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jueves, 18 de octubre de 2012

Los Chaima y el Primer Hombre (Lisandro Alvarado)

Descendientes de los pueblos originarios de América
(Archivo de Yorman Posada) 




DANZA
El baile kuéti (voz que significa animal) de los Maipure, era de hombres. Fingíase en él que las serpientes venían a danzar con ellos, llevándoles bebidas. Los Avano llamaban esa danza kasimeyé: bailábanla al son de trompas en forma de embudo, hechas de corteza de márano (o maramo, e. i. Copaifera officinalis), de varios tamaños y de dos flautas desiguales en tono, de cinco a seis palmos de largo, hechas al parecer de palma aracu (Bactris sp,? Socratea sp.?)

El baile yamavari, al son del tambor, se ejecuta de la manera siguiente: Cuatro indios, pintados de negro y lanza en mano, con cascabeles al pie, se ponen en fila y el que ocupa una de las extremidades marca gravemente siguiendo el paso, siguiendo una circunferencia cuyo centro ocupa la otra extremidad de la hilera; dan cuatro pasos adelante y cuatro atrás; las mujeres acompañan el movimiento, colocándose detrás de los indios, su mano en el hombro de estos.

El yapururu. Esta danza se efectúa formando los hombres y las mujeres dos líneas paralelas a unos diez pasos de distancia una de otra. Estas líneas guiadas por los músicos ya avanzan simultáneamente una hacia la otra con pasos rítmicos y mesurados; ya se retiran mutuamente hacia su respectivo lugar de partida; ya es una sola línea avanzadora marchando hacia la otra que permanece firme en su puesto, pero marcando el compás; ya se traspasan ambas líneas, ocupando cada una el lugar de la contraria y ya en fin, se fusionan formando una sola columna, abrazados unos a otros por detrás, y marchando rítmicamente, con los músicos a la cabeza, alrededor de un círculo imaginario. En esta danza, cada hombre lleva sujeta al tobillo derecho una maraca de yuco o yoco, que suena agradable y sonoramente con la que marcan la marcha rítmica de los movimientos. Se ejecuta esta danza al son de yapururos (1) comunes y con ella celebran los indios de Río Negro la abundancia de comestibles, la recolección de frutos, la captura de los peces, la fiesta de “los cabezones” (especie de tortuga).

El baile curimina (pilón) se dispone ocupando los músicos el centro y girando los danzantes en derredor. Los hombres llevan en la mano derecha el pilón o mortero que es un madero cilíndrico, liviano, hueco y sonoro, pintado con varias figuras, largo de cosa de un metro y de la mitad en circunferencia. Con el tal pilón golpean fuertemente el suelo a cada salto de la pareja. El sonido que es grave y sonoro, se oye muy lejos durante la noche.

El curumare (2) se baila al son de los carrizos, flautas de pan, del modo que sigue, se avanza el píe derecho un paso hacia delante, luego se levanta el pie izquierdo un poco más de una cuarta del suelo y como cuarenta centímetros detrás del derecho; y una vez así, estando el bailador en un solo pie, da un pequeño salto como de 20 centímetros de altura, e inmediatamente después del salto y sin tocar el suelo con el pie izquierdo, avanza este hacia delante y luego levanta a su vez el pie derecho como a unos 20 centímetros de altura y como a 40 centímetros, detrás del izquierdo y repite el mismo salto que realizó con el derecho para volver a empezar con éste la evolución ya descrita. La rápida repetición de este movimiento es lo que constituye la danza del curumare, como el pilón, la disposición de los danzantes es circular, colocándose la orquesta en el centro del círculo.



MITOS

Los pueblos del Alto Orinoco, del Atabapo y de Inírida, no tienen, otro culto que el de las fuerzas de la naturaleza. Llaman al buen principio Cachimana, que es el Manitú y el Gran Espíritu, que gobierna las estaciones y favorece las recolecciones de los frutos o producciones. Al lado de Cachimana hay un principio malo y Olokiamo manos poderosas; más astuto y activo.

En las orillas del Orinoco no existe ídolo alguno como entre los pueblos que han permanecido fieles al primer culto de la naturaleza; pero el botuto, esa trompeta sagrada, se ha hecho entre ellos un objeto de veneración. Para ser iniciado en los misterios del botuto es preciso ser de costumbres puras y haber quedado soltero. Los iniciados se sujetan a flagelaciones, ayunos y otros ejercicios penosos. Solo hay un pequeño número de estas trompetas sagradas; pero la más célebre de todas es la que está colocada en una colina cerca de la confluencia del Tomo y el Guainía, que, dicen ellos, se oye a un mismo tiempo en las riberas del Tuamini y en la Misión de San Miguel de Davipe, a una distancia de 10 leguas. El P. Cerezo nos aseguró que los indios hablan del botuto (3) del Tomo como de un objeto de veneración y de culto común a muchas poblaciones o colonias inmediatas: que colocan alrededor de la trompeta sagrada frutas y bebidas embriagantes, y que el Grande Espíritu (Cachimana) hace sonar por sí mismo el botuto, o bien hace manifestar su voluntad por el que está encargado de la custodia del instrumento sagrado. Como estas truhanerías son antiquísimas (de los padres de nuestros padres, dicen los indios) no debe espantar que hayan encontrado incrédulos; pero estos no manifiestan sino por lo bajo su modo de pensar acerca de los misterios del botuto.

Preguntados los Chaima acerca del primer hombre, respondieron que fue un indio llamado Amanaroca, que otros llamaban chotokom - piar, esto es, el origen o el primero de los hombres. Acerca del indio llamado Amanaroca, que ellos dicen es el primero de los hombres, discurren mil desatinos; dicen que el tal indio no tuvo padre ni madre, sí sólo un hermano, llamado de unos Hurvipuin, que es lo mismo que no tener hermano mayor; de otros Conoroime: estos dos hermanos Amanaroca y Hurvipuin, dicen se disgustaron en ciertas ocasión y Amanaroca como más valiente cogió a su hermano y lo arrojó sobre un cerro convirtiéndolo en peñasco el cual se ve a la falda de cerro del Guácharo, sobre un cerro redondo en lo más alto de su cumbre a modo de pirámide, y se descubre de muy lejos; esto es lo que comúnmente dicen los indios acerca de esta materia y queriendo yo averiguar estas cosas en cierta ocasión, pregunté a un indio que sabía la lengua española, que quería decir Hurvipuin, el hermano de Amanaroca, el convertido en piedra; respondió el tal indio en nuestro idioma diciendo que Huervipuin es lo mismo que Cristo en especial; Pregúntele, y ese hurvipuin tuvo padre, dijo que no, pero que madre sí y que a tal los indios llaman María, de la cual respuesta solo pude colegir, que algún indio ladino que entendía la lengua española, oiría alguna vez aquello de que Petra autem erat Christus y que Cristo era hijo de María Santísima. En Chaima, urui es hermano mayor; puin es proposición negativa: literalmente, sin hermano mayor.

La idea de una antigua inundación general predomina en casi todas las tribus del Orinoco. Hállase entre los indios del Erevato, los Maipure de las grandes cataratas, los Tamanaco. Los Achagua llamaban ese diluvio katena manoa (laguna general), según Rivero. Esta vieja tradición, que reproduce en América los mitos de Noé, y de Pirra y Deucalión y el de la edad del agua de los mexicanos, ha sido recogida entre los Tamanaco en la forma siguiente, contada a Gilii por el cacique Yucumare.

En tiempos antiguos de sus ancianos se sumergió en el agua toda la tierra, cuando los ancianos Vivían en el río Cuchivero y se vieron obligados a ir en canoas para librarse de la inundación, viniendo las olas del mar a estrellarse contra las rocas de la Encaramada (Carama). Amalivaca, el padre de los Tamanaco, llegó en una barca durante la inundación, en la cual se ahogaron todos, menos un hombre y una mujer, que se salvaron en lo alto del monte Tamanaco, no lejos del río Cuchivero (Aasiveru). Estos arrojaron tras sí, por encima de sus cabezas, huesos del fruto del moriche y de ellos vieron nacer hombres y mujeres que repoblaron la tierra. Viajando en su barca grabó Amalivaca las figuras de la luna y el sol en Tepumereme (en la roca pintada, que es lo que significa).

A diversas peñas de granito que apoyadas una sobre otras forman en la cima del monte una especie de caverna, llamaban la casa de Amalivaca; y mostraban cerca de allí, en el camino de Maita, una gran piedra que era el tambor del gran abuelo de los Tamanaco.

Uochí, hermano de Amalivaca, ayudó a este a dar a la tierra la forma que ahora tiene. En la formación del río Orinoco hubo larga consulta entre ellos dos y a fin de que se cansasen menos los remeros por ellos creados, pensaron hacerlo de manera que estos pudiesen navegar hacia arriba y hacia abajo, siempre a la corriente. Parecióles tal cosa dificilísima y desistieron de su empeño. Amalivaca, por último, después de haber obligado a sus dos hijas a poblar la tierra de los Tamanaco, quebrándoles las piernas para que no pensasen en viajes, se embarcó de nuevo y se volvió a la otra orilla del mar diciendo a aquellos desde la canoa: Sólo mudaréis la piel. Lo cual interpretaban los indios por una suerte de rejuvenecimiento perpetuo de sus antecesores; pero habiendo parecido dudar una vieja de tal promesa, agregó enojado Amalivaca: «Morir tenéis». Los indios estaban convencidos de que a causa de la incredulidad de la vieja no eran inmortales.

1- Curumare: Aire melancólico usado entre los indígenas del Casiquiare y entonado en sus carrizos, o zampoñas.

2-Yapurúro: Flauta de bambú, larga de 1 m, de sonido agradable que usan los indios del Alto Orinoco y Río Negro. Voz puniabe. D.t. Yaporóre. Baile indígena del Alto Orinoco.

3- Botúto: Antigua trompeta sagrada de algunas tribus orinocenses, descrita por el padre Gumillla y Humbolt. Sinónimo: fotuto, fututo. –II Pecíolo de la hoja del papáyo, hueco y prolongado, en forma de trompeta. -II. Gran caracol de las costas del mar Caribe. Táñenlo a modo de trompa los carreteros de algunos lugares del país. Guarúra.


(*)Tomado de Mi cultura en el aula. Volumen I. Homenaje a Tobías Mariño. San Carlos: Ministerio de la Cultura, Escuela Regional de Teatro del Estado Cojedes y Fondo Editorial Teatro de Venezuela. Compiladores editores: José Daniel Suárez Hermoso e Isaías Medina López. 2005.

jueves, 11 de octubre de 2012

Muestras de poesía indígena en Venezuela (*)

Infante pemón entregando un beso; poesía a no más. 
Archivo de Alejandra Sánchez

Rostros incomparables de nuestras indígenas pemón; con ojos de alegría y esperanza. 
Sus firmes facciones femeninas nos hablan de fertilidad misma de la tierra 
y de  la ensoñación de quienes la pueblan.
(archivo de Alejandra Sánchez)



Hace mucho tiempo te estaba esperando
Eternamente te estaré esperando
Poesía Piaroa.

*Más sobre Literatura Indígena en Venezuela en: http://letrasllaneras.blogspot.com/p/muestras-de-poesia-indigena-en.html 



**Canto Pemón

SI TE VAS DE MÍ
Si te vas de mí
                      sin motivo alguno
                                   Te seguiré
En el flanco del cerro 
                                   Te seguiré
Bajo el retumbar del trueno
                                  Te seguiré
Ayer y hoy 
                                  Te seguiré


**Poesía Piaroa 


PARA EL HOMBRE QUE ESPERA
Para el hombre que espera
es la luna;
el sol para la canoa
que remonta el río;
y para los hombres todos de la selva
es el agua.
Pero la mariposa roja
es para Merica.
Merica es la niña que amo.
Merica, que recoge la yuca,
y tuesta las tortas de casabe.
Merica es luna, sol, agua, mariposa.

SI TÚ ME MIRAS
Si tú me miras
soy una mariposa roja.
Si me hablas,
soy el perro que escucha.
Si me amas,
soy la flor que se entibia
en tus cabellos.
Si me rechazas,
soy una canoa vacía,
arrastrada por los ríos
y que las piedras destrozan.

**Poesía Wayúu

LA MUERTE GUAJIRA
A cada uno de nosotros está unida un alma.
Ella es como un pedazo pequeño de algodón blanco,
como el humo.
Pero nadie la puede ver.

Nuestra alma nos sigue a todas partes,
como nuestra sombra.
-Algunos dicen que la sombra es la forma del alma,
y el alma le dan el nombre de la sombra-.

Nuestra alma no nos deja sino durante el sueño,
o cuando estamos enfermos,
o cuando hemos sido flechados por un wanülü.

Todo lo que ocurre en nuestros sueños
es lo que ocurre en nuestra alma.
Si un guajiro sueña que está afuera,
cerca de un pozo, en una casa…
o si ve pájaros,
ello quiere decir que su alma ha salido de su corazón,
naa ^in wayuu ajuittüsü zulú naaìn,
pasando por su boca,
para volar allá.
Pero su corazón sigue trabajando.

Sin embargo es nuestra alma la que nos hace morir.
El hombre que sueña que se muere no despierta más.
Su alma lo ha dejado para siempre.
Está todavía vivo,
aquel que sueña que le han enterrado un puñal en el pecho.

Pero su alma ya está muy herida.
La enfermedad está allí.
La muerte está cercana.

Cuando un guajiro se enferma,
su alma está como prisionera,
allí donde se encuentra el Sueño.
Es ahí entonces que el espíritu del chamán
puede encontrarla y devolvérsela al enfermo.
Pero si no la encuentra,
si está escondida,
si ella ha entrado en algún lugar,
el guajiro muere.
Su alma ha atravesado el camino,
el camino de los indios muertos:
spüna wayuu ouktüsü,
la Vía Láctea.



**Poesía Timoto-Cuica

CANTO GUERRERO DE LOS TIMOTES
Corre veloz el viento; corre veloz el agua;
corre veloz la piedra que cae de la montaña.
Corred guerreros, volad contra el enemigo;
Corred veloces
como el viento
como el agua
como la piedra que corre de la montaña.

Fuerte es el árbol que resiste al viento
fuerte es la roca que resiste al río;
fuerte es la nieve de nuestros páramos que resiste al sol.
Pelead, guerreros, pelead, valientes: mostraros fuertes
como los árboles,
como las rocas,
como las nieves de las montañas.

CANTO GUERRERO DE LOS CUICAS
Madre Chía de la montaña
alumbra mi choza
con tu pálida luz.

Padre Ches
que resplandeces
no ilumines el camino
al invasor

Madre Icaque:
libera tus condores
desata el ventarrón
y manda tus jaguares

afila los colmillos
de las mapanares
y haz que los blancos mueran
con dolor

Madre Icaque de Quibao;
Padre Che y Madre Chía,
Inflamen mi pecho
con la llama del rencor

arrojen el calcinante fuego
el agua que todo lo destruye
y de las nubes los rayos
y de las montañas el trueno

Padre Ches:
haz que mis trojas rebosen
de granos
con la fuerte chicha
llena mis ollas y mi pecho con valor

a mi mujer que cría
dale pechos
que manen ríos
de leche blanca

Padre Ches
dame una aguda flecha
que al invasor fulmine
templa mi brazo
que sin temor dispare
yo soy tu hijo, Ches
mi Señor
yo soy tu esclavo

Chía mi señora
dame la chicha de tu valor inmenso
dame a comer en carne
el odio al invasor.



**Poesía Warao

YA NO SERÉ MÁS WARAO
Ya no seré más warao
me he convertido en lechuza
vivo en el monte solitario en el monte solitario
vivo yo el “Joinarotu”
el solitario morador de la montaña
inhabitada

estoy viejo
y aunque viejo
siendo un indio waika
aquí vivo transformado en lechuza…

yo el “Joinarotu”
volveré a ser warao
ahora que ustedes
me librarán del hechizo

yo el “Joinarotu”
habitante del monte solitario
nuevamente seré warao
ahora que ustedes
me devuelvan mi forma de warao

Yo yo el “Joinarotu”
soy un indio warao
que en el monte inhabitado vivo
y ustedes me devolverán mi forma guaraúna
soy un indio warao yo el “Joinarotu”

Ustedes ustedes
ahora han hecho que vuelva
a ser un warao.

EL PAÍS DE LOS ZAMUROS
Las casas de los zamuros están sobre las nubes
Esa nuble blanca al lado de la montaña
Los zamuros no son aves son waraos
y en sus casas abunda la comida: mapuey,
yuca, caña dulce y ocumo
Toman cachiri de yuca fermentada
Beben y se emborrachan como los waraos
Volando los zamuros bajan a la tierra
Son blancos jefes y negros peones de trabajo
cazadores cocineros
Todos obedecen a un blanco zamuro
Bicéfalo parecido a los demás
Los zamuros blancos mandan a los negros a buscar carne.
Entonces son aves que bajan a cazar
Al encontrar la carne la devoran
y en su buche la remontan a su pueblo
y entregan en vómitos al zamuro bicéfalo
la pieza de su cacería.

Los waraos crearon el país de los zamuros.




**Poesía Piaroa

LA LLUVIA RESBALA
La lluvia resbala
sobre la choza
las canoas flotan
sobre los campos de yuca.

En la sombra
el fuego de Vehemica
es un pequeño sol.

Los muchachos se calientan
mientras asan el pescado
entre las brasas.

Vehemica, el sabio dice:
“En un tiempo,
toda la sabana era río,
y era agua todo el cielo,
los piaroa huyeron a la montaña:

La canoa se rompió entre las ramas del cerro,
y la tierra fue el único alimento
durante diecinueve lunas”

La voz de Vehemica,
en la oscuridad de la choza
era como una hoja
aplastada sobre la palma de la mano.

Un día
la luna se detendrá en el cielo
se secarán las flores
y, en la selva,
solo crecerán las piedras.

Entonces, después de aplastar el bohío
y toda la gente Piaroa
solo existirá la gran Piedra Negra.


**Poesía Pemón

AQUÍ EN LA SABANA
AQUÍ EN LA SABANA
vivimos los indios
con el pie en el suelo
y la cara al sol.

Tenemos armas
el arco y la flecha
con la cerbatana
y el curare atroz.

Pueblan nuestros montes
el jaguar y el danto
que nunca faltó.

Gran sabana
la de malocas redondas
del kumache y Kachiri.

Patria amada
no hay más lecho como el chinchorro
ni sabor como el del ají (…).

¡YAE…!
Yo extirparé la BAJANA
Yo sé bien lo que adentro hay,
y la bajana la extirpé.
Tú a mi sobrino chiquito,
Oh, jebú, lo has invadido.
Oh, jebu, si está,
dímelo
y dime el nombre de tu padre
Si lo que hay es joa, dímelo:
y dime el nombre de su padre
Y si lo que hay es bajana,
dímelo, dime
el nombre de su padre
para yo poder devolverle la
salud.



**Poesía Pemón-Tareupan

CANCIÓN AMATORIA
Oye el canto de la paloma,
Yo, paloma torcaz
Estoy, llorando.

De la joven Tunaima
me fui detrás;
vuelvo a su seno.

Para darte el niño
ofrecido, pero
vamos a honrarlo.

A tus aceites
A tus pinturas
Yo paloma torcaz
Estoy llorando.

A la luz tuya
Yo, paloma torcaz
Estoy llorando.

CANCIÓN DEL ARRENDAJO
Arrendajo hizo su nido
el conoto hizo su nido
Le cortaron la rama
fue ratón.


**Poesía Yanomami

EL PUEBLO DE LOS COLIBRÍES CANÍBALES
Era el pueblo de los colibríes. Se pasaba en la montaña de la “mujer que tienen sus reglas”. Los humanos se precipitaron por esos lugares para cosechar miel. Los viejos le aconsejaron:
“¡No vayan allá! Serán comidos por los colibríes: un pueblo caníbal está reunido allí”.
Acababan de pronunciar esas palabras y estaban comiendo miel cuando se escuchó un aleteo. En un instante los colibríes se abalanzaron sobre sus cráneos y aspiraron su cerebro. Luego se fueron.
Allí se reúne el pueblo de los colibríes. Allá comieron los humanos.

(Canto colectivo)
Los humanos fueron comidos por los colibríes caníbales que les atravesaron el cráneo, hacia el cielo van sus huellas donde habitualmente me pierdo.
He aquí que buscan de nuevo apoderarse del alma de los niños y vengar así la muerte de mi hijo.

COMIDOS POR AVISPAS CARNÍVORAS
Cerca de la cascada yawaramabiwei había avispas. Niños bullían cerca del lugar. Un nido colgada en lo alto de una piedra y se balanceaba. Los insectos zumbaban y batían sus alas en el aire. Del nido goteaba una sustancia líquida rojiza. Uno de los niños dijo: “Hermanito, hay un nido de avispas que cuelga. Vamos a quemarlo”.
Iban a ser atacados cuando volvieran al bohío.
Tomaron tizones. “vamos a quemar las avispas cuyo nido está en la cascada.
-¡Son avispas peligrosas, son demonios caníbales!
¡Van a ser comidos!
Los niños no escucharon los consejos de prudencia. Se fueron. Amarraron una brazada de hojas secas a un palo para quemarlas. Los insectos apagaron el fuego y se abalanzaron sobre los niños quienes, pensando escapar, se tiraron al agua. Las avispas le persiguieron el el río y pronto no había más que esqueletos muy limpios. Cuando salieron del agua, las avispas cse dirigieron al bohío donde devoraron todos los que encontraron en él.



(*) Nota: difusión de nuestro patrimonio cultural tomada de “Wayuu, Timoto-cuica, Warao, Piaroa, Pemón, Pemón-Taurepán, Yanomami MUESTRA POÉTICA. (La selección y algunas versiones estuvierona cargo de los poetas Carlos Osorio, Reynaldo Pérez Só y Adhely Rivero). Editado en la colección Separata, Valencia: Departamento de Literatura, Dirección de Cultura de la Universidad de Carabobo. 1999.

martes, 31 de julio de 2012

EL ENTIERRO (cuento de Arnaldo Jiménez)

Triste y desconsolada ante en el entierro. Imagen en el archivo de Sebastián Nava



Muy tarde llegó el señor Ernesto. El fluido eléctrico abandona las casas después de las once de la noche. Entonces el pueblo comienza a sonar. La profundidad de los montes aumenta su barahúnda y los fósforos sobreviven en las velas que desde las salas desgastan la oscuridad y nimban a los seres y a las cosas que se mueven en diferentes direcciones al proyectar sobre los suelos y las ...paredes sus danzantes sombras. En el medio del cuarto, sobre un catre impregnado de lluvias olvidadas, descansaba el cuerpo de la señora Ildefonsa, con su vestido de morir, el cabello indefenso de cuando sus días se mudaban y la boca hundida en un mentón dislocado que casi se encajaba en el pecho esquelético de desaparecidos senos, putrefacto y dilacerado.

Tocó una y otra vez la puerta, miraba hacia todas partes, un calofrío recorrió su espalda y condensóse en el centro de su cabeza. Siguió tocando la puerta y gritando el nombre de la hermana a quien venía a informar del desafortunado acto que había cometido su sobrino. Al poco tiempo la puerta abrió, los goznes chirriaron y se asomó la esquiva mirada de una muchacha, al reconocer la imagen del señor Ernesto se le abalanzó encima y prorrumpió en llantos con una monótona queja que se apagó en la camisa a rayas”: ¡Ay señor, qué desgracia, qué desgracia! “ Y la quejadumbre continuó leve y fragmentada.

Una vez dentro de la casa, cerca del enigma de la puerta que divide el patio de la cocina, por donde el pasado reposa empolvándose con la harina de la media noche, vio sobre una mesa de madera cubierta con hule una antigua foto de su hijo en la que éste lo abrazaba y mostraba su limpia y franca sonrisa, enseguida comenzó a reptar sin querer por los recuerdos, era el tiempo en que deshilvanaban amenas conversaciones, ahí estaba con su uniforme de liceísta, destilando la lucidez de la juventud..., pero la voz de la muchacha surgió como el chirrido de un alcaraván en los esteros y lo detuvo:-¡ay señor qué desgracia, qué desgracia!- Por un breve momento el señor Ernesto no cayó en la cuenta de que no había manera de que ellas se enteraran de lo sucedido debido a lo incomunicado y apartado del pueblo. Volvió a separarse del abrazo de la muchacha y le preguntó que a qué se estaba refiriendo, aquélla, entre asustada y triste le informó que la señora Ildefonsa llevaba un día y una noche muerta en su cuarto y que a ella le daba miedo salir a contárselo a los vecinos, estaba desesperada y no sabía qué hacer. El señor Ernesto la interrumpió y salió corriendo hacia el cuarto, se detuvo en el umbral de la puerta y constató, gracias a la luz creta de la luna que se metía como agua por las rendijas de la ventana, al cadáver de su hermana con algo de serenidad y de último deseo silenciado sobre el desaliñado catre lleno de lluvias olvidadas. El dolor se potenció, espesaron las arrugas internas del alma, sintió cómo por sus ojos entró la soledad del llano en plena noche desgajada, cómo el sonido del río, a lo lejos, no era más que una siembra de lo perdido, un ruido de arreos cuyas lentas fuerzas pasaban vanamente sobre la pesadumbre. En ese momento la casa pegaba duro en la tristeza que se superpuso al frenesí de los cantos nocturnos que devanaban poco a poco los hilos de la madeja de las horas.

Venció el husmo y se agachó sobre el suelo, acarició quedamente las guedejas de sol durmiente que caían en cascadas inciertas sobre el hombro izquierdo, pasó sus manos por los volados ojos en los que una nube de mariposas buscaba una luz anterior, y permaneció abanicando el aire a escasos centímetros del cuello donde los tábanos y los moscardones hurgaban un pulso de sangre apagado, horadando la piel para darle un último curso inverso e inope.

Tocó su vestido empapado en querosén que fue lo único que encontró la muchacha para rociar sobre el cadáver y evitar la impertinencia famélica de los ratones. Allí había estado durante casi dos días sacudiendo la escoba y gastando las pocas cobijas apolilladas que dormían en el escaparate y que la señora Ildefonsa guardó con celos en los últimos meses cuando su tema de conversación era detallar la manera de cómo iban a entrar a robarle y a matarle. Dos horas antes de que llegara el señor Ernesto, recogió las cobijas y las lavó, la señora Ildefonsa quedó expuesta al hambre de los roedores y de las moscas. Es cierto que ya algunos gusanos habían caído al rústico cemento ahogando la pulsación blanquecina de la muerte en el charco del inflamable liquido.

- ¿Y de qué murió? Indagó el señor Ernesto.

- Realmente no lo sé, creo que fue un infarto. Después de comer fuimos a platicar a la habitación, ella se recostó de esa silla mientras yo aseaba los adornos de la peinadora, sólo escuché un ¡ah!, cuando volteé, los ojos de la señora ya no miraban este mundo. Respondió la muchacha.

- ¡Pobre hermana mía! Y pensar que yo venía a contarle algo muy horroroso que hizo mi hijo en estos días atrás, pero fíjese, ahí está, qué me iba a imaginar yo... Tenemos que enterrarla esta misma noche, puede ser en el patio o en el montaral de enfrente, al pasar la carretera.

- Sí señor, estoy de acuerdo, debemos darle cristiana sepultura, mire cómo está la pobrecita. Espéreme aquí, voy a buscar unas sábanas que lavé hace poco.

Se colocaron trapos en las manos, pañuelos llenos de alcohol en las narices, tendieron una ristra de cobijas gruesas al lado del cuerpo e intentaron pasarlo tal como lo hacen los paramédicos con los heridos para luego llevarlos hasta la ambulancia. Los trapos se sumían en los sanguinolentos nervios que resbalaban deshaciéndose aún más, vio cómo los tonos de la lepra cabriolaban por dentro del vestido venciendo las carreteras que el tiempo había trazado sobre la piel, entonces dividieron las sábanas, unas arroparon el cadáver, otras esperaban en el piso. Contaron hasta tres, sujetaron fuerte por los tobillos y las muñecas y de un impulso pasaron el cadáver desde el musgoso catre lleno de lluvias olvidadas a las cobijas recientemente humedecidas en la batea. Zangoloteando como dentro de una hamaca iba el cuerpo embojotado, iban todos los años amontonados en una podredumbre definitiva, la muchacha quejábase de la posibilidad de que se le cayera el cadáver, pero la urgencia de enterrar a la señora Ildefonsa la hizo soportar el peso y extender su fuerza hasta la puerta de calle. Bajaron el amasijo de astrágalos, caderas, clavículas y vísceras y lo posaron suave en la alfombrita de entrada. Al señor Ernesto le molestaban las canciones que mascullaba la muchacha como cuando alguien se distrae fregando los trebejos de la cocina. La imagen del hijo aparecía cual foto delicuescente, el pestañear de sus párpados espantaba la permanencia. En los dos sucesos pensaba cuando se sintió en el centro de una planicie incendiada, como en un vacío de palma bajo la que se enderezan los problemas y se aclaran las dubitaciones. Una espantosa realidad se le imponía, ¿de dónde había salido la muchacha? ¿Desde cuándo estaba ahí que él no se había enterado? ¿Y cómo hacía su hermana para pagarle, en caso de que la estuviera ayudando con los quehaceres de la casa? ¿Acaso era ella una asesina que estaba llevando a cabo un macabro plan para quedarse con la casa y las prendas que la señora Ildefonsa guardaba desde joven en el escaparate?

Ya los sentidos se le estaban helando. No comentó ni preguntó nada, pero fue inevitable que su rostro cayera dentro de los visajes de la incertidumbre. Le dijo a la muchacha que buscara algún crucifijo y se lo trajera, él se dirigió al carro y sacó una pala que siempre llevaba junto a otros utensilios de trabajo. Luego se internaron en la espesura que parecía situarse en el límite entre lo verde y lo seco. Chaparros y cujíes se entremezclaban, no había camino hecho, de vez en cuando las vestiduras se encajaban en las puntas de los ramajes. El triscar de hojas ahogaba los latidos del corazón del señor Ernesto y silenciaba los obsesivos ruidos de la noche. Ya cuando apenas pudo columbrarse entre la delgada calígine de la lejanía la pálida silueta de la casa con su moribunda luz de vela en el corazón, decidieron cavar una huesa profunda para enterrar a la señora Ildefonsa y dentro del túmulo de tierra clavar el crucifijo metálico y rezar por el descanso de su alma. El señor Ernesto no dejaba de ver a la muchacha, esta parecía no sospechar nada. Casi los consiguió el alba abriendo el hueco, asieron aún más el bulto mortuorio y después de un breve balanceo lo lanzaron al fondo de la fosa.

Mientras el señor Ernesto devolvía la tierra a su destino ella hacía sonar su voz por padrenuestros y avemarías, la hacía saltar por las cuentas de un rosario que imaginó desesperadamente, justo cuando dijo”: dale señor la luz perpetua y que descanse en paz” el señor Ernesto se desvaneció ante sus ojos y se volvió bocanada de dolor, se le salió la muerte que no quería morir, se le salió del odio del hijo, de la bala que le disparó en todo el centro de su amor, allá en el fondo agujereado del sartén de su cuerpo que se hizo como chamusque desligado del verbo de la sangre. Los ojos enrojecidos en la débil claridad y la risa de satisfacción de quien se quita una vergüenza de encima hicieron que la muchacha gritara desesperada y espantada corriendo por entre los matojos. Rápidamente entró a la casa y fue a encerrarse en el cuarto. La densidad de un cuerpo yacía inerte sobre el catre lleno de lluvias olvidadas.

jueves, 19 de julio de 2012

De la poesía letrada a la poesía popular (Daniel Abreu Libertadore)*

La religiosidad es una de las fuentes primarias de la poesía popular 
(archivo de Rafael Ortega Bolívar)





DE LAS UTOPÍAS DEL LENGUAJE A LOS ARTESANOS DE LA LENGUA: REFLEXIONES EN TORNO A LA RELACIÓN ENTRE POESÍA POPULAR Y POESÍA LETRADA (Daniel Abreu Libertadore)*


El objetivo del siguiente artículo es precisar las diferencias entre el discurso poético de origen letrado y el de procedencia popular. O bien, dicho en términos de Lotman, las diferencias entre la actitud ante el signo de la poesía letrada y la actitud respecto al mismo objeto de la poesía oral. El método a seguir será muy sencillo: primero describiremos en detalle cada una de estas dos posturas semióticas; luego pasaremos a confrontarlas, con la esperanza de las buscadas diferencias surgen nítidamente como productos de este doble proceso de análisis y síntesis.
Palabras clave: Discurso poético, origen popular, análisis y síntesis.

Utopías del lenguaje
Todo lector que tenga afición tanto por la poesía popular como por la letrada habrá tenido la sensación, sin poderla explicar por ahora claramente, de que entre ambos tipos de discurso hay diferencias profundas, esenciales. No me refiero al valor artístico de cada cual, sino a diferencias propiamente lingüísticas, las que atañen a la forma que tiene cada una de relacionarse con el lenguaje y emplearlo. Si leer poesía letrada nos resulta relativamente fácil, pues el sistema educativo nos ha preparado para ello desde los últimos años de la secundaria, en cambio encontrar la actitud de recepción adecuada ante un poema oral se nos pone cuesta arriba, nos exige un enorme esfuerzo de flexibilización de nuestras expectativas y valoraciones estéticas. ¿Cuál es, entonces, esa actitud adecuada? ¿Cuáles elementos de nuestra educación letrada nos facilitan la comprensión de la poesía popular y cuáles, al contrario, limitan nuestro aprecio por la misma?
Creo que la mejor manera de tratar de responder a estas incertidumbres consiste en describir un poco más detalladamente la posición ante el lenguaje de cada una de estas esferas discursivas -la popular y la letrada- y luego proceder a compararlas.
Comenzaré por la poesía letrada, es decir, la poesía letrada moderna. Este tipo de discurso tiene dos características fundamentales. No importa si el vate es de tendencia futurista, surrealista o si creció junto al grupo Orígenes de Cuba; no importa si es expresionista, abiertamente comunista o si, como Gerbasi, nació en un pueblo pequeño semejante a Canoabo. En esta poesía dos rasgos son siempre muy claros: la convicción de que el habla poética deber ser: primero, autotélica; segundo, lo más sistemática posible, es decir, rigurosamente purgada de todo ripio, de toda impureza. Como ustedes saben, estas ideas se popularizaron a principios del siglo XX, con el boom de la crítica formalista; pero Todorov, en su Crítica de la crítica (1990), nos enseña que en realidad son mucho más viejas: tienen su origen en la estética de Kant y en los primeros teóricos del Romanticismo. Tomemos la primera de ellas, la que propugna la función autotélica en el lenguaje poético. Todorov (p. 19), en el texto ya mencionado, nos explica: Esto es claro y sencillo: el lenguaje práctico encuentra su justificación fuera de sí mismo, en la transmisión del pensamiento o en la comunicación interhumana; es medio y no fin; (…) El lenguaje poético, al contrario, encuentra su justificación (y así todo su valor) en sí mismo; es su propio fin y ya no un medio; es, pues, autónomo, o mejor, autotélico.
Dicho en otras palabras: la poesía vendría siendo una dimensión especial del lenguaje en el cual la palabra vale sólo por su propia sonoridad, por su plasticidad, por las sugerencias o imágenes que pueda despertar en la mente del lector. En situación poética, la palabra no transmite otra cosa más que la esencia de sus propias cualidades intrínsecas. Pero, para que la palabra pueda efectivamente alcanzar el plano del autotelismo, hace falta llenar primero un requisito indispensable. Escuchemos de nuevo a Todorov (ibídem, 21): “El lenguaje poético realiza su función autotélica (es decir, la ausencia de toda función externa) siendo más sistemático que el lenguaje práctico o cotidiano. La obra poética es un discurso súper-estructurado, donde todo se justifica: gracias a eso lo percibimos en sí mismo, más que remitiendo a un más allá”.
Como se puede observar, se trata de conceptos íntimamente entrelazados. Al nivel autotélico sólo se accede a través de una rigurosa sistematicidad, es decir, de una interrelación tan perfecta entre los elementos de la obra poética que el lector sienta que nada puede añadírsele o sustraérsele sin arruinarla por completo. Correspondientemente, ese goce puro de la palabra, esa sensación de llegar casi a paladearla como un buen vino que todo amante de la poesía habrá tenido alguna vez, sólo es posible si la pieza poética está sobriamente estructurada, despiadadamente depurada de toda impertinencia.
Ahí tenemos, pues, un retrato de la poesía letrada moderna. Ya se trate del extenso “Mi padre el inmigrante”, de una miniatura explosiva de Huidobro o de la verborrea barroca de Lezama Lima, siempre podemos reconocer la función autotélica de la palabra y la exigencia del texto limpiamente cincelado como fundamentos básicos de esta clase de escritura poética. Ahora bien: si, como acabamos de ver, los ideales más altos de la poesía letrada consisten en un lenguaje que remite a sí mismo y a una estructura textual que, por lo perfectamente sistemática, no puede tampoco significar otra cosa que sí misma, entonces nos damos cuenta de que esta poesía toma bien poco en consideración a su lector, al receptor concreto de sus obras, pues lo que realmente busca es convertir el poema en una epifanía de lo absoluto. Porque lo absoluto o -lo que es igual: la concepción de Dios en las religiones monoteístas es precisamente autotélico o autónomo: no muta, no proviene de nada, no necesita nada ni nada le sobra. Y he aquí lo que en último término define a la poesía letrada moderna: el hecho de haber sido construida sobre la base de una utopía: la utopía del lenguaje como morada de lo absoluto.

Artesanos de la lengua
También al poeta popular le preocupa el mundo de lo absoluto o lo sagrado. Sólo que, como ahora trataré de mostrarles, su actitud ante el lenguaje y, por tanto, su manera de expresarse, son totalmente diferentes a la del poeta letrado.
Comenzaré citándoles dos ejemplos de poesía popular. Se trata de dos décimas que pertenecen a un egregio poeta de los Valles del Tuy, Julio Ramírez, maestro de toda una generación de decimistas de velorio en esa zona del país. Estas dos espinelas tienen en común su tema, a saber: el arte mismo de componer y recitar poesía para velorios. Dicen así:

1.- No se canta disonancia
ni con verso mal rimado
ni que estén mal combinados
ni negarles su elegancia;
ni se entiende esa jactancia
de quererse acreditar;
te debieras de adiestrar
por ser el mejor factor,
porque así sería mejor
la belleza del cantar.

2.- Hay que nacer primero
con ese don de la vida
una mente constructiva,
un criterio verdadero,
para no ser chapucero
ni quererse aparentar
no se debe de ostentar
de lo que se tiene carencia
porque le quita la decencia
a la belleza del cantar.

Nótese que, más que al arte poético en sí mismo, a lo que se refiere Ramírez es a la figura pública, institucional del poeta-recitador. Quiere crearle conciencia al incipiente decimista en torno al hecho de que su arte u oficio es esencialmente público, y por tanto el conducirse correctamente ante los oyentes y ante la cruz es tan importante como saber escribir buenas décimas.
Y ya encontramos aquí una desavenencia fundamental entre poesía popular y letrada. Mientras que en esta última, como ya hemos visto, “el poeta se vuelve de espaldas al público”, para decirlo con una gráfica expresión del crítico canadiense Northrop Frye (1999: 369), en la poesía popular el contexto, la situación enunciativa es la raíz de donde brota el discurso y a ella queda condicionado para siempre. La palabra poética popular es, lingüísticamente hablando, mestiza o, como diría el sabio ruso Mijail Bajtin, dialógica, pues desde el mismo instante de su nacimiento lleva en su seno tanto la marca de la voluntad egocéntrica del emisor como la de las expectativas y requerimientos del auditorio que cumple el papel de destinatario. En efecto, un decimista no hace su poesía persiguiendo la materialización de lo absoluto, sino con el pensamiento puesto en una situación concreta: para alabar a la cruz, para saludar a los dueños de la casa donde se realiza el velorio, para rememorar la historia de Cristo; o bien, ya en la etapa profana, para arrancarle carcajadas a su público o para responder a algún reto lanzado por otro decimista. Nunca jamás se le ocurría pensar que sus décimas no significan nada más que sí mismas.
De seguro ya se habrán dado cuenta de que una poesía concebida de esta forma, en diálogo permanente con su interlocutor, es exactamente lo contrario del ideal de autotelismo que rige en la poesía letrada. Trataríase, por lo tanto, de una lenguaje heterotélico. La poesía popular es, efectivamente, un discurso de naturaleza heterotélica.
Pero dejemos ya la lingüística y la filosofía del lenguaje y vengamos a la poética. Si el valor estético de la palabra autotélica radica en las sensaciones agradables, novedosamente extrañas por asociación mental y por su sonoridad que suscitaba en el lector, ¿cuál será en cambio el valor estético específico de una palabra heterotélica como la que hemos encontrado en poesía popular?
Antes de responderles cito otra décima, debida también a Julio Ramírez (2002,136):

El estudio enseña miles
formas para que el poeta
vierta de su mente inquieta
los más preciosos perfiles
cuyos adornos sutiles
sirven para embellecer
el verso al entretejer
bellos lauros suntuosos
entre nimbos poderosos
con las galas del saber.

Pongamos especial atención al cuarto verso: “…adornos sutiles”. Y es que el lenguaje heterotélico, al ser colocado en función estética, nos abre las puertas hacia el universo de lo ornamental, del adorno. En efecto, si nos fijamos bien, el tipo de experiencia estética que produce el poeta popular es muy parecida a la que nos brinda, por ejemplo, un arreglo floral sobre una mesa. Las flores, como bien diría Ramírez, “sirven para embellecer”: sirven, es cierto, porque, al estar puestas sobre la mesa, su valor estético no surge de ellas mismas, sino de su capacidad para hacer contraste, por su frescura y alegría, con la superficie plana y monótona de la mesa. En este caso, el efecto estético es orgánico, dialógico, porque depende de la capacidad de cada uno de los elementos en juego para converger y para armonizar entre sí.
Asimismo, para el poeta popular, las palabras no son presencias enigmáticas bajo las cuales palpita lo absoluto, sino, al igual que las flores y la mesa, las considera objetos con cualidades concretas que, combinados adecuadamente, pueden resultar sumamente gratos al oído y al espíritu. Confróntese lo dicho con la siguiente espinela de Ramírez (p. 27) dedicada a la Virgen María:

De lejos llegan cortejos
de un sinfín de mariposas
y las estrellas luminosas
las guían con sus reflejos
llegan de cerca y de lejos
por venirte a visitar
y con flores engalanar
a tu recinto sagrado
que para ti fue formado
María estrella del mar.

Mientras que el poeta letrado es un servidor de las palabras, el poeta popular se sirve de ellas para dar realce a su fe, o para presentar hermoseados sus sentimientos de amor o de nostalgia.
Para concluir Muy lejos de mí está la pretensión de que estas ideas que les he expuesto se puedan aplicar con éxito seguro a la totalidad de la poesía oral venezolana. Pero sí defendería la utilidad que la oposición entre palabra autotélica y palabra ornamento tiene para todo lector letrado que por primera vez se acerca a la poesía popular. Pues por experiencia propia sé que uno de los errores más frecuentes que, debido a su férrea formación en el lenguaje autotélico, comete este tipo de lector al enfrentarse a la poesía del pueblo, es el de andar buscándole el fondo a las palabras, el de querer descubrir significados profundos más allá de lo que efectivamente está escuchando o leyendo. Es que ignora que el lenguaje poético popular está inseparablemente ligado a una situación discursiva concreta; ignora que en ese lenguaje las palabras son ornamentos y el valor estético de las mismas no es otro que el que está a la vista y todos pueden apreciar, sin secretos, sin esencias verdaderas ocultas detrás de modestas apariencias. Y precisamente porque lo ignora y se siente frustrado en su búsqueda infructuosa de absolutos, entonces concluye que la poesía popular es banal. Terrible error. Por mi parte, me daría por muy bien pagado si estas breves páginas lograran reclutar al menos algún adepto a la causa siempre apasionante de la cultura popular venezolana.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
Frye, Northrop (1991). Anatomía de la Crítica. Caracas: Monte Ávila Editores.
Ramírez, Julio (2002). Por el sendero de ayer. Décimas de Julio Ramírez. Caracas: Fundarte.
Todorov, Tzvetan (1990). Crítica de la Crítica. Caracas: Monte Ávila Editores.

*Nota: Texto tomado de Memorias de las XVIII Jornadas Técnicas de Investigación y II de Postgrado de la UNELLEZ-San Carlos (2009). Editado en San Carlos, Cojedes, Venezuela,  por la Coordinación de Investigación y la Coordinación de Postgrado de la UNELLEZ-VIPI.  Editores: Isaías Medina López, Franklin Paredes Trejo, Glenys Pérez y Duglas Moreno.