lunes, 6 de junio de 2016

Cuentos fantásticos del Llano (6). Varios autores: cuentos, versos y audio musical


Jóvenes llaneras (archivo de Santos Kiroga)


CACHOS LLANEROS 


Caracterizaciones del cacho llanero
Entendido como un “cuento completo”, el cacho, afronta la misma indefinición total del cuento,  del cual apenas hay trazos caracterizadores. La noción de cuento completo es de Gustavo Luis Carrera, en 1959. En su economía de situaciones y palabras condensan un tema que puede tener amplias proyecciones en matizadas sugerencias” (2011, p. 58). Para Villegas (1998, p. 63): “Se llama cachos aquellos cuentos, generalmente cortos, que expresan un vuelo fantástico de la imaginación”. Según Rafael Olivares Figueroa (2000, p. 7): Los cachos “son producciones  características del carácter criollo”. Abrizo (2008, p. 28), recalca su condición de patrimonio: “Palabra conque en el Llano se identifica al cuento. Estos cachos forman parte de las tradiciones orales y del folclor del pueblo”.

La mujer llanera es capaz de amansar cualquier animal de cuernos. 


LA CARNADA QUE DA SAZÓN
(Carlos Salcedo) 
Esto sucedió en El Pao en el balneario Los Barrancones, hacia tanto calor ese día que invité a unos amigos que venían de Caracas gente de plata, para que nos refrescáramos y aprovechar de pescar unas cachamas. Al paso del día me dice la gente que tiene mucha hambre en ese momento tiró del nailon y sacó una cachama de casi 50 kilos, mis amigos asombrados al ver semejante cachaza, pero al disponerme a cocinarla me doy cuenta que no cargamos ni fósforos, pero como la tierra estaba tan caliente hice un hueco en ella y envolví aquella cachaza en hojas de topocho y la enterré en el hueco y como a los diez minutos ya estaba bien cocida.
Todos comieron y quedaron encantados tanto que me preguntaron ¿Cuál era el secreto para que quedara tan bien esa cachama? Si solo la envolví en las hojas de topocho. Como eran mis amigos le revelé mi secreto. Les dije que la cachama quedó tan sabrosa porque yo la pesco con ajo y sal por esa razón es que queda tan sazonado.

El esbelto y ajirafado "Pájaro Vaco"; curiosa belleza del Llano


UNA FIEBRE SANCOCHERA
(Evaristo Silva)
Mire,  cámara,  le voy a contar algo que me paso la otra vez, resulta mi camarita que yo ese día tenía una fiebre de más de trescientos grados (300º) y pa’ ese tiempo en mi pueblo había una pelazón tan fea que no había pa comer, y se me ocurre ese día y me fui y que a pescar y yo no sé cómo  porque no soy pescador y mientras más caminaba con el tremendo sol que había se me subió la fiebre hasta quinientos grados(500º), pero como yo pensaba en mi familia que no tenía na’ para comer seguía caminando hasta que llegue a un gran préstamo. Entonces cuando estoy en la orilla es que me doy cuenta que no había llevado ningún implemento para pescar; ni anzuelos, ni nailon, ni mucho menos tarrayas, pero para mi sorpresa y el asombro de todo el pueblo que al yo meter la mano en el agua de aquel préstamo como tenía tanta fiebre aquella agua empezó a hervir de tal manera que el préstamo se convirtió en un gran hervido de pescado y toda la gente del pueblo empezó a venir a comer hasta que casi se les reventaron las tripas.

LA COCHINA DE ACUARELA
(Carlos Flores)
Esto que le voy a contar es una historia verdadera y sucedió en El Baúl,  en la arepera de Doña Juana, resulta que un amigo mío tenía mucha hambre y llega a la arepera y cuando pide una arepa el mesonero le dice que él no le va atender porque él es muy mala paga y embustero, pero como mi amigo tenía tanta hambre se las ingenio y le dijo; ¡Camarita, usted tiene razón yo no tengo ni un bolívar pero si usted me atiende yo le prometo que le voy a pagar con una cochina pintá!.
Pero el mesonero no le creía y mi amigo se lo juró y se lo juró hasta que lo atendió, al terminar de comer le dice al mesonero que enseguida le trae la cochina al pasar un momento regresa mi amigo y le entrega al mesonero un cuadro con una cochina pintada ¿y eso? Pregunto el mesonero, la cochina pintada que usted quería, dice mi amigo. Y es verdad si quieres le preguntas al chivo de Doña Juana que estaba ahí presente.

EL PUENTE BABOSO
(Antonio Morillo) 
Oiga, paisano,  esto que le voy a contar sucedió un día que íbamos para la parcela que teníamos vía El Pao, Recuerdo que ese día nos dieron la cola hasta la entrada de Boca de la Perra, y de ahí nos fuimos a pie, paisano, caminamos como quince kilómetros hasta que llegamos a la parcela.            
Al llegar allá nos dispusimos a construir un ranchito porque el que teníamos un ventarrón no los tumbó, pasamos todo el día trabajando hasta que cayó la tarde, pero como no logramos terminar el rancho decidimos ir a dormir a un rancho que estaba en una parcela vecina.
Recogimos todos los implementos de trabajo, las hamacas y nos fuimos sabana adentro, para sorpresa nuestra al llegar cerca de la quebrada que sirve de lindero entre las dos parcelas nos damos cuenta que está creciendo muy rápidamente y sin haber caído ni una gota de lluvia en el lugar.
Teníamos que encontrar la forma de cruzarle porque de lo contrario dormiríamos a la intemperie y de tanto pensar la única solución era cortar un árbol llamado drago, que media como cinco metros de largo y empezamos a cortarlo pero como era tan grueso tardamos mucho y mientras pasaba el tiempo el agua nos tapaba más y así pasábamos un buen rato hasta que de repente apareció un babo grandísimo que abarcaba toda la quebrada y nos sirvió de puente para cruzar hacia el otro lado.

LA SILLA MÁGICA
(Rosalba Angelina Blanco Mena, Jaime Luis Vásquez Sequera y  Maira Yelitza Lozada Guerra)
Cerca de un sitio llamado Brisas del Retoño, aquí en Las Vegas, vivía el señor José Brito; distinguido, por la mayoría de los habitantes, como una persona de buenos sentimientos y colaborador con sus semejantes. Él solía pescar todas las tardes hasta el anochecer, para así, el día siguiente vender los pescados en el mercado; pero, una de esas tardes se le paralizó la canoa en medio del río, bajó hasta la orilla a buscar ayuda, de pronto, observó algo  muy resplandeciente entre los arbustos, se acercó y en eso oyó una voz que le dijo: ¡Eres el único que ha tenido coraje de venir a contemplarme
¿Quién eres? Preguntó, José Brito.
¡Sácame de pena! Contestó la voz que salía de los arbustos
¿Qué quieres? Preguntó, nuevamente, Brito.
Y terminando de hablar… en el medio de una luz resplandeciente se le apareció una hermosa silla que le faltaba una pata. Brito se respondió a sí mismo: Seguro es un muerto y quiere que yo lo saque de pena, lo que puedo hacer es llevarme esa silla para mi casa. Pero ¿Quién ha visto una silla tan hermosa en estos matorrales? ¡Parece la silla de un rey! Exclamó.  Dame valentía; si quieres que te saque de pena le dice Brito a la silla.
Bueno, ahí mismo comenzó a llover, y entre truenos y relámpagos en la oscuridad de la noche decidió llevarse la silla para su casa. Los habitantes del pueblo Brisas del Retoño al ver a José Brito sentado en la silla, le preguntaban: ¿De dónde sacó semejante silla tan hermosa?
Ese es un regalo divino que me envió Dios, para que toda persona que esté enferma reciba curación al sentarse, les contestaba Brito. En aquel pueblo tan pequeño, los rumores iban de un lado a otro, llegó a oídos de un incrédulo y mal intencionado hombre apodado el Tuerto, que lo único que pretendía era robarse la silla. Un día apareció por casa del señor Brito y le dijo: Me encuentro muy enfermo, vengo por aquí señor Brito; la gente del pueblo me ha hablado de su famosa “Silla Mágica” que cura las personas.
Brito responde: Sí hijo, es mágica porque hace milagros, hasta el más inválido se ha levantado sano de ella, pero debes tener mucha fe.
Replica el Tuerto: Más fe de la que yo traigo no puede tener nadie señor… ¡Ah! ¡Ah!. Regáleme un vaso con agua, que la sed me está quemando.
El señor Brito, siempre tan benévolo, no percibió la mala intención del Tuerto y se dirige a la cocina por el agua. El Tuerto, rápidamente, roba la silla y se desaparece sin dejar rastro. El señor Brito y los otros habitantes de Brisas del Retoño revisan todo el pueblo, hasta que encuentran al Tuerto muy enfermo, pero sin la silla; ya que su enfermedad era como un castigo por haber robado la silla para realizar fechorías con ella.
Los médicos no dan con la causa de la enfermedad del Tuerto y durante varios días de agonía muere, y el sitio donde fue sepultado, es llevado por una creciente del río; ahora cuentan que ese el final de las maldades de aquel hombre, que ni la naturaleza lo quería.
La silla reaparece después de varios días entre los arbustos de la casa del señor Brito, convirtiéndose en el curandero más famoso del pueblo Brisas del Retoño por ser el dueño de la muy nombrada “Silla Mágica”.   

Textos tomados del libro: 100 CACHOS: ANTOLOGÍA DE LA NARRATIVA  FANTÁSTICA ORAL DE COJEDES (Isaías Medina López; 2013) San Carlos: UNELLEZ-VIPI.


EL ESPANTO DE CAÑO SECO
(Humberto Salas, “el Tigre de Guayabal”)

Aaaayyylailaá
Entre palos de aguardiente
voy a contá este relato
de una historia verdadera
escuchen lo que resalto:
en las Llanuras del Toro 
pasando por Medano Alto
no hay llanero que camine
cuando comienza el ocaso
y si alguno se aventura
puede tener su fracaso
y por si esto fuera poco
les voy a contar el caso,
mi compadre Rafaelito,
recuerdo que un Viernes Santo,
como a las seis de la tarde
empezó a ensillar su zaino
sin pensar que la pavita
pasaba por Medano Alto
con esas noches oscuras
salen miles de aparatos
salió a galope tendido
con la sonrisa en los labios
llevaba un puñal en cruz
un mandador preparado
pero como los percances
le suceden al porfiado
cruzó una mata sombría
donde pastaba un  rebaño
al salir de la sabana
vio galopar un caballo
por fracciones de segundo
la distancia iba acortando
como a los cincuenta metros 
notó que venía montado
por un extraño jinete
que no había visto en el Llano.

Aaaayyylaila
El caballo relinchó
con un relincho macabro
y el jinete lo saluda
extendiéndole la mano,
pero Rafael receloso
trata de seguir de largo
y el potro se encabritó
y no pudo dar un paso
el extraño personaje
le dice con voz de ahogado
“Yo vengo de Caño Seco
a hablar, con usted, paisano,
para que tenga una idea
soy emisario del Diablo
y por si a usted, le conviene
su valor quiero probarlo
vamos a la mata aquella
donde tengo algo enterrado
pa´ que me saque de penas
y dejarlo acomodao
sólo le pido una cosa
que tenga mucho cuidado
de hacerme cuarenta misas
entre miércoles y sábado
porque al final de su vida
no quedará ni un centavo
si no cumple su promesa
también vagará en el Llano”.
   
Este poema es tomado de “ANÁLISIS DE FIGURAS ESPECTRALES EN EL CORRÍO Y LEYENDAS DEL   CANTO LLANERO TRADICIONAL” de Isaías Medina López, Duglas Moreno y Carlos Muñoz. Texto no publicado; UNELLEZ-San Carlos (2008)

Disfrute de este audio de un joropo fantástico llanero:

UN SAPO COMIENDO ÑEMAS DE IGUANA 
(Simón Díaz)

domingo, 5 de junio de 2016

Cuentos fantásticos del Llano (5). Varios autores; versos y audio musical

Joropo llanero (archivo de Santo Kiroga)

CACHOS LLANEROS 
El mito: origen y devenir del cacho
El Dorado, el mito más célebre de América, obtiene gran parte de su fuerza literaria gracias a las exageraciones que los indígenas cohaeríes relatan a Nicolás de Federman, el famoso Barba Roja, al arribar a la capital de estos (actualmente, El Baúl, estado Cojedes), en 1530. Los coharíes le cuentan que las crecidas del río cohaerí (hoy río Cojedes) abren la ruta naval hacia Hamoda: las tierras del cacique “Dorado”, o Ha Modado: “el que se cubría de oro a diario”, lo cual recrea Federman en diversos relatos, cartas y en Historia Indiana (1557), para excitar, como pocos factores, las fantasías y sed de oro del colono europeo que se unirá al ancestro indígena para dar inicio al mestizaje, al cacho y a la cultura llanera en general.
De dichos pasajes quedan: a) el legado cachero de jurar que todo lo que se cuenta es cierto, inclusive, los que: “Juraban sobre escapularios de la Virgen del Carmen, que era palabra santa” (Borjas, 2010, p. 111)  y; b) una pasmosa fabulación sobre el hábitat llanero (animales, frutos, tesoros y ríos): caimanes y demonios de veinte metros, frutos donde caben rebaños, morrocoyes iguales a una montaña. 

El cacho tiene diversas aplicaciones para el llanero


EL TIGRE MASAGUARO
(Jaime Ramón Núñez)
   Una vez por el caserío Laya, cerca de Tinaco, había un tigre cebú, que se comía todo lo que hallaba: jabones, ropa, gallinas, perros, chivos, patos, en sí, nada se les salvaba y era difícil de cazarlo porque, se comía las cosas delante de uno y nadie se daba cuenta. Subiendo el cerro Tiramuto, un día cansado de la situación, me dije hasta aquí llegó Perucho, agarro mi escopeta y me monto en el lomo de mi mula Rosalía, dispuesto a acabar con aquel animal.
Después de haber avanzado un largo tramo del camino, de pronto me pega un fuerte olor a tigre  y preparo mi escopeta a la espera del animal, pero para mi sorpresa mi bonita mula Rosalía, empieza a relinchar desesperada y corría para todos los lados, como si estuviese peleando con el chupa cabras. La pelea dura un largo rato, cuando me doy cuenta el tigre me había comido la mula, como al que le roban las medias sin quitarle los zapatos.
Luego que el tigre se comiera a mi bonita, compa,  quedo yo montado sobre aquella bestia, ahí comenzamos una lucha cuerpo a cuerpo;  él me buscaba tumbar y yo me agarraba más duro que vieja en moto, así recorrimos todo el camino, el me mordía y yo también hasta que un momento estábamos muertos del cansancio y nos paramos y yo todo turulato, me bajo despacio y cuando me dispongo a matarlo, me di cuenta que el tigre de tanto relinchar y correr, me había llevado hasta mi casa;  por eso no lo maté y por el contrario le di las gracias, ahora somos amigos y no se volvió a comer más nada en el caserío. 
"Yo la encontré limpiando y al minuto estaba lista para salir


MI SUEÑO EN LA BARRIGA DE UN CAIMÁN
(Francisco Ignacio Pérez)
Yo estaba mal económicamente, sólo tenía una bodeguita con cuatro latas que era lo que me quedaba, mi mujer y mis ocho muchachos. En eso vino la novedad de las ollas de aluminio y la desesperación de las amas de casa por cambiar sus ollas de barro por aquellas que hervían más rápido, pues calentaban más.
Vendí  la pulpería  y  con las tres lochas que me dieron invertí en ollas de aluminio. Las compré, las amarré todas en un alambre, me las tercié al hombro y salí de Tinaquillo para el llano a vender mi preciosa mercancía. Llegué al Apure y como a las cinco de la tarde estaba en la orilla del río Arauca. Me acerqué al agua y me adentré un poquito con mi cargamento al hombro, mis plateadas ollas y una hamaca enrollada con sus correspondientes colgaderos. Me paré sobre una piedra y quise tocar el agua con los dedos; pero en eso vino un gigantesco caimán y me tragó, con tan buena suerte que no me mordió, me tragó entero.
Cuando me recuperé de la sorpresa, me ví dentro de la barriga del caimán. Éste de vez en cuando abría la bocota y yo podía ver la orilla del río, los árboles y toda la vegetación llanera; pero así como el caimán abría la boca la volvía a cerrar rápidamente. Me tranquilicé y recordé que los caimanes en las mañanas abren la boca por largo rato para cazar moscas y todo insecto volador. Entonces me llené de paciencia y pensé en... ¿Cómo pasar la noche?... luego observé las costillas del saurio y sacando del cinto mi cuchillo doble filo abrí un hueco por detrás del hueso de una costilla derecha, luego hice lo mismo para el lado izquierdo y metí el mecate, cada uno en su lado correspondiente. Luego colgué la hamaca y me dispuse a dormir.
Pasé una noche muy apacible y en la mañana, después de ese sueño reparador, me levanté con mucho ánimo, lleno de vigor, decolgué la hamaca, la metí en el porsiacaso, me monté de nuevo mi carga en el hombro y después me paré en el guargûero del caimán a esperar que éste abriera la boca para poder salir. Varias veces le rasqué la campanilla en el paladar y el caimán tosía. Así estuve como una hora. A las siete de la mañana, efectivamente, el saurio salió a la playa del río, abrió su inmensa bocota y yo en una sola carrera salí de la boca del animal. Sentí cuando tropecé con un colmillo; pero con tan buena suerte que no me caí. Si me hubiese caído no lo hubiese contado. 

LOS DOS SEMILLONES
(Robins Sánchez)
La vida diuno en el campo es muy forzá y con lo único quiuno cuenta es con la mujé y el conuco. Yo sé que la vida tiene no sé qué cosas más, pero un rancho sin el calor de una mujercita es como un corral sin vacas, y un hombre sin un piazo e conuco, manquesea, es naiden. Tené un conuco es como tené una herencia, que si uno la descuida se le acaba poco a poco. Es guardá una esperanza pal futuro. Mi taita decía que es como tené un mañana y que la tierra es la vida diuno. Siempre me levanto muy tempranito con el cantar del gallo, y me preparo pa’ ime a trabajá mi conuco, no sin antes tomame mi guarapito y comeme unas arepitas de maíz, tostadas en el budare. En mi conuco paso casi to’ el día, cuidando mis ñames, topochos, maíces y quinchonchitos. También en mi conuco tengo unas gallinitas, un casal de pavos y unos cuantos guineítos. Los conucos son pa’ sembrarlos y sirven hasta pa tené amigos.
Una tarde, regreso de mi conuco, me encuentro al compadre Eleuterio Ramos, que ique me trajo doce millones pa’ resembra el conuco, me los entregó metidos en una bolsa e papel y me dijo: estos doce millones vienen de Las Caobas, cuídelos muy bien, valen oro. Yo me le quedo mirando y le digo: compa por qué razón viene usted y me da estos doce millones, no será que usted me está mamando gallo. Riéndose y todo me dice: como va cree compadrito, estos doce millones son el fruto de mi esfuerzo, entiérrelos y cuando estén listos me avisa pa vení a ver cómo crecen mis doce millones. Tomé los doce millones y los metí en la marusa y al otro día los enterré en la pata diun palo e ceiba que tenía más raíces que venas en el cuerpo.
No sé por qué razón, estuve sin ir tres meses por esos lares,  pero un día me acordé, agarré mi burro y me fui a ver que había pasao con los doce millones. Al llegar al lugar lo que vi no tenía nombre. En la pata de la ceiba lo que había eran dos frondosas auyamas tan pero tan grandes, que al velas se me espelucó el cuerpo y casi dejo el pelero. El burro estaba muy  asustáo, rebuznaba como loco. Eran unos auyamones tan pesaos que ni yo podía con ellos. Como pude las amarré con un mecate y les hice un nudo, las pegué al burro y lancé un mecate en la horqueta de la ceiba y arrié al animal debajo e las auyamas y se las dejo caé al lomo. Al  pobrecito se le cruzaron las patas y echó un quejío, pero aguantó. Agarré rumbo al rancho y al cruza po el barotal la gente se me quedaba viendo, así como remolones y estrañaos. Cuando llegué la mujé pegó un grito como el de la Sayona y de vaina no se desmaya y come tierra. No lo creía. Metimos al burro pa la cocina y cuando estábamos bajando los auyamones, se nos cayeron y se espiazaron. Pa nuestra sorpresa vimos lo nunca visto, una bandá e picuritos corriendo por to a la casa. Esas auyamas eran grandes y pesás porque tenían dos picuritos bien gordazos adentro. Mi vieja y yo cerramos las puertas del rancho y atrapamos los picures.
Cansáo de corretiá los animales, me senté en mi silla y me puse a pensá lo que había dicho mi compadre el día que me entregó los doce millones y me acordé que él me había dicho que le avisara cuando los doce millones estuvieran listos. Rapidito monte el burro y me fui a casa del compadre, cuando llegué le pedí que me acompañara pa mi casa pa que viera lo que había pasao con los doce millones. Al llegá a la casa le conté lo sucedío. Mi compadrito se echó a reí, porque se dío de cuenta  que yo estaba pensando que eran doce millones de rial y no dos semillones de auyama importá. Ese día mi muje hizo un picadillo e picure y una sopa de auyama que estaba como pa chupase los deo y los picures ni se diga, estaban jugositos y sabrosos. Yo creo que esos pobres picuritos nunca habían salió de las auyamas, y ahora menos.

LA CARRERA ESPANTADA
(Deyssi Elizabeth Silva Fuentes)
    Salí como a las 5 de la tarde del conuco, con la mula cargada de maíz jojoto para hacer las cachapas al otro día en la mañana. Me fui silbando ladera abajo y sentí que algo me seguía, la piel se me puso como de gallina y los pelos como de puerco espín. El agua la sentía más fría y húmeda que de costumbre y al andar la sentía más sólida y mis pies más pesados; con el temor de mirar atrás, trataba de dar los pasos más largos, pero sentía que el camino también se alargaba. Para llegar a mi casa, había que adentrarse montaña adentro.
A la mitad del camino, estaba un palo de pomarosa; de ese lugar se contaban muchas tenebrosas historias… Que salía un muerto sin cabeza; una mujer arrastrando unas cadenas, y llorando detrás de uno; una hamaca llena de sangre y huesos; hasta un ahorcado pataleando y pidiendo auxilio y al que lo trata de ayudar, lo toca y lo vuelve loco. Era un destino con reversa, mas no con desviaciones. Yo había salido con unas chancletas al conuco. Me quedaban grandes. Ya se acercaba aquel tramo tenebroso y era lo que más me asustaba.
Siempre pasaba por aquel lugar, sin ver hacia arriba, ni hacia atrás y con una oración en mi boca; pero aquel día los nervios me traicionaron y fue todo al revés; maldecía y golpeaba a la bestia para que se apurara. Para llevarme la contraria, o quién sabe por qué, la mula se echó justo debajo del árbol… La halaba, la empujaba, la golpeaba y nada;  ella permanecía como si estuviera maneada.
Los grillos anunciaban la noche, la tarde estaba helada, no obstante el sudor bajaba por mi frente como chorros de amarga hiel.  Cada instante, la noche se volvía noche, más negra, más densa, mas tenebrosa, más espesa.
El miedo me dominó y quise correr para alejarme de  allí, sentía que iba en cámara lenta. Miré alrededor y solo veía sombras blancas en la oscuridad de la noche, se movían de un lado a otro, burlándose de mí. Corría con mucha fuerza y a medida, piedras golpeaban mi espalda.
En algún momento una de mis chancletas escapó de mis pies, y al regresar a buscarla; no abrí los ojos, mis manos me decían que sentían pavor de caminar por la superficie para no sentir lo que yo no quería ver,  temblaron, hasta que consiguieron la chancleta, me quité la otra y seguí corriendo. Ya no sentía las piedras ni veía las sombras. Llegué a mi casa y no dije nada.
En la mañana regresé por la bestia… y allí estaba, muy tranquila comiendo pasto fresco; la tomé por la cuerda y dispuse a regresar, mirando a todos lados donde se movían las sombras en la noche. Cuando había caminado un trecho, sentí en mi espalda una piedrecita, me llené de valor, volteé y no vi nada. Me dirigí a todos lados y solo vi hojas de titiaro y cambur. Seguí caminando y unos pasos más sentí otra piedra, caminé más rápido y esto pasaba con más frecuencia, caminé lento y así ocurrió.
Una fría brisa movió las hojas y miré su lado opuesto, blanco como la sal; pero allí seguía las piedras golpeándome la espalda. Me quité las chancletas nuevamente por si tenía que correr pero no siguieron las piedras.
Me coloqué otra vez las chancletas y allí estaban de nuevo, me detuve y me quedé estatus. Saqué con cuidado mis pies y las astutas piedras estaban allí, en la parte sobrante de las chancletas, esperando que moviera el paso para pegarme por la espalda.

Textos tomados del libro: 100 CACHOS: ANTOLOGÍA DE LA NARRATIVA  FANTÁSTICA ORAL DE COJEDES (Isaías Medina López; 2013) San Carlos: UNELLEZ-VIPI.


POR ANDAR DE FIESTA EN LA CHEPERA
(José Lobatón)

Lo que les voy a contar
es una historia verdadera.
Un día salí de El Muertico,
a una fiesta en La Chepera,
resulta que ese barrio                                                                había una fiesta muy buena,
con arpa, cuatro, maracas,
cerveza, ron y ternera;
cuando comenzó el joropo,
saque a bailar a una morena,
repicando un zapateo
pa` que la gente me viera.
Antes de terminá el joropo,
yo me puse a hablar con ella,
y le pregunté su nombre
para que ella  lo dijera;
a mí me llaman Carmita
pero mi nombre es Elena,
le dije con mucho amor
tú me gustas mi morena,
yo me casaría contigo
aunque tus padres no quieran.
Después que yo me expresé
de esa manera tan güena,
esta muchacha quedó
igualita que en la cédula;
la invité para su casa,
pa que una agüita me diera,
ante e llegá a su casa,
me echaron una carrera
y llegué hasta Campo Alegre,
y me compré una botella,
llegando a la Pica Tres
me espantó una cosa fea;
un perro con los dos ojos
parecían  braza e candela;
luego  desapareció
y se convirtió en una vieja,
más acá de la batea
llegando a La Miguelera,
un hombre vestío e blanco
en una bicicleta vieja,
y se escapaba adelante
chocaba con una ceiba,
después de chocar bastante,
salió prendío en candela,
cuando miré ese demonio
pegué una sola carrera,
ahí perdí los zapatos,
el sombrero y la botella;
ahí fue que perdí la maña
de ir a fiesta en La Chepera.

Nota: Este poema fue tomado de EL LLANO EN VOCES: ANTOLOGÍA DE LA NARRATIVA FATASMAL COJEDEÑA Y DE OTRAS SOLEDADES, edición de  la UNELLEZ- San Carlos. Compilación de Isaías Medina López y Duglas Moreno (2007). 

Disfrute de este audio de un joropo fantástico llanero:

EL CAIMÁN DE BOCA BRAVA (Francisco Montoya)

sábado, 4 de junio de 2016

Cuentos fantásticos del Llano (4). Varios autores: versos y audio musical

Mujer llanera en el archivo de Pablo Araque

CACHOS LLANEROS 

El cacho llanero: Una denominación problemática
Los símbolos referentes de estos cuentos son muy diversos. En el contexto llanero, un cacho, además, puede ser: una arista o saliente; un envase para beber agua o para resguardar el preciado chimó; y también; el puñal viviente de la res bravía y como tal se canta: “No le tengo miedo al toro / sino al cacho que es puntú”. El cacho es firme, delineado, pero, además, curvo y peligroso: encierra un espacio de sombras. En culturas antiguas, tras sacrificar a toros y cabríos, convertían sus astas en trompetas, cuyo eco, mágico y penetrante,  inspiraba increíbles hazañas míticas.   
Otra fiesta llanera del cacho es el “cantar la punta”, hecho por el capitán de la comparsa de Las Locainas  el “Día de Los Inocentes” (28 de diciembre). Los integrantes, a cada toque del cuerno, realizan parodias hilarantes alusivas a ese sombrío pasaje bíblico, como madres dolientes, niños-víctimas o el cruel Herodes. Hay  risas y simulacros, pero en cada “punteada” resurgen inocentes muertos, madres frenéticas de dolor y homicidas: son fantasmas invocados por la punta de un cacho.     
El cacho como “punta” dibuja el arreo de las bestias o de una “punta de ganao”, guiada por “punteros” y “traspunteros”. Tras cobrar su paga, los arrieros practicaban el arte marcial llanero de eludir los varapalos de otro arriero, en el “juego de puntas de garrote”. La expresión “cacho en la manga” marca el gran festejo de los toros coleados, en cambio, “puntada” traduce un dolor agudo y penetrante, o un antojo inoportuno. 


Baile del joropo; esencia de cuentos, como lo son los cachos llaneros

LA CÉDULA DE IDENTIDAD
(Heriberto Pérez)
Vengo yo en mi moto, como siempre lo hago; de El Baúl a Tinaco y de Tinaco a El Baúl. Venía corriendo bastante, venía corriendo tanto que no me di cuenta que había una alcabala. Inmediatamente, un funcionario se pegó a perseguirme, logró alcanzarme y me dice: -Deténgase ciudadano, ¿de dónde viene y hacia dónde se dirige? -Vengo de El Baúl y hacia Tinaco voy.  -Usted, ¿cómo que se está burlando de mí? -De ninguna manera, señor funcionario.
-Deme su cédula.
-No se la voy a dar, para qué botó la suya.

Las rudas faenas del Llano son fuente de inspiración de la narrativa del  cacho 

LA TIERRA DE LOS PAPERÚ
(Jaime Ramón Núñez)
  Resulta que un día me fui a cazar por los lados de Chivacuto y como en ese cerro, dicen que salen espantos yo andaba medio asustado, en ese momento me pasa un pájaro cerquita de la cabeza y cuando intento esquivarle, caigo a un hueco que parecía un túnel, por ahí rodaba, rodaba, ese hueco tenía como dos mil metros. Después de tanto rodar, llegué a un atierra rarísima, todo era diferente pero lo más extraño fue que todos los habitantes de ese lugar eran paperú; sí,  todos tenían grandes paperas. Luego de tanto rodar por el túnel, me dio un sed horrible tenía la garganta seca y entonces me acerco a una casa a pedir un poco de agua y sale un niño, que cuando me ve empieza a reírse, ese niño se revolcaba en el suelo y le pregunté que le pasaba y no paraba de reírse, así pues que le dije que llamara a la mamá.
     Entra el niño a la casa y todavía va muerto de la risa y la mamá le pregunta ¿Qué te pasa hijo de que te ríes? Y el niño nada que habla, hasta que la señora se molesta y lo regaña y el niño le dice, es que allá afuera, está un señor pidiendo agua, pero tiene el cuello delgaditico y la mama le dice que respete que si quería que Dios lo castigara y se le pusiera el cuello así también, el niño se puso a llorar y me pido disculpa porque no quería tener el cuello flaquito como el mío.

EL TEMBLOR MECANICO
(Antonio Morillo)
    Cierto día, fuimos a pescar a un caño que cae por detrás de las Galeras de El Pao, llamado Corozo, andábamos un grupo de seis personas,  nos trasladamos en un Jeep Willis, al cual le habían adaptado una plataforma de 750. Para poder llegar al lugar pasamos muchos tragos amargos, ya que la vía estaba muy deteriorada y el carrito tenía una falla de electricidad pero al final con sacrificios llegamos.
     Al llegar al lugar nos dispusimos a pescar, sacamos las tarrayas y nos metimos al agua, esa pesca era una locura cada vez que lanzábamos un tarrayazo, sacábamos montones de pescado, al cabo de dos horas habíamos sacado cerca de cinco mil kilos de pescado y seguíamos sacando, era una cosa increíble y así seguíamos hasta caer la tarde.  
    Luego de varias horas habíamos recolectado diez mil toneladas de pescado de todas clases y decidimos retomar, pero al tratar de encender el Jeep, este no respondía debido a la falla de electricidad que traía desde el comienzo, tras varias horas tratando de repararlo y no obtener resultados, recordé que en ese caño habían tembladores y si sacábamos uno, se lo podíamos conectar al Jeep y poder encenderlo pero parecía algo imposible. Es cierto parecía imposible, pero como la peor lucha es la que no se hace, le echamos tarraya a esos tembladores y luego de varios tarrayazos, logramos sacar uno, pero al intentar despegarlos me dio una descarga que me lanzó como a treinta metros, en ese momento recordé lo que decía mi abuelo, que después de siete descargas ya no se sentía nada y decidí seguir intentándolo.
Al pasar por las siete descargas me di cuenta, que era verdad lo que decía mi abuelo, porque ya no sentía ni los dedos y el pelo lo tenía chamuscado, pero al final lo despegué y se lo conectamos al Jeep y pueden creerlo, que desde ese momento no falló más. “Algunos no creerán esta historia pero pueden preguntarle al perro cazador que cargábamos ese día, el vio todo completico”.

LOS MILAGROS DEL MORROCOY 
(Nilibeth Yulexi Martínez Aular)
  Una tarde soleada cuando se veía el sol bien grandote a lo lejos, cuenta mi tío Jesús Rafael López, que mi abuelo, Ramón Antonio López, se encontraba en su conuco, en Cojeditos,  un pueblito cojedeño. Mi abuelo estaba acostado en una perezosa viendo la siembra de quinchoncho de más o menos media hectárea de  terreno; lo cierto es que ya era tiempo de cosechar y mi abuelo estaba cansado porque había limpiado los alrededores del ranchito que estaba enmontao, así se levantó y viendo todo el trabajo que restaba pensó: Naguaraaaaaa con ese rayo de sol yo no voy a estar cosechando nada… Pero cómo hago si las tripas me suenan del hambre que tengo.
     Era tanta la pereza que tenía, que al ver una piedra bien grandota y que estaba cerquita de una mata de quinchonchos se sentó en ella y arrancó dos vainitas que cuando mucho tenían seis quinchonchos  cada una y con esas dos vainitas se fue para el ranchito y montó una ollita con agua y sal y echó los quinchonchos y rascándose la cabeza dijo: Bueno, creo que alcanza para rellenar la arepa que me quedó de la mañana. Se acostó un rato en el chinchorro y del cansancio que tenía se quedó dormido, de repente se despertó y para su sorpresa cuando ve que la olla ya no le cabía más  quinchonchos; aquella cosa parecía que cada grano se había dividido en cien granos más y mi abuelo no sabía si alegrarse o asustarse al ver cosa tan  rara.
            Del susto fue a ver las matas preguntándose: Esto sí es raro porque yo siempre había cosechado y no había pasado esto. Pero de lo que no se había percatado era que de las vainitas que estaban alrededor  de las piedras eran más gruesas que las otras. Por curiosidad movió la piedra y vio que no era una piedra sino un morrocoy gigante; pero… “qué tenía ese morrocoy que hacía el quinchoncho rindiera tanto pues”, dice mi abuelo asustado.
     Detalló que la tierra allí era más amarillenta que el resto. Resulta que era orine del morrocoy. Ahhhhhhhhhhhh Con razón; el orine del morrocoy es como urea para el quinchoncho, eso es, pensó. Luego, ve otras piedritas cerca del morrocoy; pero tampoco eran piedritas; sino que eran crías del morrocoy  y eran como diez.  Ajá,  mi abuelo muy alegre dijo:
Aquí lo que tengo que hacer  es poner cada cría  en un lado de la siembra y así tengo bastante quinchoncho y hasta me queda para vender, hasta me sobra pues. Y eso hizo; el morrocoy grandote se lo llevó para su casa  y lo puso en una siembra de patilla  y las crías las dejó en el conuco con el quinchoncho; hasta montó una venta de quinchoncho y la gente le compraba sacos enteros y les rendía meses, imagínese usted. Hoy en día siguen los morrocoyes  allá, en el conuco de mi abuelo, por los lados de Cojeditos y están grandotes. Hay que ver, pues, lo que es este mundo.   

LA ENANA  
(Juan Belisario Rodríguez Peña)

Se hallaba Juan Belisario
cerca del pozo de La Enana
y lo sorprendió   una culebra
con la cabeza de  iguana
que por decirles muy poco
medía como treinta varas
y  se vio en la boca del bicho
amarillo  como auyama  
Si ese animal se alebresta
de mí lo que queda es nada
desenfundó un crucifijo
y la Oración de Santa Ana
y así del suelo brotaron
dos tallos de  mejorana 
que los tomó Belisario
volviéndolos cerbatanas
y se los metió en la garganta
como pito de membrana
que aquella culebra brava
se fue con la cara plana
escapando como pudo
por esa maña temprana
oyendo que Belisario
roncaba como caimana
de las que salen allí
en el pozo de La Enana
con colmillos como un poste
y la lengua de macana
Y por eso es aquí estoy yo
Cantando más que una rana.

Textos tomados del libro: 100 CACHOS: ANTOLOGÍA DE LA NARRATIVA  FANTÁSTICA ORAL DE COJEDES (Isaías Medina López; 2013) San Carlos: UNELLEZ-VIPI.

Disfrute de este audio de un joropo fantástico llanero:

EL SALVAJE DE LA SIERRA
(Dionisio Garrido)