miércoles, 7 de marzo de 2012

LA LEYENDA DE LA MULA MANIÁ DE LA MATA CARMELERA

Las leyendas llaneras gozan de gran aceptación por incluir cantos y bailes y, 
cualquier mula blanca así, la monte una mujer llena de sospechas a la gente- 
(archivo de Alba Meche) 





Ninguna historia comienza sin que antes tenga otras que le antecedan, pero lo que le pasó a Nicolasino el mismo lo originó. Andaba yo por Cojeditos, tierra plana de Cojedes, cuando lo miré avisorao, nos saludamos como siempre, pero no me aceptó el chimó, cosa rara, pero ni modo. Le pregunté, en chanza, notando una maletica que llevaba en mano, qué si era que el cura lo había echao de la iglesia donde era monaguillo, “Voy pá Mata Carmelera”, clarito me respondió. Yo me puse cabezón, porque allí sale un espanto que no pela en los meses de verano, Nicolasino como leyendo mis pensares me soltó esta cantaleta:
                                  
Dos veces ya me ha patiao

esa mula tan condená.

Le juro que voy restiao

tengo esa espina clavá.

A lo que el sin esperar mi contesta, se persigna y me lanza otra copla que mucho me atemorizó:


Yo ahora soy hombre santo

y por el cielo mandao.

Ahora no temo a espantos

ni a seres endemoniaos.

Guárdese todo quebranto,

compadrito del Cacao,

esa mula está penando

por tós los que ha matao.


Pensativo igual salí para mi troja, sin sacarme, siquiera, un rato de la cabeza la leyenda de aquella mula blanca que desbarataba a los hombres para sacudirse la maldición echada por su propio amo, el presidente Joaquín Crespo, cuando Luis Loreto Lima, lo hiriera de muerte en la Mata Camelera. Dicen que un faculto conjuró a la bestia al quererse Crespo escapar. Y así maniá por un brujo y maldita por el moribundo, quedó vagando por siempre. Buscando ya las maneras de dormirme, llegó a mi mente el recuerdo de unos versos que recitaba mi viejo:


Qué tendrá la oscurana

que arrastra a todo llanero;

bien sea hoy o sea mañana

él persigue los misterios.

La noche que se engalana

con los rápidos del trueno,

al llanero cómo llama

espantos en los esteros.


Meciéndome en mi hamaquita caí como por gracia divina en un sueño muy profundo; me veía yo arriba de una nube, desnudo,  pero contento, una santa, muy hermosa, se venía acercando de a poquito hacia donde yo la esperaba, musiúa la muy catira, con los ojos como de miel y los cabellos en una brillante cascada; al momento en que la santa me tiende los brazos para darme la bienvenida y yo también los estiro mi esposa me toca en el hombro y me dice; “Levántate Anselmo, que hoy no te espera aguinaldo”. ¿ Qué me quiso decir? Más tarde lo averiguaría, igual agarro yo mi camaza y llego hasta el ojo de agua a levantarme la murrunga, en eso siento una voz familiar que me canta desde el monte:


Llegándose a Apartaderos

verdadera es La Sayona,

el Viejo Matón Hachero

te espera con La Llorona.

En la finca de La Leona

aturden las maldiciones,

porque la mula campeona

asesina a los peones.


Volteo y no veo a nadie, ni pajaritos siquiera, busco la ropa y no la encuentro, veo hacia el ojo de agua y se empieza a poner turbio, el cielo de golpe se enfría y cuando ya me estoy hincando para invocar a las ánimas llega otra de nuevo mi mujer, pero esta vez para salvarme, “Anselmo apúrese que lo tá esperando el Gobierno”. El jefe de la comisión me dice; “Apersónese en la Medicatura, para que nos confirme la historia de un moribundo que conseguimos anoche mismo, ese quedó como si le hubiese pasado una montaña de  piedras por encima”. En el camino, el segundo del pelotón comienza a cantar con chanza:

No valieron hoy los rezos

menos la envalentoná;

a Nicolasino por eso

lo tienen que sepultá.

Doble cascos la emboscá

primero sobre los sesos

pá callar la novedad,

otros duros en los huesos

no se fuera a levantá,

el último como un beso

más debajo de la quijá.

Lo vienen a traer por eso

en parihuela montá,

estirao como un tiesto

y la Mula enrisotá.


En esos nos quedamos de una sola pieza, era el propio Nicolasino que andaba, eso sin caminar, flotando el muy ladino como plumas en el aire; Ave María. El comisario pregunta “qué asunto traes, ño muerto”, a lo que en la brisa responde:


Encontré la primavera

la propia felicidad.

Lo que buscaba yo era

monta a la Mula Maniá.

Yo dejé la rezadera,

ya pacté con Satanás,

en La Mata Carmelera

Hoy se le escucha mandá.


Y así como lo escucha; la Mula de la Mata Carmelera, consiguió un nuevo dueño. Él mismo la guía por las noches de verano y cuando alguien, se le envalentona a la bestia, es Nicolasino quien la conduce para que ella no se equivoque y nadie se le vaya liso.


Informante: Isaías Medina López (compilador), nativo de San Carlos. Edad 46 años. Fecha de la muestra 27 de junio de 2004.


Este relato fue publicado en:  El Llano en voces. Antología de la narrativa fantasmal cojedeña y de otras soledades, editado por la Universidad Nacional Experimental de Los Llanos Occidentales "Ezequiel Zamora" (San Carlos, 2007), bajo la compilación de Isaías Medina López y Duglas Moreno.

domingo, 4 de marzo de 2012

Glosa del Amor Ligero y otras querencias (Carmen Pérez Montero)

Imagen en el archivo de Tulio Hernández


Imagen tomada del archivo de Carlos González


GLOSA DEL AMOR LIGERO
Tu sonrisa es como un manto
que cobija mil antojos
y en el jagüey de tus ojos 
se va inspirando mi canto.(W. Vizcaya)

En aquel hermoso encuentro

que se perfiló en la tarde
hiciste perfecto alarde
de llevar camino adentro
tu poesía como centro
de tus penas y tu llanto
y sin un leve quebranto
al descuido más ligero
me dijiste muy sincero
tu sonrisa es como un manto.

Asustadiza quedé
con tu audaz afirmación
y mi loco corazón 
casi lo paralicé,
pues de una vez me paré
y te malquerí en mis ojos
para hacer con mis enojos
una trampa a tu querencia
donde el amor es la ciencia
que cobija mil antojos.

Tú no puedes comprender
que después de ese momento
ha estado mi pensamiento
en un solo recorrer
y sin dormir y sin comer,
triste rogando de hinojos
y si un nuevo rumbo escojo
me lleva en su terquedad
a bañarme en tu ansiedad
y en el jagüey de tus ojos.

Nunca supe de tus pasos
la sabana te hizo ausente
y te busqué entre la gente
para hundirme en esos brazos
y estrechar mejores lazos
con este amor porno y santo, 
pero sufrí el desencanto
de ver que fue una ilusión
y hoy en esa sin razón 
se va inspirando mi canto.



YO NO SÉ DE DÓNDE VENGO
Vengo de antes y de nunca, 
vengo de siempre y ahora, 
vengo del tiempo infinito
de las piedras y las olas. (Facundo Cabral)

Yo no sé de dónde vengo
pero sé que estoy aquí
que un camino recorrí
y la experiencia que tengo
no es por suerte de abolengo
ni por una ilusión trunca,
si no que la vida busca
enfrentarnos al dolor
para decir sin error
vengo de antes y de nunca.

Siempre he querido pensar
que vengo de un sitio ignoto
donde todo lo remoto
se recoge en un cantar
que lleva en su galopar
el recuerdo que enamora
para que al llegar la aurora
me traiga en su claridad
la respuesta hecha verdad:
vengo de siempre y ahora.

Yo no sé dónde nací
no he podido adivinarlo
y aunque quiero imaginarlo
la interrogante está aquí
sólo sé que para mí
la existencia es como un mito
es un regalo exquisito
de las manos de El Creador
y digo con mucho amor
vengo del tiempo infinito.

Vengo de todo y de nada, 
del beso y de la ilusión,
del verso de una canción
que germinó en la quebrada
en una bella alborada
soy un reflejo de aureolas, 
pistilo de mil corolas, 
vengo del viento y del río
del tropel de un amorío
de las piedras y las olas.


SOY ASÍ
Yo vengo de todas partes
y hacia todas partes voy
arte soy entre las artes
en los montes, monte soy. (José Martí)

Yo me voy a definir 
como una mujer sencilla,
no soy una maravilla, 
pero te voy a decir
que si lo bueno repartes
no lo hagas trece, ni martes,
no cometas desatino
ni preguntes mi destino
yo vengo de todas partes. 

De todas partes yo vengo,
eso tenlo por seguro
mi pensamiento es muy puro
y por eso te prevengo
mira todo lo que tengo
y llena de luz estoy
dueña de tu amor soy
y no me coloques lazo
porque salto de tus brazos
y hacia todas partes voy.

No me acomplejo por nada
Canto y declamo bonito
me tomo mi wiskysito,
pero bien acompañada
no me gustan las veladas
que salen por todas partes
esas de ven y compartes
porque soy muy exigente
gente soy entre las gentes 
arte soy entre las artes.

Y no es que sea pretenciosa,
eso creo que lo has notado
lo que pasa es que me enfado
con la gente misteriosa,
de conversación tediosa
y de ésa que abunda hoy
y para ellos estoy
siempre fuera del montón
diciendo en tono dulzón:
en los montes, monte soy.



ENTRE AGUA Y FUEGO
¿Quién es por fin quien se queja?
cuando el fuego lame el agua, 
el agua porque se quema
o el fuego porque se apaga.(Alberto Arvelo Torrealba)

Ayer nació la esperanza
entre signos de agua y fuego
y de pronto un hasta luego
partió el destino en su andanza
para quedar la añoranza
de aquella boca bermeja
y la otra que semeja
un rubí que eleva un ruego
por saber entre agua y fuego
¿Quién es por fin quien se queja? 

Se quedó la interrogante
guardada como un pañuelo
y la ilusión alzó el vuelo
dejó triste al amante
que comprendió en ese instante
que su amor en la piragua
fue ardiendo como una fragua
para no sentir la pena
que nos corre por las venas
cuando el fuego lame el agua.

Y es que ese dolor profundo
se mete en el corazón
y nos dice la razón
que da dulzura a este mundo
y ese andar tan errabundo
que es del el soñador el lema
y lo convierte en emblema
para llorar con pesar
como solloza en el mar
el agua porque se quema.

Pero quedó un solo rezo
que en los labios se palpaba
y una boca que anhelaba
el colorido de un beso
para con ese embeleso
saber cual deuda se paga
si es por esta ilusión vaga
que la tarde de azul se viste
o soy yo la que está triste
o es el fuego el que se apaga.




GLOSA DEL ÚLTIMO ADIÓS
Yo quiero cuando me muera
sin patria; pero sin amo, 
tener en mi losa un ramo
de flores y una bandera.(José  Martí)

Cantarle a esta Cuba bella
en nombre de Venezuela
con el calor de una escuela
donde la patria se sella
y regalarle una estrella
que alumbre por donde quiera
el camino que nos diera
aires de revolución
dejar esta condición
yo quiero cuando me muera.

Y quiero también dejar 
el ejemplo combativo
que como mujer he sido
difícil de subyugar
y en mi canto universal
es libertad lo que clamo
y cuando impotente exclamo
muy lejos quiero partir
es porque quiero vivir
sin patria pero sin amo.

Porque amo la libertad
como al pueblo americano
y todos son mis hermanos
de sentimiento y lealtad
y sé que con la ansiedad
que los latinos llevamos
hacia la conquista vamos
de los ideales que admiro
y de recompensa pido
tener en mi losa un ramo.

No he elegido los colores,
ni la forma, ni el perfume, 
sólo quiero que se esfumen
con mi muerte los dolores
y que el pueblo no me llore
y si la luna se entera,
que no me ponga en espera
si no que mande una estrella
cargada de cosas bellas, 
de flores…y una bandera. 


IMPRECISIÓN

Para tu vida imprecisa
soy como agua del jagüey
que se escapa de la mano
sin poderla detener. (Carmen Pérez Montero)

El camino de la piel 
jamás permite el regreso
y en la senda del progreso
te deja seguir tropel
para que avances por él
al compás de tu sonrisa
que se pierde entre la brisa
y marcha por tiempos idos
buscando amores fingidos
para tu vida imprecisa.

Eres inquieto celaje,
eres rumor de molienda,
caña dulce que en mi senda
creció con amor salvaje
y eres en aquel paisaje
perfume de Araguaney
que revelo en el caney
que en mi posesión de nada
soy cauce de la quebrada
soy como agua del jagüey.

Soy por gracia redentora
un pedacito de gloria
que se quedó haciendo historia
en la mente soñadora
y como un ave cantora
disfruto todo el verano
como cirio en el arcano
con su tristeza vital
viendo el sueño de cristal
que se escapa de la mano.

Así creció mi ilusión
con tu presencia abonada
presencia que es marejada
bordada de imprecisión
y con esta condición
del aire pertenecer
prefiero ser la mujer
que se dibujó en la bruma
y se esfumó entre la espuma
sin poderla detener.

CARMEN PÉREZ MONTERO.  Poetisa y profesora titular universitaria jubilada. Nació en Tinaquillo en 1944. Goza de un merecido reconocimiento como docente, escritora, y líder de gremios literarios en el estado Portuguesa, donde reside por motivos laborales. Tiene cuatro poemarios publicados y dos libros de ensayos. 
Estos poemas fueron tomados de la Antología de la Décima Popular en el Estado Cojedes (Compilación de Isaías Medina López), editada en San Carlos por la UNELLEZ-VIPI (2007)

viernes, 30 de diciembre de 2011

Los Diablos Danzantes de San Juan (Algunas fotografías 2008-2018)

Diablos de  San Juan del Santísimo Sacramento del Altar, de San Carlos de Cojedes 


El 17 de julio de 2014, arribó a 130 años de tradición la cofradía de Los Diablos Danzantes del Corpus Christri, o Diablos de  San Juan del Santísimo Sacramento del Altar, de San Carlos, Cojedes, Venezuela, bajo la insignia de la lucha del bien contra el mal. Con tal motivo presentamos algunas gráficas que describen el seguimiento y merecido homenaje que le rinden,  tanto la Fundación San Juan Bautista Niño como el Servicio Comunitario de la UNELLEZ- San Carlos.  


El casi mítico promesero José Efigenio Ochoa (Chupita)
 quien, por más de cincuenta años, estuvo al frente de esta devoción ancestral 





Los Diablos Danzantes de San Juan  figuran entre los pocos grupos 
que rinden servicio de culto a Corpus Chistri y a San Juan Bautista  


Arribo de los Diablos Danzantes al templo de San Juan Bautista 
recibidos al ritmo de los tambores de San Juan Niño. 

Los niños  Diablos Danzantes de San Juan  conforman el futuro de esta tradición  

Respetos a la Cruz de Mayo, a San Juan Niño y a San Juan Bautista 

Danza y despliegue de devoción a la salida del templo de San Juan 


Diablos sueltos en plena calle

Los Diablos Danzantes de San Juan tejiendo el sebucán 


El siempre importante  componente femenino de la cofradía

La Rendición ante el Sacramento del Altar

 Reverencia de "rendición"de  los Diablos Danzantes en el templo de  San Juan 


Capitanes de los Diablos Danzantes y estudiantes universitarias 
comparten esta gráfica. 


Elemento clave es la música que guía a los Diablos Danzantes, 
protagonizada bajo los acordes del clásico cuatro venezolano


Diablos en la fiesta de San Pedro y San Pablo

 Otro detalle de los Diablos Danzantes en la Fiesta de San Pedro y San Pablo 



El "Diablo Mayor" y algunas estudiantes del Servicio Comunitario 
en sencillo homenaje que se le rindiera a tan insigne personalidad cultural 





Consejo de Diablos Mayores de los Diablos Danzantes de San Juan. 
De izquierda a derecha: Pedro Saavedra, Jose "Chole" Saavedra, Andres Saavedra, 
Saturno Saavedra "el Grillo" y Arquimedez Mendoza.





Gracias por su visita. 
Isaías Medina López


 

 


viernes, 11 de noviembre de 2011

EL ARREO: un cuento premiado de Mercedes Franco


Los animales en la sabana, también, pueden ser
encarnaciones de los  misterios más profundos de la llanura
(archivo de Juana Pérez)


Alguien tocaba con fuerza la puerta, de madera. Monótono, insistente, el golpe se repetía con intervalos de pocos segundos. Cuando doña Eliana abrió se dio cuenta de que era el caballo de su marido quien había estado golpeteando la puerta con el casco desde hacía rato. Atravesado sobre la montura, totalmente inerte, yacía Juan. La mujer gritó, espantada, y su hermana corrió a auxiliarla. Entre las dos bajaron al hombre y lo acostaron en su cama. Una jarinita leve como la misma brisa lo empapaba todo.


En medio de su febril inconciencia, papá Juan deliraba a ratos: “Los burros...el arreo...se reían...”. Palabras incoherentes, nada podía deducirse de ellas. Había salido el día anterior con su hombre de confianza y varios peones, llevando unas cuantas mulas cargadas con tabaco en rama y papalón. Y regresaba solo, exánime en su caballo, con aquella fiebre intensa y extraña que lo consumía, en un delirio inexplicable.


A mediodía fue que pudo llegar Don Marcos, el único boticario del lugar, quien lo estuvo examinando y recomendó compresas frías sobre la frente, y una toma de hojas de catuche para bajar la temperatura.


-Este hombre tuvo una visión. Sentenció antes de irse, cabizbajo.


Al atardecer fueron llegando los peones. Calixto Ramos, el capataz, se adelantó, dándole vueltas al sombrero de cogollo. Intentaba balbucear una disculpa:


-No pudimos hacer nada. Yo le advertí al patrón que no disparara.


-A los espantos no se les tira. Acotó el indio Alfonzo santiguándose, con los ojos desorbitados.


Con el rosario en la mano, doña Eliana no respondía, tibias lágrimas inundaban sus manos, sus ojos campesinos, mientras sobaba las deslucidas cuentas de madera. Pero Augusta, la hermana más joven, quiso saber con detalles lo ocurrido. Y el capataz comenzó a hablar vacilante, aún asustado, después de haber apurado una taza de café caliente:


Las mulas iban fresquesitas y nosotros tranquilos. Dejamos el pueblo y cogimos el camino del llano, íbamos ya entrando en aquella espesa mata de sabana, sin salirnos de la trocha abierta, y todo se veía muy claro por la luna. De todas maneras yo, que era el que iba adelante, llevaba prendido mi favorito viajero más que todo por costumbre, porque como ya le digo, no había necesidad. Entonces vimos venir a lo lejos un arreo grande. Como si brincara sólo entre las sombras parpadeaba en la distancia el candilito de kerosén que traían, a veces casi se apagaba, porque venteaba fuerte. El patrón ordenó que nos hiciéramos a un lado para hacerles espacio, porque aunque la trocha es ancha nosotros íbamos por todo el medio. En ese momento nos dimos cuentan de que ellos se movían hacía el mismo lado que nosotros, como imitándonos. A Papá Juan, le molestó aquello, por parecerle guasa, pero no dijo nada. Nos movimos hacía el lado opuesto y nuevamente hicieron ellos lo mismo, como burlándose. Ahí sí el patrón les habló fuerte:


“Amigo, ¿cuál es la chercha?”


En ese momento supimos que el arreo era de burros, por un rebuzno largo y ronco que se oyó, a manera de respuesta. Estaban aún lejos, pero por el bulto notamos que eran muchos. No se distinguían las formas entre la hojarasca del mastranto y los chamizales crecidos, pero sí nos percatamos que eran burros. Pero cosa curiosa, aquellos rebuznos parecían carcajadas. Largas risotadas burlonas, chanceras, que resonaban por la sabana vacía y me erizaban los pelos de la nuca. Se oyeron otros rebuznos, y también parecían risas. En ese momento supe que aquello era algo malo, porque arreció la ventolera, como amenazando aguacero y sentí escalofríos. Me encomendé a las ánimas benditas, convencidos de que nos hallábamos en presencia del propio Satanás, y así se lo dije a papá Juancito. Me contestó con una pachotada, usted sabe cómo es él. Me busqué en el pecho el escapulario de la Virgen del Carmen que siempre llevo al cuello y no lo encontré. Recordé que me lo había quitado un día antes, cuando me bañé en la poza de La Tigra. Ese escapulario estaba “rezado” por Don Roberto y era la “contra” y protección ante todo mal. El patrón sacó el revólver, furioso, como usted misma sabe, él siempre ha sido así, genioso, que yo lo conozco desde muchachito y sé que esa es su naturaleza, como también lo era de su difunto padre, el patroncito Don Juan Ruiz a quien Dios tenga a su diestra. Pues Papá Juan nos ordenó apurar la marcha, y a medida que nos acercábamos aquel extraño arreo, el aire se enrarecía, una súbita pestilencia nos mareaba y nos revolvía las tripas y un frío agudo y repentino se nos metía hasta los huesos. La noche pareció detenerse, la luna se escondió tras unas nubes grandes y gruesas, no se veían las estrellas. Me santigué y comencé a rezar en voz baja. Cuando estuvimos como a unos cien pasos logré ver que el primero de la comitiva, el hombre que conducía el arreo, no tenía cabeza. Así como lo oye. Tampoco tenía cabeza ninguno de los otros jinetes zambos, que cabalgaban tras él, ni siquiera los burros del arreo que eran más de una docena y que seguían rebuznando y riéndose. Como ya se veía que era cosa del mismo diablo, grité con toda la fuerza de mis pulmones: “Ave María Purísima”. Pero el patrón comenzó más bien a maldecir y a echarle tiros a aquello. Le disparó al descabezado que iba delante del arreo y a todos los burros sin cabeza, que se carcajeaban cada vez con mayor fuerza.


Las mulas se nos fueron en desbandada, se internaron en la espesura de aquella mata de sabana que de pronto parecía interminable, enloquecidas de espanto, huyendo de los burros que las perseguían. Lo último que vi fue que un espanto de aquellos, un hombre oscuro sin cabeza, brincó a la grupa del caballo de papá Juan y lo agarró por la cintura, mientras él seguía disparando al aire. El caballo echó a correr desgaritado, montarascal adentro, como arrebatado por el mismo Lucifer, y seguían estallando alrededor de nosotros los rebuznos o carcajadas de aquellos burros infernales. Yo quise ir tras el patrón, ayudarlo, pero una fuerza superior me inmovilizó. Mi caballo se alzó de manos, encabritado, y luego arrancó a todo galope, llevándome lejos. Yo no sabía a donde iba, solo pensaba en mi mujer y en mis hijos. Y así fue como, llegué hasta aquí, con el indio Alfonzo, el compai Chinto y Ramón Piano. Sin darnos cuenta habíamos salido de aquella mata de sabana y llegamos a llano abierto. De allí pa’ lante no supimos qué más pasó.


Calixto Ramos terminó su cuento y en eso entró Don Roberto, el Brujo de La Pica. Se quitó el peloeguama y entrecerrando los ojos azules dijo con su voz lenta y cadenciosa:


Les salió el Arreo de la sabana. Ese es un espanto que vaga errante por estos andurriales desde hace mucho tiempo ya, desde los tiempos del General Bermúdez, cuando los godos todavía mandaban en Venezuela. Dicen que es el alma atormentada de un hacendado de La Cruz de la Paloma, que mató a su hermano para robarle sus tierras y su fortuna el que se topa con el arreo tiene que invocar a la Santísima Trinidad, esa es la contra. Y no se le puede maldecir, ni echarle plomo, porque el espanto “se le pega a la pata”, como le pasó al amigo. Y dicen que no suelta a su víctima hasta que se lo lleva.


La blanca Augusta incendió una vela blanca bajo el cuadrito de la Virgen del Carmen y se hincó a rezar por el cuñado. Al levantarse se santiguó y luego se alejó silenciosa por el corredor, arrastrando su larga falda de zaraza, hacia su aposento, mientras que Doña Eliana permanecía en vela, estático los grandes ojos negros, pasando las cuentas de su rosario junto al marido delirante.


Ya al amanecer papá Juan se fue quedando dormido, mientras una lluvia triste caía sobre el campo verde, sin trinos de pájaros.


Mercedes Franco, la autora de esta interesante creación literaria  es una de las más destacadas autoras de nuestra literatura infantil y juvenil. Nativa de Maturín, estado Monagas. Lic. en Letras. Con cursos de postgrado. Tiene distintas publicaciones y obras premiadas tanto en Venezuela como en el exterior. Reside en Caracas donde labora en distintas universidades. El siguiente texto fue ganador del Concurso Nacional de Cuentos y Relatos: Misterios y Fantasmas Clásicos de la Llanura "Ramón Villegas Izquiel", organizado por la UNELLEZ-San Carlos (1999).  




Nota del editor: El presente texto fue publicado en: El Llano en voces. Antología de la narrativa fantasmal cojedeña y de otras soledades, editado por la Universidad Nacional Experimental de Los Llanos Occidentales "Ezequiel Zamora" (San Carlos, 2007), bajo la compilación de Isaías Medina López y Duglas Moreno.







































domingo, 30 de octubre de 2011

Altagracia de Orituco: un suceso de Fantasmas


Dama gracitana en el archivo de Beto Mirabal




ALTAGRACIA... Y RULFO (Kotepa Delgado)


"Acababa de fallecer el súper – escritor mexicano Juan Rulfo. Con sólo dos libros “Pedro Páramo” y “El llano en llamas” conquistó la inmortalidad.

Incineraron sus restos pero su espíritu fue a vivir en el pueblecito de Comala, escenarios de las hazañas de su héroe Pedro Páramo, una historia de muertos y de vivos, en la cual hasta el lector teme ser un fantasma.

En una humilde casa llanera sucedió todo 
(Archivo de  Argenis Agüero)

Ahora Juan Rulfo acompaña a Pedro Páramo cuando éste, al pánico de la media noche, rompe el silencio de Comala, atravesando el pueblo, con prepotencia de terrateniente sojuzgador, en un caballo desbocado.

En tiempo de Gómez, cuando aún no había luz eléctrica en los poblados, contaban numerosas historias de fantasmas. Como aquella de Pedro Ramírez, un agente viajero que descendió a las 7 de la noche del único autobús que hacía la travesía de los Llanos. En la plaza del entonces semioscuro pueblecito de Altagracia de Orituco, trataba de conseguir una posada. Cuál no sería su sorpresa al encontrarse con su antiguo condiscípulo de la universidad, Rafael Inojosa.

- Chico, no busques posada, te vas a dormir en mi casa.

Caminaron dos cuadras e Inojosa abrió las puertas de una pequeña vivienda. Cenaron y se acostaron en dos hamacas a recordar con saudades de estudiantes fracasados, sus alegres tiempos universitarios. De repente, Inojosa, sin que Ramírez pudiera evitarlo, se incorporó de la hamaca y de allí, frente a un espejo, se degolló con una navaja barbera.

Ramírez acomodó en el suelo el cadáver de su amigo y salió en carrera para la jefatura civil en solicitud de su auxilio. Al llegar encontró a una señora que también estaba demandando ayuda. Era la madre de Rafael Inojosa.

- Mi hijo acaba de degollarse; vamos a mi casa para que lo vean.

Ramírez porfiaba que se había suicidado a dos cuadras de allí y la señora sostenía que había sido en su casa que quedaba al frente.

Los policías y Ramírez acompañaron a la señora y efectivamente en su propia casa estaba Rafael Inojosa degollado.

Ramírez fue con los funcionarios a la otra residencia y encontraron las dos hamacas, el espejo y la navaja barbera, pero allí no se había suicidado nadie..."

Nota 1. Kotepa Delgado: Seudónimo de Francisco José Delgado, nacido en Duaca, estado Lara en 1913 y fallecido en 1988. Junto a Miguel Otero Silva funda el célebre impreso humorístico El Morrocoy Azul y en 1941 el diario Últimas Noticias.

Nota 2. El presente texto fue publicado en "El Llano en voces: Antología de la narrativa fantasmal cojedeña y de otras soledades" , publicación de la UNELLEZ-San Carlos (2007). Compilación de Isaías Medina López y Duglas Moreno. 






















sábado, 22 de octubre de 2011

La llaneridad (3): El primer cuento llanero de fantasmas publicado en inglés y en francés

 A la hora de contar cuentos  mejor es no fiarse de una llanera  
(archivo de "Háblame de puro Llano, compa")


El feroz apetito del caimán llanero es tan temible como su apariencia


Esta obra se considera, dentro de los estudios de los géneros literarios venezolanos, como un "caso" o "cacho"; pieza narrativa, propia de la cultura del hato, completa y corta, de gran signo fantástico, muy dada a describir el sentido material y espiritual de la vida llanera y campesina.


BARTOLITO Y LOS CAIMANES
MÁS GRANDES DEL MUNDO

Bartolito colgó su chinchorro de las puntas salientes de una gran canoa abandonada en la playa del río. Cómodo ya, de sus otros únicos bienes agarró su tapara de aguardiente y su cuatro y le ofreció a San Rafael pararse al amanecer a pescar como nunca antes en su vida. Refrescándose con un buen trago y unas viejas coplas altaneras cayó en el profundo sueño del fatigado por el trajín del caluroso día.

Al despertar, se vio sumido en una oscuridad que creyó ser la de la media noche, pero sin que brillara la luna ni ninguna estrella amiga. Completamente extraviado buscaba la clave del tenebroso misterio, caminando hacia delante con cautelosos pasos, mientras tanteaba con las manos temeroso a cada instante de tropezar con algo malo; cuando con gran sorpresa, su atención fue atraída por la naturaleza pegajosa del suelo, y por lo viscoso y tibio del alrededor, como si se tratase de unas paredes vivientes, que por todos lados encontraban sus dedos extendidos.

El descubrimiento de todas estas cosas estaba acompañado por la desagradable convicción de haberse engañado al tomar la boca abierta de un dormido caimán por un bongo viejo; repuesto de su sorpresa como buen llanero se aprestó a sacar provecho de la adversidad. Invocando nuevamente su repleta tapara y su cuatro, pensaba en cómo escapar de aquel inmenso animal, al que todos llamaban “el caimán más grande del mundo”.

Al tomarse un reconfortante trago recobró su espíritu festivo y al entonar el viejo canto del Bonguero Perdido sintió que de lejos una voz le hacía replica a su cantar. Aún a sabiendas de que debía tratarse del eco que retumbaba en la enorme barriga de aquella monstruosa criatura se dispuso a caminar por donde lo guiara su propia canción. Mientras caminaba se dio cuenta que sus ojos se habían adaptado a la oscuridad, miró, pues hacia los lados y divisó racimos de cambur, y cajas de catalinas y quesos que seguramente el caimán devoró de alguna de las canoas de mercadería que solían perderse con todos sus tripulantes en la inmensidad del Llano. También en un extraño apilamiento se divisaban las osamentas desgastadas y blanquecinas de quienes jamás volverían a surcar por aquellas llanuras de Dios.

Así se la pasó no se supo cuántos días, pero caminaba a sus anchas, comía, bebía y sacaba a su guitarra los amados tonos del Llano, casi como acostumbrado a respirar entre las pegajosas paredes del vientre del caimán. Por fin, y en tanto degustaba tristemente la última gota de su fiel tapara, se iluminaron de repente los muros de su calabozo viviente con un débil rayo de luz en la distancia. A la carrera y como pudo todo sus pertenencias y confirmó que su animal y carcelero había dejado las aguas para dormir su siesta en la arena, y así fue como recordó Bartolito qué son los hábitos de esa fieras. Al mirar abiertas de par en par las fauces del caimán descolgó el chinchorro de los colmillos que él había fatalmente tomado por las costillas salientes de una abandonada canoa.

La bestia al sentir que Bartolito pisoteaba en veloz marcha su lengua sintió el instinto animal de engullir su presa, pero como por cosas de San Rafael, misteriosamente, no lo hizo. Al fin y al cabo él era “el caimán más grande del mundo” y Bartolito no representaba ninguna diferencia en medio de tantos hombres, animales y embarcaciones que con fiereza deboraba a su antojo. Sin inmutarse dejó salir a esa pequeña presa.

Cuando ya el sol terciaba el mediodía, el caimán sintió que todo su inmenso cuerpo caía arrojado de la playa del río por un gigantesco chorro de agua. Desacostumbrado a ser sacudido por fuerza alguna, el enorme animal se recobró muy lentamente, cuando atento buscaba la causa de aquel insulto a su majestad se quedó paralizado desde la punta de la cola hasta la cabeza ante un poder infinitamente descomunal; a primera vista semejaba ser una inmensa isla navegando a toda prisa, luego pudo apreciar mejor a su agresor, se trataba de Bartolito, que esta vez con alegría pasaba por el medio de las aguas cantado desprevenido sobre la frente del “caimán más grande del río”.

Nota 01: Este relato (originalmente en inglés y luego en francés) aparece insertado en el texto; “Wild Scenes in Sout América or Life in the Llanos of Venezuela”, obra de Ramón Páez publicada en la imprenta de Charles Scribner (New York City), reeditada en español como "Escenas rústicas en Sur América o la vida en los Llanos de Venezuela". La versión libre, que ofrecemos es  una traducción del francés efectuada por Caupolicán Ovalles y entregada por este poeta a Isaías Medina López el 23 de abril de 1987, en la antigua casa del poeta Alberto Arvelo Torrealba, en la ciudad de Barinas. Ramón Villegas Izquiel y José Daniel Suárez, preguntaron si tal pieza era el primer cuento de fantasmas llaneros publicado en otros idiomas, a lo que el erudito maestro José León Tapia respondió, tajantemente: “Eso es cierto”.

Ramón Páez: Nació en Achaguas, estado Apure, en 1810 y falleció en Calabozo, estado Guárico, en 1894. Diplomático y primer experto nacional en botánica y fauna llanera reconocido en Europa y en todo nuestro continente.
Caupolicán Ovalles: Nace en Guarenas, estado Miranda en 1936 y muere en Caracas en 2001. Abogado, poeta, novelista, periodista, bibliófilo y co-fundador de los grupos literarios “El techo de la ballena” y “Tabla redonda”. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura en 1972. 

Nota 02: Esta versión fue publicada en: "El Llano en voces: Antología de la narrativa fantasmal cojedeña y de otras soledades", editado por la UNELLEZ (San Carlos, 2007), bajo la compilación de Isaías Medina López y Duglas Moreno. 




 




















lunes, 17 de octubre de 2011

Desde Portuguesa y con miedo


Imagen en el el archivo de Consuelo Ruiz




NOCHE DE ESPANTO
(Erika Schwab)

La noche caía rápida sobre la sabana. Noche especial, noche de mayo, noche de la Cruz. Las estrellas aparecían lentamente y la Cruz en el cielo indicaba la dirección al joven jinete que había salido desde Guanarito temprano para el Hato Ánimas Ribereñas.

Tres días había estado ausente Segundo, pero hoy tenía que regresar. Ana lo esperaba para la fiesta que iba a formar esa noche. Velorio de la Cruz, la promesa sagrada de cada año para una buena cosecha y prosperidad. Noche de rezos, pero también de alegrías y bailes después de las doce y noches de espantos porque nadie sabía quién andaba por la sabana.

Sentía hambre Segundo, pero pronto llegaría, allá le debía esperar alguna buena comida guardada por La Negra, la cocinera del Hato. Cocinaba tan bien y más hoy, con tantos invitados, debía haber de todo.

Pero aparte de la comida le esperaba otra cosa. Con ternura pensó el hombre en la joven que lo esperaba. ¡Ana! La mujer que él amaba. Ya era hora de pensar en el matrimonio, si todo salía bien este año se casaban.

La noche era calurosa y serena, el cielo despejado y picado de infinidad de estrellas. El hombre absorbido en sus pensamientos había disminuido el paso del caballo, tanto que este se paró de pronto y levantó la cabeza. Sus orejas se pararon, se movían con cautela y con un brusco movimiento levantó de pronto las patas delanteras, dejando oír un relincho asustado.

Segundo, tomó las riendas de su caballo que había saltado distraídamente para controlarlo de nuevo y dio una rápida ojeada a su alrededor. No veía nada extraño. ¿Sería el ruido de algún animal que había asustado al caballo? Últimamente habían hablado mucho de un tigre que rondaba por la calceta.

Decidió apurarse más. No era bueno estar solo en la sabana de noche. Menos en una noche de mayo, comienzo de la estación de lluvia, cuando con la lluvia salían los espantos de la lluvia.

Se acordó de lo que había contado su Taita, de cómo había conocido el miedo, cuando siendo un niño se había encontrado con El Silbón, camino a Mata Larga. Rozó con los talones los costados de su caballo, cuando éste se paró de nuevo y relinchó con angustia.

Otra vez miró Segundo a su alrededor sin ver nada extraño. A un lado de él se extendía una palma por donde aparecía lentamente la luna y en ese momento le pareció ver la sombra de un caballo y de un jinete salir entre las palmas.

Al joven se le congeló la sangre. ¡Ave María Purísima! Susurraba mientras se persignaba. – Es El Jinete de Ánimas Ribereñas. Tengo que escapar, que no me alcance. Apuró el paso de su caballo, golpeándolo suavemente el cuello y hablándole con ánimo. – Vamos mi rey, adelante mi bravo.

Escuchaba los cascos de su caballo debajo de él y con espanto le parecía escuchar a otro caballo siguiéndolo por la sabana.

- Agarra el toro, allá va el toro – oía a un hombre gritar tras él.

- Es él, es él, gritaba Segundo, haciendo sonar su látigo para apurar más a su caballo. El animal parecía entender todo o el miedo se había apoderado de él, de tal forma que corría en una carrera como nunca antes en su vida.

- Anda, corre, dale, apuraba Segundo al animal, mientras sentía como tras de él se acercaba la terrible voz gritando: Allá va el toro, allá va el toro.

Era el terrible jinete de la sabana de Ánimas Ribereñas. Cuántas veces había Segundo escuchado hablar de él y ahora lo estaba persiguiendo. El miedo le subía por el cuerpo, sentía como un frío aire le corría la espalda, la cabeza le parecía estallar y con furia le daba espuelas a su caballo. Seguían los gritos detrás de él.

- Viene el toro, agarra el toro.

Con un rápido movimiento volteaba la cabeza hacía atrás, viendo como la sombra del jinete se agitaba en el horizonte y se acercaba cada vez más.

Al fin se levantaba enfrente de él las sombras de las casas del hato, se escuchaba música y voces que cantaban y con desespero brincó la talanquera para escapar de este temible espanto que gritaba a sus espaldas.

Su caballo se paró en seco en medio de la gente del patio y Segundo, quien se había aferrado a la crin, resbalaba al suelo medio muerto. Alguien le pasaba un trago de una botella y el hombre tomaba lentamente recostado contra un tronco.

- ¿Qué pasó?, - ¿Qué pasó? Las preguntas caían encima de él. Y con miedo en los ojos respondió el joven: Me persiguió el Jinete Negro. Desde Las Cruces me venía persiguiendo y casi, casi no logro escapar de él.

También Ana se había acercado y arrodillado junto a él. -Ave María Purísima – gritó de pronto señalando a su cabeza.

Ahora todos lo vieron, el joven que había salido hace tres días para Guanarito con una abundante cabellera negra, tenía ahora el pelo totalmente blanco.

Una noche de miedo y espanto lo habían marcado para siempre. El Jinete de Animas Ribereñas cabalgaba todavía en mayo por la llanura.


Nota 1. Erika Schwab: Seudónimo de Anna Erika Romaniuk, reside en Guanarito, estado Portuguesa. Historiadora, poeta y cuentista cuya obra le ha valido su inclusión en diversas antologías nacionales y regionales. El siguiente texto logró la Mención de Honor en el I  Concurso Nacional de Cuentos y Relatos: Misterios y Fantasmas Clásicos de la Llanura "Ramón Villegas Izquiel", organizado por la UNELLEZ-San Carlos (1998).  

Nota 2: El presente texto fue publicado en: El Llano en voces. Antología de la narrativa fantasmal cojedeña y de otras soledades, editado por la Universidad Nacional Experimental de Los Llanos Occidentales "Ezequiel Zamora" (San Carlos, 2007), bajo la compilación de Isaías Medina López y Duglas Moreno.