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lunes, 28 de diciembre de 2015

Esta historia ocurrió en El Pao (narración colectiva)


Estampa de faenas  en el archivo de Llano Adentro

(cuento de: Yordalis Desiree Roche León, Elio Rafael Rodríguez Silva y Luis Guillermo Mendoza Blanco)


Todos en El Pao se persignan al recordar esta historia. Nació al amanecer, o eso creyó la pobre criatura, la verdad nunca lo supo ni se interesó mucho en averiguarlo. Era como de arcilla, su piel estaba siempre cubierta del polvo del tiempo y los años, y este polvo le acompañaba a todos lados, desprendiéndosele con cada paso que daba. Su creador lo contemplaba asqueado, preguntándose cómo era posible que creara tal monstruosidad, una burla a la vida y la naturaleza.
Vivían en una gran y vieja casona derruida, en uno de los hatos ganaderos de los señores Tabares; un lugar donde el olvido es el amo y el silencio es el gran esclavo. Uno, el creador, sabio y sagaz, el otro, la pobre criatura, lenta y carente de conciencia, según creía su creador. La casa era enorme y llena de muchas habitaciones y pasillos que la creación del sabio debía limpiar y mantener. Una biblioteca, añeja y húmeda, llena de desorganizados manuscritos y con una apolillada alfombra que alguna vez había sido verde, estaba ubicada en el extremo de la gran casa. Poseía pocos muebles. Las paredes, en vez de cuadros, tenían cabezas de venados disecadas, pieles de tigres, cueros de culebras y cualquier cantidad de lancetas, de todos los tamaños, colgadas de la pared. Había varios salones de estar que alguna vez estuvieron llenos de visitantes, ahora eran pasto del polvo y la oscuridad, pues las lámparas hacía tiempo que no funcionaban, rotas unas, oxidadas otras. Toda la imponente y marchita estructura respiraba un aire de grandeza olvidada, paredes que habían visto mejores tiempos.
En alguno de los innumerables cuartos nació la desdichada criatura, rodeada de la sempiterna carcoma del olvido, lo que primero contempló fue al sabio, y nunca olvidó su rostro, aun décadas después recuerda su imagen de aquel entonces, pero los demás detalles de ese día eran difusos, borrosos, empañados como un espejo sobre el que se respira, recuerda una luz como la del amanecer, que no calienta la piel y el cuerpo, pero sí el corazón.
El sabio, en ese momento, contempló su creación, durante años enteros había buscado la forma adecuada, la palabra correcta, vagando entre las páginas de la cábala, y tras pronunciar la palabra perfecta logró que la miserable figura de barro cobrara vida. Mucho tardó el ser de polvo y barro en aprender a caminar, sabía ver y escuchar, pero los movimientos del cuerpo se le hacían muy difíciles, sin embargo, aprendió, pues la criatura deseaba muy en el fondo complacer a su creador, de quien no entendía sus propósitos, pero con quien deseaba estar, larga y dura fue la tarea, y fatigosa para ambos, sólo, al cabo de algunos años, creyeron alcanzar la meta. Unas pocas palabras también aprendió, por cierto, resultaba inútil ir más allá, por más que quiso el sabio enseñarle y por más empeño que puso la criatura en aprender, no alcanzaron logro alguno.
Los años pasaron y larga y pálida se hizo la barba del sabio, la criatura, la creación, el engendro de la envidia de los hombres, permaneció igual, carente de alma, solo un amasijo de barro y carne que deambulaba por entre los salones y pasillos desolados, polvo entre el polvo de la ruinosa mansión que degeneraba y caía en ruinas, agujeros en el techo y el piso, escaleras rotas y derrumbadas, la biblioteca se convirtió en una villa de polillas y los salones y los oscuros pasillos en la morada de lo desconocido.
Entonces hubo un día, un día entre los días, en que la criatura se topó con un espejo, en un principio no supo lo que era, el eterno polvo le cubría por completo, lo contempló pensativo, esforzándose por saber que era, pero sin dar con la respuesta o siquiera una hipótesis, aventuró un temeroso movimiento y con una mano le tocó, era liso, una cosa tan lisa como nunca hubiera visto, y era fría, deslizó su mano por el espejo fascinado con la sensación en su palma, y entonces un rayo de luz de sol se coló por entre los agujeros del techo y reflejándose en el espejo le dio de lleno en los ojos acostumbrados a la penumbra y la oscuridad, por un momento cegado lanzó un juramento al aire, incomprensible, un simple balbuceo, y alejándose contempló al espejo con ira. Pasó un tiempo antes que se diera cuenta de lo que miraba, había un extraño ser allí, sucio y extraño, lo observó, notando desconcertado como la cosa imitaba sus movimientos al otro lado del espejo, se preguntó entonces qué era esa cosa que había encontrado, pero tuvo miedo y huyó.
No sabía que era un reflejo, mucho menos un espejo, y durante meses se preguntó qué era lo que había visto, temeroso de acercarse al polvoriento y destartalado pasillo. Quiso preguntarlo al sabio, desgraciadamente, no supo cómo hacerlo. En vano se desganaba en palabras y balbuceos y gestos sin sentido. Nada logró hacer entender, y el sabio, nada consiguió descifrar de la agitada criatura. La desdichada mole desistió de preguntarle nada al sabio, pero los recuerdos de aquel extraño encuentro no le abandonaron y durante meses anduvo pensando en ello, incapaz de reunir fuerzas para acercarse al lugar. Recordó que cada vez que el Sabio deseaba buscar la respuesta a algo entraba en la destrozada biblioteca, así lo hizo y se extravió entre los escombros y los innumerables libros regados por el piso, cubiertos por un manto de polvo, la biblioteca era inmensa, y estuvo extraviado en ella días enteros, vagando entre los altos estantes y los cerros de libros derrumbados o apilonados, muchos libros abrió. Aquello resultaba inútil, nunca lograba entender lo que en ellos ponía, multitud de dibujos repetidos continuamente uno atrás de otro en largas filas y filas sobre filas hasta llenar las páginas, pero nada logró sacar, se sintió frustrado.
El sabio se sintió extrañado de la conducta de la desdichada criatura, del engendro de su envidia, pero no atinaba a dar con la razón, desde lo alto de los balcones de la gran sala de la biblioteca le contempló extraviarse entre los interminables volúmenes de la historia del conocimiento humano, le veía esforzarse como nunca antes en aprender algo fuera de su alcance, y se preguntó si habría hecho mal en no enseñarle antes. Pero, otras cosas le preocupaban, era viejo ya, y poco salía de su habitación, lejos de la biblioteca, se sentía enfermo y cansado, sabía que le quedaba poco tiempo y que pronto la muerte daría con él cuando el invierno llegara. Nada podía hacer por la pobre criatura que había creado. Murió finalmente meses más tarde, una noche, sentado frente a su ventana, allí esperó su hora y le alcanzó cuando miraba las estrellas. Quizás no era diferente del engendró, pues el también buscaba entender algo que estaba más allá de su alcance.
La criatura no se enteró de la muerte del sabio, sino mucho tiempo después. Le visitaba en su habitación y contemplaba su cadáver inmóvil sin entender nada, creyendo tal vez que el anciano dormía, pues la criatura no sabía que era la muerte, quizás nunca lo supo, durante muchos años (quizás cientos, miles, nunca lo supo) deambuló por la casa mientras el cuerpo del sabio se convertía en polvo y se dispersaba entre los vientos del mundo. Para la criatura todo siguió igual, y decidió esperar a que su creador algún día despertara. Lo ocurrido con el espejo seguía inquietándole, y un día, día entre los días, logró por fin reunir voluntad para volver al pasillo del espejo, y le contempló de nuevo una mañana de invierno poblada de ensordecedores truenos, lleno el pasillo de charcos y goteras. Allí estaba el mugriento ser, era exactamente igual, se acercó con cautela, posó su mano sobre él y quitó el polvo, el ser al otro lado le imitó, y entonces le miró a los ojos y un dolor sin medidas le ganó el cuerpo, no pudo separar las manos, se quedó paralizado, aterrorizado, quiso huir, pero no podía quitar las manos, algo dentro de sí mismo no quería hacerlo. Apenas le tocó esa extraña sensación terrible y dolorosa le ganó, era a él mismo a quien contemplaba.
Durante muchos años pensó que él era igual a los demás, a su creador, se sentía igual a él. Nunca imaginó siquiera ser algo diferente, mucho menos aquella horrible figura. El dolor dio paso a la cólera y de un puñetazo rompió el espejo, odiándolo para siempre por decirle la verdad, soltó un ronco y largo gemido de dolor y pena, sabiendo su destino.
Se refugió en lo oscuro, buscando huir de sí mismo, quiso arrancarse la cara y los brazos, quiso acabar consigo, no manaba sangra de sus heridas, cayó entre los escombros y el barro y en una charca en donde dio de pronto la luz contemplo su reflejo una vez más, y entonces el agua le mostró una verdad más terrible aún, porque no era lo mismo mirarse a los ojos en un espejo de vidrio, que hacerlo en los espejos de la superficie del agua. Vio sus ojos y supo que estaban vacíos, que todo él estaba vacío por dentro, no había allí ninguna alma. ¿Qué fue de él entonces? Nadie lo sabe, ¿Qué habrá pensado, qué aciagas ideas habrán cruzado desesperadas por su mente?

Aún vaga, se cuenta, por entre los escombros de la vieja y abandonada casona llanera, desde hace siglos lo hace.

viernes, 25 de enero de 2013

Castigo Celestial: un cuento de Danilo Riobueno

Las múltiples tentaciones signaban su vida 
(imagen en el archivo de Anita Mendoza)


¡Tú no vas a trabajar con nosotros, Chichango, porque te has vuelo muy camorrero! Estas fueron las palabras de Marco Dorante, dueño de una pequeña parcela de unas cuatro hectáreas la cual pensaba preparar para sembrar en ella tomate y lechosa, para lo que se encontraba organizando un “chivo”. Un chivo es el nombre que se le da en los campos de la región montañosa entre los municipios Pao y Falcón del estado Cojedes, a una jornada de labor en la cual se invita a varios hombres de la región a trabajar en la tierra, a los que se gratificará con comida y aguardiente, comprometiéndose luego el organizador a participar en otro chivo preparado por alguno de los que ahora colaboraban con él.
Chichango,  por su parte, era vecino de la zona, de mediana edad pero que aparentaba ser mucho mayor debido a su adicción a las bebidas alcohólicas y esto a su vez lo hacía sentirse muy envalentonado y falta de respeto (como muchos borrachos) en donde quiera que se encontrase: una fiesta, una casa de familia, una jornada laboral, o donde fuese, y ya a muchos lugareños no les agradaba la idea de invitarlo a nada, tal como esta vez sucedió con Marco Dorante, porque además, nunca andaba sin una botella, se embriagaba, y siempre terminaba armando jaleos.
Chichango tenía su madre, una hermana casi de su edad y a Gregorito, el bordón de la casa, pero en vista que ellos también le reprochaban su problemática adicción, él decidió hacerse un ranchito y vivir solo, aparte de los demás, donde nadie lo molestara. De verdad nadie lo aguantaba ya.
Era un día de semana, un jueves para ser más exacto, pero en El Venado, que es como se llama el caserío donde ocurrió esta historia, dicen que Chichango andaba ebrio desde días antes, y que casi no podía permanecer en pie.
-Hace días anda bebiendo, ayer lo vieron donde el amigo Lucio Garay- Se atrevió a aseverar algún vecino.
Chichango, viéndose rechazado, optó por seguir de largo de donde se encontraban algunas personas reunidas con Marco Dorante. Quizás pensó en medio de su embriaguez que llevaba otro camino, pero no se dió cuenta que iba saliendo del Venado;  iba hacia otro sector pero deshabitado que llamaban Cribijul, que era por la ruta hacia otro caserío llamado Tierra Blanca. En Cribijul había una subida que llevaba el mismo nombre, extensa e inclinada  y Chichango al llegar a ella, vagamente pudo identificar donde se encontraba.
-¿Cribijul? –Se dijo a sí mismo- ¿Cómo llegué yo pa’ acá? ¡Vacié
Sin embargo fue todo lo que pensó, porque otra cosa llamó su atención. Había un rancho de regulares proporciones que casi se le podía comparar con una gran casa, bien hecho, y con los normales detalles de una residencia campesina: un pilón, un peine abierto en la entrada, un corral pequeño para poco ganado, un tronco clavado con una tabla atravesada utilizada para fijar el molino y otros detalles que la hacían parecer que llevaba tiempo allí, en ese lugar, al pie de la subida de Cribijul. Chichango nunca había visto esa casa allí a pesar que siempre pasaba por el lugar, pero pensó que tal vez sería un nuevo dueño de aquellas tierras y que ahora habitaba allí, o que en un chivo o alguna cayapa habían parado aquella casa de forma rápida, lo cierto es que no prestó mucha importancia a aquel detalle, pero sí se fijó en otra cosa: había gente, igual o más cantidad que la que había visto en casa de Marco Dorante; extrañamente no conoció a nadie. Chichango siguió pensando que sería algún nuevo dueño y que tal vez tendría allí algunos amigos con él, y decidió acercarse y entró al patio.
-¡Epa compa! ¿Qué es lo que hay aquí?- Logró balbucir algunas preguntas a lo que su estado le permitía.
El aludido, que era uno de los que allí estaban, le respondió con mucha amabilidad.
-Buenos días, amigo, ¿Cómo está? Nos estamos preparando para trabajar en un chivo, vamos a halar machete para limpiar y sembrar todo este pedazo de tierra que se ve aquí. Si desea trabajar hable con el señor Rafael, que es el encargado, aquel que está allá- Y señalando con su mano le indicó dónde se encontraba este.
Rafael seria un señor de unos cincuenta años aproximadamente (según días después comentaría Chichango), atento y muy cordial. Él se extrañó que esta vez no lo rechazó nadie sino que por el contrario todos lo trataron “demasiado bien”, incluyendo un par de jovencitas que le ofrecieron café con leche y bizcocho, a lo que Chichango no rechazó a pesar de andar con mucho alcohol en el organismo. Todo era extrañamente bueno.
A Chichango le prestaron un machete para que trabajara, herramienta que él consideró la mejor del mundo: buena cacha, buen tamaño, del peso necesario, en fin muy cómodo. Cuando todos iniciaron, su rendimiento no fue el mejor, lógicamente accionaba con torpeza debido a la embriaguez y a que debido al constante rechazo por los vecinos del Venado, no estaba en forma. Quienes estaban cerca de él, lejos de burlarse como lo habría hecho cualquier otro, más bien lo animaban y lo increpaban a continuar, diciéndole que su trabajo era bueno y que necesitaban de todos, incluso de él. Poco a poco fue sintiendo que la borrachera le iba pasando y pudo observar que aquellos hombres que no tendrían mucho aspecto de campesinos, demostraban ser bastante hábiles para aquel forzoso trabajo, y que todos rendían como nunca había visto a nadie igual, incluyendo a aquel señor llamado Rafael, sobre quien todos profesaban gran respeto.
Finalizó la jornada a eso de las tres de la tarde (Chichango esta vez no tuvo moral para armar camorra alguna porque definitivamente, había sido el peor jornalero de aquella zafra), y posteriormente todos se acercaron a la casa donde unas agradables señoras servían en un mesón “…una buena comida, una excelente comida, un tremendo banquete…” como alguien dijo posteriormente que describió Chichango aquel almuerzo.
No hubo licor, borrachera, mamadera de gallos, ni griterías, como solía suceder en cualquier reunión de aquel tipo, sino que hubieron alegres e interesantes conversaciones de parte de todos aquellos que allí se encontraban, a los que Chichango de vez en cuando les preguntaba que de donde eran o de donde habían venido y ellos por su parte le respondían con algún sano proverbio, algún refrán o simplemente le cambiaban el tema.
Pensó que lo averiguaría por otra parte o que igual lo iba a saber, razón por la cual desistió en su intento por conocer la procedencia de aquellos personajes.
Llegó la noche, y con la misma cordialidad que hasta ahora habían demostrado, ofrecieron a Chichango una pequeña troja donde cabía un hombre, a la que le habían colocado una pequeña colchoneta que la hizo sentir muy cómoda.  Durmió tranquilamente. Durmió toda la noche. Quizás hasta haya tenido apacibles sueños de tan agradable que se sentía en aquella parcela.
A la mañana siguiente despertó con el canto de los pájaros llaneros, en especial de las paraulatas. Pero su despertar no fue como él se esperó.
Ciertamente sí estaba en una troja pero esta era ruda, ordinaria, antigua y lógicamente sin colchoneta. De las personas que antes habían estado compartiendo con él no vio a ninguno, no había nadie ni había rastro de que alguien habría estado en aquellos alrededores en mucho tiempo. La casa había desaparecido con todo lo que había visto el día anterior. Estaba en una parcela sola, enmontada, abandonada al pie de la subida de Cribijul.
Chichango se estaba llevando la mayor sorpresa de su vida, como si hubiese despertado de un agradable y largo sueño, pero no era así; él había trabajado con aquella cómoda herramienta al punto tal que sus extremidades las sentía entumecidas a pesar de ser quien menos trabajó debido al rendimiento de aquellos extraños hombres y mujeres; él además había probado aquella suculenta comida de la cual aun le parecía sentir su inigualable sabor; él recordaba varias de las anécdotas narradas por ellos en especial por lo contado por Rafael, el líder, y sin embargo allí estaba, solo, en una parcela donde parecía que nunca había estado nadie, sorprendido, asombrado.  Al principio pensó no contárselo a nadie por temor a que lo tildaran de loco o borracho, pero Chichango sabía que aquello no había sido ningún sueño ni nada por el estilo y que al contrario era digno de contar con palabras de juramento a sus coterráneos aunque pensaran lo que quisieran o aunque no le creyeran, sin embargo se armó de valor y lo hizo.
Al día de hoy no se sabe a ciencia cierta lo que habría sucedido aquel día, así como tampoco se sabe quienes le creyeron o no a lo descrito por Francisco Montesinos, que era el verdadero nombre de Chichango, pero lo cierto fue que aquel suceso cambio la vida de aquel hombre. Nunca más probó aguardiente, jamás se oyó que iniciara alguna riña o que faltase el respeto a alguien, contrario a esto, se volvió un ser casi ejemplar dentro de su comunidad al tiempo que se hizo devoto de San Rafael  Arcángel, a quien atribuyó aquel “milagro”, si así se le podría llamar.
Sin embargo, hay quienes cuentan que todo aquello lo hacía debido a un miedo a algo que no querría contar a nadie y que de no actuar así sería castigado. Él por su parte decía que si era castigo, estaría dispuesto a recibir todos los que sobre él vinieran pues lo consideraba entonces como un “castigo celestial”.   

Danilo Riobueno,  nació en Tinaco en 1974 y reside en El Pao. Es ganador del Concurso Municipal de Literatura y del Concurso Literario del estado Cojedes, ambos galardones obtenidos en el renglón narrativa, dentro en el certamen "La Gran Explosión Cultural", 2012, organizado por el Ministerio del Poder Popular para la Cultura. Cursó la Licenciatura en Educación en la Mención Castellano y Literatura (UNELLEZ-San Carlos). Este cuento es tomado de Memoralia Nº 9; revista de Humanidades y Educación de la UNELLEZ (San Carlos, 2012)

jueves, 22 de septiembre de 2011

La llaneridad (2): Notas y poemas del antiguo Llano (José María Vergara y Vergara)

Niño llanero en faena típica de ordeño  (archivo de HmendezArtellier)

Continuando con la difusión de textos sobre la llaneridad, ofrecemos las notas y compilación pionera de versos del viejo Llano de José María Vergara y Vergara, nacido en Bogotá el 19  de marzo de 1831 y fallecido el 9 de marzo de 1872 y, quien dejara importantes obras, entre ellas varias de las primeras antologías de la América Libre, como son: Parnaso Colombiano y la Lira Neogranadina. Diplomático, novelista, crítico literario, articulista de costumbres, biógrafo, periodista y maestro de varias generaciones. Sus reflexiones sobre la poesía popular llanera datan de 1867, incluidos en su obra: Historia de la Literatura de la Nueva Granada.
Isaías Medina López

El llanero convierte su entorno en energía poética que le da su perfil propio en  América
(fotografía de Manuel Abrizo, archivo de Argenis Agüero)


"Nuestra poesía popular es sumamente diversa de la española en la multiplicidad de sus orígenes, aunque parecida en su manifestación y en su forma. Los esfuerzos de los reyes españoles y particularmente de Felipe II, para unificar el lenguaje en las colonias, prohibiendo el uso de los idiomas indígenas, lograron al fin fijar como lengua oficial y única el idioma castellano, con entera exclusión de los otros dialectos españoles. Tardó algún tiempo en convertirse en lengua general; pero al fin y al cabo obtuvo la victoria, y se hizo el único, soberano y dominador lenguaje. Las lenguas derrotadas no fueron bastante poderosas para dejarle sus despojos; apenas quedó el uso de las palabras provinciales da algunos objetos indígenas, y por lo demás, no sufrió en nada la construcción de la frase española, ni el uso de sus vocablos. A principios del siglo XVIII todo nuestro pueblo hablaba un castellano tan puro como el del pueblo de Castilla, y la perversión que ha habido posteriormente se debe á la vulgarización de las lenguas europeas que nos ha traído neologismos y extranjerismos.


Hablaba ya todo el pueblo el lenguaje conquistado; pero ese pueblo estaba compuesto de grupos heterogéneos amoldados en uno por la fuerza y no por la similitud de orígenes y tradiciones. El pueblo español aclimatado en la colonia se unió poco á poco por enlaces ilegítimos con la raza negra, traída de África, y con la indígena que ocupaba estas regiones. Estas mezclas se fueron uniendo á su vez en unas partes, y rechazándose en otras; pero ya se veían las facciones de la nueva raza que tenia tres orígenes, y que formaba un tipo especial. No teniendo tradiciones comunes, la poesía no podía hacerse popular: ni la raza indígena ni la blanca podían tener simpatías por los cantos de los negros; ni estos por las tradiciones españolas de sus amos ó por los vagos recuerdos de los indios. 
Estas tres razas confundidas en un mismo territorio no podían mirar á este como su patria, porque pensaban en las suyas los negros y los blancos; y la patria moral de los indios había desaparecido entre montones de cadáveres; la patria física, el suelo que pisaban les era tan extranjero como lo era para los negros, sus compañeros de esclavitud y miseria. Por otra parte, y á pesar de la desgracia que lee era común, los ¡odios y los negros se rechazan en sus caracteres é inclinaciones. El negro entonaba por lo bajo cantares que no repetía el indio, y viceversa; el blanco cantaba sus romances y sus coplas que repetían á medias el indio y el negro, apenas en aquello en que encontraban situaciones análogas á la de sus ánimos ó expresión inteligible de los sentimientos y pasiones que son comunes á todos los hombres. No teniendo ese pueblo heterogéneo una historia anterior propia del país donde se reunió, no podía hacerse popular la poesía. Se necesitaba que pasaran muchas generaciones para que el negro olvidara su patria, y amará esta; el indio se acostumbrara á mirarse como paisano del blanco y del negro; y el blanco olvidara totalmente su patria española y tuviera recuerdos de antepasados americanos. Cuando ya, por ministerio del tiempo, se unificaron los recuerdos, y hubo patria historia común, quedó en pié otro inconveniente, el de la antipatía do Las razas; para que acabe de desaparecer este obstáculo y las tres razas, absorbiéndose mutuamente, dándose y tomándose cualidades, formen una sola y reunan por fin en un solo pasado sus recuerdos, es menester que pase otro gran período de tiempo. Algo de esto se consiguió con la guerra de la independencia, que dio recuerdos de desgracias comunes y de glorias hermanas; pero ese algo no es gran cosa todavía. Sin embargo, las razas dominadas han celebrado una transacción tácita con la dominadora; le han tomado todos los cantares sencillos y verdaderamente populares, es decir, espontáneos, que describen las agitaciones del ánimo, la tristeza, los celos, el amor dichoso.
Dichos cantares se han combinado con algunos cantos africanos que conserva la raza negra, y con unos pocos cantares que son ya hijos del nuevo pueblo. Algunos grupos de población que se conservan puros tienen cantares populares del pueblo español, en la forma; pero combinados ó imitados.
Nuestra escasa poesía popular, consta, pues, de tres partes: coplas españolas de puro origen, adoptadas y popularizadas, que cantan todas tres razas, creyéndolas propias: coplas y romances españoles combinados, que cantan los llaneros, que es una población bastante pura en su sangre: coplas africanas que se han popularizado con sus danzas, y que han sido adoptadas por la raza española y con mayor razón por la raza mestiza. La danza es el mejor conductor de las coplas ó cantares
El pueblo español que habita los llanos de San Martín y de Casanare, en reemplazo de los indios que combatió y extirpó, forma una especialidad entre todos nuestros pueblos. El llanero es un tipo único entre los tipos granadinos, ni tiene en la América otro parecido que el apureño de Venezuela y el gaucho de las Pampas Argentinas. La imagen del desierto en que vive, y su lucha eterna contra una naturaleza feroz y grandiosa; su vida en el desierto y en la lucha, y su hogar nómade y su único oficio de pastor, han creado en aquella población, un carácter originalísimo. Como hijo del desierto es entusiasta amante de la poesía y de la música; una noche entera puede pasar, y noches seguidas también, bailando, tocando su tosca guitarra ó bandolín, y cantando sus coplas ó sus jácaras. 
Un poeta que les compusiera bellos romances sobre sus hazañas y montara un caballo con tanta soltura y agilidad como ellos, se haría adorar; habría riesgo de que lo proclamaran su rey. El alma del llanero no recibe de la sociedad culta otras impresiones simpáticas que las de la poesía, la música y el valor: es refractario á toda idea de elegancia y de refinamiento. Cuatro veces ha salido el llanero á las ciudades á defender las leyes. En todas ha vuelto alborozado á sus pampas llevando un recuerdo odioso de las leyes que han defendido, de las ciudades en que han habitado, sin poder hacer pastar sus caballos al pié de sus cabañas; de las mujeres, que no han querido bailar con ellos; de los hombres, que no viven sobre el caballo; de todo lo que han visto, en fin. Durante su corta y azorada permanencia en las ciudades no han envidiado sino la posesión de los caballos buenos y de las mujeres hermosas. Nada más es necesario decir sobre este tipo del árabe de América. 
Los llaneros son el único pueblo entre nosotros que tiene su poesía especial que nunca abandona. No ha habido ningún poeta culto de los Llanos; el pueblo compone lo que canta, y canta lo que compone. No acepta coplas de otras tierras.
Sus composiciones favoritas son largos romances consonantados, que llaman galerón, y que cantan en una especie de recitado con  inflexiones de canto en el cuarto verso. Es el mismo romance popular de España, y contiene siempre la relación de alguna grande hazaña, en que el valor y no el amor, es el protagonista: el amor es personaje de segundo orden en los dramas del desierto. Indudablemente tomaron la forma del metro y la idea de los romances españoles; pero desecharon luego todos los originales y compusieron romances suyos para celebrar sus propias proezas. He aquí una muestra de ellos, que se imprimen por primera vez.

En el Hato de setenta
Donde se colea ganao,
Me dieron para colear
Un caballito melao;
Me lo dieron por maluco,
Me salió requetemplao.

---/...
Yo no soy de por aquí,
Yo soy de Barquisimeto:
Naides se meta conmigo,
Que yo con naides me meto.
Yo soy nacido en Aroa
Y bautizado en el Pao,
No hay zambo que me la haya hecho
Que no me la haya pagao.

.../...
Que anoche comí culebra
Y esta mañana pescao;
Que los dedos tengo romos
De pegarle á los malcríaos.
De los hijos de mi mama'
Solo yo salí malcriao;
Los brazos los tengo blancos
De vivir enchaquetao:
No hay zambo que me la haya hecho
Que no me la haya pagao.'

.../...
El que cantare conmigo
Ha de ser muy estudiao,
Porque lo tengo é dejar
Como faldriquera á un lao.

.../...
Conmigo y la rana, es gana
Que se metan á cantar,
Que no me gana a moler
Ni la piedra de amolar,
Porque tengo más quintillas
Que letras tiene un misal.

.../...
Yo fui el que le dió la muerte
Al plátano verde asao;
Cuando me lo dan, lo como,
Cuando no, aguanto callao.

.../...
Por si acaso me mataren
No me entierren en sagrao,
Entiérrenme en un llanito
Donde no pase ganao:
Un brazo déjenme afuera
Y un letrero colorao,
Pa que digan las muchachas:
"Aquí murió un desdichao;
No murió de tabardillo
Ni de dolor de costao,
Que murió de mal de amores
Que es un mal desesperao."

.../...
Mi mujer está muy brava
Porque otra me agasajó....
¡Si yo tengo mi modito
Y me quieren, qué haré yo!

.../...
A ninguno le aconsejo
Que ensille sin gurupera;
Que en muchos caballos mansos
Los jinetes van á tierra.

.../...
Yo te di mi medio real
Porque me hicieras cariños;
Solo me hiciste una vez,
Me estás debiendo un cuartillo.

.../...
Mi mama me dió un consejo,
Que no fuera enamorao,
Y cuando veo una bonita
Me le voy de medio lao;
Como el gallo á la gallina,
Como la garza al pescao,
Como la tórtola al trigo
Como la vieja al cacao.

.../...
Yo no soy de por aquí,
Yo vengo del otro lao,
Y me trajo un capuchino
En las barbas enredao.

Si hubiere alguno en la rueda
Que con yo esté incomodao,
Sálgaseme para afuera,
Lo pondré patiaribiao
Con este brazo invencible
Que Jesucristo me ha dao,
Que en esos llanos de Achagua
Yo soy el zambo mentao;
Yo fui el que le di la muerte
Al plátano verde asao,
Con un cabito de vela
Y un padre nuestro gloriao.


Por este estilo son todas sus ostentosas poesías. Conocemos por desgracia muy pocas, porque aun no ha merecido la atención de nuestros literatos esta abundante fuente de poesía popular. que se toma el trabajo de recoger romances llaneros y cantares de los negros, entraría con ellos en la literatura española como entra el Meta en el Orinoco: llevaría una grandeza a otra grandeza". 


Nota: Tomado de:Historia de la Literatura de la Nueva Granada 1867. Impreso en Bogotá por la imprenta de Echeverría hermanos.

También puede leer:

La llaneridad (1): una visión de Rafael María Baralt
http://letrasllaneras.blogspot.com/2011/08/la-llaneridad-1-una-vision-de-rafael.html

La llaneridad (3): El primer cuento llanero de fantasmas publicado en inglés y en francés
http://letrasllaneras.blogspot.com/2011/10/la-llaneridad-3-el-primer-cuento.html

martes, 2 de febrero de 2010

A un paso de la nada (Cuento llanero de fantasmas)

Los acompasados "pasos del joropo" contrastan con los del pobre Juan. 
Imagen en el archivo de "La Voz del Joropo". 





Nuevamente se hace presente el Diablo como eje de esta narración llanera tradicional de Cojedes; una de las figuras favoritas del imaginario universal, obsesionado con un ser inocente, aún antes de que naciera, quedando a "un paso de la nada". Es un destino marcado por la codicia y, a pesar de los esfuerzos de la heroína su tragedia se cumple con rigurosa crueldad e incremento dramático.


A UN PASO DE LA NADA
En los Llanos de Cojedes hubo un pueblo llamado “Las Queseras del Pao”, allí sucedió algo alucinante: Juan, un niño, a medida que crecía, se estaba convirtiendo en imagen del Diablo. Por ser muy católico, al igual que los de su hogar, hacía grandes esfuerzos por esconder su desgracia. Para Ana, su madre, la vida ya era el infierno de la extrema pobreza, en un pueblo amenazado con la ruina total. Le era casi imposible llevar el pan a la casa y hacer el rol de padre, porque su marido, Alberto, la abandonó con esos hijos pequeños y ella se negaba siquiera a recordarlo, aún siendo éste un hombre rico.
Las pesadillas físicas de Juan penetraron sus sueños. Siempre se veía cargando una llave con forma de guadaña bañada en sangre. Pese a la inclemencia del hambre, su cuerpo poseía una silueta demoníaca y muy fornida…Un día, al despertar, la casa se llenó de un fuerte olor de azufre, aquel olor lo incitaba a matar y gritaba con voz fuerte y vacía: - ¡Yo soy y seré quien reine!
Su madre instintivamente corrió hacia él. Le encontró cubierto por una oscura pelambre. Dos cuernos coronaban su frente. Armada de valor le preguntó a Juan, poseído por el Diablo:
–¿Quién eres?
El Diablo le respondió: –Soy quien se llevará unos de tus tesoros, tu hijo mayor.
Ana le replica: –No te lo llevarás.
Entonces, al instante, buscó una cruz de palma bendita que estaba en la puerta de su casa. Al regresar pronuncia estas palabras:
¬ – ¡Fuera de mi casa! Tú, que fuiste expulsado del cielo, regresa a los abismos del infierno.
Juan con la voz del Diablo se burla de ella: Me voy; su hora no ha llegado.
De este modo, Juan recuperó, en un parpadeo, su aspecto humano. Ana sorprendida le cuestiona: ¡hijo mío! ¿Eres tú?
–Juan, dice: sí, madre
–Su mamá lo abrazó y le dijo:
– ¡Que Dios siempre esté contigo! Anda a descansar.
Ana lo besó con ternura. Tomando un sorbo de café, se detuvo a pensar que lo ocurrido era consecuencia de la codicia y ambición de su antiguo esposo. Juan no conciliaba el sueño pensando en cómo afrontar todo lo que le acontecía. Escogió la peor manera: se levantó de la cama y le dice a su madre:
–Te tengo que decir algo: Ya no podré salir de casa, porque no soy un niño normal y tú no lo sabes.
La mamá le dice: Estás confundido hijo, seguro es broma, ¿verdad?
Juan, sin una palabra que decir se fue a la habitación.
Dicho esto, Ana quedó impresionada con lo que le dijo Juan. Ella se arregló, llena de dudas, tomó a su hija, aún de brazos, y se dirigió hacia la iglesia. Allí le imploró al sacerdote:
– ¡Ayúdeme!, perderé a mi hijo. Creo que el Diablo ha venido a buscarlo por un arreglo hecho con el desvergonzado de su padre.
El sacerdote le contesta: ¿Qué dices hija mía? Cálmate y siéntate conmigo.
Mientras tanto, Juan estaba en su casa ajeno a comprender porqué el Diablo se anunciaba en su cuerpo. Al colocarse frente a un espejo pareció desatar nuevamente la ira del Diablo. Se vio nuevamente encarnando al maligno y comenzó a maldecirse a sí mismo, a todo y a todos. Sus ofensas a Dios rompían la calma del pueblo de Las Queseras del Pao.
Los vecinos notaron que sucedía algo demasiado extraño en esa casa. Como Ana no estaba, ni Juan les respondía con coherencia, recorrieron todos los callejones del pueblo, hasta que encontraron a la también, muy desesperada Ana, junto al sacerdote y le advirtieron de aquellos extraños sucesos en su casa; justo, a esa hora.
En el momento que llegaban los vecinos, el sacerdote ya casi doblegaba las angustias de Ana. El arribo de los vecinos le dio un nuevo ímpetu, como de serpiente molestada en su nido, que alteró por completo al oír de la nueva transfiguración de Juan.
Apenas llegaron a la casa de Ana, el sacerdote enfrentó al Diablo encarnado en el pobre Juan. Sacando fuerzas de su miserable miedo, muestra un crucifijo para luego invocar Al santísimo y retar Satanás:
– ¡Dios, tú que quitas todos los pecados del mundo, aparta este espectro del mal!
El Diablo metido en el falleciente Juan le gritó:
–Tú y tu jefe queriendo siempre enmendarlo todo. Ustedes, son nada para mí.
Juan, de inmediato, recuperó la razón, pero aún estaba algo poseído por el espíritu del mal. Ana llorando le dijo al sacerdote:
– ¡Lo ve, padre!, ¡estoy perdiendo a mi hijo!
El sacerdote acostó a Juan en la cama y le preguntó a Ana:
– ¿Por qué esto le ocurre a tu hijo?
Ana le responde:
–Sucedió que cuando Juan nació, su papá, Alberto, le vendió el alma de nuestro hijo al Diablo por tener mucho dinero. El Diablo se lo concedió todo. Yo me enteré de esto demasiado tarde. Al marcharse, Alberto, me dijo que el demonio se llevaría a Juan al pasar unos años.
Entonces, el sacerdote le dice:
–Sé que has sido fuerte, pero tienes que buscar a Alberto. Él es el único que puede salvarlo, de lo contrario estará a un paso de la nada.
Ana asiente con la cabeza y a las primeras horas del día siguiente llega al enorme hato donde vivía el padre de sus hijos. Ahí sólo encontró paredes destrozadas, extensiones de tierra colmadas de monte y un indigente. Ana le preguntó al indigente qué ocurría en ese lugar. Éste levantó la cara y enseguida, ella le dice:
– ¿Eres tú Alberto?
–Sí, soy yo, el miserable que vendió a nuestro hijo al Diablo y estoy pagando esa infamia. Es que el Diablo me engañó, me otorgó muchas riquezas, pero hace poco tiempo me dijo que se ha vencido mi plazo y que iba a llevarse el alma de Juan. Uno de los peones, apenas lo vio, sacó un cruz de palma bendita y estampándosela sobre la frente lo hizo huir, no sin antes jurar que se vengaría. Después todo el hato se fue quedando en silencio. Al rato sobrevino una gran oscuridad. Luego un ruido ensordecedor como mil trompetas resonando y, finamente, un gran incendio que acabo con todo. Ni siquiera he vuelto a saber de mis peones. Por eso supe que tú vendrías a buscarme.
Ana le dijo: –Eso ya no importa. Vamos a mi casa a salvar a nuestro hijo.
Alberto le respondió: –De acuerdo, es hora de enmendar mi error.
Al cruzar la puerta de la humilde morada de Ana, ambos padres ven que en la mesa del comedor se encuentra Juan en medio de cuatro velas encendidas. En ese momento el sacerdote les dice:
–Es hora de comenzar el ritual del exorcismo que manda la Santa Iglesia.
El sacerdote les empezó a untar agua bendita. Juan abrió los ojos, perdió la razón de sí mismo, y nuevamente se volvió agresivo como el Diablo y al mirar a Alberto dice:
–Tú miserable, me lo vendiste, ¿y ahora lo quieres?
Alberto le dice: –Estoy arrepentido.
El Diablo le contesta: –Ya no hay vuelta atrás.
El sacerdote empezó a rezar y a implorarle a Dios por Juan con una oración como:
–Tú señor, dale misericordia y apártalo del mal.
El Diablo le respondió: –No me iré hasta cobrar lo que me pertenece.
Alberto le propone: –Te doy mi alma y te la cambio por la de mi hijo.
El Diablo replica: – ¿Estás seguro?
Alberto le respondió afirmativamente. El Diablo le arrebata el alma y le dijo: –Tu alma es mía, Ja, Ja, Ja.
Elevándose, sale del cuerpo de Juan y también, le quita el alma al pequeño niño causándole la muerte, al igual que a Alberto. Con voz burlona repitió tres veces:
–Pobres de aquellos que quieran adquirir riquezas a través de mí, porque yo soy el mal. Por ello, nunca cumplo mis promesas y, de igual manera, tomaré el alma de Juan.
Y así, el Diablo desaparece en una espesa oscuridad. Por otra parte, la mamá de Juan desconsolada y triste se lamenta porque había perdido a su hijo y no le quedó de otra que resignarse a recordarlo.



Nota: Todos los co-autores son egresados de Castellano y Literatura en la UNELLEZ-San Carlos: Nohelis Díaz, nació en Tinaquillo, el 20 de diciembre de 1984, reside en Valencia, estado Carabobo. Luis Hernández, nació en Valencia, estado Carabobo, el 22 de enero de 1981, reside en Tocuyito, estado Carabobo. Dalbelis Figueredo, nació en San Carlos, el 14 de abril de 1988, reside en San Carlos. Ellos recibieron la asistencia literaria oral de la escritora sancarleña: Yonneiris Rodríguez, nacida el 25 de octubre de 1972.