de esas apariciones han desaparecidos con la llegada de la luz. Pero otros se arraigaron como el ahorcado del árbol, que está en frente donde una vez funciono el Club Social y Deportivo el Furrial. El cantante ecuatoriano Julio Jaramillo engalana dicho sitio, con su voz se paseó por un variado repertorio hasta se dejó acompañar con arpa, cuatro y maracas, extasió al público presente con la canción “Tardes Cojedeñas” y salió en hombros al estilo de los grandes matadores de toros, tiempos de bellos recuerdos, en la actualidad funciona ahí la Junta Parroquial. Un día cualquiera, el año se me olvidó, en casa de la señora Mireya, está con su hija Josefina; por cierto estudia cuarto año de bachillerato, una muchacha de dieciséis años. Le dice a su mamá: -Mami, esta noche en casa de mi amiga María Elizabeth, le celebrarían sus diecisietes años de edad, para que me des permiso. Le responde: -Bueno está bien, pero hoy, tú harás el almuerzo. -Gracias mami, muy sonriente. Exclama Josefina. La abraza y se esmera en preparar esa deliciosa comida. Se viste sencilla, pero elegante, al verla así tan bella su madre comenta: -¿Tú amiga, no es la cumpleañera? Pareces una linda princesa, aunque siempre lo eres con ese bluyín negro y esa blusa azul, ¡ay Josefina! seguro que a más de uno le darás un infarto... Se ríen las dos. -¡Ah pues mami! estoy sencilla. Le responde Con la picardía de madre. Dice: -Podrán estar en esa fiesta más de un pretendiente, pero sólo una persona es tú dolor de cabeza... Sus ojos negros le brillan, con un tímido ¡sí! lo afirma, le da su bendición y agrega: -No regreses muy tarde, acuérdate de la aparición que sale en el frente del club social... -Si mami, me cuidaré pero ese espanto ya no existe. Dice sonriendo. Llega con el regalo a casa de la cumpleañera y empieza a disfrutar de la fiesta. Están casi todos sus compañeros de clases y baila tanto que hasta los pies le duelen, varios pretendientes entre ellos Manuel Omar, aprovechan para atenderla como una princesa oriental. Josefina, está descansando un momento y aprovecha para conversar con su amiga y suena un set de canciones románticas, varios tratan de seguir bailando con ella y dice: ¡no! A sus bellos ojos negros, se le van ese brillo de fuego y le brotan dos lágrimas... Le preguntan a María. -¿Qué le pasa a Josefina, que no quiere seguir bailando? -Esas canciones, le tocan su corazón algo bonito de ella. Responde su amiga. Llega la hora de cantar el cumpleaños, sorpresa aparece un mariachis...a la una de la madrugada se despide de su amiga y la familia, le dan un buen pedazo de torta y carne asada con casabe para su mamá. Se ofrece Manuel Omar, para acompañarla junto a José y Marina, que van por el mismo camino. Vienen conversando y Manuel floreando a Josefina, ni pendiente. Están llegando al Club Social, el aire se siente pesado, un olor intenso a cacho quemado casi los asfixia. Y toda sofocada dice Josefina: -¡Ánimas del Purgatorio!, esto no es bueno... Caminan rápido pero los pasos no rinden, ahora todo pálido y tembloroso dice Manuel: -¡Es verdad lo del muerto! y todos se persignan más que viejita montada en moto. De la montaña baja un grito de dolor que los ponen más asustados que gallinas en fiesta de zorros. Una brisa fuerte sale como puñal arañándoles la piel... La luna se acobarda y sale brincando para esconderse. Se oyen rebuznar varios burros, pero parecen risas sarcásticas. Al llegar frente al Club Social, ven una figura colgada de un mecate a la rama de la ceiba, sus ojos brotados, la lengua la tiene de corbata. De la impresión Josefina, pegó un grito que recorre El Furrial. Manuel Omar, está frío como cava de hielo. José junto a Marina, sudan más que tapa de olla de hervido. Un olor al propio azufre los envuelve. Parten en carrera, Manuel deja a Josefina en la entrada de la casa y sale como cohete para su hogar. La muchacha del susto, no puede abrir la puerta. Se levanta su mamá al verla más pálida que muchacha anémica, pero aun así no soltó la torta se la entrega, y le pregunta. -¿Qué te paso hija, mira cómo estás? -Mami, mami, de regreso nos salió ese horrible espanto. Esta toda erizada y temblando. La abraza, le da agua con azúcar y la acompaña al cuarto para que se acueste. Al día siguiente se regó como pólvora que, a Josefina y sus amigos, los asombró El Ahorcado de El Furrial.


EL ENCUENTRO DE LOS MOROCHOS SÁNCHEZ Y LA SAYONA
Hablar de los relatos de ese San Carlos, cuando sus calles eran de tierras, el alumbrado de los poste de electricidad parecen cocuyos en noches de neblinas, casas de bahareque y techos de zinc, en los patios no falta un chiquero donde engordan varios marranos para la venta y el consumo de la familia, igualmente no falta los tinajeros y jarrones de barro donde se almacenaban esa agua la cual se mantenía fría y dulce, pero los cuentos de aparecidos, de fantasmas eran el pan de cada día. Este relato sucedió más o menos para los años de 1.965, Samuel Elías Sánchez, conocido como “El Morocho” trabaja para la Oficina del Correo de San Carlos, es cartero y lo ven recorrer las calles en una bicicleta de reparto que le asignaron para llevar las cartas y encomiendas, a los tres años siguientes pasó a trabajar como Oficinista en los depósitos del Garaje del Estado, su hermano Elías Sánchez, el otro morocho, para esos años está trabajando en el área de mantenimiento en la parte eléctrica del Hospital Los Llanos, el cual estaba ubicado en los terrenos de la Plaza Manuel Manrique y la Cinemateca, por cierto en dicho sitio aun rondan los aparecidos de ese viejo Hospital. Samuel Elías, se había casado, pero siempre en las tardes, visita a su madre Teresa Sánchez, en el barrio La Morena, ahí se entretenían jugando barajas con ella, igualmente la señora María Rivero, don Pánfilo, doña María Seijas y por supuesto el otro morocho Elías, son casi las nueve de la noche y dice la señora Teresa: -Mira Samuel, acércate a ver qué le ha pasado a tu hermano, que no ha llegado. -Está bien le responde. Sale en la bicicleta, al llegar se encuentra con la enfermera de guardia de nombre Rosario, al verlo dice: -Caramba, ¿vienes a ver  a ...?.
-No chica, ya esa mujer se fue para Manrique. Se despiden, se viene los dos en la bicicleta de reparto está manejando Samuel, cuando están llegando donde ahora funciona las Oficinas de Eleoccidente, antes llamada Calle Real hoy Avenida Bolívar, en esos terrenos había un aserradero. Una estela de una fuerte brisa los mueve, sienten que la noche se paralizó, dice Elías: -Cónchale, es La Sayona. En ese momento oyen los gritos y dice Samuel: -Agárrate, hermano, que le daré pedal. Están asustados, los gritos más cerca de ellos, siente que los traen coleados, parece que no han recorrido mucho, cuando llegan a la puerta de la casa, tocan la puerta desesperados y sale la señora Teresa, al verlos así ya sabe que vienen espantados, trae en su mano una vela de La Candelaria y la estampa de La Magnifica, está rezando y la mujer se perdió por esos caminos, gracias a su madre, se salvaron. Esa noche Samuel, se queda a dormir en casa de su madre, al día siguiente fue el comentario que a los hermanos Samuel y Elías, los asombraron.


Estas piezas literarias se tomaron del libro: Los Cuentos del Arriero de Samuel Omar Sánchez, editado en San Carlos, por la Fundación Editorial El perro y la rana –Cojedes,  2017 

domingo, 5 de junio de 2016

Cuentos fantásticos del Llano (5). Varios autores; versos y audio musical

Joropo llanero (archivo de Santo Kiroga)

CACHOS LLANEROS 
El mito: origen y devenir del cacho
El Dorado, el mito más célebre de América, obtiene gran parte de su fuerza literaria gracias a las exageraciones que los indígenas cohaeríes relatan a Nicolás de Federman, el famoso Barba Roja, al arribar a la capital de estos (actualmente, El Baúl, estado Cojedes), en 1530. Los coharíes le cuentan que las crecidas del río cohaerí (hoy río Cojedes) abren la ruta naval hacia Hamoda: las tierras del cacique “Dorado”, o Ha Modado: “el que se cubría de oro a diario”, lo cual recrea Federman en diversos relatos, cartas y en Historia Indiana (1557), para excitar, como pocos factores, las fantasías y sed de oro del colono europeo que se unirá al ancestro indígena para dar inicio al mestizaje, al cacho y a la cultura llanera en general.
De dichos pasajes quedan: a) el legado cachero de jurar que todo lo que se cuenta es cierto, inclusive, los que: “Juraban sobre escapularios de la Virgen del Carmen, que era palabra santa” (Borjas, 2010, p. 111)  y; b) una pasmosa fabulación sobre el hábitat llanero (animales, frutos, tesoros y ríos): caimanes y demonios de veinte metros, frutos donde caben rebaños, morrocoyes iguales a una montaña. 

El cacho tiene diversas aplicaciones para el llanero


EL TIGRE MASAGUARO
(Jaime Ramón Núñez)
   Una vez por el caserío Laya, cerca de Tinaco, había un tigre cebú, que se comía todo lo que hallaba: jabones, ropa, gallinas, perros, chivos, patos, en sí, nada se les salvaba y era difícil de cazarlo porque, se comía las cosas delante de uno y nadie se daba cuenta. Subiendo el cerro Tiramuto, un día cansado de la situación, me dije hasta aquí llegó Perucho, agarro mi escopeta y me monto en el lomo de mi mula Rosalía, dispuesto a acabar con aquel animal.
Después de haber avanzado un largo tramo del camino, de pronto me pega un fuerte olor a tigre  y preparo mi escopeta a la espera del animal, pero para mi sorpresa mi bonita mula Rosalía, empieza a relinchar desesperada y corría para todos los lados, como si estuviese peleando con el chupa cabras. La pelea dura un largo rato, cuando me doy cuenta el tigre me había comido la mula, como al que le roban las medias sin quitarle los zapatos.
Luego que el tigre se comiera a mi bonita, compa,  quedo yo montado sobre aquella bestia, ahí comenzamos una lucha cuerpo a cuerpo;  él me buscaba tumbar y yo me agarraba más duro que vieja en moto, así recorrimos todo el camino, el me mordía y yo también hasta que un momento estábamos muertos del cansancio y nos paramos y yo todo turulato, me bajo despacio y cuando me dispongo a matarlo, me di cuenta que el tigre de tanto relinchar y correr, me había llevado hasta mi casa;  por eso no lo maté y por el contrario le di las gracias, ahora somos amigos y no se volvió a comer más nada en el caserío. 
"Yo la encontré limpiando y al minuto estaba lista para salir


MI SUEÑO EN LA BARRIGA DE UN CAIMÁN
(Francisco Ignacio Pérez)
Yo estaba mal económicamente, sólo tenía una bodeguita con cuatro latas que era lo que me quedaba, mi mujer y mis ocho muchachos. En eso vino la novedad de las ollas de aluminio y la desesperación de las amas de casa por cambiar sus ollas de barro por aquellas que hervían más rápido, pues calentaban más.
Vendí  la pulpería  y  con las tres lochas que me dieron invertí en ollas de aluminio. Las compré, las amarré todas en un alambre, me las tercié al hombro y salí de Tinaquillo para el llano a vender mi preciosa mercancía. Llegué al Apure y como a las cinco de la tarde estaba en la orilla del río Arauca. Me acerqué al agua y me adentré un poquito con mi cargamento al hombro, mis plateadas ollas y una hamaca enrollada con sus correspondientes colgaderos. Me paré sobre una piedra y quise tocar el agua con los dedos; pero en eso vino un gigantesco caimán y me tragó, con tan buena suerte que no me mordió, me tragó entero.
Cuando me recuperé de la sorpresa, me ví dentro de la barriga del caimán. Éste de vez en cuando abría la bocota y yo podía ver la orilla del río, los árboles y toda la vegetación llanera; pero así como el caimán abría la boca la volvía a cerrar rápidamente. Me tranquilicé y recordé que los caimanes en las mañanas abren la boca por largo rato para cazar moscas y todo insecto volador. Entonces me llené de paciencia y pensé en... ¿Cómo pasar la noche?... luego observé las costillas del saurio y sacando del cinto mi cuchillo doble filo abrí un hueco por detrás del hueso de una costilla derecha, luego hice lo mismo para el lado izquierdo y metí el mecate, cada uno en su lado correspondiente. Luego colgué la hamaca y me dispuse a dormir.
Pasé una noche muy apacible y en la mañana, después de ese sueño reparador, me levanté con mucho ánimo, lleno de vigor, decolgué la hamaca, la metí en el porsiacaso, me monté de nuevo mi carga en el hombro y después me paré en el guargûero del caimán a esperar que éste abriera la boca para poder salir. Varias veces le rasqué la campanilla en el paladar y el caimán tosía. Así estuve como una hora. A las siete de la mañana, efectivamente, el saurio salió a la playa del río, abrió su inmensa bocota y yo en una sola carrera salí de la boca del animal. Sentí cuando tropecé con un colmillo; pero con tan buena suerte que no me caí. Si me hubiese caído no lo hubiese contado. 

LOS DOS SEMILLONES
(Robins Sánchez)
La vida diuno en el campo es muy forzá y con lo único quiuno cuenta es con la mujé y el conuco. Yo sé que la vida tiene no sé qué cosas más, pero un rancho sin el calor de una mujercita es como un corral sin vacas, y un hombre sin un piazo e conuco, manquesea, es naiden. Tené un conuco es como tené una herencia, que si uno la descuida se le acaba poco a poco. Es guardá una esperanza pal futuro. Mi taita decía que es como tené un mañana y que la tierra es la vida diuno. Siempre me levanto muy tempranito con el cantar del gallo, y me preparo pa’ ime a trabajá mi conuco, no sin antes tomame mi guarapito y comeme unas arepitas de maíz, tostadas en el budare. En mi conuco paso casi to’ el día, cuidando mis ñames, topochos, maíces y quinchonchitos. También en mi conuco tengo unas gallinitas, un casal de pavos y unos cuantos guineítos. Los conucos son pa’ sembrarlos y sirven hasta pa tené amigos.
Una tarde, regreso de mi conuco, me encuentro al compadre Eleuterio Ramos, que ique me trajo doce millones pa’ resembra el conuco, me los entregó metidos en una bolsa e papel y me dijo: estos doce millones vienen de Las Caobas, cuídelos muy bien, valen oro. Yo me le quedo mirando y le digo: compa por qué razón viene usted y me da estos doce millones, no será que usted me está mamando gallo. Riéndose y todo me dice: como va cree compadrito, estos doce millones son el fruto de mi esfuerzo, entiérrelos y cuando estén listos me avisa pa vení a ver cómo crecen mis doce millones. Tomé los doce millones y los metí en la marusa y al otro día los enterré en la pata diun palo e ceiba que tenía más raíces que venas en el cuerpo.
No sé por qué razón, estuve sin ir tres meses por esos lares,  pero un día me acordé, agarré mi burro y me fui a ver que había pasao con los doce millones. Al llegar al lugar lo que vi no tenía nombre. En la pata de la ceiba lo que había eran dos frondosas auyamas tan pero tan grandes, que al velas se me espelucó el cuerpo y casi dejo el pelero. El burro estaba muy  asustáo, rebuznaba como loco. Eran unos auyamones tan pesaos que ni yo podía con ellos. Como pude las amarré con un mecate y les hice un nudo, las pegué al burro y lancé un mecate en la horqueta de la ceiba y arrié al animal debajo e las auyamas y se las dejo caé al lomo. Al  pobrecito se le cruzaron las patas y echó un quejío, pero aguantó. Agarré rumbo al rancho y al cruza po el barotal la gente se me quedaba viendo, así como remolones y estrañaos. Cuando llegué la mujé pegó un grito como el de la Sayona y de vaina no se desmaya y come tierra. No lo creía. Metimos al burro pa la cocina y cuando estábamos bajando los auyamones, se nos cayeron y se espiazaron. Pa nuestra sorpresa vimos lo nunca visto, una bandá e picuritos corriendo por to a la casa. Esas auyamas eran grandes y pesás porque tenían dos picuritos bien gordazos adentro. Mi vieja y yo cerramos las puertas del rancho y atrapamos los picures.
Cansáo de corretiá los animales, me senté en mi silla y me puse a pensá lo que había dicho mi compadre el día que me entregó los doce millones y me acordé que él me había dicho que le avisara cuando los doce millones estuvieran listos. Rapidito monte el burro y me fui a casa del compadre, cuando llegué le pedí que me acompañara pa mi casa pa que viera lo que había pasao con los doce millones. Al llegá a la casa le conté lo sucedío. Mi compadrito se echó a reí, porque se dío de cuenta  que yo estaba pensando que eran doce millones de rial y no dos semillones de auyama importá. Ese día mi muje hizo un picadillo e picure y una sopa de auyama que estaba como pa chupase los deo y los picures ni se diga, estaban jugositos y sabrosos. Yo creo que esos pobres picuritos nunca habían salió de las auyamas, y ahora menos.

LA CARRERA ESPANTADA
(Deyssi Elizabeth Silva Fuentes)
    Salí como a las 5 de la tarde del conuco, con la mula cargada de maíz jojoto para hacer las cachapas al otro día en la mañana. Me fui silbando ladera abajo y sentí que algo me seguía, la piel se me puso como de gallina y los pelos como de puerco espín. El agua la sentía más fría y húmeda que de costumbre y al andar la sentía más sólida y mis pies más pesados; con el temor de mirar atrás, trataba de dar los pasos más largos, pero sentía que el camino también se alargaba. Para llegar a mi casa, había que adentrarse montaña adentro.
A la mitad del camino, estaba un palo de pomarosa; de ese lugar se contaban muchas tenebrosas historias… Que salía un muerto sin cabeza; una mujer arrastrando unas cadenas, y llorando detrás de uno; una hamaca llena de sangre y huesos; hasta un ahorcado pataleando y pidiendo auxilio y al que lo trata de ayudar, lo toca y lo vuelve loco. Era un destino con reversa, mas no con desviaciones. Yo había salido con unas chancletas al conuco. Me quedaban grandes. Ya se acercaba aquel tramo tenebroso y era lo que más me asustaba.
Siempre pasaba por aquel lugar, sin ver hacia arriba, ni hacia atrás y con una oración en mi boca; pero aquel día los nervios me traicionaron y fue todo al revés; maldecía y golpeaba a la bestia para que se apurara. Para llevarme la contraria, o quién sabe por qué, la mula se echó justo debajo del árbol… La halaba, la empujaba, la golpeaba y nada;  ella permanecía como si estuviera maneada.
Los grillos anunciaban la noche, la tarde estaba helada, no obstante el sudor bajaba por mi frente como chorros de amarga hiel.  Cada instante, la noche se volvía noche, más negra, más densa, mas tenebrosa, más espesa.
El miedo me dominó y quise correr para alejarme de  allí, sentía que iba en cámara lenta. Miré alrededor y solo veía sombras blancas en la oscuridad de la noche, se movían de un lado a otro, burlándose de mí. Corría con mucha fuerza y a medida, piedras golpeaban mi espalda.
En algún momento una de mis chancletas escapó de mis pies, y al regresar a buscarla; no abrí los ojos, mis manos me decían que sentían pavor de caminar por la superficie para no sentir lo que yo no quería ver,  temblaron, hasta que consiguieron la chancleta, me quité la otra y seguí corriendo. Ya no sentía las piedras ni veía las sombras. Llegué a mi casa y no dije nada.
En la mañana regresé por la bestia… y allí estaba, muy tranquila comiendo pasto fresco; la tomé por la cuerda y dispuse a regresar, mirando a todos lados donde se movían las sombras en la noche. Cuando había caminado un trecho, sentí en mi espalda una piedrecita, me llené de valor, volteé y no vi nada. Me dirigí a todos lados y solo vi hojas de titiaro y cambur. Seguí caminando y unos pasos más sentí otra piedra, caminé más rápido y esto pasaba con más frecuencia, caminé lento y así ocurrió.
Una fría brisa movió las hojas y miré su lado opuesto, blanco como la sal; pero allí seguía las piedras golpeándome la espalda. Me quité las chancletas nuevamente por si tenía que correr pero no siguieron las piedras.
Me coloqué otra vez las chancletas y allí estaban de nuevo, me detuve y me quedé estatus. Saqué con cuidado mis pies y las astutas piedras estaban allí, en la parte sobrante de las chancletas, esperando que moviera el paso para pegarme por la espalda.

Textos tomados del libro: 100 CACHOS: ANTOLOGÍA DE LA NARRATIVA  FANTÁSTICA ORAL DE COJEDES (Isaías Medina López; 2013) San Carlos: UNELLEZ-VIPI.


POR ANDAR DE FIESTA EN LA CHEPERA
(José Lobatón)

Lo que les voy a contar
es una historia verdadera.
Un día salí de El Muertico,
a una fiesta en La Chepera,
resulta que ese barrio                                                                había una fiesta muy buena,
con arpa, cuatro, maracas,
cerveza, ron y ternera;
cuando comenzó el joropo,
saque a bailar a una morena,
repicando un zapateo
pa` que la gente me viera.
Antes de terminá el joropo,
yo me puse a hablar con ella,
y le pregunté su nombre
para que ella  lo dijera;
a mí me llaman Carmita
pero mi nombre es Elena,
le dije con mucho amor
tú me gustas mi morena,
yo me casaría contigo
aunque tus padres no quieran.
Después que yo me expresé
de esa manera tan güena,
esta muchacha quedó
igualita que en la cédula;
la invité para su casa,
pa que una agüita me diera,
ante e llegá a su casa,
me echaron una carrera
y llegué hasta Campo Alegre,
y me compré una botella,
llegando a la Pica Tres
me espantó una cosa fea;
un perro con los dos ojos
parecían  braza e candela;
luego  desapareció
y se convirtió en una vieja,
más acá de la batea
llegando a La Miguelera,
un hombre vestío e blanco
en una bicicleta vieja,
y se escapaba adelante
chocaba con una ceiba,
después de chocar bastante,
salió prendío en candela,
cuando miré ese demonio
pegué una sola carrera,
ahí perdí los zapatos,
el sombrero y la botella;
ahí fue que perdí la maña
de ir a fiesta en La Chepera.

Nota: Este poema fue tomado de EL LLANO EN VOCES: ANTOLOGÍA DE LA NARRATIVA FATASMAL COJEDEÑA Y DE OTRAS SOLEDADES, edición de  la UNELLEZ- San Carlos. Compilación de Isaías Medina López y Duglas Moreno (2007). 

Disfrute de este audio de un joropo fantástico llanero:

EL CAIMÁN DE BOCA BRAVA (Francisco Montoya)